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¿Son suficientes 60 centímetros de papel higiénico para una visita al baño? Miguel Ors Villarejo

Una tira de papel higiénico de 60 centímetros parece más que suficiente para una visita al cuarto de baño. Así lo consideran las máquinas dispensadoras que han instalado las autoridades de Pekín en los servicios públicos del Templo del Cielo. Un escáner identifica el rostro del usuario y, si vuelve a por más antes de nueve minutos, se lo niega: “Inténtelo más adelante, por favor”.

Asia es la región del planeta donde la tecnología de reconocimiento facial está más extendida. “Ni se le ocurra cruzar una calle fuera de un paso de cebra en Jinan”, advierte Rene Chun en The Atlantic. Decenas de cámaras escrutan a los peatones y, en cuanto detectan a un infractor, proyectan su imagen en una gran pantalla para escarnio público. Además, cotejan sus rasgos con los archivos biométricos oficiales y, al cabo de un rato, contactan con él para brindarle tres opciones: una multa de unos cuatro euros, un breve curso de refresco sobre seguridad vial o 20 minutos con un agente municipal, ayudándole a dirigir la circulación.

“El sistema parece que funciona”, escribe Chun. “Desde mayo [de 2017] las violaciones en una de las principales intersecciones de Jinan han pasado de 200 a 20 al día”. La policía está tan satisfecha, que el Ministerio de Seguridad Pública ha propuesto la creación de una red de videovigilancia “omnipresente, completamente interconectada, permanentemente encendida y totalmente controlable”. La consultora IHS Markit calcula que hacia 2020 China tendrá instaladas 626 millones de cámaras. “En algunas ciudades ya se puede lograr una cobertura del 100%”.

Naturalmente, semejante despliegue no busca únicamente mejorar el tráfico. “El Gobierno cree que un mayor grado de control no solo es deseable, sino posible”, escribe Adam Greenfield. En junio de 2014, el Consejo de Estado de la República Popular hizo público un documento titulado “Esquema de planificación para la construcción de un sistema de crédito social” cuyo objetivo es generalizar “una cultura de la sinceridad” que “permita a la gente honesta moverse por donde quiera y dificulte a la deshonesta dar un paso”.

El mecanismo está inspirado en el scoring de la banca, una puntuación elaborada a partir del historial laboral y de pagos de cada cliente que determina si se le concede o no una hipoteca y en qué condiciones. La idea de los chinos es aprovechar la avalancha de información que hemos volcado ingenuamente en el ciberespacio para extender el scoring a todos los órdenes. Cada persona dispondrá de un “crédito cívico” que subirá o bajará en función de su comportamiento. Si coge “el transporte público para ir al trabajo en vez del vehículo particular, si recicla regularmente o incluso si denuncia la actuación indebida de algún vecino, su crédito se ampliará y disfrutará de privilegios como el alquiler de apartamentos sin fianza o el acceso a plazas en colegios exclusivos”, escriben Anna Mitchell y Larry Diamond. Pero quienes asistan a “un mitin subversivo o a un servicio religioso, o frecuenten antros de perdición”, algo que hoy no es difícil de establecer gracias a los móviles geolocalizados y a la videovigilancia, pueden ver muy limitados sus movimientos. La ONG Human Rights Watch denunció en diciembre que al abogado Li Xiaolin se le prohibió abordar un vuelo nacional porque un tribunal juzgó “insincera” su autocrítica tras una falta no divulgada. Y el disidente Liu Hu no puede ni contratar préstamos ni viajar en la red de alta velocidad a pesar de que teóricamente ya ha saldado todas sus cuentas con la justicia.

“Si no combatimos y derrotamos esta tendencia”, alerta Greenfield, “lo que está emergiendo en China podría convertirse en el anticipo de cómo se mantendrá el orden en las ciudades del siglo XXI”.

Y en ese caso, igual los 60 centímetros de papel higiénico no son ya suficientes. (Foto: Billy Curtis, Flickr)

¿Por qué no son más felices los chinos? Miguel Ors Villarejo

Lo primero que te advierte cualquier economista es que el PIB es una forma muy rudimentaria de medir el bienestar de un país, y la investigación de Richard Easterlin revela que el “crecimiento […] no tiene un impacto significativo” en los niveles de satisfacción de una sociedad. Y pone como ejemplo a China, cuya felicidad no solo no ha remontado desde 1990, sino que “ha caído levemente”, a pesar de que la renta per cápita se ha multiplicado por 25 desde entonces.

¿El dinero no da la felicidad, como asegura mi madre? No se precipiten. El tema parece algo más complejo, porque si echan un vistazo al último Informe Mundial de la Felicidad comprobarán que los países que encabezan la clasificación de 2018 son todos ricos (Finlandia, Noruega, Dinamarca, Islandia, Suiza) y los que la cierran, todos miserables (Yemen, Tanzania, Sudán del Sur, República Centroafricana, Burundi). Y el seguimiento que realizó durante tres años Thomas C. Corley de una muestra de 233 millonarios y 128 pobres corroboró que el 82% de los primeros se sentían dichosos y el 98% de los segundos, desgraciados.

