INTERREGNUM: Europa se sube al Indo-Pacífico. Fernando Delage

Aunque ya no sea miembro de la Unión Europea, Reino Unido se ha sumado a Francia, Alemania y Países Bajos en el reconocimiento del Indo-Pacífico como nuevo eje central de la geopolítica y la economía global. La separación institucional del Viejo Continente, y la imposibilidad de mantener una “relación especial” con Washington como durante la guerra fría, obliga a diversificar sus opciones, y así aparece recogido en la revisión de su política exterior y de seguridad. En el documento que identifica las líneas generales de la diplomacia británica post-Brexit, hecho público la semana pasada, el término “Indo-Pacífico” es mencionado hasta 32 veces. Y algunas de sus conclusiones se asemejan al informe publicado el pasado mes de noviembre por Policy Exchange, un influyente think tank (“A Very British Tilt: Towards a new UK strategy in the Indo-Pacific Region”).

Downing Street pretende que, hacia 2030, Reino Unido sea “el socio europeo con la presencia más amplia e integrada en el Indo-Pacífico”. Con tal fin, Londres pretense adherirse al CPTTP, es decir, el antiguo Acuerdo Transpacífico que, bajo el liderazgo de Japón, se renegoció tras el abandono por parte de Estados Unidos al comienzo de la administración Trump; convertirse en socio estratégico de la Asociación de Naciones del Sureste Asiático (ASEAN); y maximizar su relación con las naciones de la región que pertenecen a la Commonwealth. (Algunos analistas han sugerido, incluso, que Londres debería formar una confederación geopolítica informal con Canadá, Australia y Nueva Zelanda). No son objetivos que asuma sin más la opinión pública británica, ajena en su mayor parte a la relevancia de Asia para sus intereses, pero algunos elementos son ciertamente coincidentes con los mantenidos por los Estados miembros de la UE.

Londres y Bruselas comparten, en efecto, una misma inquietud por el desafío que representa China (el documento británico utiliza términos similares a los empleados por la última estrategia de la Unión: “competidor sistémico” vs. “rival sistémico”), al tiempo que desean, sin embargo, estrechar las relaciones económicas. Reino Unido ha quedado fuera, no obstante, del acuerdo de inversiones concluido por Pekín y la UE en diciembre, y carece del peso negociador que le permitiría recibir un trato similar. Por otra parte, ambas capitales consideran igualmente a Japón e India como socios prioritarios en distintas áreas de cooperación.

Sólo unos días antes de darse a conocer el plan británico, Josep Borrell anunció en su blog la próxima adopción de un concepto Indo-Pacífico de la Unión Europea, después de que París, Berlín y La Haya hayan elaborado sus propias estrategias. Según escribe el Alto Representante de la UE para Asuntos Exteriores, la política asiática de la Unión se apoya en dos pilares: el reajuste de la relación con China, y el reforzamiento de las relaciones con el resto de Asia. Sobre China, Borrell presentará un informe al próximo Consejo Europeo. Sobre la región en su conjunto, Bruselas trabaja en una triple dirección.

La primera de ellas consiste en dar forma a un enfoque europeo sobre el Indo-Pacífico que—en coherencia con la naturaleza de la UE como actor internacional—hará especial hincapié en un orden basado en reglas y en el multilateralismo. La segunda tiene como objetivo desarrollar el potencial de la relación con India, ahora que Delhi no puede considerar a Reino Unido como su principal vía de acceso al Viejo Continente. La primera cumbre UE-India con presencia de los jefes de Estado y de gobierno de los 27, en mayo, será la oportunidad para abrir esta nueva etapa entre ambos actores. Una tercera orientación busca maximizar la conectividad entre Europa y Asia, implicando también al sector privado. El lanzamiento de una iniciativa en este terreno con India en la cumbre de mayo se sumará a los planes de Japón en el marco de su visión de un “Indo-Pacífico Libre y Abierto”, de la ASEAN y su “Masterplan sobre conectividad”, y a la propia estrategia de interconectividad en Eurasia adoptada por Bruselas en 2018.

