EVENTO: China 2025. Cuando el futuro de China puede ser nuestro futuro.

Lunes 10 de Junio

ASOCIACIÓN DE LA PRENSA DE MADRID.

C/ Claudio Coello 98

PROGRAMA:

16.30 – 17.00 Entrada y Registro.

17.00 – 18.00
Presentación del libro de Águeda Parra: “China, Las Rutas de Poder”, prologado por Eugenio Bregolat.
Coloquio entre Georgina Higueras y Águeda Parra.

18.00 – 19.45 Mesa redonda.
“Made in China 2025” Cuando el futuro de China puede ser nuestro futuro.
Debate sobre el horizonte económico, militar, político y tecnológico de China.
Modera Julio Trujillo, Director de 4Asia.

Ponentes: Miguel Ors, José Pardo de Santayana y Águeda Parra.

19.45 – 20.00 Clausura del Acto.
Julio Trujillo, Director de 4Asia.

Inscripción gratuita en contacto@4Asia.es hasta completar aforo

THE ASIAN DOOR: El juego tripolar en el Índico: China, India y Estados Unidos. Águeda Parra

Tres países, tres visiones, tres estrategias, tres enfoques. Así es el caleidoscopio que conforman tres de las más importantes potencias mundiales hacia el área que más relevancia ha ganado en los últimos años, el Océano Índico. Tres grandes economías que juntas agrupan casi la mitad de la economía global. China, India y Estados Unidos son los grandes protagonistas de una región que ha conseguido alcanzar una relevancia internacional máxima desde que Xi Jinping anunciara el lanzamiento de la Ruta de la Seda Marítima en su visita a Astaná, Kazajistán, en 2013.

Tres visiones que divergen en la concepción misma del espacio que representa el Océano Índico para Beijing, Nueva Delhi y Washington. Para India, geográficamente situada en la mitad del océano, su visión del entorno se extiende desde el Golfo de Adén, al oeste, y hasta Tailandia, al este. Paradójicamente, a pesar de que India ha sido la potencia tradicionalmente preeminente en la región, la visión de China, la recién llegada a la zona, es significativamente más amplia. Beijing tiene una visión más de Indo-Pacífico, que alcanza el litoral africano y la península arábiga en la parte más occidental, el Océano Índico, y se extiende por el Sudeste Asiático y la costa china en la parte más oriental. Por último, en la visión de Estados Unidos, en el concepto de Indo-Pacífico quedan excluidas las regiones litorales de África, la península Arábica, Irán y Pakistán, que quedan dentro del marco de los intereses estadounidenses en Oriente Medio como parte de las iniciativas de la lucha contra el terrorismo. Una visión mucho menos evolucionada que la adoptada por India y China, que han sabido adaptarse mejor a las cuestiones geopolíticas más actuales.

Tres perspectivas que dan forma a las tres estrategias que componen el juego tripolar en el Índico. La apuesta de Nueva Delhi se centra en su programa “Seguridad y crecimiento para todos en la región”, más conocido como SAGAR (Security and Growth for all in the Region). Para Beijing, el máximo protagonista de su estrategia en la región es su recién estrenada iniciativa de la Ruta de la Seda Marítima, mientras que la estrategia de Washington responde a más de siete décadas de liderazgo estadounidense en Asia Oriental, actualmente bajo la denominación de Estrategia Indo-Pacífico, una evolución de la anterior “Pivot to Asia” iniciada en 2011.

Tres enfoques que divergen en los factores sobre los que pivotan las estrategias del juego tripolar entre China, India y Estados Unidos. En el caso de China, el Indo-Pacífico responde a un enfoque eminentemente comercial y menos militar. Una visión donde la geoestrategia se encuentra con la geoeconomía para dar forma a las iniciativas comerciales y diplomáticas que han definido la política exterior de China en la región en los últimos seis años. En este enfoque, el máximo exponente es el conocido como “Collar de perlas” de puertos estratégicos desplegados en países como Tanzania, Yibuti, Pakistán, Sri Lanka, Maldivas y Myanmar. Posiciones estratégicamente identificadas que responden a la necesidad de Xi Jinping de mantener activa la economía china, siendo Yibuti el único asentamiento que tiene una condición militar, pero al que se ha sumado recientemente una componente comercial.

El ascenso geopolítico que ha conseguido China en la región gracias a la Ruta de la Seda Marítima ha supuesto que India, por primera vez, deje de centrarse exclusivamente en los conflictos territoriales con Pakistán y China para pasar la atención geopolítica y geoestratégica al mar que le rodea. Pero en este enfoque también domina una componente económica, impulsada por la necesidad de establecer relaciones comerciales con las florecientes economías del Sudeste Asiático y Asia Oriental, lo que le ha permitido a India ampliar lazos con Arabia Saudí, los Emiratos Árabes Unidos, Omán e Irán para asegurarse el abastecimiento de recursos energéticos. Sin embargo, sorprende que India contempla a Pakistán como una potencia decadente, mientras China considera el Corredor Económico China-Pakistán el buque insignia de los seis corredores terrestres que conforman el Cinturón Económico de la nueva Ruta de la Seda, en el que ha invertido 62.000 millones de dólares hasta el momento.

