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INTERREGNUM: China: ¿influencia o interferencia? Fernando Delage

El lunes 24 de septiembre, como había anticipado, el presidente de Estados Unidos impuso nuevas tarifas a las exportaciones chinas por un valor de 200.000 millones de dólares. Dos días más tarde, Trump sorprendió a propios y extraños cuando, en una reunión del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas dedicada a la proliferación nuclear, acusó a China de interferencia en las elecciones al Congreso de Estados Unidos que se celebrarán el próximo mes de noviembre. “Es posible, añadiría el mismo día en una rueda de prensa, que [el presidente] Xi Jinping haya dejado de ser mi amigo”. Trump presume de ser el primer líder de su país en responder de manera directa al desafío económico e ideológico que representa China para sus intereses. Pero ¿podrá conseguir lo que se propone?

Acusar a China en público, y delante de su ministro de Asuntos Exteriores, Wang Yi, también presente en la sesión del Consejo de Seguridad, revela la falta de tacto diplomático de la que el presidente norteamericano se siente tan orgulloso, así como su completa ignorancia sobre los patrones culturales y políticos chinos. La opinión pública china nunca permitirá a sus dirigentes una cesión a presiones formuladas de esta manera. Al elevar el nivel de la tensión bilateral, Trump está mostrando en realidad su propia vulnerabilidad.

El presidente ha acusado a China sin haber revelado ningún indicio, e intenta equipararla a una Rusia que evita denunciar, aunque sobre su interferencia de esta última en las elecciones de 2016 no hay ninguna duda. ¿Puede estar cerrándose el cerco de la investigación judicial sobre su relación con Moscú, y busca por ello una nueva maniobra de distracción? Descubrir que China tiene una estrategia dirigida a crear opinión a su favor en sociedades y sistemas políticos extranjeros no es ninguna novedad por otra parte. Australia es quizá el mejor ejemplo reciente en este sentido, y su gobierno se ha visto obligado a adoptar medidas legislativas al respecto. Pero las tácticas de Pekín se apoyan en instrumentos diferentes de la guerra híbrida mantenida por Putin y sus asesores. Influir en políticos, académicos y medios de comunicación, sí; interferir de manera directa en redes informáticas de organizaciones políticas y administraciones públicas para condicionar resultados electorales resulta más difícil de creer por parte china.

La acusación no sólo ayuda a desviar la atención con respecto a Rusia. Es, sobre todo, un mecanismo preventivo frente a la respuesta que cabe esperar de Pekín a las sanciones comerciales de Washington. China conoce a la perfección el mapa electoral norteamericano, y en qué Estados y en qué circunscripciones se concentran los votantes de Trump. Muchos de ellos, productores agrícolas, viven de sus exportaciones a la República Popular. Pekín adoptará sus medidas de represalia tras haber medido milimétricamente su impacto político en Estados Unidos. Se trata de la primera prueba electoral que afronta Trump desde su llegada a la Casa Blanca, y los resultados que obtengan los republicanos en noviembre servirán para valorar sus posibilidades de reelección en 2020.

Es previsible que un escenario de competencia entre ambos gigantes se haya consolidado para entonces. También podrá responderse de manera más clara a la pregunta de si la estrategia comercial de Trump ha funcionado, o ha sido China, más bien, quien ha continuado ampliando su margen de maniobra en una economía global más dependiente de ella. (Foto: Jon Colt, Flickr.com)

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China y Corea en Nueva York. Nieves C. Pérez Rodríguez

Washington.- Los discursos de los líderes en la Asamblea General de la Naciones Unidas son esperados para poder hacer las previsiones de lo que será la política exterior de las grandes potencias y se siguen con atención los de los dictadores del mundo, que nos dejan ver con sus ataques cuáles serán sus posibles líneas o aliados. Las alianzas entre las naciones democráticas suelen afianzarse, así como las de los países cuyos sistemas opresivos de gobierno se apoyan entre sí creando bloques contra occidente.

Este gran encuentro anual en la ONU se aprovecha también para llevar a cabo reuniones entre líderes, sus ministros de Exteriores, en afianzar acuerdos, presionar a aliados para avanzar alguna negociación. Así lo hizo Mike Pompeo, el secretario de Estado estadounidense, quién se reunió con su homólogo de Corea del Norte, Ri Jong-ho y con quién acordó que viajará a Pyongyang esta semana para avanzar las negociaciones y hacer una presentación formal del nuevo encargado designado por el Departamento de Estado para Corea del Norte. Según el propio Pompeo, seguirán presionando para la desnuclearización de la Península coreana.

