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¿Cuál es el problema con Huawei? Miguel Ors Villarejo

Es fácil pintar a Donald Trump como un pobre paranoico. De hecho, es un pobre paranoico. Según él, Hillary Clinton ganó en California gracias a un fraude masivo, los inmigrantes mexicanos se dedican a violar y traficar con drogas, el algoritmo de Google sabotea sus discursos y los periodistas somos unos malditos lunáticos. Ahora mantiene que Huawei es el caballo de Troya de Pekín e incluso ha instado la detención en Canadá de Meng Wanzhou, la responsable de finanzas de la multinacional. Es difícil no sentirse tentado de dar la razón al Global Times chino cuando advierte: “Washington no debería utilizar su legislación para desvirtuar la competencia”. ¿Estamos ante otra escaramuza de la guerra comercial o hay motivos para la inquietud?

Por lo que he podido comprobar leyendo algunas crónicas del Congreso Mundial del Móvil, la prensa española, sin llegar a tomar partido abiertamente por nadie, tiende a simpatizar con Huawei. Y es verdad que nadie ha sido capaz hasta ahora de encontrar nada sospechoso en sus dispositivos. Como subrayó en Barcelona Guo Ping, presidente rotatorio de la compañía: “No tienen ninguna prueba, no tienen nada”. Por su parte, el fundador Ren Zhengfei negó en una reciente entrevista las acusaciones de espionaje. “Jamás instalaremos puertas traseras”, afirmó. Y añadió tajante: “Incluso si una ley china nos lo requiriera, lo rechazaríamos enérgicamente”.

En realidad, esa ley ya existe. La Asamblea Popular la aprobó en junio de 2017 y contempla la incautación de todo tipo de material cuando se considere que la seguridad nacional está en juego. Ya vimos lo complicado que es sacudirse la presión del Estado incluso en una democracia consolidada como la estadounidense cuando el FBI reclamó a Apple que le facilitara el acceso al iPhone de un terrorista. ¿De verdad se cree alguien que la resistencia de Zhengfei, por enérgica que fuera, supondría un obstáculo para Xi Jinping?

Trump no es el único que está inquieto con Huawei. Australia y Nueva Zelanda ya la han excluido del desarrollo de su red 5G y Polonia, Canadá y Alemania podrían seguir sus pasos. La agencia de ciberseguridad de la República Checa ha alertado de los riesgos que entraña la firma china y el Reino Unido ha encargado un informe sobre la conveniencia de una prohibición total, aunque sus servicios de inteligencia la habrían desaconsejado.

Incluso aunque Huawei no fuera china, la cuota de mercado que ha acumulado en infraestructuras de última generación ya sería problemática, sobre todo en España, donde ronda el 60%. Pero es que es china y, una vez superado el enérgico rechazo de Zhengfei, sus autoridades dispondrían de una poderosísima arma. “Un ciberataque puede ser tan destructivo como un ataque convencional”, escribe el secretario general de la OTAN Jens Stoltenberg. Y recuerda cómo en vísperas de las Navidades de 2015 Kiev se quedó misteriosamente sin luz. El apagón apenas duró unas horas, pero “la temperatura de las casas se situó rápidamente bajo cero y las cañerías empezaron a helarse”. Stoltenberg cree que el agresor (¿Rusia?) solo quería enseñar la patita, pero bastó para que en la Alianza impulsaran el gasto en ciberdefensa. Ahora montan “cibermaniobras a gran escala” con “ciberfuego real”, en las que los ejércitos ponen a prueba su destreza contra adversarios de talla mundial.

Hace unos años, la prioridad era salvaguardar las plantas eléctricas, las torres de control o los centros de comunicaciones, pero el internet de las cosas y el 5G han creado nuevas vulnerabilidades. Los fabricantes de electrodomésticos inteligentes no actualizan su software ni facilitan parches y, una vez localizada una puerta trasera, los delincuentes entran y salen a su antojo. Pueden, por ejemplo, acceder a la programación de su termostato y averiguar a qué horas está usted fuera de casa. Pueden infiltrarse a través de la nevera o el horno en su ordenador, espiarlo con la cámara y grabarlo mientras navega por sitios inapropiados. O pueden encender su aparato de aire acondicionado y el de miles de vecinos simultáneamente y provocar una sobrecarga en el sistema. Un artículo presentado en agosto en el Simposio de Seguridad Usenix simulaba un asalto de esta naturaleza y concluía que un aumento súbito de la demanda del 30% podía dejar fuera de combate todos los generadores de una zona.

George R. Lucas, un profesor de la Escuela Naval de Estados Unidos, declaraba en 2014 que la tecnología precisa para perpetrar un gran ciberatentado “simplemente desborda las posibilidades intelectuales, organizativas y de recursos humanos de los grupos terroristas mejor gestionados y financiados”, pero eso ya no es un impedimento. Los terroristas no necesitan saber informática. “En la web oscura hay plataformas donde se intercambia malware o se contratan los servicios de piratas”, me contaba hace unos meses María Campos, vicepresidenta mundial de Grandes Cuentas de Panda Security. La policía desmanteló en febrero de 2018 un foro de esta naturaleza que operaba bajo el lema In fraud we trust (En el fraude confiamos).

