INTERREGNUM: Presión sobre Taiwán. Fernando Delage

El pasado lunes, el portaaviones Liaoning de la armada china realizó ejercicios en la costa oriental de Taiwán. El martes, el Theodore Roosevelt, portaaviones de la flota norteamericana, entró en el mar de China Meridional como parte de una “operación de rutina”. El miércoles, un avión espía EP-3E de Estados Unidos sobrevoló el espacio en el que lindan el estrecho de Taiwán y el mar de China Meridional. Pekín respondió mediante el despliegue de varios aviones en la zona, como también hizo Taipei, aunque las incursiones chinas en el espacio aéreo taiwanés se han producido a diario durante los últimos meses. El mismo día, el destructor John McCain navegó a través del estrecho de Taiwán, cuarta vez que lo hacía un buque de Estados Unidos desde la toma de posesión de Biden como presidente.

Desde Washington, el portavoz del departamento de Estado expresó la “profunda preocupación” por las acciones chinas dirigidas a intimidar a otros en la región. Estados Unidos, indicó, “mantiene la capacidad para hacer frente a todo intento de recurso a la fuerza o cualquier otra forma de coacción que pueda poner en peligro la seguridad o el sistema social o económico de Taiwán”. Las fuerzas armadas norteamericanas llevan tiempo advirtiendo, por otra parte, de que China está probablemente acelerando sus planes para el control de la isla. Puede que lo intente durante los próximos seis años, señaló el mes pasado ante el Senado el responsable del mando Indo-Pacífico, almirante Philip Davidson.

No son pocos los analistas que creen que China ha perdido la paciencia con el statu quo. En vísperas del centenario, en julio, del Partido Comunista, y al acercarse el más que probable tercer mandato de Xi Jinping—a partir del XX Congreso en 2022—se piensa que un avance con respecto a la reunificación formaría parte central de su legitimidad, por lo que estaría dispuesto a asumir mayores riesgos. El centenario de la fundación del Ejército de Liberación Popular en 2027 podría ser otra circunstancia que conduzca a realizar algún movimiento en relación con la isla.

Es cierto que, desde 2013, China ha aumentado la presión en su periferia marítima, y no sólo en el estrecho de Taiwán: sus acciones en los mares de China Meridional y de China Oriental tampoco pueden desvincularse de su estrategia hacia la recuperación de la “provincia rebelde”. La presión aérea y naval es la mayor en los últimos 25 años, sin embargo, los costes de un ataque continúan siendo muy elevados.  El uso de la fuerza contra Taiwán haría un enorme daño a la imagen internacional de China, uniría a los países vecinos contra la amenaza que representaría Pekín para la estabilidad regional y, sobre todo, distraería a Xi de sus prioridades internas. La inquietud por el comportamiento chino es comprensible, pero su objetivo consiste probablemente en disuadir a las autoridades taiwanesas para que no declaren la independencia más que en optar por la reintegración por la fuerza. Los efectos que se buscan son sobre todo psicológicos: los medios militares, como los cibernéticos y económicos, buscan dividir a los taiwaneses, sembrar el pesimismo sobre su futuro, y hacer presente el poder de la República Popular, así como el reducido margen de actuación de las potencias externas.

Corregir esta última percepción es una cuestión central para Estados Unidos. Washington está—por ley—comprometido con la defensa de Taiwán, pero mantiene la ambigüedad sobre cómo respondería a un ataque por parte de China. Cada vez será más difícil contar con el apoyo de la opinión pública norteamericana en un eventual uso de la fuerza contra Pekín, pero está en juego asimismo el futuro de sus alianzas en Asia. Porque las opciones son limitadas, la prioridad debe ser prevenir una crisis en el estrecho antes de que se produzca. El acercamiento a los aliados y la inclinación por la diplomacia de la administración Biden, junto con la firmeza de sus mensajes a China, son por ello tanto o más relevantes que el reforzamiento de sus capacidades militares.

EEUU quiere estar a la cabeza de la vacunación mundial. Nieves C. Pérez Rodríguez

El secretario de Estado, Anthony Blinken, fue entrevistado el pasado domingo en la cadena NBC y fue interpelado sobre la política exterior de los Estados Unidos con especial foco en China y si se está desarrollando una especie de diplomacia internacional de vacunas. 