China no ha tardado en reaccionar. Una columna de opinión en el diario Global Times dudaba de la capacidad europea para desarrollar una presencia estratégica en el Indo-Pacífico. Además de subrayar la falta de cohesión entre los Estados miembros, el autor destacaba las diferentes perspectivas mantenidas por Alemania y Francia y el interés preferente por China como oportunidad económica. ¿Desmentirá Bruselas el escepticismo chino?

China en Europa del Este

China tiene muy medidos sus pasos en la estrategia de convertirse en primera potencia mundial y no deja ningún frente sin cubrir. Es algo sobre lo que esta publicación ha venido informando. Y en esta estrategia hay un aspecto no suficientemente subrayado que pivota sobre la Unión Europea y sobre Rusia, con quien, a la vez, China trata de mantener relaciones privilegiadas sobre la base de un frente anti EEUU.

 Se trata de las crecientes relaciones entre Pekín y varios países europeos del Este que fue comunista (unos integrados en la UE y otros no) y a los que ofrece acuerdos comerciales ventajosos y ser puerta de llegada de la parte terrestre de la nueva Ruta de la Seda, eje central de la estrategia de expansión y fortalecimiento de China en la actualidad. No se trata de políticas muy diferentes de las que la potencia asiática desarrolla en la Europa occidental, pero las debilidades estructurales en el terreno económico, e institucionales en el político, de los países ex comunistas hacen más vulnerables sus sociedades a la influencia de un modelo caracterizado por el autoritarismo, el intervencionismo y la falta de garantías jurídicas.

Son importantes los acuerdos ya firmados y los que están a punto de firmarse con Polonia y Hungría y el estrechamiento de relaciones con Serbia, donde China quiere competir en influencia con las seculares raíces con Rusia y los intentos de la UE de ganar protagonismo

Esto es algo con lo que Bruselas debe lidiar con delicadeza pero con determinación, sorteando los recelos de la Europa Oriental hacia la Comisión Europea. Y no debe olvidar que tanto Rusia como China agradecerían mucho que esta brecha creciera.

INTERREGNUM: China y Europa: nueva etapa. Fernando Delage

La cumbre Unión Europea-China se ha celebrado esta semana en un contexto de profunda transformación de las relaciones bilaterales. La pandemia y otros hechos recientes—como el fin de la autonomía de Hong Kong—han agravado la preocupación de los Estados miembros sobre las intenciones de Pekín, a lo que se suma la inquietud por las consecuencias de la rivalidad entre Estados Unidos y China. La visita del ministro chino de Asuntos Exteriores, Wang Yi, a cuatro capitales europeas a principios de mes puso de relieve el cambio de tono en la relación.

Como indica un reciente informe del European Council on Foreign Relations (“The new China consensus”), los gobiernos del Viejo Continente comparten la idea de que no han sabido afrontar hasta la fecha el desafío que representa la República Popular. Los Estados miembros se quejan de la falta de reciprocidad en el acceso al mercado chino, aunque al mismo tiempo quieren corregir—no aumentar—su dependencia del gigante asiático. Frente a la violación de derechos humanos en lugares como Xinjiang, o la falta de respeto a las reglas internacionales—en el mar de China Meridional—tampoco han reaccionado políticamente los europeos. La conclusión que se impone es que las medidas de protección de sus intereses económicos son necesarias pero no suficientes, y que sólo un marco de acción coherente y coordinado puede invertir el peso político europeo.

El papel protagonista en la estrategia comunitaria corresponde a Alemania, el principal socio de China en la UE. El pasado año, las exportaciones alemanas a la República Popular superaron los 100.000 millones de euros, más de la mitad del total de las ventas de la Unión. La relevancia del mercado chino para la industria alemana—en particular para sus fabricantes de automóviles—condiciona en gran medida la libertad de actuación de la canciller, Angela Merkel, quien debe maniobrar entre las diferentes posiciones mantenidas por los ministerios de Economía y de Asuntos Exteriores.

