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INTERREGNUM: El siglo de Asia empieza en 2020. Fernando Delage

Por primera vez desde el siglo XIX, indicaba el Financial Times la semana pasada, las economías asiáticas sumarán un PIB mayor que el del resto del planeta en 2020. El próximo año comenzaría así, según el diario londinense, el “siglo de Asia”.

Aunque es ésta una idea que comenzó en realidad a debatirse a finales de los años ochenta, la aceleración del proceso no deja de ser llamativa. En el año 2000, Asia representaba sólo un tercio de la economía global. En la actualidad, la economía china es mayor que la de Estados Unidos en términos de paridad de poder adquisitivo, y equivale al 19 por cien del PIB mundial. India es la tercera mayor economía, y dobla el tamaño de la de Alemania o Japón. A estos dos gigantes hay que sumar, además, un número no pequeño de otros países de la región. Indonesia, por ejemplo, será la séptima mayor economía en 2020 (de nuevo en términos de paridad de poder adquisitivo), y la sexta en 2030. Asia regresa así a la que fue su posición hasta la Revolución Industrial, pues fue el continente que dominó la economía mundial hasta el primer tercio del siglo XIX.

Los fríos datos estadísticos de un informe no transmiten, sin embargo, el significado histórico que supone esta transformación para un mundo—el de los últimos 200 años—creado y liderado por Occidente. Pero sí lo hace una foto, también de la semana pasada: la del presidente chino, Xi Jinping, en el Elíseo, junto a su homólogo francés, Emmanuel Macron, la canciller alemana, Angela Merkel, y el presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker. El encuentro marca el definitivo reconocimiento por las autoridades europeas de la realidad del nuevo poder chino, y su inquietud por las implicaciones económicas y estratégicas del ascenso de la República Popular, tanto para los intereses del Viejo Continente como para el sistema internacional en su conjunto. No sólo es reveladora la ausencia de Estados Unidos de la foto, sino que el desmantelamiento del orden multilateral de postguerra por la Casa Blanca de Trump es una de las principales causas de esta reunión chino-europea.

Días después de haber aprobado la Unión Europea un documento que declara a China “rival sistémico” que quiere “imponer un modelo alternativo de gobernanza”, y pese a la presión de Washington para obstaculizar la nueva Ruta de la Seda (BRI), Merkel declaró que quiere desempeñar un papel activo en la iniciativa (por supuesto, sobre unas bases de reciprocidad). Los empresarios alemanes no van a renunciar a este motor de dinamismo para el crecimiento mundial. Macron indicó por su parte que “la Unión Europa ha abandonado su ingenuidad con respecto a China”. Pero no criticará el encargo por Xi de 300 aviones a Airbus, mientras Boeing intenta gestionar la crisis del 737. ¿Hasta qué punto son por tanto creíbles las críticas a Italia, cuyo gobierno populista ha roto la cohesión europea al firmar un memorándum sobre BRI durante la reciente visita del presidente chino?

La preocupación en Washington por los movimientos de Xi en Europa parece irrelevante para los líderes del Viejo Continente. Pero Pekín ha vuelto a demostrar su capacidad para dividir a los europeos. Macron, Merkel y Juncker entienden el desafío que representa China, pero los dos últimos desaparecerán pronto de la escena política. Aunque es una cuestión que no estará presente en la campaña de las próximas elecciones europeas, China—la ilustración más evidente del nuevo siglo de Asia—puede bien convertirse en una de las variables clave del futuro del proyecto de integración.

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Europa y China, grietas en el escenario

La visita del presidente chino, Xi Jinping, a Europa está permitiendo visualizar algunos cambios, al menos en el escenario, en las relaciones de la Unión Europea con Pekín. Y estos cambios afectan tanto en el endurecimiento de algunos países en la relación con China sino en el acercamiento claro de otros al país asiático.

En el segundo caso está Italia, que, con sus acuerdos con China, aunque no han hablado, al menos oficialmente, de los desafíos tecnológicos a la seguridad de la UE, ha suscitado la desconfianza y el recelo de la propia Unión y fundamentalmente de Francia y Alemania. La combinación en Italia del discurso euroescéptico y de primacía de sus aparentes intereses nacionales a corto plazo no sólo está debilitando la UE sino introduciendo variables que pueden volver la situación cada vez más incontrolable.

