INTERREGNUM: Xi repite en Davos. Fernando Delage

En enero de 2017, justo antes de la toma de posesión de Trump, el presidente chino, Xi Jinping, fue a la reunión anual de Davos para—frente a las inclinaciones proteccionistas de su homólogo norteamericano—defender ante la élite financiera y empresarial mundial la globalización y el libre comercio. Cuatro años más tarde, sólo unos días después de la inauguración de Biden (el 25 de enero), Xi pronunció un nuevo discurso ante el Foro Económico Mundial (en esta ocasión de manera telemática). En un mundo golpeado por la pandemia y el repliegue nacionalista, el líder de una China que ha logrado controlar el contagio y recuperar el crecimiento recurrió al imperativo del multilateralismo como eje de su intervención. Sus palabras pusieron una vez más de manifiesto la habilidad de los dirigentes chinos para intentar liderar la agenda internacional en un momento de transición geopolítica y económica, pero también la contradicción de fondo entre la retórica que quieren transmitir al mundo y las acciones de presión en su vecindad.

En 2021, Xi no puede contrastar sus ideas sobre la economía y el orden global con las de Biden como sí pudo hacerlo con Trump. Pero sigue actuando bajo la convicción de que Estados Unidos afronta una etapa de declive, y de que “los mayores cambios producidos en un siglo en el sistema internacional” (frase que suele repetir), ofrecen a China una oportunidad histórica para situarse como una de las potencias centrales. Su descripción de la República Popular, un actor que frente al egoísmo de las grandes potencias tradicionales se mueve guiada por los mejores intereses de la humanidad, no convencerá a muchos, pero a las naciones emergentes—su audiencia preferente—les gusta su mensaje de que “cada país es único” y “ninguno es superior a otro”. Los problemas del mundo, dijo Xi en Davos, no derivan de las diferencias entre las naciones, sino de la pretensión de algunos de imponer su sistema a los demás.

Al negar la universalidad de los valores liberales mientras identifica a la República Popular con “los valores comunes de la humanidad”, el líder chino plantea un terreno de competición, el de las ideas, al que Biden no podrá sustraerse. Pero con carácter más inmediato, Pekín también ha dado la bienvenida al nuevo presidente de Estados Unidos en forma de nuevas acciones en su periferia marítima que confirman la atención que la Casa Blanca tendrá que dedicar al gigante asiático desde el comienzo de su mandato.

El 22 de enero, sólo días después de una gira del ministro de Asuntos Exteriores por el sureste asiático que le llevó a Birmania, Indonesia, Brunei y Filipinas, China aprobó una ley que, por primera vez, autoriza a sus guardacostas el uso de la fuerza frente a buques de terceros países en aguas reclamadas por China (es decir, en el mar de China Meridional). La legislación va dirigida contra aquellos Estados vecinos que también reclaman su soberanía sobre las islas de este espacio, pero constituye asimismo una advertencia a Estados Unidos, uno de cuyos portaaviones acaba de realizar una nueva operación de libertad de navegación. Por otra parte, 11 unidades de la fuerza aérea china irrumpieron en el espacio aéreo de Taiwán el 23 de enero, y otros 15 aviones lo hicieron de nuevo dos días más tarde. Mediante este despliegue, indicó el gobierno chino, se trataba de lanzar una advertencia a “las potencias externas” (es decir, a Estados Unidos).

La competición estratégica en el mar de China Meridional y en el estrecho de Taiwán continúa pues en pie, complicando los esfuerzos de la administración Biden por mejorar las relaciones con China. Las nuevas capacidades militares de la República Popular obligan a Washington a reajustar su estrategia de defensa, a lo que también obligan otros movimientos chinos en la economía (como la reciente Asociación Económica Regional Integral) o la política (como su relación con los militares birmanos, por citar un solo ejemplo).

THE ASIAN DOOR: 7 claves sobre el Acuerdo Integral de Inversión UE-China. Águeda Parra

SIETE AÑOS DE NEGOCIACIONES. Ha sido un largo trayecto hasta completar el Acuerdo Integral de Inversión entre la Unión Europea y China. Las negociaciones han durado siete años hasta llegar a la firma el pasado 30 de diciembre de 2020, a pocos días de finalizar el año y antes de que se acabara la presidencia rotatoria semestral de Alemania en el Consejo de la Unión Europea. Entrará en vigor en 2022.

ACCESO AL MERCADO CHINO, DEMANDA REITERADA INCORPORADA. El acuerdo recoge varios aspectos que han sido una demanda constante entre las empresas europeas que operan en el país. Entre los más destacados, el acuerdo recoge un mayor acceso al mercado chino y la eliminación o reducción del requisito de tener que crear una empresa conjunta con un partner local para operar en el país. Asimismo, el acuerdo también contempla que las empresas europeas recibirán el mismo trato que las chinas, además de avanzar en una mayor transparencia regulatoria. A todo ello, hay que sumar un tema que ha sido central en las negociaciones: se elimina la transferencia de tecnología en determinados sectores.

RECIPROCIDAD: CABALLO DE BATALLA ENTER LA UE-CHINA. Uno de los principales reclamos de la UE a China ha sido el importante desequilibrio existente en el nivel de apertura entre el mercado chino y el europeo, sobre todo cuando Europa es uno de los mercados más abiertos a la inversión, de aquí que la desproporción fuera evidente.

