Corea del Norte, el príncipe reloaded

Occidente menospreció el régimen de Pyongyang antes incluso de que naciera. Harry Truman creyó que Moscú aprovecharía la retirada japonesa de Corea del Norte para ocupar su lugar y que el desconocido Kim Il Sung era un títere de Iósif Stalin, pero resultó al revés. Kim se sirvió de Stalin para hacerse con la presidencia del Partido Popular y, desde ella, reunió un ejército con los soldados que habían luchado en la guerra civil china y se construyó una sólida base de poder. En septiembre de 1948, cuando se proclamó la República Democrática Popular de Corea, su nombramiento como primer ministro fue acogido con naturalidad y hacia 1949 se sentía lo bastante fuerte como para invadir el sur del país antes de que el sur del país lo invadiera a él.

La guerra no cambió nada en términos estratégicos. Corea siguió dividida por el paralelo 38, la frontera que Roosevelt y Stalin habían pactado para sus respectivas zonas de administración en 1945. Pero en lo económico los tres años de bombardeos fueron demoledores. No quedó ni un edificio en pie. Kim recurrió a una sucesión de programas plurianuales y los primeros salieron muy bien. El PIB crecía a tasas de dos dígitos y, a mediados de los 70, la CIA admitía que la renta per cápita era similar a la del sur. Los visitantes extranjeros veían pocas colas delante de las tiendas y los restaurantes, y la atmósfera era más optimista que en otros regímenes comunistas.

Los problemas surgieron en los 80. El primero fueron las limitaciones propias del modelo de desarrollo. La planificación central funciona bien para salir de la pobreza, pero sin la disciplina del mercado no existen muchos incentivos para innovar y, sin innovación, el progreso se agota tarde o temprano.

El segundo contratiempo fue geopolítico. Con la llegada de Mijail Gorbachov se esfumaron los cientos de millones de ayuda que Pyongyang recibía de la URSS. Luego, en 1992, China insistió en cobrar a precios reales los artículos que antes suministraba por debajo de coste y la importación de petróleo y cereales se hundió.

El último golpe lo asestó la naturaleza. El clima norcoreano permite una cosecha al año en condiciones favorables e, incluso cuando estas se dan, el rendimiento queda un 12% por debajo de lo necesario para mantener a su población. Pese a ello, Kim se empeñó en alcanzar la autosuficiencia o juche, un término que significa “identidad propia” y que, en materia agraria, se tradujo en el uso intensivo de fertilizantes y en la construcción de costosas instalaciones de regadío. Entre 1961 y 1988 la producción de cereales creció un 2,8% anual, pero la interrupción de la ayuda exterior redujo el acceso a los abonos que nutrían los cultivos y al carburante que movía las bombas. El suelo, además, se desgastó y, al depositarse en el fondo de los ríos, elevó su lecho y redujo su capacidad para absorber la lluvia. El resultado fue un aumento de las inundaciones, que en 1995 y 1996 adquirieron proporciones catastróficas. Luego en 1997 vendría una feroz sequía. Casi 800.000 personas murieron en aquel trienio.

Parecía el fin. Los expertos predecían la caída inminente del kimilsungismo y, de hecho, Barack Obama adoptó una posición de “paciencia estratégica”, confiado en que el empujoncito de las sanciones impuestas al tambaleante régimen por sus ensayos nucleares acabarían de echarlo abajo. Pero Pekín lo consideró siempre un planteamiento ingenuo y el reciente lanzamiento de cuatro misiles ha venido a darle la razón.

A los occidentales nos sorprende que unos líderes tan incompetentes como los Kim se perpetúen en el poder, pero en ningún lado pone que los gobernantes estén para atender las demandas de los gobernados. Maquiavelo ya advirtió que es mucho más seguro para el príncipe ser temido que amado y cada uno de los miembros de la dinastía norcoreana se ha preocupado por desplegar una crueldad implacable y meticulosa.

Pyongyang también ha explotado las diferencias de sus rivales. A Pekín le irritan las brutales ejecuciones de familiares en las que Kim Jong-un se ha especializado, pero nunca consentirá que la península se reunifique bajo el liderazgo de Seúl porque no quiere a un aliado incondicional de Washington al otro lado de la frontera.

