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INTERREGNUM: Modi se mueve. Fernando Delage

La semana pasada India demostró una vez más cómo está construyendo paso a paso su ascenso internacional. Mientras los medios se vuelcan en las andanzas de Trump y tratan a Xi Jinping casi como un igual del presidente de Estados Unidos, el primer ministro indio, Narendra Modi, con menor visibilidad, sitúa gradualmente a su país como uno de los elementos clave del equilibrio de poder asiático.

El martes 23 Modi estuvo en el foro de Davos. Retomando algunos de los mensajes expresados por el presidente chino en la reunión de 2017, Modi declaró su oposición al proteccionismo. “La globalización económica, señaló, es una tendencia de los tiempos y sirve a los intereses de todos los países, especialmente los países en desarrollo”. También indicó que la lucha contra el cambio climático debe ser una responsabilidad colectiva de todas las naciones. Pero Modi quiso sobre todo promover India como oportunidad de inversión, haciendo hincapié en la nueva fase de reformas y liberalización en marcha. La economía se ha multiplicado por seis desde la última vez que un primer ministro indio asistió a Davos, hace veinte años.

El jueves 25 recibió en Delhi a los líderes de la Asociación de Naciones del Sureste Asiático (ASEAN). En la cumbre bilateral, Modi subrayó su determinación de aumentar los intercambios económicos con la subregión, aún muy lejos de los de China. (La República Popular representó algo más del 15 por cien del comercio exterior de la ASEAN en 2015, frente al 2,4 por cien de India). La prioridad de la diplomacia económica india es con todo cierta, como confirman otros datos: el gobierno filipino, por ejemplo, ha anunciado que las inversiones previstas en 2018, por valor de 1.250 millones de dólares, crearán más de 100.000 empleos y harán de Delhi uno de sus principales inversores externos. También la ASEAN tiene como prioridad lograr un mejor acceso al mercado indio, quinto mayor del mundo hacia 2025.

Modi y los diez líderes del sureste asiático acordaron por otra parte promover la “seguridad marítima”. “India comparte, dijo Modi, la visión de la ASEAN de la paz y seguridad a través de un orden marítimo basado en reglas”. Un día antes, Delhi anunció un reforzamiento de la cooperación en materia de defensa con Indonesia a través de ejercicios conjuntos, compraventa de armamento e intercambio de visitas de responsables políticos y militares. India ya mantiene, por otra parte, acuerdos navales con Singapur, Vietnam, Tailandia y Malasia. Y, como se sabe, recientemente apoyó la restauración del Diálogo de Seguridad Cuatrilateral con Estados Unidos, Japón y Australia.

Reforzando sus vínculos económicos y la cooperación en materia de seguridad con estas naciones, India busca equilibrar las ambiciones chinas. El ascenso de la República Popular ha adquirido una dimensión estratégica que empuja a India a lograr una mayor presencia en el sureste asiático. La incertidumbre de los miembros de la ASEAN sobre el futuro del papel de Estados Unidos en Asia propicia este acercamiento. El desafío es cómo articular de manera eficaz el enorme potencial de este eje bilateral.

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INTERREGNUM: Opciones estratégicas en Asia. Fernando Delage

La estrategia exterior de un país no está predeterminada. Sus ambiciones diplomáticas no son sólo resultado del aumento de sus capacidades económicas y militares, como a veces se piensa. Existen otros condicionantes de gran peso, entre los que se encuentran la geografía, la demografía, la necesidad—o no—del acceso a recursos y materias primas, o el entorno estratégico regional. Pero tampoco son elementos menores el legado de la Historia, la ideología del régimen político o la percepción que se mantenga en un determinado momento de las potenciales amenazas a la seguridad nacional. Existe por tanto un margen de apreciación subjetiva por los líderes de turno y, en consecuencia, la posibilidad de elegir entre distintas opciones estratégicas.

China, Japón, India, Rusia y Estados Unidos (también Corea del Sur y Australia, entre otros) están inmersos en este debate. Todos ellos intentan valorar cómo su soberanía, intereses económicos e imperativos de seguridad se ven afectados por la redistribución de poder en curso en Asia. Sus cálculos estratégicos requieren una actualización, a la que sus líderes responden siendo “rehenes” en cierto modo de inercias que han guiado el comportamiento exterior de sus naciones a lo largo del tiempo. Factores materiales se combinan así con ideas, intereses e idelogías en un debate interno que marca las posibilidades de acción de los gobiernos.