Y si un delincuente de tres al cuarto es capaz de poner patas arriba un país, ¿qué no podría hacer Pekín a través de las autopistas que le han tendido sus compañías?

Nadie dice que vaya a hacerlo. No estamos además completamente inermes. Un estudio reciente de la Universidad de Oulo (Finlandia) sostenía que muchos peligros se conjuran con una regulación adecuada y el cumplimiento de unas normas elementales de higiene digital, como cambiar las contraseñas que vienen por defecto, actualizar el software o deshabilitar los accesos remotos. También las empresas tienen que cambiar su mentalidad. “La seguridad debe tenerse en cuenta desde el principio”, dice Campos. “No es un pegote que se pone deprisa y corriendo en el último minuto. Hay que planificarla en origen, igual que se hace en la construcción. A ningún promotor se le ocurre entregar una vivienda sin cerraduras”.

Esta concienciación puede llevar de todos modos algún tiempo y, entre tanto, un poco de paranoia trumpiana a lo mejor no estaba de más.

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INTERREGNUM: Vulnerabilidades chinas. Fernando Delage

El encuentro, esta semana en Vietnam, del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, con el líder norcoreano, Kim Jong-un, se produce días antes de la fecha límite establecida por Washington—el 1 de marzo—para aumentar los aranceles impuestos a productos chinos del 10 al 25 por cien, a menos que se logre un acuerdo con Pekín. Se celebra igualmente en vísperas de la entrega del informe del fiscal especial Robert Mueller sobre las relaciones de Trump con Rusia. Las posibles conexiones del presidente norteamericano con Moscú son una fuente permanente de vulnerabilidad personal, mientras que su declaración de guerra comercial a Pekín no animará a los líderes chinos a ayudarle en la resolución del problema norcoreano.

Pero si las interconexiones son inevitables en la era de la globalización, las debilidades tampoco se concentran en una sola parte. Así se ha puesto en evidencia en China mediante dos recientes señales. En enero, en un discurso en la Escuela Central del Partido Comunista, el presidente Xi Jinping se refirió a las múltiples amenazas externas e internas que afronta la República Popular. El 16 de febrero, Qiushi, la publicación que marca la ortodoxia ideológica del Partido, publicó por otra parte unas palabras pronunciadas por Xi a puerta cerrada el pasado mes de agosto, reclamando un mayor activismo en la defensa de los principios de la organización.

En sus intervenciones, el presidente chino ha descrito una situación global “complicada e impredecible”. Aunque los analistas lo han entendido como una referencia a las actuales tensiones con Washington, probablemente también incluye la percepción de una creciente actitud defensiva por parte del mundo exterior con respecto a las inversiones estratégicas y la interferencia política de la República Popular. Con todo, Xi también ha hecho hincapié en los riesgos internos que afronta la estabilidad política; riesgos derivados tanto de las denominadas “cinco nuevas categorías”—abogados defensores de los derechos humanos, iglesias clandestinas, comentaristas en Internet, y grupos sociales menos favorecidos—como de los críticos con la acumulación de poder por Xi y la recuperación de prácticas que recuerdan al maoísmo. La respuesta del presidente, además de sus reiteradas denuncias del “constitucionalismo occidental”, ha sido previsible: una nueva exhortación a los cuadros del régimen a estar alerta contra la infiltración ideológica de las fuerzas hostiles y a extremar la lealtad hacia los valores y principios del Partido Comunista.

En un sistema donde nada se hace por casualidad, la publicación de estos discursos no es mera rutina. La imposición de tarifas por parte de Estados Unidos y la reacción contra sus actividades ilegales en el exterior, se ha traducido desde la pasada primavera en una notable reducción del crecimiento económico; algunos observadores hablan incluso de contracción. La cifra de desempleo ha aumentado, y se multiplican las voces que, además de señalar lo erróneo del enfrentamiento con Washington, pronostican un escenario negativo si se sigue defendiendo a las empresas públicas a costa del sector privado. Esta deriva podrá provocar una creciente oposición a Xi, pese al reforzamiento en curso del aparato de propaganda.

Cada uno de los dos principales líderes políticos del planeta tiene razones, por tanto, para sacar partido a la reunión que tienen previsto mantener hacia finales de marzo en Florida. Trump necesita neutralizar la amenaza norcoreana—aunque no se avance en la desnuclearización de la península—y “vender” a su opinión pública la firma de un acuerdo con Pekín, aunque éste sólo ceda en cuestiones menores y no en la reforma estructural de su economía. Xi tiene que lograr por su parte un equilibrio entre los imperativos del control ideológico y el pragmatismo que requiere su supervivencia política. Necesita una tregua que le permita minimizar la movilización en su contra de las elites chinas.

