Entradas

THE ASIAN DOOR: Con el 5G regresa el mundo bipolar. Águeda Parra

La geopolítica de la tecnología que se plantea en la Unión Europea como consecuencia de la guerra comercial entre Estados Unidos y China, y en la que se ha visto inmerso Huawei, plantea un escenario donde los países miembros tendrán que tomar múltiples decisiones durante 2020. Las alianzas en cada bloque se mantienen muy igualadas entre aquéllos que siguen la recomendación de vetar a Huawei, y los que mantendrán sus despliegues 5G sin cambiar de proveedor, demostrando que la Unión Europea no habla con una única voz al no disponer de un mercado único de telecomunicaciones.

El posicionamiento de Huawei en Europa y la diplomacia china están resultando ser una herramienta decisiva para aquellos países que en 2019 tomaron una decisión desfavorable frente al veto a Huawei. El dominio del fabricante chino Huawei en el mercado de Asia Pacífico y Europa le ha conferido el liderazgo en el mercado mundial de proveedores de telecomunicaciones llegando a alcanzar una cuota del 28,6%, según Bloomberg. Sin embargo, la geopolítica de la tecnología ha desplegado su poder y 2020 puede dar un vuelco significativo al liderazgo mundial que disfruta actualmente el fabricante chino.

La ciberseguridad en las redes 5G se ha convertido en cuestión prioritaria en la recomendación de la Comisión Europea, cuyo documento final recoge las aportaciones de los expertos de cada país. La directriz general ha sido apostar por la diversificación de suministradores y la redundancia de equipos críticos, en la misma línea de la propuesta realizada por España a la Comisión Europea. Una recomendación que, sin embargo, no ha servido para sentar una posición común en las estrategias de despliegue de cada país.

La revolucionaria evolución tecnológica del 5G generará un salto evolutivo diferencial en las capacidades de las redes, favoreciendo un mayor desarrollo socioeconómico entre usuarios y empresas que el impacto que produjo la incorporación de tecnologías anteriores como el 2G, 3G y 4G. De ahí que uno de los principales retos que deben afrontar los países europeos en 2020 sea elegir el proveedor que vaya a desarrollar el despliegue de la nueva generación de redes 5G. Atrapados entre las recomendaciones de Washington de vetar a Huawei, Alemania y Francia son algunos de los países europeos que todavía no han tomado una decisión definitiva. Se trata de elegir entre vetar a Huawei, sin que haya pruebas que demuestren que sea una amenaza para la ciberseguridad, o perder el tren de una de las tecnologías que mayor impacto van a generar en el desarrollo de la industria en los próximos años.

Reino Unido ha sido uno de los primeros países en tomar una decisión al respecto, favoreciendo que Huawei se encargue del despliegue de la red de radio, menos vulnerable a los ataques de seguridad, mientras que el núcleo de red, la parte más crítica se desarrolla con otro proveedor. La alianza de Londres con Washington en la alianza de inteligencia Five Eyes, de la que también forman parte Australia, Nueva Zelanda y Canadá, no ha impedido que, ante un escenario de Brexit, Reino Unido haya priorizado su desarrollo económico frente a las advertencias contra Huawei. Con esta decisión, las reacciones se suceden y Washington está considerando levantar el veto que prohibía a las empresas norteamericanas mantener relaciones comerciales con Huawei después de considerar que se está produciendo un grave perjuicio económico a la economía del país en estos ocho meses que dura el veto.

El paso dado por Londres no solo provocará el reposicionamiento de Washington, sino que en los próximos meses se apreciarán las réplicas que tendrá esta decisión en aquellos países europeos que todavía no han tomado una decisión sobre el veto a Huawei. Un efecto tsunami que se inicia con el Brexit del Reino Unido y que provocará otros muchos cambios en la geoestrategia mundial, principalmente en la componente tecnología. Una vez que la City va a perder su liderazgo como hub financiero mundial, las FinTech y las posibilidades del 5G en cuanto a Smart Cities y Smart Factories bien podrían ser un nuevo objetivo para el socio que durante 47 años perteneció a la familia de la Unión Europea.

INTERREGNUM: Europa, ¿potencia geopolítica? Fernando Delage

La nueva Comisión Europea se ha comprometido a reforzar el papel internacional de la Unión. La presidenta Ursula von der Leyen insiste en la necesidad de construir una Europa geopolítica, “más estratégica, más asertiva y unida en la articulación de su acción exterior”. El Alto Representante, Josep Borrell, ha indicado por su parte que la principal tarea de la UE es la de “aprender a usar el lenguaje del poder”.