Este último hizo público el 1 de septiembre, un día antes de la visita a Berlín de Wang Yi, una “Estrategia hacia el Indo-Pacífico”; un documento que marca un giro significativo en la política exterior alemana, al reconocerse de manera oficial que Asia es el nuevo centro de gravedad económico y político del planeta y, por tanto, que ya no se puede depender sólo de Estados Unidos para asegurar los bienes públicos globales. De manera indirecta, el texto critica las acciones de la administración Trump al definir la competición entre las grandes potencias como perjudicial para los intereses alemanes. Pero también condena los movimientos chinos en su entorno más próximo, defendiendo de modo insistente la necesidad de defender un orden basado en reglas. El imperativo consiste pues, según el documento, en diversificar los socios de Alemania en la región.

La estrategia promete una mayor presencia en Asia en todos los terrenos, incluido el militar. Sin embargo, como suele ocurrir con este tipo de planes, los objetivos no van acompañados por los medios necesarios para lograrlos. Constituye, no obstante, una detallada y clara reflexión sobre cómo la redistribución de poder global afecta a la posición internacional de Europa, y sienta las bases para una acción conjunta. Se trata de la segunda estrategia de un Estado miembro hacia el Indo-Pacífico—tras la de Francia de 2018—, y se indica que el siguiente paso consiste en preparar una estrategia de la UE, que completaría así en el orden marítimo la estrategia de interconectividad continental Asia-Europa adoptada en 2018.

Europa no puede depender de las decisiones de Washington o Pekín ni permanecer al margen de la reconfiguración del orden internacional. El cambio de actitud hacia la República Popular, el nuevo documento estratégico de Berlín, y el acercamiento de la UE a otros países asiáticos, indican que el Viejo Continente está reaccionando a la rápida transformación de Asia. El reto consiste en actuar de verdad mediante una sola voz.

INTERREGNUM: Los dilemas chinos de Bruselas. Fernando Delage

Es probable que la cumbre bilateral Unión Europa – China, retrasada por la crisis del coronavirus, se celebre mediante videoconferencia la primera semana de junio.  Será el primer encuentro diplomático de alto nivel para Pekín desde el estallido de la pandemia, y se producirá justo después de la reunión anual de la Asamblea Popular Nacional china, pospuesta dos meses por las circunstancias sanitarias. En un contexto marcado por las tensiones en la relación con Estados Unidos, China tiene especial interés en reforzar los vínculos con Bruselas. Una razón añadida es la pronunciada caída de las inversiones de la República Popular en el Viejo Continente desde 2016 (en 2019 la disminución fue del 33%: 12.000 millones de euros), como consecuencia de los criterios más restrictivos impuestos por las autoridades comunitarias.

Las circunstancias no son las más propicias, sin embargo, para atender los deseos chinos. La UE se ha sumado a la petición de una investigación por parte de la OMS sobre el origen del virus, mientras que la censura por parte de un medio oficial chino a un artículo firmado por el embajador de la Unión y sus colegas europeos en Pekín, y su aceptación por el primero de ellos (se solicitó eliminar la referencia a China como lugar donde arrancó el contagio), ha provocado nuevas diferencias internas en Bruselas.  El Alto Representante, Josep Borrell, ha declarado que la Unión nunca volverá a ceder a los intentos de censura por parte de Pekín.

Estas turbulencias podrían provocar la suspensión de la primera cumbre entre China y la UE con todos los jefes de Estado y de gobierno presentes—además de los presidentes de la Comisión y del Consejo—, prevista en Leipzig en septiembre como uno de los hitos de la presidencia semestral alemana. De momento no aparece en la agenda de prioridades anunciada por Berlín. Y, de celebrarse finalmente, es probable que sea también a través de videoconferencia.