Muro

Erótica del muro. Miguel Ors Villarejo

Aunque Donald Trump ha acaparado todos los focos, la construcción del muro con México no ha sido una ocurrencia suya. De hecho, de los casi 3.000 kilómetros de frontera, unos 1.000 ya están fortificados por un parapeto concebido por George W. Bush y levantado básicamente durante el mandato de Barack Obama.

Y no es solo Estados Unidos. Con todo lo que se nos llena la boca hablando de globalización, desde el final de la Guerra Fría estas barreras internacionales han pasado de 15 a 70. Vivimos en un mundo claramente más pacífico, como refleja el Human Security Report. ¿A qué obedece esta obsesión por encerrarnos?

David Carter y Paul Poast, dos profesores de Princeton y Chicago, analizan en el Journal of Conflict Resolution 62 muros fronterizos y su conclusión es que el móvil fundamental es económico. “Los límites que separan países con distintos niveles de desarrollo”, dicen, “tienden a ser inestables”. Los ciudadanos del lado más acomodado se quejan de que sus negocios y sus salarios se ven afectados por el tráfico de bienes y personas y votan a los políticos para que lo repriman. ¿Y qué mejor modo de lograrlo que un muro de 10 metros coronado por unos rollos de afilada concertina?

El problema es que no se trata de una solución barata. No basta con plantar el entramado de barras de hierro corrugado, colocar el encofrado y verter el hormigón. Una estructura así sería un mero obstáculo de equitación. Hay que instalar cámaras y sensores de calor y movimiento, apostar garitas y centros de control, montar patrullas y soltar drones. “En 2009”, escribe Elisabeth Vallet, directora del Centro de Estudios Geopolíticos de la Universidad de Québec, “la Oficina General de Contabilidad de Estados Unidos calculó que el coste de hacer una simple valla en California oscilaba entre uno y 6,4 millones de dólares por kilómetro. Y en un terreno más hostil geológica y jurisdiccionalmente como Texas, la factura podía elevarse hasta los 21 millones”.

Además, como cualquier otra inversión, los muros están sujetos a rendimientos decrecientes. Un informe de la Universidad de Cornell para el Congreso observaba en 2012 que la impermeabilidad absoluta no era “un objetivo realista”, porque cada nuevo tramo “será más caro de construir y mantener y tendrá un efecto disuasorio menor”. El documento sugería que los recursos para combatir la inmigración ilegal estarían mejor gastados en vigilar los puertos y los aeropuertos del país, por donde se cuelan el doble de ilegales. Por ello, con buen criterio, Obama abandonó el proyecto de blindar toda la frontera con México.

¿Por qué lo ha recuperado Trump? No por su resultado. A la semana de llegar a la Casa Blanca, en una conversación telefónica privada (y posteriormente filtrada), el presidente manifestaba a su homólogo Enrique Peña Nieto que la importancia de la iniciativa era sobre todo “psicológica” y que, “desde un punto de vista económico, es el asunto menos relevante que vamos a abordar”. Tenía toda la razón. Los investigadores Treb Allen, Melanie Morten y Cauê de Castro han evaluado la eficacia del muro que ya hay en pie y estiman en 80.000 la reducción de entradas irregulares. Esta menor presión migratoria moderó la competencia que sufrían los empleados estadounidenses menos cualificados y alivió su situación, pero no significativamente: su renta per cápita apenas aumentó en 36 céntimos.

No parece un éxito resonante, pero es que además Allen, Morten y Castro conjeturan en su artículo el impacto de una política alternativa. Si en lugar de encarecer el coste de cruzar la frontera levantando un muro se hubiera facilitado el transporte de mercancías entre los dos países, muchas más empresas se habrían localizado en el norte de México, para explotar la ventaja estratégica que suponen una mano de obra barata y la cercanía del mercado estadounidense. Esta mayor actividad habría retenido en su suelo a más mexicanos y disminuido en 110.000 personas el flujo de ilegales.

Se trata, como ven, de una opción no solo más efectiva, sino infinitamente más barata. ¿Cuál es su pega? La invisibilidad. Un muro es enorme. Para construirlo hay que movilizar ejércitos de obreros, hormigoneras, grúas. Y en vísperas de las elecciones, los políticos pueden fotografiarse delante mientras cortan una cinta o descubren una placa.

No hay color, no me digan.

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INTERREGNUM: Trump, Kim y los aliados. Fernando Delage

A finales de este mes, posiblemente en Vietnam, el presidente de Estados Unidos, Donald J. Trump, y el líder norcoreano, Kim Jong-un, celebrarán un segundo encuentro. Una nueva reunión a este nivel puede servir, como la reunión de junio en Singapur, para crear una aparente dinámica de estabilidad entre ambas naciones, y por tanto en la región. Sin embargo, ni resolverá el problema de fondo—Kim no va a renunciar a sus capacidades nucleares—ni tranquilizará a los aliados de Estados Unidos, con cuyos intereses Washington no parece contar.