De forma similar al caso de India, Pakistán también queda fuera del enfoque de Estados Unidos hacia el Indo-Pacífico, descartando una ambición económica y comercial en la región mientras prevalece la componente militar por encima de todas. Sin embargo, la competición estratégica que se libra en la zona actualmente más candente del planeta no parece que se vaya a resolver dentro del ámbito militar, como pronostican algunos expertos, sino en el entorno económico, de gobernanza global y tecnológica.

Bastan algunas evidencias para confirmar esta hipótesis. Una diferencia importante entre las tres estrategias es que Europa se incorpora como puerto final de la iniciativa de la Ruta de la Seda Marítima, ampliando las oportunidades comerciales y económicas de la estrategia de China en la región del Indo-Pacífico. Una región que queda fuera del foco de India y que tampoco contempla la estrategia de Estados Unidos en la región. Asimismo, China ha desplegado la Ruta de la Seda Digital, la gran apuesta tecnológica que permite a los grandes titanes chinos aprovechar las vías comerciales abiertas con los países de la ruta para expandir la revolución tecnológica que se está desarrollando en el país. Un juego tripolar en el Indo-Pacífico que bien parece ser la antesala de una competición mucho más global, en la que China podría estar alcanzando una posición más ventajosa al desplegar una estrategia mucho más amplia geográficamente, y mucho más diversa en cuanto a las iniciativas que contempla. (Foto: Jess Stvan)

Hong Kong bajo presión. Nieves C. Pérez Rodríguez

Washington.- Hong Kong, ese pequeño territorio de poco más de mil kilómetros cuadrados, es el Silicón Valley de Asía, donde se desarrolla tecnología de primera, y que hace de puente entre China y Occidente. Con una cultura asiática fuertemente influenciada por la británica, vive bajo la declaración de 1984 que se convirtió en una especie de constitución hongkonesa, en la que se establece “un país, dos sistemas”.

Un país y dos sistemas radica en que Hong Kong es parte de China, pero con su propia autonomía. Desde Beijing se definen y articulan las políticas que el partido comunista considera apropiadas y necesarias, mientras que Hong Kong tiene un sistema autónomo de Beijing, donde se garantizan los derechos humanos, tiene su propia economía, moneda y sistema político independiente, desde donde se legisla.

En los años recientes, según China ha crecido en poder económico, ha ido intentado hacerse con mayor control de Hong Kong. En 2015, cinco dueños de casas editoriales de libros desaparecieron, y uno de ellos, Lam Wingkee, pudo escapar y denunció que fue secuestrado y forzado a confesar en televisión. Posteriormente en el 2017, Xiao Jianhua -el multimillonario chino canadiense- fue secuestrado por agentes chinos en el Hotel Four Seasons de Hong Kong y no ha sido visto desde entonces; sólo se pudo saber que fue llevado a China continental.

En los últimos cinco años, Beijing ha incrementado su presión sobre los legisladores hongkoneses. Joshua Wong y Nathan Law, ambos prominentes políticos jóvenes, fueron privados de libertad por su participación en el Movimiento de los Paraguas de 2014, que es considerada la demostración democrática más larga en tierra china desde la masacre de la Plaza Tiananmen en 1989.

La estrategia de Beijing detrás de abrirles procedimientos judiciales a los legisladores, democráticamente electos, consiste en neutralizarlos a largo plazo. La razón por la que se centran en los más jóvenes es precisamente intentar erradicar el deseo de estos de militar en política, infundir miedo, y con eso asegurarse el control sin oposición de Hong Kong en unos años.

El caso de Nathan Law es llamativo por haber sido el legislador más joven electo al parlamento hongkonés, y sentenciado junto con otros cinco legisladores injustamente a salir del parlamento. Y tal y como el mismo Law dijo la semana pasada en Washington, en el testimonio que dio ante la Comisión Ejecutiva del Congreso sobre China, “esto es una respuesta del gobierno chino a la generación de los paraguas para reprimir nuestras demandas y deseos democráticos”.

En este momento, el centro de la discusión se centra en la Ley de Extradición de Hong Kong, que ha producido masivas protestas en las calles. Así como también ha despertado el temor entre los extranjeros y ejecutivos residentes en esta ciudad, pues la ley en cuestión abre la posibilidad de que cualquier individuo que se encuentra en Hong Kong pueda ser extraditada a la China continental. Si está ley fuera aprobada, según los juristas, sería el fin del status especial de Hong Kong, del “un país, dos sistemas”. Lo que en la práctica será el fin de la autonomía de dicha región.