Del otro lado, desde el que quiere repensar las relaciones con China marcándole a Pekín el terreno y definiendo intereses estratégicos más firmes de la UE, Macron se está erigiendo en líder de esa estrategia de contención.

No es fácil el papel. La capacidad de inversión de China, su dinamismo innovador, sus avances tecnológicos con el apoyo del aparato de Estado y sin respeto real a las leyes del mercado ni normas legales que le crearían problemas constituyen señuelos seductores para una Europa que ha venido perdiendo pulso y abandonándose a una inactividad alejada de conflictos. Por eso se han combinado los nuevos gestos de dureza con el anuncio de un macro contrato con Airbus, negociado semanas antes, en medio de la crisis de confianza en la seguridad de Boeing.

Ese es el escenario. O los negocios a corto plazo y el desprecio a las decisiones colectivas del modelo italiano o el modelo multilateral, en el que no debemos olvidar que prima el interés de Francia y su industria, pero que define un  marco común y un comienzo de decisión estratégica nueva. (Foto: Marco Zak)

union europea y china

Bruselas descubre China

La Unión Europea recibirá el próximo 9 de abril a la delegación china para una reunión en la cumbre en Bruselas con la advertencia de que toma nota de que el país asiático es un competidor en todos los terrenos a tener en cuenta.

Como señalan los expertos, Bruselas ha comprendido con cierto retraso en relación con los Estados Unidos, el reto que supone China en el terreno económico, en el tecnológico y en el estratégico, apoyada en un poder interno total, adaptado sin filtros a sus intereses nacionales y su gobierno autoritario y con un pragmatismo sin muchos escrúpulos.

Pero ahora falta que, de ese descubrimiento estratégico se deriven decisiones políticas, lo más coordinadas posibles, para hacer frente a ese reto. Hay que recordar que en Europa hay países con intereses y perspectivas comerciales distintas en relación con China y que, a la vez, este país posee una importante cantidad de títulos de deuda de países europeos que aumentó en los años de la crisis. Para definir su política, la Unión Europea debe tener en cuenta estos elementos con los que China ha jugado, juega y jugará como elementos de presión y de división.

 El desafío chino pondrá también sobre la mesa las vulnerabilidades europeas. Los críticos al erróneo y anticuado proteccionismo de la Administración Trump tendrán que reconocer que la UE es ya proteccionista en numerosas áreas económicas en teórica defensa de sus intereses y que algunas de las peticiones de medidas contra China discurren por la vía de impulsar un nacionalismo europeo poco definido y mas populista que efectivo.

Y también quedarán al descubierto las dificultades para adaptar una barrera cohesionada frente a la tecnología china capaz de competir en precios, penetrar las redes de las sociedades abiertas como mecanismos para competir, controlar y  obtener ventajas comerciales y de seguridad estratégicas, y seguir poniendo piezas en el tablero mundial en detrimento de las sociedades de mayos bienestar.

cumbres

Europa, cumbre a cumbre

Dos cumbres europeas en la última semana, en Varsovia y Munich, han marcado el terreno de los límites de la política exterior de la Unión Europea, la alianza trasatlántica con Estados Unidos y la recomposición estratégica de Asia Central y Oriente Próximo. Dos cumbres de importancia que no deben quedar fuera de la lupa de los observadores de la escena internacional.

Por un lado, en Varsovia, se ha evidenciado un cambio de enorme profundidad y relevancia en la política exterior de países árabes como los Emiratos y Arabia Saudí que es la aceptación cada vez más clara, pasando del secreto a la discreción y haciendo ya los primeros actos públicos, de Israel como Estado y de acercamiento entre sus políticas exteriores. Este cambio, catalizado por los avances de Irán, que amenazan tanto a Israel como al Islam sunní y a los países que lo sustentan, puede provocar una recomposición de alianzas en toda la región, sin olvidar la alianza discreta de Egipto con Israel en asuntos de seguridad frente a un terrorismo, paradójicamente sunní pero alentado por Irán, que desafía a ambas naciones.

La prueba de lo que este cambio significa está en las reacciones de Hamás (sunníes palestinos con apoyo financiero de Irán) y de Hizbullah (chíies libaneses con apoyo financiero y militar de Irán, desplegados también en Siria en apoyo de Al-Assad) que han denunciado la “debilidad” de países árabes al aceptar “al sionismo”.