La intervención de Trump era esperada, sobre todo después de que el año pasado llamara hombre cohete al tirano norcoreano y amenazara con acabar con él. Esta vez estuvo un poco más comedido, y con una actitud radicalmente opuesta hacia Kim Jon-un, al que se refirió como líder de Corea del Norte, dejó por sentado que después del gran encuentro en Singapur mantiene una relación con él, y que espera poder alcanzar una solución al viejo conflicto.

El presidente Trump, en ésta su segunda oportunidad frente a representantes del mundo afirmó su compromiso de “America First”, que en su interpretación pasa por proteger la soberanía estadounidense sobre la gobernanza global. Así como insistió en que Estados Unidos no le dirá a ninguna nación cómo deben vivir, trabajar o a cuál culto practicar, pero a cambio espera que respeten su soberanía. Remarcó los avances en las relaciones con Corea de Norte, y cómo los misiles y las pruebas nucleares se han parado, algunas de las instalaciones militares han sido desmanteladas, los rehenes estadounidenses han sido devueltos y los restos de los caídos en batalla ahora descansan en su patria.

Reconoció a Kim Jon-un por todos estos gestos mientras le mandaba un mensaje a sus aliados de la importancia de mantener intactas las sanciones hacia Pyongyang hasta que el proceso de desnuclearización finalice.

Y a pesar de su lista de avances, muchos analistas coinciden que Trump está premiando a Kim antes de tiempo, pues el proceso de desnuclearización -que fue lo que se planteó desde el primer momento- no ha tenido lugar, y no hay indicios de que Corea del Norte haya comenzado realmente tal proceso. Sin embargo, se debe reconocer que los pocos o muchos avances han traído a la mesa a un líder totalmente aislado, del que poco se conoce. Las sanciones han cumplido su cometido, pues tienen al régimen de Pyongyang asfixiado por lo que se han visto obligado a sentarse a hablar. Y a día de hoy por lo menos se han agotado las instancias diplomáticas, antes de llegar a un enfrentamiento bélico.

El otro punto clave del discurso del presidente Trump fue el comercio y los intercambios justos y recíprocos. Aquí hizo un ataque directo a China cuando afirmó que ha manipulado su moneda para ganar ventaja sobre los Estados Unidos. Bart Oosterveld (director de negociaciones globales del Atlantic Council) explicaba que las palabras de Trump en este sentido refuerzan el compromiso de esta Administración de interrumpir el curso que han llevado los intercambios comerciales hasta ahora, y la prueba es que han renegociado con Corea del Sur, los miembros, individualmente, de NAFTA y China. Pero a China también la culpó de estar interfiriendo en las próximas elecciones legislativas del 6 de noviembre, a la vez que sostenía que Xi Jinping es su amigo, como quien trata con poco tino de no ser tan directo.  Entre estas contradicciones a las que nos tiene acostumbrado, amenazaba con imponer más aranceles a las importaciones chinas.

El efecto secundario de acorralar a China con tantos aranceles, y peor aún hacer alarde de ello en un foro internacional, podría ser una respuesta no deseada a la situación de Corea del Norte. Hasta ahora Beijing ha mantenido las formas diplomáticas de cara a la galería, y en el último año ha jugado al rol de seudo- apoyo a Estados Unidos con las medidas y sanciones a Corea del Norte. Desde el inicio de las mejoras de las relaciones entre Washington y Pyongyang, Xi ha disminuido la presión y no está cumpliendo con las sanciones, pero desde la discreción. Si esta lucha entre Washington y Beijing se recrudece, la respuesta inmediata de China sería apoyar a Corea del Norte en desacatar las medidas internacionales y mucho de lo que se ha avanzado podría retroceder. Y todo con el florecimiento de China como potencia que ocupará el lugar de Estados Unidos.

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Trump y los daños colaterales

La visita del presidente chino a Rusia y su entrevista con Putin y los viajes del ministro de Asuntos Exteriores a Vietnam y, dentro de unos días a Filipinas muestran cómo la maquinaria diplomática de China está construyendo, paso a paso, un nuevo sistema de alianzas que desafía a Estados Unidos, aprovecha los errores de bulto del presidente Trump y  refuerza su aspiración de convertirse en protagonista de la gran escena internacional.