Pese a las circunstancias, ambas partes insisten en que se ha avanzado de manera notable en las negociaciones sobre un acuerdo bilateral de inversiones, sujeto a discusión desde 2013. Si el pacto se concluye antes de finales de año, como cree probable la Comisión, implicará que Pekín acepta las exigencias de reciprocidad de la Unión, lo que facilitará el acceso de las empresas europeas al mercado chino, una de las claves para salir de la depresión provocada por la pandemia. 

Durante los próximos meses, Angela Merkel continuará esforzándose por articular una posición común europea que trate a China como socio y competidor al mismo tiempo, y permita afrontar las divergencias bilaterales con Pekín desde una perspectiva de cooperación. La canciller alemana quiere distanciarse de la estrategia de confrontación norteamericana con China, en su opinión contraria a los intereses europeos. Evita asimismo declaraciones como las del presidente francés, Emmanuel Macron, sobre las “intenciones hegemónicas” chinas. Alemania supone por sí sola la mitad de los intercambios entre la República Popular y la UE, y es reacia a todo enfrentamiento geopolítico. Al final de su carrera política, el desafío que representa China para el futuro de Europa se ha convertido en uno de sus mayores quebraderos de cabeza.

INTERREGNUM: Europa, ¿potencia geopolítica? Fernando Delage

La nueva Comisión Europea se ha comprometido a reforzar el papel internacional de la Unión. La presidenta Ursula von der Leyen insiste en la necesidad de construir una Europa geopolítica, “más estratégica, más asertiva y unida en la articulación de su acción exterior”. El Alto Representante, Josep Borrell, ha indicado por su parte que la principal tarea de la UE es la de “aprender a usar el lenguaje del poder”.

Fue la antecesora de este último, Federica Mogherini, quien dio los primeros pasos en dicha dirección al adoptar, en 2016, la Estrategia Global para la Política Exterior y de Seguridad de la Unión. Pero Trump no había llegado aún a la Casa Blanca, ni eran tan evidentes las implicaciones internacionales del ascenso de China. El presidente norteamericano nunca ha ocultado su escasa simpatía por la UE, por lo que la incertidumbre sobre el futuro de la relación transatlántica será una de las variables que condicionarán los objetivos de Bruselas. Con respecto a China, la Comisión publicó en marzo de este año un documento estratégico que, abandonando el tono diplomático de otras épocas, describió a la República Popular como “un competidor económico que persigue el liderazgo tecnológico” y “un rival sistémico que promueve modelos alternativos de gobierno”.

En este contexto de transformación del entorno internacional, en mayo de 2018 la UE decidió incrementar su participación en asuntos relacionados con la seguridad de Asia. En agosto de este año, firmó un acuerdo de seguridad con Vietnam, el primero de tales características con un país del sureste asiático, que se sumaba a los acuerdos estratégicos ya concluidos con Japón—en vigor desde febrero de este año—y con Corea del Sur (desde 2014). En septiembre de 2018 se aprobó un documento sobre interconectividad Europa-Asia y—meses más tarde—nuevas líneas estratégicas sobre Asia central y sobre India. Sobre estas bases ya establecidas, corresponderá a Borrell perfilar la proyección europea en el continente asiático, tanto en relación con los asuntos más conflictivos como con los instrumentos a su disposición. Entre los primeros, Bruselas tendrá que actualizar su posición con respecto a las disputas en el mar de China Meridional y la península coreana, dos de las cuestiones en el centro de la tensión entre Washington y Pekín. Los segundos plantean el verdadero dilema que afronta la Unión como actor internacional.

La influencia global de la Unión Europea ha estado vinculada a su poder comercial, a su política de ayuda financiera al desarrollo, y a la promoción del multilateralismo y sus valores políticos. Su identidad como potencia económica y normativa resulta insuficiente, sin embargo, cuando China y Estados Unidos ya no separan sus intereses económicos de los geopolíticos. Ambos utilizan cada vez en mayor medida, en efecto, sus recursos comerciales y financieros para perseguir ventajas estratégicas, mientras que en el caso de la UE son los Estados miembros—no las instituciones comunitarias—los que disponen de las capacidades y la decisión en política exterior y de defensa.

