¿Y el NAFTA?

Washington.- Hace más de dos décadas que está en funcionamiento lo que ha sido uno de los acuerdos más importantes, que ha conseguido unificar y hacer crecer tres grandes economías liberando aranceles de importaciones en productos agrícolas y textiles así como la manufactura de automóviles, tomando en cuenta la protección de sus trabajadores y del medio ambiente. El acuerdo de libre comercio de América del Norte (NAFTA por sus siglas en inglés) fue negociado por George Bush (padre), aprobado por el Congreso y puesto en marcha bajo la Administración Clinton. Un acuerdo que contó desde sus orígenes con el apoyo de republicanos y demócratas, pero que ahora podría sucumbir en manos de la nueva Administración.
Durante la campaña electoral e incluso en su primera semana en la oficina oval, el Presidente Trump ha insistido en definir el NAFTA como el peor acuerdo comercial de la historia de los Estados Unidos. Paradójicamente, la página oficial de intercambios comerciales de la Casa Blanca aún tiene datos como que desde que entró en vigor este acuerdo las exportaciones agrícolas estadounidenses a México se han doblado y han aumentado un 44% a Canadá. Antes del Nafta, los productos estadounidenses que entraban a México enfrentaban barreras comerciales de alrededor de 10%, lo que significaba casi 5 veces más a las impuestas a los productos mexicanos en territorio estadounidenses.
El argumento fundamente que utiliza la Administración Trump para despreciar este acuerdo es básicamente el impacto negativo que ha tenido en el sector de manufacturas y la pérdida de empleos. De acuerdo a la oficina de estadísticas de empleo estadounidense, justo después de entrar en vigor el NAFTA la manufactura creció hasta el 2001, momento en que China entró en la organización mundial de comercio y la situación cambió radicalmente y empezó el descenso de este sector hasta llegar a una caída histórica producto de la gran recesión en el 2007. Sin embargo, a partir del 2010, se observa una recuperación progresiva. No se puedo olvidar cómo el desarrollo tecnológico en las empresas de manufactura juega un papel clave en relación al número de empleados. Son muchos los equipos y cada vez más sofisticados que sustituyen la mano del hombre.
Estados Unidos comparte una frontera de más de 6.400 km con Canadá, sin contar la frontera con Alaska, que son otros 1.500 km. Por el sur, con México, la frontera es de unos 3.200 km. Claramente México tiene un gran interés en mantener lazos fuertes con la primera economía del mundo, muy a pesar del discurso populista de construcción del muro. El presidente Peña Nieto ha sido cauto, y para muchos mexicanos incluso débil con sus respuestas diplomáticas a las afirmaciones inapropiadas de Míster Trump, dejando siempre claro la importancia de mantener relaciones cordiales y comerciales con su vecino del norte.
Canadá, por su parte, ha sido aliado histórico de los Estados Unidos, compartiendo siempre las mismas inquietudes globales y los mismos valores fundamentales. La visita esta semana de Justin Trudeau, podría darnos la clave de lo que serán estas relaciones, que a priori dan señales de ligeros cambios. El primer ministro canadiense no ha ocultado su desacuerdo con el decreto presidencial de Trump sobre la inmigración, invitando a ir a Canadá a todos los que nos son bien recibidos en Estados Unidos, exhibiendo su opinión al respecto, sin confrontar.
Muchos años han pasado desde que el Presidente Clinton recitó estas palabras, que siguen tiendo vigencia, en la ceremonia de la firma de NAFTA en 1994: … “Si aprendimos algo de la caída del Muro de Berlín y la caída de los gobiernos de Europa del Este es que, a pesar de ser sociedades totalmente controladas, no pudieron resistir los vientos de cambios que la economía, la tecnología y el flujo de información ha impuesto a este nuestro mundo. La única opción realista es aceptar estos cambios y crear los empleos de mañana…”.
Esperemos que la nueva Administración acabará aceptando que estos son otros tiempos, que cerrarse a la globalización es prácticamente imposible, y que pretender imponer o revertir acuerdos como el NAFTA podría llevar a los Estados Unidos a un aislamiento, sin ningún beneficio para el ningún beneficio para el país. Imponer a sus empresas operar bajo diferentes esquemas podría simplemente llevar a la ruina a muchas de ellas. Sencillamente, pretender reestructurar todo lo existente es como querer cerrar los ojos a lo evidente.