Finalmente, el arsenal nuclear hace inasumible el coste de una invasión y se ha convertido en el fundamento de una lucrativa industria extorsionadora. Corea del Norte es una gigantesca pistola apuntada contra la sien de sus vecinos, que se apresuran a abrumarlo con ayuda humanitaria al menor signo de inestabilidad, no vaya a ser que le dé por apretar el gatillo. Los Kim ya no se molestan ni en dar de comer a sus súbditos.

Cambio de tono sí, ¿pero de fondo?

Washington.- Dejando a un lado la agresiva retórica a la que nos tiene acostumbrados, usando un tono mucho más moderado y sin duda conciliador se presentó Donald Trump ante el Congreso estadounidense, a sus ciudadanos y al mundo, quien mira con esperanza esta fase del presidente, que está más a tono con los discursos de los líderes occidentales y sobre todo de presidentes anteriores de esta nación. ¿Se entiende este discurso como un cambio de fondo? ¿O es tan solo un cambio de tono? ¿Hay un cambio real de la política exterior estadounidense?

El cambio de tono es muy importante, pero el fondo del discurso es en realidad la clave. Y el fondo del discurso desvela que no hay cambios sustanciales. Hubo más expresiones que no habíamos oído, como …”mi trabajo no es representar al mundo, es representar esta nación”; asumió que está gobernando un país dividido, o que el muro que separará la frontera del sur (evitando sutilmente mencionar a México) se comenzará a construir muy pronto. No mencionó a Corea del Norte, Rusia o China. Mientras, enfatizó la alianza inquebrantable con Israel a la vez que les recordaba amablemente a sus socios militares de la OTAN que deben pagar más cuotas, afirmando que ya algunos países lo están haciendo.

Este último punto, muy en consonancia con la línea de Steve Bannon, de exacerbación del patriotismo, nos recordó que los intereses de Estados Unidos estarán siempre primero en su agenda, que mantendrá su compromiso con la OTAN pero exigirá más a sus aliados. Lo cierto es que cada país miembro tiene una responsabilidad adquirida y debe responder por ella. Europa debe, incluso por sus propios intereses nacionales, ser capaz de pagar por su seguridad y financiar su defensa como parte fundamental de su política exterior.

El aumento histórico del gasto en defensa que ha propuesto, la reducción sustancial del presupuesto de ayuda internacional, y/o del Departamento de Estado, demuestran un cambio muy importante en lo que será la política exterior estadounidense. Con 58 billones de dólares para la defensa, que representa un aumento del 10%, el presidente Trump deja claro que fortalecerse internamente es una de sus prioridades y cumple con su promesa electoral de mantener a los Estados Unidos seguro. Ha puntualizado que habrá una partida para los veteranos de guerra, otra para la modernización de equipos y armamentos, y podríamos asumir que la mención que hizo al terrorismo islámico radical, en la que de acuerdo a sus propias palabras “los perseguirá hasta acabar con ellos”, indica que este plan estará contemplado dentro de este presupuesto. Confiamos en que otra partida será destinada a las zonas en conflictos en las que los estadounidenses siguen presentes y en donde cabe destacar que la gestión post-guerra ha sido nefasta. Aunque esa culpa sea de Obama, la ha heredado el actual presidente y está en obligación de asumirla.

La reducción de los presupuestos del Departamento de Estado y de las ayudas internacionales puede causar un efecto muy negativo para la diplomacia. Menos dinero significa menos presencia, menos diplomáticos, menos funcionarios estadounidenses por el mundo, que hacen un trabajo de apertura de diálogos y de influencia regional, y permiten a Washington mantenerse conectado y presente en el mundo. Son los diplomáticos los que previenen conflictos, enfrentamientos, y guerras. Paralelamente los programas de ayuda humanitaria, críticos en países muy pobres, en países devastados, son también los que ayudan a estas naciones a una transición a la esperanza, como fue el Plan Marshall en Europa en su momento. Incluso pueden servir para frenar la penetración de radicalismos en época de desolación y angustia social. Claramente su rol es diametralmente opuesto al que harían los soldados sobre el terrero.

