kim misil

INTERREGNUM. Kim maniobra. Fernando Delage

Casi un año después de su primera cumbre con el presidente norteamericano, el líder norcoreano, Kim Jong-un, lanzó el pasado sábado sus primeros misiles de corto alcance desde noviembre de 2017. Los analistas coinciden en que la prueba supone un intento de aumentar la presión sobre el presidente Trump para reanudar las negociaciones, después del fallido segundo encuentro entre ambos, en Hanoi en febrero.

La reunión en Vietnam concluyó de manera abrupta al rechazar Trump la propuesta de Kim de eliminar las sanciones económicas impuestas a Corea del Norte a cambio del desmantelamiento sólo parcial de su programa nuclear. Kim anunció con posterioridad que esperaba una nueva propuesta de Washington antes de terminar el año. Sin incumplir su renuncia a los ensayos de armas nucleares y misiles intercontinentales—que Trump anunció en su día como un gran triunfo para Estados Unidos—, este lanzamiento de cohetes de corto alcance podría ser el preludio del fin de dicha suspensión. Kim desafía así al presidente norteamericano cuando éste encara en pocos meses el comienzo de la carrera para su reelección en 2020.

Con este último ensayo, el líder norcoreano revela su frustración con la ausencia de avances en las conversaciones. Pero es también revelador que la prueba se haya producido sólo días después de su primer viaje a Rusia. El “productivo” encuentro mantenido con el presidente Vladimir Putin en Vladivostok, lanza una señal a Washington de que cuenta con otros socios internacionales—desmintiendo de este modo el supuesto aislamiento diplomático de Pyongyang—, mientras que permite a Moscú asegurarse un papel en el complejo tablero diplomático intercoreano.

Los instrumentos a disposición de Rusia son limitados en comparación con los de Estados Unidos o China. Pero si se llega a una solución sobre la desnuclearización de la península, sobre la que tendrá que pronunciarse el Consejo de Seguridad de la ONU, será necesario contar con el apoyo de Moscú, por lo que deberán tenerse en cuenta por tanto los intereses del Kremlin. Más relevante es, con todo, la evolución del contexto estratégico de la crisis norcoreana: la creciente rivalidad entre Estados Unidos y China y el abandono por Washington del tratado de armas nucleares de alcance medio (INF) requiere evitar un agravamiento de los problemas de seguridad en la región mediante una nueva carrera de armamentos, otro objetivo que resulta imposible sin Moscú. De manera más general, sin una conversación entre las potencias—entre las que hay que incluir a Japón y Corea del Sur—sobre la estructura de seguridad del noreste asiático, una solución al problema norcoreano resulta poco probable, si no imposible. Entretanto, Pyongyang demuestra su habilidad al repartir las cartas de la baraja, enfrentando a sus socios y enemigos mientras continúa ganando tiempo y reforzando sus intereses.

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Por qué Israel innova y España no (1). La madre de Woody Allen. Miguel Ors Villarejo

Una broma recurrente en la obra de Woody Allen es cómo la madre lo atormenta continuamente poniéndole de ejemplo a algún sobrino dentista o vendedor de fondos.

—Ay, hijo, tu primo sí que tiene un trabajo bueno, y no veas qué casa se ha comprado en las afueras.

—Mamá —replica Woody Allen—, soy un director de cine famoso, he ganado cuatro Oscar, vivo en un piso de lujo en Manhattan con mayordomo y chef francés.

Pero está claro que, por muchos y grandes que sean tus logros del presente, una madre nunca les va a sacar tanto provecho como a tus errores del pasado. Puede estar años royéndolos imperturbable, sin el menor asomo de agotamiento.

Los españoles somos un poco así. Nos pasamos el día lamentándonos del ayer: la derrota de la Invencible, Trafalgar, el Dos de Mayo y, por supuesto, el Desastre del 98. Yo entiendo que entonces perdimos Cuba y Filipinas, pero habíamos perdido antes un subcontinente y siempre me he preguntado por qué el Desastre fue el del 98.

Pero así es la lógica de la madre de Woody Allen. Da igual la magnitud de la pérdida. Aunque solo hubiera sido el islote de Perejil: de lo que se trata es de quejarse, y 1898 puso en marcha una industria de la autoflagelación que iba a mantener décadas entretenidas a las mayores lumbreras del país preguntándose básicamente por qué lo hacemos todo tan mal. Yo vine al mundo en 1958, 60 años después de la batalla de Cavite, y Américo Castro y Claudio Sánchez Albornoz seguían sin ponerse de acuerdo sobre si la culpa era de los visigodos o había que remontarse hasta Altamira.

Y cuando en 1976 me aventuré efímeramente por Filología Hispánica, recuerdo que nos dieron a leer un ensayo de Pedro Laín Entralgo que atribuía el destino de España a la convexidad del paisaje castellano. Mientras un valle, razonaba Entralgo, es cóncavo, te envuelve en su regazo y te invita a recogerte, la meseta es el antivalle, una extensión convexa e inabarcable que te obliga a buscar sus límites y te arroja hacia el más allá en busca de no se sabe qué.