Blinken afirmó que Washington está preparando un plan de distribución internacional de vacunas mientras trabajan paralelamente en un plan doméstico de vacunación masiva en el que ya están previendo la inclusión de adolescentes a corto plazo y niños en un plazo un poco más largo. “Una vez que América esté vacunada nos aseguraremos de que el resto del mundo tenga acceso a la vacuna también. Estados Unidos tomará el liderazgo de la vacunación internacional y nos aseguraremos de que el resto de los países pueda ser vacunado”.

El secretario de Estado aseguraba que gracias a la estructura del COVAX (por sus siglas en inglés Covid-19 global Access) y los recursos que maneja se está llevando a cabo una importante labor de avance en el mundo. Estados Unidos es el principal financiador de esta iniciativa, que se ha creado con el propósito de permitir el acceso equitativo a las vacunas a todos los países del mundo. COVAX coordina los recursos internacionales para permitir a los países de bajos a medianos ingresos el acceso ecuánime a las pruebas, terapias y vacunas de COVID-19.

Blinken también afirmaba que Washington está preparándose para comenzar a ayudar a países de manera individual como ya lo han hecho con los vecinos más directos, Canadá y México. En sus propias palabras, “esto tiene implicaciones sanitarias y de seguridad directa para los Estados Unidos por su cercanía”. Aunque también reconoció la necesidad de que el resto de los países sean inmunizados, “pues mientras no sea así estaremos enfrentándonos a nuevas mutaciones del virus”.

Le preguntaron sobre el origen del virus y si él creía que China tenía la respuesta, Blinken sonrió con picardía dejando ver entre líneas que sí. Intentó contestar diplomáticamente explicando que en su opinión Beijín no hizo lo que le correspondía al principio del virus, pues no informó al mundo, no tomó las medidos necesarios con la rapidez requerida y no fueron transparentes, razones por las que el virus se fue de las manos.  Por lo tanto, aseveró que es necesario poder esclarecer el origen del virus para poder prevenir brotes futuros. Lo que índica que Washington continuará con sus esfuerzos hasta llegar a dar con la incógnita.

En cuanto a Taiwán la gran interrogante fue si está Estados Unidos preparado para defender a Taiwán militarmente, a lo que respondió que Estados Unidos tiene un compromiso bipartidista desde hace muchos años con Taiwán y que Washington mantiene y cumple sus compromisos. “Nos preocupa mucho el despliegue militar en la zona y la creciente tensión en las relaciones. Nosotros tenemos el compromiso de mantener la paz y la seguridad en el Pacífico y el que trate de cambiar el status quo de Taiwán a la fuerza estará cometiendo un grandísimo error”.

En relación con los uigures aprovechó la ocasión para mantener su posición sobre que lo que está ocurriendo en Xinjiang es un genocidio, por lo que dijo “es fundamental acercar al mundo para hablar con una única voz en contra de lo que está ocurriendo; tenemos que tomar decisiones concretas como evitar que empresas colaboren con Beijing para mantener control de la población, con equipos y tecnología. También estamos mirando el origen de los productos producidos en esa parte de China para asegurarnos que no puedan entrar en los Estados Unidos”.

En las últimas dos semanas ha estado creciendo el rumor de se estaría haciendo un frente para boicotear los juegos Olímpicos de invierno 2022. China fue seleccionada como país anfitrión en julio de 2015. Como es habitual, los países anfitriones se escogen con anticipación suficiente para que tengan tiempo de prepararse y en la mayoría de los casos construir infraestructura o adecuar la que tienen para el evento.

Los grupos más conservadores están alimentando la idea de dicho boicot, entre ellos políticos, figuras públicas como Mike Pompeo, ex secretario de Estado, y algunos think tanks de línea más conversadora. Pero también hubo un incidente que no pasó desapercibo de boca del portavoz del Departamento de Estado en una rueda de prensa en la que fue preguntado sobre ello y en vez de evadir la respuesta dijo que ese tema estaba en revisión.

El fundamento que sustenta el boicot está basado en la falta de derechos humanos en el país, las persecuciones religiosas a minorías tibetanos, musulmanas o cristianas. La hostilidad a la prensa occidental que se ha agudizado especialmente a raíz de los reportajes del comienzo del Covid en Wuhan y las crónicas sobre los uigures, y el acoso a la libertad de expresión en las redes sociales chinas que, forman parte del minucioso sistema de vigilancia social en el que viven los ciudadanos chinos.