Si el tono “presidencial” se debió al uso del teleprónter, y la ausencia de improvisación, que normalmente lo lleva a terrenos pantanosos de los que no puede salir ileso, por el bien de todos esperemos que siga haciendo uso de este sistema. Míster Trump aprovechó sus 60 minutos para alimentar su ego con cada ovación, con cada una de las veces que los presentes se levantaron para aprobar efusivamente sus planteamientos y con cada aplauso su satisfacción era visible. Todo esto, sumado a los comentarios positivos hechos por la prensa, que él mismo ha convertido en su más acérrimo enemigo, podría ayudar a un cambio de postura permanente de este nuevo líder, quien quizás prefiera ser criticado con guantes de seda y alabado por su comportamiento más apropiado. No olvidemos que así fue como vivió su vida antes de entrar al mundo político.

La doctrina Ledeen

“¿Cuándo fue la última vez que ganamos una guerra?”, se preguntaba Donald Trump el pasado 26 de febrero ante una enfervorizada masa de republicanos. El hombre lleva razón. Desde Vietnam, Estados Unidos no levanta cabeza. Lo han corrido por los rastrojos en Somalia, en Irak, en Afganistán. Y la razón es obvia. La desveló él mismo hace años en Playboy: “El mundo entero se ríe de nosotros porque derrochamos cada año 150.000 millones de dólares en proteger a países ricos a cambio de nada”. Pero esto se ha acabado. Ya está bien de sacrificarse por el prójimo. A partir de ahora va a pensar más en sí mismo y, como esos cincuentones en crisis que salen disparados de la consulta del terapeuta al concesionario de Harley y se regalan una Fat Boy, Trump se ha dado el caprichito de aumentar el gasto militar.

El presupuesto estadounidense en defensa ya es descomunal. Supera los 600.000 millones de dólares, lo que equivale al PIB de Argentina, la vigésimo primera economía del planeta. Este poderío le da una superioridad abrumadora en el campo de batalla. Aunque no hay datos precisos, se estima que por cada baja que los talibanes infligen a las tropas aliadas, estas les ocasionan 10.

El problema es que las campañas no se ganan solo matando. Hay que ocupar el terreno y eso exige una mentalidad que no abunda en nuestras acomodadas sociedades. Pocos occidentales están dispuestos a instalarse permanentemente en Asia, como hacían los oficiales de la Inglaterra victoriana. Los afganos lo saben y, aunque muchos de ellos odian a los talibanes, no se atreven a indisponerse con quienes consideran que tarde o temprano acabarán mandando.

¿Está condenado entonces Washington a ir de derrota en derrota? En absoluto. Acuérdense del arquero zen al que preguntaron cuál era el secreto de su gran puntería. “Primero lanzo la flecha”, respondió, “y luego pinto la diana”.

Lo mismo pasa con las guerras. La regla fundamental de cualquier estratega es elegir bien a quien se ataca. “Si la victoria es segura, es apropiado entablar combate”, enseña Sun Tzu. Es lo que hizo Ronald Reagan con Granada. Uno de los congresistas que investigaron la operación cuestionó su procedencia. “No corrían peligro ni un niño ni un civil americano”, señaló, como si eso fuera relevante. Cuando lo que se busca es el triunfo, no puede uno enredarse en consideraciones de seguridad o humanitarias. Ese fue el error de Lyndon B. Johnson, Bill Clinton y George W. Bush, y por eso acabaron embarrancados en Vietnam, Somalia e Irak.

Trump ha aprendido la lección. Es un firme seguidor de Michael Ledeen, un historiador famoso por la doctrina del mismo nombre que el columnista Jonah Goldberg resume así: “Cada 10 años, Estados Unidos necesita agarrar un pequeño país de mierda y arrojarlo contra la pared, únicamente para demostrar al planeta cómo se las gasta”.

Muchos de ustedes quizás objeten que difícilmente mejorarán así las relaciones internacionales, pero una vez más plantean la cuestión equivocada. La pregunta no es: “¿Cómo vamos a hacer del mundo un lugar seguro?”, sino “¿Cuándo fue la última vez que ganamos una guerra?”