¿Y los chinos, entonces? ¿Están hechos de otra pasta? En absoluto. Lo que pasa es que la prosperidad requiere, como todo, un periodo de adaptación. Una vez que se alcanza ya no se quiere cambiar, pero su adquisición, es decir, el crecimiento en sí es un proceso tumultuoso que inspira sentimientos encontrados, especialmente si llega de la mano de gigantescos movimientos migratorios. “Entre 1990 y 2015”, explica el Informe Mundial de la Felicidad, “la población urbana china se incrementó en 463 millones de personas, de las cuales aproximadamente el 50% [230 millones] procedían del campo”. Para hacernos una idea, en ese periodo los desplazados de todo el planeta sumaron 90 millones: menos de la mitad del éxodo rural chino.

En principio, uno se va del pueblo porque espera mejorar y, en el terreno material, el progreso ha sido indudable: los inmigrantes chinos ganan en la ciudad más del doble. Pero en la escala de satisfacción del Informe Mundial… arrojan un promedio de 2,4 puntos, tres décimas menos que los paisanos que dejaron atrás.

La explicación que dan a esta paradoja los investigadores John Knigth y Romani Gunatilaka es que, aunque sus ingresos han crecido, sus aspiraciones lo han hecho aún más. Lo que los inmigrantes han logrado es seguramente más de lo que nunca soñaron, pero les sabe a poco porque su grupo de referencia ya no son los antiguos aldeanos. Ahora se comparan con los pudientes pekineses, y se sienten pobres.

Somos animales jerárquicos y los ingresos no son solo un medio para comprar objetos. Son un indicador de estatus, algo que a los humanos nos encanta. Nos da la vida, literalmente: John Layard explica que “los individuos que ocupan los escaños superiores [de una organización] viven cuatro años y medio más” que sus subordinados.

Es esa posición relativa en la escala social la que determina nuestra alegría y la inmigración supone generalmente una degradación, porque pasas de moverte entre iguales a ser el último mono. Por ello, mientras no se estabilice el trasvase del campo a la capital, millones de chinos seguirán considerándose insatisfechos, por más que su renta per cápita se haya multiplicado por 25. (Foto: Laurin Schneider, Flickr)

América primero, al precio que cueste. Nieves C. Pérez Rodríguez.

Washington.- Trump anunció a finales de la semana pasada fuertes sanciones comerciales contra China, que podrían estar alrededor de unos 60 billones de dólares, y que entrarán en vigor en los próximos 45 días. La razón fundamental de estas sanciones, que esgrime el gobierno estadounidense, es que China ha estado jugando injustamente en contra de las normas comerciales internacionales y con ello afectando a la economía de los Estados Unidos. Además, acusa a China de bloquear el acceso a los productos estadounidenses en su mercado. En pocas palabras, el objetivo de estas sanciones es reducir el déficit con China en unos 50 billones de dólares.

Se esperaban algún tipo de sanciones contra China, como parte del proteccionismo económico de la Administración Trump. Por lo tanto, no ha sorprendido el hecho de que se hayan impuesto, sino la envergadura de las mismas.

Muchas personas entran y salen del círculo del presidente, pero el tridente económico de Míster Trump ha permanecido intacto desde antes de convertirse en presidente. Su consejero de políticas comerciales e industriales, Peter Navarro, ha catalogado la acción como “un evento histórico”. Mientras que Robert Lighthizer, el representante comercial de Trump, se mostró a favor de las sanciones exponiendo su preocupación “por perder la propiedad intelectual de las tecnologías, puesto que es la mayor ventaja de la economía estadounidense”. Y Wilbur Ross, el secretario de Comercio, afirmó que “una manera de aliviar el déficit sería que China comprara más gas natural a los Estados Unidos”, así como manifestó que la Administración estaba esperando contramedidas desde Beijing.

Washington quiere cambiar el comportamiento comercial chino, o lo que es lo mismo, la manera en la que China comercia sus productos y hacerles respetar normas de intercambio internacional de acuerdo con Esward Prasad, experto económico del think tank Brookings institute. Prasad, además, sostiene que la Administración Trump cree que imponiendo tarifas a los productos que entran a los Estados Unidos, estarían protegiendo la economía doméstica, bajando el déficit. Pero eso no necesariamente será así, de acuerdo a su criterio.

Consultamos con Christopher Smart, quién se desempeñó como consejero económico de Obama, además de que sirvió como asistente del secretario del Tesoro liderando la respuesta a la crisis financiera europea y fue responsable sobre asuntos de política financiera de Europa, Rusia y Asia Central. Actualmente forma parte de la Fundación Carnegie para la paz internacional, con sede en Washington. Le preguntamos cómo de grave es el déficit entre Estados Unidos y China, y si ese déficit está realmente perjudicando tanto la economía estadounidense como Trump insiste en mantener.