La teoría de que una Administración demócrata sería más blanda con el PC chino parece estarse desmontando. Es cierto que se ha regresado a los usos más diplomáticos y menos bastos pero muy lejos del tratamiento que dio la Administración Obama a Beijing. En efecto, el mismo Blinken lo dijo de manera contundente en la entrevista que reseñamos: “Estados Unidos no puede volver ni cuatro años atrás ni ocho años atrás, este es otro momento y unas circunstancias diferentes”. No hay duda de que el acuerdo bipartidista en este tema es crítico pero tampoco parece haber dudas de que estamos sumidos en una pandemia por el mal manejo chino y que la Administración Biden seguirá buscando hasta dar con los eslabones que descifren el misterio y pedirá explicaciones llegado el momento.

THE ASIAN DOOR: Menos petróleo y más semiconductores. Águeda Parra

Antes de entrar en la generación de la revolución digital, el recurso más preciado para una economía era el petróleo. Posibles problemas de abastecimiento y la fluctuación en la subida de los precios han marcado períodos de cierta inestabilidad internacional. Sin embargo, en plena transformación hacia una economía tecnológicamente más sensible, son los chips, y no el petróleo, los que establecen las directrices de cómo, quién y a qué ritmo se marca el liderazgo tecnológico.

Los chips han pasado de ser un componente incorporado en determinados dispositivos para hacerlos tecnológicamente más avanzados, aportando al producto final un valor diferencial, a convertirse en un elemento imprescindible en el desarrollo de aquellas industrias que están siendo pioneras en incorporar las capacidades que aportan las nuevas tecnologías. Los semiconductores, comúnmente llamados chips, son parte esencial en la transformación que el desarrollo de la economía digital va a ejercer sobre determinados sectores.

La importancia de los chips, como en su momento sucedió con el petróleo, se ha convertido en imprescindible en el desarrollo de la economía. En general, cualquier industria que esté relacionada con la tecnología seguirá con detenimiento la evolución de cómo evolucionan, y a qué ritmo, las nuevas generaciones de semiconductores. Asimismo, aquellas empresas fabricantes de chips que sean capaces de innovar serán las que atraigan las miradas de las industrias tecnológicamente más punteras.

En el caso del sector del automóvil, antes de 2005 apenas ningún vehículo incorporaba chips en su producción. Hoy la industria automotriz no entendería su crecimiento y competitividad sin la presencia de semiconductores que son esenciales en la gestión y control del rendimiento de los automóviles. Lo mismo aplica a otros sectores, donde incorporar chips de última generación resulta diferencial en el desarrollo de las nuevas capacidades en cloud computing, inteligencia artificial, la industria de los videojuegos, los coches autónomos, la Internet de las Cosas (IoT) y, en general, de todas aquellas industrias que se verán dinamizadas por el despliegue y potencialidad de la nueva tecnología 5G.

El ritmo de crecimiento casi exponencial que ha tenido la industria de los semiconductores en la última década ha llevado a alcanzar la cifra récord de 500.000 millones de dólares en ventas a finales de 2020, el doble de lo que suponía este mercado en 2009. Y, como protagonista de excepción de esta industria, está Taiwán, intensificando la geopolítica de la tecnología, situándose en el centro del campo de juego entre la creciente rivalidad tecnológica que enfrenta a Estados Unidos con China. Una apuesta estratégica que quizá sea momento de revisar.

Frente a la capacidad de grandes corporaciones americanas dedicadas al diseño de los chips, caso de Nvidia, Qualcomm y AMD, la taiwanesa TSCM es el mayor fabricante de semiconductores del mundo, convirtiéndose en parte esencial de la cadena de suministro. Responsable de la fabricación del 70% de los chips de más alta gama, la empresa taiwanesa está en la vanguardia de la producción de chips de última generación de 5nm. Un tren que ha dejado pasar Estados Unidos al fomentar la deslocalización de la fabricación de los semiconductores hacia Asia mientras las empresas norteamericanas se han focalizado en su papel de diseñadores de nuevos prototipos. Sin embargo, en la estrategia de China el objetivo es conseguir el grado de especialización en la fabricación de chips alcanzado por Taiwán, un expertise que sitúa a Taiwán al menos una década por delante de las capacidades actualmente desarrolladas por el gigante asiático.