Para aproximarnos a esta complejidad, a esta red de múltiples variables que interaccionan entre sí, pocas aproximaciones son más útiles que la ofrecida por el National Bureau of Asian Research de Estados Unidos en la reciente edición de su publicación anual, “Strategic Asia”. En “Power, ideas, and military strategy in the Asia-Pacific” (Seattle, 2017), autores de primer nivel sintetizan de manera magistral esos debates nacionales y el camino seguido por las principales grandes potencias en los últimos años. El volumen cierra un esfuerzo de investigación de tres años, del que ya dieron cuenta la edición de 2015, que analizaba en detalle las capacidades económicas, políticas y militares de estas grandes potencias y su previsible evolución; y la de 2016, que examinaba la cultura estratégica de estas mismas naciones y su influencia sobre las decisiones de sus líderes. Se completa de este modo una obra de referencia, tanto para expertos como para lectores interesados, indispensable para entender Asia en 2018.

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Las bodas de oro de la ASEAN contaron con la presencia de Trump. Nieves C. Pérez Rodríguez

Washington.- La década de los 60 vio el comienzo de los acuerdos comerciales en la región asiática. La Asociación de Naciones del Sudoeste Asiático (ASEAN por sus siglas en ingles), inició la tendencia de agrupaciones que bajo la búsqueda de un bien común consiguieron unirse, y con el paso del tiempo crecieron en número de miembros. A partir de entonces, muchas otras organizaciones, sobre todo de tipo económico, se han creado en el Pacífico.

Donald Trump acudió a la cumbre que celebró los 50 años de la ASEAN, donde remarcó la visión económica de su Administración, basada fundamentalmente en el unilateralismo y en segundo lugar, pero no menos importante, en el hecho de que nadie es dueño del mar y de que la libertad de navegación y sobrevuelo de los mares son críticos para la seguridad y prosperidad de las naciones del mundo.

Fue éste crucial punto el que llevó a los líderes de Australia, India y Japón a reunirse para discutir este compromiso y presentarse unidos para defender este derecho fundamental de la Convención de Ginebra.

Cuatro miembros de ASEAN, Filipinas, Vietnam, Brunei y Malasia, se disputan varias islas con China en esta zona marítima, en un contencioso en el que China apela a sus derechos históricos y que en el pasado ha puesto al descubierto las diferencias internas entre sus diez socios. Y en que la voz firme de Estados Unidos vino a marcar un gran momento, donde se dejó por sentado su liderazgo en la región, así como también el respeto por la libertad de tránsito marítimo y las decisiones del tribunal de arbitraje de la Haya y los fallos en los que ha desestimado las pretensiones chinas. En este punto la administración Trump ha sido consecuente con la política exterior estadounidense de los últimos 60 años.

La ASEAN reúne 622 millones de habitantes y aspira a elevar su PIB conjunto hasta los 4,7 millones de dólares en 2020 para así convertirse en la cuarta potencia económica del mundo en 15 años. En 2015, la economía global de los diez países alcanzó los 2,43 billones de dólares, mientras que las previsiones de crecimiento son del 4,8% para este año, según cifras oficiales de la organización.

De acuerdo con el experto Alberto Solares Gaite, los procesos de integración en Asia han sido radicalmente opuestos a los que ha experimentado Occidente. Las agrupaciones asiáticas se han caracterizado por el desarrollo de pocas instituciones y de mecanismos de bajo compromiso. No existen acuerdos oficiales, los vínculos comerciales y financieros se han llevado a cabo de modo fáctico entre los países de la región. Lo que se conoce como integración “silenciosa”, en las que se fomenta sobre todo los agentes microeconómicos, pese al bajo perfil de los gobiernos.