En la sesión de la Comisión ejecutiva del Congreso de los Estados Unidos, en la que 4Asia estuvo presente, los testigos alertaban con urgencia a los miembros del Congreso sobre la gravedad de la situación, que va más allá de los ciudadanos hongkoneses, pues como ellos mismos explicaban, cualquier ejecutivo de una empresa europea, estadounidense o australiano entre muchas otras nacionalidades, podría ser extraditado a China continental, lo que automáticamente socava los principios democráticos, además de que desencadenaría el principio del fin de la economía hongkonesa.

El Partido Comunista Chino ha venido usando el sistema legal para sus fines políticos. Estos son sólo algunos ejemplos de sus prácticas habituales. En la China continental tiene mucho más controlada a la población a través de miles de cámaras instaladas por todo el país y a través de la inteligencia artificial y el reconocimiento facial, mantiene a la población absolutamente identificada y, por lo tanto, atemorizada.

Mientras, Hong Kong es el centro financiero y portuario más grande del mundo, y su población es consciente de que disfruta del gran beneficio de un sistema democrático donde las protestas libres son lo que distingue a Hong Kong de China. Y tomando las palabras de Law, el legislador que fue obligado a quedarse sin su escaño: “Una victoria al gobierno opresor de Beijing, es una victoria al autoritarismo en todas partes del mundo”. (Foto: Andri Yudatama)

¿Es Trump el malo de esta película?

Las presiones entre Estados Unidos y China antes de la guerra comercial abierta que parece avecinarse y sobre todo la decisión de la Administración de EEUU de presionar a Google para que bloquee sus acuerdos con Huawei ha elevado una ola de indignación contra Donald Trump. Como de costumbre, los medios europeos y la mayoría de los intelectuales o creadores de opinión europeos y buena parte de los propios líderes de opinión de Estados Unidos acusan a este país de ser el origen de las turbulencias. Esta es un viejo tic que llegó a su máxima expresión vergonzante cuando el 12 de septiembre de 2001 un influyente medio español, con 3.000 muertos sobre el asfalto entre las ruinas de Nueva York, tituló que el mundo estaba preocupado por la posible respuesta de Estados Unidos, lo que no merece más comentario.

Parece claro que Trump se equivoca con su política proteccionista, que ésta va a acarrear problemas a los estadounidenses a medio plazo aunque parezca favorecedora a corto plazo y que del proteccionismo han surgido grandes conflictos mundiales dirimidos con las armas en la mano. Pero no es que Trump haya amanecido un día con una manía por desestabilizar el mundo.

China es un país autoritario, despótico, que utiliza pretendidos instrumentos del capitalismo para mejorar su posición comercial basada en la explotación de una población con pocos derechos , en no respetar leyes de patentes y en violar cuanta norma internacional le proporcione beneficios. Es decir, en vaciar al capitalismo de lo que tiene de progreso: la libertad de mercado, el imperio de las leyes y la libertad individual.  Trump se equivoca en la receta pero no en el diagnóstico. Y la ofendida Europa debería ser más comedida porque en muchas áreas no es menos proteccionista que Trump y, si no lo creemos, oigamos lo que dicen de sus productos agrícolas Marruecos, Túnez, Israel o Turquía, por poner algunos ejemplos.

Además, en la decisión sobre Huawei, además de criterios obviamente comerciales y políticos, hay argumentos de seguridad no desmentidos. Estados Unidos es una sociedad abierta donde las majaderías y los errores de Trump pueden ser criticados y llevados a los tribunales. En China, donde el Estado y sus empresas son todo uno subordinados a los intereses que marca el presidente, esto no es posible y frente a eso y sus ataques a la seguridad occidente está debilitado. Ahí es donde debería estar el terreno de debate y de confrontación.

El balón de Eolo. Miguel Ors Villarejo

Las sinergias entre defensa e innovación son la primera razón aducida por todos los expertos para explicar cómo ha llegado Israel a ser una potencia tecnológica. La necesidad aguza el ingenio. Como me dijo una autoridad municipal de Tel Aviv cuando visité hace unos años la ciudad: “Si no espabilamos, nos echan al mar”.

Pero se equivoca quien crea que basta con multiplicar la partida de I+D militar para que empiecen a proliferar las startups. “La tecnología y la ciencia por sí solas no garantizan el éxito”, decía Benjamin Netanyahu en un discurso que pronunció en la Bolsa de Londres en noviembre de 2017. “Si fuera así […] la Unión Soviética habría sido uno de los países más prósperos del planeta, porque disponía de científicos excepcionales en matemáticas, en física, en materiales, en cualquier campo imaginable”.

No basta con tener una gran comunidad científica para generar prosperidad. Piensen en los romanos. Conocían la máquina de vapor. En el siglo I de la era cristiana, el matemático Herón de Alejandría diseñó un artilugio que bautizó con el nombre de eolípila, que etimológicamente significa “balón de Eolo”, el dios del viento.

El mecanismo consistía en una esfera montada sobre un eje, para que pudiera dar vueltas como un mapamundi. Debajo se ponía un depósito de agua, que al calentarse y entrar en ebullición, expulsaba el vapor por unos tubos acodados situados en cada polo de la eolípila, imprimiéndole un movimiento giratorio.Es el mismo principio que impulsa las turbinas de las centrales eléctricas, pero para los romanos era una simple curiosidad, un juguete. ¿Por qué nunca lo aplicaron al transporte? Porque los romanos tenían esclavos y la mecanización del trabajo no les reportaba ninguna ventaja.

