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THE ASIAN DOOR: Huawei en el meridiano 0. Águeda Parra

Siglos después de que el Imperio de China haya perdido esa posición de supremacía de la que gozaba cuando sus vecinos se organizaban como Estados vasallos entregando tributos al país del centro, 中国, de ahí su nombre en chino, China aspira de nuevo a recuperar un lugar que considera suyo por derecho propio. Una posición ocupada desde hace décadas por otras potencias occidentales que encuentran en el gigante asiático un rival complejo, diferente, y fuera de su órbita de influencia. Sin embargo, en un mundo globalizado, la geoestrategia y la geopolítica se ponen al servicio de las grandes potencias para establecer juegos de equilibrio de poder, situando en esta ocasión a Huawei en el meridiano 0, donde el grupo de élite de grandes potencias deben posicionarse a favor o en contra del veto ejercido por Estados Unidos a la tecnológica china.

China no solamente es el país del centro, sino que se ha convertido en el centro de las reticencias del resto de grandes potencias que miran con recelo el gran milagro de la recuperación económica que ha logrado el país en cuatro décadas, un hecho sin precedentes en la historia mundial. Las luchas cuerpo a cuerpo ya son historias del pasado, y las guerras se libran ahora en los mercados bursátiles como golpes en la línea de flotación del sustento económico de los países. De ahí que, en un intento por reproducir los antiguos Estados vasallos de China, la administración Trump haya iniciado una guerra comercial con el gigante asiático imponiendo una primera fase de aranceles que tuvieron una respuesta inmediata por parte de China. Una medida que por sí sola ha resultado poco operativa para reducir el déficit comercial existente entre ambos países, lo que ha motivado que la ofensiva pasara primero de la presión sobre ZTE, que supuso casi la quiebra de la compañía china muy dependiente del abastecimiento de componentes americanos para la fabricación de sus dispositivos, a centrarse en el imperio de Huawei. La sospecha se centra en que el Partido Comunista Chino tenga acceso a la inmensa cantidad de datos que pasan por el equipamiento de Huawei en las redes 5G y que gracias a la potencialidad de la inteligencia artificial genere un estado policial que afecte a la seguridad nacional de las grandes potencias.

Considerada uno de los grandes titanes tecnológicos chinos al frente de la iniciativa Made in China 2025, Huawei ha pasado en una década de ser un pequeño fabricante de precios bajos a tener una cuota mayor que Ericsson, Nokia, ZTE y Samsung en el mercado de infraestructuras de redes móviles, mientras que como fabricante de móviles, ha conseguido situarse como segundo mayor fabricante de móviles del mundo al superar en ventas a la americana Apple. La amenaza tecnológica se intensifica.

Cuestionada la hegemonía tecnológica de Estados Unidos, y después de décadas de promover la globalización, el siguiente paso de la administración Trump ha sido promover un enfoque nacionalista y conseguir que bajo la sospecha de incidentes relacionados con la ciberseguridad se vete la participación de Huawei en el despliegue de la red 5G entre los países aliados que forman el grupo denominado “Five Eyes” del que, además de Estados Unidos, forman parte Australia, Nueva Zelanda, Reino Unido y Canadá. Las reacciones no se han hecho esperar por parte de los consumidores chinos que han iniciado un boicot a los productos canadienses como contraofensiva a la detención en Vancouver de la hija del magnate de Huawei, Meng Wanzhou, acusada de violar las sanciones de Estados Unidos contra Irán. Una guerra que se cierne sobre Huawei cuando, según parece, muchas otras empresas extranjeras, incluso estadounidenses, han violado anteriormente estas sanciones, pagando cuantiosas multas sin que por ello hayan sido arrestados en un aeropuerto y puestos bajo custodia policial.

Difícilmente las guerras se ganan en una única batalla. Por una parte, Washington ha ampliado su advertencia a aquellos estados occidentales que cuentan con bases militares americanas, de los que Japón ya ha anunciado el veto a Huawei, mientras Alemania mantiene su confianza con restricciones a ciertas inversiones en 5G. Otras potencias como India, siguiendo el juego de equilibrios de poder que está marcando el desarrollo de la nueva Ruta de la Seda por el Indo-Pacífico, también se ha sumado a las consideraciones de Estados Unidos de excluir a Huawei en el despliegue de la red 5G, mientras Papúa Nueva Guinea y Portugal forman parte del grupo de contrapeso que favorece las inversiones.

Sin embargo, China sigue siendo el principal mercado de Huawei, obteniendo un cuarto de sus ingresos de Europa, Oriente Medio y África, según la compañía, donde la marca china está ganando cuota de mercado y reputación positiva, además de situarse entre las marcas de móviles más vendidas, lo que hace esperar que esta ofensiva no tenga demasiado efecto sobre los resultados operativos de la compañía. A esto hay que añadir la problemática de cambiar de proveedor para el despliegue del 5G cuando el fabricante de las redes 2G, 3G y 4G es Huawei que hace buena la recomendación del presidente de la compañía china, Ren Zhengfei, a sus empleados: “Algunas veces, es mejor encontrar un sitio seguro y esperar a que pase la tormenta”. Y, mientras tanto, Huawei ha anunciado la inversión de 2.000 millones de dólares en proyectos de I+D para reforzar la ciberseguridad, acallando así las sospechas que le han situado en el punto de mira. (Foto: Edmond Lai, flickr.com)

THE ASIAN DOOR: ¿Cuál es el talón de Aquiles de China? Águeda Parra

Cabría pensar que 1.380 millones de personas es una cantidad más que suficiente, e incluso se podría hablar de superpoblación. Sin embargo, dependiendo del tipo de objetivo que queramos cumplir y atendiendo al tipo de composición de esa población, puede que resulte una cantidad insuficiente. Éste es el caso de China, el país más poblado del mundo donde vive el 18% de la población mundial y que, sin embargo, no dispone de una masa de personas suficiente como para poder abordar con garantías el reto de seguir manteniendo los ritmos de crecimiento económicos que permitan a la segunda potencia mundial convertirse en una economía avanzada.