Y la otra cumbre, en Munich, específicamente convocada para hablar de seguridad y con asistencia protagonista de Estados Unidos, ha sentido los ecos de Varsovia y el protagonismo iraní. Trump defiende que la UE se alinee claramente con Estados Unidos y rompa el acuerdo que el propio Obama firmó con Teherán sobre la contención nuclear. Esto, que es una proyección del acercamiento árabe israelí y un deseo de aislamiento de Irán, es rechazado por Alemania que ha sugerido una propuesta a China para que se sume al acuerdo actual.

Europa necesita una política exterior propia sin poner en riesgo las relaciones con Estados Unidos. Y esto es lo que no acaba diseñarse por la diferencia de intereses nacionales, viejos prejuicios, los errores proteccionistas de Trump y la presión de Putin en el Báltico intentando abrir más las contracciones entre Bruselas y Washington. Pero es indudable que la UE ha puesto el asunto en su agenda, lo cual es ya un avance.

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INTERREGNUM: Dos conceptos de Eurasia. Fernando Delage

Hace ahora un año, la Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos, la primera de la administración Trump, definió a China y Rusia como potencias revisionistas, inclinadas a desafiar los intereses y los valores norteamericanos. Cada una de ellas lo hace de distinta manera: Moscú busca debilitar el eje euroatlántico y reconfigurar la arquitectura de seguridad del Viejo Continente; Pekín quiere restaurar su posición central en Asia, lo que resulta incompatible con la primacía mantenida por Washington durante 70 años. Pero el resultado es que Estados Unidos se encuentra enfrentado simultáneamente a dos rivales, causa a su vez de la creciente aproximación entre ambos.

El alcance de la convergencia que se ha producido entre China y Rusia desde la crisis de Ucrania es objeto de un polarizado debate. Para unos observadores siguen siendo meros socios de conveniencia: pese a compartir una serie de intereses comunes—como la hostilidad a un sistema internacional unipolar bajo el liderazgo de Estados Unidos, o a los principios democráticos—, la profundización de su acercamiento se ve limitada por una tradicional desconfianza histórica, y por su creciente asimetría de poder. Otros consideran, por el contrario, que el estrechamiento de sus relaciones militares está conduciendo a la formación de una genuina alianza de seguridad. Esta última es la conclusión predominante en los distintos estudios publicados por expertos norteamericanos en los últimos meses sobre la relación entre Moscú y Pekín, que hacen especial hincapié en la naturaleza de sus regímenes políticos (véase como ejemplo “Axis of Authoritarians: Implications of China-Russia Cooperation”, publicado recientemente por el National Bureau of Asian Research). Pero quizá se minusvaloran los debates internos en Rusia y China sobre la coherencia de su asociación estratégica.

La opción rusa por China es reciente, y resultado de las sanciones occidentales. A partir de 2015, Vladimir Putin decidió que su “giro hacia Asia” debía tomar forma bajo el concepto de una “Gran Eurasia”, lo que a su vez requería que China estuviera dispuesta a fusionar su iniciativa de la Nueva Ruta de la Seda con la Unión Económica Euroasiática (UEE) impulsada por Moscú. Rusia se encuentra de este modo “atrapada” en una dinámica que le impide reconocer públicamente sus reservas sobre las intenciones chinas, en la esperanza de que las estructuras en construcción favorezcan a largo plazo sus intereses.

Para los líderes chinos, la UEE no es un pilar de sus planes de integración; sí lo es la Organización de Cooperación de Shanghai (OCS). Mientras la Ruta de la Seda contempla Asia central como un corredor económico y de transportes que reforzará la conectividad de China con Europa, Oriente Próximo y Asia meridional, la UEE considera la subregión como parte de un espacio cerrado, que busca la protección de toda competencia externa mediante un marco regulatorio y unos aranceles comunes. Pekín fomenta la interconexión para ampliar su margen de maniobra en la economía global; Moscú solo quiere incluir a Asia central en su órbita económica para blindarse frente a las fuerzas de la globalización. Ello explica que, para China, Rusia sea un socio menor en sus proyectos de integración de Eurasia. En la gran mayoría de los proyectos financiados por Pekín—incluso en los acordados con la cooperación de Moscú—es la República Popular quien dicta las reglas del juego. ¿Aceptará Rusia de manera permanente esa subordinación? (Foto: Emperornie, flickr.com)

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INTERREGNUM: Xi en España. Fernando Delage

En vísperas de la conmemoración de los 40 años de la puesta en marcha de la política de reformas chinas, y de la adopción de la Constitución española, el presidente de la República Popular, Xi Jinping, visita Madrid. En estas cuatro décadas la posición internacional de ambos países ha cambiado de manera notable; también el alcance de sus relaciones, tanto económicas como políticas. Aunque la asimetría entre las dos naciones condiciona el margen de maniobra español, China no es sólo un asunto bilateral, sino quizá uno de los mejores ejemplos de los desafíos del mundo de la globalización.

