Minitrump

El asombroso líder menguante. Miguel Ors.

(Foto: Woodrow Village, Flickr) Los republicanos están encantados con Donald Trump. Hace un año, cuando la era de Barack Obama tocaba a su fin, el 70% creía que el mundo respetaba cada vez menos a Estados Unidos. El último sondeo de Pew Research revela que esa proporción se ha reducido al 42%. Los demócratas discrepan: los que piensan que el mundo respeta menos a Estados Unidos han pasado en el último año del 58% al 87%.

¿Y qué opina el mundo? Discrepa, como los demócratas. En Occidente, los niveles de aceptación de Trump son peores que los de George W. Bush cuando invadió Irak. Solo hay dos países cuya población se fía más de él que de Obama: Israel y Rusia.

“Es posible que los republicanos estén simplemente desconectados de la realidad”, reflexiona The Economist. “Otra opción, sin embargo, es que prefieran ser temidos que amados”. Se trata de una conocida recomendación de Maquiavelo. “Es más seguro”, argumentaba el pensador florentino, porque el miedo es una emoción que el príncipe puede inspirar a voluntad y de forma casi ilimitada, mientras que el afecto es un vínculo que no depende enteramente de él y que “los hombres, perversos por naturaleza, rompen cada vez que les conviene”.

Esta lógica funciona muy bien en determinados ámbitos. Por ejemplo, si eres la primera economía del planeta y debes cerrar un acuerdo agrícola con Ecuador, es más fácil salirte con la tuya negociando mano a mano que en el seno de la Organización Mundial del Comercio. Por eso Trump reniega de los tratados multilaterales, cuyas reglas constriñen absurdamente sus movimientos como los liliputienses a Gulliver.

Siendo esto tan obvio, ¿cómo es que Washington ha liderado la creación de un entramado institucional que somete las disputas a la fuerza de la razón (que no siempre tiene) y no a la razón de la fuerza (que le favorece claramente)? Porque la intimidación tiene un recorrido limitado. Lo estamos viendo en Oriente Próximo y en Asia. No es que el Pentágono no pueda torcerle el brazo a Irán o Corea del Norte; es que es incapaz de ganarles una guerra a los zarrapastrosos de los talibanes.

Mantener la estabilidad que ha permitido al planeta alcanzar niveles de bienestar desconocidos en la historia de la humanidad requiere la cooperación del resto de la comunidad de naciones, y ¿quién va a sumarse al proyecto de un déspota que antepone sus intereses a cualquier otra consideración? La inmensa mayoría de los Gobiernos se alinean hoy con la Casa Blanca porque desconfían de Putin o de Xi Jinping. Pero si al final no va a haber diferencia entre la una y los otros, Trump se va a encontrar bastante aislado.

Muchos republicanos disfrutan cuando su presidente aparta de un manotazo al primer ministro de Montenegro para quedar en el centro de la fotografía. Creen que así recuperan el lugar que les corresponde en el concierto internacional, pero solo socavan un poco más un poder blando que echarán de menos en el futuro. “Esta es la paradoja de Trump”, escribe Richard Wolffe en The Guardian: “cuanto más intenta afianzar el liderazgo de Estados Unidos, menos liderazgo ejerce”.

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INTERREGNUM: ¿Cambio de testigo en Asia? Fernando Delage

¿Será noviembre de 2017 la fecha en que se certificó la sustitución de Estados Unidos por China en el liderazgo asiático? La sucesión de encuentros mantenidos en la región la semana pasada así parece apuntarlo. La cumbre de APEC en Vietnam, en particular, enfrentó de nuevo dos retóricas opuestas—la de Pekín y la de Washington—con una rotunda mayoría a favor de la primera.

No se trata de seguir el modelo chino. Pero es Xi Jinping quien abandera la defensa de la globalización y de una economía abierta, y quien impulsa una renovación de las fórmulas multilaterales. La República Popular es, por resumir, la gran potencia comprometida con los principios e instrumentos que necesitan las economías asiáticas para continuar creciendo. El discurso unilateralista de Trump, además de su innecesario tono hostil, no podía granjearle nuevos amigos. Como desde un principio resultaba previsible, “America first” sólo podía significar “America alone”. Estados Unidos ha decidido aislarse de los intereses que comparten los países de la región, con independencia de sus diferentes regímenes políticos o niveles de desarrollo. El acuerdo de principio logrado en Vietnam para rehacer el Acuerdo Transpacífico (TPP) a 11, es decir, sin Washington, es la más clara expresión del camino sin salida emprendido por Trump en su política comercial. China, por su parte, ha vuelto a demostrar su habilidad para utilizar foros como APEC para avanzar en la construcción de un nuevo orden regional, con ella en el centro.