La superpoblación de China en 1978 era el principal obstáculo que Deng Xiaoping tenía que superar para impulsar con éxito una etapa de reformas económicas y de apertura al exterior, de ahí que implantara a partir de 1979 la política del hijo único con el propósito de reducir los elevados niveles de población. Sin embargo, esta medida, que en su momento fue clave para iniciar una etapa de crecimiento económico del país, puede resultar ser la pieza que acabe con el crecimiento económico que ha alcanzado el país en las últimas décadas. Ante esta perspectiva, el principal reto en la era de Xi Jinping se ha convertido en el “rejuvenecimiento de la nación”, como así lo ha establecido el presidente chino en el ideario de su legado.

La política del hijo único se considera el mayor experimento social de la historia donde las mujeres se convirtieron en el instrumento del partido para implantar el modelo de planificación familiar que mejor sirviera a los objetivos de desarrollo del país. Durante los últimos 20 años anteriores a 1979, fecha en la que se implantó la política del hijo único, la población china había crecido un 45%, la superpoblación suponía una de las mayores limitaciones hacia el progreso. Sin embargo, tras 39 años de aplicación del modelo de planificación familiar, los resultados fueron evidentes, y la población crecía a menor ritmo, solamente un 13% durante las dos últimas décadas antes de que su eliminación.

El efecto positivo se cumplía, pero a costa de un lastre social cuyos efectos se pueden prolongar en el tiempo más de lo que la sociedad china puede permitirse para seguir creciendo. El primero de ellos ha sido la tasa de fertilidad, que ha pasado de 6,38 hijos por mujer en 1993 a situarse en la actualidad en 1,6 hijos por mujer, por debajo de la tasa mínima de reemplazo. Si esto no fuera suficiente, la preferencia del hombre frente a la mujer, por una cuestión social de quién se queda en casa para cuidar de la familia, ha provocado un desequilibrio de 33 millones de hombres más que de mujeres. De esta forma, la política del hijo único se ha convertido en uno de los mayores lastres para el desarrollo del país, ya que no sólo se reduce la pirámide poblacional al no haber tantos nacimientos, sino que los hombres se encuentran ante la problemática de no encontrar suficientes mujeres con las que casarse.

Ante la perspectiva de una sociedad envejecida, y que envejece rápidamente, Xi Jinping eliminó la política del hijo único dos años después de convertirse en presidente de China. Pero el modelo de familia de “uno es suficiente” implantado durante casi cuatro décadas ha generado personas individualistas, consideradas como “pequeños emperadores” por haber recibido toda la atención de su entorno. Una generación que en los próximos años debe asumir no pocos retos, entre ellos el de adaptar el modelo generacional 4-2-1, de cuatro abuelos, dos padres y un hijo, al esquema de gasto 1-2-4, donde una única persona tiene que cubrir las necesidades de salud y vejez de dos padres y cuatro abuelos. Una situación que se complica si las parejas deciden aumentar la familia, ya que supondría duplicar el gasto de 2.500 € que implica criar a un hijo, y que en las grandes ciudades puede alcanzar los 4.000 €.

Sin un importante incremento de nuevos nacimientos, se pone en peligro la transición de China hacia una economía avanzada. De ahí que el gobierno haya tomado medidas urgentes para revertir esta situación eliminando cualquier tipo de referencia a la “planificación familiar” en el borrador del nuevo código civil que está previsto entre en vigor en 2020. Con ello se pretende evitar las previsiones que indican que en 2030 la población mayor de 65 años será más numerosa que los jóvenes menores de 14 años, lo que conllevaría a que la tasa de dependencia actual de 7 trabajadores por jubilado podría situarse en 2050 en un ratio de 2 a 1, haciendo insostenible el crecimiento del país.

En la era de Xi Jinping, China está asumiendo numerosos retos para conseguir situar al país como potencia global a la altura del resto de economías desarrolladas. La apuesta por la innovación y la modernización a través del uso de las nuevas tecnologías y el impulso de la iniciativa Made in China 2025 están centrando los esfuerzos del gobierno en cuestión de política interna, mientras que la nueva Ruta de la Seda es el proyecto estrella de la política exterior orientado a asegurar que China alcanza un rol destacado en la geopolítica global a la altura del resto de economías mundiales. Medidas que podrían encontrar en la imposibilidad del “gran rejuvenecimiento de la nación china” el talón de Aquiles para que China finalmente se convierta en una economía avanzada en las próximas dos décadas. Una situación mucho más perjudicial para el futuro de China que las actuales consecuencias de la ralentización del crecimiento de la economía motivadas por la guerra comercial entre Estados Unidos y China que se prolonga ya casi medio año. (Foto: Ercan Cetin, flickr.com)

THE ASIAN DOOR: A río revuelto, ganancia entre los países asiáticos. Águeda Parra

Si por algo se ha caracterizado la Cumbre del G20 en Argentina ha sido por la tregua alcanzada entre Estados Unidos y China después de 150 días de guerra comercial. El período de gracia, establecido en 90 días para ahondar en conversaciones que acerquen posturas, supone además que Trump paralice la aplicación del incremento previsto de los aranceles del 25% sobre más de 200.000 millones de dólares de productos chinos a partir del 1 de enero de 2019. Sin embargo, por parte de la delegación china, la comunicación de los acuerdos alcanzados durante la cena que mantuvieron en la Cumbre con Estados Unidos se hará esperar. Está pendiente que Xi Jinping vuelva a China tras aprovechar su viaje de regreso para iniciar relaciones bilaterales con Panamá, después de que el país dejara de reconocer a Taiwán, y para profundizar en las relaciones comerciales con Portugal en el contexto de la nueva Ruta de la Seda.

Tras Argentina, ambas partes se muestran como vencedores. Ante su electorado y la opinión pública, Trump exhibe positivamente el logro de conseguir comprometer a China en la importación de más productos estadounidenses, mientras que Xi Jinping, sin ese tipo de presión, da muestras de una mayor apertura y promoción de reformas. Sin embargo, la cuestión de fondo sigue siendo la dificultad de Trump para fomentar el proteccionismo de la economía norteamericana manteniendo una guerra comercial con China que no le está resultando fácil ganar.