Tener superávit comercial mola, pero mola más tener el dólar

Igual que tantos empresarios metidos a políticos, Donald Trump no puede evitar establecer una analogía entre la balanza comercial de un país y la cuenta de resultados de una compañía, y el déficit le pone lógicamente de los nervios. “Estamos perdiendo una enorme cantidad de dinero, de acuerdo con muchas estadísticas, 800.000 millones de dólares”, declaraba en 2016 al New York Times. “No me parece inteligente”.

Se trata de un temor injustificado. La posición de la balanza comercial no es un indicador fiable de la marcha de una economía. El superávit puede deberse a que sus ciudadanos ahorran y sus artículos son competitivos, lo que a su vez promueve las exportaciones y el bienestar a largo plazo, como pasa con Alemania. Pero puede ser asimismo fruto de una caída de las importaciones causada por el desplome del consumo interno. Los griegos llevan reduciendo su desequilibrio exterior desde 2008 y a nadie se le ocurre decir que van como un tiro. “Si los superávits comerciales fuesen tan buenos”, escribe Don Boudreaux, un catedrático de la Universidad George Mason, “los años 30 habrían sido una era dorada en Estados Unidos”. El único ejercicio de esa década en que su balanza comercial presentó números rojos fue 1936. “En cada uno de los nueve restantes arrojó superávit”.

Por su parte, el déficit puede indicar una expansión insostenible del gasto, como la que los españoles y los irlandeses protagonizaron a raíz de su ingreso en el euro, y eso tarde o temprano se paga. Pero también es una secuela inevitable de las compras de maquinaria necesarias para impulsar el desarrollo. El milagro de los tigres asiáticos fue acompañado de aparatosos déficits por cuenta corriente. El propio Estados Unidos los ha registrado la mayor parte de su existencia, “desde 1790 hasta nuestros días”, subraya Walter E. Williams, otro profesor de la George Mason. “Y durante ese periodo pasamos de ser una nación pobre y relativamente débil a la más próspera y poderosa”.

“Hay que tener cuidado con lo que se desea”, observa Neil Irwin. Una de las razones por las que a Washington le resulta más complicado cuadrar su balanza exterior es porque su banco central emite la principal divisa de reserva del planeta. “Cuando una empresa malaya hace negocios con otra alemana”, escribe Irwin, “emplea a menudo dólares, y cuando los magnates de Dubai o el fondo soberano de Singapur quieren colocar sus ahorros, eligen en buena medida activos denominados en dólares”.

Esta demanda revalúa el billete verde y hace menos competitivos los productos de Estados Unidos, pero también le permite disfrutar de tipos de interés bajos, anima su renta variable e impide que los capitales salgan pitando al extranjero al menor atisbo de recesión. “En 2008, cuando el sistema bancario estuvo al borde del colapso, pasó todo lo contrario”.

Y las ventajas no son solo económicas. “La centralidad del dólar en las finanzas mundiales”, sigue Irwin, “le proporciona [a la Casa Blanca] un poder del que nadie más disfruta”. Para implementar las sanciones a Irán, Rusia o Corea del Norte, le bastó con advertir que cortaría el suministro de dólares a cualquier entidad que no cooperase.

Si Trump quiere que América siga siendo influyente, le conviene preservar este resorte, aunque uno de sus efectos secundarios sea el déficit comercial. Al fin y al cabo, tampoco parece haberle impedido progresar espectacularmente.

INTERREGNUM: Vuelven las Spratly

El pasado 22 de febrero, Reuters desveló que China ha concluido la construcción de dos docenas de estructuras en las siete islas artificiales que controla en el mar de China Meridional; estructuras aparentemente diseñadas para albergar misiles tierra-aire de largo alcance.

Pese a sus promesas de no militarizar las islas, el gobierno chino ha continuado consolidando su dominio de un espacio clave para la navegación marítima, por el que circula la mitad del comercio internacional, el sesenta por cien del gas y el petróleo, y un porcentaje aún mayor de las exportaciones e importaciones de la República Popular. La expansión de sus capacidades de defensa aérea representa una clase señal de sus intenciones para los países de la región, pero también para Estados Unidos, cuya nueva administración afronta así un desafío añadido en Asia tras el reciente lanzamiento de un misil por parte de Corea del Norte en el mar de Japón.

