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La salsa secreta era más kétchup. Miguel Ors Villarejo

“Poco después de la sorprendente victoria de Donald Trump en las elecciones presidenciales”, cuenta Sue Halpern en The New York Review of Books, “un artículo de la revista suiza Das Magazine […] empezó a circular por internet. Mientras los expertos diseccionaban el colapso de la campaña de Hillary Clinton, los redactores de Das Magazine […] apuntaban una explicación totalmente distinta: el trabajo de Cambridge Analytica”. Esta compañía elaboraba perfiles con la información captada en Facebook y bombardeaba luego a cada votante con “mensajes políticos diseñados para apelar a sus emociones”. Por ejemplo, para defender la libertad de poseer y portar armas, a alguien “caracterizado como neurótico” no se le hablaba de la segunda enmienda, sino que se le enviaba un vídeo “en el que aparecían unos ladrones allanando un piso”. Y la gente proclive a los ataques de ansiedad recibía “anuncios alertando sobre los peligros que planteaba el Estado Islámico”.

Christopher Wylie, un antiguo empleado de Cambridge Analytica arrepentido de sus pecados, corroboraba en marzo las sospechas de la revista suiza ante un grupo de periodistas europeos. “El brexit no habría sucedido sin Cambridge Analytica”, titulaba El País tras aquel encuentro. “Los datos son nuestra nueva electricidad”, razonaba Wylie. “No puedes encontrar trabajo si no tienes Linkedin. No puedes licenciarte si no usas Google. No puedes avanzar en la vida sin ellas”. En principio, estas plataformas son gratis y maravillosas, pero nuestros correos, nuestro historial de navegación, nuestros me gusta quedan minuciosamente registrados en sus servidores y suponen un formidable botín. Dylan Curran esbozó hace poco en The Guardian una aproximación de su auténtica magnitud. “Tienen cada imagen que he consultado y guardado, cada lugar en el que he clicado, cada artículo que he leído y cada búsqueda que he realizado desde 2009”, escribía. Y facilitaba la URL desde la que cualquiera puede descargarse esa información. En su caso, ocupa 5,5 gigas, el equivalente a unos 17.000 libros, según calculan en esta web.

De entrada, resulta artificial afectar sorpresa. Rasgarse las vestiduras recuerda la reacción del capitán Renault cuando Rick le pregunta en Casablanca por qué le cierra el café. “¡Estoy escandalizado”, responde, “acabo de enterarme de que en este local se juega!” Acto seguido, uno de los camareros le vuelca en la mano un puñado de fichas: “Sus ganancias, señor”.

También ahora los diarios que condenan la intolerable falta de consideración de Facebook por la intimidad de sus usuarios comercian con ella con el mismo entusiasmo con que Renault apostaba en la ruleta. Detrás de la columna del New York Times que denunciaba “la máquina de vigilancia de Facebook”, el software antipublicidad del bloguero Doc Searls bloqueó 13 rastreadores de información. “Sus ganancias, señor”.

Es cierto que “esta vez es diferente”, porque, como observan Nicholas Thomson y Fred Vogelstein en Wired, “los datos no han servido para que Unilever venda mayonesa”, sino para que un desaprensivo llegue a la Casa Blanca y Reino Unido salga de la UE.

¿O tampoco ha sido para tanto?

William Davies distingue en la London Review of Books dos aspectos en este escándalo. Por un lado, el trasiego no autorizado de información personal, que tiene que investigarse y castigarse, y por otro, la idea improbable (en el sentido literal de que no puede probarse) de que Cambridge Analytica cambió el curso de las presidenciales y el referéndum sobre el brexit gracias a “la salsa secreta” de sus algoritmos. La principal evidencia que tenemos al respecto son unas imágenes captadas con cámara oculta para Channel 4 en las que Alexander Nix, su ya cesado CEO, presume ante un posible cliente de haberse encontrado “varias veces” con Trump y de haberlo dirigido “como si fuera una marioneta”.