INTERREGNUM: REGRESO A LA REALIDAD

A medida que sus equipos toman forma y comienzan a tomar decisiones, la administración Trump empieza también a abandonar su inconsistente retórica. Mientras los desajustes en los asuntos de política nacional han obligado a prestar atención en la Casa Blanca a los procedimientos y a dejarse guiar por manos experimentadas, en política exterior han bastado pocos días para que se imponga el pragmatismo que demandan las complejidades de nuestro tiempo.

Israel y Rusia son dos ejemplos de cómo el nuevo gobierno norteamericano ha entendido lo inviable de su discurso. Trasladar la embajada de Estados Unidos a Jerusalén o levantar sin más las sanciones a Moscú no sólo no resolvería ningún problema sino que crearía otros nuevos, además de complicar de manera extraordinaria el margen de maniobra de Washington en Europa y en Oriente Próximo.

Pero, por su relevancia, nada ilustra mejor este giro que China. Una semana después del viaje del secretario de Defensa, Jim Mattis, a Tokio y Seúl—donde reafirmó de la manera más explícita el compromiso de Estados Unidos con sus aliados—, y 24 horas antes de la llegada a Washington del primer ministro japonés, Shinzo Abe, Trump manifestó al presidente chino, Xi Jinping, su compromiso—mantenido por todos sus antecesores desde 1972—con la política de “una sola China”. No sólo ha evitado así un grave conflicto con Pekín, para el que Taiwán no puede ser en ningún caso un elemento de negociación, sino también la definitiva pérdida de credibilidad entre sus aliados asiáticos.

Quizá antes de lo que podía esperarse, Trump ha percibido—o sus asesores le han hecho ver—que “America First” iba a convertirse muy pronto en “America Alone”. Y es muy poco lo que Washington puede conseguir por sí solo. De hecho, la posición internacional de Estados Unidos se debe en no escasa medida al considerable número de socios y aliados con los que cuenta. El abandono de sus amigos tradicionales obligaría a éstos a reconsiderar las bases de su política de seguridad, al tiempo que envalentonaría a sus rivales. Renunciar a esa red de aliados construida durante décadas podría, por lo demás, crear nuevos conflictos, que Estados Unidos se vería obligado a atender pese a sus tentaciones de repliegue. Así lo anticipó Nicholas Spykman a finales de los años cuarenta, al explicar el imperativo para Estados Unidos de evitar el control de Eurasia por una potencia rival.

La conversación telefónica con Xi y el trato dispensado a Abe, solo días después de la gira de Mattis por el noreste asiático, minimizan la alarma creada en la región por la victoria de Trump y sus primeras declaraciones. El carácter impredecible del presidente norteamericano no ha eliminado las incertidumbres—especialmente en el terreno económico y comercial tras la renuncia al TPP—, pero aumentan los indicios a favor de la estabilidad. Los próximos e inevitables pronunciamientos sobre Corea del Norte y el mar de China Meridional confirmarán si la anunciada revolución estratégica de Trump no es en realidad sino un reajuste de la política asiática de la anterior administración.

Por qué debería alegrarnos que los saudíes pongan a la venta su petrolera

La salida a bolsa de Aramco, la petrolera saudí, tiene alborotados a los tiburones de Wall Street. No es de extrañar. Los asesores de este tipo de operaciones funcionan a comisión y la oferta pública de venta (OPV) de Aramco va a ser sustanciosa. Se trata de una compañía descomunal: los expertos la valoran en dos billones de dólares, muy por delante de Apple (617.000 millones), Alphabet/Google (531.000) o Microsoft (483.000). La idea del Gobierno saudí es colocar en el mercado el 5% del capital, pero esa modesta participación le suministrará 100.000 millones y constituirá, de lejos, la mayor OPV de la historia. El ranking lo lideraba hasta la fecha Ali Baba, el gigante chino del comercio electrónico, que recaudó 25.000 millones en septiembre de 2014.