La falta de reciprocidad siempre ha sido el caballo de batalla entre la UE y China ya que China ha mantenido viva una lista de sectores económicos restringidos a la inversión extranjera que se han ido reduciendo con el tiempo. Ahora, con este acuerdo, se avanza en mejorar la tantas veces reclamada reciprocidad.

MANUFACTURA Y SECTOR SERVICIOS, LAS GRANDES ESTRELLAS. El sector manufacturero es uno de los grandes baluartes de China, y de hecho más de la mitad de la inversión de la UE se realiza en este sector. El gran avance que se produce con este acuerdo es que, por primera vez, China dará acceso a este mercado a un socio. En este sector está incluida la industria automotriz, tanto de automóviles tradicionales como los de nuevas energías, además de la producción de equipos de transporte y sanitarios, entre los más destacados.

El sector servicios también forma parte del acuerdo. En este ámbito se incluye el floreciente ámbito de los servicios financieros, las renovables, una mayor apertura en los servicios en la nube, la sanidad privada y el transporte aéreo, entre otros.

ACUERDO DE LIBRE COMERCIO. De entre los acuerdos que China tiene con otros países, el Acuerdo Integral de Inversión con la UE, conocido en inglés como Comprehensive Agreement on Investment (CIA), es el más ambicioso que ha firmado el gigante asiático con otro socio y resulta de gran importancia económica para la UE. El objetivo principal es reequilibrar la relación comercial y de inversiones existente, pero también se podría considerar como la antesala de un futuro acuerdo de libre comercio entre ambos mercados.

INFLUENCIA Y ASERTIVIDAD EN ASIA. Uno de los aspectos más importantes del acuerdo es que se elimina el requisito de necesitar crear una joint-venture, un gran avance para la inversión europea que lleva años operando en China. Contar con un acuerdo como el recientemente firmado, supone para la Unión Europea dar un salto cuantitativo y cualitativo en las relaciones bilaterales con China, un paso más en consolidar su influencia en la región y su asertividad en Asia.

GOLPE DE EFECTO. A nivel geopolítico, el acuerdo de inversión entre la UE y China, así como el anteriormente firmado por China con otros 14 países de la región de Asia-Pacífico con el que se ha creado el mayor acuerdo de libre comercio del mundo, conocido en inglés como RCEP, ofrecen a China un entorno de estabilidad y un escenario muy propicio para recuperase de la pandemia. El golpe de efecto se produce por el avance realizado por China sin necesidad de esperar a ver cuáles serán las medidas que tome la nueva administración Biden después del deterioro que han sufrido las relaciones con Estados Unidos tras más de 2 años de guerra comercial.

Los primeros días de Biden. Nieves C. Pérez Rodríguez

Recién se instalaba el presidente Biden en la Casa Blanca la semana pasada y Beijing aprovechaba la ocasión para enviar un mensaje a la nueva Administración durante el fin de semana. De acuerdo con el ministro de Defensa de Taiwán “trece aviones chinos traspasaban la zona de identificación de defensa el sábado y otros quince lo hacían el domingo pasado”. A lo que el Departamento de Estado rápidamente respondió con una fuerte declaración en la que decían:

“Observamos con preocupación el comportamiento de China de intimidar a sus vecinos como Taiwán. Instamos a Beijing a que se cese su presión militar, diplomática y económica contra Taiwán y que por el contrario entable un diálogo significativo con los representantes elegidos democráticamente en la Isla”. Asimismo el comunicado afirmaba que “el compromiso de Estados Unidos con Taiwán es tan sólido como una roca y contribuye al mantenimiento de la paz y la estabilidad en todo el estrecho taiwanés y en la región”.

Posteriormente, el martes de esta semana un avión de guerra chino y otro estadounidense volaron con una cercanía muy próxima sobre el mar del sur de China dejando por sentado que el pulso que hubo entre el presidente Trump y China va a continuar con el nuevo inquilino de la Casa Blanca. Al mismo tiempo, las autoridades marítimas chinas anunciaban ejercicios militares en las aguas de la península de Leizhou desde el miércoles hasta el sábado sin dar más detalles de qué tipo de ejercicios se estarán llevando a cabo.

China sostiene que el mar del sur de china es suyo casi en su totalidad, basándose en unos mapas chinos de 1953 en donde aparecen las líneas de los nueve guiones en donde se auto conceden dichas aguas a las que Vietnam, Brunéi, Taiwán y Malasia también aspiran y argumentan que esas aguas son de su propiedad y lo han sido históricamente. La disputa se ha intensificado en los últimos años en la medida en que China ha ido tomando mayor fuerza regional y más protagonismo internacional. A ello Estados Unidos ha venido respondiendo con él envío de barcos de patrullaje con el propósito de garantizar la libre circulación marítima de los mares.

Y, en efecto, el sábado pasado también entraba a esas aguas el portaaviones Theodore Roosevelt por el canal Bashi entre Filipinas y Taiwán como parte la campaña estadounidense de promoción de libertad de los mares. Lo que una vez más es otra prueba de que habrá continuidad en la política exterior estadounidense a pesar del cambio de la Administración.

“No hay duda de que China plantea el desafío más importante para Estados Unidos” fueron las palabras del ya confirmado nuevo secretario de Estado de la Administración Biden, Antony Blinken, mientras se mostraba confiado en que había una sólida base para construir una política bipartidista para enfrentar a Beijing, durante su audiencia de interpelación en el Congreso.