El consejero de Estado y ministro de Relaciones Exteriores de China, Wang Yi, visitará Vietnam, país en el que China tiene grandes intereses comerciales que aspiran a ensanchar para presidir la XI reunión del Comité Directivo China-Vietnam para la Cooperación Bilateral. Atrás quedan, al menos de momento, los contenciosos sobre zonas de soberanía marítima, plataformas petrolíferas e islas en disputa. No es que desaparezcan, sino que China quiere reforzar con influencia económica sus aspiraciones soberanas.

La visita a Filipinas es un segundo paso importante. No es un secreto que desde hace varios años el presidente filipino Rodrigo Duterte coquetea con un acercamiento a China tras varios encontronazos con la Administración Obama y la distancia que mantiene con la Administración Trump como consecuencia del repliegue de EEUU hacia el proteccionismo y la incertidumbre sobre las alianzas sostenidas hasta ahora. Filipinas ha sido uno de los aliados más sólidos de Estados Unidos desde su independencia.

No es que Filipinas vaya a cambiar de alianzas, pero Trump debería prestar atención a los daños colaterales que sus improvisaciones, sus guerras comerciales y su obsesión proteccionista están creando y como China va ocupando el vacío que deja EEUU en una zona en la que también Rusia quiere, y tiene una estrategia para hacerlo, reforzar su presencia.

Official White House Photo by Andrea Hanks

El grano y la paja

Una vez más, y podemos estar entrando en un bucle sostenido, hay que insistir en la necesidad de separar el grano de la paja en lo que al atrabiliario presidente Donald Trump hace referencia. Y hay que reconocer que el personaje no pone mucho de su parte para facilitar ese proceso intelectual.

De la gira europea del presidente norteamericano, en los medios de comunicación y, lo que es peor, en los discursos de muchos dirigentes políticos quedan sus exabruptos, sus inoportunidades, sus salidas del protocolo real británico y su falta de tacto. Es decir, la paja.

Mucho menos se han comentado, analizado y debatido sus afirmaciones sobre la progresiva dependencia energética europea del gas ruso (con las implicaciones estratégicas que eso tiene), la necesidad de un mayor presupuesto para la defensa europea, la declaración de guerra comercial y las implicaciones que puede tener su relación bilateral con Putin. No por las afirmaciones simplistas de que son más aliados sino porque su evidente choque puede llevar a un acuerdo sobre intereses comunes a costa de una Unión Europea inerme y que tiende al apaciguamiento con Rusia y al choque con Trump. Una Europa sin estrategia clara. Ese es el grano.

En ese contexto, al no insistirse en que Trump es una contingencia en una relación estratégica que no solo no puede ser cuestionada, sino que por si misma explica las libertades en Europa, la UE ve como EEUU, Rusia y China fortalecen su presencia en un escenario cada vez más complejo.

Trump se equivoca con el proteccionismo nacionalista, pero cuando Rusia y China lo critican, ellos que siguen siendo poco partidarios de las libertades, no deben engañar. Todos, Europa incluida, mantienen políticas proteccionistas que penalizan a los países pobres y a sus propias sociedades. Y el debate debe empezar ahí. Aunque algún día habrá que hablar de los gastos en defensa. Del grano. (Foto: Flickr, Official White House by Andrea Hanks)

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Una cumbre, dos egos y un camino por recorrer. Nieves C. Pérez Rodríguez

El 12 de junio del 2018 pasará a la historia como el gran momento en que un presidente estadounidense se encontró con un líder norcoreano. Un éxito diplomático que, a priori, ha sido posible por el carácter irreverente e impredecible de Trump, así como por el hecho de que Pyongyang ha desarrollado su programa nuclear en un 95%, lo que le ha permitido sentarse a hablar prácticamente de tú a tú con la nación que a lo largo de estos tensos 70 años de aislamiento los ha tenido presionados.

Se ha pasado de una hostilidad nunca antes vista a una mesa de negociación que terminó con la firma de un acuerdo de desnuclearización. La Administración Trump ha concentrado todos sus esfuerzos en hacer historia como la única que realmente ha querido poner fin a este intrincado conflicto. El Secretario de Estado, Mike Pompeo, ha dedicado casi cada minuto de su tiempo a este esfuerzo y, lo prueban los viajes que ha hecho a Pyongyang y lo rápido que se produjo el encuentro.

Pompeo conoce en profundidad la situación norcoreana, como director de la CIA tuvo acceso a todo tipo de datos y el mismo ha dicho públicamente en varias ocasiones que Trump ha sido informado de cada detalle casi diariamente, desde que aquel tomó posesión del Departamento de Estado.