Mireya Solís, experta en Asia del Instituto Brookings sintetizó el viaje asiático de Trump en estas palabras: “Su Administración está fundamentalmente redefiniendo la estrategia y el rol de Estados Unidos en el comercio internacional y cambiando la diplomacia de intercambios.  Si hay que reconocerle algo es que fue consistente en cada uno de sus paradas en su gira por Asia, rechazando explícitamente el multilateralismo, sin dobleces en sus palabras, y explicando que Estados Unidos apuesta por tratados bilaterales, y que todos los países interesados en negociar con Washington son bienvenidos a sentarse en una mesa a dos partes”. Mientras que Xi Jinping, en su intervención en la APEC, dejó claro que China está a favor del multilateralismo, convirtiéndose en el nuevo y gran líder que apoya los acuerdos multilaterales de libre comercio sin exclusión.

Tal y como afirmó Trump al regresar a casa la semana pasada, el viaje a Asia tuvo tres objetivos: unificar el  mundo en contra de la amenaza nuclear del régimen norcoreano, afianzar las alianzas políticas y económicas estadounidenses en el Indo-pacífico, nuevo término que demuestra una nueva visión de la región, y, por último, intercambios comerciales justos y recíprocos, que, en otras palabras, viene a decir acuerdos donde la Administración Trump pueda imponer sus reglas y no ceder frente a la presiones de bloques económicos ya establecidos. Sin lugar a dudas, estamos frente a una nueva diplomacia de intercambios.

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INTERREGNUM: ¿La hora de India? Fernando Delage

(Foto: Fermín Ezcurdia, Flickr) Las reuniones anuales del foro de Cooperación Económica del Asia-Pacífico (APEC) y de la Cumbre de Asia Oriental, celebradas en Vietnam y Filipinas, respectivamente, concentraron la atención de los medios en la evolución de la competencia entre Estados Unidos y China. Había expectación por conocer cómo el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, piensa sustituir la política asiática de su antecesor; y por cómo el presidente chino, Xi Jinping, reforzado tras el reciente XIX Congreso del Partido Comunista, aprovecharía estos nuevos encuentros multilaterales para seguir ampliando su influencia regional y global.

Ha pasado relativamente inadvertido, sin embargo, el espacio abierto a un tercero, India. Camino de convertirse en la nación más poblada del mundo, hacia 2024, India será también la tercera mayor economía en 2029. Aunque su presupuesto de defensa es el quinto del planeta, sus fuerzas armadas son las terceras por número de tropas (1,4 millones). El FMI estima que India representará el ocho por cien del PIB mundial en 2020, mientras que un informe de KPMG identifica el país como destino preferido para la inversión extranjera, por sus oportunidades de crecimiento, los próximos tres años. La percepción interna también ha dado un notable giro: un reciente sondeo de Pew indica que un 70 por cien de los indios están satisfechos con la dirección del país; en 2013, sólo un 29 por cien lo estaban.

No deben sorprender pues los altos índices de popularidad mantenidos por el primer ministro, Narendra Modi, quien con casi toda seguridad será reelegido en 2019. La transformación que persigue Modi, quien desea que India juegue en la liga de las grandes potencias, requiere más de una legislatura (incluso de dos). ¿Ha llegado la hora de India?

Dos claves para su ascenso salieron a la luz en Vietnam y Filipinas. La primera: su adhesión a APEC. Es toda una anomalía que la tercera economía asiática no forme aún parte del grupo. Delhi presentó su candidatura hace ya unos años, pero esta vez contó con el apoyo explícito del presidente Trump. Aunque no deja de ser una ironía que un enemigo de los procesos multilaterales desee que India se sume a uno de ellos, es revelador de las preferencia de Washington por Delhi como socio, aunque en otro terreno: el de seguridad. Esta es la segunda clave: la recuperación del Diálogo Cuadrilateral entre Estados Unidos, Japón, India y Australia, sobre el que discutieron sus ministros de Asuntos Exteriores en Manila. Si Delhi vaciló frente a la propuesta original de Japón hace 10 años, esta vez—asumida la iniciativa por Washington—la ha defendido con mayor interés. Las implicaciones de las iniciativas geoeconómicas chinas se han hecho evidentes durante los últimos años, y también India está más decidida a hacer realidad sus ambiciones de proyección más allá del subcontinente.