Así ocurre con Corea del Sur estos últimos días. El 31 de diciembre venció el acuerdo entre ambos socios sobre la financiación de la alianza; unas condiciones que se han actualizado cada cinco años desde 1991. Según diversas fuentes, la Casa Blanca exige a Seúl un aumento de su contribución del orden del 50 por cien, una demanda que ningún gobierno surcoreano—menos aún uno de izquierdas como el actual—podría aceptar. A medida que pasen las semanas sin un entendimiento, aumentan las posibilidades—se temen numerosos analistas—de que Trump pueda ofrecer a Kim alguna concesión con respecto a la alianza. Quizá no fue casualidad que la dimisión de James Mattis como secretario de Defensa se anunciara tras concluir la última ronda de conversaciones con Corea del Sur, como tampoco lo es que Trump haya vuelto al ataque en Twitter sobre cómo la seguridad de sus prósperos aliados está subvencionada por los contribuyentes norteamericanos. La retirada de Siria y Afganistán indica que la hostilidad del presidente hacia las alianzas no es mera retórica.

Dividir a Estados Unidos y Corea del Sur es por supuesto un elemento central de la estrategia de Pyongyang. Y es un objetivo detrás del precio que Kim puede pedir—en forma de retirada de los soldados norteamericanos del Sur de la península—para ofrecer a la Casa Blanca no el abandono de sus instalaciones nucleares, pero sí el fin del desarrollo de misiles intercontinentales, la prioridad más inmediata para la administración Trump. Las recientes declaraciones del secretario de Estado, Mike Pompeo, a Fox News, en el sentido de que lo primero es la seguridad del territorio de Estados Unidos han sido por ello un jarro de agua fría para Seúl, y un motivo de satisfacción para Corea del Norte.

Es mucho en consecuencia lo que está en juego en este segundo encuentro. Trump busca el mayor triunfo en política exterior de su presidencia, para poder utilizarlo de cara a su reelección. Pero puede poner también en marcha un desastre estratégico a largo plazo para la seguridad de Corea del Sur, para la de otros aliados—como Japón—y en realidad para los propios Estados Unidos. Si Washington pierde Seúl, perderá la península y el noreste asiático en su conjunto. Kim habrá ganado una partida, pero no final: quizá Corea del Sur tendrá que plantearse su nuclearización, aunque el juego quedará en buena medida en manos de China, que observa con deleite cómo esta Casa Blanca deshace sistemáticamente los pilares del poder norteamericano en Asia. (Foto: Matt Brown)

Kim Yong Chol

La mano derecha de Kim Jong-un visita Washington. Nieves C. Pérez Rodríguez

Washington.- Tal y como anunciamos en esta columna la semana pasada, los pasos al segundo encuentro entre Kim Jong-un y el presidente Trump están avanzando. Kim Yong Chol, el elegido por el líder norcoreano para negociar con Washington, llegó a la capital el pasado jueves por la noche y el encargado especial para Corea del Norte del Departamento de Estado, Stephen Biegun, lo recibió en el aeropuerto y lo acompañó hasta el hotel. El viernes se reunió con el Secretario de Estado y luego se dirigió a la Casa Blanca donde pasó una hora y media en compañía de Trump. En este encuentro se acordó que la segunda cumbre se efectuará a finales de febrero, de acuerdo a palabras de la portavoz de prensa de la Oficina Oval.

Con pocos detalles desvelados, ahora la incertidumbre recae en el lugar del encuentro. The Wall Street Journal afirmaba que fuentes cercanas a las partes habían dicho que se están valorando Vietnam o Suecia. Mientras las reuniones tenían lugar en la capital estadounidense, Choe Son-hui, viceministro de Relaciones Exteriores de Corea del Norte, aterrizaba en Suecia, para participar en una conferencia organizado por el primer ministro del país, que consiste en pequeños grupos de trabajo con expertos internacionales. Evento en el que Stephen Biegun también participaba. Y a pesar de que no ha habido confirmaciones oficiales, se esperaba que Choe y Biegun se reunieran para acordar más detalles de la segunda cumbre entre Trump y Kim.

La Administración Trump se muestra muy positiva ante la los avances que pueden conseguir en un segundo encuentro y la disposición de Pyongyang a negociar. El mismo Pompeo admitió que a pesar de que Kim Yong Chol no respondió preguntas de periodistas, si posó con una sonrisa para la foto, lo que podría ser interpretado como un cambio o al menos una ligera apertura.