La nueva Administración invitó a la encargada especial de Taiwán en los Estados Unidos Hsiao Bi-khim, o, en otras palabras, la embajadora de facto de Taiwán, a la toma de posesión de Biden como invitada especial en una ceremonia que contó con un número pequeño de invitados debido a la pandemia. Otro guiño que expresa el apoyo hacia Taiwán.

Tal y como pronosticamos en esta columna hace unas semanas, la nueva Administración hará un acercamiento con sus aliados tradicionales. Aprovechando la celebración del día nacional de Australia, el Departamento de Estado felicitaba a la nación y recordaba en el comunicado que se están preparando para conmemorar el 70 aniversario de la firma del tratado de seguridad de Australia, Nueva Zelandia y los Estados Unidos -ANZUS, por sus siglas en inglés- a finales de este año. Y aprovechaban la ocasión para decir que observaban con orgullo cómo esta alianza entre democracias afines ha ayudado a garantizar la paz y la prosperidad y estabilidad en toda la región. Mientras, ratificaban su compromiso con los valores compartidos lo que sienta las bases para la continuación de la construcción de una región del Indo Pacífico más abierta, segura y próspera.

Entre las primeras llamadas que ha recibido Biden justamente se encuentran el primer ministro canadiense, Justin Trudeau, y el británico Boris Johnson. Por su parte, el asesor de seguridad nacional de la Casa Blanca, Jake Sullivan, sostuvo una llamada con su homólogo de surcoreano Suh Hoon, en la que se discutió el compromiso y la importancia que tiene para la nueva Administración estrechar la alianza con Seúl en diversos temas como los desafíos regionales y mundiales. También conversó con su homólogo israelí, Ben Shabbat, en el que expresó el compromiso inquebrantable del presidente Biden con la seguridad de Israel mientras le extendía una invitación para iniciar un diálogo estratégico para continuar discusiones sobre la región.

La nueva portavoz de la Casa Blanca afirmaba a principios de esta semana que, en la relación con China, la Administración Biden adoptará un enfoque multilateral para interactuar con Beijing, y eso incluye hacer una evaluación de los aranceles actualmente vigentes. “Para ello vamos a coordinar con nuestros aliados y socios comerciales y también haremos un trabajo de coordinación en el congreso con ambos partidos”.

El nuevo presidente de los Estados Unidos ha comenzado su legislatura con muchas órdenes ejecutivas para intentar paliar los efectos de la pandemia a nivel doméstico; sin embargo, de cara al exterior, en los poquitísimos días que lleva en la silla presidencial, no ha dado sino señales de fuerza retomando espacios internacionales como la OMS o volviendo al acuerdo de Paris sobre cambio climático, mientras ha mandado un mensaje a los aliados de apoyo y a China de que tenga cautela, que no porque haya cambiado el partido de gobierno ha cambiado la línea dura hacía las irregularidades y malas prácticas chinas.

INTERREGNUM: China: de Trump a Biden. Fernando Delage

Con la llegada de un nuevo presidente de Estados Unidos, no se harán esperar los ajustes en la relación con China. Durante la campaña electoral, Biden evitó entrar en detalle en la cuestión: básicamente se limitó a indicar que la República Popular es un competidor más que una amenaza, y que representa un desafío que Estados Unidos puede afrontar y ganar. Las profundas diferencias entre los votantes del Partido Demócrata sobre cómo responder al problema de China pueden explicar la indefinición de Biden como candidato. Instalado en la Casa Blanca, ya no puede permitirse ese distanciamiento.

Los primeros indicios de lo que piensa su equipo han empezado a conocerse. En su comparecencia en el Senado la semana pasada para su confirmación como próximo secretario de Estado, Antony Blinken dijo coincidir con las premisas de la política china de la administración Trump, pero no con sus métodos. Esto significa, en otras palabras, que resulta necesaria una estrategia industrial y tecnológica que permita reforzar la competitividad norteamericana; una política económica más sofisticada que no dependa tan sólo de tarifas y sanciones; y la reconstrucción de alianzas para contar con una coalición más amplia que condicione los movimientos chinos. Pero ¿qué ocurre si esas premisas no son del todo correctas, y el cambio de métodos encuentra sus propios obstáculos?

En el terreno económico, el nivel de interdependencia entre los dos actores y la virtual imposibilidad de un “decoupling” imponen a Biden la necesidad de un acercamiento a Pekín. Pese a las medidas de Trump, el déficit comercial de Estados Unidos con China al terminar su administración era el mismo que en 2016 (345.000 millones de dólares), bajo el mandato de Obama. Y quienes más se han visto perjudicados han sido los trabajadores (300.000 empleos menos) y exportadores norteamericanos (que han visto caer en picado sus ventas al mercado chino). Mientras Estados Unidos lidia con las consecuencias de la pandemia, la economía china está creciendo a un ritmo superior que antes del contagio. Y las sanciones de Trump han acelerado por lo demás los esfuerzos chinos dirigidos a corregir su dependencia de Estados Unidos y dar un salto cualitativo en el liderazgo de nuevas tecnologías, a la vez que ha cerrado acuerdos comerciales de gran alcance con sus vecinos asiáticos (el RCEP) y con la Unión Europea (el CAI).