¿Puede la Unión Europea convertirse en un actor geopolítico sin tener fuerzas armadas y un servicio de inteligencia propio? Este es uno de los grandes retos de la nueva Comisión. Aunque las limitaciones estructurales parecen insuperables, mucho podrá conseguirse si Bruselas continúa avanzando en la construcción de una red de socios globales (asiáticos entre ellos), y si—ésta es la gran condición previa—logra el consenso de sus miembros sobre el papel que debe desempeñar en el mundo.

INTERREGNUM: Europa y Japón unen fuerzas. Fernando Delage

La Unión Europea y Japón han vuelto a dar un paso adelante en el estrechamiento de su relación. De visita en Bruselas, el 27 septiembre el primer ministro japonés, Shinzo Abe, firmó con el presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, una iniciativa de colaboración para el desarrollo de infraestructuras de transporte, energía y redes digitales en África, los Balcanes y el Indo-Pacífico. A este nuevo compromiso se llega unos meses después de la entrada en vigor—el pasado 1 de febrero—, del doble acuerdo de asociación económica y estratégica (EPA y SPA, respectivamente, en sus siglas en inglés) concluido por ambas partes tras casi una década de negociaciones, y un año después de que Bruselas adoptara su esperada estrategia de interconexión entre Europa y Asia.

Además de facilitar los intercambios y las inversiones entre dos actores económicos que representan más de un tercio del PIB global, el EPA y el SPA constituyen una respuesta conjunta al unilateralismo de la administración Trump. Con su firma, Bruselas y Tokio lanzaban un poderoso mensaje de defensa del orden liberal multilateral. La estrategia de interconectividad en Eurasia supone, por su parte, la articulación de una alternativa a la Nueva Ruta de la Seda impulsada por China, aunque a esta última no se le nombrara en el documento. La República Popular es asimismo el objeto de esta reciente iniciativa: Japón y la UE declaran querer trabajar juntos en regiones relevantes para los objetivos chinos, proclamando además su papel como “garantes de valores universales” como la democracia, la sostenibilidad y el buen gobierno.

Japón participará en los proyectos de interconexión europeos, que serán financiados por un fondo de garantía dotado con 60.000 millones de euros, además de la inversión privada y la proporcionada por los bancos de desarrollo. Según indicó Abe en Bruselas, durante los próximos tres años Japón formará a funcionarios de 30 países africanos en la gestión de deuda soberana. Tokio y Bruselas han subrayado así que los proyectos de infraestructuras deben ser sostenibles tanto desde el punto de vista financiero como medioambiental. Se trata, al mismo tiempo, de reforzar la interconectividad global “sin crear dependencia de un solo país”.

Mediante su alianza con la UE, Japón cuenta con un instrumento adicional para promover las actividades de sus empresas en unas circunstancias de desaceleración económica y de creciente competencia con China. La Unión Europea intenta por su parte traducir en influencia política los fondos que dedica a la ayuda al desarrollo. Las dudas sobre el futuro de la relación transatlántica, el ascenso de China, y el enfrentamiento entre Washington y Pekín, sitúan a los europeos ante un nuevo entorno que exige algo más que una retórica multilateral. Pese a las dificultades de formación de posiciones comunes entre Estados miembros con opiniones contrapuestas, la defensa de sus intereses y valores obliga a la Unión a convertirse en un actor geopolítico. Y así lo ha declarado quien a partir del 1 de noviembre será la próxima presidenta de la Comisión, Ursula von der Leyen, con el español Josep Borrell como responsable de la acción exterior europea. El último acuerdo con Japón es un ejemplo de cómo esa nueva estrategia va tomando cuerpo.