¿Y qué harán los saudíes con ese dinero? “La recaudación íntegra se destinará a actividades no relacionadas con el petróleo”, explica Financial Times. Los países productores están locos por diversificar. Saben que el barril no volverá ya a los 140 dólares que marcó en junio de 2008, en vísperas de la crisis. “En Estados Unidos”, me contaba hace unos meses el profesor del IESE Pedro Videla, “el coste de extracción ha caído a 40 dólares, lo que constituye un lastre para cualquier alza. Los saudíes se han dado cuenta de que el crudo que aún les queda no va a venderse para quemarse como combustible, sino para hacer plástico, y están comprando petroquímicas como locos”.

También los Emiratos y Omán llevan tiempo potenciando sus sectores financiero y turístico, y este afán por huir del petróleo contrasta con la paranoia occidental sobre su inminente agotamiento. Nos aterra la posibilidad de quedarnos sin recursos, aunque la humanidad ha mostrado a lo largo de la historia un enorme ingenio para sortear su escasez. “Se calcula que, para sobrevivir, nuestros antepasados cazadores-recolectores necesitaban unos seis kilómetros cuadrados de terreno”, escribe el catedrático de la Universidad de Columbia Xavier Sala i Martín en Economía en colores. Las regiones no sumergidas del planeta suman 150 millones de kilómetros cuadrados, pero casi dos tercios son desierto o montaña, lo que reduce la superficie cultivable a 63 millones. “A seis kilómetros cuadrados por cabeza, la Tierra podría mantener entre 10 y 11 millones de personas”. ¿Y cómo hemos llegado a las 7.400 millones actuales? La respuesta es muy sencilla: tecnología. La acumulación de adelantos (selección de semillas, rotación de cultivos, regadío, fertilizantes, pesticidas, mecanización) ha hecho posible que hoy se requieran “0,00059 kilómetros cuadrados para alimentar a cada persona”. Con cuatro millones de kilómetros cuadrados nos basta para los 7.400 millones. “El resto, hasta los 63 millones, lo ocupamos en forma de bosques, carreteras, casas, estadios de fútbol, parques, pueblos o ciudades”.

“El crecimiento y el progreso”, concluye Sala i Martín, “no necesariamente implican una utilización cada vez mayor de recursos”. Y la prueba es que quienes viven de vendérnoslos, como los árabes, están pensando en cambiar de ocupación.

Sigue el juego

El presidente Trump se ha distanciado de las alianzas económicas en Asia Pacífico para replegarse sobre sí mismo en la inauguración de un periodo de proteccionismo de impredecibles consecuencias en este momento. Sin embargo, Estados Unidos ha hecho esfuerzos desde el primer momento por emitir mensajes de compromiso con la defensa, en el terreno militar, del estatus quo de la región reafirmando los lazos con Corea del Sur y Japón.
No era para menos, ya que ambas naciones se enfrentan a un país que ha hecho de la amenaza y la agresividad sus principales instrumentos de negociación de ventajas en la escena internacional, Corea del Norte, y un amigo de este país, China, que, aún optando por el pragmatismo, necesita tener al perro ladrador de Pyongyang con el que jugar, y que desarrolla una política de dominio del Mar de la China y en la disputa territorial que mantiene con Japón por un lado y con otros países  por otro, sobre algunas islas de la región.
En ese delicado panorama, mientras Trump llenaba de incertidumbre e inseguridad económica a sus aliados rompiendo el acuerdo de libre comercio, enviaba a la zona al Secretario de Estado, James Mattis, para asegurar a Japón que el paraguas defensivo que une a ambos países implica también a las disputadas islas Senkaku, y para reafirmar su compromiso con la defensa de la integridad territorial de Corea del Sur. En ese escenario se ha producido, mientras el presidente de Japón visitaba Estados Unidos, el lanzamiento por Corea del Norte sobre el Mar del Japón de un misil susceptible de portar una cabeza nuclear.
El desafío norcoreano ha dado a Trump la oportunidad de reafirmar sus compromisos y sus advertencias a uno de los últimos regímenes estalinistas del mundo y, a Japón, la ocasión para reclamar a China un papel más activo para desautorizar a sus aliados norcoreanos y comprometerse en una política de estabilidad en la región.
Sigue pues el juego en el Pacífico occidental con los mismos protagonistas pero con gestores diferentes. No parece que la tensión vaya a descender a corto plazo porque China exige un precio: Taiwan y los islotes en disputa, que ni Estados Unidos ni Japón pueden aceptar aunque sobre esa base se está negociando. Y en ese contexto es en el que, la principal amenaza inmediata, Corea del Norte, puede conseguirconcesiones materiales nada desdeñables.