Cuando, en diciembre de 1978, la tercera sesión plenaria del XI Comité Central del Partido Comunista decidió abandonar el modelo de planificación de décadas anteriores e integrarse en la economía mundial, Deng Xiaoping sólo quería corregir el retraso que arrastraba China y asegurar la supervivencia del régimen político. Nadie podía imaginar cuáles iban a ser los resultados de ese proceso. Desde 2001 —año en que se adhirió a la Organización Mundial de Comercio (OMC)—, su PIB se ha multiplicado por nueve, el porcentaje que representa de la economía mundial se ha quintuplicado (hasta el 20 por cien), y su renta per cápita ha aumentado ocho veces. En 2009 superó a Alemania como mayor potencia exportadora y, en 2013, a Estados Unidos como mayor potencia comercial. Su producción industrial, equivalente en el año 2000 a la cuarta parte de la de Estados Unidos, superó en 2017 la de Estados Unidos y Japón juntos. En el último lustro, China supuso por sí sola más del 30 por cien del crecimiento global. El gobierno australiano estima que, hacia 2030, la economía china será dos veces mayor que la de Estados Unidos (42 billones de dólares frente a 24 billones de dólares).

La España que visita Xi esta semana es un pequeño país por comparación. Pero eso no significa que no resulte atractivo para los dirigentes chinos. La transición española —de los Pactos de la Moncloa al sistema autonómico— y la internacionalización de nuestras empresas ha atraído desde hace años el interés de los expertos del gigante asiático. La influencia económica y política de España en la Unión Europea y, sobre todo, en América Latina, nos proporciona una influencia superior a la que correspondería a una simple potencia media. Por parte española, nuestras multinacionales aspiran a estar en los proyectos de la Ruta de la Seda, pero el gobierno no puede ignorar las implicaciones políticas de la iniciativa ni las dificultades de acceso al mercado chino. Desconocemos al escribir estas líneas si se firmará un memorando de entendimiento sobre el gran proyecto de Xi, como ya han hecho una docena de Estados miembros de la UE pero han rechazado Francia, Reino Unido o Alemania. El presidente chino nos visita sólo días después de que la Unión haya dado el visto bueno a un mecanismo de supervisión de las inversiones extranjeras en el Viejo Continente, diseñado con China como principal objeto de atención.

Más allá de iniciativas concretas, la visita de Xi debería servir de estímulo para reconocer el déficit de conocimiento y atención sobre China y, en general, sobre la región que se ha convertido en el nuevo centro de gravedad de la economía y política mundial. También resultaría conveniente adaptar las estructuras de la administración española, aún marcadas por un excesivo eurocentrismo y atlantismo. No puede entenderse que Asia, un continente que representa el 60 por cien de la población y más del 40 por cien del PIB global, siga sin contar con una dirección general propia en el ministerio de Asuntos Exteriores, por ejemplo.

Prosperar en el mundo del siglo XXI no depende tan sólo de encontrar nuevas oportunidades exteriores de negocio para nuestras empresas o de un mayor proactivismo diplomático. La tarea es más bien interna: se requiere ante todo contar con una estructura económica que prime la productividad—lo que resulta inseparable de la innovación—, así como un sistema educativo diseñado para una era de competencia internacional. En último término se requiere un Estado estratégico, con capacidad para identificar los intereses nacionales a largo plazo y formular la estrategia que haga posible su consecución. Los líderes chinos saben dónde quieren estar a mediados de siglo. ¿Lo saben los políticos españoles? ¿Los de Occidente en su conjunto? (Foto: Marco Bertazzoni, Flickr.com)

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THE ASIAN DOOR: ¿Es la nueva Ruta de la Seda un “caballo de Troya” en Europa? Águeda Parra

Uno de los grandes legados de Xi Jinping para las futuras generaciones en China lleva el nombre de la nueva Ruta de la Seda, conocida como OBOR por sus siglas en inglés. Una iniciativa que, tras cinco años desde su anuncio, está comenzando a tener infraestructuras ya operativas que están permitiendo que Beijing expanda su influencia en los países por donde se despliega y, lo que es más importante, aumente su poder como potencia global.