INTERREGNUM: Entre EE UU y China: dilemas europeos. Fernando Delage

Durante la era bipolar, Europa tuvo que acostumbrarse a vivir entre Estados Unidos y la Unión Soviética. Aunque se trataba de una rivalidad ideológica y geopolítica que se extendía a todo el planeta, era el Viejo Continente—dividido durante algo más de cuatro décadas—, el que se encontraba en el centro de su competencia. En el siglo XXI, Europa no está dividida en dos bloques, pero tampoco se encuentra en el centro de las relaciones internacionales. Y es la relación entre Estados Unidos y China la que determinará en gran medida su posición en el mundo.

Esta reconfiguración de los equilibrios de poder crea en consecuencia nuevos dilemas a los europeos. ¿Puede la UE afrontar los desafíos a su seguridad—como los creados por una Rusia revisionista, por ejemplo—sin Estados Unidos? ¿Se ha llegado al fin de una era en las relaciones transatlánticas, o podrán éstas recuperarse tras la marcha de Trump de la Casa Blanca? ¿Coinciden la percepción e intereses europeos con respecto a China con los de Washington? Aunque parece haber más preguntas que respuestas, Europa tiene que articular una estrategia que le permita defender sus valores y prioridades en este contexto de transformación mundial.

El primer esfuerzo tiene que ser, por tanto, de análisis y reflexión sobre el impacto del ascenso de China sobre las relaciones entre Europa y Estados Unidos. El segundo consiste en proponer ideas si se concluye que China es una variable que obliga a reconstituir las relaciones transatlánticas, cuando el liderazgo tecnológico se ha convertido en el principal campo de batalla de la competencia global.

Ambos aspectos han dado estructura a la investigación realizada por uno de nuestros más brillantes diplomáticos, Fidel Sendagorta, durante su estancia en el Belfer Center de la Universidad de Harvard. En un exhaustivo trabajo (“The Triangle in the Long Game: Rethinking Relations Between China, Europe, and the United States in the New Era of Strategic Competition”, Harvard Kennedy School, 2019), Sendagorta examina con detenimiento los cambios producidos durante los últimos años en las relaciones bilaterales Estados Unidos-China y Unión Europea-China, pero presta especial atención a aquellos asuntos de impacto “triangular” que sitúan a los europeos ante una difícil encrucijada, entre los que destacan las inversiones chinas en sectores estratégicos, la telefonía 5G o la defensa de los valores democráticos ante las evidencias de una creciente interferencia china en partidos y organizaciones políticas, sistemas educativos y medios de comunicación occidentales.

Una de las principales aportaciones de este estudio es, con todo, la realización de propuestas concretas, que van más allá de los análisis habituales sobre estos temas. Sendagorta propone la creación de una Alianza en Ciberseguridad (abierta, además de los miembros de la OTAN y la UE, a aquellas otras democracias que quieran sumarse), y de un Fondo Digital que ofrezca a países de todos los continentes una alternativa a la Ruta de la Seda Digital impulsada por China. Otras dos líneas de acción planteadas, aunque según el autor de más difícil realización, son: la recuperación del TPP, y su fusión con un remodelado acuerdo transatlántico en comercio e inversiones; y la prevención de un más estrecho acercamiento entre China y Rusia. Un trabajo, por resumir, de referencia obligada para entender las claves del nuevo escenario internacional que afronta la Unión Europea.

El trabajo referido en el artículo se encuentra en este link:

https://www.belfercenter.org/sites/default/files/TriangleLongGame-FidelSendagorta.pdf

INTERREGNUM: ¡Cuidado, Europa! Fernando Delage

En su discurso de hace una semana en el Diálogo de Shangri-La, en Singapur, el secretario de Defensa en funciones de Estados Unidos, Patrick Shanahan, describió el mantenimiento de la estabilidad en el Indo-Pacífico como un desafío que Washington no puede afrontar por sí solo. Insistió por ello—en términos no muy distintos de los empleados en su día por la administración Obama—, en el papel central de socios y aliados en la estrategia norteamericana hacia la región. Las limitaciones presupuestarias y la atención que también debe prestar a Oriente Próximo y a Rusia, obligan a Estados Unidos a demandar un mayor activismo de los países amigos en la zona. El problema es que esos socios y aliados no quieren verse atrapados en las tensiones entre Washington y Pekín, ni forzados a elegir entre uno u otro. Especialmente cuando, aun compartiendo la preocupación por el desafío chino, mantienen profundas reservas sobre las intenciones y sobre la manera de actuar de la Casa Blanca.