Tampoco ofreció Trump la formulación de una política asiática que esperaban los observadores, más allá del mero concepto de un “Indo-Pacífico libre y abierto”. Quizá de vuelta en casa su administración ofrezca mayores detalles, incluyendo—se cree—un paquete de medidas dirigido a corregir el gigantesco déficit bilateral con Pekín. También podría resucitarse la fórmula del “Quad”, el cuadrilátero de democracias que ya propuso el primer ministro japonés, Shinzo Abe, hace diez años como elemento de equilibrio de una China en ascenso. Ha sido de nuevo Tokio, esta vez por boca de su ministro de Asuntos Exteriores, Taro Kono, quien en una entrevista a “Nikkei Asian Review” a principios de mes, propuso el establecimiento de un diálogo estratégico formal al más alto nivel entre Japón, Estados Unidos, India y Australia, con dos objetivos principales: asegurar la estabilidad del espacio marítimo regional, y articular una respuesta alternativa a la Ruta de la Seda china.

Washington parece haber “comprado” la idea japonesa. El escepticismo de Delhi y el rechazo de Australia por temer provocar a China, abortaron hace una década la iniciativa. Esta vez, India se ha mostrado a favor de cooperar “sobre todas aquellas cuestiones que favorecen sus intereses”, y también la ministra australiana de Asuntos Exteriores, Julie Bishop, ve con buenos ojos la propuesta. Pero, ahora como entonces, quedan algunas cuestiones por resolver. ¿Por qué está ausente otra importante democracia de la región, Corea del Sur? Y, sobre todo, ¿cómo se equilibra el hecho de que China se convierta en la principal variable del futuro económico de la mayor parte de los países de la región, y que algunos pretendan sumarse al mismo tiempo a una coalición diplomática contra Pekín? El polarizado debate que se está produciendo en Australia entre la comunidad diplomática y estratégica—escéptica sobre un mayor acercamiento a Pekín—y la económica y empresarial—defensora de lo contrario—es buen ejemplo de una dinámica que, al menos de momento, continúa favoreciendo a China y a sus esfuerzos por consolidar una esfera de influencia cada vez más amplia.

Golf

La travesía asiática de Trump (II). Nieves C. Pérez Rodríguez

(Fotografía: Catalin Munteanu, Flickr) Washington.- Ha sido una semana muy intensa en Asia. Mientras en casa se celebra el aniversario de la victoria electoral de Trump, éste se ha paseado por las principales capitales asiáticas con un cierto decoro, y manteniendo un tono bastante prudente, en relación a lo que nos tiene acostumbrados.

La compleja psicología, o debería más bien decir llana, del personaje, nos deja ver claramente que mientras se le hacen honores de jefe de Estado, y se le trata con el protocolo correspondiente a su posición, Mister Trump se siente halagado y cómodo, lo que automáticamente desactiva su agresividad y apaga su sistema defensivo. Tanto fue así, que hasta sus twitters han sido para agradecer a Abe, o a Xi, su grata compañía y reconocer lo majestuoso de los recibimientos. Incluso de admiración, con cierta galantería, para los dirigentes de estas naciones.

En Japón el primer ministro le hizo todos los honores, pero además le llevó a jugar al golf, una de las grandes pasiones de Trump, en compañía de Kedeki Matsuyama, el golfista número uno en Japón. Abe sabe que cuenta con el respaldo de Estados Unidos, que la relación es sólida y que son el más fuerte aliado en la región, así que mejor compensar a su cófrade.

Moon Jae-in en su discurso de bienvenida a Corea del Sur felicitó a Trump por el récord en el aumento de la bolsa, y seguidamente le dijo (con una de sus célebres frases) “ya está haciendo a América grande de nuevo”. Seúl necesita de Estados Unidos inmensamente. Es su escudo de respeto frente a Pyongyang. Y Moon entendió que para estar de buenas con el que preside la nación que le provee de su seguridad, endulzarle los odios es un precio bajo a pagar.

Los chinos por su parte, realmente hicieron un buen trabajo para impresionar a Trump: alfombras rojas, desfile militar y, los más altos honores al principal rival económico de esta nación. Xi Jinping no escatimó esfuerzo alguno, como buen diplomático, en darle al inquilino de la Casa Blanca su homenaje, consagrando públicamente así el respeto de China a Estados Unidos. Los dos líderes más poderosos del mundo juntos jugando a aliados.

Tal y como afirmábamos en esta misma página la semana pasada, los temas álgidos se resumen básicamente en dos: intercambio comercial, en el que paradójicamente Trump alabó y justificó la agresiva política económica china de crecimiento e intercambio, a pesar del efecto negativo de esa política en la propia economía de estadounidense; y Corea del Norte, en el que tal y como se esperaba Washington pidió la desnuclearización y la intervención del líder chino para acabar con este gran amenaza. Jugando una carta interesante, aprovechó la ocasión pública para halagar a Xi como líder y su capacidad de dar resultados. Tal y como afirmó la analista Callie Wang “Trump genuinamente admira al presidente chino”, como estratega nato que da resultados.