Prueba Foro

¿Crees que Donald Trump inicará una guerra comercial con China?

Detrás de las cortinas

El factor Trump y la temporada electoral europea, en cuyo horizonte aparecen fuerzas populistas, extremistas y contrarias a la Unión Europea, están difuminando la emergencia de acontecimientos no menos importantes y que van a influir inevitablemente en aquéllos.
En el Pacífico, enviados del presidente Trump se están reuniendo con dirigentes de países aliados de Estados Unidos para tratar de atenuar las consecuencias de palabras altisonantes, anuncios precipitados y groserías telefónicas del presidente. Es necesario soldar brechas abiertas con Japón, desconfianzas de Taiwán, enfados de Australia y, en general, llevar a la zona señales de lealtad, compromiso con la estabilidad y determinación en mantener los equilibrios. Al fondo está la provocación permanente de Corea del Norte, el espacio que va ganando China en toda la zona y los esfuerzos de Rusia por jugar su papel ante las dudas de Estados Unidos.
No muy diferente se está dibujando el escenario europeo. La reanudación de los incidentes armados en el este de Ucrania parecen reflejar un intento ruso de probar la capacidad de reacción de Europa y de Estados Unidos y una subida de la apuesta de cara a futuras negociaciones en las que, inevitablemente, cotizarán al alza las acciones de Rusia en Siria.
Así, las corrientes centrífugas en Europa, estimuladas por lo que ocurre en Gran Bretaña, aplaudidas tanto por Trump como por Putin y por el coro que animan la extrema derecha y la extrema izquierda con discursos parecidos, aparece bajo una nueva luz. Se perfila una santa alianza para debilitar a la Europa democrática y de bienestar, a pesar de sus innegables errores, con el proyecto de ser sustituida por un escenario nacionalista, antiliberal, replegado sobre sí mismo y abonado de conflictos que hunden sus raíces en el siglo XX.

La agonía de la diplomacia.

No cabe duda de que el mundo ha cambiado mucho en los últimos años.  El desolador escenario post segunda guerra mundial, y post guerra de las dos Coreas dejó la necesidad de reconstruir no sólo los escombros que dejan los conflictos armados, sino también dejó el escenario idóneo para establecer alianzas de no agresión, tratados de cooperación y acuerdos de supervivencia entre distintos Estados. Me atrevo a decir que fue la época de oro de la diplomacia, la creación de la ONU, la OTAN y de un importante número de acuerdos bilaterales entre Estados Unidos y Japón, Corea del Sur, Nueva Zelanda, Australia y, más recientemente, Filipinas y Taiwán.  Todo para establecer un orden mundial donde la paz y el respeto a las reglas fundamentales del juego sería el norte. Los tiempos son otros y la versión trumpiana de la diplomacia apuesta por cambiar significativamente las reglas del juego e incluso los actores y aliados del mismo.

La reciente llamada telefónica entre el primer ministro australiano y el presidente estadounidense deja un clima de absoluta perplejidad, después de que el mismo presidente Trump aprovechara la oportunidad para alardear de su victoria electoral, atacara el acuerdo previamente establecido entre ambos Estados en materia de refugiados y calificara la llamada como la peor de todas las que ha hecho en pleno desarrollo de la misma, de acuerdo al Washington Post.