Fue la antecesora de este último, Federica Mogherini, quien dio los primeros pasos en dicha dirección al adoptar, en 2016, la Estrategia Global para la Política Exterior y de Seguridad de la Unión. Pero Trump no había llegado aún a la Casa Blanca, ni eran tan evidentes las implicaciones internacionales del ascenso de China. El presidente norteamericano nunca ha ocultado su escasa simpatía por la UE, por lo que la incertidumbre sobre el futuro de la relación transatlántica será una de las variables que condicionarán los objetivos de Bruselas. Con respecto a China, la Comisión publicó en marzo de este año un documento estratégico que, abandonando el tono diplomático de otras épocas, describió a la República Popular como “un competidor económico que persigue el liderazgo tecnológico” y “un rival sistémico que promueve modelos alternativos de gobierno”.

En este contexto de transformación del entorno internacional, en mayo de 2018 la UE decidió incrementar su participación en asuntos relacionados con la seguridad de Asia. En agosto de este año, firmó un acuerdo de seguridad con Vietnam, el primero de tales características con un país del sureste asiático, que se sumaba a los acuerdos estratégicos ya concluidos con Japón—en vigor desde febrero de este año—y con Corea del Sur (desde 2014). En septiembre de 2018 se aprobó un documento sobre interconectividad Europa-Asia y—meses más tarde—nuevas líneas estratégicas sobre Asia central y sobre India. Sobre estas bases ya establecidas, corresponderá a Borrell perfilar la proyección europea en el continente asiático, tanto en relación con los asuntos más conflictivos como con los instrumentos a su disposición. Entre los primeros, Bruselas tendrá que actualizar su posición con respecto a las disputas en el mar de China Meridional y la península coreana, dos de las cuestiones en el centro de la tensión entre Washington y Pekín. Los segundos plantean el verdadero dilema que afronta la Unión como actor internacional.

La influencia global de la Unión Europea ha estado vinculada a su poder comercial, a su política de ayuda financiera al desarrollo, y a la promoción del multilateralismo y sus valores políticos. Su identidad como potencia económica y normativa resulta insuficiente, sin embargo, cuando China y Estados Unidos ya no separan sus intereses económicos de los geopolíticos. Ambos utilizan cada vez en mayor medida, en efecto, sus recursos comerciales y financieros para perseguir ventajas estratégicas, mientras que en el caso de la UE son los Estados miembros—no las instituciones comunitarias—los que disponen de las capacidades y la decisión en política exterior y de defensa.

¿Puede la Unión Europea convertirse en un actor geopolítico sin tener fuerzas armadas y un servicio de inteligencia propio? Este es uno de los grandes retos de la nueva Comisión. Aunque las limitaciones estructurales parecen insuperables, mucho podrá conseguirse si Bruselas continúa avanzando en la construcción de una red de socios globales (asiáticos entre ellos), y si—ésta es la gran condición previa—logra el consenso de sus miembros sobre el papel que debe desempeñar en el mundo.

INTERREGNUM: China y la relación transatlántica. Fernando Delage

En la reciente cumbre de aniversario de la OTAN, los líderes de los Estados miembros pusieron claramente de relieve por qué la organización ha llegado al fin de una etapa histórica. La presión del presidente norteamericano a sus aliados para que aumenten el gasto en defensa, y las declaraciones del presidente francés sobre el (malo) estado de salud de la alianza no sirvieron sino para enrarecer la celebración. Pero la cumbre también ha marcado el comienzo de una nueva fase, al discutirse por primera vez sobre China y las implicaciones de su ascenso militar.

Pese a sugerir en alguna ocasión que Estados Unidos podría abandonar la OTAN, y pese a su constante denuncia de todo proceso multilateral, es el propio Trump quien quiere hacer ahora de la Alianza un instrumento de su estrategia hacia China. La rivalidad con la República Popular se ha convertido en el eje central de la política exterior norteamericana, y la Casa Blanca es consciente de que necesita a los europeos. No pocos analistas creen, de hecho, que el gigante asiático es la variable que permitirá reconstituir la relación transatlántica. Los intereses y prioridades de ambas partes no son siempre coincidentes, sin embargo.