Lo mismo sucedía en la URSS. Ningún régimen ha destinado una proporción mayor del PIB a investigación y desarrollo y, sin embargo, su economía era un prodigio de ineficiencia. ¿Por qué? Porque no había propiedad privada ni libertad de empresa. La URSS figuraba en todas las estadísticas como el primer productor de tractores y de patatas, pero los tractores se oxidaban en las explanadas de las fábricas y las patatas se pudrían en el campo porque no había empresarios que dijeran: “Vamos a coger los tractores para cosechar las patatas y forrarnos”.

Para que la innovación se traduzca en riqueza hace falta un marco institucional adecuado. Allí donde se da, el ingenio germina imparable. “Si hubieran cogido a uno cualquiera de los científicos [soviéticos] y lo hubieran trasladado […] a Palo Alto”, señalaba Netanyahu en la Bolsa de Londres, “habría generado riqueza en dos semanas. Una riqueza ingente”.

Eso es lo que hizo Israel. Bueno, más o menos. No los trasladó a Palo Alto, sino a Tel Aviv. Y no lo hizo de forma deliberada, sino como consecuencia de una de esas carambolas que se dan a veces en la historia. Netanyahu va hoy por el mundo alardeando de economía liberal, pero en los años 90 Israel seguía preso de los peores prejuicios anticapitalistas. David Ben Gurion, uno de los padres fundadores de Israel, admiraba la Revolución rusa y organizó la agricultura en granjas colectivas (los kibutzim) que renegaban de la propiedad privada. Tampoco tuvo inconveniente en embarcar al Gobierno en todo tipo de aventuras empresariales, como la industria aeronáutica.

Este dirigismo funcionó bastante bien al principio. Dar tractores a los colonos o emplear a los parados en fábricas estatales impulsa la riqueza nacional, porque los hace más productivos. Esa movilización de recursos fue la razón por la que la URSS crecía a principios de los 50 a un ritmo frenético, hasta el punto de que muchos intelectuales se convencieron de que la planificación central era superior al mercado. La demostración definitiva fue la puesta en órbita en 1957 del primer satélite artificial. Kruschev vio en el Sputnik una prueba tan obvia de la superioridad de su sistema, que renunció a la beligerancia estalinista contra Occidente e inauguró una era de “coexistencia pacífica”, convencido de que el marxismo no necesitaba dar ni un tiro para ganar la Guerra Fría. El capitalismo caería como una fruta madura, arrastrado por su propia ineficiencia.

Era un espejismo, claro. Como Robert Solow expondría en un artículo publicado aquel mismo año de 1957, la movilización de recursos es una modalidad de desarrollo insostenible. Llega un momento en que ya no quedan colonos a los que dar tractores ni parados que emplear y, si quieres seguir creciendo, debes producir más con los mismos factores, es decir, debes aumentar tu productividad, lo que solo se logra incorporando tecnología. Y la tecnología se incorpora cuando se dan los incentivos para ello. Como me contaba una vez el experto en teoría de juegos Robert Myerson, durante la Guerra Fría “todos y cada uno de los avances militares se originaron en Estados Unidos. Tanto Washington como Moscú recibían cada día a legiones de expertos que les prometían armas maravillosas, y no había modo de saber si eran o no unos farsantes. Pero los estadounidenses tenían una razón de peso para ser sinceros: eran empresarios que se jugaban su dinero”.

Lo mismo sucedía en el ámbito civil. El gerente de una fábrica soviética sabía que su vida no iba a cambiar sustancialmente hiciera lo que hiciera. Piensen en Mijaíl Kaláshnikov. Se calcula que del fusil de asalto que lleva su nombre se han vendido unos 100 millones de unidades, pero Kaláshnikov no gano mucho dinero. Todo lo que le dieron (y una vez disuelta la URSS) fue la medalla de Héroe de la Federación Rusa.

Si hubiera vivido en cualquier país occidental, habría podido comprarse un equipo de fútbol. El capitalismo es muy generoso con los aciertos. Esa es la principal razón por la que la gente innova: porque te haces rico. La segunda razón es porque el mercado es implacable con los errores o, simplemente, con los que se quedan rezagados. No te puedes dormir en los laureles.

Esta competencia implacable es la que explica por qué el capitalismo resulta tan eficiente en la asignación de recursos y, como muy bien vio Friedrich Hayek, “es ingenuo pretender que pueda haber plena competencia cuando los responsables de las decisiones no pagan por sus errores”. Stalin intentó suplir la irresponsabilidad económica de los gerentes soviéticos con severas penas por “sabotaje”, pero acabó devorado por su propia espiral del terror.

