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La delincuencia es tan baja en Singapur que muchos comercios ni se molestan en cerrar la puerta (algunos ni siquiera tienen). Miguel Ors Villarejo

(Foto: ABN2, Flickr) El año pasado, Singapur estableció una curiosa marca: estuvo 135 días sin que la policía reportara delitos: ni asaltos domiciliarios ni atracos ni hurtos. La sensación de paz es tal, que los comercios no se molestan en cerrar la puerta. Algunos ni siquiera la tienen. En Raffles Place, una concurrida estación de metro, los empleados de Starbucks cruzan en la entrada una cinta como las que usan en los cines para organizar las colas y se van a casa. La mercancía queda tapada por una simple lona, al alcance de cualquier viajero, como explica este vídeo de la CNBC.

¿Cómo han logrado semejante nivel de seguridad?

La criminología fue un asunto de sociólogos y psicólogos durante siglos, pero a comienzos de los 60 un joven profesor de economía que llegaba tarde a un examen se enfrentó al siguiente dilema: “¿Dejo el coche en la calle, en un sitio ilegal pero próximo a la facultad, o lo meto en un aparcamiento más alejado?” Sobre la marcha concluyó que lo lógico sería comparar el coste y la probabilidad de la multa con la inversión en tiempo y dinero que suponía estacionar legalmente, e inclinarse por la opción menos onerosa. “Decidí aparcar en la calle”, contaría años después en el Chicago Maroon, “y dado que el examen era oral, la primera pregunta que le hice al alumno […] fue cómo reaccionaría ante una situación de esta naturaleza. Lo pasó bastante mal. [Risas]”.

Aquel joven profesor era el futuro Nobel Gary Becker y el incidente le serviría de inspiración para “Crimen y castigo: una aproximación económica”, el artículo en el que expone su tesis de que los malhechores están hechos del mismo barro mortal que usted y yo. “Se convierten en criminales”, argumenta, “porque les resulta más rentable el delito que el trabajo legal, una vez consideradas la posibilidad de ser apresado y la severidad del castigo”.

Esta explicación suscitó inicialmente una reacción bastante hostil. Planteaba que todos éramos delincuentes en potencia, y no le faltaba razón. Una escena de Nueve Reinas ilustra bien esta idea. Ricardo Darín quiere persuadir a Gastón Pauls de que todos tenemos un precio. “No hay santos, lo que hay son tarifas diferentes”, afirma, y le plantea si se acostaría por dinero con otro hombre.

—¿No cogerías [joderías] con un tipo si yo te ofreciera 10.000 dólares? —dice arrojando un sobre sobre el lavabo del baño.— 10.000, buena guita.

—No —responde Pauls, sacudiendo la cabeza.

—¿Y si te diera 20.000? —Arroja otro sobre—. Guita de verdad, toda para vos.

—No.

—¿50.000?

—No.

—500.000.

Pauls se queda en silencio, mirando la pila de sobres que se ha formado encima del lavabo. Duda.

—¿Te das cuenta? —concluye Darín—. Putos no faltan; lo que faltan son financistas.

Pensarán: qué depresión, ¿verdad? Pero no. Si los malos fueran siempre malos, no habría redención posible. Deberíamos esperar a la segunda venida de Cristo o a la primera de Pablo Iglesias para que reinara la justicia. Sin embargo, si los criminales son racionales, podemos disponer los incentivos de modo que no les compense violar la ley. En palabras de Becker, “se puede desanimar [la comisión de delitos] mediante una variedad de instrumentos: el castigo, la educación, la oferta de mejores alternativas”.

Es básicamente lo que ha hecho Singapur. Primero, es un lugar muy próspero, lo que significa que todos pueden ganarse honradamente la vida. El paro entre los jóvenes (el periodo más propenso a los comportamientos antisociales) es casi inexistente: 4,5%.

Segundo, la cultura desempeña un papel crucial. Cuando realizas el experimento de dejar olvidada una cartera con dinero en Singapur, la eventualidad de que su dueño la recupere íntegra es del 90%. Únicamente en dos países es mayor este porcentaje: Noruega y Dinamarca. (En España tampoco quedamos mal: 70%).

Tercero, quedar impune es prácticamente imposible. La ciudad está trufada de cámaras de seguridad y, como explica el Safe Cities Index 2017 del Economist, “cuando combinas los circuitos cerrados de televisión con técnicas de inteligencia artificial como el reconocimiento facial, el análisis del lenguaje corporal y la identificación de ciertas conductas […] la actividad inusual puede detectarse y notificarse en cuanto se produce, facilitando una reacción inmediata”.

Finalmente, las sanciones previstas son draconianas. Hay pena de muerte, y no se reserva para los actos más horrendos, sino para faltas como la posesión y el tráfico de drogas. Si te cogen con 30 gramos de cocaína te ejecutan en la horca. Tampoco se ha abolido el castigo físico. “Una vara flexible de 1,2 metros de largo y 1,2 centímetros de grosor se usa para administrar un máximo de 24 golpes en las nalgas desnudas”, explican Donald Moore y Barbara Sciera. Los azotes están prescritos para infracciones que van desde hacer una pintada a llevar el visado caducado más de 90 días.