Australia, junto a Estados Unidos y otros tres países, componen una estrecha alianza con uno de los acuerdos con menos repercusión pública, en la que sus miembros desde hace más de 70 años han construido una infraestructura de vigilancia global e intercambian información en materia de espionaje. Las agencias de inteligencia de Reino Unido, Canadá, Nueva Zelanda, Australia y Estados Unidos mantienen una relación muy estrecha basada en la confianza y la reciprocidad. Además de que las relaciones económicas y de intercambio turístico entre Australia y América son también muy amplias.

Una vez más, este comportamiento presidencial pone en riesgo la seguridad nacional de Estados Unidos y la estabilidad en Asia. El Wall Street Journal organizó la semana pasada un evento en Washington en donde se analizó la relación bilateral con China. Contó con la presencia de dos congresistas expertos en seguridad nacional y en relaciones exteriores. Ambos parlamentarios coinciden en que el TPP está muerto y que estamos en un nuevo tiempo, en una era de acuerdos bilaterales. La anulación del TPP favorece a China, lo que pone a Beijing en una situación privilegiada de liderazgo regional. Sin embargo, insistieron en que Estados Unidos tiene herramientas para presionar a China, pues China necesita de los Estados Unidos y, por lo tanto, se podría llegar a acuerdos comerciales más justos para ambas economías.

En dicho evento se habló con mucha preocupación de Corea del Norte y, sin poder dar datos precisos pues nadie los conoce, se afirmó que Pyongyang tendrá el misil balístico intercontinental listo en poco tiempo. Razón por la que se deberían imponer más sanciones para acorralarlos. “…Nació como un monstruo y fue creado por oficiales soviéticos que parecían tener poca idea sobre la creación de un estado. Ellos convirtieron a Kim II-sung en un líder, pero cuando se dieron cuenta de que inspiraban poco respeto al público, levantaron en torno a él un culto a la personalidad de corte estalinista, de modo que el país acabó siendo gobernado por un rey dios, algo como los reyes de Corea antes de la ocupación japonesa”.  Esa es la descripción de este país, en palabras del ex-embajador inglés John Everand en Corea del Norte entre 2006 y 2008.

La situación interna de Corea del Norte es deplorable: aislamiento, hambruna, precariedad, por lo que imponiendo más sanciones se podría agudizar la crisis, y Kim Jong Un no podría pagar a sus generales, que son los que ayudan a mantener el régimen. Y tal y como quedó demostrado en Alemania oriental, sería la solución para acabar con este dictador.

En la discusión también se planteó que los Estados Unidos tienen la capacidad tecnológica de bombardear con emisiones radiofónicas u otros medios a la población de Corea del Norte con información de cómo se vive en Seúl y otros lugares desarrollados, como estrategia desestabilizadora del régimen. Y lo mismo se podría hacer en China, si se planteara la necesidad de presionar a Beijing con su colaboración estratégica en la región, sobre todo con Corea del Norte, a los que China suministra muchos de los productos que consumen. Pero tal y como los parlamentarios enfatizaron, no es en interés estadounidense desestabilizar un país como China.

Mientras el mundo intenta descifrar los códigos de la nueva administración Trump, da la sensación de que sencillamente responden al particular modo de relacionarse de este líder, donde al parecer la diplomacia no conoce su propósito sino los simples caprichos de quien lleva ahora las riendas de la nación.

Interregnum: Autoritarismo y populismo

Uno de los factores de la creciente inestabilidad mundial es el ascenso de grandes potencias con valores y principios políticos distintos de los occidentales. Rusia pretende recuperar su estatura internacional sembrando el desorden, mientras que China—que requiere de un entorno estable para su crecimiento económico—aspira, a un mismo tiempo, a reformar el sistema existente y a crear estructuras paralelas dirigidas por ella. Ambas comparten, sin embargo, una misma prioridad: la supervivencia de sus regímenes políticos. La denuncia de los principios liberales, del concepto de universalidad de los derechos humanos, y de las presiones a favor de la democracia ha acercado a Moscú y Pekín—y a otros como Teherán o Ankara—, y creado la percepción de que el principal desafío al sistema internacional de posguerra proviene de estos elementos externos.

