THE ASIAN DOOR: China en un mundo post-pandemia. Águeda Parra.

Desde que China saliera al rescate de varios países desarrollados tras la crisis financiera de 2008, el mundo globalizado ha sido testigo del ascenso de la diplomacia china en busca de un sitio entre la élite de las grandes potencias. Más tarde, en 2013, el despliegue de la nueva Ruta de la Seda le ha permitido al gigante asiático ampliar su huella de influencia entre Oriente y Occidente. No solamente se trata de la mayor iniciativa de desarrollo de infraestructuras mundial hasta el momento, con las que China aspira a crear nuevas conexiones de comercio, sino que supone el despliegue de un mayor soft power. Un poder de influencia que no se limita a la región asiática, sino que se extiende por Europa, África y América Latina.

Estos dos períodos en los que China ha desplegado una mayor dosis de influencia han promovido cambios significativos en el juego geopolítico de equilibrios de poder a nivel mundial. Por una parte, el apoyo económico que el gigante asiático ofreció a países como Grecia y Portugal, fuertemente castigados por la crisis financiera de 2008, marcó el fortalecimiento de los lazos bilaterales que ha llevado, en última instancia, a que estos dos países se adhirieran a la iniciativa china. El último de los países europeos en formar parte de la nueva Ruta de la Seda era Italia, miembro del G7 y país fundador de Europa. Por otra parte, el despliegue de determinadas infraestructuras, no siempre consideradas las más necesarias para el desarrollo de los países, ha provocado un lastre económico muy elevado y una importante dificultad para devolver los préstamos, generando lo que ha pasado a llamarse “trampas de deuda”.

En este nuevo período, en una etapa post-pandemia, donde la recesión económica es generalizada a nivel mundial, la diplomacia China vuelve a desplegarse por aquellos países con los que durante estos los últimos años ha intensificado sus lazos bilaterales. Al apoyo gubernamental ofrecido por China para enviar ayuda sanitaria para la contención del COVID-19 se ha sumado el de empresas privadas, como la enviada por Jack Ma, fundador y presidente ejecutivo del titan tecnológico chino Alibaba, haciendo gala de una gran dosis de filantropía empresarial al estilo de otros grandes magnates internacionales. Un paso más con el que la diplomacia china da muestras de haber hecho avances muy significativos para incorporarse a la élite de las grandes potencias donde la aportación altruista es reflejo de una nueva etapa en la que se pretende mostrar una mayor responsabilidad social.

A diferencia de otras pandemias, esta crisis sanitaria ha contado con una componente tecnológica muy importante. Disponer de un ecosistema digital evolucionado ha sido diferencial, y el uso que países como China, y otros países asiáticos, han hecho de la geolocalización para la contención del COVID-19 ha permitido dar una respuesta más rápida para evitar un mayor número de contagios. La incidencia de la crisis sanitaria a nivel mundial puede conllevar que muchos países se replanteen la implementación de modelos tecnológicos que, de no haber sido por la experiencia del COVID-19, quizá no se hubieran planteado en los mismos términos, y posiblemente no a corto-medio plazo. De modo que, la forma en la que China “exporte” su tecnología a otros países influirá en cómo estos traten determinadas cuestiones como la protección de la privacidad, tan relevante en Occidente.

De esta forma, la pandemia se ha presentado para China como una gran oportunidad para desplegar diplomacia, pero también para fortalecer su vinculación con una responsabilidad social y el impacto que ésta tiene en el desarrollo de la sociedad mundial.

Irán y Siria, cambios en el escenario

Irán no pasa por un buen momento, a pesar de su continua propaganda, y sus planes y actuación en Siria está cambiando, y no por voluntad sido obligado por las circunstancias.

Hasta hace dos meses, Teherán estaba en pleno despliegue de su estrategia de consolidación de su poder y su influencia para imponer su presencia como potencia regional. Basándose en las poblaciones chiitas en la región y la alianza con Rusia para sostener el régimen de Al Asad en Siria, con creciente presencia en Líbano a través de Hizbullah y en Yemen, y haciendo crecer su presencia indirecta en los territorios palestinos a través fundamentalmente de la Jihad Islámica (sunnitas pero necesitados de recursos y apoyos) la sombra de Irán se extendía como una mancha provocando dolores de cabeza en Arabia Saudi y Egipto, además de en Washington y Jerusalén.