La principal dificultad de Biden es la divergencia en las opciones de cada uno de los dos gigantes. Mientras China aparece como defensora del libre comercio, y continúa avanzando en la consolidación de una posición central en la economía global, Biden tiene un reducido margen de maniobra para evitar un mayor aislamiento de Estados Unidos. La hostilidad del Congreso y de la opinión pública norteamericana hacia estas cuestiones—como hacia la globalización en general—, condiciona prioridades estratégicas como el regreso al TPP. El dilema se agrava porque no es sólo un problema en las relaciones bilaterales: afecta asimismo a los vínculos de Washington con sus aliados. Tanto en Asia como en el Viejo Continente, Pekín es visto como un socio indispensable a largo plazo. Un estudio del European Council on Foreign Relations que se acaba de publicar revela que, para la mayor parte de los europeos (el 79 por cien, en el caso de los españoles), la economía china será más importante que la norteamericana en diez años. El compromiso de Biden de trabajar con los aliados puede verse obstaculizado, por tanto, al no existir siempre una coincidencia de intereses.

Algo similar ocurre en la esfera de defensa. La rápida modernización militar china ha reducido la superioridad de Estados Unidos en el Pacífico occidental, y aumentado el desequilibrio entre las capacidades chinas y las de sus vecinos. El escenario fiscal norteamericano, en un contexto en el que hay que atender prioridades internas—de las infraestructuras a la sanidad, de la educación a la desigualdad—será prácticamente imposible un aumento de los gastos de defensa. Pero tampoco un objetivo de liderazgo militar respondería al actual terreno de juego, de naturaleza fundamentalmente geoeconómica. Ni puede dar Washington por descontado que sus socios vayan a alinearse abiertamente contra Pekín. La consecuencia de esta dinámica es un gradual deterioro de la credibilidad de las alianzas de Estados Unidos, y una percepción de inevitabilidad de la centralidad china.

Son dilemas todos ellos bien conocidos por Kurt Campbell, quien fue responsable de la política del “pivot” de Obama como secretario adjunto para Asia en el departamento de Estado, y acaba de ser nombrado para un cargo de nueva creación, el de coordinador para el Indo-Pacífico, en la Casa Blanca. No le va a faltar trabajo, pues la transición de una a otra administración no puede suponer un mero cálculo de más o menos “decoupling” de China. Se trata de reconceptualizar de manera integral la relación con Pekín; un desafío en nada comparable a otros retos anteriores experimentados por Estados Unidos desde su irrupción como gran potencia a finales del siglo XIX.

Biden y Asia. Nieves C. Pérez Rodríguez

La nueva Administración Biden hereda un complejo escenario internacional y unas enrarecidas relaciones bilaterales con muchos países. La fòrmula de la Administración saliente fue indiscutiblemente atípica y en algunos casos incluso turbulenta para las relaciones y el liderazgo de los Estados Unidos en el mundo. China astutamente ha sabido aprovechar el abandono de Washington y ha ido ganando influencia y liderazgo en plataformas como la Organización Mundial de la Salud, Naciones Unidas, el Acuerdo de París sobre el  cambio climático y diversos acuerdos económicos en el Pacífico.

Los análisis apuntan a que la política exterior de la nueva administración no hará cambios radicales. Por el contrario, Joe Biden es un líder moderado con una larga experiencia política incluso en el Congreso de los Estados Unidos, por lo que entiende como se gestionan y se pasan leyes. Su carrera política despegó en plena guerra fría y como vicepresidente de Obama aprovechó la oportunidad de viajar internacionalmente por lo que cuenta también con experiencia en este plano.

Biden recibe un país dividido e inestable. A nivel doméstico tendrá que invertir mucho esfuerzo en mediar por la estabilidad de la nación y la reconstrucción de la economía estadounidense muy golpeada después de la pandemia. En el plano internacional deberá intentar recuperar la autoridad y la posición de Estados Unidos como primera potencia del mundo.

Durante las primeras semanas de enero el nuevo presidente hacía público mucho de sus nombramientos que, de ser ratificados por el Congreso, ocuparán posiciones claves como el Departamento de Estado, Defensa, Justicia y Comercio entre otros. Una de las nominaciones más esperadas en cualquier administración es la de Secretario de Estado. El nombre de Antony Blinken ha sido recibido positivamente por casi todos los sectores, por ser un personaje querido y respetado en Washington por ambos partidos. Blinken es un diplomático de carrera que trabajó para Biden en sus años en el Senado y también en su época como vicepresidente de Obama.

El día antes de la toma de posesión de Biden tenía lugar la audiencia en el Congreso de Blinken, en la cual los legisladores aprovechan la oportunidad para hacer preguntas y determinar cuáles son sus posiciones en temas fundamentales como Medio Oriente, Israel, Corea del Norte, China y como deberían ser las relaciones de los Estados Unidos con sus aliados.

Las respuestas del Blinken vienen a confirmar los análisis previos, los planes de la Administración Biden en cuanto a su política exterior son de continuación con la de Trump, es decir no habrá rompimiento aunque es muy probable que el tono se baje considerablemente y se vuelva a la diplomacia más tradicional.

Blinken es un europeísta, educado parte de su niñez en Francia. Ha manifestado su fuerte convicción en una Europa Unida y lo importante de que Estados Unidos mantenga su presencia en la OTAN.