Smart dice que el superávit de China con todos sus socios comerciales ha disminuido drásticamente. Añade que “sigue siendo grande con los Estados Unidos, pero eso producto de la baja tasa de ahorro de los estadounidenses y la combinación de bienes y servicios que comerciamos con China”.

El presidente Trump ha sido muy crítico de China, así como muchos de sus asesores. Estas sanciones habían sido anunciadas. Pero ¿por qué Trump las hace públicas ahora?; y ¿cuál será el efecto de estas sanciones en la población estadounidense en su vida diaria?

Smart: “Eso puede explicarse en parte porque la Administración ahora necesita menos a China por su compromiso actual con Corea del Norte y siente la presión de cumplir con algunas de las promesas electorales del presidente Trump, de endurecer su postura contra China antes de llegar a la mitad del periodo presidencial. El impacto para la mayoría de los estadounidenses en esta etapa será un pequeño costo adicional para algunas importaciones y la pérdida de algunas de las exportaciones de bienes a los que China ahora planea imponer una tarifa”.

¿Podría la respuesta china tener un impacto en la economía estadounidense?

Smart: “Las represalias chinas hasta ahora parecen modestas, con mucho margen para ser incrementadas si Estados Unidos continúa ampliando los aranceles. De momento, el impacto económico real en ambos países debería ser bastante pequeño en esta etapa, aunque la incertidumbre sobre la escalada futura puede afectar a los mercados financieros”.

Una guerra comercial no es un buen negocio para China, pero tampoco lo sería para Estados Unidos. Lo que está haciendo Trump es intentar poner freno a unas prácticas económicas que han permitido a China crecer de una manera tan importante. Sin embargo, los aranceles a largo plazo pasan factura al ciudadano de a pie en sus compras diarias, tal y como han advertido muchos economistas. El juego diplomático ahora está en acentuar más o menos esos aranceles, en los próximos meses. Es posible que en este juego Washington pueda presionar a Beijing y conseguir ciertas concesiones en las negociaciones que tendrá lugar a corto plazo con Pyongyang. (Foto: Wayne Hsieh, Flickr)

Desmontando a Donald. Miguel Ors Villarejo

El déficit comercial de Estados Unidos con China ascendió a 375.000 millones de dólares (algo más de 300.000 millones de euros) en 2017. Es una cifra fabulosa, que en la imaginación de Trump se traduce automáticamente en una sangría de empleo y riqueza. Para el presidente americano, la balanza de pagos es una especie de marcador deportivo y, cuando lo mira, no puede reprimir su desolación. “¡Demonios, estos chinos nos están dando una paliza!” Pero si es una derrota, se trata de una muy especial.

Pensemos en los 15.700 millones de dólares que los estadounidenses se gastaron en iPhones el año pasado. Como China exporta el producto final, la contabilidad nacional lo anota en su haber, pero ¿quién se embolsa de verdad el grueso del negocio? “IHS estima en 370,25 dólares el coste de sus componentes”, dice Reuters. “De esa cantidad, 110 van a la surcoreana Samsung, que es la que hace las pantallas. Otros 44,45 acaban en la japonesa Toshiba y la surcoreana SK Hynix por los chips de memoria”.

Los chinos se limitan a ensamblar y embalar, y perciben por esa tarea entre 10 y 20 dólares por unidad, es decir, que están lejos de quedarse con la parte del león. Pero tampoco se la llevan los coreanos o los japoneses, porque en las tiendas el iPhone X sale por 1.200 dólares y la diferencia entre ese precio de venta y los costes totales, o sea, 830 dólares, va derecha a la cuenta de resultados de Apple.

No parece un arreglo tan malo para los americanos.

“Tras su incorporación a la cadena mundial de suministro”, se lee en un informe de Oxford Economics, “China se ha especializado en el montaje de artículos a partir de piezas importadas del exterior”. Los sistemas de contabilidad nacional no tienen, sin embargo, en cuenta las complejidades de los intercambios actuales y siguen atribuyendo el importe total del producto al exportador final. “Si se sustrajera el valor de estas piezas importadas de las exportaciones Chinas”, sigue Oxford Economics, “el déficit comercial de Estados Unidos con China se reduciría a la mitad, esto es, al 1% del PIB, que es más o menos el que tiene con la Unión Europea”.

No parece que sea una situación insostenible. De hecho, a pesar de la supuesta sangría de puestos de trabajo, el paro en Estados Unidos se situaba en diciembre en el 4,1%, lo que técnicamente se considera pleno empleo. Y entre los países desarrollados, únicamente Australia, Singapur y Nueva Zelanda vieron aumentar más deprisa la renta per cápita de sus ciudadanos entre 2000 y 2015.

Por supuesto que no todo es ideal. China debe acometer reformas que faciliten el acceso a su mercado, pero el modo de lograrlo no es una guerra comercial que quizás le salte un ojo a Pekín, pero a costa de sacarles otro a los coreanos, a los japoneses y, sobre todo, a los estadounidenses. “El comercio con China ha ahorrado unos 850 dólares al año a las familias americanas”, calcula Oxford Economics.