El referéndum del Brexit y la victoria de Trump revelan, no obstante, que las amenazas al orden liberal están también dentro de casa. Que los conservadores británicos defiendan la democracia participativa, o que Estados Unidos haya elegido un presidente de métodos autoritarios, inclinado a una tarea genérica de destrucción más que a conseguir objetivos políticos concretos desde un marco coherente, son motivo de alarma. Rusia y China constituyen un tipo de desafío que Fukuyama no pudo prever al escribir sobre el fin de la Historia cuando concluyó la guerra fría: sistemas (pseudo-) capitalistas, pero al mismo tiempo autoritarios y profundamente nacionalistas. Desde Occidente resulta incomprensible que quien asume el libre mercado como método de creación de riqueza y prosperidad rechace a su hermano gemelo, la democracia liberal. Más difícil es por tanto interpretar el espectáculo de un presidente norteamericano convertido en amenaza al orden constitucional.

La regresión de la democracia no es un fenómeno nuevo. El sureste asiático ha sido en los últimos años, por ejemplo, una clara ilustración de esos “autócratas electos” que persiguen a sus opositores, fomentan la corrupción, intentan imponerse sobre jueces y legisladores, y desatienden las exigencias de los ciudadanos, motivando el escepticismo de estos últimos sobre el valor de la democracia. Tailandia, Malasia, Filipinas o Birmania son reflejo de una una transición política inacabada, en la que no siempre se avanza hacia delante. ¿Por qué se está produciendo, aunque a otra escala, ese mismo fenómeno regresivo en Occidente? El populismo no es—o no es solo—un movimiento contra las elites, sino contra el pluralismo. Sólo ellos, dicen sus líderes, representan al pueblo. La naturaleza excluyente de sus tesis choca con los principios más fundamentales del liberalismo, pero también con las demandas de progreso del siglo XXI.

El último informe anual de Freedom House, publicado la semana pasada, describe bien este doble fenómeno que amenaza nuestras libertades: el autoritarismo en distintas regiones del mundo, y el auge de fuerzas populistas y nacionalistas en los Estados democráticos. También hace unos días el nada sospechoso Economist Intelligence Unit ha modificado la definición de Estados Unidos en su último Democracy Index: de ser una “full democracy” pasa a ser una “flawed democracy”. Es posible, no obstante, que Trump se equivoque al minusvalorar la fortaleza de las instituciones de su país.

Quizá haya que dar la razón a Michael Ignatieff, cuando escribía el pasado año que la Ilustración, el racionalismo y el humanismo no sirven para entender el mundo de nuestro tiempo. Pensemos, sin embargo, que puede tratarse de un sarampión; una enfermedad contagiosa pero pasajera, si bien puede crear muchos estragos en el camino. Como en otros momentos de su historia, el liberalismo tendrá que reinventarse, adaptarse al mundo de la biotecnología y la inteligencia artificial, y ser capaz de responder a demandas y expectativas diferentes de las de otras épocas. Al mismo tiempo, sociedades envejecidas, unas; tecnológicamente avanzadas, otras; hiperconectas digitalmente, todas ellas; y con graves problemas de cohesión social y territorial, algunas; concluirán que, lejos de ser un obstáculo a la estabilidad, la democracia es el único instrumento para asegurarla.

¿Puede prosperar la democracia fuera de Occidente?

Dos tercios del éxito de Trump se deben a una sencilla idea: no al Islam”, dice un amigo. “Y esa es también la clave de Marine Le Pen y Viktor Orbán”. Cuanto más vociferan contra los musulmanes, más votantes los siguen, y no solo los más incultos. El economista Paul Collier aboga en Exodus (Oxford, 2013) por políticas migratorias preventivas porque la constitución de bloques culturales separados mina la confianza en los desconocidos, que es vital para que el capitalismo y la democracia funcionen. Una sociedad avanzada, dice, depende de “juegos de cooperación frágiles”. Guardamos cola en el ambulatorio porque los demás también la guardan, y entregamos a Hacienda una proporción estimable de nuestros ingresos a cambio de que haga un uso justo de ellos. Pero si nadie respeta los turnos y percibimos que ciertos grupos abusan de los servicios públicos, dejamos de cooperar. “A medida que la diversidad aumenta”, escribe Collier, “la cohesión disminuye y los ciudadanos se muestran menos proclives a sufragar los generosos programas de bienestar”.