En la audiencia de ayer dijo “no hay duda de que China plantea el desafío más importante para Estados Unidos” y agregó que creía que había “una sólida base para construir una política bipartidista para enfrentar a Beijing”.

Cuando se le preguntó si estaba de acuerdo con las palabras de Pompeo un día antes del fin de la Administración Trump sobre que China está cometiendo un genocidio contra los uigures, Blinken dijo que esa es su opinión también, y agregó “creo que forzar a hombres, mujeres y niños a campos de concentración y educarlos allí para que se adhieran a la ideología del Partido Comunista chino son indicativos de un esfuerzo por cometer genocidio”.  Incluso fue más allá y dijo que se debería hacer una revisión de los productos que se importan para prevenir estos no sean producidos en dichos campos.

Así mismo aseguró que Biden mantiene su compromiso hacia Taiwán como una isla autónoma. Y además sugería la importancia de que Taiwán tenga un rol más predominante en instituciones internacionales.

En la audiencia también afirmó que “bajo el liderazgo de Xi Jinping China había abandonado décadas de esconder la mano y esperar el momento para dar a conocer sus intereses más allá de las fronteras chinas”.

El liderazgo estadounidense en Asia ha ido mermando en los últimos años. En enero del 2017 una de las primeras órdenes ejecutivas que firmaba Trump fue la retirada de TPP, acuerdo que había sido promovido por Obama como una ambiciosa alianza de ambos lados del Pacífico y que dejaba a China afuera mientras promovía una alternativa justa de intercambios, pues tenía como objeto bajar tarifas, proteger el medio ambiente, facilitar y estimular el crecimiento de los miembros y el respeto de los derechos laborales de los ciudadanos de los países firmantes. Pero frente a la salida de Washington, Beijing aprovechó para promover la RCEP (La Asociación Económica Integral Regional, por sus siglas en inglés), alternativa que lidera China y que tiene bajo su paraguas y que acoge 2.100 millones de consumidores que representan a su vez el 30% del PIB mundial.

Es muy posible que la Administración Biden intente revivir el TPP y con ello neutralizaría la influencia de China en el Pacífico. Que se regrese a la situación inicial con Corea del Norte. Que se restablezca y acerquen los puentes con los aliados en Asia como Japón y Corea del Sur y con ello los países del sureste asiático vuelvan a mirar a Washington cuando necesiten apoyo y no hacia Beijing.

Sin duda, la Administración Biden tiene una oportunidad histórica para retomar espacios sin necesidad de hacer cambios radicales, ni hacer demasiado ruido. Si este momento no es concienzudamente aprovechado los Estados Unidos habrán perdido la batalla a China en el Pacífico y posiblemente en parte importe del planeta.

China-EEUU: la distancia económica se acorta

El que va a ejercer como secretario de Estado con el presidente Biden, Anthony Blinken, ha marcado ya el terreno al afirmar formalmente que el presidente Trump acertó en el diagnóstico  sobre la amenaza que supone China y subrayó que el desafío que supone la potencia asiática debe ser enfrentado “desde la fortaleza y no desde la debilidad”.

En este escenario entra el hecho de que China está aprovechando mejor la pandemia en el terreno económico y reduciendo las distancias entre su economía y la de EEUU. Un informe publicado por el Foro Económico Mundial (WEF, por sus siglas en inglés) sostiene que el impacto de la pandemia ha intensificado la rivalidad entre ambos países y sugiere que China conseguirá acercarse al primer puesto como la principal economía del planeta en los próximos cinco años. Ya varios expertos habían concluido que la economía de China superaría a la de EEUU en 2030 y ahora se afirma que  puede haberse acortado los plazos hasta 2028, tomando como referencia las proyecciones del Fondo Monetario Internacional.

 Este continuismo de fondo, aunque probablemente vaya a cambiar en las formas, en la política hacia China va a repercutir en la Unión Europea, que tendrá que seguir avanzando por el camino de marcar distancias con China apenas apuntado, aunque los intereses de los negocios con el mercado chino pesarán en Bruselas más que lo que pesan en Washington.

Pero como ha señalado en varios ocasiones el experto Fareed Zakaria, en política exterior los planteamientos de la Unión Europea son ideas, dada la ausencia de instrumentos eficaces para ponerlas en marcha, ya sea imponiéndolas o negociándolas con presión.

INTERREGNUM: Bruselas y Pekín reciben a Biden. Fernando Delage

Después de siete largos años de negociación, 2020 concluyó con la firma del acuerdo de inversiones entre la Unión Europea y China (CAI en sus siglas en inglés); un pacto que confirma la voluntad de ambos actores de profundizar en su relación mejorando el acceso a sus respectivas economías. La industria europea podrá operar con mayor facilidad en el mercado chino, al tiempo que podrá contribuir a los esfuerzos de la República Popular dirigidos a reestructurar su modelo de crecimiento a través de la digitalización y la sostenibilidad medioambiental. Se trata, no obstante, de un acuerdo controvertido por la ausencia de mecanismos de verificación y la exclusión de algunos sectores, así como por sus implicaciones geopolíticas.