En último término, sin embargo, las posibilidades indias dependen en gran medida de su dinámica interna. Sus capacidades estratégicas y diplomáticas crecerán con el tiempo. Pero la extraordinaria fragmentación económica y social del país representa un considerable obstáculo para su ascenso. Buena parte de las reformas legislativas de Modi van orientadas precisamente a crear una unidad de mercado. Y el nacionalismo hindú de su partido, el Janata Party, no parece provocar, por ahora, la oposición de la mayoría de la población (quizá porque su prioridad es el crecimiento económico). La construcción de una identidad unificada como Estado es una exigencia no menor para que India pueda convertirse en la gran potencia mundial que aspira a ser.

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La apuesta por el fútbol indio. Julio Trujillo

La celebración en India del Mundial de Fútbol Sub-17 2017, promocionado por el grupo China Wanda y varias empresas de Qatar, refleja bien a las claras el gran plan estratégico de reforzar y extender la práctica del futbol por los países más poblados de Asia susceptibles por tanto de generar millones de consumidores de partidos por televisión, además del importante merchandising que ya supone un mercado de muchos millones de dólares.

En India, a pesar de contar con varias competiciones regionales y nacionales y una liga a la manera europea gestionada por la Federación India de Fútbol, este deporte no goza de la popularidad que tiene en Europa y que en China gana enteros cada día que pasa. Pero en China hay empresas muy potentes con estrechas relaciones comerciales con Europa y especialmente con Gran Bretaña, lo que la hace permeable a que el fútbol gane fuerza. Hay un gran empeño en reforzar la Superliga de India (ISL) una nueva apuesta por relanzar el fútbol en el país asiático, el segundo más poblado del mundo con 1.200 millones de habitantes y cuyo deporte rey es el cricket.

El consorcio Reliance Industries, propiedad del magnate indio Mukesh Ambani, el gigante de marketing deportivo IMG, Star TV de Rupert Murdoch y la Federación de Fútbol son los organizadores de la ISL, que recoge el relevo de la poco atractiva I-League, instaurada en 2006. Los equipos cuentan entre sus dueños a cracks del cricket, estrellas de Bollywood y clubes europeos, en especial varios italianos, entre ellos la Fiorentina.

Pero también hay intereses españoles. El Atlético de Calcuta, es un equipo franquicia del Atlético Madrid. Es el ‘Spanish team’ ya que además de ir de rojiblanco como los ‘colchoneros’, tiene entre sus impulsores a Antonio López (ex ayudante de Rafa Benítez en el Valencia y ex seleccionador boliviano) y a los jugadores Luis García (ex Barça y Atlético), Jofre Mateu, Borja Fernández, Josemi, Arnal Llibert y Basilio Sancho.

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INTERREGNUM: El drama de los Rohingya. Fernando Delage

En pleno siglo XXI, y casi 25 años después del genocidio de Ruanda, un nuevo episodio de limpieza étnica se desarrolla en Asia. Aunque la persecución de la minoría musulmana de Birmania—de origen bengalí—no es en absoluto nueva (es resultado de un complejo legado colonial y de la sucesión del antiguo Pakistán Oriental por el Estado independiente de Bangladesh tras la guerra de 1971), el resurgir de un nacionalismo birmano y la radicalización de algunos grupos armados entre los Rohingya han creado un contexto explosivo, en el que se entremezclan terrorismo e insurgencia con un gigantesco drama humanitario.

Se esperaba que, tras las elecciones de 2015, la gradual democratización del sistema político permitiría mejorar la situación de los Rohingya. Pero ha sido todo lo contrario. Muchos se preguntan por las razones del comportamiento de ese icono de la libertad y la tolerancia que es Aung San Suu Kyi (“the Lady”, para los generales birmanos). Pero la premio Nobel de la paz es hoy un líder político que no puede enfrentarse a los militares—con los que gobierna—ni a la mayoría budista a la que pertenece, en uno de los países étnicamente más complejos del mundo. La islamofobia contra esa minoría birmana se ha agravado, a la vez que el ejército no está sujeto al control de las autoridades civiles después de redactar una nueva Constitución a su medida. Con todo, las implicaciones de la crisis para el entorno regional no son menos relevantes.