Ya les digo que si es una derrota, se trata de una francamente extraña.

Rusia: victoria de Putin y nueva etapa asiática

La aplastante, pero no sorprendente, victoria electoral de Vladimir Putin en las elecciones presidenciales rusas abre paso no sólo a una consolidación del liderazgo en Moscú sino al intento del liderazgo de Moscú en varios conflictos y zonas del planeta. Putin ha visto refrendada su apuesta por devolver a Rusia a primer plano de la escena internacional, ha mantenido el perfil de “desafío amistoso” a Estados Unidos y, según algunos expertos en  Asia-Pacífico y la propia diplomacia china va a intentar aumentar su influencia sobre aquella región en la que está parte de su territorio (tiene frontera con Corea del Norte) y no pocos intereses.

Sin embargo, en un escenario en que las demostraciones de fuerza parecen estar marcando los acontecimientos y haberse convertido en un peligroso instrumento de presión, Rusia no está en estos momentos en situación de influir mucho. La Flota rusa del Pacífico, basada en Vladivostok, está en un bajo nivel de mantenimiento, necesita modernización y apenas mantiene una presencia simbólica en unas aguas en las que China ha acelerado su presencia y EEUU sigue enseñando los dientes.

Pero Putin es un dirigente hábil y probablemente va a maniobrar de la mano de China en algunos asuntos y con sus capacidades de exportación de energía va a intentar fortalecer su presencia en la que Estados Unidos parece limitarse al conflicto coreano sin atender a una estrategia regional amplia. Y no hay que olvidar que Rusia tiene una presencia política cultural, económica e histórica en las repúblicas centro asiáticas, por donde discurre la actual estrategia china de recuperar la vieja Ruta de la Seda como vía de aumentar la influencia de Pekín.

En este tablero de tantas piezas debe moverse Putin. Y va a tener que maniobrar hábilmente sin suscitar demasiados roces ni recelos con China ni Estados Unidos. Pero Moscú necesita una nueva política asiática y esa va a ser la siguiente fase de la política exterior de Rusia. (Foto: Filiplex, Flickr.com)

INTERREGNUM: Xi Imperator. Fernando Delage

La inauguración, el 5 de marzo, de la reunión anual de la Asamblea Popular Nacional china, estuvo precedida por el anuncio—extraordinario aunque no sorprendente—de la eliminación del límite temporal de dos mandatos establecido por la Constitución para el ejercicio de la presidencia de la República Popular. Tales límites no existían de manera oficial ni para la secretaría general del Partido Comunista ni para la presidencia de la Comisión Central Militar, las dos verdaderas fuentes de poder del máximo líder chino. Xi Jinping controla ahora todos los resortes del Partido y del Estado, y potencialmente puede mantenerlos de por vida.

Es el resultado que cabía esperar de las sucesivas maniobras políticas realizadas por Xi desde su nombramiento como secretario general a finales de 2012. Pero es una decisión difícil de entender en el contexto de la historia china del siglo XX, que marca además tanto una regresión en la institucionalización del sistema político como un desafío ideológico a Occidente. ¿Qué puede haber llevado a Xi a esa concentración de poder que, de manera inevitable, obliga a recordar el desastre del maoísmo? Las justificaciones oficiales son muy pobres, y se centran en la necesidad de asegurar la estabilidad nacional. El presidente, marcado por la experiencia de la implosión  de la Unión Soviética, considera necesario fortalecer el papel central del Partido Comunista y, por tanto, la ortodoxia ideológica. Lo que supone, por definición, debilitar las instituciones estatales. Considera, además, que su liderazgo personal del Partido es un imperativo para gestionar la transición hacia un nuevo modelo de crecimiento económico, así como para consolidar el ascenso de la República Popular al centro del sistema internacional.

La contradicción es obvia. La quinta parte de la humanidad vuelve a un régimen dictatorial en abierta divergencia con su modernización social y económica. Xi cree en la superioridad moral y práctica del comunismo chino frente a las que percibe como debilitadas democracias occidentales. El problema es que se trata de una apuesta arriesgada en múltiples frentes. Su control personal del Politburó y del Comité Central desde el pasado XIX Congreso del Partido no significa que haya neutralizado a todos sus enemigos en el seno de la organización. El abandono del sistema de liderazgo colectivo impuesto en su día por Deng Xiaoping para evitar precisamente la irrupción de un nuevo Mao, se suma ahora a los efectos de la campaña anticorrupción como fuente de oposición interna. Mayor alcance puede tener a medio plazo, con todo, la reacción de una sociedad más formada, con nuevas expectativas y con una memoria aún viva de las consecuencias del maoísmo.

Si, por otra parte, Xi considera que es una medida que le facilitará la transformación estructural de la economía, al poder imponer las reformas necesarias frente a las resistencias que encuentra en las propias estructuras del Partido, no resulta fácil entender cómo podrá hacerlo. Un mayor control ideológico y una vigilancia constante de la lealtad a su liderazgo no podrá favorecer la innovación ni la adopción de las normas e instituciones que requiere una economía avanzada.