Sin embargo, es importante destacar que no se ha podido verificar ningún progreso real de desnuclearización de Corea del Norte. Es más, muchos expertos afirman que el régimen de Kim no ha tomado ninguna medida para desnuclearizarse, por el contrario, afirman que han seguido avanzando en su programa nuclear desde junio, momento de la primera cumbre en Singapur.

El mismo vicepresidente estadounidense, Mike Pence, admitió en un evento en el Departamento de Estado la semana pasada que “hay una falta de progreso”, mientras ponía el énfasis en que el diálogo entre Trump y Kim es prometedor. Sin embargo, remarcó que la Administración Trump sigue a la espera de pasos concretos por parte de Corea del Norte, como “el desmantelamiento de arsenal nuclear que representa un riesgo para nuestra gente y nuestros aliados”.

El mismo Trump ha asegurado que un segundo encuentro entre él y el líder norcoreano podría permitir que se suavicen las grandes diferencias y se mejoren las relaciones entre ambos líderes que han estado marcadas por décadas de desconfianza. Sin embargo, los hechos demuestran que después de Singapur no ha habido ningún progreso real en la demanda principal de Estados Unidos: “la desnuclearización de la Península Coreana”. Por lo contrario, en un conato fallido de reuniones entre ambas partes el pasado otoño en Naciones Unidas, las reuniones ni siquiera pudieron llegar a organizarse. Y el mismo Stephen Biegun no ha podido dar resultados concretos, pues los norcoreanos han exigido que las reuniones sean con el mismo Pompeo. Todo apunta a que Pyongyang es quien están controlando la situación.

En el terreno diplomático, la Administración Trump está acabando sus cartuchos. Trump ha hecho brillar a un dictador opresor en la escena internacional, le ha otorgado estatus de líder que merece un tratamiento de Jefe de Estado de país libre y, a cambio, no ha conseguido más que promesas. Este segundo encuentro tiene que dar resultados reales. Tiene que fijarse una agenda de inspecciones nucleares que permitan verificar, tal y como Pyongyang afirma, que estén desnuclearizándose realmente; determinar una hoja de ruta, que contenga los pasos a seguir y que puedan ser correspondidos con algún tipo de levantamiento, pero progresivo, de sanciones en las que el régimen norcoreano pueda percibir algo de  desahogo económico interno a cambio de su real disposición a desnuclearizarse y siempre sujeto a regresar al punto inicial de haber un cambio de actitud.

Trump tiene muchos problemas internos en su país ahora mismo, a pesar de que la economía va bien. Por lo tanto, necesita una cumbre que alimente su ego y lo ayude a mejorar sus índices de popularidad. Este encuentro internacional es la plataforma perfecta para ello y le va a permitir cambiar la atención de problemas a algo positivo, al menos durante los apretones de manos y las fotos.

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Estados Unidos: otro paso atrás

La decisión de Donald Trump de retirar tropas de Siria y Afganistán ha provocado un terremoto en la escena política norteamericana por la oposición de parte de la cúpula política y militar, asesores presidenciales de la Casa Blanca, analistas y expertos y la dimisión de Jim Mattis, un general que ya había sido apartado por Obama por su oposición a la renuncia presidencial a tener un papel más activo en Siria, que fue repescado por Trump, que tiene fama de duro pero que estaba tendiendo puentes en Europa y Oriente Medio ante los vaivenes de Trump. Es la crisis más grave de la Administración Trump, no sólo por la profundización de la quiebra de confianza de su entorno sino por el mensaje que EEUU da a Rusia, Irán y China.

En Siria, la política de Trump ha seguido la de Obama, aunque con más aspavientos. EEUU nunca logró aliados significativos sobre el terreno ni tuvo un plan estratégico claro y tras pretender derrocar a Bashar al-Ásad sin poner sobre el terreno ni aliados ni fuerzas suficientes, acabó por desarrollar planes tácticos de controlar zonas estratégicas con apoyo de sus aliados kurdos al norte y algunos grupos árabes al sur y al este. Así dejaron toda la iniciativa global a los rusos que con apoyo de Irán y del gobierno de al-Ásad revirtieron la situación, consolidaron al régimen y dieron un amplio respaldo a la presencia de fuerzas iraníes y de milicia libanesa aliada de Teherán, Hizbullah, a poca distancia de las fronteras de Israel y dibujando un nuevo marco estratégico en la región. La retirada de las tropas deja a los escasos aliados de EEUU a su suerte y da luz verde a la victoria de Rusia e Irán.

La extensión de la retirada de tropas también de Afganistán, tras años de vacilación entre la guerra y las presiones al Gobierno de Kabul para que negocie con la fracción “moderada” de los talibanes, es un paso mas en la confusión. En territorio afgano hoy está más fuerte el movimiento talibán, ha reaparecido Al Qaeda y ha comenzado a actuar el Estado Islámico.