A pesar de la cálida interacción e incluso cercanía entre ambos líderes, los puntos neurálgicos de las relaciones bilaterales se mantienen en el mismo lugar que antes. China cree en las relaciones personales, y eso fue lo que motivó tal despliegue de medios, para intentar ganarse al presidente estadounidense. Sin embargo, el mar del sur de China, la ciber-seguridad, Corea del Norte, y el THAAD siguen siendo los temas en los que cada país tiene una posición contrapuesta. El Departamento de Estado, como ya hemos dicho, tiene una política anti china bien estructurada, de la que seguramente a principios del próximo año empezaremos a ver indicios.

Eric Gómez, analista del CATO Institute, afirmó que “Trump es un adulador neófito en política exterior”. Si se analiza en el fondo la política exterior hacia Asia, no hay diferencia sustancial con las políticas de la administración Obama. Según Gómez, la clave está en los ejercicios militares de Japón e India de hace unos días, que son el verdadero referente de la política exterior estadounidense a día de hoy, y que sencillamente son una indicación de lo más agresiva que será la Administración Trump (comparada con la Administración Obama), pero fundamentalmente tendrán el mismo fondo.

El presidente Donald Trump es una especie de diva que cambió los realities shows y los clubs exclusivos por la Casa Blanca, lo que consecutivamente lo ha llevado a los foros internacionales más importantes y a los palacios presidenciales de las naciones más poderosas del mundo. Abe lo intuyó bien, razón por la que fue el primer mandatario en visitarlo en la Torre Trump en Nueva York el otoño pasado. Y ahora Xi ha seguido esa línea, pero al más puro estilo chino, majestuosamente organizado, en la que hasta su nieta cantó para Trump. Los líderes asiáticos ante una visita de Estado norteamericana siempre rendirían honores, pero especialmente en esta no se ha escatimado en el despliegue de medios, apostando por caerle en gracias al líder más poderoso del mundo, pero también controvertido e impulsivo.

Samarcanda

El nuevo libro de las maravillas. Miguel Ors

La Ruta de la Seda es lo que en marketing se conoce como una supermarca. Es una idea clara (casi todo el mundo sabe a qué se refiere) y notoria (¿quién no ha oído hablar de ella?), que abriga una poderosa carga emocional: su mención evoca el lejano y misterioso Oriente, la sofisticación, la aventura… Finalmente, asociamos su existencia con una era de paz y prosperidad.

Sin embargo, como sucede a menudo, la realidad subyacente no está a la altura de su reputación. “Pocos asuntos históricos han suscitado tanta literatura a partir de tan escasa sustancia”, escribe el veterano corresponsal del Financial Times Philip Bowring en la New York Review of Books. Y cita la descripción que hace de ella la académica de Yale Valerie Hansen en La Ruta de la Seda: Una nueva historia: “una serie de senderos cambiantes y sin marcar, en medio de una vasta extensión de desiertos y montañas”.

“El viaje entre China y Samarcanda, el principal enclave de Asia central”, sigue Bowring, “era lento y azaroso, y el tráfico de productos modesto”. De hecho, el traslado por mar resultaba mucho más barato (siete veces, según los romanos) y estaba menos expuesto a las inconveniencias de las guerras o al capricho de las autoridades aduaneras.

En el último siglo y medio, el desarrollo de los motores de vapor y de explosión y la construcción de una extensa red ferroviaria en las repúblicas asiáticas de la URSS mejoraron la competitividad del transporte terrestre, pero para cualquier movimiento “desde el interior de China a Turquía o Irán, y no digamos ya a Europa, el tren es una alternativa pobre en comparación con el bajo coste del barco y la rapidez del avión”.

¿Por qué lanza Pekín una nueva Ruta de la Seda, compuesta por seis corredores que costarán una barbaridad? En la región faltan indudablemente infraestructuras y su construcción generará actividad. Es la magia de los multiplicadores keynesianos: si el sector público empieza a hacer caminos, canales y puertos, el privado deberá facilitarle cemento, palas y hormigoneras, lo que tirará de la inversión y el empleo. Pero esta lógica funciona cuando existe capacidad ociosa, como durante una crisis. En los Estados Unidos de los años 30 tenía mucho sentido abrir zanjas para cerrarlas luego, porque el país estaba lleno de empresarios paralizados por la incertidumbre.

Pero ese no es el problema de China. Si el Estado se mete a licitar grandes obras no creará oportunidades para sus ingenieros y sus albañiles. Estos simplemente dejarán de levantar torres de apartamentos para hacer autopistas o estaciones o lo que sea. Lo único que aumentará será la deuda soberana.