De cara al exterior se van despejando asimismo las dudas sobre las intenciones de la diplomacia china. El desafío, además de económico y estratégico, pasa a ser también ideológico. Pekín sabe que su discurso sobre la existencia de opciones diferentes de la democracia liberal encaja con las preferencias de líderes políticos de distintas partes del mundo. Para Estados Unidos, Europa y Japón, entre otros, se amplía pues el espacio en que actuar. De verdad comienza, como declaró Xi en el Congreso del Partido Comunista en octubre, una “nueva era”. Lo será tanto para China como para el resto del mundo.

INTERREGNUM: China, el fin de una fantasía. Fernando Delage

En una de esas coincidencias que obligan a dudar de las casualidades, tres de las más influyentes publicaciones en inglés de asuntos internacionales hacen hincapié en su último número en una misma idea: el error de las premisas en que se ha basado la política china de sucesivas administraciones norteamericanas. Los firmantes de los artículos, prestigiosos especialistas académicos—demócratas unos, republicanos otros—, comparten además el hecho de haber participado de manera directa en la formulación de dicha política en etapas anteriores.

Kurt Campbell y Ely Ratner en Foreign Affairs (“The China Reckoning”), Hal Brands en The National Interest (“The Chinese century?”) y Aaron Friedberg en Survival (“Globalisation and Chinese grand strategy”) han escrito piezas de distintos enfoques y extensión, pero con unas mismas conclusiones. Todos ellos piensan que el objetivo de facilitar la integración de China en la economía global para asegurar la apertura de su mercado ha fallado. Como lo ha hecho también la expectativa de que la adhesión de China a las organizaciones internacionales y una mayor interacción con la comunidad internacional frenaría sus posibles ambiciones revisionistas. Tampoco resultó muy sólida la creencia de que, dado su retraso tecnológico, las capacidades militares chinas nunca podrían competir con las norteamericanas. Pero quizá el mayor error fue la convicción de que el crecimiento económico empujaría a China casi de manera inevitable a liberalizar su sistema político.

Estados Unidos no ha conseguido transformar China. Lo que ha creado su estrategia sin pretenderlo es, por el contrario, un gigante que se ha convertido en su principal rival y en el mayor desafío a su estatus global como principal superpotencia. Este es un resultado que algunos ya vieron venir hace tiempo—así lo afirmó el expresidente Richard Nixon, artífice del acercamiento a Pekín a principios de la década de los setenta, poco antes de su muerte—, pero resultaba imposible prever: es la aceleración del ascenso de China en los últimos años lo que ha sorprendido a todos. En 2006, un antiguo corresponsal norteamericano en Pekín, James Mann, escribió un libro titulado precisamente “The China fantasy”, recibido en su día con un considerable escepticismo. Ha tenido que transcurrir otra década para que autorizadas voces académicas lleguen a una opinión similar.

Pese al aparente acuerdo sobre el fin de ese consenso, las soluciones propuestas no parecen muy convincentes, sin embargo. No ha sido a través de sus instrumentos militares como China ha ascendido. No será tampoco reforzando sus capacidades militares—propuesta en que coinciden los expertos citados—como Estados Unidos podrá afrontar este desafío. Creer que la magnitud de los problemas internos chinos frenará su trayectoria ascendente es una apuesta arriesgada, por otra parte. Como consecuencia de un proceso de redistribución de poder que ha adquirido una considerable velocidad desde la crisis financiera global, Washington ha dejado de ser el principal árbitro del orden regional asiático. Sustituir las bases de su estrategia anterior por otras nuevas no va a ser tarea sencilla. Para que funcione, Estados Unidos ya no podrá además construir una nueva estrategia por sí solo: sus socios y aliados serán más indispensables que nunca.

INTERREGNUM: China en Afganistán. Fernando Delage

(Foto: Johannes Zielcke, Flickr) La reciente llegada a Kabul de un nuevo embajador chino, Liu Jinsong, es una indicación de la creciente importancia de Afganistán para Pekín. Liu, diplomático de carrera, nació en Xinjiang y fue director del Fondo de la Ruta de la Seda, una de las instituciones creadas por la República Popular para financiar la gran red de interconexiones a través de las cuales quiere integrar Eurasia. Su conocimiento de las complejidades de la zona y su experiencia sobre el proyecto estrella de la diplomacia china revelan las prioridades de su agenda.

Según diversos medios, China habría comenzado a construir una base militar en Badakhshan, en el corredor de Wakhan, la estrecha franja de territorio en el noreste del país que define la frontera de Afganistán con China, y que separa a Tajikistán de Pakistán. La ausencia de una conexión directa obliga a los chinos a acceder, precisamente, desde Tajikistán. Situado en uno de los lugares más remotos de Asia central, es un pasillo que Pekín cree utilizan los uigures en el exilio del Movimiento Islámico de Turkestán Oriental (ETIM), y que también podrían utilizar para entrar en China los militantes que regresen de Siria e Irak. Hace unos días, el gobierno chino ha negado que esté construyendo dicha base, aunque funcionarios afganos lo han confirmado con posterioridad. Los imperativos de seguridad de Pekín dan credibilidad a la noticia, fuente de inquietud al mismo tiempo para otras potencias, como Rusia, sorprendida por lo que revela sobre los vínculos militares entre China y Tajikistán.