La imagen de Corea del Norte ha cambiado radicalmente. Hemos visto un líder paseando por Singapur, haciéndose selfies con el primer ministro de este país y visitando los sitios icónicos de esta ciudad Estado. Se ha humanizado su imagen, se ha convertido en un líder del mundo, en vez de ser el férreo dictador que lleva las riendas de una prisión abierta, tal y como ha sido denominada por las ONGs, por el nivel de represión al que se somete a la población.

La televisión pública norcoreana ha transmitido imágenes en tiempo real del gran apretón de manos de ambos líderes, conversando y firmando el documento, cosa que para occidente es parte fundamental del rol de los medios de comunicación, pero inédito en una sociedad tan hermética como la norcoreana. Es una gran excentricidad que el régimen esté usando todo esto como campaña de reafirmación de su liderazgo y fortalecimiento de su imagen.

Una gran curiosidad de la cumbre fue el vídeo que la Casa Blanca preparó para Kim Jong-un. Comenzando por el nombre de lo que se supone es la productora que lo hizo “Producciones imágenes del destino” (ó Destiny Pictures Production, titulaba en inglés) y que tuvo una duración de 4 minutos en las que se mostraban imágenes acompañadas por una voz que relataba el número de personas en el planeta y el pequeñísimo porcentaje de esa población que dejará un impacto en la tierra, y aquellos que tomarán decisiones que renovarán su nación. Todo ello mientras se explicaba que la Historia tiene la tendencia a repetirse, con imágenes de fondo desoladoras de los límites de Corea del Norte custodiados por militares y de los momentos de mayor tensión que se han vivido. Mostraban la imagen de Kim y de Trump como quienes podrían cambiar esta historia y hacer de Corea del Norte un lugar económicamente floreciente, donde llegue el desarrollo y la modernidad. Después de la oscuridad llega la luz, una historia de oportunidades, un nuevo comienzo, dos líderes y un nuevo destino. Al puro estilo hollywoodiense terminaba diciendo “la Historia espera para ser escrita”.

El mensaje no pudo ser más directo. Washington le dijo a Pyongyang si te subes a nuestro barco te lo damos todo: prosperidad, dinero, salud, desarrollo y, lo más importante, le garantizó la seguridad a Kim y su país.

Cada momento de la cumbre fue impactante. Las largas alfombras rojas por las que cada líder camino desde direcciones opuestas hasta llegar al centro, cuyo fondo lo decoraban las banderas estadounidenses y las norcoreanas. El punto exacto del encuentro fue el mismo centro para darse la mano cordialmente, mientras Trump ponía su mano izquierda en el brazo derecho de su homólogo, como un gesto de cercanía. Kim lo miró con una medio sonrisa y correspondiendo a las palabras de Trump, pero al momento de girar a las cámaras para la foto asume una seriedad arrogante, mientras que el estadounidense se dejaba ver cómodo y confiado de que era su gran momento y que conseguiría lo que había ido a buscar.

Las palabras del inquilino de la Casa Blanca fueron, tal y como se había pronosticado en ésta misma página, una clave para leer entre líneas junto con su lenguaje corporal. Dijo que fue un gran encuentro y Kim está dispuesto a desnuclearizar a Corea del Norte. Admitió que no es un proceso corto, ni fácil, pero que la disposición abre una nueva etapa.

No cabe duda que hay mucho por hacer, esto es sólo un primer paso, pero en diplomacia un primer paso es un gran paso. La situación en la que se ha estado durante más de 70 años no ha enderezado las cosas; por el contrario, ha hecho que Pyongyang cuente hoy con la capacidad de enviar misiles hasta el otro lado del planeta. Por lo que intentar otro camino podría ser positivo para la estabilidad mundial.

Corea del Norte podría repetir lo que ha hecho en otra ocasión, sin duda, pero al menos este intento podría servir para ayudar a muchos de los ciudadanos de a pie que luchan por sobrevivir en un país que apenas tiene alimentos y cuya economía está devastada.

Son muchas los puntos en la agenda que están pendientes. El más importante, los derechos humanos de los norcoreanos. Pero tal y como lo interpreta la Administración Trump, una vez conseguida esta primera etapa, que es la base en la que construirán la relación, podrán empezar a exigir o poner condiciones.