La tan ansiada autosuficiencia que busca China supone no depender de empresas extranjeras para la próxima generación de productos para ir evolucionando desde el “Made in China” a la etiqueta del “Designed in China”. De ahí que, entre los objetivos con visión 2035, también se incluye adquirir un rol preeminente en fabricación de semiconductores propios a nivel internacional.

En el actual escenario de redefinición de la estrategia de la administración Biden respecto a China, el liderazgo mundial de Taiwán en la industria de los semiconductores no pasa desapercibido para ninguna de las partes. El dominio de la isla en cuanto a la fabricación del nuevo petróleo del mañana, los semiconductores, es una pieza estratégica más a valorar, tanto en lo económico como en lo geopolítico, en la decisión que tome Washington respecto a cómo pretende abordar la relación con China para los próximos años.

Biden, Irán …. y China

Finalmente, Biden ha abierto negociaciones con Teherán de cara a renovar, con algunos cambios, el acuerdo sobre el uso de la energía nuclear por parte del régimen de los ayatollah. En el fondo es la misma posición, con matices, de la Unión Europea y destacadamente por Francia y Alemania, con importantes intereses económicos en Irán.

Pero, a tenor de las primeras reacciones, Biden va a tener algunas dificultades para explicar sus movimientos la opinión pública de EEUU, donde han surgido discrepancias sobre lo que algunos estiman concesiones políticas y económicas, si finalmente se levantan las sanciones sin obtener garantías claras de Irán, para facilitar un acuerdo. Hay que recordar que siempre hubo dudas sobre el nivel de cumplimiento iraní de su compromiso en no enriquecer uranio y malestar por los obstáculos puestos a las inspecciones internacionales de las instalaciones iraníes. Cuando el presidente Trump decidió unilateralmente romper la adhesión de EEUU  a lo acordado, la reacción de Teherán no fue reafirmar su adhesión al acuerdo sino declararse no obligada ya a cumplirlo. A esto hay que añadir el acuerdo suscrito entre Irán y China recientemente en el que, a cambio de inversiones chinas en infraestructuras, Teherán facilita presencia estratégica china en sus puertos.

Y en ese marco está Israel, estrecho aliado de Estados Unidos, que siempre ha señalado que el viejo acuerdo con Irán no garantizaba nada sino que daba salida a la crisis económica de aquel país a cambio de ser más discreto en su rearme nuclear. Biden ha tenido que enviar a los responsables norteamericanos de Defensa a Jerusalén a dar a Israel garantías de que los intereses israelíes no se verán afectados en las negociaciones con Irán. Y un factor más. Tanto como a Israel, el acuerdo con Irán preocupa a Arabia Saudí, Emiratos árabes Unidos y a Egipto, que ahora viven un acercamiento s Israel, y eso obliga a EEUU a ser muy cuidadoso y, de momento, Biden no da pistas de su estrategia global.

China, por su parte, defiende el acuerdo con Irán sin gritar mucho, ya que necesita el petróleo y su presencia en Irán y, a la vez refuerza lazos con saudíes e israelíes en la medida en que puede ir avanzando posiciones. En ese terreno, el tablero de juego tiene muchos aspirantes y el movimiento de cada pieza implica consecuencias a veces inesperadas.

La nueva diplomacia de la Administración Biden en Vietnam. Nieves C. Pérez Rodríguez

La Administración Biden sigue dando señales claras sobre sus prioridades en política exterior y su determinación de mantener una línea consistente en cuanto a Asia. A finales de marzo la Casa Blanca comunicaba el nombramiento de Daniel Kritenbrink, funcionario del servicio exterior, como subsecretario de Estado para Asia Oriental y el Pacifico.

Kritenbrink cuenta con una larga experiencia de 27 años en el servicio, además de ser el actual embajador de los Estados Unidos en Vietnam desde 2017, pero antes fue el director de asuntos asiáticos en el consejo de Seguridad Nacional y jefe adjunto de misión en la embajada en Beijing. También estuvo a cargo de la oficina de China y Mongolia en el Departamento de Estado y habla fluidamente mandarín y japonés.