Así, bajo la dirección del general Qassem Soleimani se consolidaban las alianzas, se establecían bases cercanas a las fronteras de Israel y se negociaba con ese poder sobre la mesa.

Pero la muerte de Soleimani en un ataque estadounidense cambió el escenario. La coordinación entre las unidades iraníes sobre el terreno sirio se ha debilitado, los continuos ataques aéreos israelíes sobre posiciones iraníes y de Hizbullah ha causado numerosas bajas de oficiales iraníes y Rusia no está dispuesta a apoyar presiones sobre las fronteras de Israel. Y a todo esto hay que sumar el frente interno, es decir, extensión de la Covid 19, crisis económica y protestas crecientes aplastadas por la policía.

Resultado: Irán ha comenzado a replegar fuerzas hacia su territorio, retrocede en Yemén y planea reforzar sus actuaciones indirectas, es decir, terroristas en sus acciones exteriores.

La nueva Guerra Fría del S-XXI. Ángel Enriquez de Salamanca Ortiz

El Coronavirus sigue acechando las economías de todos los países del planeta y sus relaciones comerciales por temor al contagio y la propagación.

El brote de Coronavirus comenzó en la región de Wuhan, en China, y, debido a su rápida propagación y consecuencias socio-económicas, muchos países han llamado a este virus como el “virus chino” porque piensan que se ha creado en un laboratorio de la República Popular China. Hay que recordar que China ya ha pasado la cuarentena y ahora se está convirtiendo en el salvador de Occidente, el “Plan Marshall Chino” de ayuda a Europa  y, posiblemente, se convierta en el nuevo líder mundial tras esta crisis humanitaria. Por este motivo no es de extrañar que Donald Trump no quiera cerrar su economía y quedarse a “rebufo” de la economía asiática.

Ante el temor de que esto haya sido una estrategia de China, Australia ha solicitado al país asiático una investigación para saber el origen del coronavirus.

¿Ha sido el virus creado en un laboratorio de Wuhan o es 100% natural y ha saltado a los humanos?

El presidente Americano, Donald Trump, ha afirmado en repetidas ocasiones que el “virus chino” ha sido creado en un laboratorio de Wuhan, un virus que ha matado a cientos de miles de personas en todo el mundo. Esta pandemia ha desencadenado una batalla entre Pekín y la Casa Blanca; el PCCh no reaccionó a tiempo y ocultó los orígenes e información del virus, pero el país asiático ha manifestado, ante estas acusaciones, que el virus fue traído por militares americanos cuando se celebraron los “VII Juegos Mundiales Militares” que tuvieron lugar en Wuhan en octubre 2019 y atrajo a casi 10.000 atletas de más de 100 países de todo el mundo.

La OMS (Organización Mundial de la Salud) es un organismo de las Naciones Unidas especializado en gestionar asuntos sanitarios a escala mundial. Esta organización está financiada por los países miembros (194) y por otros organismos o fundaciones. Para el bienio 2018-2019 Estados Unidos aporto más de 550 millones de dólares, seguido de la fundación de Bill y Melinda Gates. La OMS ha reiterado en repetidas ocasiones que el virus es de origen animal y, ante esta situación, Donald Trump, ha acusado a la organización de gestionar mal la crisis sanitaria y de encubrir al país asiático y de actuar en su interés, por lo que el presidente americano ha retirado los fondos a dicha organización, unos fondos que suponen, aproximadamente, el 15% del total.

Australia, un fuerte aliado de Washington, ha solicitado a Pekín la realización de un estudio independiente sobre el origen del Coronavirus, pero el PCCh se ha negado y ha llegado a amenazar las exportaciones y el turismo si llevan a cabo la investigación. En el año 2015 entró en vigor el acuerdo de libre comercio entre China y Australia (ChAFTA), desde entonces, el 86% de las exportaciones australianas entran a China sin ningún tipo de restricción y, se espera, que para el año 2029, esta cifra alcance el 96%. China es el primer socio comercial de Australia y el gigante asiático ya ha invertido más de 65.000 millones de dólares australianos en el país.

Como represalias al intento de investigación, el gobierno chino ha establecido aranceles a la cebada y a otros productos y, ha suspendido la importación de vacuno, algo que no ha sentado bien al gobierno de Canberra, que ha amenazado con acudir a la OMC si siguen estas medidas tan drásticas e injustas.