INTERREGNUM: Civilizaciones: ¿choque o coexistencia? Fernando Delage

El ascenso de China no sólo está transformando el equilibrio global de poder. Es también un desafío a los valores liberales que sirvieron de base al orden internacional aún vigente, creado tras la segunda guerra mundial. China es una gran defensora de la Carta de las Naciones Unidas y del principio de soberanía absoluta del Estado-nación—lo que en su opinión es incompatible con los esfuerzos occidentales por promover sus esquemas políticos en el resto del planeta—, pero al mismo tiempo se define, más que como nación o territorio, como una civilización excepcional que puede ofrecer un modelo alternativo a la democracia liberal.

El nuevo autoritarismo tiene, en efecto, unos pilares más culturales que ideológicos. El capitalismo también impera en China (o en Rusia), si bien bajo la supervisión directa del Estado: el intervencionismo económico es un elemento central de su definición de la “soberanía”, y de la batalla contra el pluralismo occidental. Es la diferenciación cultural la que también justifica el rechazo de la universalidad de los derechos humanos, del Estado de Derecho o de la libertad de prensa.

La irrupción de la falla entre civilizaciones como factor estructural de la dinámica geopolítica mundial—además de la economía y la seguridad—fue un célebre argumento avanzado por el profesor de la universidad de Harvard Samuel Huntington hace 25 años. Pero la manera en que Estados como China o Rusia (también Turquía o el propio Daesh) recurren a criterios de civilización para expresar su identidad en el sistema internacional es un fenómeno al que no se ha prestado suficiente atención. Es un déficit que intentan corregir algunos expertos, como el profesor de la London School of Economics Christopher Coker en su reciente libro “The rise of the civilizational state” (Polity Press, 2019).

La República Popular de Xi Jinping defiende, como es sabido, un modelo de “socialismo con características chinas” que combina un Estado leninista con una cultura neoconfuciana. Recurriendo a la continuidad histórica de su civilización, el discurso nacionalista de Pekín persigue la promoción de su estatus como gran potencia con la denuncia del universalismo liberal. El desafío es en consecuencia cómo articular la coexistencia entre civilizaciones muy diversas, incluyendo a aquellas que se han situado en el centro del poder mundial y no seguirán aceptando una posición subordinada a Occidente.

También aquí China parece llevar la iniciativa. La semana pasada, en la inauguración en Pekín de una conferencia sobre el diálogo entre civilizaciones asiáticas, el presidente Xi se pronunció sobre el grave error de considerar una raza y civilización como superior a las demás, y el desastre que supondría intentar desde fuera rehacerla como la propia. “Las distintas civilizaciones no están destinadas a enfrentarse”, dijo Xi. “Los crecientes desafíos globales que afronta la humanidad, añadió, requiere esfuerzos conjuntos”, en los que la cultura desempeñará un papel fundamental.

Desconocemos si se trata de una coincidencia, pero unos días antes la responsable de la oficina de planificación del departamento de Estado de Estados Unidos declaró en Washington que, por primera vez, Estados Unidos afronta “un competidor que no es caucásico”. Las actuales tensiones comerciales se desarrollan en un contexto en el que se libra una “batalla con una civilización realmente diferente”. La polémica estaba servida, en una nueva demostración de que las presiones sobre el orden liberal no sólo proceden de China o Rusia, sino—de manera quizá más preocupante—desde dentro, impulsadas por ese fenómeno de los populismos identitarios, y por una administración norteamericana que parece haber olvidado el secreto de su liderazgo durante siete décadas. Demonizar a potencias terceras cuando Occidente se está erosionando en su propio seno de nada servirá para restaurar la fortaleza de los principios que crearon el mundo moderno. Puede perder, incluso, la capacidad para definir los términos del debate que dará forma a la Historia de las próximas décadas.

EEUU, en varios frentes

La Administración Trump parece haber acelerado, en parte como un paso en su estrategia para renovar mandato y, por otro lado, porque cree haber visto una ocasión propicia para mejorar posiciones.

Pero la realidad es que EEUU ha incrementado la presión sobre Irán en demanda de renegociar el tratado de desarme nuclear de Teherán, fortaleciendo las sanciones y moviendo parte de su flota a las costas iraníes. Por cierto, la fragata española que acompañaba, con otros buques de guerra europeos como escolta a los norteamericanos, ha sido retirada tras haber asumido su compromiso hace varias semanas y conociendo en qué consistía la misión.

Al mismo tiempo, tras haber comenzado a aplicar duras tarifas arancelarias a productos chinos para entrar en el mercado estadounidense, ha acogido la respuesta china de aplicar sus propios impuestos a productos de EEUU con suficiencia diciendo que EEUU gana ese pulso y anunciando un próximo encuentro entre los primeros mandatarios de ambos países para intentar un pacto. Y, como guinda a esa ofensiva, Pompeo y Putin se reunirán en Rusia para analizar todos los frentes, incluida Venezuela, y tratar de llegar a un acuerdo de mínimos por el que Rusia no impediría los pasos de Trump. Un plan ambicioso, pero ahí está.