Si Becker está en lo cierto y la decisión de delinquir depende de la posibilidad de ser apresado y de la severidad del castigo, Singapur parece el sitio menos indicado del planeta para ello. ¿Es un ejemplo a seguir, entonces?

En la entrevista del Chicago Maroon el reportero pregunta si podría erradicarse por completo la delincuencia. “Es posible”, responde Becker, “pero no estoy seguro de que sea deseable. Para acabar de sacar a la gente de quicio, suelo decir que hay una cantidad óptima de crímenes. […] No merece la pena suprimirlos del todo, sale demasiado caro. Hay que buscar un equilibrio […] entre la ventaja de reducirlos […] y el coste que conlleva. Y ese equilibrio se encuentra en un punto en el que quedan infractores sueltos. En la China comunista no había delitos, pero […] la mayoría prefiere no vivir en una sociedad así”.

Singapur no ha ido tan lejos como Mao en la ferocidad de su represión, pero, así y todo, los sacrificios en términos de libertad y privacidad son muy superiores a los que estarían dispuestos a asumir los ciudadanos de una democracia occidental, por más que comporten el privilegio de dejar los comercios abiertos por la noche.

Fractal

Veinte años de la crisis asiática (y 3). El efecto mariposa. Miguel Ors Villarejo

El Museo Siam de Bangkok ha dedicado este año una exposición al aniversario de la crisis asiática. Aparte de fotografías y gráficos con la cotización del baht, el visitante podía contemplar “objetos que condensan el sufrimiento de los ciudadanos corrientes”, cuenta la agencia AP: “la estatua del Buda a la que un hombre de negocios confesó lo que no se atrevía a decir a su familia: que se había arruinado. O el teléfono por el que una mujer se enteró de que su jefe se había quitado la vida”. Algunos estudios cifran en 10.400 los suicidios adicionales que se produjeron en 1998 solo en Japón, Corea del Sur y Hong Kong.

La muestra se subtituló “Lecciones (no) aprendidas” y a The Economist le parece con razón “injusto”, porque las víctimas de la catástrofe se saben hoy muchas cosas “de memoria”. “Con la excepción de Hong Kong”, dice la revista, “no confían en una paridad fija con el dólar para controlar la inflación”. También son mucho más sensibles a los desequilibrios exteriores. “Tailandia arroja hoy un superávit del 11% en su balanza por cuenta corriente”.

Los tigres no son los únicos que han extraído enseñanzas. El FMI también se vio obligado a revisar su manual de primeros auxilios. Sus remedios nunca han sido muy populares, pero en 1997 imponía unas condiciones tan draconianas para acceder a sus préstamos contingentes, que Malasia rompió las negociaciones y decidió salir por libre del atolladero. En abierto desafío con el catecismo liberal vigente, impuso controles de capitales, aumentó el gasto público y rescató empresas y bancos. “El establishment académico auguró el colapso inevitable de la economía malaya”, recuerda Martin Khor, director del think tank South Centre. “Pero sorprendentemente se repuso incluso más deprisa y con menos pérdidas que otros países. Hoy las medidas [de Kuala Lumpur] se consideran una eficaz estrategia anticrisis”. Tuvimos ocasión de apreciarlo en 2007 y 2008, cuando Estados Unidos no dudó en nacionalizar su industria del motor y el G20 auspició un plan de estímulo para relanzar la actividad mundial.

Al final y a pesar de los anuncios apocalípticos de la izquierda, el capitalismo sobreviviría a aquel verano de 1997. “Los tigres se recuperaron antes de lo previsto”, reconoce el presidente del Banco de Desarrollo Asiático, Takehiko Nakao, y una vez saneados han retomado un vigoroso crecimiento.

Pero sería una ingenuidad incurrir en un optimismo de signo opuesto. En el azul firmamento capitalista los horizontes nunca están del todo despejados. Primero, porque la flotación de la moneda no es un remedio infalible. Todos (en Asia, en Europa o en América) estamos supeditados a las decisiones de la Reserva Federal. Cada vez que sube o baja tipos, altera la rentabilidad relativa de los activos y ocasiona movimientos de capitales que pueden hacer mucho daño.

Y segundo, porque se engaña quien crea que las crisis son consecuencia de la ineptitud (o la venalidad) de los responsables políticos y económicos, y que otros más perspicaces (u honestos) podrán evitarlas en el futuro. La seguridad absoluta no existe. El matemático John Allen Paulos relata el experimento de tres investigadores que emularon un negocio de elaboración y venta de cerveza, “con fábricas, mayoristas y minoristas, todo de pega. Introdujeron regulaciones verosímiles sobre pedidos, plazos y existencias, y pidieron a directivos, empleados y otras personas que […] jugaran como si todo fuera serio”. No tardaron en detectar “variaciones imprevistas”, “graves retrasos en el cumplimiento de los pedidos” y “una sensibilidad extrema a cualquier pequeño cambio”.