El ministro chino de Asuntos Exteriores, Wang Yi, anunció por otra parte en diciembre que Afganistán formará parte del Corredor Económico China-Pakistán, uno de los proyectos centrales de la Ruta de la Seda, y el primero en fase de ejecución. Pekín quiere hacer del país uno de los nodos de interconexión de sus planes, y se habla de hasta seis proyectos distintos, incluyendo una carretera entre Peshawar y Kabul, y una autovía que uniría Pakistán con Afganistán y Asia central. La seguridad a lo largo del corredor, en el que trabajan miles de nacionales chinos, y la protección de las inversiones chinas en Afganistán, de especial relevancia en el sector minero, conducirán inevitablemente a una mayor intervención de Pekín.

Las actuaciones chinas son coherentes con el discurso de sus dirigentes sobre la estrecha relación que existe entre desarrollo y seguridad. Sin esta última no puede haber crecimiento, mientras que propiciar las bases para la prosperidad económica contribuirá a mitigar el radicalismo y el extremismo, y, por tanto, las amenazas a la integridad territorial de la República Popular. Pero los riesgos también existen: participar en el proceso interno de conversaciones con los talibán, como está haciendo, es un arma de doble filo, a la vez que las grandes potencias buscarán la manera de diluir el protagonismo diplomático de Pekín.

Un año de Donald Trump. Nieves C. Pérez Rodríguez

Washington.- Ante los representantes de ambas cámaras legislativas, en presencia de jueces y magistrados del poder judicial y con el gabinete en pleno, Donald Trump dedicó ochenta minutos al discurso del “Estado de la Unión”, a valorar el año transcurrido y exponer sus prioridades para el 2018.

En este tradicional evento, en el que los que los redactores de la alocución del presidente invierten muchas horas de meticuloso trabajo, estos intentaron no dejar fuera ningún elogio a la gestión presidencial y hacer uso convenientemente de patriotismo con marcados visos de conservadurismo y gran dosis de proteccionismo para así delinear el camino que continuará su gobierno.

Ha sido el discurso más presidencial que ha hecho Trump. Lo ha hecho en el momento preciso en que necesitaba proyectar serenidad, autodisciplina y sobriedad. Estas fueran las palabras de New York Times para definirlo, mientras que el Washington Post aseguró que parte de la moderación y la razón por la que la prensa no lo ha calificado de negativo se debía al hecho que el día antes del discurso, el día del discurso y el día posterior a éste Trump tuiteó sólo 6 veces, y que los tweets carecían de contenido incendiario, lo que hizo que la prensa se pudiera concentrar estrictamente en el contenido del mismo.

Trump dedico un 70 por ciento de su tiempo a las políticas domésticas y los problemas que tiene el país, y en cada oportunidad estableció una relación entre alguno de ellos y los inmigrantes, intentando justificar su postura anti-inmigración. De todos los problemas a los que hizo mención, la reforma migratoria fue a la que más tiempo dedicó, y explicó que tiene un plan basado en cuatro pilares, dejando ver cómo ese punto lo tienen rigurosamente planificado. Está claro que la oposición seguirá luchando por los “Dreamers”, a pesar que les cueste otro cierre del gobierno. Y, por otra parte, los indicadores económicos fueron también extensamente mencionados, los más halagados y básicamente la razón de su estrategia.

En la parte internacional, atacó duramente a Corea del Norte, lo que no aporta nada nuevo excepto que usó el riesgo que representa Pyongyang para justificar la necesidad de la modernización nuclear estadounidense.

Así lo explicó Kathleen Hicks (directora internacional del Centro de Estudios y Estrategias Internacionales, CSIS por sus siglas en inglés) en el marco de un foro en el que se analizó el discurso del Estado de la Nación y al que 4Asia tuvo acceso. Y en ese punto, Sue Mi Terry, (considerada la mayor experta en asuntos coreanos en este momento, y quien trabajó en la CIA) explicó que hablar de modernización nuclear puede incomodar a los aliados, y poner a EEUU en un terreno más peligroso, pues no se sabe cuál será la reacción de Kim Jong-un. Sue cree que los juegos olímpicos no mejorarán la tensión; más bien será positivo para el régimen norcoreano participar, ya que les permite refrescar su imagen internacional, y es probable que después todo vuelva a como estábamos a principios de año.