Aunque la ruta marítima requiere más tiempo de transporte que la opción por vía terrestre, la capacidad de almacenamiento de los grandes cargueros hace que China haya puesto especial interés en desplegar infraestructura en los puertos que forman parte de la Ruta de la Seda Marítima, formando lo que se ha llamado como cuentas del “Collar de perlas”. En esencia, se trata de enclaves estratégicos por Asia-Pacífico y el Índico, pero que también se extienden por el Mediterráneo y que desde primeros de 2018 continúan hacia América Latina.

A diferencia de Djibouti, que comenzó siendo la primera base militar fuera de territorio chino y que ahora está en proceso de ampliación para albergar una zona de libre comercio, que se convertirá en una década en el hub más grande de África, el resto de los puertos donde China ha desplegado la iniciativa OBOR tienen un origen comercial. Por el perímetro de Europa, Beijing ya ha desplegado su influencia por 13 puertos, en una estrategia que persigue fortalecer una relación comercial ya de por sí intensa, donde China se sitúa como principal socio importador para los miembros de la Unión Europea y constituye el segundo mercado de exportación, por detrás de Estados Unidos. China ha sabido conjugar el despliegue de las cuentas del “Collar de perlas” en enclaves estratégicos por el Mediterráneo con el hecho de que Europa recibe por mar hasta el 75% de sus importaciones, principalmente a través de los puertos del norte. En el de Rotterdam, en los Países Bajos, el más grande de Europa, COSCO (China Ocean Shipping Company) cuenta con una participación del 35%, mientras que en el de Amberes, en Bélgica, segundo en importancia, alcanza el 20%.

La estrategia seguida por China en el despliegue por los puertos de Djibouti, Sri Lanka y Pakistán, donde no existía apenas infraestructura, o era escasa, y tras rondas de inversión se han convertido en enclaves estratégicos de la Ruta Marítima, es muy similar a la inversión realizada en los puertos europeos como, por ejemplo, en el puerto de El Pireo, en Grecia. La empresa estatal china COSCO, que tiene la cuarta flota de transporte de contenedores más grande del mundo, cuenta con el control del 100% de la Terminal de Contenedores de El Pireo, además de una participación mayoritaria de la Autoridad Portuaria de El Pireo desde 2016, con un acuerdo de concesión hasta 2052.

Considerado El Pireo de importancia menor entre los puertos europeos, la inversión china permitió a Grecia disponer de la financiación que no encontraba en Bruselas para salir de la crisis. Desde que COSCO comenzara a operar dos terminales de carga en 2008, en la actualidad la empresa china cuenta con la gestión de las terminales de contenedores, de las dársenas de cruceros y de los muelles de ferry. El objetivo es convertir a la Terminal de Contenedores de El Pireo en la más importante en el Mediterráneo, ahora mismo se sitúa en el tercer puesto, además de ser el punto de entrada a Europa de los turistas chinos. De esta forma, El Pireo ha pasado de ser un enclave que antes de la inversión china no era relevante en las rutas comerciales a convertirse en el puerto que más rápido crece del mundo, según PortEconomics, pasando de estar en el ranking mundial de terminales de contenedores del puesto 93 al 38.

El objetivo es utilizar la misma estrategia de inversión en el puerto de Zeebrugge, en Bélgica, el segundo puerto en importancia del país, del que COSCO posee una participación del 85%, quedando la autoridad portuaria, al contrario que en El Pireo, en manos de Bélgica por ley. De nuevo, un posible “caballo de Troya”, como así podría considerarse también a la inversión de China en El Pireo, aunque esta vez a apenas 200 kilómetros de Rotterdam, el puerto más importante de Europa.

El objetivo de desarrollar puertos pequeños para hacerlos crecer rápidamente es la estrategia que China está utilizando en la extensión de la Ruta de la Seda Marítima. La participación de COSCO por el Mediterráneo alcanza a España que, con la venta de Noatum, se extiende a los puertos de Valencia (51%), tercera mayor inversión de la empresa estatal china en Europa y el Mediterráneo, el puerto de Bilbao (40%), el puerto seco de Madrid y la terminal ferroviaria de Zaragoza. Asociada a esta inversión está también la influencia política que consigue China en Europa, que difícilmente funciona de forma cohesionada ante los asuntos de política exterior, como así ocurrió cuando en 2017 Grecia bloqueó la resolución de la Unión Europea que perseguía condenar la represión de los activistas y disidentes por parte de China.