De momento, en EEUU se sienten complacidos porque saben que pasarán a la historia como la única Administración que fue capaz de arriesgarse y sentarse a conversar con un enemigo histórico a cambio de poder acabar con la gran amenaza nuclear que ha tenido al planeta en vilo.

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Un nuevo escenario

Ocurra lo que ocurra en el encuentro entre Trump y Kim Jong-un, tras su finalización se abrirá un nuevo escenario en Asia Pacífico y en el panorama internacional general. Como apunta desde Washington nuestra colaboradora Nieves C. Pérez, cada palabra y cada imagen entrañarán un mensaje que deberá ser analizado para tratar de vislumbrar no sólo la realidad de lo que se diga, sino tratar de adivinar lo que no se cuenta y también se haya tratado. Ya habrá tiempo de hacerlo y lo haremos.

Pero la realidad es que Trump y Kim van a inaugurar una etapa nueva para sus respectivos pueblos y para sus respectivos intereses. Como hemos señalado en otras ocasiones, nunca un presidente de los Estados Unidos se sentó con el dirigente del país nacido en la ilegalidad tras la guerra coreana y nunca el dictador norcoreano había alcanzado tanto protagonismo mediático, diplomático y político.

Y eso no va a cambiar tras la cumbre. Si Trump no comete ninguno de los errores de comunicación y oportunidad a los que parece ser tan aficionado y se alcanza algún acuerdo operativo, aunque sea de mínimos, al presidente norteamericano se le perdonarán muchas de las meteduras de pata anteriores, aunque no aparcarán los frentes que su nacionalismo económico y su zafiedad han abierto.

Y Kim, por su parte, pasará de ser un personaje de cómic, un dictador aparcado a la espera de derrumbe, a constituirse en un personaje del panorama mundial. Japón ya ha anunciado su disposición a estudiar un reconocimiento oficial, con Corea del Sur se abrirá una etapa inédita y la influencia y el liderazgo de China subirá como la espuma.

Esos son los nuevos componentes de una escena de la que, repitámoslo una vez más, la Unión Europea está ausente, sin estrategia, sin propuestas y sin iniciativas, sólo pendiente de futuras oportunidades de nuevos negocios lo que dibuja la urgente necesidad de algo más.

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INTERREGNUM: Efectos norcoreanos. Fernando Delage

Hoy es sí, mañana es no, al día siguiente es de nuevo sí, y un día más tarde “ya veremos”. La consistencia no parece ser un atributo de la política norcoreana del presidente de Estados Unidos. Es imposible adivinar, por tanto, si habrá finalmente un encuentro entre Trump y Kim Jong-un; y más difícil aún vaticinar su posible resultado. Pese a esas incertidumbres, las cosas han cambiado desde que, en marzo y sin preparación previa, Trump accediera a reunirse con Kim. La apertura diplomática de Pyongyang ha provocado ciertos cambios en el noreste asiático, algunos de los cuales pueden complicar el margen de maniobra de la administración norteamericana al reducir la presión externa sobre Corea del Norte.

Uno primero es el acercamiento sin precedente entre las dos Coreas. Pese a sus riesgos—es una política que ya fracasó en intentos anteriores—, el presidente Moon Jae-in ha optado por una estrategia de conciliación hacia Pyongyang que ha contribuido a mitigar en gran medida la inquietud de la opinión pública surcoreana sobre su Estado vecino. En apenas dos meses, los dos líderes coreanos se han reunido más veces que todos sus antecesores juntos desde la división de la península tras la guerra de 1950-53. Cuanto más se consolide esa relación, más difícil será mantener la solidez de la alianza entre Washington y Seúl.

Los vaivenes diplomáticos de Trump y su política comercial han dañado, por otra parte, la relación con otro de sus principales aliados, Japón. El primer ministro Shinzo Abe, marginado en los movimientos de Estados Unidos con respecto a la cuestión coreana, y frustrado por el unilateralismo proteccionista de la Casa Blanca, se ha visto obligado a reajustar su política hacia Pekín. Abe y el presidente chino, Xi Jinping, han hablado por primera vez por teléfono, y Li Keqiang acaba de realizar la primera visita de un primer ministro chino a Japón en nueve años.

Entre otros acuerdos, durante su visita se ha acordado el establecimiento de una línea de comunicación directa para evitar un choque accidental en relación con el problema de las islas Senkaku. El gobierno japonés también ha abandonado su anterior rechazo de la Ruta de la Seda, y Tokio podría plantearse, incluso—ha dicho Abe—, su adhesión al Banco Asiático de Inversiones en Infraestructuras. Es posible que Xi Jinping visite oficialmente Japón en 2019, lo que confirmaría una nueva etapa de normalización entre ambos Estados.