Al inaugurar la reunión de Shangri-La, el primer ministro de Singapur, Lee Hsien Loong, puso de relieve la inquietud de las naciones de la región frente a la dinámica de confrontación de los dos gigantes. Los europeos, aunque no sean actores estratégicos en Asia, tampoco escapan a este dilema. A lo largo del último año, la Unión Europea ha reforzado los mecanismos de vigilancia de las inversiones chinas, ha exigido una mayor reciprocidad en el acceso al mercado de la República Popular, y ha llegado incluso a calificar a China como un “rival sistémico”. No obstante, ni va a incrementar como Washington los aranceles a las importaciones chinas—la UE es el mayor socio comercial de Pekín—ni va a dar la batalla contra Huawei en los mismos términos.

La administración Trump se encuentra así frustrada. Pese a la declarada hostilidad del presidente contra Bruselas, Washington se ha esforzado por sumar a los europeos en su campaña contra China. En abril, en vísperas de la cumbre sobre la Ruta de la Seda en Pekín, el Departamento de Estado propuso la firma de un comunicado conjunto contra la iniciativa que reveló las diferencias de fondo. Al rechazar la idea, los europeos dejaron claro que no iban a seguir el dictado de la Casa Blanca, cuya beligerancia hacia la República Popular no pueden compartir. Estados Unidos, que percibe a China como una amenaza cuasi-existencial—en ello coinciden demócratas y republicanos, empresarios y militares, periodistas y expertos académicos—, ha concluido por su parte que los europeos “son de otro planeta”.

En un contexto de incertidumbre generalizada sobre el futuro de la relación transatlántica, China puede contribuir a agravar de manera significativa las diferencias entre Europa y Estados Unidos. Occidente quedaría así dividido ante el mayor desafío geopolítico del siglo XXI. Lo que es más grave, puede que los países europeos tengan que prepararse para un mundo en el que serán vistos por Washington a través de un prisma chino, de modo similar a como la Unión Soviética determinó la política norteamericana hacia el Viejo Continente durante la Guerra Fría.

INTERREGNUM: El siglo de Asia empieza en 2020. Fernando Delage

Por primera vez desde el siglo XIX, indicaba el Financial Times la semana pasada, las economías asiáticas sumarán un PIB mayor que el del resto del planeta en 2020. El próximo año comenzaría así, según el diario londinense, el “siglo de Asia”.

Aunque es ésta una idea que comenzó en realidad a debatirse a finales de los años ochenta, la aceleración del proceso no deja de ser llamativa. En el año 2000, Asia representaba sólo un tercio de la economía global. En la actualidad, la economía china es mayor que la de Estados Unidos en términos de paridad de poder adquisitivo, y equivale al 19 por cien del PIB mundial. India es la tercera mayor economía, y dobla el tamaño de la de Alemania o Japón. A estos dos gigantes hay que sumar, además, un número no pequeño de otros países de la región. Indonesia, por ejemplo, será la séptima mayor economía en 2020 (de nuevo en términos de paridad de poder adquisitivo), y la sexta en 2030. Asia regresa así a la que fue su posición hasta la Revolución Industrial, pues fue el continente que dominó la economía mundial hasta el primer tercio del siglo XIX.