Pekín, que ha reconocido la existencia de dichas estructuras, afirma su naturaleza meramente defensiva. No obstante, en su intento por modificar el status quo mediante una política de hechos consumados, sus acciones sitúan a Washington ante la obligación de pronunciarse. Las potencias en ascenso suelen poner a prueba a las establecidas para averiguar el alcance de su voluntad de intervención, y sembrar la duda sobre la credibilidad de sus compromisos de seguridad.

Los movimientos chinos tienen, por tanto, un impacto directo sobre sus vecinos. El día anterior a la publicación de la noticia, concluyó en Boracay una reunión de los ministros de Asuntos Exteriores de la Asociación de Naciones del Sureste Asiático (ASEAN), en la que—de manera unánime—manifestaron su preocupación por la militarización de las Spratly, aunque sin mencionar de manera explícita a China. El ministro filipino, Perfecto Yasay, actual presidente rotatorio de la organización, declaró además su optimismo sobre la adopción en unos meses, tras más de 10 años de negociación, de un código de conducta vinculante entre Pekín y la ASEAN sobre el mar de China Meridional.

En el año que celebra su L aniversario, la ASEAN se esfuerza por transmitir una imagen de unidad y cohesión, sin la cual corre un grave riesgo de irrelevancia como actor estratégico. Pero China tiene sus medios—económicos y financieros en particular—para dividir al grupo y contar con el apoyo de sus Estados más débiles. Quizá también observa la nula atención prestada al sureste asiático por la administración Trump, cuya política asiática se ha limitado hasta la fecha a reafirmar sus alianzas con Tokio y Seúl, y a confirmar—tras unas primeras declaraciones contradictorias—la política de una sola China con respecto a Taiwán.

Antes de su primer viaje a Asia, previsto para el próximo otoño, Trump deberá dar forma a una estrategia regional más elaborada, que quizá no sea tan diferente de la formulada por su competidora de campaña, Hillary Clinton, bajo el presidente Obama. El cambio en la distribución de poder en Asia y las fuerzas estructurales que conducen a la competencia entre Washington y Pekín son independientes de los líderes de turno. Pero mientras se rechaza el criterio de los antecesores para buscar una nueva fórmula que—por la naturaleza de los intereses en juego—, será parecida pero con otro nombre, pasarán varios meses durante los cuales Pekín seguirá avanzando—de manera cada vez más irreversible—en la transformación del orden regional.

Un test para medio mundo

El asesinato de Kim Jong-nam, hermano del líder norcoreano Kim Jong-un, nos trae la imagen cinematográfica de la técnica mas acrisolada de los servicios secretos adiestrados en la escuela moscovita que nació de la Revolución de Octubre y que han producido muchos ejemplos, como  el asesinato en Londres, por agentes de Bulgaria, con un paraguas envenenado, del disidente búlgaro Gueorgui Ivanov Markov, el 11 de septiembre de 1978; o el del espía ruso que desertó a Occidente Aleksandr Válterovich Litvinenko, irradiado con polonio, tras acusar a la dirección de los servicios secretos rusos de la eliminación de disidentes.
Pero esta muerte, que parece apuntar a los servicios secretos de Corea del Norte, además de estas evocaciones pone sobre la mesa la inmensa tensión y las luchas por el poder que están ocurriendo tras las bambalinas del hermético régimen norcoreano. Poco se sabe de estas luchas, aunque sí que han hecho desaparecer a parientes y colaboradores del presidente acusados de conspirar para acceder al poder.
 Kim Jong-nam, hermano mayor del actual líder era el heredero natural,  pero unas costumbres fuera de las normas oficiales, sus viajes al exterior y una vida menos reglada de lo que suele llevarse por aquellos lugares, sirvieron de coartada para apartarle del poder hasta el punto de que ya había sufrido otros intentos de asesinato e, incluso, en una ocasión, tuvo que mediar China para pedirle a su hermano clemencia. Que el asesinato, si ha sido obra del Gobierno norcoreano, haya tenido lugar en estos momentos podría significar que la situación interna es más delicada que nunca, que los equilibrios de poder son más frágiles y que el régimen está necesitado de demostraciones de fuerza, hacia adentro, como este asesinato, y hacia afuera, aumentando la tensión con Corea del Sur, Japón y Estados Unidos.
En este contexto adquieren una mayor importancia los gestos y las palabras desde Occidente, junto con la vigilancia y la disposisición a no ceder, y se ensancha aún más el campo para que la diplomacia China juegue a intermediar a cambio de concesiones en la zona de sus interés estratégico. Ahí hay un test para Trump y su equipo y un motivo de preocupación para Rusia que ve como se tensa más una situación en sus fronteras orientales sin que Moscú, al menos de momento, esté jugando un papel tan decisivo como en otros escenarios.