Estados Unidos pretende romper la interdependencia comercial, tecnológica y financiera con China, a la vez que refuerza sus capacidades militares para equilibrar a esta última en la región del Indo-Pacífico. Los europeos, por el contrario, amplían su interdependencia económica con la República Popular: sus inversiones en este país duplicaron en 2018 las de Estados Unidos, y el comercio bilateral crece con rapidez. Al mismo tiempo, aunque no se hayan opuesto a la inclusión de China en la agenda, no comparten la conveniencia de extender la misión de la OTAN.

El problema para los aliados europeos es doble. Por una parte, la estrategia seguida por Trump intensifica el dilema que plantea el ascenso de China para el sistema internacional, al poder conducir a la formación de ecosistemas económicos y tecnológicos separados entre sí. ¿Se podrá elegir en cuál estar? En segundo lugar, sería un error creer que la competencia estratégica entre Estados Unidos y China se circunscribe al Pacífico. Pekín busca proyectarse hacia Occidente, a través de una iniciativa diseñada para marginar a Rusia, acercar Europa a Asia, y convertir a la República Popular en la potencia central de Eurasia. Si abandonara a sus aliados europeos, Washington daría a China el mayor de sus triunfos, por lo que no puede prescindir de la Alianza. Pero ¿puede Europa dejarse arrastrar por la política norteamericana cuando sus intereses divergen? ¿Qué haría, por otra parte, si Estados Unidos quedara aislado en su hemisferio, como mera potencia regional?

El diagnóstico de Macron no es por tanto incorrecto: Europa debe convertirse en actor autónomo si no quiere verse “estrujada” entre Washington y Pekín. El problema es que lo ha hecho de manera poco diplomática—lo que puede agravar la división entre los gobiernos europeos—, y sumando a sus críticas a la OTAN la necesidad de rehacer simultáneamente las relaciones con Rusia, como si Moscú pudiera proporcionar el peso necesario para equilibrar a un mismo tiempo a Estados Unidos y a China (y como si Putin no viera en los valores y reglas de la Unión Europea una amenaza existencial a su régimen político).

Por resumir. Más allá de su función estrictamente defensiva, no parece haber un concepto estratégico de futuro que sea compartido por todos los miembros de la OTAN. Pese al imperativo de una mayor independencia estratégica, la posibilidad de que los europeos formen un consenso sobre China—cuando no han sido capaces de hacerlo sobre Rusia, un problema más cercano y directo—es mínima. Y Pekín, que observa cómo Washington ha logrado hacer de la cuestión china una preocupación de la Alianza, reajustará su política de seguridad y sus iniciativas geoeconómicas de la manera más eficaz para sus intereses, frente a una Europa menos unida y más desorganizada.

THE ASIAN DOOR: España, Europa, China y el 5G. Águeda Parra

Si la Revolución Industrial fue el fenómeno que produjo un rápido cambio de las estructuras económicas de los países europeos aumentando su capacidad productiva, la Revolución Tecnológica propiciará un salto cuantitativo y cualitativo similar tres siglos después. La transformación en este caso procederá de que las variables económicas que generen crecimiento económico serán producto del desarrollo de las nuevas tecnologías en los procesos productivos, gracias a la capacidad del 5G de transferir grandes volúmenes de datos.

Pasaremos a una segunda globalización, muy distinta de la primera que protagonizó la Ruta de la Seda, donde China volverá a tener un papel clave gracias a la determinación del gigante asiático por generar nuevos ecosistemas que propicien la siguiente revolución, en este caso tecnológica. Todo ello gracias a que China ha protagonizado un “Gran Salto Adelante” en I+D en las últimas dos décadas, superando el gasto de la Unión Europea en 2013, y alcanzando un 2,18% del PIB en 2018, hasta los 291.580 millones de dólares, y con previsión de terminar 2019 con un gasto del 2,5%, según fuentes oficiales. Con esta determinación por la innovación, China reduce distancias con el 2,78% del PIB que dedica a I+D Estados Unidos, aunque todavía lejos del 4,5% del PIB que destinan países como Israel y Corea del Sur.