Las circunstancias también han permitido la primera visita de Moon Jae-in a Tokio desde su nombramiento, y la reanudación del diálogo trilateral China-Japón-Corea del Sur, que había estado interrumpido desde 2015. Tras su encuentro de la semana pasada, resulta evidente el interés compartido de los tres gobiernos por evitar una acción militar norteamericana que pueda conducir a una guerra en la región, y por coordinar sus posiciones para prevenir el daño que pueda causar a sus economías las sanciones arancelarias de Trump. Éste se ha convertido pues en un poderoso incentivo para el acercamiento de los tres grandes del noreste asiático.

China es el gran beneficiario de esta suma de resultados. Seúl está más alineado que nunca con Pekín sobre cómo enfocar la cuestión norcoreana. Japón ha reducido su hostilidad hacia la República Popular. Y, después de años de incómoda coexistencia como aliados, Kim Jong-un ha viajado dos veces a una China que ha visto incrementarse las oportunidades para buscar una solución favorable a sus intereses económicos y estratégicos.

Probablemente nada de esto era lo que esperaba el presidente de Estados Unidos cuando presumía de que obtendría el premio Nobel de la Paz por su gestión del problema. Tampoco Kim Jong-un lo logrará. Pero, haya o no cumbre, ha jugado sus cartas con habilidad: si el proceso diplomático fracasa, él no aparecerá como el único o principal responsable. Desde un principio ha sabido lo que quería. No puede decirse lo mismo de Trump.

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La incierta cumbre entre Trump y Kim. Nieves C. Pérez Rodríguez

Washington.- Trump no deja de sorprender ni al público en general ni a su propio equipo. Su impulsiva manera de actuar ha pillado hasta al mismo Kim Jon-un desconcertado. Todo empezó con insultos al hombre cohete y al gordito que terminó en una abierta invitación a un encuentro. Invitación que llega en un oportuno momento de aislamiento y acentuada crisis económica, producto de las duras sanciones que le ha impuesto Washington desde que Trump tomó posesión de la presidencia.

El presidente chino -Xi Jinping- no quiso quedarse fuera, por lo que invitó al líder coreano dos veces a su país, la primera visita muy protocolaria, trasmitida al mundo para enviar un mensaje claro de cercanía entre ambas naciones; y la segunda, mucho más discreta, de la que expertos afirman que se llevó a cabo con el propósito de que Kim sepa y entienda cuáles son las prioridades chinas y que las tenga en cuenta al momento del gran encuentro con Trump.

Después de la ambigua carta que Trump publicó el 24 de mayo, en la que cancelaba el encuentro por temor a que fuera cancelado in situ, y con ello el ridículo de tal desplante, justo ahora todo indica que el acuerdo se llevará a cabo.  Pero, ¿cómo se está organizando? ¿Y que hay detrás de todo?

4Asia tuvo acceso a una tertulia en el Centro Estratégico y de Estudios Internaciones (CSIS por sus siglas en inglés) en el que se discutió a fondo la cumbre. El experto que lideró el grupo fue Victor Cha, profesor de Georgetown y director de asuntos asiáticos en el Consejo de Seguridad Nacional en la Casa Blanca entre 2004 y 2007, además de haber participado en las conversaciones del “Grupo de los Seis”, un grupo establecido para la negociación y resolución del desarrollo nuclear de Corea del Norte, compuesto por las dos Coreas, China, Japón, Rusia y Estados Unidos. Cha, que, valga acortar, se pensó que sería el nombrado por Trump embajador en Seúl, pero quien discrepaba profundamente con el presidente sobre “la política de la nariz sangrante”, que no es más que confrontación que pueda acabar en un conflicto bélico. Discrepancia que destruyó la posibilidad de que Cha fuera enviado a Corea del Sur.

Victor Cha hizo un interesante análisis de la situación general. Primero explicó que la carta con la que Trump cancelaba la cumbre es un excelente ejemplo de cómo se maneja la Administración. Primero le llama “Excelencia” a un dictador, mientras en una demostración de soberbia le deja claro que no quiera Dios que tenga que llegar a usar el gran arsenal estadounidense en su contra. Mientras, le plantea la posibilidad de un encuentro en el futuro. Todas esas ambigüedades expresan que la carta fue redactaba por el mismo Trump, y que no pasó ninguno de los filtros de los asesores del Consejo de Seguridad.