Que Al-Qaeda y Daesh hayan hecho un llamamiento a favor del apoyo a los Rohingya no favorece su causa. Las conexiones del principal grupo responsable de las acciones contra el ejército a finales de agosto, el Arakan Rohingya Salvation Army (ARSA), con otros movimientos radicales—se sospecha en particular de Pakistán—han situado la campaña antiterrorista por encima de la expulsión de esta minoría (a la que se niega incluso la nacionalidad). La ASEAN se ha mostrado impotente a la hora de formular una respuesta, mientras que Bangladesh teme las consecuencias de su acogida: si facilita las condiciones a los refugiados, puede atraer a un número aún mayor de Rohingya, que querrían además solicitar residencia permanente. Los dos grandes que intentan influir en Birmania—India y China—aprovechan asimismo la situación para perseguir sus propios objetivos.

El primer ministro indio, Narendra Modi, visitó Birmania hace apenas dos semanas y evitó el tema en público. Al afrontar su propio fenómeno insurgente en las provincias del noreste, fronterizas con Birmania, India necesita la cooperación del gobierno de este país contra dichos grupos violentos. Modi es el líder, por otra parte, de una formación política, el Janata Party, definida por el hinduismo más estricto, con escasas simpatías por tanto hacia los musulmanes. También China se ha pronunciado a favor de la política del gobierno birmano. Pekín mantiene su propia política represiva hacia los musulmanes de Xinjiang, y podría vetar cuantas propuestas se presenten en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas.

Cuando Occidente por fin reacciona, y europeos y americanos pueden intentar articular un conjunto de sanciones, se abre además una nueva oportunidad para Pekín, cuya excesiva presión durante los últimos años fue de hecho uno de los motivos que condujo a los militares birmanos a poner en marcha el proceso de transición política. Su oferta de ayuda financiera, inversiones en infraestructuras y venta de armamento puede restaurar su influencia en este Estado clave para su política energética y para el desarrollo de sus provincias meridionales. Pekín contaría también con otro gobierno que podría vetar posiciones contra China en el marco de la ASEAN (además de Tailandia, Malasia, la Filipinas de Duterte, Laos o Camboya).

Como en tantas otras ocasiones a lo largo de la Historia, los intereses de las potencias se imponen sobre una tragedia humanitaria que, tras la derrota del Estado islámico, podrá convertirse en un nuevo campo de batalla para el mundo musulmán.

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INTERREGNUM: Abe en Gujarat. Fernando Delage

El pasado 14 de septiembre, el primer ministro indio, Narendra Modi, recibió a su homólogo japonés, Shinzo Abe, en Ahmedabad—en su estado natal de Gujarat—, en una nueva cumbre bilateral que tenía por objeto fijar la “dirección futura” de las relaciones entre India y Japón.

En el marco de la “asociación global” que ambos países constituyeron en el año 2000, Modi y Abe firmaron hasta 15 acuerdos y continuaron ampliando una agenda que refleja la creciente convergencia económica y estratégica entre las dos grandes democracias asiáticas. Japón necesita reactivar el crecimiento en el contexto de una sociedad que envejece con rapidez, mientras que India busca atraer capital y tecnologías del exterior para desarrollar el sector industrial que permitirá crear empleo e impulsar un desarrollo sostenido y de calidad. La inversión japonesa en India ha aumentado de 2.600 millones de dólares en 2015-2016 a 4.700 millones de dólares el último año fiscal. Sus inversiones acumuladas ascienden a 26.000 millones de dólares, lo que supone el ocho por cien del total recibido por India desde el año 2000. Las infraestructuras son objetivo prioritario y, de manera simbólica, los dos primeros ministros inauguraron las obras del primer tren de velocidad del país, entre Ahmedabad y Mumbai.

Abe y Modi lanzaron asimismo una nueva iniciativa diseñada como alternativa a la Ruta de la Seda de Pekín: el Corredor de Crecimiento Asia-África (AAGC en sus siglas en inglés). India puede convertirse en una útil plataforma de proyección de las empresas japonesas hacia el Golfo Pérsico y el continente africano. Tokio aportará 200.000 millones de dólares a este proyecto de cooperación entre dos continentes mediante el desarrollo de infraestructuras de calidad, conectividad institucional e intercambio entre sociedades, para equilibrar la influencia económica y diplomática china.