Convendrán conmigo en que la solidez de lo que un CEO afirma durante una entrevista comercial con un posible cliente es cuestionable. ¿Qué otras pruebas hay de que Cambridge Analytica haya desarrollado un software capaz de manipularnos como títeres? No digo que no sea posible, pero mi impresión es que esta tecnología se halla en una fase bastante rudimentaria. Mi mujer recibió durante una temporada correos que la invitaban a alargarse el pene. Recuerdo que una vez íbamos en el coche. “A este paso, los robots no van a dominar el mundo”, comentó con hartazgo.

Estoy de acuerdo. Para empezar, ¿existe capacidad para procesar la barbaridad de terabytes que cada día volcamos en el ciberespacio? Ya hemos visto que los 5,5 gigas que Google tiene de un humilde redactor de The Guardian equivalen a 17.000 libros. Incluso un voraz lector como Bill Gates, que se liquida cuatro o cinco al mes, tardaría 250 años en digerir semejante barbaridad.

“¡Pero eso no lo hacen personas!”, me objetarán. “¡Lo hacen algoritmos!”

Sin duda, pero, una vez más, ¿qué evidencia tenemos? Matthew Hindman, un profesor de la Universidad George Washington que estudia aprendizaje de máquinas, cuenta en su blog que envió un correo a Aleksandr Kogan, el científico responsable del modelo que Cambridge Analytica usaba para elaborar los perfiles de los votantes, para interesarse por su funcionamiento. “En una notable muestra de cortesía académica”, escribe, “Kogan respondió”. Y aunque por desgracia no fue demasiado explícito, sí que permitió a Hindman alcanzar un par de conclusiones.

La primera es que “su método trabajaba de forma muy parecida al que Netflix emplea para hacer sus recomendaciones”. Muy simplificadamente, consiste en crear una serie de categorías (comedia, terror, acción, etcétera), organizar las películas en función de esas categorías (de más cómicas a menos cómicas, de más terroríficas a menos terroríficas) y cruzarlas a continuación con las calificaciones de los usuarios.

El resultado es manifiestamente mejorable, como sabe cualquier suscriptor del servicio de streaming, y esta es la segunda conclusión de Hindman: “El modelo de Cambridge Analytica dista mucho de ser la bola de cristal que algunos afirman”.

Christopher Wylie asegura en su entrevista que “si miras los últimos cinco años de investigación científica […] no hay duda de que puedes perfilar a la gente [usando datos de las redes sociales]”, pero la realidad es algo menos estimulante. El artículo de referencia en este terreno, “Private traits and attributes are predictable from digital records of human behavior”, de Michal Kosinski, David Stillwell y Thore Graepe, usa los me gusta de Facebook para deducir determinadas características. Por ejemplo, adivina con bastante precisión (más del 88%) si alguien es blanco o negro, hombre o mujer, gay o heterosexual. Incluso acierta en una proporción del 60% si los padres están divorciados, porque estos individuos presentan “una mayor propensión a que les gusten manifestaciones de preocupación por la relación, como ‘Si estoy contigo, estoy contigo y no quiero a nadie más”.

Pero cuando se trata de conjeturar aspectos de la personalidad como inteligencia, extroversión, estabilidad emocional o amabilidad, el grado de precisión cae muy por debajo del 50%, lo que significa que sería más efectivo lanzar una moneda al aire o dejar que un chimpancé sacase bolas blancas o negras de una urna.

Como la matemática Cathy O’Neil declaró a Bloomberg, la “salsa secreta” de la que Nix presume es “más kétchup”. Personalizar la publicidad electoral para asustar a los ciudadanos neuróticos o ansiosos con imágenes de ladrones y terroristas no es un invento de Cambridge Analytica. Quizás sorprenda a unos periodistas suizos, pero los partidos estadounidenses llevan décadas haciéndolo. “No hay duda de que Trump […] se basó ampliamente en el manual […] de Barack Obama de 2012”, escribe Halpern. A partir de fuentes públicas y de sondeos propios, los demócratas ordenaron a los votantes en tres grandes categorías: quiénes los apoyaban, quiénes no y quiénes eran susceptibles de ser persuadidos. Luego elaboraban subcategorías (por ejemplo, mileniales agobiados por deudas de estudios o madres preocupadas por la violencia) y, finalmente, redactaban mensajes a la medida de cada grupo.