Todo esto ha puesto muy nerviosos a los líderes europeos, a los que el secretario de Estado Pompeo ha informado en Bruselas, que, como siempre, piden con más énfasis prudencia a EEUU que freno a un Irán que amenaza con reanudar el rearme nuclear.

La inestable situación puede descontrolarse con cualquier incidente no previsto, pero una vez más, Europa no ofrece alternativas de liderazgo, sino que insiste en el apaciguamiento permanente de cualquier situación como fórmula retórica. Estamos en la misma situación de siempre pero cada vez con más riesgos.

THE ASIAN DOOR: Las exportaciones españolas buscan el maná de Yiwu. Águeda Parra

El tren Yiwu-Madrid es el máximo exponente de la apuesta de Xi Jinping de conectar China con Europa a través de la línea de ferrocarril más larga del mundo. Con un trayecto de 13.052 kilómetros, el tren de carga que une Oriente con Occidente recorre una distancia superior a la ruta de pasajeros transiberiana Moscú-Vladivostok. Una ruta cultural, comercial y económica, pero también con una marcada componente geopolítica.

8 países, 21 días, 14 trenes y 4 tipos diferentes de vías son las cifras que caracterizan la mayor apuesta férrea lanzada en décadas para hacer posible el “sueño chino” de Xi Jinping de abrir nuevos mercados a los productos nacionales. Una tercera alternativa a la conexión marítima, más lenta, y a la opción aérea, más rápida, pero sustancialmente más cara. Teniendo en cuenta que el transporte marítimo se mantiene como la opción dominante en el transporte de mercancías, superando el 94% del comercio por peso y el 64% por valor en 2016, según datos de Center for Strategic and International Studies (CSIS), la apuesta de la vía férrea puede convertirse en el as en la manga de una alternativa de transporte masiva, además de servir de instrumento de la diplomacia china por los países que atraviesa la ruta.

Si importante es encontrar nuevos mercados para los productos chinos, igualmente estratégico es convertir el único de los seis corredores que forman la nueva Ruta de la Seda en el emblema político de China. Un emblema para la política nacional de Xi Jinping, pero también un referente internacional de la política exterior del presidente chino como impulsor de un nuevo liderazgo regional y global. En la cuestión nacional, la ciudad de Yiwu, en la provincia de Zhejiang, representa la nueva era dorada del desarrollo de las ciudades del interior de China, buscando un mayor equilibrio con las hasta ahora privilegiadas ciudades costeras, que han acaparado durante décadas todo el protagonismo en el desarrollo económico de China.

Situada a 300 kilómetros de Shanghai, la ciudad de Yiwu es el bazar chino más grande del mundo. El gran mercado de venta al por mayor es una máquina de exportación de productos básicos chinos, que factura anualmente 13.210 millones de euros y atiende a más de 200.000 clientes al día. Una ciudad idónea para convertirse en la estación de inicio del tren de mercancías que, desde que en noviembre de 2014 realizara su primer trayecto, recorre China y atraviesa Kazajistán, Rusia, Bielorrusia, Polonia, Alemania y Francia hasta llegar a España, con paradas intermedias en Barcelona y Zaragoza, pero con destino final Madrid. En los contenedores, viajan equipos electrónicos, ropa, juguetes, café, vino y cultivos.

El transporte por vía férrea es una alternativa sostenible y más rápida que la marítima, pero no exenta de dificultades operativas y logísticas. El cambio de vía entre el estándar que utiliza Rusia, además de otras antiguas repúblicas soviéticas, ha requerido de China una inversión en este tipo de infraestructuras sin precedentes. Como resultado, la ciudad de Khorgos, en Kazajistán, alberga hoy el mayor puerto seco del mundo, capaz de adecuar los tipos de ancho de vía de China, que comparte con Europa Occidental, con los que se utilizan en Asia Central, una operativa que es necesario repetir de nuevo entre Bielorrusia y Polonia. Aunque efectivo para hacer viable la conexión de extremo a extremo, es un proceso que incorpora retrasos y cuellos de botella en estas zonas. Una mejora de la logística podría conseguir reducir en un futuro el trayecto entre Yiwu y Madrid a 18 días, una razón más para hacer más atractiva esta alternativa respecto a la opción marítima o aérea.

El resultado de estas inversiones hace que los grandes logros procedan del ámbito internacional. De una conexión inexistente hace una década, el Nuevo Puente Terrestre Euroasiático, como así se denomina este corredor, hoy conecta 35 ciudades chinas con 34 europeas. Solamente en 2018, se alcanzó la cifra récord de 3.673 trayectos a través de las diversas rutas que conforman la ruta entre China y Europa, un incremento del 116% respecto al año anterior, según la Comisión Nacional de Desarrollo y Reformas de China. Entre los logros, los diplomáticos tienen, si cabe, un mayor valor, y gracias al acuerdo alcanzado entre Xi y Putin, desde 2018 Rusia ha abierto la exportación de manzanas procedentes de China, levantando un veto que todavía mantiene para la Unión de Europa, de introducir y que transiten frutas, verduras, cárnicos y productos frescos por su territorio.