Lo más grave: el mensaje. El proteccionismo y el aislacionismo de Trump no es sólo económico, sino también militar. Los aliados de EEUU en cada región comienzan a dudar y la confianza se resquebraja lo que, probablemente les llevará a medidas unilaterales para reforzar sus posiciones o a variar sus alianzas, Y para los adversarios, Rusia y China, Trump les está diciendo que en la medida en que aumenten su presión disminuyen los riesgos de sus avances estratégicos si no atacan directamente a Estados Unidos. (Foto: Chris Marquardt, flickr.com)

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INTERREGNUM: 2019: año de la verdad para Xi. Fernando Delage

El año termina con una China convertida en protagonista central de los medios internacionales. La realidad de su nueva influencia se impone en todas las esferas y en todos los continentes. Pero al anunciar en los últimos meses una decidida estrategia de contención de la República Popular, la administración Trump ha desconcertado a sus dirigentes, obligados a reajustar sus planes económicos y diplomáticos a lo largo de 2019. Esa combinación de poder y vulnerabilidad afecta igualmente a su presidente, Xi Jinping, en la política nacional.

En octubre de 2017, el XIX Congreso del Partido Comunista recogió en los estatutos de la organización el “pensamiento de Xi Jinping” como uno de sus principios rectores, situando así al actual secretario general en un panteón hasta entonces solo ocupado por  Mao Tse-tung. En marzo de este mismo año, la Asamblea Popular Nacional abolió los límites al mandato del presidente (dos periodos de cinco años) establecidos a principios de los años ochenta. Xi no solo no se retirará, por tanto, en 2023, sino que, si lo desea, puede ser presidente vitalicio. Lejos de facilitar su resolución, esa acumulación personal de poder puede complicar aún más la gestión de problemas con los que Pekín no contaba.

El presidente de Estados Unidos ha decidido hacer realidad sus promesas de la campaña electoral de 2016, declarando una guerra comercial a China. Al hacerlo, ha roto una de las convicciones mantenidas durante décadas por los líderes chinos: que Washington nunca abandonaría el sistema multilateral que él mismo creó tras la segunda guerra mundial, y que proporcionó la estabilidad internacional que permitió el ascenso de China. No sólo el comportamiento norteamericano ha dejado de ser predecible, sino que, en octubre, la intervención del vicepresidente Mike Pence en el Hudson Institute marcó la adopción de una política de hostilidad hacia Pekín. Si los dirigentes chinos pensaron que, en las elecciones parciales de noviembre, Trump perdería el control del Congreso—y por tanto tendría que cambiar de actitud—, esa esperanza se vio igualmente frustrada.

Cómo responderá Xi a este nuevo contexto es causa de preocupación y debate interno. Aunque muchos aliados de Estados Unidos no compartan ni la retórica ni los métodos de Trump, sí coinciden—los europeos, por ejemplo—en que había que redoblar la presión para lograr una mayor apertura del mercado chino y supervisar algunas de sus prácticas, del ciberespionaje a la inversión en sectores estratégicos de terceros países. No es sólo a Estados Unidos, en consecuencia, a quien Pekín tiene que demostrar su supuesto compromiso con una economía global abierta y basada en reglas. A ello hay que añadir la importante desaceleración que revelan los últimos indicadores económicos, dados a conocer el viernes pasado. La caída en las ventas al por menor, vehículos y viviendas, así como en la producción industrial, constituyen los peores resultados en una década. El frenazo económico, o la permanente espada de Damocles de una deuda gigantesca, no son, sin embargo, las únicas complicaciones de Xi. La represión de la población musulmana en Xinjiang cuestiona asimismo la pretendida eficacia de la recentralización ideológica y de poder promovida por el presidente.

Los problemas se acumulan así para Xi. El próximo año nos dará nuevas claves sobre si China podrá celebrar el estatus internacional al que aspira en 2021, cuando se conmemore el centenario de la fundación del Partido Comunista; si podrá sostener el crecimiento sin realizar las reformas estructurales que anunció en 2013 el Comité Central, pero que no se han ejecutado por temor a sus consecuencias sociales y políticas; y si su influencia internacional podrá seguir aumentando sin provocar una coalición de contraequilibrio por parte de aquellas potencias que ven en la República Popular un desafío estratégico de primer orden. No será un año feliz para el líder más poderoso del planeta.

gallina ciega

China y Rusia en el escenario latinoamericano. Nieves C. Pérez Rodríguez

Washington.- América Latina es una región que, por sus enormes riquezas naturales, ubicación y cercanía con los Estados Unidos, representa especial interés para China y Rusia. A pesar de una compleja realidad de democracias débiles, narcotráfico, corrupción, guerrilla y tráfico humano, entre otros, que han facilitado la penetración de los intereses de Moscú y Beijing. ¿Pero hasta dónde llega la interferencia de estos gobiernos extranjeros y cuáles son las implicaciones?