En esta situación de lucha de ambas potencias por el poder global, el encarecimiento que aplica China a la importación de automóviles, o el gravamen a la exportación de ciertos productos agrícolas que establece Estados Unidos, principalmente sobre la soja, podría generar a la larga cambios en los flujos comerciales hacia otros países proveedores más baratos. El vecino México podría sustituiría a China en la importación de componentes de automóvil en el marco del acuerdo entre Estados Unidos-México-Canadá, mientras que Europa podría convertirse en el proveedor de productos agrícolas de China en sustitución de unos productos americanos más caros por efecto de la guerra comercial. Sin embargo, a río revuelto, ganancia entre los países asiáticos, según concluye el estudio realizado por The Economist Intelligence Unit sobre los beneficiarios de la guerra comercial entre Estados Unidos y China aplicado a tres grandes ámbitos.

De los tres grandes campos de la guerra comercial que analiza el estudio, una de las categorías que mayor impacto tiene en la balanza comercial entre ambos países es la de productos electrónicos y componentes, que supuso 150.000 millones de dólares de los 526.000 millones de dólares del total de importaciones de Estados Unidos desde China en 2017. Objetivo prioritario de la guerra comercial, representa además la estrategia de Trump de impedir los avances que China persigue en el ámbito de la innovación a través de la iniciativa Made in China 2025. De modo que, de mantenerse en el tiempo la guerra comercial, muchas empresas podrían tomar la decisión de transferir la producción de ciertos componentes intermedios y de productos de consumo, como los teléfono móviles y portátiles, a las plantas de producción en ubicaciones más económicas, como Vietnam y Malasia, principalmente, que además cuentan con una buena red de infraestructuras que facilita la logística y la distribución.

El sector automotriz es otra parte destacada de las disputas en la guerra comercial. Dejando a un lado la producción de China, especialmente destinada a satisfacer la demanda local, el enfrentamiento con Estados Unidos surge por ser el principal cliente de las exportaciones chinas de componentes de automóvil, de ahí la presión de Estados Unidos para que China elimine estos aranceles. Situación de la que también se beneficiaría Alemania, ya que parte de los coches que destina al mercado chino salen de las fábricas en Estados Unidos, lo que indirectamente implica una penalizando a su producción. Sin embargo, lo más importante en este ámbito es que el sector de componentes de automóvil de China representa el 8% del volumen global en 2017, lo que convierte al gigante asiático en una seria amenaza para el dominio mundial de Alemania (16,1%), Estados Unidos (11,6%) y Japón (8,9%) como los tres grandes de la industria. En este escenario, Malasia, y sobre todo Tailandia, sería la gran beneficiaria, una vez que es uno de los principales centros regionales de fabricación de componentes del automóvil.

Finalmente, el estudio completa una tercera categoría, la de textiles y prendas de vestir, de las que Estados Unidos importa 38.700 millones de dólares de los 257.000 millones de dólares que exportó China durante 2017. En este ámbito, y de mantenerse la guerra comercial, el compromiso de China por priorizar productos de alto valor podría repercutir en que países como Bangladesh, Vietnam e India se beneficien de una deslocalización, una vez que ya forman parte de las cadenas de producción de varias empresas internacionales, aunque no puedan competir con el volumen de fabricación que ofrece China.

Un río revuelto producido por una guerra comercial que, de prolongarse en el tiempo, supondría trasladar las ganancias hacia Vietnam, Malasia, Tailandia e India, principalmente, aunque para ello todavía sería necesario que pasaran entre dos y tres años para que las cadenas de producción se pudieran adaptar a esta nueva situación. Todo dependerá de cuánto y cómo quiera alargar Estados Unidos la escenificación de la trampa de Tucídides, donde ante la amenaza de la potencia emergente, China, la potencia dominante decide prolongar e incrementar los efectos de la guerra comercial. (Foto: Cameron Baxter, flickr.com)

THE ASIAN DOOR: El legado de Xi Jinping. Águeda Parra

En la era de Xi Jinping, China está adquiriendo un mayor protagonismo con la vista puesta en consolidar su influencia como poder global en 2049, con capacidad de influir en cuestiones mundiales, al estilo de otras grandes economías occidentales. Para entonces, se conmemorarán los 100 años de la República Popular de China, una fecha en la que se espera esté completado gran parte del legado del presidente Xi diseñado sobre cuatro grandes baluartes.

En primer lugar, y desde el punto de vista del desarrollo social, Xi Jinping impulsó la eliminación de la política del hijo único en 2015, dos años después de comenzar a liderar la segunda economía mundial, ante el inevitable desafío de tener que abordar la modernización de la industria y la innovación tecnológica con una población envejecida. Para ello, China necesita una población activa numerosa, pero la realidad es que el número de personas mayores de 60 años ha aumentado en 110 millones desde 1999 que, en magnitud, representa la población de España y Reino Unido juntas. Entre los efectos positivos derivados de la aplicación de esa política en 1979 destaca haber conseguido sacar de la pobreza a más de 800 millones de personas, con la previsión de que quede completamente erradicada para 2020. Entre los retos de Xi Jinping destaca el “rejuvenecimiento de la nación china”, porque solamente con una amplia población joven puede mantenerse la revolución tecnológica que actualmente está liderando el país a nivel mundial en algunos aspectos como el e-commerce, las FinTech y la inteligencia artificial, tres campos en los que China se posiciona como líder mundial.

En segundo lugar, en la transición de China de potencia orientada a la manufactura y a la exportación, a una economía basada en el consumo interno, el sector servicios y la innovación, las nuevas tecnologías se están convirtiendo en el principal facilitador del cambio. No podemos decir que China con una población de más de 1.300 millones de personas tenga una clase media fuerte, ya que apenas alcanza los 132 millones de personas, el 10% de la población, con incrementos de la renta per cápita en las últimas cuatro décadas de media del 10% cada año. De ahí que entre el legado de Xi figure potenciar el crecimiento de la clase media, que podría situarse en los 480 millones de personas en 2030, un 35% de la población. Esto supone, cuadruplicar en poco más de una década el número de personas que pasan a formar parte de una creciente clase media que se está convirtiendo en uno de los motores económicos del país.