Así y todo, es posible que merezca la pena hipotecarse a cambio de impulsar la productividad de la economía, pero prever el retorno de las infraestructuras dista mucho de ser una ciencia exacta. En un artículo de 2005, Bent Flyvbjerg, Mette K. Skamris Holm y Søren L. Buhl analizaron 210 proyectos de 14 países y se encontraron con importantes desvíos respecto de la demanda prevista, que en el caso de dos ferrocarriles alemanes alcanzaban el 150%. Y eran alemanes…

Estos precedentes deberían invitar a la cautela, pero lo que mueve la política no es la estadística, sino la ambición. En una conferencia pronunciada en mayo, Xi Jinping jaleó las gestas de Zheng He, el almirante del siglo XV cuya flota propagó la influencia de la dinastía Ming por las costas de Indonesia, India, Somalia y Kenia. “Una vez más”, apunta Bowring, “Pekín se posiciona a sí mismo como el gobernante benévolo, al que rinden tributo sus vecinos menores a cambio de protección y amistad”.

Muchos chinos de buena voluntad quizás compren este ingenuo relato, pero la historia revela que los vecinos, por menores que sean, no reciben amistosamente a las potencias en expansión, aunque lo hagan bajo la misteriosa y sofisticada advocación de la Ruta de la Seda.

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INTERREGNUM. China y Japón: relaciones peligrosas. Fernando Delage

Una vez confirmados y reforzados en sus cargos tras el XIX Congreso del Partido Comunista Chino y las recientes elecciones generales, respectivamente, una de las principales prioridades diplomáticas de Xi Jinping y de Shinzo Abe será como tratar el uno con el otro. Aunque las tensiones entre China y Japón han ido en aumento desde 2010, a partir de 2014 se abrió un paréntesis de relativa calma que no oculta, sin embargo, las diferencias estructurales de fondo. En manos de Xi y de Abe estará, hasta al menos 2021, la responsabilidad de buscar un entendimiento, aunque sus acciones dependerán asimismo de un tercero: Estados Unidos.

El legado de la Historia y las reclamaciones marítimas chinas explican en gran medida las dificultades entre la segunda y tercera mayores economías del mundo. Pero no son las únicas razones. La espiral de negatividad que se registra en las percepciones mutuas arranca en la década de los noventa, tras los sucesos de Tiananmen. Y la variable fundamental que la causa, más que la evolución de las relaciones bilaterales, es el papel que cada parte comienza a desempeñar en la dinámica política interna de su vecino. Japón es un pilar central en torno al cual se ha construido el nacionalismo chino contemporáneo, mientras que el relevo generacional en la política japonesa ha conducido a la defensa de posiciones más firmes con respecto a una China en ascenso.

Richard McGregor, excorresponsal del Financial Times en Tokio, primero, y en Pekín, más tarde, acaba de publicar un fascinante libro en el que cuenta en detalle cómo se llegó a este punto desde la normalización de relaciones diplomáticas a principios de la década de los setenta. Aunque es un tema objeto de numerosas publicaciones, “Asia’s reckoning: the struggle for global dominance” (Allen Lane, 2017), es una indispensable obra de referencia. McGregor no sólo ha tenido acceso a fuentes anteriormente clasificadas, sino que ha entrevistado a decenas de políticos y diplomáticos de ambos países, y de Estados Unidos, muchos de ellos protagonistas directos de los hechos narrados.

Las opiniones y percepciones de los dirigentes chinos y japoneses como clave del comportamiento de sus respectivos países, adquieren así una relevancia que no suele ser habitual en los libros de carácter más académico. Es en este terreno donde el libro ofrece mayores novedades, incluyendo verdaderas perlas. La transcripción de las conversaciones entre Zhou En-lai y Henry Kissinger sobre Japón no tienen desperdicio, por ejemplo. No le hará ganar muchos amigos en Tokio al ex asesor de seguridad nacional norteamericano, pero es muy reveladora de la manera de ver el mundo de la administración Nixon. La discusión sobre Taiwán mantenida entre Mao Tse-tung y el primer ministro japonés Kakuei Tanaka, es igualmente ilustrativa de las prioridades chinas en la década de los setenta. Una época que en poco se parece a la actual, como revela la gestión—sobre la que McGregor proporciona detalles poco conocidos hasta la fecha—de las crisis de 2010 y 2012 en torno a las islas Senkaku.

¿Qué ha cambiado? Lo fundamental es el giro en la posición relativa de poder de ambos Estados. El rápido ascenso económico y militar de China transforma de manera radical el entorno exterior de Japón, como también pone en riesgo la primacía tradicional de Estados Unidos en la región. Este es por tanto el principal motivo del reajuste en los cálculos estratégicos de Tokio y Washington, pero también del choque entre dos nacionalismos que alimentan, en China y en Japón, un juego político interno que no propicia precisamente las actitudes de reconciliación.