China sostiene una colaboración entre Washington y Pekín para solucionar esta crisis humanitaria pero que, bajo ningún concepto, tolerará una intromisión de la Casa Blanca ni de ningún otro país en los asuntos de Taiwán y Hong-Kong, y tampoco pagará ninguna indemnización por la crisis del Coronavirus.

Científicos de todo el mundo han confirmado que el virus es salvaje o natural y que ha saltado a los humanos, incluso dentro de la administración de la Casa Blanca, la CIA lo ha confirmado. Quizás, al igual que ocurrió con Huawei, que dio lugar a la guerra comercial por presunto espionaje de la marca china en EEUU, esta sea una estrategia de Trump para debilitar la imagen ante la incipiente hegemonía que tendrá el país asiático en este siglo, una nueva guerra fría en este siglo XXI por la hegemonía mundial. Con todo y, a pesar de estas afirmaciones de la comunidad científica, ¿Por qué China se niega a una investigación?, ¿Qué hay detrás de la muerte de Li Wenliang, descubridor del virus y que hizo saltar la alarma?

Ángel Enriquez de Salamanca Ortiz es Doctor en Economía por la Universidad Complutense de Madrid y Máster en Relaciones Internacionales en la Universidad San Pablo CEU de Madrid

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@angelenriquezs

INTERREGNUM: Doble juego. Fernando Delage

Una doble dinámica—la pérdida de credibilidad de Estados Unidos bajo la administración Trump y la presión de China sobre sus Estados vecinos—está produciendo como efecto un acercamiento entre las democracias asiáticas con el fin de asegurar la sostenibilidad de una estructura regional basada en reglas. Los aliados y socios de Washington no renuncian a su protección—que, de hecho, quieren reforzar—, pero tampoco a las oportunidades económicas que representa la República Popular, a cuyo poder en ascenso no tiene sentido enfrentarse.

         En los últimos días ha podido observarse de nuevo ese doble juego dirigido a mantener, a un mismo tiempo, la estabilidad política de la región y la prosperidad económica nacional. Pese al desafío que representa China para sus intereses a largo plazo, Japón no ha querido sumarse al comunicado de Washington y Londres contra la ley de seguridad nacional aprobada por Pekín para su aplicación en Hong Kong. Y, de manera aún más simbólica, los primeros ministros de India y Australia, Narendra Modi y Scott Morrison, han acordado elevar el nivel de su asociación estratégica, concluida en 2009.

         El acuerdo entre Sidney y Delhi, que permite a ambas naciones el acceso a sus respectivos puertos y bases navales, refuerza sus vínculos en el terreno de la defensa, con un pacto similar al que ya firmó India con Estados Unidos en 2016. Los dos gobiernos consolidan de este modo el esfuerzo compartido de las grandes democracias marítimas de la región por evitar la modificación unilateral del statu quo por parte de China. Modi y Morrison coinciden en sus fines, en efecto, con su homólogo japonés, Shinzo Abe, “padre” del concepto del Indo-Pacífico. Aunque desde una perspectiva ligeramente distinta, la estrategia regional anunciada por la ASEAN el año pasado también persigue unos objetivos similares.

Pero también la propia China juega en un doble escenario. Junto a puntuales acciones coercitivas, Pekín mantiene vivo su apoyo a los procesos multilaterales. Así quedó de manifiesto la semana pasada cuando el primer ministro, Li Keqiang, indicó el interés de la República Popular por incorporarse al CPTTP, es decir, el antiguo Acuerdo Trans-Pacífico (TPP) reactivado por Japón para su firma después de que Estados Unidos lo abandonara. Recuérdese que el TPP fue una de las grandes iniciativas del presidente Obama para evitar que las naciones asiáticas pasaran a depender en exceso de la economía china. La ironía de que China quiera incorporarse a un acuerdo que se construyó contra ella es una poderosa ilustración del juego regional en curso.  Se trata en realidad de una mera declaración retórica, pues los requisitos para su adhesión—en materia de derechos laborales o de libertad de circulación de la información, por ejemplo—hacen inviable la participación de la República Popular. No obstante, es una muestra del reconocimiento por parte de los dirigentes chinos de los intereses que comparten con la mayoría de los Estados asiáticos, con independencia de sus diferentes valores políticos y de preocupaciones estratégicas contrapuestas. La intención norteamericana de romper su relación de interdependencia económica con China no hace sino reforzar el interés de Pekín por los acuerdos regionales.