La República Popular es también el principal factor de la convergencia entre Delhi y Tokio en cuestiones de seguridad y defensa. Días antes de la cumbre, los ministros de Defensa de ambos países discutieron en su reunión anual sobre la coproducción de equipos militares, tecnologías de doble uso o la posibilidad de adquisición por India del avión US-2 japonés. Tras la entrada en vigor, en julio, del acuerdo nuclear civil firmado durante la visita de Modi a Tokio el pasado mes de noviembre, también se ha facilitado la exportación de tecnología japonesa a India.

El encuentro se ha celebrado en un entorno regional marcado por los ensayos nucleares y balísticos norcoreanos, las tensiones en la periferia marítima china, o el reciente choque en Doklam, donde coinciden las fronteras de India, China y Bután. También por la profunda incertidumbre que se vive en la región sobre la política exterior de Estados Unidos bajo la administración Trump. El escenario de seguridad asiático vive un momento de enorme fluidez y avanza hacia la construcción de un nuevo orden. La cada vez más estrecha relación entre India y Japón será uno de sus elementos característicos.

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INTERREGNUM: Tensión en el Himalaya. Fernando Delage

Cincuenta y cinco años después de la guerra de 1962, China e India viven un nuevo episodio de tensión en su frontera. Desde mediados de junio, tropas de ambos países se han movilizado en Doklam, por razones aún confusas. En un contexto de creciente rivalidad entre los dos gigantes asiáticos por sus respectivas ambiciones como potencias en ascenso, importan, más que las causas de este último incidente, sus consecuencias para el entorno regional.

Al contrario que los habituales choques en la frontera—una de las más extensas del mundo con más de 3.000 kilómetros de longitud—, esta vez no están en juego las reclamaciones de una y otra parte: ni el territorio occidental de Aksai Chin (que, ocupado por China, reclama Delhi) ni el oriental de Arunachal Pradesh (estado indio reclamado por Pekín). La actual disputa se produce donde coincide la frontera de ambos países con la de Bután y está vinculada a los límites territoriales de este último país con la República Popular China, más que a las diferencias fronterizas indo-chinas en sentido estricto. Bután es, junto con India, el único Estado con el que Pekín no ha delimitado de manera definitiva su frontera, razón de la ausencia de relaciones diplomáticas formales entre los dos Estados. Este pequeño reino del Himalaya es, por otra parte, un virtual protectorado indio; quizá el único país de Asia meridional con respecto al cual Delhi no tenía que preocuparse en exceso por la creciente proyección económica y diplomática china. Ésta puede ser pues una clave de los recientes acontecimientos.

Al mismo tiempo, la disputa se produce en una zona muy cercana al corredor de Siliguri, el estrecho espacio que conecta los aislados Estados del noreste indio con el resto del país. Las fronteras de estas provincias con China, Bangladesh y Birmania son una potencial fuente de vulnerabilidad para India, que afronta en estos Estados algunos de los movimientos insurgentes más prolongados—y menos conocidos—de Asia. La evolución histórica de estos pueblos del noreste, de enorme complejidad étnica, ha diferido del resto de la Unión y, pese a los esfuerzos de Delhi por su integración, grupos militantes de distinto signo reclaman desde hace décadas su autonomía.

Resulta arriesgado, como hacen algunos analistas, especular con la posible intención china de facilitar la independencia de estas provincias indias. Pero este mosaico de etnias y movimientos armados en Nagaland, Mizoram, Manipur o Assam, es otra variable a considerar en la crisis reciente. Estos y otros grupos han sido fuente de inestabilidad desde la partición de la Unión India en 1947, y han afectado a las relaciones de Delhi con Dacca y Rangún durante años. Tampoco pueden separarse de su rivalidad con China. No hay mejor aproximación a estas insurgencias que el fascinante libro de Bertil Lintner, “Great Game East: India, China, and the Struggle for Asia’s Most Volatile Frontier” (Yale University Press, 2015). Lintner, excorresponsal en Birmania de la mítica Far Eastern Economic Review, desgraciadamente desaparecida hace unos años, ofrece una detallada historia de estas insurgencias, sus apoyos externos y sus implicaciones para la dinámica geopolítica regional. Como anticipan los movimientos en Doklam, el “Gran Juego” del siglo XXI se desarrollará tanto en estas remotas montañas del subcontinente indio como en Asia central.