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La travesía asiática de Trump. Nieves C. Pérez Rodríguez

En una larga travesía de 12 días, el presidente Trump visita Asia. Muchos días de viaje y una agenda bien copada en la que visita Japón, Corea del Sur, China, Vietnam y Filipinas. Un viaje tan largo como importante en el que el secretario de Estado Tillerson le acompañará para dar aún más solemnidad a esta visita oficial. Mientras Trump sostendrá encuentros con los jefes de Estado correspondientes, Tillerson se reunirá con altos dirigentes, homólogos y personalidades económicas, con las que buscará afianzar lazos de cooperación a nivel político y de inversiones e intercambio. Según Daniel Blumenthal (escritor de Foreing Policy) la clave de este viaje está fundamentalmente en el elemento geopolítico, que consiste en intensificar la competencia de los Estados Unidos con China por el sureste asiático. Insiste en que nada es tan importante como ese punto y el presidente Trump debería dejar muy claro que su gabinete toma con mucha seriedad la rivalidad geopolítica en la región asiática.

Japón es el aliado más fuerte de Estados Unidos en Asia. En Tokio, Trump afianzará la alianza con Shinzo Abe y proyectará una sólida amistad mientras negocian más intercambios comerciales y analizan la amenaza de Corea del Norte. La Administración Trump finalmente entendió la importancia de un aliado como Japón y ha comenzado a darle el lugar que merece. Tokio, por su parte, da señales de estar más cómodo con Washington y ha bajado sus niveles de ansiedad ante la amenaza nuclear de Pyongyang por el apoyo de Trump. De hecho, Japón es el país que más está invirtiendo en Estados Unidos a día de hoy, instalando industrias en su territorio y generando un gran número de empleos (exactamente lo que Trump ha definido como su vuelta a la Gran América).

En Seúl, se espera que se aborde fundamentalmente la peligrosa situación de Corea del Norte. Trump se reunirá con Moon Jae-in, lo que revalida el apoyo de Washington y mando un claro mensaje a Kim Jong-un. Corea del Sur es el segundo gran aliado de Estados Unidos en la región, y para el presidente Moon es realmente importante contar con este espaldarazo público.

En el caso de China, Trump prometió a Xi jinping visitarle en casa, y eso es exactamente lo que está haciendo. Cumpliendo con su compromiso, quedando bien con el ahora consagrado líder, después de que el congreso del Partido Comunista Chino convirtiera a Xi en el personaje más poderoso desde Mao Zedong, y que comparativamente con Trump, está en una posición más fuerte, en términos de liderazgo y popularidad. Sin lugar a dudas, en la región Xi es el líder más poderoso y Washington le necesita para seguir presionando a Pyongyang. Beijín es el único actor internacional capaz de presionar y neutralizar a Pyongyang sin necesidad de un ataque bélico, siendo el principal proveedor de un régimen completamente aislado.

Aquí la pregunta que se presenta es ¿hasta dónde quiere jugar China genuinamente ese rol?, Xi se siente claramente cómodo en su papel de líder internacional, pero también sabe cuándo debe bajar su perfil para mantener el juego a su favor. Esperemos que Trump entienda esa estrategia y pueda dejarle claro que Estados Unidos está dispuesto a acabar con el riesgo y mantendrá el liderazgo regional. A pesar de que hasta ahora Trump ha sido blando con Beijín, el Departamento de Estado maneja una línea anti china muy fuerte, que espera empezar a implementar.

Vietnam es un país clave. Tanto Trump como Tillerson participarán en la Cumbre de APEC el 10 de noviembre, que es obviamente importante pues 21 economías en el Pacífico estarán en este foro que promueve el libre comercio. Sin embargo, la clave podría estar en que Washington quiere asegurarle a Hanói su apoyo, siguiendo la línea anti china que amnas están manejando. Vietnam históricamente ha sufrido el acoso chino, y entre el expansionismo chino actual y su posición geográfica, es uno de los países más vulnerables ante el gigante asiático, por lo que Washington está aprovechando para extender su apoyo a cambio de mantener su presencia en la región.

En Filipinas se reunirá con Rodrigo Duterte, un líder tan controvertido como popular, quien, con una política tan agresiva como inapropiada, abusa del poder para acabar con el narcotráfico y los consumidores de estupefacientes, por lo que se espera que Trump aproveche la oportunidad para pedirle moderación y respeto por los derechos humanos. Asimismo, Washington intentará recuperar los espacios ganados por China en la región del sureste asiático.

Otro aspecto no menos importante es el aumento del radicalismo islámico y la presencia de ISIS, en el que Trump debería afianzar su compromiso en mantener cooperación en materia de seguridad.  Seguramente otra de las razones que llevan al inquilino de la Casa Blanca hasta Manila es parte de su ego, pues Duterte ha expresado públicamente su admiración por Trump, lo que no sorprende pues, en el fondo, ambos líderes tienen un carácter impulsivo y políticamente incorrecto.

Tal y como se ha expuesto, cada país en esta gira por Asia tiene una razón estratégica. La Administración Trump está yendo a poner orden y afianzar su posición en el Pacífico, y a dejarle claro a China quién tiene el control,  solidificar alianzas y mandar un mensaje claro a Pyongyang de unión con sus aliados. Ojalá que la imprudencia de Trump se quedara en casa, y que su Twitter no funcione en Asia, o que lo agotador de su agenda lo mantenga aislado de su móvil. Seguramente así nos aseguraremos una visita diplomática en toda su expresión. Sobre todo, en la cultura asiática donde la prudencia y las formas marcan el día a día de la sociedad.