De acuerdo con Heather Conley, vicepresidenta para asuntos europeos en este think tank, el discurso fue positivo, aunque no mencionó los países con los que Estados Unidos está en conflicto y calificó a los aliados como los grandes olvidados de la alocución de Trump. Los omitió por completo, mientras que Trump optó por dedicarle tiempo a los adversarios. Lo que fue complementado por William Reinsch (especialista en comercio internacional) que subrayó como positivo que, al menos, no insultó a ningún aliado y no atacó a China. Reinsch afirmó que la salida de Washington del TPP ha empujado a los pequeños países asiáticos a virar hacia China, lo que parece que empieza a ver esta Administración, razón por lo que pueden estar considerando la vuelta al acuerdo. Asimismo afirmó que en los acuerdos no se puede siempre ganar todo; algunas veces sacrificar unas tarifas asegura la presencia y liderazgo, dijo.

El año de gestión de Trump ha servido para disminuir el rol e influencia internacional de Estados Unidos en el mundo, pero sobre todo en Asia, sostuvo Heather Conley, que insistió en que Washington no tienen una agenda positiva en el exterior. La situación inédita de desolación del Departamento de Estado ha dejado un vacío en el mundo, y como consecuencia ha perdido liderazgo internacional por falta de presencia, afirmó. Insistió en que esta Administración ha centrado sus esfuerzos en políticas de defensa obviado las diplomáticas; la prueba es el número de embajadas sin embajadores.

Estados Unidos necesita una política exterior fuerte y con los diplomáticos al frente. Heather considera que los aliados europeos tienen sus reservas con la Administración Trump pero se decantan por esperar a ver qué pasará, mientras que Macron es el único líder que parece estar decidido a jugar otro rol, uno mucho más predominante.

Hay que subrayar una reflexión escuchada en este evento: “Pensar que los militares nos sacarán de los problemas es un fracaso. Hay que tener políticas fuertes que prevengan enviarlos al frente”.

Vicente Garrido: “Creo que este año tendremos récord en ensayos de misiles”

Entrevista a Vicente Garrido, experto en el programa armamentístico y nuclear de Corea del Norte:

“CREO QUE ESTE AÑO TENDREMOS RÉCORD EN ENSAYOS DE MISILES”

4Asia entrevista a Vicente Garrido, Profesor de Relaciones Internacionales y Estudios de Seguridad en la Universidad Rey Juan Carlos, director del INCIPE (Instituto de Cuestiones Internacionales y Política Exterior) y miembro del Consejo Asesor sobre Asuntos de Desarme del Secretario General de las Naciones Unidas, así como del Board of Trustees del UNIDIR (United Nations Institute for Disarmament Research).

4Asia: La agenda internacional y, en especial la agenda asiática, están marcadas en los últimos meses por la escalada verbal y militar entre Estados Unidos y Corea del Norte. Se habla mucho de las capacidades nucleares del régimen norcoreano, ¿cuál es el estado actual del programa nuclear de Pyongyang?

VG: La mayoría de los analistas coincidimos en que, estos últimos años, los cálculos se han hecho mal. ¿Qué quiero decir con ello? Que la capacidad de misiles ha experimentado un avance muy importante y Corea del Norte ya tiene misiles de corto medio y largo alcance (ICBM), tiene más material fisible del que se pensaba, quizás para fabricar una horquilla de entre 30 y 60 armas nucleares, basado en reservas de plutonio y en uranio enriquecido, aunque no al 90% que es la concentración óptima. Con eso, probablemente no habrán podido ensamblar más de 12 armas, aunque muchos expertos hablan de 20. El proceso más complicado al que se enfrentan ahora es la miniaturización y ahí se enfrentan a dos problemas, conseguir un arma que quepa en la ojiva y tenga la potencia suficiente, y que no estalle el misil ni al salir ni al reentrar en la atmósfera. Por eso van a realizar cada vez más ensayos para perfeccionarlos. Corea del Norte habría recibido ayuda técnica de Pakistán, al menos desde los años 70.

4Asia: ¿Y necesitan realizar uno de estos lanzamientos de prueba con carga nuclear real?

VG: Probablemente sí, no queda otra. Al final, en la última fase necesitan comprobar el comportamiento de la carga nuclear con el misil, y solo lo pueden hacer así. Por eso estamos viendo cada vez más pruebas de misiles de largo alcance, porque probablemente ya tienen la capacidad de ensamblar esas ojivas nucleares en misiles de corto alcance, los Nodong, y están tratando también de hacerlo en los Rodong de alcance medio. No está claro si a día de hoy podría o no funcionarles, y no les está funcionando en los de largo alcance, en los Hwasong.

4Asia: Entonces, ¿podemos decir que el programa nuclear de Corea es autónomo?

VG: Desde luego. Probablemente antes ayudaron a muchos países a desarrollar sus capacidades de misiles, y a cambio han conseguido ayuda y financiación, especialmente de Pakistán, aunque este país siempre lo ha negado. Ahora tienen sus centrifugadoras, sus reactores, sus reservas de plutonio y uranio… las sanciones intentan evitar que sigan invirtiendo fondos en el programa armamentístico, pero no lo han conseguido y, de hecho, ahora mismo se cuestiona si la ayuda humanitaria y de alimentos se ha desviado para otros propósitos. Eso sí, al ser independientes en sus capacidades, al no tener ayuda, son más rudimentarios y por eso necesitan más ensayos, más pruebas, porque avanzan más lento.