De este modo, para sorpresa de sus propios aliados y socios en la región, mientras China y sus vecinos maximizan sus opciones, Estados Unidos limita las suyas al enrocarse en la denuncia de Pekín sin un concepto de orden regional futuro, y dando argumentos en consecuencia a quienes hablan de una nueva guerra fría. El lamento de sus amigos queda bien expresado por el primer ministro de Singapur, Lee Hsien Loong, en el próximo número de Foreign Affairs. En una excelente reflexión sobre el estado de cosas en la región, Lee renuncia a las sutilezas diplomáticas para describir de manera rotunda la situación: “Si Washington trata de contener el ascenso de China o Pekín busca construir una esfera de influencia exclusiva en Asia, comenzarán una escalada de confrontación que durará décadas y pondrá en peligro el largamente esperado siglo de Asia”. Las naciones asiáticas no quieren tener que elegir entre una u otra potencia, pero tampoco van a esperar a la resolución de este lance. Como han vuelto a revelar India y Australia hace unos días, intentan dar forma a un orden regional incompatible con la primacía de un solo actor; a un equilibrio multipolar en el que puedan primar las reglas y los valores democráticos.

Qué significa el cambio de estatus de Hong Kong. Nieves C. Pérez Rodríguez

El presidente Trump reaccionaba ante la nueva ley de seguridad nacional china con sanciones a Beijing. Pero también lo hacía amenazando con quitarle el estatus comercial del que Hong Kong ha gozado. Aunque aún es pronto para determinar con precisión los efectos de ese cambio, ¿qué significa esto para la región autónoma en cuestión?

Ese pequeño territorio de poco más de mil kilómetros cuadrados, que es el Silicon Valley de Asia, donde se ha desarrollado tecnología de primera, ha sido un puente entre China y Occidente. Con una cultura asiática fuertemente influenciada por la británica, podría desaparecer tal y como lo conocemos, por lo que acabaría convertido en una ciudad moderna china, una especie de Shanghái.

La Cámara de Comercio estadounidense en Hong Kong acaba de publicar un estudio de opinión hecho a sus miembros, en la que el 53,33% manifiesta estar muy preocupado con la nueva ley de seguridad nacional y un 30% medianamente preocupado. En cuanto a si se cree que la ley afectará a sus negocios, el 60% está convencido de que así ocurrirá. En la pregunta sobre si la aplicación de la ley los empujaría a irse de Hong Kong, el 32% respondió que sí, en contra de un 62% que cree que no. Y al posible traslado de las empresas, más del 70% afirmó no tener planes de traslados, frente a un 29% que admitió que lo haría.

En Hong Kong hay unas 1.300 empresas estadounidenses, de acuerdo a Al-Jazeera, y éstas emplean unas 100.000 personas. A Daryl Guppy -conocido analista financiero australiano- le preocupa que si se impusieran tarifas a esas empresas unos 66 mil millones de dólares estadounidenses estarían en riesgo, de los cuales 50 mil millones son exportaciones americanas a Hong Kong.

Otro aspecto engorroso sería el burocrático para acceder a Hong Kong. Hasta ahora para cualquier estadounidense visitar la isla implicaba un trámite sencillo. De necesitarse visas, el proceso sería más largo y complicado, y potencialmente quedaría en las manos de autoridades chinas.

La disputa aeronáutica. Los últimos días se han incrementado las tensiones en la obtención de permisos de las compañías aéreas estadounidenses que buscan reactivar sus vuelos a territorio chino. A pesar de que todo parece indicar que se restablecerán eventualmente, situaciones como éstas podrían dificultar los viajes a Hong Kong -que hasta ahora eran directos desde varios puntos de los Estados Unidos- por lo que otro destino podría ser más atractivo para inversionistas.

De acabarse con el atractivo de Hong Kong, Singapur podría ser la alternativa para las grandes corporaciones y marcas estadounidenses que estén en búsqueda de sustituir lo que ofrecía Hong Kong.