Otro ejemplo de lo inusual de la situación es que la preparación de estos encuentros se realiza durante muchos meses, en un proceso en el que se discuten detalles como los puntos a tratar, lo que es sensible y no se puede conversar, y todo el protocolo normal que encierran las visitas o cumbres de estado. Para este encuentro, sin tiempo suficiente para organizarse, no se han afinado detalles. Y la prueba son muchos de los tweets de Trump que nos informan de detalles que por lo general no se revelan al público. Incluso el lugar, Singapur y el día, 12 de junio fueron anunciados simultáneamente, incluso antes de las predicciones.

Un elemento que fue resaltado en la tertulia es que Trump ha intentado centrar la atención en Corea del Norte, aún más después de haberse salido del acuerdo con Irán; cambiando así la atención a esta Cumbre que de por sí es una excentricidad en sí misma.

 De acuerdo con Cha, el presidente Trump debería ir a la reunión con un par de peticiones claras, la más importante es que Pyongyang renuncie a sus mísiles balísticos que son la peor amenaza a la seguridad nacional de Estados Unidos.

Pero realmente los altos funcionarios de la Administración Trump no se ponen de acuerdo en el momento de abordar el tema. Cada uno dice algo distinto. Cuando la prensa les pregunta, lo que repiten es que quieren la desnuclearización de la Península coreana, pero no saben ni cómo ni cuándo.

Mientras Corea del Norte ha esperado mucho por encontrarse con un presidente estadounidense, su status internacional ha cambiado completamente, pues con este encuentro se le está situando a un nivel de iguales, lo que les beneficia mucho. Les ayuda con su orgullo nacional, que es algo fundamental para este tipo de regímenes. Todo parece indicar que están buscando una salida a la hostilidad en la que han estado tantos años, y parece que este encuentro abre esa opción.

Trump tienen una extraordinaria confianza en su capacidad negociadora para conseguir lo que quiere; a ello está se está dedicando con este encuentro. Ha dicho claramente que Kim tendrá garantizada por completo su seguridad y espera que en una conversación directa con él puedan llegar a un acuerdo que nadie ha sido capaz de alcanzar en tantas décadas.

Pero la situación es realmente compleja, pues si se llegara a acordar una especie de paz, todo cambiaría. Por un lado, Estados Unidos tendría que cambiar el status de guerra en el que está con Corea del Norte. Pyongyang pediría la salida de militares estadounidenses de Corea del Sur y de Japón, lo que es realmente complejo, ya que hay bases militares funcionando y operando 24 horas al día cada día del año. El numero de empleados es astronómico. La cantidad de ciudadanos estadounidenses residentes permanentemente en esta parte del mundo es muy considerable.

Habría que parar los ejercicios militares que regularmente se llevan a cabo; y con ello Estados Unidos perdería casi toda su influencia en esta región. (Foto: Scott Eckert)

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Estrategia económica de Trump: el más fuerte gana. Nieves C. Pérez Rodríguez

Washington.- El Trump candidato prometió prosperidad económica, y el Trump presidente ha mantenido esa promesa. Desde el principio manifestó que China era parte del problema y que se impondría para hacerles seguir las reglas económicas internacionales. Y aunque ha sido la promesa más repetida, en el fondo no es más que “hacer América grande de nuevo”. A pesar de tanto alarde, no fue hasta la semana pasada que se ha desvelado la estrategia económica de la Administración Trump, y su receta para ejecutarla.

Si se recapitula un poco, uno de sus primeros movimientos fue resucitar el sector minero del carbón, con la justificación de que con ello se crearían muchos empleos. Muy a pesar del coste ecológico, y de que el carbón es una industria en caída en el resto del planeta. Luego fue castigar a las empresas que estaban saliendo de territorio estadounidense a países como México en busca de bajar los costes de mano de obra y por tanto de producción. Seguido por los aranceles al aluminio y acero, que decantó las discusiones a todos los niveles sobre una posible guerra económica. Y mientras todo esto sucedía, Washington no ha parado de enviar recordatorios a Beijing de que deben respetar las reglas del juego, y para obligarlos a ello están amenazándoles con tasarles con la módica suma de 150 billones de dólares.