4Asia asistió a un foro organizado por la Escuela de Estudios Internacionales Avanzados de la Universidad de John Hopkins en colaboración con el Centro de Estudios de la Defensa Willian J. Perry sobre los retos de seguridad en América Latina, en el que se discutió en profundidad por parte de expertos en la región la situación actual. Un punto coincidente entre todos fue que el mayor y más complejo problema que enfrenta la región es Venezuela, que, debido a la magnitud del conflicto, se ha convertido en un problema que trasciende las fronteras y afecta a la región entera.

Moises Naím definió a Venezuela como un Estado fallido, criminal, ocupado por Cuba -que define como una invasión del siglo XXI- además de ser narco-Estado. Mientras que el embajador estadounidense William Brownfield,  con una larga experiencia en narcóticos y en la región, remarcó la idea que Venezuela es un “Estado Mafia”, connotación aún más grave que la de narco-estado, según él, debido a que el gobierno venezolano y sus instituciones está involucradas con todo tipo de crímenes internacionales.

David Smolansky, miembro del grupo de trabajo de la inmigración venezolana de la OEA, explicó la gravedad de la situación de los inmigrantes con números: 208 venezolanos salen del país cada hora, 5 mil todos los días y más de 30 mil se movilizan en las fronteras para adquirir alimentos y medicinas. Y el embajador Juan Carlos Pinzón (exministro de la defensa de Colombia y ex-embajador de Colombia en Washington) explicó que Colombia está atendiendo a los inmigrantes de la mejor manera que puede porque los consideran hermanos. Sin embargo, apuntó que cada individuo que sale de Venezuela favorece al régimen de Maduro, pues es un opositor menos en su territorio.

En cuanto a la influencia de Rusia en Latinoamérica, Julie Gurganus -miembro del Consejo de Inteligencia de los Estados Unidos- precisó los tres objetivos que persigue Rusia en el mundo: 1. Ser percibidos como un gigante y/o poderoso, 2. mantener la bipolaridad mundial y 3. disputarle la influencia a Washington. La Rusia de Putin ha jugado astutamente con esta influencia en la región latinoamericana. Suelen hacer visitas de Estado justo antes de que necesiten apoyo internacional. Un ejemplo, agrega, fueron las visitas de altos funcionarios rusos a países de esta región antes de la invasión de Crimea, que acabó con la resolución de la Asamblea General de la ONU condenando a Rusia con los votos en contra de Bolivia, Cuba, Nicaragua y Venezuela (entre otros) y con la abstención de Brasil y el Salvador (entre otros).

Así mismo, sostiene que Moscú utiliza la venta de armas para asegurarse de que sus clientes se conviertan en aliados en la zona, y conseguir influencia y dependencia de quien las compre.

En cuanto a China, Margaret Myers -directora del programa de Asia y América Latina en el Inter-American Dialogue- sostiene que la influencia de China en la región es indudable y cada día hay más programas de intercambios, que han aumentado considerablemente en los últimos 5 años. Sin embargo, insiste en que sólo la mitad de los proyectos que Beijing ha anunciado han sido ejecutados.

La motivación que mueve a China, dice, es promover oportunidades para sus empresas. Mientras que Stephen Kaplan -profesor de la Universidad George Washington-, precisa que China es el quinto país en dar créditos en el planeta, aunque lleve poco tiempo en el mundo crediticio. Intentan además diferenciarse de las instituciones tradicionales de crédito. En vez de exigir pagos en dinero, se asegura que el país acreedor comprará materia prima china y usará proveedores chinos y maquinaria china. Con lo que se aseguran parte del retorno. Puso el ejemplo de Venezuela, a quien los chinos han dado muchos créditos y como parte del pago le exigen pagar con petróleo.

Mientras que por un lado gestionan bien una dependencia de sus clientes, por otro no impone condiciones o normas de cómo usar el dinero: sólo le preocupa su retorno, no el uso que dan al dinero.

Siendo Venezuela el mayor reto que enfrenta la región, es un problema que le salpica, y muy de cerca, a Washington. A pesar de que la Administración Trump reconoce el régimen de Maduro como ilegítimo, y se ha observado un incremento de sanciones y presión, parece no ser suficiente.

China tiene una presencia muy activa en este país, así como lo tiene Rusia, que ha otorgado muchos créditos a Maduro, mientras simultáneamente han fortalecido sus relaciones con La Habana, lo que no es de sorprender pues los cubanos tienen fuerte presencia en Venezuela, sobre todo a través de los servicios de inteligencia, que, según expertos, ha sido la razón de la supervivencia del régimen a pesar del profundo descontento social.

La Administración Trump conoce la situación. Sin embargo, parece no entender la dimensión de las consecuencias más allá de la región latinoamericana. A mayor número de inmigrantes saliendo de las fronteras venezolanas mayor el riesgo que esos inmigrantes busquen como destino el norte del continente. Y ya Trump lo tiene complicado con los miles de personas que llegan de Centroamérica.