Los avances en las nuevas tecnologías y la adopción que hagan de ellos las sociedades del futuro serán el principal motor que impulse el desarrollo económico mundial. Abanderando este proceso de transformación está la tecnología 5G, motor de los cambios económicos y sociales que se van a producir en las próximas décadas cuando cada sector comience a desarrollar aplicaciones propias en un nuevo modelo productivo que hoy todavía es difícil de imaginar. Si la irrupción del smartphone tuvo el efecto de impulsar nuevos modelos de negocios aprovechando las prestaciones del 4G, la disrupción tecnológica que generará el 5G provocará una transformación socioeconómica mayor en los modos y usos de utilizar la tecnología. Todo ello gracias a disponer de una red que debe cumplir unos altos niveles de estabilidad y ser capaz de mantener el rendimiento que requiere una industria 4.0 basada en robots.

Las redes 4G comenzaron a estar disponibles en 2013 y casi una década después se dará paso al despliegue comercial del 5G de forma masiva. En la nueva generación tecnológica, la participación de China en cuestión de estándares se ampliará considerablemente respecto a anteriores generaciones, principalmente gracias a Huawei, que ampliará su liderazgo tecnológico respecto a sus competidores europeos y norteamericanos, con sustanciales aportaciones en el campo de la IoT. El paso de una red operada por componentes hardware a una gestionada por software facilitará la creación de un nuevo escenario donde consiga despegar toda la potencialidad de la IoT. Habrá un mayor número de dispositivos conectados a la red, llegándose a alcanzar el millón de dispositivos conectados en un kilómetro cuadrado, cien veces más de la capacidad que proporciona el 4G.

En nuestro ámbito, será la Comisión Europea la que establezca un marco común para todos los países miembros en cuestión de ciberseguridad. Para ello, ha contado con la aportación y análisis de los diferentes gobiernos, que han aglutinado también la posición de las operadoras. Por parte del Gobierno español, la recomendación está en línea con apostar por la “diversificación de suministradores” y abogar por la “redundancia de equipos críticos”, según el estudio en el que han participado las operadoras, coordinadas por la Dirección General de Telecomunicaciones y Tecnología de la Información, y en el que la visión gubernamental la ha aportado la Dirección General de Seguridad Nacional.

Mientras tanto, Europa prosigue lentamente con el despliegue de red 5G. Italia y Reino Unido son los otros dos mercados con despliegues en Europa con red Vodafone, a los que hay que sumar los despliegues comerciales de las operadoras EE (Everything Everywhere), también en Reino Unido, Swiscom y Sunrise en Suiza, Elisa en Finlandia, y Monaco Telecom en Mónaco, todos ellos utilizando servicios 5G bajo la modalidad NSA, la única disponible en todo el mundo por el momento. En otras partes de Europa, el despliegue 5G no está tan avanzado, ya que en Alemania acaban de terminar la subasta de frecuencias, por un valor de licitación de 6.550 millones de euros, mientras en Francia no lo harán hasta finales de año. Un retraso que no beneficia al conjunto de la Unión Europea si el propósito es liderar las nuevas capacidades que proporciona el 5G.

INTERREGNUM: Europa y Japón unen fuerzas. Fernando Delage

La Unión Europea y Japón han vuelto a dar un paso adelante en el estrechamiento de su relación. De visita en Bruselas, el 27 septiembre el primer ministro japonés, Shinzo Abe, firmó con el presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, una iniciativa de colaboración para el desarrollo de infraestructuras de transporte, energía y redes digitales en África, los Balcanes y el Indo-Pacífico. A este nuevo compromiso se llega unos meses después de la entrada en vigor—el pasado 1 de febrero—, del doble acuerdo de asociación económica y estratégica (EPA y SPA, respectivamente, en sus siglas en inglés) concluido por ambas partes tras casi una década de negociaciones, y un año después de que Bruselas adoptara su esperada estrategia de interconexión entre Europa y Asia.

Además de facilitar los intercambios y las inversiones entre dos actores económicos que representan más de un tercio del PIB global, el EPA y el SPA constituyen una respuesta conjunta al unilateralismo de la administración Trump. Con su firma, Bruselas y Tokio lanzaban un poderoso mensaje de defensa del orden liberal multilateral. La estrategia de interconectividad en Eurasia supone, por su parte, la articulación de una alternativa a la Nueva Ruta de la Seda impulsada por China, aunque a esta última no se le nombrara en el documento. La República Popular es asimismo el objeto de esta reciente iniciativa: Japón y la UE declaran querer trabajar juntos en regiones relevantes para los objetivos chinos, proclamando además su papel como “garantes de valores universales” como la democracia, la sostenibilidad y el buen gobierno.