El acuerdo supone un primer obstáculo a la nueva etapa que se espera poner en marcha en las relaciones transatlánticas a partir de la toma de posesión del nuevo presidente de Estados Unidos. No ha sido sólo la administración Trump la que ha criticado a Bruselas: distintos miembros del equipo de Biden, en efecto, se han quejado asimismo de la falta de coordinación de ambos socios con respecto a China (aunque tampoco Washington consultó con los europeos su política hacia Pekín). No puede sino concluirse que, en lo que afecta a la relación con la República Popular, los intereses europeos no son siempre coincidentes con los norteamericanos, al tiempo que Pekín ha logrado una nueva victoria diplomática.

Cuando los negociadores europeos y chinos comenzaron la discusión sobre el acuerdo de inversiones—una vez que se descartó la posibilidad del acuerdo de libre comercio preferido por Pekín—, este último consideró el pacto con Bruselas como un instrumento de contrapeso del Acuerdo Trans-Pacífico (TPP) que impulsó la administración Obama para evitar una mayor dependencia de las naciones asiáticas de la economía china. El abandono del TPP por Trump nada más llegar a la Casa Blanca no redujo sin embargo la relevancia de la Unión Europea para la República Popular: por el contrario, la guerra comercial y tecnológica con Washington no ha hecho sino reforzar su interés. Que el gobierno chino decidiera acelerar las negociaciones desde el pasado verano, y admitir unas concesiones que anteriormente había rechazado (aunque en realidad formaban parte de sus obligaciones tras adherirse a la OMC), da una idea de sus prioridades diplomáticas. Una relación más estrecha con la UE servirá para prevenir la formación por Estados Unidos de un bloque con sus aliados contra las prácticas comerciales chinas. Desde esta perspectiva debe recordarse, por otra parte, que Pekín acaba de firmar la Asociación Económica Regional Integral (RCEP) con 14 países asiáticos, y retomado la negociación de un acuerdo trilateral de libre comercio con Japón y Corea del Sur.

Pero si es evidente la motivación china a favor de una suma de instrumentos que consolidan su posición en la economía global—y minimizan la influencia de Estados Unidos—, más confusa resulta la decisión europea de cerrar la firma del acuerdo pese a la presión norteamericana y contra el escepticismo de distintos Estados miembros, Francia entre ellos. En último término se impuso la determinación de Angela Merkel de concluir el pacto antes de que terminase la presidencia alemana de la Unión. Aunque Merkel habría logrado el visto bueno de Macron tras obtenerse ciertas ventajas para Airbus y dejar en manos de París la firma del tratado final durante la presidencia francesa en el primer semestre de 2022 (el acuerdo está aún sujeto a su ratificación parlamentaria), parece obvio que la política china de la UE responde a la percepción de las cosas mantenida por Berlín; es decir, a una posición en la que predominan los intereses económicos sobre los geopolíticos (aun a costa de la incomprensión y frustración de Washington).

El debate queda abierto para los próximos meses. Con todo, no debe perderse de vista que el acuerdo con Pekín representa un nuevo escalón en la construcción de una estrategia asiática por parte de la UE. El CAI se suma a los acuerdos de libre comercio ya concluidos con Japón, Corea del Sur, Singapur y Vietnam, o bajo negociación (con Indonesia y Tailandia); y a la declaración—el mes pasado—de la ASEAN como socio estratégico de la Unión. Bruselas (en realidad Berlín-París) ha lanzado el mensaje de que su proyección hacia Asia no puede ser rehén de la rivalidad Estados Unidos-China. Sus socios en la región, que comparten ese mismo objetivo, han encontrado una buena alternativa en el Viejo Continente. India es quizá la principal excepción: justamente cuando comenzaba a valorar en mayor grado el potencial de una mayor aproximación a la UE, ha recibido con notable incredulidad la noticia del pacto europeo con Pekín.

Beijing aprovecha la crisis estadounidense. Nieves C. Pérez Rodríguez

El pavoroso asalto al Congreso de los Estados Unidos de manos de estadounidenses aupados por el mismísimo -todavía- presidente Trump ha marcado un antes y un después en la historia de este país. Pero también ha abochornado la imagen de los Estados Unidos frente al mundo. La nación que ha exportado sus valores democráticos a cada esquina del planeta, que ha sido observador y certificador de miles de elecciones extranjeras y el que ha financiado la mayoría de las organizaciones internacionales ha sufrido un gran golpe en el corazón de Washington D.C., en el edificio que ha simbolizado desde 1800 los valores de democracia y libertad.

Los hechos revelan la profunda división que vive esta sociedad y el peligro de un discurso incendiario en la boca de un líder. Trump ha venido alimentando un discurso divisionista, no ha denunciado abiertamente a grupos radicales como los blancos supremacistas o los QAnon, éstos últimos se basan en una teoría que dice que Trump está librando una guerra secreta contra pedófilos de las élites del gobierno, de las empresas y los medios de comunicación estadounidenses.

Paralelamente, la infundada teoría que ha mantenido Trump y muchos líderes republicanos de que las elecciones presidenciales del 2020 fueron fraudulentas. A pesar de que cada una de las cortes de justicia a las que la campaña de Trump pidió abrir una investigación determinaron afirman no haber encontrado pruebas de fraude. Todo eso y el extraordinario número de votos que obtuvo -más de 74 millones de votantes lo apoyaron- fueron el caldo de cultivo de esa insurrección de la semana pasada. Que, además, fue aderezada por el discurso que esa misma mañana Trump dio a los manifestantes.