El target de las sanciones muchas veces no es el receptor exclusivo de las mismas. En este caso, el pueblo hongkonés está siendo afectado por partida doble. De un lado por el Partido Comunista chino con la imposición de la ley de seguridad nacional que acaba con “un país, dos sistemas” y por lo tanto, estaríamos frente a un país, un sistema, y con ello la caída de las libertades y el sistema democrático que han venido gozado. Y, por otro lado, la anulación del estatus económico especial que le había dado Washington, que le permitió florecer en el Hong Kong de hoy, dinámico, talentoso y en el centro financiero internacional que conocemos, puede causar un daño irreversible en la población, que lleva un año gritando no al control chino -con protestas en la calle-. Pero que desde hace mucho más teme que las alas de libertad se sustituyan con controles y restricciones.

THE ASIAN DOOR: El darwinismo llega a la industria del automóvil. Águeda Parra

En general, el COVID-19 está suponiendo un antes y un después para el desarrollo de un número importante de sectores; entre ellos, el del automóvil. Antes de la llegada de la pandemia, China sufría por primera vez después de 20 años un descenso en las ventas de hasta el 6% en 2018. Las ayudas para la compra de vehículos que el país ha mantenido activas desde 2015 llegaban a su fin y el mercado se resentía.

Antes de la crisis sanitaria, la apuesta de China por los coches eléctricos estaba dirigida a posicionar al gigante asiático como referente internacional ante la imposibilidad de competir a nivel mundial en la fabricación de automóviles de combustible fósil con los tres grandes hubs, Alemania, Japón y Norteamérica. En la estrategia de conseguir diferenciarse y pasar a formar parte de esta élite, China ha incorporado al entorno del vehículo el ecosistema digital que los consumidores chinos ya disfrutan en otros ámbitos de consumo. De hecho, los avances en inteligencia artificial, que desarrollan empresas como Alibaba AI Labs, también se aplican al mundo del automóvil. De este entorno de innovación surge la incorporación de la funcionalidad del asistente de voz Tmall Genie, que forma parte del set de accesorios que incluyen los vehículos BMW en China desde finales de 2019.

Sin embargo, la presión de la pandemia sobre el consumo, el desarrollo económico y la producción industrial están afectando severamente al sector. El paradigma darwinista de supervivencia de los más fuertes va a promover remodelaciones importantes. Por una parte, se observa que los grandes fabricantes extranjeros siguen apostando por el mercado de China como medio de mantener los índices de producción, realizando importantes inversiones, incluso en tiempos de pandemia. De esta estrategia de fortalecer la presencia en el mercado chino procede la decisión de Volkswagen de ampliar la participación que tiene con dos empresas locales dedicadas a la fabricación de coches eléctricos para conseguir una mayor capacidad de gestión en las operaciones, realizando una inversión de 2.200 millones de dólares.

Mientras las ventas de coches en China muestran signos positivos de recuperación por segundo mes consecutivo en el mes de mayo, la otra cara de la moneda la muestra la caída de las ventas en Europa, que se ha desplomado un 80%, siendo algo más moderada la caída registrada por los coches eléctricos que solamente cayeron un 23%. Una tendencia que, de mantenerse, puede dar mayor impulso para que las joint-venture entre empresas chinas y extranjeras que operan en China puedan dar el salto fuera del gigante asiático y establecerse en otros mercados compitiendo con los grandes fabricantes que están luchando por sobrevivir.

Algunos analistas consideran que los efectos positivos que ha tenido la crisis sanitaria sobre el medio ambiente pueden motivar que se impulse el mercado de los vehículos eléctricos a través de estímulos financieros e inversión en infraestructura en China, pero también en Europa. De esta estrategia post-pandemia quedaría fuera el mercado de Estados Unidos, donde es previsible que descienda la demanda de vehículos eléctricos al centrarse el mercado en los coches tradicionales que ofrecen un mayor margen.