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INTERREGNUM: Modi en Washington. Fernando Delage

En su quinto viaje a Estados Unidos como primer ministro, la semana pasada, Narendra Modi se ha encontrado con un Washington muy diferente del que visitó hace un año. En un discurso ante el Congreso indicó entonces que las relaciones entre India y Estados Unidos habían dejado atrás “las dudas de la historia”. Y así lo confirmaban, entre otros acuerdos, la declaración conjunta sobre Asia firmada por Modi y Obama en enero de 2015, o el pacto de defensa firmado unos meses más tarde entre ambos gobiernos. Seis meses después de la toma de posesión de Trump, Modi ha tenido su primer contacto directo con un presidente que, a priori, plantea a India nuevas incertidumbres, tanto en la esfera económica como en la estratégica.

Para Modi, que ha situado la economía en el centro de su política exterior, Trump representa un complejo desafío. El imperativo del desarrollo le obliga a atraer capital extranjero—de Estados Unidos incluido—, para reforzar el sector industrial y crear 100 millones de empleos hasta 2022. El discurso de Trump, que quiere recuperar los empleos perdidos por la deslocalización, choca de manera directa con las prioridades de Delhi. India—noveno socio comercial de Estados Unidos—se encuentra asimismo en la lista de países que Washington está investigando por prácticas comerciales irregulares. El déficit norteamericano con India (31.000 millones de dólares, diez veces menos que el que mantiene con China), ha movilizado tanto a políticos como a empresas privadas, que se quejan de las barreras arancelarias, de las dificultades de acceso al mercado indio, o de la deficiente protección de la propiedad intelectual. Por su parte, a Delhi le preocupan las regulaciones y estándares técnicos norteamericanos que obstaculizan sus exportaciones, así como los posibles cambios en la política de visados para profesionales.

En el terreno diplomático y de defensa hay toda una serie de asuntos sujetos a reconsideración por parte de Trump—como Afganistán, Pakistán e Irán—, que afectan de manera directa a India. Y, de manera especial, ambos países reconocen a China como un potencial rival a largo plazo y perciben los esfuerzos de Pekín por reconfigurar el equilibrio de poder en Eurasia como un desafío a sus intereses.

El gobierno indio, sin embargo, parece inquieto por la manera en que Trump se ha aproximado a la República Popular. El abandono de su retórica antichina de la campaña electoral, el trato dispensado a Xi Jinping en Florida el pasado mes de abril, las acríticas declaraciones hechas por el secretario de Estado durante su visita a Pekín, o la confianza aparentemente puesta en China para gestionar la crisis nuclear norcoreana, plantean numerosos interrogantes en India sobre la política asiática de esta administración norteamericana. Lo incierto de las posiciones de Trump puede obligar a Modi a un reajuste diplomático, que no deja sin embargo de ser una oportunidad.

Al desafiar Trump las bases tradicionales de la política exterior de su país desde la segunda guerra mundial, India tiene que buscar nuevas opciones y asumir el tipo de responsabilidades regionales e internacionales que corresponden con las ambiciones propias del que pronto será el país más poblado del planeta. Es cierto que carece de los recursos y del consenso interno que permitan esa proyección. Pero articulada en clave nacionalista, puede ser una variable que facilite la reelección de Modi en las elecciones generales de 2019. Mientras Trump abandona presencia exterior para ganar—según cree—apoyo en casa, a Modi le puede venir bien reforzar su empuje diplomático para consolidar su posición política interna. Cosas del mundo de la globalización.

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INTERREGNUM: El momento de Eurasia. Fernando Delage

La semana pasada, con ocasión de su cumbre anual—celebrada en la capital de Kazajstán, Astana—, se formalizó la adhesión de India y Pakistán a la Organización de Cooperación de Shanghai (OCS). Tras su ampliación, la OCS suma casi 3.500 millones de habitantes—la mitad de la población mundial—, y más del 25 por cien del PIB global (en términos de paridad de poder adquisitivo, la cifra sería mucho mayor). La organización aparece así como pilar central de la arquitectura euroasiática, aunque su expansión no resuelve la debilidad de sus estructuras ni la competencia entre sus miembros.