MALABARES ENERGÉTICOS

La contaminación en China constituye uno de los mayores focos de descontento social y, eventualmente, podría cuestionar la capacidad de sus autoridades para mejorar las condiciones de vida de sus ciudadanos. El Gobierno, consciente de la urgencia de mejorar esta situación, anunció en el plan quinquenal de 2015 que doblaría la producción eólica y quintuplicaría la solar. Con ello pretendía reducir  el uso intensivo del carbón que todavía supone un 65% de la mezcla energética del país, y que le convierte en el mayor emisor de CO2 del mundo.

Gracias a las fuertes inversiones estatales y al impulso de la producción propia, China se ha convertido en el país con más potencia eólica y solar instalada. Además, es el mayor productor y consumidor de tecnología para renovables.

Sin embargo, esta capacidad para generar energías limpias no está siendo aprovechada en toda su extensión debido a varios factores. En primer lugar, la mala ubicación de los parques energéticos, que se encuentran situados en la región noroeste, principalmente Gansu, Xinjiang y Tibet, alejada de las zonas más pobladas de la costa, y por tanto las que mayor demanda presentan. En segundo lugar, la deficiente red de distribución, con pérdidas de hasta el 30%, y la baja calidad de las turbinas eólicas y paneles solares instalados, cuyo rendimiento es mucho menor que el de los fabricados en Europa o EEUU.

En tercer lugar está la resistencia de los lobbies de las energías fósiles y de los gobiernos locales. Los primeros defienden sus privilegios, mientras que los segundos tratan de proteger el empleo que genera el sector de carbón, que se compone de pequeñas industrias diseminadas por todo el país. Esto provoca que los gobiernos locales prioricen la distribución de la energía procedente de fuentes fósiles, y explica la existencia de parques eólicos y solares preparados para producir energía limpia que no se conectan a la red.

Este conjunto de limitaciones en el uso de energías renovables es lo que se conoce como “curtailment”, y son las responsables de que China, con el doble de potencia instalada que EEUU, tenga prácticamente la misma capacidad de generación.

Por tanto, mientras que mejorar la ubicación de los nuevos parques, aumentar su rendimiento, o evitar pérdidas en la distribución, constituyen una cuestión técnica de la que ya está ocupando el gobierno de Pekín, conectarlos a la red (y en que medida) es una cuestión política que dependerá de la osmosis existente entre el descontento generado por la contaminación y el provocado por la falta de empleo. Pero los gobernantes chinos, con Xi Jinping a la cabeza, ya nos tienen acostumbrados a este tipo de malabares, donde tratan de  compensar reformas y desempleo o inversión y deuda. Aunque siempre con un denominador común, evitar la inestabilidad social que deslegitime al Partido y pueda hacerles perder el poder.

La otra cara de la moneda

Washington.- El movimiento Trump despertó a muchos ciudadanos que nunca habían participado en actividad política alguna, despertó a algunos que se sintieron identificados con su discurso de añoranza de los años de abundancia y de una economía que no volverá. Activó a grupos opuestos a las ideas políticamente incorrectas, y, sin duda, de occidente a oriente todos coinciden en que es un fenómeno nuevo en un país donde los cambios políticos en la historia reciente no solían ser dramáticos. Ese discurso incendiario y populista deja muchas brechas abiertas en las que cualquier oportunista encuentra su espacio. Este es el caso del “Supremacismo Blanco”, una ideología que defiende la no contaminación de la etnia blanca, y que ha encontrado en los valores de esta Administración cabida para justificar sus ideas retrógradas.