Japón participará en los proyectos de interconexión europeos, que serán financiados por un fondo de garantía dotado con 60.000 millones de euros, además de la inversión privada y la proporcionada por los bancos de desarrollo. Según indicó Abe en Bruselas, durante los próximos tres años Japón formará a funcionarios de 30 países africanos en la gestión de deuda soberana. Tokio y Bruselas han subrayado así que los proyectos de infraestructuras deben ser sostenibles tanto desde el punto de vista financiero como medioambiental. Se trata, al mismo tiempo, de reforzar la interconectividad global “sin crear dependencia de un solo país”.

Mediante su alianza con la UE, Japón cuenta con un instrumento adicional para promover las actividades de sus empresas en unas circunstancias de desaceleración económica y de creciente competencia con China. La Unión Europea intenta por su parte traducir en influencia política los fondos que dedica a la ayuda al desarrollo. Las dudas sobre el futuro de la relación transatlántica, el ascenso de China, y el enfrentamiento entre Washington y Pekín, sitúan a los europeos ante un nuevo entorno que exige algo más que una retórica multilateral. Pese a las dificultades de formación de posiciones comunes entre Estados miembros con opiniones contrapuestas, la defensa de sus intereses y valores obliga a la Unión a convertirse en un actor geopolítico. Y así lo ha declarado quien a partir del 1 de noviembre será la próxima presidenta de la Comisión, Ursula von der Leyen, con el español Josep Borrell como responsable de la acción exterior europea. El último acuerdo con Japón es un ejemplo de cómo esa nueva estrategia va tomando cuerpo.

INTERREGNUM: Entre EE UU y China: dilemas europeos. Fernando Delage

Durante la era bipolar, Europa tuvo que acostumbrarse a vivir entre Estados Unidos y la Unión Soviética. Aunque se trataba de una rivalidad ideológica y geopolítica que se extendía a todo el planeta, era el Viejo Continente—dividido durante algo más de cuatro décadas—, el que se encontraba en el centro de su competencia. En el siglo XXI, Europa no está dividida en dos bloques, pero tampoco se encuentra en el centro de las relaciones internacionales. Y es la relación entre Estados Unidos y China la que determinará en gran medida su posición en el mundo.

Esta reconfiguración de los equilibrios de poder crea en consecuencia nuevos dilemas a los europeos. ¿Puede la UE afrontar los desafíos a su seguridad—como los creados por una Rusia revisionista, por ejemplo—sin Estados Unidos? ¿Se ha llegado al fin de una era en las relaciones transatlánticas, o podrán éstas recuperarse tras la marcha de Trump de la Casa Blanca? ¿Coinciden la percepción e intereses europeos con respecto a China con los de Washington? Aunque parece haber más preguntas que respuestas, Europa tiene que articular una estrategia que le permita defender sus valores y prioridades en este contexto de transformación mundial.

El primer esfuerzo tiene que ser, por tanto, de análisis y reflexión sobre el impacto del ascenso de China sobre las relaciones entre Europa y Estados Unidos. El segundo consiste en proponer ideas si se concluye que China es una variable que obliga a reconstituir las relaciones transatlánticas, cuando el liderazgo tecnológico se ha convertido en el principal campo de batalla de la competencia global.

Ambos aspectos han dado estructura a la investigación realizada por uno de nuestros más brillantes diplomáticos, Fidel Sendagorta, durante su estancia en el Belfer Center de la Universidad de Harvard. En un exhaustivo trabajo (“The Triangle in the Long Game: Rethinking Relations Between China, Europe, and the United States in the New Era of Strategic Competition”, Harvard Kennedy School, 2019), Sendagorta examina con detenimiento los cambios producidos durante los últimos años en las relaciones bilaterales Estados Unidos-China y Unión Europea-China, pero presta especial atención a aquellos asuntos de impacto “triangular” que sitúan a los europeos ante una difícil encrucijada, entre los que destacan las inversiones chinas en sectores estratégicos, la telefonía 5G o la defensa de los valores democráticos ante las evidencias de una creciente interferencia china en partidos y organizaciones políticas, sistemas educativos y medios de comunicación occidentales.