Xi poster

El gran rompecabezas chino. Miguel Ors Villarejo

En una democracia liberal, la hermenéutica parlamentaria se reduce a una simple operación aritmética: contar los congresistas que cada partido saca en unas elecciones transparentes y pacíficas. A partir de su número se sabe quién manda y cuánto manda, y puede también deducirse cómo pretende gobernar con un razonable grado de seguridad.

No sucede lo mismo en un régimen comunista. El poder no emana aquí de los congresistas. Son los congresistas los que emanan del poder, que se dilucida en un proceso opaco y a menudo violento, cuyo resultado se manifiesta en detalles que solo el ojo entrenado puede apreciar: la aparición (o desaparición) en los retratos oficiales, la preeminencia (o postergación) en los desfiles militares, la cantidad de mayúsculas (o de minúsculas) del cargo, etcétera.

A la luz de estas técnicas arcanas, los analistas coinciden en que Xi Jinping es el político chino más poderoso del último medio siglo. El elemento cabalístico decisivo es la incorporación a la Constitución de su “pensamiento”. “Es el primer líder vivo que menciona la Carta Magna desde Mao”, escribe The Economist. Ni Hu Jintao ni Jiang Zemin figuran, y la referencia a Deng Xiaopin y su “teoría” (término menos profundo e imponente que “pensamiento”) se incluyó a título póstumo.

¿Es esto una buena o una mala noticia? Es difícil saberlo. Las fuentes fiables de que disponemos (un cable diplomático filtrado por Wikileaks, testimonios dispersos) dibujan a Xi como un hombre astuto, consumido por la ambición. Hijo de un comunista de primera hora depurado durante la Revolución Cultural, se hizo “más rojo que el rojo” para sobrevivir. Tras licenciarse como oficial del Ejército, sirvió en diferentes destinos provinciales, procurando siempre ser “aburrido y olvidable”. Había comprobado cómo la franqueza arruinaba la vida a su padre, así que decidió mostrarse complaciente con la autoridad. “Nadie en su sano juicio hubiera dicho que el chico que alojé en mi casa llegaría a presidente, ni de China ni de ningún otro país”, comentó la estadounidense que lo acogió durante una feria agraria en su casa de Iowa. Este talante inofensivo y afable lo convirtió en el candidato de consenso cuando hubo que relevar a Hu Jintao.

Entonces se desató la bestia.

“Xi ha protagonizado dos cruzadas en casa”, escribe Carrie Gracie, “una para controlar el Partido y otra para controlar la web”.

Con el pretexto de acabar con la corrupción, ha tronchado la cabeza a miles de altos cargos y, con el propósito de preservar la “independencia [de China] como pueblo y nación”, ha levantado un cortafuegos en internet que podría dotar de un nuevo sentido la expresión “poner puertas al campo”.

En Occidente los expertos están divididos. Los pesimistas creen que el mundo se dirige hacia otra trampa de Tucídides y que, del mismo modo que la emergencia de Atenas arrastró a Esparta a la guerra del Peloponeso, la irrupción de China provocará tarde o temprano la colisión con Estados Unidos. La concentración en Xi de un poder formidable, sin apenas contrapesos, empeorará la calidad de sus decisiones porque, dice The Economist, “aumenta el riesgo de que sus subordinados le cuenten únicamente lo que estimen que quiere oír”. Hay precedentes. Durante el Gran Salto Adelante, millones de campesinos morían de hambre mientras los gobernadores informaban a Mao de que la cosecha iba de cine y los graneros estaban a reventar.

Pero los optimistas alegan que Xi es consciente de que la base de su legitimidad es la prosperidad material y de que esta se desintegraría en caso de conflicto. Además, ahora que se ha deshecho de sus rivales, su “pensamiento”, que consagra la economía de mercado “con características chinas”, se desplegará en toda su plenitud, derramando sus bondades por doquier gracias a la globalización.

La verdad probablemente se halle a mitad de camino entre estos dos escenarios. Y para anticiparla, habrá que seguir pendiente de esos detalles que solo el ojo entrenado puede apreciar: los retratos oficiales, los desfiles militares, el baile de mayúsculas…

Nueva china

INTERREGNUM: China: ¿Nueva Era o Gran Salto Atrás? Fernando Delage

No se esperaba que, el pasado 18 de octubre, Xi Jinping fuera a emplear tres horas y media para exponer su informe de gestión como secretario general en la apertura del XIX Congreso del Partido Comunista. Cinco años antes, a Hu Jintao le bastaron 90 minutos. Pero la duración de su discurso fue coherente con las ambiciones de Xi, entronizado como líder supremo y responsable, nada menos, del comienzo de una “nueva era” de la República Popular, tras las representadas por Mao Tse-tung y Deng Xiaoping. ¿Serán Jiang Zeming y Hu Jintao, veinte años al frente de China entre los dos, algo más que una nota a pie de página en los futuros manuales de Historia?