Kritenbrink publicó un vídeo de sí mismo en el que aparecía cantando rap y enviando felicitaciones por el año nuevo lunar, que es la celebración más importante en Vietnam. El video se filmó en las calles de la capital vietnamita y de la ciudad de Ho Chi Minh y comenzó con estas líneas:

…”Hola mi nombre es Dan.

Soy de Nebraska.

No soy un chino de una gran ciudad.

Hace tres años me mudé a Hanoi”…

Con esa desenvoltura el embajador, que tiene una carrera prominente y muy seria sobre sus hombros, vio una oportunidad en este vídeo que se ha convertido en un gran hit mediático visto por millones de personas. El embajador aprovechó para enviar un mensaje diplomático con astucia. Ataviado de traje y corbata, siguiendo el protocolo correspondiente de su cargo, pero con auriculares en el cuello y en compañía de estrellas conocidas de la música vietnamita rapeó su mensaje en inglés, aunque se atrevió también a meter frases en vietnamita.

El mensaje, que se centraba en felicitar por la celebración, fue cuidadoso en apuntar también que los “Estados Unidos y Vietnam son aliados confiables para siempre”.

El Departamento de Estado decía al respecto que el video muestra el uso de “soft power” para conectar al nivel humano. Dejando ver cómo, a pesar de lo poco común que son este tipo de acciones en diplomacia internacional, están dispuestos a adaptarse a las tendencias siempre que se logre el objetivo final.

Vietnam cuenta con una ubicación estratégica, lo que a su vez lo hace muy vulnerable. Por el norte linda con el sur de China, y toda su costa este y sur hace frontera con el Mar meridional de China. Para Estados Unidos Vietnam sirve de catalizador a las pretensiones chinas, e incluso le ayuda a posicionar su liderazgo en la región. La administración Obama afianzó los lazos entre ambas naciones con la firma de más convenios, el incremento de la cooperación y la visita hecha por el presidente Obama en primavera del año pasado. La Administración Trump mantuvo los lazos cercanos y reconoció lo estratégico de mantener dichas relaciones. Ahora la Administración Biden parece estar resaltando desde el principio esa importancia al permitir este tipo de incursión mediática de bajo coste, pero largo alcance.

Para la nueva Administración Vietnam es un aliado clave en la región en medio de las tremendas tensiones entre Washington y Beijing, que ya no son solo de tipo comercial, sino político, diplomático y además de todo geopolítico y hasta en derechos humanos. Y si Kritenbrink fuera aprobado por el Senado, que no parece tener ninguna dificultad en conseguirlo, podría desde la su posición en el Departamento de Estado seguir trabajando por profundizar esas relaciones bilaterales mientras fortalece la cercanía con los otros aliados en la región tan necesaria en el frente que está articulando Washington en contra de Beijing.

INTERREGNUM: La tragedia birmana. Fernando Delage

Cuando se cumplen dos meses del golpe de Estado en Birmania, la represión del ejército ha matado a más de 530 personas y arrestado a varios miles. Las fuerzas armadas se enfrentan a una sociedad que demanda la restitución del gobierno elegido en las urnas el pasado mes de noviembre, pero también a las minorías étnicas que han retomado su actividad insurgente. Ante el recrudecimiento del conflicto, el país no sólo va camino de convertirse en un desastre humanitario, sino también en objeto de competición geopolítica.

Al compartir frontera con China, India, Bangladesh, Laos y Tailandia, un enfrentamiento civil en Birmania puede desestabilizar la región en su conjunto. Sin embargo, en vez de articular la respuesta multilateral necesaria para prevenir un aluvión de refugiados entre sus miembros, la ASEAN aparece dividida. Por diferentes motivos, las divergencias entre las naciones del sureste asiático complican igualmente las posibles acciones de las grandes potencias, cuyos intereses obligan a descartar asimismo la posibilidad de una acción concertada por parte de las Naciones Unidas. Washington y Pekín afrontan el conflicto desde la perspectiva de su rivalidad, mientras que en India se impone como prioridad la seguridad de sus provincias del noreste, y Japón se ha limitado a suspender su ayuda financiera. Quien ha irrumpido de manera llamativa en este vacío diplomático ha sido Rusia, tradicional vendedor de armamento a Birmania.