A principios de la semana pasada, Trump dijo explícitamente que se mantendría la presión para que China entre por el carril; de lo contrario, Estados Unidos seguirá imponiendo tarifas masivas como medida coercitiva. La estrategia consiste en una mezcla entre la amenaza y la acción. Una fuente que pidió no ser identificada citaba a una de las oficiales más altas en el Departamento de Comercio, quién admitió en una conversación privada, que están ejecutando una política de fuerte presión hacia China con el propósito de que Beijing permita la entrada de productos estadounidense a territorio chino, sin tantas restricciones.

China y su peculiar sistema comunista, cuya ambigüedad emite señales de un capitalismo mucho más feroz que el de las economías occidentales, y a pesar del dantesco crecimiento que han experimentado en los últimos 20 años y de la aparente apertura que se percibe desde el exterior, siguen manteniendo estrictas restricciones en la penetración de su mercado interno (es el caso de los productos importados). Y esto incluye a productos estadounidenses, por lo que la Administración Trump está enfocada a cambiar esta realidad. Y con ello reducir o idealmente acabar con el déficit de intercambios entre ambas naciones, cosa que ha repetido el presidente en múltiples ocasiones.

Un caso curioso es el de ZTE, la compañía de teléfonos móviles china, a la que la Administración Trump le impuso sanciones muy severas en abril de este año, por haber vendido equipos a Irán. Dichas sanciones hubieran podido acabar con la compañía china, por lo que Xi Jinping personalmente le pidió a Trump que se levantaran. Lo que llevó al presidente estadounidense a abrir una investigación en la que se concluyó que ZTE adquiría, de compañías estadounidenses, materiales para la fabricación de sus equipos. Finalmente, Trump decidió levantar las sanciones para evitar que se hundira. Otro ejemplo que prueba la estrategia de fuerte presión para obligarles a cambiar su comportamiento.

Otro caso es el NAFTA, un acuerdo agonizante muy a pesar de que la mayoría de los expertos lo consideran positivo para la economía estadunidense y la estabilidad regional. Sin embargo, la Casa Blanca considera que no deben seguir adelante las conversaciones para revitalizarlo. Políticamente hablando, no creen que este sea el momento para avanzar, debido a que habrá elecciones en los tres países miembros, en los meses siguientes. Por su parte, tanto México como Canadá están intentando diversificar sus socios comerciales, de acuerdo al Council on Foreign Relations.

La supervivencia del más fuerte sigue dando sus frutos. El presidente Trump tiene una amplia experiencia en el uso de esta estrategia en el sector privado, y la está poniéndola en práctica desde el estado en el competitivo juego del comercial internacional. Economías más pequeñas, como la mexicana, se quejan, hacen un poco de ruido, pero su margen de maniobra es muy limitado. Mientras que una economía como la china, siendo la segunda del mundo, no sólo puede sacarle pecho a Estados Unidos, sino que puede conseguir cambios de postura, como el levantamiento de sanciones. En pocas palabras la estrategia económica de Trump es un juego de fuerte presión cargada de muchas amenazas, y acciones que básicamente consisten en sanciones económicas individuales o estatales. (Foto: Lauren Mitchell, Flickr)

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En vísperas

Las piezas van encajando. Mientras el primer ministro japonés ultimaba sus preparativos para un nuevo encuentro con Donald Trump en Florida, Corea del Norte anunciaba la suspensión formal de su programa de desarrollo de armamento nuclear y el cierre de su principal instalación de investigación en este campo.

En pocos días, el dictador norcoreano se entrevistará con el primer ministro de Corea del Sur y, unas semanas más tarde, si no hay cambios de última hora, se encontrará con Trump para iniciar una nueva etapa en las relaciones de Estados Unidos, China y las dos Coreas.

Kim Jong-un, el líder norcoreano, está demostrando tener un plan, unos objetivos y un camino para conseguirlos y lo está siguiendo metódicamente con el inestimable aliento, y aparentemente el control, del gobierno chino. Y sus vecinos, coreanos del sur y japoneses en primer plano, pero también las otras naciones asiáticas con intereses en el Pacífico y en el Índico siguen pendientes de como gestiona Estados Unidos la situación, con qué propuestas acude a su cita con Corea del Norte y dónde pone las líneas rojas y de fuerza.

Este escenario, con Europa de convidado de piedra, será nuevo, abrirá nuevas perspectivas, cambiará de perfil los conflictos ya existentes y emergerán otros nuevos con nuevos actores o los viejos actuando en otros campos. Y, lo más importante, China verá reforzada y consolidada su presencia en todos los frentes.