El hecho de que China concentre actualmente el 29% de la producción mundial, sumado a la situación de recesión mundial que se está produciendo por efecto del COVID-19, puede propiciar que los fabricantes chinos inviertan en el extranjero, generando una mayor dosis de optimismo para la recuperación de la industria del automóvil a nivel mundial. De ahí que, después de una década, volvería a reproducirse el movimiento en el sector del automóvil por el que las empresas chinas salieron a invertir y, en ocasiones, también a adquirir marcas extranjeras. De entonces procede la adquisición de Volvo Cars a Ford por parte de Geely Holding en 2010, que sentó un precedente para que se realizaran otras operaciones similares, como el 5% que posee el fabricante chino de automóviles BAIC en Daimler. Ahora, en una etapa post-COVID, no solamente quedarán los más fuertes, sino que la concentración puede estar marcada por la apuesta que haga la inversión china en el sector del automóvil en los mercados extranjeros.

China-India, ¿un conflicto pasajero?

Los roces militares entre India y China de las últimas semanas en la explosiva frontera de Cachemira (explosiva por la máxima tensión entre India y Pakistán) ha hecho saltar la preocupación, pero casi nadie explica las razones profundas de esta tensión chino-india y muchos apuntan a una pérdida de control a partir de incidentes locales. Hubo ya enfrentamientos ocasionales en 2017 que se resolvieron bilateralmente.

En teoría, la construcción de una carretera para mejorar la comunicación entre una base militar india con sus puestos avanzados habría llevado a tropas chinas a ocupar varios kilómetros cuadrados de territorio que la propia China reconoce como de soberanía india.  Pero sorprende la iniciativa y la reacción cuando desde hace años ha aumentado la tensión en otro punto de la misma región, en la frontera entre India y Pakistán, con choques más serios, varios muertos, atentados terroristas islamistas y amenazas de guerra abierta.

La reacción de Pekín y Delhi ha sido la de llamar a la calma, establecer reuniones entre jefes militares de ambos países sobre el terreno y mantener contactos bilaterales abiertos. La crisis parece encauzada pero queda bajo observación.

En el escenario regional no parece que un aumento de tensión favorezca a ninguno de los dos países aunque lleven desde hace años en una educada pugna por aumentar su influencia en la región del Indo Pacífico.

China, aliado de la URSS y luego de Rusia durante la segunda mitad del siglo XX, ha comenzado a girar con suavidad hacia un mejor entendimiento con EEUU y aliados y China busca mejorar sus lazos comerciales y políticos con el sureste asiático y Pakistán. En ese escenario, un enfrentamiento abierto entre China e India produce algo más que escalofríos.

INTERREGNUM: Pekín aumenta la presión. Fernando Delage

Aunque falta aún tiempo y perspectiva para valorar las consecuencias geopolíticas del coronavirus, parece innegable que uno de sus resultados está siendo el agravamiento de la rivalidad entre Estados Unidos y China. Su impacto también resulta visible en el giro producido en el comportamiento de Pekín, que ha acelerado en las últimas semanas la estrategia orientada a expandir su influencia.

La neutralización del estatus semiautónomo de Hong Kong a través de la legislación de seguridad aprobada hace unos días es un ejemplo de dicha política, como lo son asimismo el aumento de la presión sobre Taiwán (y por tanto sobre sus vecinos del noreste asiático, Corea del Sur y Japón); y el anuncio de la realización de ejercicios militares en el mar Amarillo—con los dos portaaviones de que ya dispone su armada—, en unas maniobras que se extenderán en verano al mar de China Meridional. Aunque nada de esto es nuevo, en su conjunto reflejan la voluntad de los líderes chinos de redoblar la presión sobre sus “intereses fundamentales”—es decir, no negociables—y, mediante ellos, avanzar en sus objetivos de cambiar las reglas del juego en Asia. A ello también apunta un nuevo frente: la tensión con India.

Tres años después de la disputa en Doklam, punto de encuentro de las fronteras de ambos gigantes y de Bután, donde la construcción por la República Popular de una carretera provocó dos meses de enfrentamiento, sólo resuelto tras la retirada china, Pekín y Delhi vuelven a colisionar por su conflicto fronterizo, causa de la guerra entre ambos de 1962. Desde finales de abril, las fuerzas armadas chinas habrían movilizado a 5.000 soldados cerca de la “Línea de Control” que delimita el extremo occidental de la frontera entre los dos países, en Ladakh, al norte de Cachemira. India ha respondido mediante un despliegue similar de tropas. Las conversaciones diplomáticas mantenidas entre ambos gobiernos a finales de mayo no han conducido a ningún resultado, ni ninguno de ellos ha aceptado el ofrecimiento de mediación realizado por el presidente de Estados Unidos, Donald Trump.