Tanto Xi jinping como Vladimir Putin saben que controlar Latinoamericana hace vulnerable a Estados Unidos mientras que ambos se hacen con los recursos naturales, con los compromisos de los gobiernos y compran apoyos estratégicos.

Cena

INTERREGNUM: Cena en Buenos Aires. Fernando Delage

Los mercados y el mundo entero han recibido con alivio el acuerdo al que llegaron los presidentes Trump y Xi durante la cena mantenida por ambos al concluir la cumbre del G20 en Buenos Aires el pasado sábado. La amenaza norteamericana de elevar los aranceles a las importaciones de productos chinos del 10 por cien al 25 por cien a partir del próximo 1 de enero ha quedado en suspenso. China, inquieta por los efectos de tal medida sobre el empleo—y, por tanto, sobre la estabilidad social y política—ha prometido aumentar sus compras a Estados Unidos, aunque por un importe que no se ha dado a conocer. ¿Se ha evitado una guerra comercial que parecía inevitable?

En realidad, la administración Trump ha dado un plazo de 90 días a Pekín para evitar esas nuevas sanciones. Washington ha declarado que los dos países comenzarán negociaciones para resolver algunos de los principales problemas en su relación económica, como el robo de propiedad intelectual o las transferencias forzosas de tecnología. La falta de avances conducirá a una nueva escalada de las tarifas arancelarias.

Ambos líderes necesitan una tregua. Trump ha perdido—para el Partido Republicano—la mayoría en la Cámara de Representantes, mientras el fiscal especial sobre sus relaciones con Rusia, Robert Mueller, continúa avanzando en su investigación. En China tampoco faltan las—discretas—críticas a Xi, cuya política de excesivo triunfalismo ha conducido a un contraproducente enfrentamiento con la todavía primera economía mundial. Las dos economías necesitan por otra parte equilibrar su dinámica comercial, y China abrir en mayor grado sus mercados a la inversión extranjera.

Cabe prever que el déficit norteamericano con la República Popular se reduzca en cualquier caso. Esta lleva años fomentando el aumento del consumo interno, lo que parece estar dando resultados: la tasa de ahorro ha caído del 52 por cien de 2010 al 46 por cien en 2017, a la vez que se multiplican las cifras de créditos para las familias. A medida que la clase media china mantenga al alza su consumo, el turismo o la educación en el extranjero para sus hijos, el superávit con Estados Unidos disminuirá. China también corregirá su dependencia de las exportaciones a este último país a través de la Ruta de la Seda—que reorientará buena parte de sus ventas a los mercados de Asia, África y Oriente Próximo—y de su propia estrategia de internacionalización, que llevará a sus grandes firmas a producir desde otras naciones.

Es un error por parte norteamericana por tanto seguir enfocando su déficit con la República Popular como una cuestión bilateral. Trump sólo tendrá una política china eficaz cuando tenga un concepto coherente de la dinámica asiática en su conjunto. Y es este tablero más extenso el que explica que—pese a la tregua de Buenos Aires—la posibilidad de un choque entre los dos gigantes no ha desaparecido del escenario. En último término, los modelos de orden regional que uno y otro país quieren construir en Asia son simplemente incompatibles. (Foto: Haigang Li, flickr.com)

war game

Maniobras en el frente

Donald Trump vuelve a mover ficha para intentar tomar la iniciativa en un proceso de replanteamiento de las claves de la escena geopolítica mundial. Así ha decido dos jugadas que no dejan de tener importancia: por un lado, ha ofrecido a China tres meses de tregua en la preparación de la guerra comercial que él mismo anunció, y, por otro, ha anunciado la eventualidad de un nuevo encuentro con el presidente norcoreano, allá por febrero o marzo, para desbloquear la situación y volver a situar la cuestión coreana en el escenario salido de la cita de Singapur.

En realidad, la reunión del G-20 en Buenos Aires fue más un escenario de cómo evoluciona la política exterior de EEUU, China y Rusia, que un encuentro para tomar medidas en el plano económico. El G-20, como lobby y lugar de toma de decisiones ha perdido peso. Así, fueron más importante los gestos de Trump para evitar la foto con el líder saudí Bin Salman, a quien por otra parte no quiere moverle la silla, la escenificación de su enfado con Putín por los incidentes en Crimea y las maniobras chinas para seguir mejorando su presencia en las economías latinoamericanas.

Pero volviendo a las iniciativas de Trump, todo parece indicar que la Administración de EEUU ha entendido que la hipocresía china sobre el libre mercado le está ganando en el terreno de la propaganda y que, además, tras el choque con China el proteccionismo llevará a un desencuentro con la Unión Europea en el que, paradójicamente puede ganar terreno Rusia. De ahí los tres meses de plazo para estudiar el terreno de batalla y analizar posibles consecuencias y, a la vez, conseguir que China favorezca el encuentro con Kim Jong-un. Veremos qué pasa. (Foto: Michael Spring, flickr.com)