En tercer lugar, la innovación a través del “gran salto adelante” en tecnología, representado por una de las grandes iniciativas de Xi Jinping, la conocida como Made in China 2025. Con gran involucración gubernamental, la iniciativa se enfoca en todo el proceso de manufactura y se extiende a todo tipo de empresas. El objetivo es mantener las actuales tasas de crecimiento anual basándose en la innovación y en las nuevas tecnologías para modernizar la industria. Con esta iniciativa, China pretende conseguir una producción de contenido nacional de componentes y materiales básicos del 40% en 2020, y llegar al 70% en 2025.

Finalmente, en cuarto lugar, la nueva Ruta de la Seda. Una iniciativa orientada a potenciar la gobernanza internacional de China y el poder regional en Asia-Pacífico. La iniciativa está considerada como parte del legado de Xi, de ahí que se haya involucrado en primera persona, y tras cinco años desde el anuncio de la iniciativa en 2013, el presidente chino ha logrado incrementar su influencia geopolítica y geoestratégica en los países por donde se extienden las rutas terrestres y la Ruta Marítima al establecer lazos bilaterales más estrechos con los países de la región. Considerada como la mayor iniciativa de desarrollo de infraestructuras mundial, supone una apertura a nuevos mercados para los productos chinos con alto impacto en los flujos comerciales entre China y Europa.

En definitiva, cuatro grandes directrices con las que se relaciona la era de Xi y que reflejan el modelo de una China moderna que el presidente chino espera dejar como legado. Para entonces, será la confirmación de que bajo el lema de una nueva era de “socialismo con características chinas” se habrá alcanzado el “sueño chino” de construir una “sociedad modestamente acomodada”, un “país rico y poderoso” y un pueblo “dinámico y feliz”. (Foto: Mario Vecchi, flickr.com)

Reseña: La nueva Ruta de la Seda en el siglo XXI: comercio y mucho más.

En el imaginario colectivo occidental, la histórica ruta de la seda evoca una imagen de antiguas caravanas que traían a Europa ricos tejidos y cotizadas especias. A lo largo de los siglos, estos tránsitos fueron estrechando los lazos culturales entre pueblos muy distintos. Sobre esta idea un tanto romántica, de tiempos en que las dinastías chinas atesoraban poder y riqueza, la China actual está presentando al mundo una iniciativa con el mismo propósito: estrechar los vínculos comerciales y culturales. La diferencia es que ahora los intercambios no se limitan a Eurasia, sino que tienen una vocación global. Se trata de la Nueva Ruta de la Seda del siglo XXI, también conocida como OBOR (One Belt one Road), presentada formalmente en 2013 por el presidente Xi Jinping.

Foro de Foros reunió el 13 de noviembre en Madrid a cuatro especialistas en la materia, que explicaron las diferentes dimensiones del proyecto y las oportunidades que brinda. Georgina Higueras intervino como moderadora, aportó el contexto histórico que sustenta la iniciativa china y planteó la situación actual de este plan multimillonario que busca la conectividad sin olvidarse de la vertiente sociocultural.

Para Víctor Cortizo, OBOR es la idea de un estadista, Xi Jinping, que lo plantea a largo plazo (2049). No se trata solamente de un importante programa para el desarrollo de infraestructuras a lo largo de varios corredores terrestres y marítimos de Asia a Europa, sino que también es e-commerce e interacción en la era de la globalización y una apuesta por las relaciones interpersonales entre universitarios, empresarios y políticos que ayuden a un mejor entendimiento. Cree que España podría jugar un papel destacado en la Ruta como nexo con Europa, África y Latinoamérica.

Águeda Parra introdujo la visión geoestratégica de la Nueva Ruta de la Seda. China está cambiando la geopolítica regional, está modificando el esquema de tres bloques de países: los pro chinos, los anti chinos y los cambiantes. Hay dos razones que explican este cambio: la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca y el compromiso personal de Xi Jinping para impulsar OBOR. En 2030 China será la primera potencia económica, lo que hará oscilar hacia su órbita a muchos países que son cambiantes e incluso a los que son anti chinos.

En Asia Central, el desarrollo económico que ofrece China puede contribuir a la disminución de los conflictos armados y del terrorismo. Sin embargo, para la experta, OBOR tiene también una vertiente negativa porque los intereses de los préstamos chinos son altos y hay países que no pueden pagar la deuda contraída. Esto ha obligado a algunos Gobiernos, como Sri Lanka o Pakistán, a tener que ceder zonas de su territorio a China. Muchos países que firmaron proyectos OBOR, tras cambios gubernamentales post electorales, están revisando las condiciones de los compromisos adquiridos.

Todos los ponentes coincidieron en que la Nueva Ruta de la Seda presenta oportunidades para España. Paco Qiang señaló algunos ámbitos en los que hay posibilidades para las empresas españolas. La clase media emergente en China demanda bienes de calidad (el aceite y el vino españoles son magníficos, pero en las vitrinas de las tiendas de lujo en China sólo hay franceses e italianos) y el sector de la construcción también es una buena oportunidad, ya que son muchas las viviendas que se compran y se reforman. A los chinos les encanta viajar, así que la oferta turística española puede ser muy atractiva. En cuanto a la educación, el Sr. Qiang destacó el valor de la lengua española, que ya se estudia en los institutos chinos. Y por último señaló la oportunidad que supone para las empresas españolas de construcción la asociación con empresas chinas para los macro proyectos en Asia Central.

El encuentro de Foro de Foros también sirvió para un debate abierto sobre diversas cuestiones de actualidad relacionadas con el tema. La guerra comercial abierta entre EE. UU. y China puede afectar a la economía china y tener efectos en el desarrollo de la Ruta de la Seda. Los expertos creen que la política de Donald Trump puede desgastar a China, pero los estrategas chinos marcan sus objetivos a largo plazo. Para Águeda Parra, todo apunta a que Trump estará en la Casa Blanca 8 años como máximo, en cambio Xi Jinping ha reformado la Constitución y podría permanecer ilimitadamente en el poder, esto da ventaja a su proyecto OBOR. Víctor Cortizo cree que por mucho que la política estadounidense oprima, los negocios continuarán, es imparable.