En los actos convocados el 27 de marzo con motivo del Día de las Fuerzas Armadas, el invitado extranjero de mayor nivel con que contaron los militares birmanos fue el viceministro ruso de Defensa, Alexander Fomin. Moscú, declaró el general Fomin, “mantiene como objetivo estratégico el reforzamiento de las relaciones entre los dos países” y considera a Birmania como “un aliado de confianza y socio estratégico en el sureste asiático y en Asia-Pacífico”.  Aunque no han faltado los análisis que encuentran paralelismos con la decisión rusa de prestar apoyo militar al presidente sirio, Bashar al-Assad, para orientar la evolución de la guerra civil a su favor, cuando menos cabe observar la habilidad de Moscú para intervenir allí donde pueda para debilitar todo proceso democrático y, de esa manera, restringir el margen de maniobra de Occidente.

Como ha resumido Michael Vatikiotis en Asia Times, “el golpe de Myanmar ha resultado ser un cisne negro geopolítico. Ha puesto a Rusia en juego en un intento por hacerse un hueco en Asia; ha subrayado la debilidad de India como aliado de Occidente en la región; y ha situado a China como la variable central mientras Estados Unidos observa impotente desde la barrera mientras se prepara para contener a Pekín”.

Pero la verdadera tragedia birmana es que mientras la nación reclama un sistema democrático, la junta militar, en vez de ceder, aumentará la represión. Y con ella no sólo se aleja la posibilidad de salvar el proceso de liberalización política, sino que, por el contrario, aumenta el riesgo de quiebra económica y de mayor violencia, creando las condiciones de anarquía e inestabilidad estructural bien conocidas en otros lugares del planeta.

India y Estados Unidos estrechan relaciones

Ante un escenario en el que las tensiones entre Estados Unidos y China van a mantenerse e incluso a agravarse, la Administración Biden acelera el estrechamiento de lazos con países del Indo Pacífico, unas relaciones que el presidente Trump descuidó.

En ese contexto se inscribe el encuentro hace unas semanas entre el secretario estadounidense de Defensa, Lloyd Austin, y el primer ministro indio, Narendra Modi, que apostaron por la creciente cooperación bilateral y el liderazgo del país asiático, especialmente en el contexto de desafíos estratégicos en la región del Indo-Pacífico, en clara alusión a China. 

Esta visita se produce tras la tensa cumbre de Alaska entre China y Estados Unidos y la posterior visita del secretario de Estado Antony Blinken y el propio Austin  a Japón y Corea del Sur en la que analizaron el papel de China y la necesidad de coordinas más la política regional con Estados Unidos.

Austin “elogió el liderazgo ejercido por India en la región y su creciente compromiso con socios que tienen los mismos puntos de vista en la zona para defender objetivos comunes”, declaró el portavoz del Pentágono, John Kirby. “Las dos partes reafirmaron su compromiso en defender un orden regional honesto y libre. Ambas presentaron sus perspectivas ante los desafíos comunes en la región y se comprometieron a reforzar su vasta y robusta cooperación en materia de defensa”, agregó.

El jefe del Pentágono dijo a los periodistas que India es un “pilar central” en la política de Estados Unidos en la zona y resaltó que los dos países “comparten valores e intereses clave”. Después de reunirse también con el ministro de Defensa indio, Rajnath Singh, explicó que discutieron el impulso de la cooperación en nuevas áreas como el intercambio de información, la logística y la inteligencia artificial.

A pesar de que el golpe militar y la desestabilización en Birmania han puesto al descubierto la debilidad de India como potencia regional, los apoyos de China y Rusia, que busca un espacio en la región, como explica nuestro colaborador Fernando Delage, Estados Unidos no tiene más remedio que estrechar lazos con Nueva Delhi, que a su vez tiene problemas fronterizos con China y con el islamismo en Cachemira, y una potencia económica y militar clave en la región.

La colaboración en materia de defensa entre India y Estados Unidos han ido en aumento en los últimos años, incluyendo importantes contratos de armamento por valor de más de 20.000 millones de dólares en importaciones de material estadounidense. Actualmente están negociando una posible compra de treinta drones militares con un valor estimado de 3.000 millones.