Los fríos datos estadísticos de un informe no transmiten, sin embargo, el significado histórico que supone esta transformación para un mundo—el de los últimos 200 años—creado y liderado por Occidente. Pero sí lo hace una foto, también de la semana pasada: la del presidente chino, Xi Jinping, en el Elíseo, junto a su homólogo francés, Emmanuel Macron, la canciller alemana, Angela Merkel, y el presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker. El encuentro marca el definitivo reconocimiento por las autoridades europeas de la realidad del nuevo poder chino, y su inquietud por las implicaciones económicas y estratégicas del ascenso de la República Popular, tanto para los intereses del Viejo Continente como para el sistema internacional en su conjunto. No sólo es reveladora la ausencia de Estados Unidos de la foto, sino que el desmantelamiento del orden multilateral de postguerra por la Casa Blanca de Trump es una de las principales causas de esta reunión chino-europea.

Días después de haber aprobado la Unión Europea un documento que declara a China “rival sistémico” que quiere “imponer un modelo alternativo de gobernanza”, y pese a la presión de Washington para obstaculizar la nueva Ruta de la Seda (BRI), Merkel declaró que quiere desempeñar un papel activo en la iniciativa (por supuesto, sobre unas bases de reciprocidad). Los empresarios alemanes no van a renunciar a este motor de dinamismo para el crecimiento mundial. Macron indicó por su parte que “la Unión Europa ha abandonado su ingenuidad con respecto a China”. Pero no criticará el encargo por Xi de 300 aviones a Airbus, mientras Boeing intenta gestionar la crisis del 737. ¿Hasta qué punto son por tanto creíbles las críticas a Italia, cuyo gobierno populista ha roto la cohesión europea al firmar un memorándum sobre BRI durante la reciente visita del presidente chino?

La preocupación en Washington por los movimientos de Xi en Europa parece irrelevante para los líderes del Viejo Continente. Pero Pekín ha vuelto a demostrar su capacidad para dividir a los europeos. Macron, Merkel y Juncker entienden el desafío que representa China, pero los dos últimos desaparecerán pronto de la escena política. Aunque es una cuestión que no estará presente en la campaña de las próximas elecciones europeas, China—la ilustración más evidente del nuevo siglo de Asia—puede bien convertirse en una de las variables clave del futuro del proyecto de integración.

Europa y China, grietas en el escenario

La visita del presidente chino, Xi Jinping, a Europa está permitiendo visualizar algunos cambios, al menos en el escenario, en las relaciones de la Unión Europea con Pekín. Y estos cambios afectan tanto en el endurecimiento de algunos países en la relación con China sino en el acercamiento claro de otros al país asiático.

En el segundo caso está Italia, que, con sus acuerdos con China, aunque no han hablado, al menos oficialmente, de los desafíos tecnológicos a la seguridad de la UE, ha suscitado la desconfianza y el recelo de la propia Unión y fundamentalmente de Francia y Alemania. La combinación en Italia del discurso euroescéptico y de primacía de sus aparentes intereses nacionales a corto plazo no sólo está debilitando la UE sino introduciendo variables que pueden volver la situación cada vez más incontrolable.

Del otro lado, desde el que quiere repensar las relaciones con China marcándole a Pekín el terreno y definiendo intereses estratégicos más firmes de la UE, Macron se está erigiendo en líder de esa estrategia de contención.

No es fácil el papel. La capacidad de inversión de China, su dinamismo innovador, sus avances tecnológicos con el apoyo del aparato de Estado y sin respeto real a las leyes del mercado ni normas legales que le crearían problemas constituyen señuelos seductores para una Europa que ha venido perdiendo pulso y abandonándose a una inactividad alejada de conflictos. Por eso se han combinado los nuevos gestos de dureza con el anuncio de un macro contrato con Airbus, negociado semanas antes, en medio de la crisis de confianza en la seguridad de Boeing.

Ese es el escenario. O los negocios a corto plazo y el desprecio a las decisiones colectivas del modelo italiano o el modelo multilateral, en el que no debemos olvidar que prima el interés de Francia y su industria, pero que define un  marco común y un comienzo de decisión estratégica nueva. (Foto: Marco Zak)