Georgina Higueras no cree probable que se cumpla la “trampa de Tucídides” (el ascenso de la potencia emergente provocará una guerra con la potencia hegemónica) porque China hará todo lo posible para evitarlo. Sólo hay una excepción, si Taiwán declarase la independencia y EE. UU. maniobrase para apoyarla, Pekín desencadenaría el conflicto que estaría limitado al Pacífico, pero las consecuencias serían imprevisibles.

Otra cuestión interesante planteada en el debate fue la limitación de oportunidades para empresas españolas en China, a la vista de los fracasos que han tenido algunas, como los bancos. Los ponentes coinciden en que, aunque hay que analizar cada caso en concreto, los sectores en que intentaron entrar son estratégicos y por tanto las dificultades que impone el régimen chino son muchas. Hay cuatro sectores que son complicados para hacer negocios: la banca, las telecomunicaciones, las infraestructuras y el sector servicios. El problema también reside en que estas empresas son muy grandes para el mercado español pero muy pequeñas para el chino y, además, las expectativas fueron demasiado altas en unos sectores que en China están muy cerrados.

La Conversación de Foro de Foros contribuyó a esclarecer las cuestiones más relevantes relacionadas con la Nueva Ruta de la Seda y las opciones que puede ofrecer para España. Un asunto ciertamente interesante, que está dando mucho que hablar y que seguirá haciéndolo. La visita oficial del presidente Xi Jinping a España el 28 de noviembre seguro que avivará el debate en la opinión pública española. Con sus luces y sus sombras, la Ruta es la iniciativa de un país al que no se puede dar la espalda. La globalización que impera en el siglo XXI obliga a considerar no sólo su capacidad económica y dinamizadora, sino también su determinación por abandonar el perfil bajo que marcó las décadas anteriores y dar un paso adelante en la escena internacional.

Georgina Higueras es vicepresidenta de Cátedra China y fue corresponsal de Asia-Pacífico de El País y Águeda Parra es miembro del Claustro Senior de Cátedra China, doctora en Ciencias Políticas, especialista en Relaciones Internacionales y sinóloga. Ambas intervendrán como ponentes en el evento organizado por 4Asia el próximo 14 de diciembre, “Deng Xiao Jinping. 40 años reformando China”. Víctor Cortizo es vicepresidente de Cátedra China y socio fundador del bufete Cortizo Legal, con presencia en China desde 2005 y Paco Qiang es vicepresidente de la Asociación la Nueva Ruta de la Seda. (Foto: Cortesía de Foro de Foros)

THE ASIAN DOOR: ¿Es la nueva Ruta de la Seda un “caballo de Troya” en Europa? Águeda Parra

Uno de los grandes legados de Xi Jinping para las futuras generaciones en China lleva el nombre de la nueva Ruta de la Seda, conocida como OBOR por sus siglas en inglés. Una iniciativa que, tras cinco años desde su anuncio, está comenzando a tener infraestructuras ya operativas que están permitiendo que Beijing expanda su influencia en los países por donde se despliega y, lo que es más importante, aumente su poder como potencia global.

Aunque la ruta marítima requiere más tiempo de transporte que la opción por vía terrestre, la capacidad de almacenamiento de los grandes cargueros hace que China haya puesto especial interés en desplegar infraestructura en los puertos que forman parte de la Ruta de la Seda Marítima, formando lo que se ha llamado como cuentas del “Collar de perlas”. En esencia, se trata de enclaves estratégicos por Asia-Pacífico y el Índico, pero que también se extienden por el Mediterráneo y que desde primeros de 2018 continúan hacia América Latina.

A diferencia de Djibouti, que comenzó siendo la primera base militar fuera de territorio chino y que ahora está en proceso de ampliación para albergar una zona de libre comercio, que se convertirá en una década en el hub más grande de África, el resto de los puertos donde China ha desplegado la iniciativa OBOR tienen un origen comercial. Por el perímetro de Europa, Beijing ya ha desplegado su influencia por 13 puertos, en una estrategia que persigue fortalecer una relación comercial ya de por sí intensa, donde China se sitúa como principal socio importador para los miembros de la Unión Europea y constituye el segundo mercado de exportación, por detrás de Estados Unidos. China ha sabido conjugar el despliegue de las cuentas del “Collar de perlas” en enclaves estratégicos por el Mediterráneo con el hecho de que Europa recibe por mar hasta el 75% de sus importaciones, principalmente a través de los puertos del norte. En el de Rotterdam, en los Países Bajos, el más grande de Europa, COSCO (China Ocean Shipping Company) cuenta con una participación del 35%, mientras que en el de Amberes, en Bélgica, segundo en importancia, alcanza el 20%.

La estrategia seguida por China en el despliegue por los puertos de Djibouti, Sri Lanka y Pakistán, donde no existía apenas infraestructura, o era escasa, y tras rondas de inversión se han convertido en enclaves estratégicos de la Ruta Marítima, es muy similar a la inversión realizada en los puertos europeos como, por ejemplo, en el puerto de El Pireo, en Grecia. La empresa estatal china COSCO, que tiene la cuarta flota de transporte de contenedores más grande del mundo, cuenta con el control del 100% de la Terminal de Contenedores de El Pireo, además de una participación mayoritaria de la Autoridad Portuaria de El Pireo desde 2016, con un acuerdo de concesión hasta 2052.

Considerado El Pireo de importancia menor entre los puertos europeos, la inversión china permitió a Grecia disponer de la financiación que no encontraba en Bruselas para salir de la crisis. Desde que COSCO comenzara a operar dos terminales de carga en 2008, en la actualidad la empresa china cuenta con la gestión de las terminales de contenedores, de las dársenas de cruceros y de los muelles de ferry. El objetivo es convertir a la Terminal de Contenedores de El Pireo en la más importante en el Mediterráneo, ahora mismo se sitúa en el tercer puesto, además de ser el punto de entrada a Europa de los turistas chinos. De esta forma, El Pireo ha pasado de ser un enclave que antes de la inversión china no era relevante en las rutas comerciales a convertirse en el puerto que más rápido crece del mundo, según PortEconomics, pasando de estar en el ranking mundial de terminales de contenedores del puesto 93 al 38.