Como era de esperar la agencia oficial de noticias china Xinhua reportaba el suceso a minutos de haber tenido lugar y el fin de semana publicaba un extenso editorial que titulaba la doble moral de los estándares estadounidenses, en el que describían lo sucedido y como fue condenado por la prensa y algunos políticos. Sin embargo, comparaban la respuesta con “la desestabilización social de Hong Kong en 2019 cuando estos mismo elogiaban las atrocidades cometidas por los manifestantes vestidos de negro en Hong Kong, que pisotearon gravemente el estado de derecho y incurrieron en actos de terrorismo por naturaleza. Algunos estadounidenses incluso describieron las escenas como una hermosa vista y glorificaron a los manifestantes como héroes de la democracia”.

Afirman en la publicación de Xinhua que esas reacciones revelan “el prejuicio e hipocresía estadounidense sobre el tema de la democracia y su doble moral. Sus actos hacen ver al mundo más claramente que los llamados “valores democráticos” que promueven son, en esencia, una forma de mantener sus intereses creados a través de sus narrativas”.

La narrativa china revela una de las grandes crisis que ha venido atravesando Estados Unidos en los últimos años, la pérdida de influencia en el mundo cuya consecuencia automática es dejar un vacío de poder que eficientemente ha venido ocupando Beijing. Mientras, el Partido Comunista chino envía un mensaje a su población distorsionado la debilidad estadounidense y su sistema. Paralelamente China afina su estrategia de ataque a Occidente y sus valores que, además, vienen a fortalecer su narrativa doméstica.

La nueva Administración Biden tiene un complejo camino por delante. A nivel interno le tocará maniobrar con suprema delicadeza para intentar reparar las tremendas grietas sociales y restaurar el baluarte institucional del país y a nivel internacional el panorama no es mucho más alentador, pues Beijing ha venido sacando sus garras en los últimos años. La la pandemia los ha fortalecido aún más en una defensa frontal de sus intereses y su agenda al precio que sea.

El legado de la Administración Trump a raíz de los sucesos del pasado 6 de enero ha quedado manchado para siempre. Muchas de las políticas exteriores positivas puestas en práctica quedarán aminoradas en importancia por la gravedad de lo ocurrido.

Año nuevo, problemas viejos

2021 ha comenzado trepidante.  Los estrambóticos, además de bochornosos, sucesos de Washington contienen en sí mismos muchos mensajes sobre la situación de inestabilidad de los sistemas democráticos más sólidos, situación que está siendo aprovechada, sin el menor sonrojo, por los sistemas autoritarios que no dudan en explicar cómo sus formas de gestionar que no dependen de controles judiciales independientes, ni de elecciones ni de sociedad civil efectiva son más eficaces para hacer frente a pandemias, crisis políticas y catástrofes. Así en el caso de China que tiene la desfachatez de comparar las movilizaciones por la democracia en Hong Kong con el asalto al Capitolio en Washington. Pero no es el único caso. Se oyen mensajes parecidos en Moscú, La Habana,  Piongyang y Teherán.

El certificado de debilidad institucional que ha supuesto el asalto de los partidarios de Trump a una de las instituciones más sagrada del constitucionalismo deja en manos de Biden la obligación de reparar y consolidar el edificio democrático estadounidense y, además, demostrar en el exterior la solidez, la capacidad y la voluntad de EEUU de seguir al lado del bando de las libertades, el orden y la estabilidad internacional de la que tanto Trump como Obama se replegaron con cierta imprudencia. Aunque hay que subrayar, precisamente en momentos en que su figura está siendo demolida sin matices por su irresponsabilidad y resistencia antidemocrática a abandonar el poder, que en los últimos momentos de su mandato, el presidente  Donald Trump ha impulsado unos cambios sin precedentes  en Oriente Próximo, la región más potencialmente explosiva del planeta desde el fin de la II Guerra Mundial,  al acercar a a Israel y los países árabes de mayoría sunni, los principales aliados occidentales en aquella región. Además del factor de contención de Corea del Norte que significó Trump.

Eso no debe ocultar la faceta nacionalista, antiliberal, populista y por lo tanto de desprecio a las reglas democráticas básicas, que ha significado el presidente Trump y algunos de sus seguidores por todo el  mundo. Al final, la distancia moral, ética y estética entre Nicolás Maduro y Donald Trump es casi inexistente, aunque los estadounidenses están protegidos por una fortaleza institucional, un edificio constitucional y unas tradiciones  envidiables que, de momento, están muy por encima de cualquier presidente por más irresponsable, zafio y prepotente que sea.

Diplomacia o guerra de vacunas. Nieves C. Pérez Rodriguez

Actualmente hay una docena de vacunas de covid-19 en prueba experimental en el mundo. Y mientras se sigue avanzando en los pasos de prueba en voluntarios, las industrias farmacéuticas siguen su proceso de aprobación y los gobiernos comienzan a definir cómo serán administradas, estableciendo prioridades para aquellos que deben recibirlas primero.

Mientras tanto, Xi Jinping apareció el sábado pasado en la Cumbre del G20 en Riad a través de videoconferencia diciendo que “China está dispuesta a fortalecer la cooperación con otros países en la investigación y desarrollo, producción y distribución de vacunas”.  Una vez más, Xi aprovecha la palestra de un evento internacional para liderar la emergencia más grave de las últimas décadas.