Una de las principales aportaciones de este estudio es, con todo, la realización de propuestas concretas, que van más allá de los análisis habituales sobre estos temas. Sendagorta propone la creación de una Alianza en Ciberseguridad (abierta, además de los miembros de la OTAN y la UE, a aquellas otras democracias que quieran sumarse), y de un Fondo Digital que ofrezca a países de todos los continentes una alternativa a la Ruta de la Seda Digital impulsada por China. Otras dos líneas de acción planteadas, aunque según el autor de más difícil realización, son: la recuperación del TPP, y su fusión con un remodelado acuerdo transatlántico en comercio e inversiones; y la prevención de un más estrecho acercamiento entre China y Rusia. Un trabajo, por resumir, de referencia obligada para entender las claves del nuevo escenario internacional que afronta la Unión Europea.

El trabajo referido en el artículo se encuentra en este link:

https://www.belfercenter.org/sites/default/files/TriangleLongGame-FidelSendagorta.pdf

INTERREGNUM: ¡Cuidado, Europa! Fernando Delage

En su discurso de hace una semana en el Diálogo de Shangri-La, en Singapur, el secretario de Defensa en funciones de Estados Unidos, Patrick Shanahan, describió el mantenimiento de la estabilidad en el Indo-Pacífico como un desafío que Washington no puede afrontar por sí solo. Insistió por ello—en términos no muy distintos de los empleados en su día por la administración Obama—, en el papel central de socios y aliados en la estrategia norteamericana hacia la región. Las limitaciones presupuestarias y la atención que también debe prestar a Oriente Próximo y a Rusia, obligan a Estados Unidos a demandar un mayor activismo de los países amigos en la zona. El problema es que esos socios y aliados no quieren verse atrapados en las tensiones entre Washington y Pekín, ni forzados a elegir entre uno u otro. Especialmente cuando, aun compartiendo la preocupación por el desafío chino, mantienen profundas reservas sobre las intenciones y sobre la manera de actuar de la Casa Blanca.

Al inaugurar la reunión de Shangri-La, el primer ministro de Singapur, Lee Hsien Loong, puso de relieve la inquietud de las naciones de la región frente a la dinámica de confrontación de los dos gigantes. Los europeos, aunque no sean actores estratégicos en Asia, tampoco escapan a este dilema. A lo largo del último año, la Unión Europea ha reforzado los mecanismos de vigilancia de las inversiones chinas, ha exigido una mayor reciprocidad en el acceso al mercado de la República Popular, y ha llegado incluso a calificar a China como un “rival sistémico”. No obstante, ni va a incrementar como Washington los aranceles a las importaciones chinas—la UE es el mayor socio comercial de Pekín—ni va a dar la batalla contra Huawei en los mismos términos.

La administración Trump se encuentra así frustrada. Pese a la declarada hostilidad del presidente contra Bruselas, Washington se ha esforzado por sumar a los europeos en su campaña contra China. En abril, en vísperas de la cumbre sobre la Ruta de la Seda en Pekín, el Departamento de Estado propuso la firma de un comunicado conjunto contra la iniciativa que reveló las diferencias de fondo. Al rechazar la idea, los europeos dejaron claro que no iban a seguir el dictado de la Casa Blanca, cuya beligerancia hacia la República Popular no pueden compartir. Estados Unidos, que percibe a China como una amenaza cuasi-existencial—en ello coinciden demócratas y republicanos, empresarios y militares, periodistas y expertos académicos—, ha concluido por su parte que los europeos “son de otro planeta”.

En un contexto de incertidumbre generalizada sobre el futuro de la relación transatlántica, China puede contribuir a agravar de manera significativa las diferencias entre Europa y Estados Unidos. Occidente quedaría así dividido ante el mayor desafío geopolítico del siglo XXI. Lo que es más grave, puede que los países europeos tengan que prepararse para un mundo en el que serán vistos por Washington a través de un prisma chino, de modo similar a como la Unión Soviética determinó la política norteamericana hacia el Viejo Continente durante la Guerra Fría.

Entrevista a Martin Lee: “Hong Kong, una democracia en peligro”. Nieves C. Pérez Rodríguez

Trump ha sido directo en su lucha por neutralizar las prácticas chinas que están al margen de la ley o que intentan sacar beneficios ilegales de las circunstancias. Pero, ciertamente, esa preocupación transciende la Casa Blanca. Las agencias de inteligencia, el Senado y la misma Cámara de Representantes llevan años indagando para determinar el alcance de estas irregularidades.