El objetivo es utilizar la misma estrategia de inversión en el puerto de Zeebrugge, en Bélgica, el segundo puerto en importancia del país, del que COSCO posee una participación del 85%, quedando la autoridad portuaria, al contrario que en El Pireo, en manos de Bélgica por ley. De nuevo, un posible “caballo de Troya”, como así podría considerarse también a la inversión de China en El Pireo, aunque esta vez a apenas 200 kilómetros de Rotterdam, el puerto más importante de Europa.

El objetivo de desarrollar puertos pequeños para hacerlos crecer rápidamente es la estrategia que China está utilizando en la extensión de la Ruta de la Seda Marítima. La participación de COSCO por el Mediterráneo alcanza a España que, con la venta de Noatum, se extiende a los puertos de Valencia (51%), tercera mayor inversión de la empresa estatal china en Europa y el Mediterráneo, el puerto de Bilbao (40%), el puerto seco de Madrid y la terminal ferroviaria de Zaragoza. Asociada a esta inversión está también la influencia política que consigue China en Europa, que difícilmente funciona de forma cohesionada ante los asuntos de política exterior, como así ocurrió cuando en 2017 Grecia bloqueó la resolución de la Unión Europea que perseguía condenar la represión de los activistas y disidentes por parte de China.

Europa no está prestando especial atención a la creciente inversión de China en los puertos europeos, que dividen la cohesión política de los países miembros en su enfoque en las relaciones con Beijing. Una inversión asociada a un posible “caballo de Troya” que, desde Bruselas, más preocupados quizás por el Brexit, no están aprovechando para ordenar las relaciones comerciales y de inversión de toda la Unión Europea con China, pudiendo maximizar la excelente relación existente entre ambas partes.

THE ASIAN DOOR: Lo que la piedad filial puede hacer por el e-commerce en China. Águeda Parra

Comentaba Jack Ma en el Foro Público 2018 de la OMC (Organización Mundial de Comercio) celebrado en octubre en Ginebra que “No podemos detener la tecnología. Lo único que puedes hacer es aceptarla (porque) más y más cosas pasarán a través de las plataformas digitales”. Ma, fundador y Presidente Ejecutivo de Alibaba Group, ha sido uno de los grandes impulsores del e-commerce en China, promoviendo un nuevo ecosistema tecnológico sobre el que se está apoyando el gigante asiático para embarcarse en un proceso de modernización que posibilite la transición del país hacia una economía avanzada.

El e-commerce en China apenas representaba el 1% mundial antes de la irrupción de emprendedores como Jack Ma en el panorama empresarial de un país al frente del cual se sitúa el Partido Comunista Chino. Diez años después, el gigante asiático ha generado las condiciones necesarias para impulsar una revolución digital haciendo que China represente en la actualidad el 42% del e-commerce mundial, lo que supone que realiza más transacciones por año que Francia, Alemania, Japón, Reino Unido y Estados Unidos juntos.

Hablar de e-commerce es hablar de China. Y en este ámbito, el gigante asiático ha conseguido alcanzar un crecimiento nunca antes visto en otras economías desarrolladas. Si para posicionarse como segunda potencia mundial China ha necesitado de cuatro décadas de reformas económicas, en el caso de las compras online, el gigante asiático solamente ha necesitado de una década para ser líder mundial. De hecho, en el período entre 2009-2016, el crecimiento del mercado del e-commerce en China alcanzó el 2.000%, superando las ventas de Estados Unidos y Reino Unido juntas. Carentes de un ecosistema de plataformas digitales que favorezcan el desarrollo de las compras digitales, las ventas online en Estados Unidos en ese mismo período apenas crecieron el 150%.

Dos de los grandes protagonistas de esta transformación son los titanes tecnológicos chinos Alibaba y Tencent. Alguna de las iniciativas que más ha favorecido el crecimiento del e-commerce en China ha sido, por ejemplo, la promoción de las ventas digitales durante el Día del Soltero en China, evento que se celebra cada año el 11 noviembre. En el caso de Tencent, la revolución digital ha venido de la mano de WeChat, la aplicación que comenzó como una red social, y que hoy se utiliza para cubrir casi todas las necesidades del día a día.

Lo que hoy identificamos como Made in China, o Made en Estados Unidos, en 2030 será Made in Internet, según comenta el mismo Jack Ma. Para entonces, la previsión es que el 85% de los negocios sean e-commerce y, en cuanto a las compras, el 95% de ellas se realizarán online y apenas el 5% seguirá generándose a través de los canales tradicionales. Una revolución digital que está impulsando la modernización del país pero que, sin embargo, está provocando una brecha social. Mejor dicho dos: una en sentido económico y otra generacional.

El rápido proceso de digitalización que está transformando China está provocando que se amplíe la brecha económica entre las ciudades costeras, más modernas, con aquéllas que están en el interior y son más rurales. En las últimas décadas, el gobierno chino ha intentado reducir la enorme desigualdad existente en el desarrollo de las ciudades del interior, en un intento además por frenar la emigración de trabajadores hacia las ciudades más ricas en la costa. El proceso de urbanización e industrialización de etapas anteriores se ha visto reforzado por la decisión de Xi Jinping de hacer de las ciudades del interior hubs de innovación como parte de las rutas terrestres desplegadas bajo la iniciativa de la nueva Ruta de la Seda, fomentando así un proceso de desarrollo económico más rápido. Sin embargo, persiste una brecha tecnológica que mantiene al 70% de las ciudades del interior ajenas a los pagos por móvil, principalmente porque carecen de teléfono inteligente, e incluso de cuenta bancaria. Un reto para la visión de la política doméstica de Xi Jinping que pretende fortalecer el crecimiento económico de China a través de la modernización y la innovación.