Un acuerdo comercial que servirá para mejorar los ratios de eficiencia en los trayectos de vuelta, que apenas registran la mitad de los viajes de ida, y en ocasiones regresan vacíos. El negocio del transporte de mercancías por tren es todavía muy incipiente para China, y está por explotar. Sin embargo, es un mercado en alza que bate récords de transporte, responsable en parte del incremento del comercio entre China y Europa en un 7,65% entre 2007-2016. La apertura de nuevos centros de distribución ferroviaria y la incorporación de una nueva selección de productos aptos para el viaje, permitirá duplicar el comercio entre 2015-2019 respecto al registrado entre 2012-2014, según las estimaciones.

De ahí la oportunidad que se le brinda a las exportaciones españolas. Con el objetivo de mejorar ese ratio de eficiencia, y aprovechando la celebración del tercer aniversario del primer viaje del tren, la Fundación para el Intercambio entre Yiwu y España ha puesto en marcha un viaje conmemorativo para dar a conocer la cultura, la gastronomía y las exportaciones españolas en la Feria de Productos Importados de Yiwu 2019, que se celebrará entre el 20 y el 28 de mayo, contando con España como país invitado. Una espléndida ocasión para potenciar los acuerdos comerciales que permitan reducir el número de trenes que regresan vacíos, en parte por el veto ruso, pero también por el desconocimiento de la amplia oferta del mercado español para los intereses y gustos chinos.

Trump y su juego arancelario con China. Nieves C. Pérez Rodríguez

Washington.- Una vez más, el debate en Washington se centra en la guerra comercial entre Estados Unidos y China. Cuando parecía que había acuerdos más o menos aceptados por ambas partes, desde la cuenta de Twitter de Trump nos llegaban otras noticias. Y el viernes 3 de mayo amaneció con tarifas del 25%, y, como corresponde, los mercados sufrieron el impacto de la noticia respondiendo con volatilidad, y los ánimos se han caldeado nuevamente.

Parece que deberíamos habernos acostumbrado a que Trump cambie de opinión, o más bien a que haga uso del factor sorpresa debido a su convicción de que esa es la mejor manera de hacer negocios. Aunque eso quedó objetado en un artículo publicado por el New York Times -la semana pasada-, que sostiene que el inquilino de la Casa Blanca es un mal hombre de negocios, que su éxito ha sido la pérdida de millones de dólares de la fortuna que le dejó su padre y por ello ha podido evadir impuestos durante décadas. Seguramente esa es la razón por lo que se ha cuidado tanto de que sus declaraciones de la renta no se hicieran públicas ni durante la campaña electoral ni como presidente. Pues la razón que lo catapultó en las urnas fue precisamente su aparente éxito económico, y que esa experiencia fuera aplicada al Estado y pudiera ser copiada por los ciudadanos.

El año pasado alrededor de esta misma época estábamos analizando el impacto de las tarifas y los efectos de esa supuesta guerra comercial que tanto invoca Trump, pero en 2018 el centro estuvo en las tarifas arancelarias del aluminio, paneles solares y acero. Y, de acuerdo a los expertos, los estadounidenses ya están pagando impuestos por esos materiales en su día a día. Pero no es un desembolso obvio que tenga un impacto directo en sus presupuestos.

Un año más tarde la discusión se centra en productos elaborados en China, como teléfonos móviles, tabletas, dispositivos inteligentes o pulseras de deporte, ordenadores, televisores, juguetes, zapatillas deportivas de primera línea -como Nike-, prendas de ropa, entre muchos otros artículos que se consumen masivamente a diario. Y, de acuerdo con la CNN, si estos aranceles entran en vigor el impacto para una familia media de cuatro personas en los Estados Unidos podría representar cerca de 800 dólares más de gasto al año.

Los delegados de Beijing se despidieron con apretones de manos típicos de los representantes de Trump y se retiraron de Washington sin ningún acuerdo. 4Asia consultó la opinión de Eric Johnson, periodista especializado en intercambios comerciales, tecnología y logística, quien acumula muchos años de experiencia en el sector privado de intercambios internacionales. “La política comercial de Trump está causando estragos entre los importadores que gestionan las cadenas de suministro globales porque no pueden cambiar los centros de producción baratos. Cuando existen amenazas en imposición de tarifas, se obliga al sector a crear planes de contingencia, que incluyen transporte de carga, lugares de producción, adquisición de materias primas en esos sitios donde se produce”.

Johnson no cree que el presidente o la mayoría de los estadounidenses comprendan lo bien sintonizadas que están realmente estas cadenas de suministro en la práctica y cuán vulnerables son a los cambios, y más cuando se agregan tantos aranceles al producto final.