Europa no está prestando especial atención a la creciente inversión de China en los puertos europeos, que dividen la cohesión política de los países miembros en su enfoque en las relaciones con Beijing. Una inversión asociada a un posible “caballo de Troya” que, desde Bruselas, más preocupados quizás por el Brexit, no están aprovechando para ordenar las relaciones comerciales y de inversión de toda la Unión Europea con China, pudiendo maximizar la excelente relación existente entre ambas partes.

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THE ASIAN DOOR: 3 medidas para que Europa genere titanes tecnológicos como China. Águeda Parra

Estados Unidos ha sido el gran impulsor del desarrollo de Internet, creando una plataforma global que ha potenciado el desarrollo de la economía mundial del siglo XXI. En las últimas décadas, Silicon Valley ha sido el corazón tecnológico por excelencia desde donde han crecido y se han expandido grandes startups como Apple, Google, Facebook y Amazon, con usuarios distribuidos por todo el mundo. Una hegemonía que ha propiciado la creación de un ecosistema tecnológico al que Europa se ha adherido ante la imposibilidad de crear uno propio donde startups europeas compitan con las americanas. Dependencia de la que China sí ha conseguido desligarse iniciando su propia revolución digital.

Existen cuestiones que equiparan el potencial de Europa con Estados Unidos y China. Una de ellas es la economía de la Unión Europea que asciende a 17 billones de dólares, comparable en tamaño a la de Estados Unidos y China. El talento no parece ser tampoco un problema, ya que Europa dispone de grandes profesionales y conglomerados de empresas de relevancia internacional. Entonces, ¿qué ha hecho China que podría imitar Europa?

Financiación, financiación y más financiación. Primera medida que debería adoptar Europa para no quedar lastrada tecnológicamente por detrás de Estados Unidos y China. En 2017, las empresas tecnológicas americanas lideraban la inversión procedente de capital riesgo con 84.000 millones de dólares, las chinas reunían 59.000 millones de dólares, mientras las europeas apenas alcanzaban los 17.000 millones de dólares, según el World Economic Forum. De esa inversión, estos líderes digitales mundiales. Estados Unidos lidera desde décadas la clasificación mundial de empresas en Internet, reuniendo en el Top 20 de 2017 hasta 11 empresas americanas, siendo las 9 restantes chinas, y ninguna europea. Una progresión exponencial que contrasta con la clasificación de 2014 cuando solamente 2 empresas procedían de China (Tencent y Baidu) y el resto eran americanas, movimiento que muestra una tendencia de que a los unicornios les gusta China.

Impulsar el espíritu emprendedor en Europa sería la segunda gran medida. El valor de mercado conjunto de las dos startups europeas más destacables, la sueca Spotify y la alemana Zalando, apenas alcanza los 42.000 millones de dólares, muy lejos del valor de Alibaba de 480.000 millones de dólares y de Facebook, que alcanzan los 550.000 millones de dólares. La falta de una visión unificada de la Unión Europea frente a los desafíos globales tiende a ser un lastre para que las startups europeas compitan globalmente. A pesar de que la población europea tiene una dimensión similar a la estadounidense, tanto Spotify como Zalando centran sus ventas en sus mercados locales principalmente. En el caso de China, los titanes tecnológicos conocidos como BAT (Baidu, Alibaba y Tencent), han sido pioneros en generar un ecosistema paralelo a Facebook, Google y Amazon, impulsando la economía digital de China y el e-commerce mundial. Compañías que no solamente compiten a nivel nacional, sino que extienden sus operaciones globalmente, en muchos casos favorecidas por el despliegue de la nueva Ruta de la Seda por Asia Central y el Sudeste Asiático, países en los que está creciendo la influencia económica de China.