La pregunta es inevitable: ¿por qué China hace esto? Y ¿por qué en este momento? Como se mencionó, los movimientos chinos en la frontera con su vecino meridional coinciden con sus intentos por consolidar su posición política y estratégica en el continente asiático. Si ha hecho de Hong Kong un nuevo factor de confrontación con Estados Unidos y Japón, a la vez que aumenta las tensiones con Vietnam, Filipinas y Malasia en el sureste asiático, y recibe las críticas de Europa, Australia y de numerosos países africanos, entre otros, por su gestión de la pandemia, complicar las relaciones con India no parece una política muy acertada. Especialmente después de que, en Doklam, Pekín se sorprendiera de la firmeza con que Delhi defendió sus principios. La razón es que India percibió entonces que lo que estaba en juego no era el control de un territorio menor, sino la batalla por el equilibrio regional. Por la misma razón, el gobierno de Narendra Modi tampoco va a retroceder tres años después, por mucho que China pretenda aprovechar la distracción interna creada por el impacto del coronavirus en India.

El activismo estratégico chino revela la confianza de sus dirigentes en su nuevo poder, pero también refleja una impaciencia por modificar el statu quo que puede convertirse en causa de vulnerabilidad. Rodeado por potencias rivales, cada vez más escépticas de las intenciones de la República Popular, Xi Jinping trata de demostrar que ni la pandemia ni sus efectos económicos han debilitado a China. Pero de Hong Kong a Australia, de Europa a Estados Unidos, de Japón a India, se acumulan los obstáculos a la ambición de convertirse en el hegemón regional y, por tanto, a su objetivo de “rejuvenecimiento nacional”. ¿Cuántos frentes puede Pekín gestionar sin contratiempos?

Paradoja hongkonesa

Ante los nuevos planes de China para reducir las libertades heredadas por Hong Kong del dominio británico y homologar sus normas al resto de China la reacción occidental ha sido la esperada: protestas airadas de EEUU, Reino Unido y Canadá, acompañadas de sanciones que, a la vez, dejan puertas abiertas al entendimiento, como parece lógico; y puesta de perfil de la Unión Europea bajo la eterna coartada de la prudencia. Las cartas están repartidas y el juego se mantiene aunque haya nuevos datos sobre la mesa.

A pesar de los discursos propagandísticos de Pekín sus compañeros de viaje y de las réplicas catastrofistas de algunos expertos, China no va a salir de la crisis de coronavirus mejor que antes. De hecho, las autoridades están haciendo previsiones de gastos ante eventuales crisis sociales como consecuencia del frenazo económico y para eventuales inversiones estratégicas. El gobierno prevé movilizar más de 800.000 millones de eurosentre gasto gubernamental, emisión de bonos públicos estatales y de los gobiernos territoriales e inversiones en proyectos de infraestructuras.

Pero, además de que, como todas las economías, China va a sufrir una contracción de la suya, tiene a la vez algunas dificultades estructurales que condicionan sus planes y le restan capacidad de maniobra. Por una parte se mueve en una cultura de gasto público ligada a su tradición política que necesita reducir pero que no consigue con rapidez, y, por otra, tiene una dependencia energética del exterior que le imponen una política de alianzas y accesos a fuentes no siempre coherentes con sus proclamas ideológicas. Aunque el pragmatismo chino es proverbial y creciente.

Al mismo tiempo, las posiciones de EEUU frente a la política china hacia Hong Kong pueden ser contraproducentes y, paradójicamente, allanar los planes chinos de limar la capacidad económica de la ex colonia en beneficio de otras zonas chinas. El presidente Donald Trump ha asegurado que Hong Kong no tiene la suficiente autonomía como para que EEUU le mantenga el anterior estatus, por lo que se derogarán todos los pactos entre ambos, cuestiones como el acuerdo de extradición, los controles de exportaciones o el acuerdo para uso de tecnología. “Tomaremos medidas para revocar el trato preferencial de Hong Kong como territorio aduanero y de viaje separado del resto de China”. No deja de tener razón, pero no parece que esto vaya a disgustar a China.