En el Reporte Anual de la Comisión ejecutiva del Congreso acerca de China, publicado a principios de este año, dedica un capítulo a Hong Kong, en el que se determina la continua erosión de la autonomía de esta región que, por cierto, está garantizada en su “ley básica” de 1984 de Un país, dos sistemas. El informe afirma que se ha podido observar como el espacio democrático de acción política de partidos, grupos e individuos ha disminuido junto con los derechos humanos. El documento incluye citas como la de Xi Jinping en el XIX congreso del Partido Comunista en octubre del 2017, momento en el que afirmó que el gobierno central debe mantener la competencia global de su jurisdicción. Seguido por múltiples declaraciones de oficiales chinos en las aseveran que el gobierno central tiene una postura o “línea de tolerancia cero” a que se le llame independiente a Hong Kong.

4Asia entrevistó a Martin Lee Chu-ming, reconocido como el padre de la democracia de Hong Kong, y uno de los defensores más prominentes de los derechos humanos y las libertades. Además de ser el fundador del Partido Democrático de Hong Kong, y actualmente su presidente, que valga acotar, es el partido político más grande y popular. Participó en las negociaciones de traspaso del Reino Unido a China y en la redacción de la “Ley Básica” que es una especie de constitución hongkonesa. También fue durante más de 30 años miembro del Consejo Legislativo en diferentes periodos. Sin duda un personaje relevante en la historia democrática de Hong Kong y su conversión en una potencia económica y tecnológica.

Le pedimos un análisis sobre cómo ve los derechos Humanos en Hong Kong en comparación con las libertades y derechos que tenían hace unos 20 años.

“Cualquiera de nuestras libertades están sujeta a Beijing. Y ellos pueden interpretar lo que está contemplado en nuestra Ley Básica a su conveniencia. Nuestra Corte protege nuestras libertades, pero Beijing cada día tiene más control sobre Hong Kong.  En efecto, en el Libro Blanco de 2014 lo dijeron abiertamente y en siete idiomas: Beijing tienen jurisdicción completa sobre el territorio hongkonés y es la fuente de su autonomía. Aclarando que tienen control sobre Hong Kong, lo que contradice la Ley Básica, en la que se nos cedió un alto grado de autonomía, aparte de la defensa y relaciones internacionales”.

“La Ley Básica contempla que nosotros seríamos nuestros propios maestros y hacedores. Ahora bien, cuando Beijing declara que ellos son los que tienen control sobre nosotros, asumen entonces que ellos son los maestros. Esto lo prueba el comentario de Xi en una visita a Hong Kong años atrás, cuando era vicepresidente, en el que afirmó que los jueces hongkoneses tienen que colaborar con su gobierno”.

Pero, acota contundentemente Lee, “los jueces no trabajan para el gobierno, que es la visión del Partido Comunista Chino. Los jueces deben responden a la ley no a los intereses de ningún gobierno”.

¿Considera usted que la democracia en Hong Kong se encuentra en peligro?

“Lo cierto es que no veo democracia. De acuerdo a la Ley Básica, pasado diez años de entrar en vigor, debimos haber tenido elecciones democráticas para elegir nuestro poder ejecutivo y elecciones para elegir parlamentarios. Eso no ha ocurrido. Carrie Lam, quien es la cabeza ejecutiva del gobierno hongkonés, posición designada por el gobierno chino central, dice que ella no va hacer nada por la democracia”.

“En este momento -añade- nos encontramos muy preocupados por la ley de extradición, que podría ser aprobada en julio con el apoyo de Carrie Lam, y que vendrá a legalizar secuestros y amenazas que destruirán la libertad de la que goza la sociedad hongkonesa, presentes en el artículo 4 de la Ley Básica. Al ser aprobada, Lam podría enviar a Beijing a cualquier individuo (hongkonés, chino, europeo, estadounidense, australiano, o cualquier otra nacionalidad) que sea acusado de algún tipo de crimen y su extradición haya sido solicitada por China continental”.

Lee explica que hasta ahora no habido ninguna ley de cooperación o acuerdos entre Beijing y otros países como Gran Bretaña, Canadá o Estados Unidos. Y ello se debe a los estándares legales, y el sistema jurídico chino no es compatible con los de estas naciones. Para Beijing las extradiciones son una herramienta política mientras que para el resto de los países democráticos son un asunto legal.