El experto afirma que los importadores están acostumbrado a cierto nivel de caos, ya sea una huelga en un puerto, un fenómeno natural, o la desaceleración de la demanda mundial de bienes. Pero, sostiene, la mayoría percibe estas tarifas como punitivas para ellos y sus consumidores, y, peor aún, no creen que lograrán el objetivo declarado por la Administración Trump de reconstruir la base de fabricación en los Estados Unidos.

En opinión de Jonhson, el aumento de los aranceles del viernes 3 es una señal de que las negociaciones fueron un pretexto para los aranceles, en lugar de que los aranceles sean una amenaza para obligar a China a sentarse en la mesa de negociación. Sin embargo, insiste, esto no debería absolver a China de su responsabilidad en este caos. Beijing ha actuado como una economía desarrollada durante una década, pero usando el disfraz de subdesarrollada, mientras ha subsidiado injustamente a sus propios sectores en detrimento de otros mercados.

Johnson afirma que Trump abandonó lo que habría sido un baluarte eficaz contra el desprecio de China por las prácticas de comercio justo cuando sacó a los Estados Unidos del TPP, a principios de su mandato. Desde entonces, ha alienado sistemáticamente a nuestros socios comerciales y aliados económicos.

Concluye: “Apostaría a que la mayoría de nuestros aliados están esperando los resultados de noviembre de 2020, para ver si tendrán que lidiar con Trump durante cuatro años más, o si por el contrario podrán tener una contraparte más razonable para negociar en la mesa”. (Foto: Stefan Schinning)

INTERREGNUM: Amenaza cuando puedas. Fernando Delage

El pasado viernes, como había amenazado con hacer sólo unos días antes, el presidente de Estados Unidos optó por una nueva escalada en la guerra comercial con China, al aumentar del 10 por cien al 25 por cien los aranceles sobre la importación de productos de la República Popular hasta un total de 200.000 millones de dólares. Su decisión se produjo en vísperas de la conclusión de la 11 ronda de negociaciones con Pekín, cuando parecía que un acuerdo estaba al alcance de la mano.

La Casa Blanca atribuye la medida a la marcha atrás china con respecto a algunos de sus compromisos, aunque no ha dado detalles al respecto (y las autoridades chinas lo niegan). En uno de sus tuits de la semana, Trump señaló como razón la “ESPERANZA” china—escribió la palabra en mayúsculas—de renegociar con Biden o con uno de los “muy débiles demócratas”. Sin el menor riesgo de que se le confunda con uno de estos últimos, el presidente ha advertido de la posibilidad de extender las tarifas ya impuestas al resto de las exportaciones chinas a Estados Unidos (es decir, a productos por valor de otros 325.000 millones de dólares).

El temor de que no se llegue a un pacto ha provocado el nerviosismo de los mercados occidentales, en un marcado contraste con la calma que se respira en China, cuyo gobierno no ha dudado en declarar que responderá debidamente a las sanciones de Washington. Trump ha debido tomarse en serio esas palabras, pues de manera inmediata ha prometido un paquete de compensación a los agricultores norteamericanos que exportan a China, muchos de ellos votantes suyos y al mismo tiempo los más perjudicados por la crisis bilateral: Pekín los ha sustituido desde hace meses por los productores de otros países.

¿Constituyen las bravuconadas de Trump una táctica negociadora, o una operación de distracción cuando se le acumulan los problemas internos? Su hostilidad hacia China atrae la atención de los medios, pero también complica la conclusión de las negociaciones. No faltan por ello los observadores que creen que la verdadera intención de Trump es crear una crisis económica y política en la República Popular. Es probable, sin embargo, que la administración tenga razón al concluir que de nada sirve pactar ciertos compromisos si luego la burocracia china hace inviable su implementación interna. El problema es que una vez más vuelven a ponerse de relieve las limitaciones derivadas de la presión unilateral. Bajo presidentes anteriores, Washington siguió un enfoque multilateral que le permitió crear los incentivos para que China ajustara sus prácticas internas si no quería verse aislada. Trump, en cambio, abandonó el TPP—diseñado para lograr de Pekín los mismos objetivos que él pretende—; no ha dejado de criticar a la OMC—cuyas normas violan las sanciones que acaba de adoptar—; y amenaza con nuevas tarifas a sus propios aliados también. Aun cuando muchos compartan la necesidad de disciplinar a China, quien se está viendo aislado en la esfera internacional por los métodos empleados es Estados Unidos (y sus consumidores los más afectados).

Es posible que este tipo de estrategia esté llegando a su fin. Pekín ha declarado que no negociará un acuerdo comercial con Washington “con un cuchillo en el cuello”. Las amenazas norteamericanas le preocupan sin duda, pero China ve en ellas la nada oculta intención de obligarle a cambiar su sistema económico e industrial y, de manera más general, frenar su ascenso como potencia global. Aunque ambas partes necesitan un entendimiento, sus diferencias estructurales impedirán la restauración de un equilibrio en la relación bilateral. Incluso si llegan finalmente a un acuerdo comercial, la rivalidad tecnológica y geopolítica entre los dos gigantes seguirá marcando el mundo de las próximas décadas. (Foto: Lance Leong)