Mientras China propone una estrategia internacional conjunta, aprovecha y se presenta a sí misma como el país que se preocupa por liderarla, pero también para gestionar esa coordinación con otras naciones.

Las grandes farmacéuticas han apostado por el desarrollo de estas vacunas, entre ellas Pfizer en colaboración con la alemana BioNTech SE, que hasta el momento parece la más efectiva con un 95% aunque requiere de temperaturas extremadamente bajas para su conservación y transporte. Moderna (estadounidense) le sigue con una eficacia del 94,5% y ambas solicitaban el pasado viernes a la agencia estadounidense de medicamentos (o FDA por sus siglas en inglés) la aprobación por vía rápida debido a la emergencia.

China por su parte ha desarrollado varias vacunas de las que poco información técnica ha sido compartida. Una de ellas es Coronavac desarrollada entre Sinovac Biotech Ltd (china) y el prestigioso instituto Butantan de Sao Pablo, bajo el auspicio del gobernador del Estado de Sao Pablo Joao Doria, férreo enemigo de Bolsonaro, y quien cuenta con la facultad de establecer acuerdos internacionales. El pasado 18 de noviembre recibía 120.000 dosis y está previsto que para enero recibirán 46 millones de dosis más.

Como todo en esta pandemia, en Brasil se ha politizado el Covid-19 y las vacunas.  Bolsonaro quién antes de convertirse en presidente atacó fuertemente a China, en la misma tónica de Trump, se ha visto obligado a bajar el tono debido a que China es su mayor socio comercial. Sin embargo, ha twitteado sobre su negativa a aceptar el uso de una vacuna china.  El ministro de salud de Turquía decía el jueves pasado que está planificando comprar entre 10 a 20 millones de las vacunas de la empresa Sinovac Biotech Ltd. Sinopharm (otra farmacéutica china) afirma tener dos vacunas distintas, una de ellas en fase tres de desarrollo, que ha sido administrada a 60.000 personas en 10 países: Emiratos Árabes, Bahréin, Jordania, Perú y Argentina. Mientras tanto, las autoridades de Indonesia están considerando aprobar la vacuna de Sinopharm junto con otras vacunas chinas ante la premura que impone la situación sanitaria.

Por su parte, CanSino Biologics (también china) ha desarrollado otra vacuna en colaboración con el ejército chino que ya ha sido suministrada a 40.000 voluntarios en Pakistán, Rusia y México y requiere permanecer en una temperatura de entre 2 a 8 grados centígrados y su vida útil es de 24 meses. México ya ha dicho que comprarán 35 millones de dosis de esa vacuna para distribuir entre sus ciudadanos.

Mientras, Anhui Zhifei Longcom Biopharmaceutical, otra farmacéutica china de capital privado, está planificando probar su vacuna en Uzbekistán, de acuerdo con información publicada en los medios estatales chinos.

Los medios chinos afirman que desde julio han estado vacunando a personas cuyos trabajos son de alto riesgo, y aseguran que las vacunas administradas son efectivas. Sin embargo, no se han publicado mucho más datos y la comunidad científica internacional pone en duda la veracidad de la efectividad. Aparentemente, en China las autoridades locales tienen autonomía para vacunar a sus residentes. Así lo relataba un miembro sanitario de la provincia de Zhejiang al Wall Street Journal: “en los últimos meses alrededor de 100 personas diariamente han acudido a recibir la vacuna de Sinovac pagando unos 30 dólares por las dos dosis”.

De acuerdo a Zhu Tao director científico de CanSino Biologics “no es difícil para las empresas chinas desarrollar una eficacia del 70 al 80 por cierto” así como “no es necesario que cada vacuna llegue a la eficacia del 90 por ciento para que sean exitosas”.  Mientras que el Centro de evaluación de Medicamentos chinos afirma que los medicamentos deben tener al menos el 50 por cierto de eficiencia e idealmente superar el 70 por ciento para ser aprobados. Una vez más queda claro la diferencia de los estándares chinos a los occidentales. 

“Cumpliremos nuestros compromisos, ofreceremos ayuda y apoyo a otros países en desarrollo y trabajaremos arduamente para hacer de las vacunas un bien público que los ciudadanos de todos los países puedan usar y pagar”, decía Xi en la Cumbre del G20, quien ante la ausencia de un fuerte liderazgo estadounidense asume él el rol de salvador del mundo mientras en Washington Trump sigue negando que ha perdido la contienda electoral y por lo tanto no se está compartiendo información estratégica con el equipo del presidente electo Biden.

La nueva Administración demócrata tiene una oportunidad de oro para reposicionar el lugar de Estados Unidos en el mundo y retomar el liderazgo que ha ido abandonando y que oportunamente China ha ido asumiendo. La desesperación por salir de esta pandemia está siendo aprovechada por China para llenar los vacíos y desarrollar su ruta sanitaria de la Seda a nivel global. Sin embargo, aún se está a tiempo de un cambio de rumbo, de haber dos opciones sobre la mesa, las vacunas de Oriente o las vacunas de Occidente. Muchas naciones se decantarían por las de Occidente por su rigor científico. Salvar a una nación en medio de un colapso sanitario y económico puede traducirse en reconquistar espacios perdidos para Washington y, por tanto, restituir valores democráticos en el mundo.