“Para nosotros los hongkoneses es clave blindar nuestro sistema legal como una barrera de protección a las obstrucciones políticas de Beijing. Pero no lo podemos hacer sin en el apoyo de nuestros aliados y la comunidad internacional. Este es el momento en el que Occidente debe proteger el sistema de libertades y legal en Hong Kong, antes de que nuestra gente u otros que se encuentran en nuestro territorio sean llevados a las cárceles chinas”. Foto: AsiaNews

Comercio, seguridad y 5G sobre la mesa

4Asia reúne el 10 de junio a colaboradores y expertos en un nuevo encuentro de debate, esta vez para analizar e intentar dar respuesta a dudas e incertidumbres ante la política proteccionista de Estados Unidos, la disputa comercial y tecnológica con China y los riesgos para la estabilidad internacional.

 Además, trataremos de poner luz en el nivel de amenaza que puede suponer el hecho de que uno de los factores de la ecuación internacional, China, sea un Estado con un importante y creciente desarrollo tecnológico, un sistema autoritario que no responde a otro control que al del propio sistema y a su partido único, el Partico Comunista, y un respeto arbitrario y según su concepto de sus intereses nacionales de las normas de derecho internacional.

Esta serie de hechos son los argumentos que exhibe un Trump atolondrado que a veces parece, él mismo ha llegado a decirlo, que añora reinar para siempre con un sistema como el chino. Esta política, incluso con alguna razón, es no sólo errónea sino peligrosa y sitúa a una Europa en crisis de identidad y desorienta ante un reto que no parece fácil de afrontar.

Así, repasaremos el desarrollo y la evolución tecnológica de la sociedad china; las previsibles consecuencias, buscadas o no, de la guerra comercial; los peligros para la seguridad cibernética y el orden y la libre competencia en los mercados, y también algo tan esencial y a veces tan poco valorado como los peligros tecnológicos para la seguridad nacional, la defensa de los intereses nacionales y estratégicos de España y la necesidad de proteger las instituciones y la estabilidad democrática. Esperamos debatir todos estos asuntos con quienes quieran asistir.

¿Es Trump el malo de esta película?

Las presiones entre Estados Unidos y China antes de la guerra comercial abierta que parece avecinarse y sobre todo la decisión de la Administración de EEUU de presionar a Google para que bloquee sus acuerdos con Huawei ha elevado una ola de indignación contra Donald Trump. Como de costumbre, los medios europeos y la mayoría de los intelectuales o creadores de opinión europeos y buena parte de los propios líderes de opinión de Estados Unidos acusan a este país de ser el origen de las turbulencias. Esta es un viejo tic que llegó a su máxima expresión vergonzante cuando el 12 de septiembre de 2001 un influyente medio español, con 3.000 muertos sobre el asfalto entre las ruinas de Nueva York, tituló que el mundo estaba preocupado por la posible respuesta de Estados Unidos, lo que no merece más comentario.

Parece claro que Trump se equivoca con su política proteccionista, que ésta va a acarrear problemas a los estadounidenses a medio plazo aunque parezca favorecedora a corto plazo y que del proteccionismo han surgido grandes conflictos mundiales dirimidos con las armas en la mano. Pero no es que Trump haya amanecido un día con una manía por desestabilizar el mundo.

China es un país autoritario, despótico, que utiliza pretendidos instrumentos del capitalismo para mejorar su posición comercial basada en la explotación de una población con pocos derechos , en no respetar leyes de patentes y en violar cuanta norma internacional le proporcione beneficios. Es decir, en vaciar al capitalismo de lo que tiene de progreso: la libertad de mercado, el imperio de las leyes y la libertad individual.  Trump se equivoca en la receta pero no en el diagnóstico. Y la ofendida Europa debería ser más comedida porque en muchas áreas no es menos proteccionista que Trump y, si no lo creemos, oigamos lo que dicen de sus productos agrícolas Marruecos, Túnez, Israel o Turquía, por poner algunos ejemplos.

Además, en la decisión sobre Huawei, además de criterios obviamente comerciales y políticos, hay argumentos de seguridad no desmentidos. Estados Unidos es una sociedad abierta donde las majaderías y los errores de Trump pueden ser criticados y llevados a los tribunales. En China, donde el Estado y sus empresas son todo uno subordinados a los intereses que marca el presidente, esto no es posible y frente a eso y sus ataques a la seguridad occidente está debilitado. Ahí es donde debería estar el terreno de debate y de confrontación.