El Congreso acordará la mayor renovación de los cargos internos del Partido desde 1969: hasta un 70 por cien de los miembros del Comité Central serán nuevas incorporaciones. Entre ellos estarán los integrantes del próximo Politburó y, de entre estos últimos, los cinco dirigentes que—junto a Xi Jinping y Li Keqiang—formarán parte del Comité Permanente. Sus nombres, que no se conocerán hasta el 24 de octubre, darán la clave sobre si Xi ha logrado situar de manera prioritaria a fieles suyos en las principales estructuras de la organización.

En su informe, Xi repasó numerosas áreas de gobierno, pasando de la economía a la política exterior, de la educación a la ideología. Un leitmotiv predominó en su intervención: la necesidad de afianzar el papel de control del Partido Comunista, de conformidad con las actuaciones emprendidas por el secretario general durante el último lustro. La campaña contra la corrupción seguirá su curso, al igual que el reforzamiento de la disciplina interna.

Pero a falta de que el Congreso llegue a su fin en unos días, también se ofrecieron algunas novedades. Una especialmente llamativa ha sido la aparición de una nueva fecha en la planificación del gobierno: 2035.

Hasta ahora, el “sueño chino” era el eslogan que definía las prioridades de Xi desde su nombramiento a finales de 2012; un discurso que lejos de ser un mero recurso retórico estaba vinculado a dos objetivos a alcanzar en coincidencia con dos conmemoraciones históricas: convertirse en la mayor economía del mundo en 2021 (centenario de la fundación del Partido), y en una sociedad próspera y moderna, que contaría además con el mayor presupuesto de defensa del mundo, hacia 2049 (centenario del nacimiento de la República Popular).

En el XIX Congreso, Xi se ha fijado el propósito de que China “realice su modernización socialista” hacia 2035. Es una fecha a mitad de camino entre las dos señaladas anteriormente, y hay quien ve en ello la intención de Xi de permanecer en el poder más allá de 2022, cuando venza su segundo y, en teoría, último mandato. También es un año, 2035, con el que se quiere hacer hincapié en la calidad del crecimiento económico, más que en su ritmo, algo fundamental para que China no se vea atrapada en el estatus de un país de ingresos medios cuando se acelera el envejecimiento de su población.

No obstante, el diagnóstico de los imperativos descritos por el gobierno parece contradictorio con la vuelta a un esquema de poder unipersonal que recuerda a etapas anteriores. La estabilidad de China y del resto del mundo requieren que esta “nueva era” lo sea de verdad y no enmascare lo que podría convertirse en un “Gran Salto Atrás”.

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Estas son las razones por las que China compra equipos de fútbol europeos (y 3). Miguel Ors Villarejo

En un congreso de emprendedores celebrado el año pasado en Londres, algunos asistentes manifestaron su inquietud por el caudal de dinero que los inversores chinos estaban volcando sobre los clubes europeos. ¿No podría desvirtuar la competición? “Los ejemplos de propietarios extranjeros que se entrometen en la gestión, los fichajes y las tácticas han dado pie a abundantes titulares en la prensa”, escribe Angus McNeice. Y recuerda cómo Vincent Tant intentó (sin éxito) potenciar el “atractivo mundial” del Cardiff City cambiando su tradicional color azul por el rojo o sustituyendo la golondrina del escudo por un dragón.

Las sugerencias no se ciñen al terreno del marketing. Ledman, la empresa de Sian que patrocina la segunda división portuguesa, colgó en su web que iba a enviar a 10 jugadores chinos para que los alinearan los principales conjuntos de la competición. Al final debió retractarse, pero el mero anuncio dejó en el aire la inquietante pregunta de si esta gente sabe lo que se trae entre manos.

La respuesta es que, con alguna excepción, no tiene ni idea. Como reconoció en el encuentro de Londres Lin Feng, el consejero delegado de la consultora DealGlobe, los compradores chinos son en su mayoría “inversores pasivos” que “no conocen bien el negocio del fútbol”.

¿Y por qué se meten, entonces? Justamente por eso: porque no conocen bien el negocio y quieren aprenderlo. Simon Chadwick, que da clases de Estrategia para Firmas Deportivas en la Universidad de Salford, dice que, a diferencia de los oligarcas rusos o los jeques árabes, los millonarios chinos no compran equipos para hacer alarde ante sus amigotes, sino para enterarse de cómo funcionan y ayudar al camarada Xi Jinping en su propósito de convertir la República Popular en una potencia balompédica. “No es nada nuevo”, señala Chadwick. “Aplican el manual que les ha funcionado en otros ámbitos. Toman participaciones en sociedades extranjeras y contratan a técnicos para que formen a su mano de obra”. La entrada de Wanda en el Atlético sigue el mismo patrón que la de Geely en Volvo o la de ChemChina en Pirelli.