¿Se han vuelto nuestros países demasiado diversos para resultar manejables? Las investigaciones realizadas en ciudades españolas que recibieron una entrada masiva de extranjeros confirman que la diversidad étnica nutre la desconfianza en los demás, pero el capital social emana también del funcionamiento de las instituciones y del respeto de la legalidad. La gente no participa en los juegos de cooperación únicamente porque se fíe del vecino, sino porque su vulneración se castiga, y los primeros en exigir que así sea son los expatriados, porque anhelan ese orden. La socióloga Berta Álvarez-Miranda cuenta que, cuando preguntas a un marroquí por qué emigra a Europa, la primera respuesta es “para buscarme la vida” y la segunda “por los derechos”. Dos jóvenes que intentaron (sin éxito) cruzar el estrecho, una vez a nado y otra colgados de los bajos de un camión, justificaban los apuros sufridos alegando que “ahí tienen leyes”. Y añadían: “Te juro que si nuestro país reconociera nuestros derechos no nos iríamos jamás”.

El historiador Niall Ferguson reconoce que esta es la norma. La mayoría de los musulmanes “vienen con la esperanza de labrarse una existencia mejor”, pero no dejan de ser “monoteístas convencidos” y han desatado “unos procesos similares” a los que causaron la caída de Roma. Europa, concluye, “ha abierto sus puertas a los extranjeros que codician su riqueza sin [obligarles a] renunciar a su fe ancestral”, y esta es difícil de “conciliar con los principios” de un “imperio laico”.

“Muchos estadounidenses”, coincide el filósofo Jim Denison, “asumen que la democracia y el Islam son irreconciliables porque lo asocian con el mundo árabe”, donde todo son satrapías. “Pero los árabes suponen un 18% de la comunidad de creyentes”. La nación musulmana más populosa, Indonesia, es una democracia, igual que Senegal. A lo mejor no son regímenes modélicos, pero en el Democracy Index de The Economist Indonesia figura a la altura de Argentina y Brasil, y Senegal queda muy por encima de Ecuador y Bolivia. ¿Son los latinoamericanos incompatibles con el estado de derecho? Nadie se lo plantea. Atribuimos sus problemas a un mal diseño institucional o a la corrupción, pero no a un antagonismo esencial, como a menudo damos a entender de los mahometanos. Y no son tan distintos, como comprobó Gallup tras los ataques contra las Torres Gemelas.

La empresa demoscópica realizó entre 2001 y 2007 una macroencuesta en 35 sociedades de mayoría islámica. Quería averiguar cuáles eran las inquietudes de sus habitantes y no halló grandes diferencias con las de la Europa cristiana. Cuando se les consulta por sus aspiraciones, no citan la yihad, sino encontrar un trabajo mejor. Odian los atentados contra los civiles, consideran que la tecnología y el estado de derecho son los principales logros de Occidente y, en su mayoría, se oponen a que los imanes intervengan en la redacción de sus leyes fundamentales. “El problema no es el Islam”, asegura el sociólogo de la UNED Héctor Cebolla, “sino una interpretación ultraortodoxa que se ha propagado gracias al dinero saudí y que resulta tan extraña en Marruecos como en España”.

O en Estados Unidos. Allí los yihadistas han matado a 94 personas entre 2005 y 2015. Para que pongan el dato en contexto, durante ese mismo periodo otras 301.797 murieron por armas de fuego. Sin embargo, cuando la Universidad Chapman pregunta a sus compatriotas cuál es su peor pesadilla, la más citada es la corrupción, la segunda el terrorismo y la quinta no son las armas de fuego, sino la posibilidad de que se controlen.

El cerebro humano es un artilugio muy extraño, y Trump por lo visto lo conoce muy bien.