Hong Kong a la deriva. Nieves C. Pérez Rodríguez

Hace exactamente un año entrevistamos a Martin Lee, conocido como el padre de la democracia hongkonesa, durante una visita hecha al Congreso de los Estados Unidos. Lee fue fundador del Partido Democrático de Hong Kong, -el partido político más grande y popular- y participó en las negociaciones de traspaso del Reino Unido a China y en la redacción de la “Ley Básica” que es una especie de constitución hongkonesa. También fue durante más de 30 años miembro del Consejo Legislativo en diferentes periodos. Este relevante personaje en la historia democrática de Hong Kong y su conversión en una potencia económica y tecnológica nos decía en junio del 2019:

“Cualquiera de nuestras libertades están sujetas a Beijing. Y ellos pueden interpretar lo que está contemplado en nuestra Ley Básica a su conveniencia. Nuestra Corte protege nuestras libertades, pero Beijing cada día tiene más control sobre Hong Kong. En efecto, en el Libro Blanco de 2014 lo dijeron abiertamente y en siete idiomas: Beijing tienen jurisdicción completa sobre el territorio hongkonés y es la fuente de su autonomía. Aclarando que tienen control sobre Hong Kong, lo que contradice la Ley Básica, en la que se nos cedió un alto grado de autonomía, aparte de la defensa y relaciones internacionales”.

Esas palabras hoy toman una mayor fuerza y un mayor sentido. Un país y dos sistemas fue la política nacional de integración desarrollada por Deng Xiaoping en los años ochenta y que ha sido el modelo que se ha llevado a cabo y ha dado exitosos resultados, sobre todo resultados económicos, de los cuales Beijing se ha favorecido. Ha sido el estatus especial de independencia de Hong Kong lo que le permitió seguir operando como centro financiero internacional.

De acuerdo a lo contemplado en el traspaso del Reino Unido a China, el estatus especial de Hong Kong termina a los 50 años de su firma, lo que sería en 2047. Sin embargo, la nueva ley seguridad nacional para imponer control sobre territorio hongkonés, aprobada por unanimidad por el órgano legislativo chino, podría impedir, detener y castigar cualquier conducta que ellos consideren ponga en peligro la seguridad nacional china. Así como permite las operaciones de policía secreta china en territorio hongkonés, por lo que automáticamente los ciudadanos hongkoneses estarían en riesgo si manifiestan su opinión en contra del partido comunista chino, o protestan, o ejerciten cualquier derecho democrático del que han gozado hasta ahora. Además, el riesgo es extensible a los ciudadanos extranjeros que trabajan o están de visita en la isla.

Básicamente, la aplicación de la nueva ley de seguridad significa imponer en Hong Kong las medidas de seguridad que el Partido Comunista mantiene en el resto dl territorio y las cuales han sido denunciadas extensamente por los niveles de control, coerción y vigilancia sobre los ciudadanos.

Esta ley es un paso más que da Beijing para operar en un territorio que considera suyo y al que no ha accedido. Esperó a estar más fortalecido para ahora imponerse. Las masivas protestas que tuvieron lugar en Hong Kong durante meses fueron un grito de resistencia a las pretensiones de imponer una ley de extradición a territorio chino. Hoy la ley aprobada por Beijing socava todos los principios democráticos y de independencia jurídica que había conseguido Hong Kong en los últimos años.

La respuesta del presidente Trump a dicha ley imponiendo sanciones a funcionarios chinos que han trabajado en pro de erosionar las libertades hongkonesas, o la prohibición de entrada de chinos que representen riesgo para la seguridad estadounidense, o la investigación de empresas chinas en territorio estadounidense, mientras reconoce que Hong Kong ya no debe gozar de un estatus comercial especial porque ya no es una región autónoma, es una estacada para Beijing pero con un alto precio a pagar por Hong Kong.

De aplicarse la ley, Hong Kong se convertirá en una ciudad china, a pesar de contar con una ubicación geográfica estratégica, y perderá el atractivo para los inversores extranjeros debido a que sería igual que ir a otros centros económicos del territorio. Y con ello, el dinámico centro financiero internacional quedaría a la deriva o más bien en las manos de Xi Jinping, al igual que todo en China.

Pero sobre todo, Hong Kong perderá la libertad y la democracia de la que ha gozado y la que ha sido una especie de equilibrio en la región. Un enclave aliado para Occidente adyacente a China. Y con ello un latente riego para Taiwán.