En las propias palabras del líder de la organización Alt-right, Richard Spencer: ”Queremos revivir el imperio romano, revivir la gran Europa de los blancos”. El presidente Trump, según Spencer, es el primer paso hacia este camino, pues su campaña se basó en rescatar la identidad del país. Y la identidad de Estados Unidos la crearon los europeos que instauraron el Estado y el orden político establecido. Por lo tanto, son los blancos quienes tienen derecho a retomar las riendas de este país, de acuerdo a su visión, muy a pesar de la población multicultural que vive y aporta al crecimiento de la economía nacional.

La población de Estados Unidos se divide fundamente en 4 grupos: una mayoría de blancos que representa un 63% del total, seguido por los hispanos (15%), los afroamericanos 13% y los asiáticos que son el 5% de población estadounidense, pero que, según las proyecciones, para el 2050 podrían superar considerablemente su influencia, pues se espera que su crecimiento sea del 115%, mientras que se estima que la población blanca por el contrario declinará su crecimiento en un 5%, según la Oficina estadounidense de Censo.

Este es un país complejo, con una larga historia de esclavitud, discriminación racial, reñidas luchas políticas entre republicanos y demócratas que han dibujado las leyes de acuerdo al momento histórico, pero que han respetado una misma constitución desde 1787, siendo la constitución más antigua aún vigente en el mundo. Las diferencias entre la costa este y la oeste, o el norte del país con el sur, y el centro son también profundas. Estas diferencias están presentes en la demografía. Por ejemplo, en el centro del país la presencia de afroamericanos es casi inexistente, Nuevo México es el estado donde el 47% de los ciudadanos que allí habitan son hispanos, o California que cuenta con la mayor población asiática de todo el país.

Cuando los radicalismos se apoderan de la población, las respuestas pueden llegar a ser realmente graves. Una de las etapas oscura de la historia de Estados Unidos fue justo después del bombardeo de Pearl Harbor en 1941, cuando el presidente Roosevelt, a través de un decreto ejecutivo, reubicó a unos 120.000 japoneses (muchos de ellos legales, otros nacidos aquí) en campos de retención alegando razones de seguridad. Esta medida extrema, considerada como de las peores violaciones de derechos civiles y libertades, se puso en marcha para dar respuesta al sentimiento de rechazo que empezó a crecer en la población civil hacia los japoneses después del bombardeo.

Fue tan solo en la década de los 50 que se acabó con la segregación en los colegios, o en los años 60 que se promulgó el Acta de Derechos Civiles, con el objetivo de prohibir la discriminación por motivos de raza, origen nacional, religión o sexo, además se quería garantizar la igualdad de voto.

Sin embargo, la existencia de leyes no puede frenar la creación de organizaciones racistas como Alt-right. Este grupo de extrema derecha que se autodefine como nacionalista blanco pero que no aceptan ser neonazis, durante los meses álgidos de la campaña electoral aprovecharon espacios para avivar sentimientos en quienes de alguna forma se sienten desplazados por la diversidad étnica que ha venido experimentando este pais.

Los discursos oportunistas muchas veces devienen en estos productos, en que personajes anónimos se sienten apoderados con el arma de la palabra y el uso de ideologías absurdas que añoran momentos históricos para justificar sus ambiciones. Así pues este grupo se ha instalado en el norte de Virginia, Alexandria, estado sureño, corazón de la rebelión en la época de la guerra civil y parte de las razones que llevaron a Abraham Lincoln hace más 150 años a proclamar la emancipación de los esclavos.

El presidente Trump y su equipo deberían prestar atención al efecto combustible que tiene las palabras o los hechos, como el decreto de inmigración, que de momento el poder judicial ha neutralizado. Deberían evaluar las consecuencias de una nación dividida y sus nefastos efectos tanto para el desarrollo como el bienestar y la paz de la nación.