El pago por móvil es una realidad que se impone en China más rápidamente que en el resto de economías avanzadas, una cuestión que está generando una enorme brecha cultural entre generaciones. Los datos de registro en plataformas de pago por móvil muestran que en enero de 2017 se unieron 469 millones de usuarios, un 31,2% más que en 2016, según datos publicados por la Administración del Ciberespacio de China. Mientras que respecto al uso de pagos por móvil, los datos muestran un incremento de las transacciones utilizando este medio del 57,7% en 2016 al 67,5% en 2017, según datos del Centro de Información de Internet en China.

Cifras que muestran la consolidación de la economía digital en China y, por tanto, la rapidez con la que el gigante asiático se está convirtiendo en un país sin dinero en efectivo. Sin embargo, lo que parece tecnológicamente beneficioso está suponiendo un aislamiento social para las generaciones más mayores. De ahí que surjan iniciativas, como la de Alibaba, de apoyarse en la piedad filial para animar a que los jóvenes, que crecen como nativos digitales, ayuden a sus mayores a incorporarse en las nuevas tecnologías, en una labor altruista que pone de manifiesto el estrecho vínculo familiar en la sociedad china. Cuestión que, sin embargo, debería conducir a una reflexión sobre el modelo económico que debería aplicarse para fomentar el desarrollo del conjunto de China, del que participan las zonas del interior y las costeras, y donde conviven las nuevas generaciones con millones de chinos que pertenecen al grupo de personas mayores.

THE ASIAN DOOR: Qué esperar de la extensión de OBOR a América Latina. Águeda Parra.

Han pasado cinco años desde que Xi Jinping anunciara la gran iniciativa de la nueva Ruta de la Seda que contempla el desarrollo de infraestructuras para conectar China con el corazón de Europa a través de corredores terrestres y rutas marítimas. Tiempo en el que el foco de la inversión china ha estado dirigido, principalmente, a abordar el desarrollo de proyectos por Asia Central, Sudeste Asiático, Europa y África dentro del ámbito OBOR (One Belt, One Road por las siglas de la iniciativa en inglés), pasando América Latina a ocupar un lugar secundario en el radar de las inversiones de China en el exterior.

En este tiempo, América Latina ha quedado fuera de un proyecto donde los países miembros aglutinan el 33% del PIB mundial, agrupan al 66% de la población mundial y generan el 25% de los flujos de inversión extranjera global. El anuncio de OBOR coincidía con una etapa de declive en el crecimiento de las economías latinoamericanas, que pasaban de registrar incrementos medios anuales del 3,9% entre 2004-2013, la más importante desde 1970, a apenas superar el 0,5% desde 2014, según el Banco Mundial.

El elevado precio de las materias primas impulsó una década de bonanza en una región que posee la mitad de los depósitos de plata conocidos en el mundo, el 44% de las reservas de cobre, el 20% de las reservas de estaño y el 16% de las reservas de crudo mundial. Sin embargo, el cambio producido en la composición de la economía china, más orientada ahora a fomentar el consumo interior que a la exportación de manufactura que requiere grandes cantidades de materias primas para su producción, ha hecho que se reduzca el volumen de comercio bilateral, principalmente entre 2015 y 2016. Situación que no ha impactado en el hecho de que China sea el segundo destino de las exportaciones de América Latina, por detrás del comercio con Estados Unidos que está perdiendo importancia durante la administración Trump y su doctrina del “America First”.

Aunque OBOR centra el grueso de las inversiones en el exterior, América Latina no ha dejado nunca de ser una prioridad para China, de ahí que sea el tercer emisor de inversión hacia la región. De hecho, el Banco de Desarrollo de China (CDB, en sus siglas en inglés) y el China Exim Bank han proporcionado más de 141.000 millones de dólares en préstamos a las empresas de América Latina y el Caribe entre 2005-2017, período en el que solamente el Banco de Desarrollo de China ha proporcionado más dinero a la región que el Banco Mundial y el Banco Interamericano de Desarrollo juntos. De ahí que Xi Jinping anunciara en el Foro de China con la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC) en enero de 2015 su objetivo de alcanzar un comercio bilateral de 500.000 millones de dólares con la región.

El cambio más significativo de este acuerdo se producía en el ámbito de la inversión, donde están previstos 250.000 millones de dólares en los próximos diez años pero cambiando la estrategia de invertir en la industria extractora por priorizar el sector servicios. China ha identificado 11 áreas prioritarias, entre las que destacan las infraestructuras, el sector aeroespacial, las finanzas, las energías alternativas y la innovación científica. Ésta última principalmente orientada a que los titanes tecnológicos chinos puedan expandir sus negocios entre los países que pertenecen a la nueva Ruta de la Seda, fundamentalmente el e-commerce, además de extender la revolución tecnológica que está impulsando China en campos como la inteligencia artificial, las Fintech y los coches autónomos.

Este cambio en la estrategia inversora de China en América Latina responde principalmente a dos prioridades. En primer lugar, la salida de la administración Trump del Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica (TTP, por sus siglas en inglés) y la renegociación del NAFTA entre Estados Unidos, Canadá y México, ha permitido que China adopte una actitud más agresiva en la política exterior con la región ante la perspectiva proteccionista del presidente Trump. Como consecuencia, Xi Jinping ofrecía a los países miembros de América Latina y el Caribe durante la celebración del FORO de CELAC en enero de 2018 unirse a la iniciativa OBOR como parte de una extensión de la Ruta de la Seda Marítima. Entre los 100 proyectos que están en diseño o construcción, y que suponen una inversión de 60.000 millones de dólares, destacan el desarrollo de infraestructuras de energía y transporte que vienen a cubrir las grandes necesidades que tiene la región en esta materia.

Como segunda prioridad, China busca en la futura incorporación a OBOR de los 33 miembros que componen la CELAC reducir el apoyo que todavía recibe Taiwán de algunos de los países de la región. El primero en adherirse a la iniciativa fue Panamá, al que siguieron Bolivia, Antigua y Barbuda, Trinidad y Tobago, y Guyana. Destaca que la adhesión de Panamá se produjera justo después de que el país dejara de dar apoyo a Taiwán para reconocer a China, motivado por las inversiones previstas en OBOR. Una jugada maestra que permitirá que en los próximos meses China consiga ese mismo efecto entre los 11 países de América Latina que todavía siguen reconociendo a Taiwán.