Es lo que predice la teoría del caos. En todo sistema dinámico (como la bolsa o la atmósfera) una alteración minúscula en las condiciones de partida puede dar lugar a escenarios diametralmente opuestos. “El lector de prensa”, aconseja Paulos, “debería ser muy cauto ante […] las crónicas que señalan causas únicas” para situaciones complejas, como las recesiones, porque están sujetas a fuerzas que las hacen “poco predecibles”. El aleteo de una mariposa en China puede determinar que, meses después, en Florida reine la calma o ruja un huracán. Y el hasta entonces irrelevante déficit exterior de un país del Lejano Oriente puede desatar el pánico en las finanzas planetarias.

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Veinte años de la crisis asiática (2). El fin del mito. Miguel Ors Villarejo

A principios de los 90, la admiración ante el milagro asiático empezó a mutar en una difusa inquietud. La idea de que, una vez derrotada la Unión Soviética, Occidente se enfrentaba a un rival mucho más temible (una generación de regímenes que aunaban la eficacia económica del capitalismo y la determinación política de las autocracias) dio pie a abundantes artículos y a algún superventas y, aunque apenas tuvo repercusión en la literatura académica seria, alentó una malsana y peligrosa soberbia entre los propios tigres. De algún modo, llegaron a considerarse al margen de las reglas por las que nos gobernábamos el resto de los mortales y, cuando empezaron a acumular abultados déficits en sus balanzas por cuenta corriente, no tomaron medidas.

La teoría canónica sostiene que esos números rojos constituyen una deuda que en algún momento habrá que liquidar, con la merma subsiguiente de la riqueza nacional. Pero el capitalismo confuciano era diferente. Su galopante ritmo de desarrollo era la manifestación de un sistema mucho más productivo. Cuando los acreedores aporrearan la puerta, pensaban, les bastaría con forzar un poco la máquina para atender los pagos, sin que la velocidad de crucero se resintiera.

El problema es que aquel galopante ritmo de desarrollo no era el fruto de una mayor productividad. En 1994, los profesores de la Universidad de Stanford Lawrence Lau y Jong-il Kim publicaron un estudio en el que se desmenuzaba el crecimiento de Hong Kong, Singapur, Corea del Sur y Taiwán y se concluía que no tenía nada de milagroso. Se debía a “la acumulación de capital”. Era un proceso similar al que había impulsado Stalin en la URSS: coges a millones de campesinos improductivos, les das tractores a unos pocos, pones al resto a trabajar en la industria e inevitablemente el PIB se te dispara.

Como contaría meses después en Foreign Affairs Paul Krugman, “es probable que el crecimiento del sureste asiático prosiga en la próxima década a un ritmo superior al occidental […]. Pero no lo hará al de los últimos años. […] Las nuevas naciones industriales del Pacífico han recogido el fruto de una excepcional movilización de factores, tal y como prevé la teoría económica más aburrida y convencional”.

Los análisis de Lau, Kim y Krugman sentaron como el típico comentario fácil y grosero en una reunión de ambiente sano y juvenil, pero se revelaron trágicamente proféticos poco después. En 1996 Tailandia cerró con un déficit del 8% en su balanza de pagos y muchos inversores empezaron a salir del país. No se fiaban del todo de las teorizaciones sobre el capitalismo confuciano. Igual eran ciertas y estaban pecando de timoratos, pero pensaron: “Que lo compruebe otro con su dinero”.

Esta retirada inicial obligó a las autoridades a salir en defensa de la paridad fija. Además de comprar resueltamente bahts, elevaron la rentabilidad que ofrecían por sus activos en un intento desesperado por invertir el flujo de capitales. Pero la subida de tipos frenó la actividad y, si ya era cuestionable que Bangkok pudiera hacer frente a sus compromisos incluso creciendo el 6%, el estancamiento lo volvía imposible. El pánico se adueñó de los inversores, la retirada se convirtió en una estampida y, finalmente, el 2 de julio de 1997, el Gobierno levantó la bandera blanca y anunció que dejaría flotar su moneda. En los días siguientes, el baht se desplomó y fue tumbando como un dominó al peso filipino, el won surcoreano, la rupia indonesia, el dólar de Singapur…

Estas devaluaciones tendrían duras consecuencias. Para empezar, los ciudadanos se encontraron con que de la noche a la mañana muchos artículos importados se habían vuelto inasequibles. Pero es que, además, los bancos debían pagar deudas contraídas en dólares con divisas que en algún caso no valían ni la mitad: estaban quebrados.

El efecto combinado del colapso del sistema financiero y la menor capacidad de compra de las familias fue el hundimiento del consumo, la inversión y el empleo. Una depresión en toda la regla.