Sucesora del “Shanghai Five”, grupo que nació para delimitar y desmilitarizar las fronteras de Asia Central tras el fin de la guerra fría, la OCS fue puesta en marcha por China y Rusia en 2001—junto a Kazajstán, Kirguistán, Tajikistán y Uzbekistán—para afrontar el desafío representado por lo que Pekín denomina como “los tres males”: el terrorismo, el separatismo y el extremismo. Pese a este origen vinculado a las cuestiones de seguridad, China se ha esforzado por dinamizar la agenda económica de la organización y dejar en manos de Moscú los asuntos de defensa. Pekín trataba de mitigar el temor ruso a su creciente influencia en la región, pero el rápido ascenso de la República Popular durante la última década no ha hecho sino exacerbar la inquietud del Kremlin. Moscú no ha dudado en bloquear iniciativas chinas, como la creación de un banco de desarrollo o el establecimiento de un área de libre comercio entre los miembros de la OCS.

También Rusia ha sido el gran impulsor de la incorporación de India. La estrecha relación que han mantenido desde los años sesenta Moscú y Delhi podría ser, para Putin, un elemento de equilibrio con respecto a China. Aunque las economías de Rusia e India suman juntas menos de un tercio del PIB chino, su peso militar conjunto sí puede servir de contrapeso de Pekín. En el contexto de las sanciones occidentales a Rusia, Moscú se ha visto obligado a seguir una política de acercamiento a China, y Putin ha hecho hincapié en vincular su proyecto de Unión Económica Euroasiática con la iniciativa de la Nueva Ruta de la Seda que propone Pekín, de la que no puede permitirse quedar aislado. El presidente ruso sabe bien, sin embargo, que India rechaza el proyecto chino: para Delhi se trata de un instrumento de Pekín para proyectar su influencia en Asia meridional y el océano Índico.

El Corredor Económico China-Pakistán (CPEC) enfrenta en particular a los dos gigantes asiáticos: el gobierno de Narendra Modi teme que Islamabad—cuya adhesión a la OCS reclamó Pekín tras proponer Rusia la de India—quiera aprovechar su incorporación para internacionalizar la cuestión de Cachemira, provincia que atraviesa el corredor. India, por otra parte, intenta desarrollar sus propias alternativas de interconectividad, como el puerto de Chabahar en Irán, o el Corredor Internacional de Transportes Norte-Sur (INSTC), en el que participa junto a Rusia e Irán.

Parece inevitable pues que la integración de India y Pakistán transforme la agenda de la organización. Pekín necesita un entorno de estabilidad en el subcontinente indio para poder implementar la Nueva Ruta de la Seda, y promueve como seña de identidad de la OCS lo que define como “espíritu de Shanghai”: “confianza mutua, beneficio mutuo, igualdad, diálogo, respeto a las diversas civilizaciones y búsqueda del desarrollo compartido”. Se subraya por ello que su pertenencia común a la organización contribuirá a mitigar las diferencias entre India y Pakistán, facilitando su cooperación con el resto de miembros contra el terrorismo transfronterizo y a favor del desarrollo económico. El tiempo dirá, pero a priori no parece que la cohesión interna de la OCS vaya a ser fácil de mantener.

Los objetivos de Moscú y Pekín son incompatibles a largo plazo, al perseguir cada uno de ellos cosas distintas a través de la institución. Aunque China necesita a India para la Nueva Ruta de la Seda, no cuenta con su apoyo sino con una desconfianza en aumento. India y Pakistán disponen de una nueva plataforma multilateral en la que teóricamente poder minimizar sus divergencias, pero no está claro que la OCS pueda servir para ese fin. Los obstáculos son numerosos como se ve. No obstante, la expansión del bloque refleja la formación de un espacio geopolítico con enorme potencial, en el que Asia meridional se suma a Asia central. La mera inclusión de China e India, dos países que suman el 40 por cien de la población mundial, y que serán las dos mayores economías hacia mediados de siglo, da forma institucional a una Eurasia llamada a convertirse—un siglo después de que el británico Halford Mackinder teorizara sobre el mismo—en el centro del orden mundial.