La tercera gran clave es la cultura del mentoring a las startups. Estados Unidos ha sido pionero en crear un entorno como Silicon Valley donde se prioriza el apoyo al talento y el consejo de grandes emprendedores tecnológicos. Experiencia que ha adoptado China para impulsar que sus ciudades compitan en innovación con las startups de la Bahía de San Francisco, iniciando la senda de la independencia tecnológica de las grandes potencias. La innovación está recogida como una de las grandes prioridades de Xi Jinping en el XIII Plan Quinquenal (2016-2020), desde donde se promueve que China se posicione como líder mundial en inteligencia artificial en la próxima década, además de impulsar grandes iniciativas como el Made in China 2025 y Healthy China 2030 que potencian la innovación en la industria china. A pesar de que Europa es referente en temas de B2B, Internet of Things (IoT) e inteligencia artificial, y figura entre los grandes fabricantes en varios sectores, carece de una legislación única que permita evolucionar un mercado europeo único donde germinen centros de innovación mundiales al estilo de Silicon Valley. De hecho, de los 69 unicornios existentes en Europa, la mayoría se afincan en el Reino Unido, próximo a la finalizar las negociaciones del Brexit que situarían a este grupo de empresas vanguardistas fuera de Europa. Una reflexión que debe abordar Europa para no perder el tren tecnológico que le sitúe en los vagones de cola entre las grandes potencias. (Foto: Ajmain Fayek Swapnil, Flickr.com)

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INTERREGNUM: Europa quiere acercarse a Asia. Fernando Delage

El Consejo Europeo aprobará en su reunión del 17-18 de octubre el plan de interconectividad Europa-Asia preparado por la Comisión durante los últimos meses y anunciado hace unas semanas por la Alta Representante para Asuntos Exteriores, Federica Mogherini. Los líderes de la Unión Europea podrán además compartirlo con sus homólogos asiáticos en la cumbre Europa-Asia (ASEM) que se celebrará en Bruselas un día más tarde. Se trata de la esperada respuesta europea a la iniciativa de la Ruta de la Seda china, aunque ésta no aparece nombrada ni una sola vez en el documento. La UE cuenta así con una estrategia euroasiática, pero con distintas expectativas sobre su sentido y alcance.

La relevancia de la propuesta es innegable. El comercio Europa-Asia ha alcanzado los 1,8 billones de dólares, y ambas regiones suman más del 60 por cien del PIB global. Es lógico por tanto que Bruselas se plantee maximizar las oportunidades que ofrece este continente en crecimiento mediante una iniciativa dirigida a promover la construcción de redes de transporte, energía y telecomunicaciones, así como un reforzamiento de los contactos entre sociedades. A través de su estrategia, la Unión aspira a promover una serie de reglas que faciliten la cooperación pero garanticen al mismo tiempo el respeto de las normas de la libre competencia. La UE quiere asimismo que las inversiones que se acometan resulten sostenibles, tanto desde el punto de vista fiscal como medioambiental y social.

El gobierno chino ha dado la bienvenida al plan europeo, sugiriendo que se integre en su propia Ruta de la Seda. Pekín se beneficiaría de la financiación adicional que puede ofrecerle la Unión, y existen proyectos en su iniciativa que ya están de hecho cofinanciados por el Banco Europeo de Inversiones y el Banco Europeo de Reconstrucción y Desarrollo.

Existe, no obstante, cierta desconfianza europea hacia China, derivada del creciente desequilibrio comercial entre ambas partes y del rápido aumento de las inversiones de la República Popular en el Viejo Continente desde la crisis financiera global; inversiones centradas en buena parte en sectores estratégicos y de alta tecnología. Agrava la alarma europea el hecho de que, detrás de ese desembarco inversor, está un Estado autoritario e intervencionista, no las fuerzas del mercado. La Ruta de la Seda se interpreta por ello como un instrumento a través del cual Pekín pretende corregir el exceso de capacidad productiva de su economía, ampliar sus mercados y cambiar las reglas del juego del comercio y las inversiones globales. De ahí las exigencias normativas de la estrategia de interconectividad europea.

A Pekín puede disgustarle la pretensión de la UE de condicionar sus movimientos tratando de imponer unas reglas contrarias a la discrecionalidad que ella prefiere. Pero más grave resulta la ausencia de un firme consenso europeo. Es sabido cómo Hungría, Grecia y ocasionalmente otros Estados miembros, bloquean con frecuencia las posiciones comunitarias con respecto a China. Ha sido ahora un país fundador, Italia, quien parece apostar por su propia relación bilateral con la República Popular.