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4Asia: ¿Cuál ha sido la estrategia que ha mantenido China en esta situación?

VG: China cada vez está presionando más a Corea del Norte. Durante muchos años, la estrategia ha sido: “esto es un asunto y un área de interés mía”, y dar a entender que ellos podrían arreglar el problema y liderar conversaciones. Pero Corea del Norte no se lo está poniendo fácil. Un negociador chino decía que la relación entre China y Corea del Norte es como la de los labios y los dientes, sólo que ahora los dientes han empezado a morder a los labios. China ya no se entera previamente de cuando Corea hace un ensayo; desde 2013 se entera por los medios, por eso a partir de 2016 Pekín empieza, en Naciones Unidas, a apoyar resoluciones sobre terrorismo, armas de destrucción masiva, etc., a aceptar reducir importaciones, personal diplomático… está apoyando y aplicando las resoluciones. Siempre se ha dicho que China necesita la estabilidad de Pyongyang, pero realmente en estos últimos meses estamos viendo a una China más decidida, de hecho, no veta las resoluciones en la ONU y eso ya es un gran avance, su reducción de comercio con Corea va a tener un gran impacto, pero tampoco nunca va a suprimir sus lazos comerciales con Pyongyang, no va a estrangular al régimen norcoreano.

4Asia: ¿Y la estrategia futura de negociación de Pyongyang cuál cree que va a ser? ¿Es un primer paso el diálogo que ha tenido lugar en Panmunjon en los primeros días de enero?

VG: Realmente en Panmunjon ha conseguido más el Norte que el Sur. El Norte sólo se ha comprometido a enviar a unos atletas y, a cambio, el Sur ha suspendido sus maniobras militares conjuntas con Estados Unidos. A largo plazo, Corea del Norte quiere el reconocimiento internacional como potencia nuclear. Ellos firmaron el TNP (Tratado de No Proliferación) en 1985, y acordaron que sus reactores iban a ser desmantelados tras inspeccionarlos, pero eso nunca sucedió y, en 1992, dicen que abandonan el TNP. Para que no lo hicieran, la Administración Clinton firmó con Corea del Norte el Acuerdo Marco en 1994 a través del cual les levanta las sanciones y les da ayuda a cambio de que desmantelen dos reactores plutonígenos de Yongbyon. Pero cuando llega George W. Bush suspende toda la colaboración y Pyongyang comienza su programa. Finalmente, abandonan el TNP en 2003.

Ahora, Pyongyang quiere que se les reconozca y están dispuestos a volver al TNP, pero a volver como potencia nuclear. Y esa es su estrategia, acelerar su programa y convertirse, si no de iure, sí de facto, como Pakistán e India, por ejemplo. Ellos piensan que a partir de ahí al resto no le va a quedar otra que negociar. Y es lo único que tienen, su fuerza nuclear, porque con su PIB, con su situación como país, ¿qué otra cosa tiene para negociar? No tiene nada. ¿Su estrategia para iniciar conversaciones? Muy fácil, tú me congelas las sanciones y yo me siento. ¿Y qué haces entonces? que las conversaciones duren eternamente. Son negociadores muy hábiles, solo van a hablar del tema nuclear, nunca del balístico, no van a dejar que eso se ponga sobre la mesa. Y hay otro tema que nunca se discute, que son las capacidades biológicas y químicas, que las tienen.

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4Asia: ¿Podríamos decir entonces que se vuelve a la mesa de negociación, que es la estrategia que siempre defendió China?

VG: Bueno es que, ¿qué puedes hacer si no? ¿Vas a realizar un ataque preventivo? Lo que China, y hasta cierto punto Obama, han defendido siempre es que hay que sentarse a la mesa y conversar para ver hasta dónde está dispuesto a llegar Corea del Norte. Pero claro, Corea cada vez llega más fuerte, cada vez va a exigir más y lo va a poner más difícil. Y las implicaciones de Corea del Sur y de Japón en el asunto cada vez son más grandes, Estados Unidos tiene que darles garantías de seguridad para evitar que se instale el debate de si tendrían que desarrollar su propio programa.

4Asia: El régimen de Kim Jong-un es un régimen muy jerarquizado, muy tendente al liderazgo de una sola persona y probablemente, muy corrupto también. ¿Cómo afecta esta estructura de Estado al programa nuclear?

VG: Hay mucha preocupación en torno a esto, en torno al robo de material para venderlo a grupos terroristas o un accidente, pero también hay preocupación en torno al sistema de custodia de instalaciones y del material. Además, de momento no se sabe nada sobre el sistema de control y mando; si alguien más que Kim Jong-un tiene el botón, ¿qué pasa con el botón si desaparece el líder? No se sabe, no hay doctrina nuclear, no hay un sistema de control y mando… ahora mismo es lo que diga el líder. Es su decisión personal.

Entrevista realizada por Gema Sánchez y David Montero