Ese no se sabe qué no era, por desgracia, la industria ni la tecnología. Cuando hace justo un año entrevisté a Jacobo Israel para Actualidad Económica, me explicó que a él le incomodaban las compañías grandes. Le encantaba crearlas y verlas crecer, pero cuando dejaba de conocer a los empleados por su nombre de pila y ya no le invitaban a sus bodas y sus bautizos, consideraba que había llegado el momento de ceder el testigo. “Yo ya no sirvo”, me decía, “así que vendo la empresa”.

Este proceso lo ha repetido varias veces y lo que me comentaba es que el que le compraba nunca era un español, siempre era un extranjero.

“¿Por qué?”, le preguntaba yo.

“Los españoles”, me decía, “tenemos propensión a meter el dinero en bienes raíces. No nos atraen ni la industria ni las manufacturas”.

Esta aversión a todo lo que huela a tecnología tuvo su gran mentor en Miguel de Unamuno. “La ciencia”, decía, “quita sabiduría a los hombres”. Y añadía: “El objeto de la ciencia es la vida y el objeto de la sabiduría es la muerte”.

Mientras sus coetáneos propugnaban europeizar de España, Unamuno defendía africanizarla. “Yo me voy sintiendo profundamente antieuropeo”, le escribió en cierta ocasión a Ortega y Gasset. “¿Que ellos inventan cosas? Invéntenlas”. Y unos meses después, en el artículo “El pórtico del templo”, volvía a la carga. “Inventen, pues, ellos”, ponía en boca de un personaje, “y nosotros nos aprovecharemos de sus invenciones. Pues confío y espero en que estarás convencido, como yo lo estoy, de que la luz eléctrica alumbra aquí tan bien como allí donde se inventó”.

La lógica es intachable. Una vez desarrollada, una idea puede ser imitada por cualquiera y el plan de Unamuno era dejar que los europeos se ocuparan de los aspectos prácticos de la vida (la bombilla, el tranvía), mientras nosotros nos consagrábamos a la mística. Al final, seríamos tan ricos como ellos, pero mucho más sabios.

La lógica es intachable, ya digo. El único inconveniente es que no funciona (como, por otra parte, sucede decepcionantemente tan a menudo con la lógica intachable). Basta echar un vistazo para darse cuenta de que los países más ricos son los que más innovan. Es verdad que, como dice Unamuno, tarde o temprano todo se copia, pero, entre tanto, el que lanza la innovación disfruta de un lucrativo monopolio temporal. Y da igual que el monopolio sea o no legal, es decir, que esté protegido por una patente. La ventaja que da golpear primero es considerable. Los economistas Michele Boldrin y David Levine explican en Against Intellectual Monopoly que “las sumas que los escritores británicos cobraban [en el siglo XIX en Estados Unidos] excedían a menudo los derechos de autor que percibían en el Reino Unido”. Los dos mercados tenían entonces un tamaño similar y, aunque en Estados Unidos no había propiedad intelectual, los editores sorteaban su ausencia realizando tiradas masivas que les reportaban fuertes ingresos en un plazo relativamente breve. Para cuando los editores piratas tenían sus copias listas, el grueso de las ventas ya se había consumado. Este patrón es el que rige el ciclo de vida de cualquier producto, no solo los libros: el beneficio se concentra al principio, porque luego surgen las imitaciones y los márgenes no vuelven a ser iguales.

Ir un paso por delante compensa siempre, pero hay un ámbito en el que esta ventaja es especialmente pronunciada: el militar. Disponer de un arma exclusiva te proporciona una superioridad que, convenientemente aprovechada, puede resultar definitiva. Hace poco leí una noticia en la que explicaban cómo las fuerzas armadas israelíes habían explotado durante décadas un lanzamisiles de diseño propio, el Pereh. La peculiaridad del Pereh es que su aspecto era el de un carro de combate, de modo que el enemigo que lo veía avanzar presumía que abriría fuego cuando se hallara a cuatro o cinco kilómetros, que es el rango de tiro de un tanque. Pero el Pereh lanza misiles. Su alcance es muy superior y, para cuando Hamás o Hezbolá querían reaccionar, ya habían sufrido un daño irreparable.

Las ventajas de la innovación se aprecian aún más con el contraejemplo de Arabia Saudí. El reino está abonado al unamuniano “que inventen ellos”. No innova nada, pero dispone de una billetera casi ilimitada y puede costearse el material más sofisticado que ofrece la industria. El problema es que sus enemigos no tienen más que mirar los catálogos de los fabricantes para saber exactamente a qué van a enfrentarse y montar una respuesta que, como se está viendo en Yemen, puede ser más que suficiente.