“Las fusiones y adquisiciones son un aspecto clave de la estrategia de desarrollo china”, declara en el Telegraph Danae Kyriakopoulou, investigadora del Centro de Estudios Económicos y Empresariales de Londres. “Pekín debe asimilar las tecnologías necesarias para dejar de fabricar artículos baratos y evolucionar hacia actividades de más valor añadido, y la entrada en compañías de países desarrollados es un modo de conseguirlo”.

Estas fiebres suelen ser de todos modos pasajeras y, en el caso del fútbol, parece que empieza a remitir. A mediados de agosto, el Consejo de Estado incluyó los clubes deportivos en la lista de sectores en los que las firmas locales no pueden invertir. Se conoce que ya disponen de suficientes modelos para destripar y copiar, aunque también ha debido de pesar un poco en la decisión el amor propio. “Si no adoptamos alguna medida”, escribía este verano el fundador del conglomerado Fosun, “estos extranjeros nos van a tomar por unos idiotas con los bolsillos llenos de dinero”.

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INTERREGNUM: Congreso y elecciones en China y Japón. Fernando Delage

A un mes de la primera visita del presidente Trump a Asia oriental, los dos grandes de la región, China y Japón, celebran en una misma semana dos relevantes convocatorias políticas.

El 18 de octubre se inaugura en Pekín el XIX Congreso del Partido Comunista Chino. Nada puede darse por seguro en uno de los sistemas políticos más opacos del mundo, salvo la ratificación de Xi Jinping para un segundo mandato como secretario general. Es previsible, sin embargo, que, conforme al poder que ha acumulado durante estos años, Xi sitúe a leales suyos en los órganos del Partido sujetos a renovación, consolidando así su capacidad de decisión para el próximo lustro. Se espera asimismo que su “pensamiento” se incorpore a la Constitución, y en algunos medios se sugiere, incluso, que podría recibir el nombramiento de Presidente del Partido, un cargo que sólo ostentó Mao Tse-tung en la historia de la República Popular.

Además de las cuestiones internas, el Congreso marcará las prioridades de gobierno hasta 2022. Ninguna será tan importante como la reactivación de las reformas económicas: de ellas depende la sostenibilidad del crecimiento, condición a su vez para que el Partido Comunista pueda asegurarse su monopolio del poder. Pero en una China que va camino de convertirse en la mayor economía del mundo, la política exterior será igualmente objeto de atención por el Congreso. Los próximos cinco años serán decisivos para perfilar su estatus como gran potencia, y consolidar el salto cualitativo que ha dado en su presencia global desde la llegada de Xi al liderazgo del Partido. Su mayor peso internacional crea, sin embargo, nuevos problemas y, entre ellos, pocos tienen el alcance de la difícil relación con Japón.

Diferencias territoriales y el cambio en su posición relativa de poder agravan un contexto ya marcado por el legado de la Historia. Conocido por sus escasas simpatías hacia Japón, Xi fue nombrado secretario general un mes antes de que, tras ganar las elecciones de diciembre de 2012, Shinzo Abe se convirtiera en primer ministro. Xi se encontró frente a un jefe de gobierno japonés no dispuesto a asumir una posición subordinada con respecto a China, que pondría en marcha una transformación sin precedente de la política de seguridad de su país. Cinco años más tarde vuelven a coincidir en sus agendas, con la diferencia de que mientras Xi ascenderá en su posición, Abe se arriesga a perder o, al menos, a ver diluida la suya. ¿Cómo podrán afectar estos hechos a las relaciones bilaterales en vísperas de la conmemoración, en 2018, del 40 aniversario del tratado de Amistad y Cooperación?

El 22 de octubre Japón celebra elecciones generales anticipadas. Tras varias derrotas del Partido Liberal Democrático (PLD) en comicios locales, Abe ha aprovechado un ligero repunte de su popularidad gracias a la amenaza que representa Corea del Norte, para intentar extender su mandato una legislatura más. Pero el escenario interno ha cambiado: la gobernadora de Tokio, Yuriko Koike, anunció la creación de un nuevo partido nacional, el Partido de la Esperanza, nada más convocar Abe las elecciones. En cuestión de días, el principal grupo de la oposición, el Partido Democrático de Japón, decidió integrarse en una misma candidatura con la agrupación de Koike, complicando las posibilidades del primer ministro. Aun cuando triunfe el PLD, Abe puede perder la mayoría parlamentaria de dos tercios necesaria para las reformas constitucionales que defiende. Al mismo tiempo, el sistema de partidos vuelve a una dinámica de cierta inestabilidad que puede obstaculizar la coherencia de la diplomacia japonesa. En un momento de incertidumbre con respecto a las intenciones de la administración Trump, y con un líder chino reforzado en Pekín, la política interna de Japón puede afectar a las relaciones entre los tres lados de este triángulo de manera que quizá nadie esperaba.