Abandonando la política de la administración anterior, el actual gobierno de coalición se ha acercado a Pekín, en efecto, en el marco de su declarada hostilidad hacia el proyecto europeo. Confía en que las inversiones chinas le ayuden a superar sus desequilibrios macroeconómicos. Y, al firmar un próximo memorándum sobre la extensión de la Ruta de la Seda a Italia, Roma aspira a convertirse—incluso—en el principal socio de China en la UE. Es el mismo papel que David Cameron quiso construir para Reino Unido, con el resultado bien conocido. China busca socios a través de los cuales ampliar su influencia política, pero—al contrario que los populistas romanos—Pekín sí cree en la integración europea. Quizá Salvini y compañía no tarden mucho en descubrirlo.

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INTERREGNUM: Asia en la Ilustración europea. Fernando Delage

Hacia 1900, la práctica totalidad de Asia estaba sujeta al poder militar, económico y tecnológico de las naciones europeas, pioneras en la carrera por la modernización. A principios del siglo XXI, resulta imposible para Europa recuperar la supremacía global, el control de la economía mundial o sostener sus pretensiones de superioridad cultural. Si el siglo XIX perteneció a Europa y el XX a Estados Unidos, muchos vaticinan que el XXI será el de Asia. El viejo cliché europeo de la decadencia terminal de Asia ha sido sustituido por un debate sobre el declive de Occidente.

El cierre de este ciclo histórico permite en realidad volver sobre lo que fue Eurasia durante siglos: un mismo espacio, interconectado económica y culturalmente. Las consecuencias de este hecho para el futuro atraen hoy la atención de gobiernos, estrategas y expertos en geopolítica. Pero es también la ocasión para recordar que Europa no se desarrolló aislada, sino que evolucionó a través de un intercambio cultural constante con Asia que sólo desapareció en el siglo XIX, una vez que “Europa” y “Asia” emergieron como conceptos antitéticos, separados por una barrera infranqueable. Una nueva generación de historiadores ha redescubierto el alcance de aquellos contactos, cuando Asia—aproximadamente entre 1750 y 1820—, era una presencia diaria y tangible en la vida de los europeos.

El encuentro de misioneros, estudiosos, lingüistas, diplomáticos y comerciantes con las sociedades asiáticas durante la Ilustración es el objeto de un fascinante libro del historiador alemán Jürgen Osterhammel: “Unfabling the East: The Enlightment’s Encounter with Asia”  (Princeton University Press, 2018). Lejos de ver un “otro” exótico, escribe el autor, los escritores de la época examinaron Asia con los mismos estándares racionales que aplicaban a las circunstancias políticas y sociales de Europa. Sólo a partir de mediados del siglo XIX se rompió esta convicción  de igualdad entre ambas partes de Eurasia, cuando el equilibrio geopolítico y económico se inclinó hacia la mitad occidental. Nada simboliza tanto este giro como la afirmación de Hegel en 1822, en sus lecciones sobre filosofía de la Historia universal, que la importancia de las civilizaciones asiáticas remitía al pasado.

Quizá la pasión de Leibniz y Voltaire por China sea conocida, pero Osterhammel recuerda docenas de figuras sin las cuales no podría entenderse este periodo, como el alemán Engelbert Kaempfer (quien escribió sobre Irán y Japón), el británico William Jones (jurista apasionado de las tradiciones artísticas y literarias indias), el juez italiano Giovanni Francesco Gemelli Careri (autor de la quizá primera “Vuelta al Mundo”, 1699-1700), el diplomático francés Simon de La Loubère (que escribió sobre Siam), por no hablar de los escritos de los jesuitas desde China, India o Vietnam, o de los relatos de tantos otros viajeros.

 Asia no volvería a tener con posterioridad este mismo protagonismo en las percepciones europeas. Es más—y éste es uno de esos innumerables descubrimientos desenterrados por el libro—, fue un geógrafo asesor del zar, Vassily Nikitich Tatischev, quien fijaría los Urales como línea de demarcación entre Europa y Asia. Los horizontes intelectuales europeos comenzaron a estrecharse en consonancia con los prejuicios, la arrogancia, y las preferencias culturales del imperialismo. Dos siglos más tarde—así lo viven los asiáticos, pero no aún los europeos—, esa subordinación propia de un eurocentrismo excluyente se ha visto superada por los hechos, para regresar a una relación de igualdad en cierto modo comparable a la narrada en esta apasionante historia. (Foto: Soren Atmakuri Davidsen, Flickr.com)