INTERREGNUM: Europa quiere acercarse a Asia. Fernando Delage

El Consejo Europeo aprobará en su reunión del 17-18 de octubre el plan de interconectividad Europa-Asia preparado por la Comisión durante los últimos meses y anunciado hace unas semanas por la Alta Representante para Asuntos Exteriores, Federica Mogherini. Los líderes de la Unión Europea podrán además compartirlo con sus homólogos asiáticos en la cumbre Europa-Asia (ASEM) que se celebrará en Bruselas un día más tarde. Se trata de la esperada respuesta europea a la iniciativa de la Ruta de la Seda china, aunque ésta no aparece nombrada ni una sola vez en el documento. La UE cuenta así con una estrategia euroasiática, pero con distintas expectativas sobre su sentido y alcance.

La relevancia de la propuesta es innegable. El comercio Europa-Asia ha alcanzado los 1,8 billones de dólares, y ambas regiones suman más del 60 por cien del PIB global. Es lógico por tanto que Bruselas se plantee maximizar las oportunidades que ofrece este continente en crecimiento mediante una iniciativa dirigida a promover la construcción de redes de transporte, energía y telecomunicaciones, así como un reforzamiento de los contactos entre sociedades. A través de su estrategia, la Unión aspira a promover una serie de reglas que faciliten la cooperación pero garanticen al mismo tiempo el respeto de las normas de la libre competencia. La UE quiere asimismo que las inversiones que se acometan resulten sostenibles, tanto desde el punto de vista fiscal como medioambiental y social.

El gobierno chino ha dado la bienvenida al plan europeo, sugiriendo que se integre en su propia Ruta de la Seda. Pekín se beneficiaría de la financiación adicional que puede ofrecerle la Unión, y existen proyectos en su iniciativa que ya están de hecho cofinanciados por el Banco Europeo de Inversiones y el Banco Europeo de Reconstrucción y Desarrollo.

Existe, no obstante, cierta desconfianza europea hacia China, derivada del creciente desequilibrio comercial entre ambas partes y del rápido aumento de las inversiones de la República Popular en el Viejo Continente desde la crisis financiera global; inversiones centradas en buena parte en sectores estratégicos y de alta tecnología. Agrava la alarma europea el hecho de que, detrás de ese desembarco inversor, está un Estado autoritario e intervencionista, no las fuerzas del mercado. La Ruta de la Seda se interpreta por ello como un instrumento a través del cual Pekín pretende corregir el exceso de capacidad productiva de su economía, ampliar sus mercados y cambiar las reglas del juego del comercio y las inversiones globales. De ahí las exigencias normativas de la estrategia de interconectividad europea.

A Pekín puede disgustarle la pretensión de la UE de condicionar sus movimientos tratando de imponer unas reglas contrarias a la discrecionalidad que ella prefiere. Pero más grave resulta la ausencia de un firme consenso europeo. Es sabido cómo Hungría, Grecia y ocasionalmente otros Estados miembros, bloquean con frecuencia las posiciones comunitarias con respecto a China. Ha sido ahora un país fundador, Italia, quien parece apostar por su propia relación bilateral con la República Popular.

Abandonando la política de la administración anterior, el actual gobierno de coalición se ha acercado a Pekín, en efecto, en el marco de su declarada hostilidad hacia el proyecto europeo. Confía en que las inversiones chinas le ayuden a superar sus desequilibrios macroeconómicos. Y, al firmar un próximo memorándum sobre la extensión de la Ruta de la Seda a Italia, Roma aspira a convertirse—incluso—en el principal socio de China en la UE. Es el mismo papel que David Cameron quiso construir para Reino Unido, con el resultado bien conocido. China busca socios a través de los cuales ampliar su influencia política, pero—al contrario que los populistas romanos—Pekín sí cree en la integración europea. Quizá Salvini y compañía no tarden mucho en descubrirlo.

Rusia, al norte y al oeste de China

Una de las mas relevantes noticias de las últimas semanas fue la participación de China, con fuerzas militares, en las mayores maniobras del ejército ruso desde la posguerra mundial. Aparentemente, las relaciones ruso-chinas pasan por un buen momento: se han firmado convenios de suministro de energía, se han coordinado posiciones respecto a los signos de guerra comercial con Estados Unidos y Rusia ha apoyado, con perfil bajo, las distintas iniciativas y operaciones chinas respecto a la crisis con Corea del Norte.
Sin embargo, como en todas las relaciones entre países, conviene distinguir entre lo visible y lo real ente los intereses coyunturales y los profundos, y Rusia China son dos países demasiado veteranos en encuentros, desencuentros y disputas, tanto territoriales como de influencia, como para mantener alianzas a largo plazo. Por eso se siguen observando mientras se sonríen.
Así, mientras celebran su recobrada amistad, Rusia refuerza su influencia, ya importante, en Kazajistan, Kuirgistán y Tayikistan, repúblicas ex soviéticas que rodean la frontera occidental china, justo frente a la zona donde el islamismo está echando un pulso político al gobierno de Pekín.
China no debería, y en realidad no lo hace, (y, por cierto, especialmente no deberían EEUU y Europa) ser indiferente a esas iniciativas rusas en zonas en las que China quiere aumentar su influencia entre otras cosas con su proyecto de comunicación terrestre con Europa a través de la vieja Ruta de la Seda.
Rusia perdió, tras el desmoronamiento de la URSS, presencia política y militar, tanto en el Pacífico como en el Asia central, y Putin, que está fortaleciendo su Estado y su presencia global día a día, no puede abandonar esta zona estratégica para Moscú de los tiempos de los zares. Y en eso está.
La nueva geoestrategia crea múltiples frentes para cada país en un mundo que se ha hecho mucho más complejo. Y hay que analizar los escenarios principales y los secundarios a la hora de interpretar riesgos, amenazas y oportunidades, es decir, desventajas y ventajas de cada situación.
Las explicaciones simples conducen con frecuencia a errores y a perder de vista que la realidad es como es y no como nos gustaría que fuera, y si no se parte de la realidad no se toman decisiones eficaces. (Foto: Eul Mulot, Flickr.com)