La única novedad es que esta técnica se ha enriquecido ahora con datos sacados de Facebook, “de forma perfectamente legal”, según Halpern. El director de la campaña digital republicana, Brad Parscale, “volcó a todos los partidarios conocidos [de Trump] en la plataforma de anuncios de Facebook” y, con las herramientas que la propia firma facilita, “los ordenó por raza, género, localización y otras afinidades” para cocinar “eslóganes basados en esos rasgos”.

“Donald Trump es nuestro primer presidente de Facebook”, dice Halpern, pero no le debe nada a una misteriosa y tóxica salsa, como sospecha Das Magazine, sino a la habilidad con que su equipo ha sabido explotar las enormes posibilidades de marketing que brindan las redes sociales. “Este es claramente el futuro de las campañas”, concluye, “tanto republicanas como demócratas”.

CIUDAD PROHIBIDA

INTERREGNUM: China en el centro. Fernando Delage

El lunes 15 de enero el Diario del Pueblo de Pekín publicó en primera página un llamativo manifiesto sobre el papel de China en el mundo. Apenas dos meses después del XIX Congreso del Partido Comunista, en el que Xi Jinping insistió en el comienzo de una “Nueva Era”, y coincidiendo con el primer aniversario de la toma de posesión de Donald Trump como presidente de Estados Unidos, el texto es revelador de las ambiciones de Pekín.

Retomando la idea de que China se encuentra ante un período de oportunidad estratégica para hacer avanzar sus intereses y consolidar su poder—un mensaje ya sugerido por Jiang Zemin en el año 2000—, se recogen tres ideas esclarecedoras sobre lo que piensan los dirigentes chinos y cómo están construyendo la narrativa de su ascenso.

El documento enumera, en primer lugar, los que considera como principales problemas que afronta hoy el mundo: el “déficit democrático”, el “déficit de gobernanza”, la desigualdad, el terrorismo o el cambio climático. Y todos ellos son consecuencia, según se indica del “sistema político y económico capitalista”. Estos factores, se señala en segundo lugar, están provocando profundos cambios, de los que está surgiendo como resultado un nuevo orden internacional. Esta es la ocasión, por último, para que China restaure su grandeza y regrese a la posición que le corresponde en el mundo.

Las reiteradas referencias del texto al “determinismo histórico” permiten concluir que China ve la presidencia de Trump como el contexto perfecto para dar ese salto cualitativo hacia la cúspide del poder mundial. Hace ahora también un año, en la primera ocasión en que un presidente chino asistía al foro de Davos, Xi defendió el libre comercio frente a las inclinaciones proteccionistas del nuevo presidente norteamericano, y ofreció su país para liderar la globalización. Su ofrecimiento fue recibido con alivio por los medios internacionales.

Celebrado el XIX Congreso, el Diario del Pueblo, principal órgano de comunicación del Partido Comunista, transmite la misma idea de manera directa a su opinión pública. Una China en el centro del mundo es, junto a la sostenibilidad del crecimiento económico, un pilar central de la legitimidad del régimen en el siglo XXI. Xi eleva la apuesta, en un juego en el que de momento continúa ganando puntos. La Estrategia de Seguridad Nacional de Trump, hecha pública en diciembre, y la del Pentágono, anunciada hace unos días por el secretario Mattis, hacen hincapié en el desafío revisionista que representa China. Para Pekín son una prueba añadida de cómo se acelera la reconfiguración del poder global a su favor.

fake news

Una dieta informativa completa y variada puede ser perjudicial para su salud. Miguel Ors Villarejo

(Foto: Marco Verch, Flickr) Después de la Segunda Guerra Mundial, la cobertura informativa estuvo sujeta en Estados Unidos a la Doctrina de la Justicia, que obligaba a los adjudicatarios de licencias de emisión a abordar los asuntos de una manera que la Comisión Federal de la Comunicación juzgara “honesta, equitativa y equilibrada”. Esta supervisión interfería, sin embargo, con la libertad de expresión y en 1987 se abolió.

Desde entonces, el universo mediático americano ha evolucionado hacia una creciente polarización. La llegada del cable convirtió una cadena abiertamente partidista como la Fox en un lucrativo negocio. Internet permitió luego la emergencia de webs aún más radicales y, finalmente, a lo largo de la última década, las redes sociales han hecho posible la difusión de cualquier barbaridad.

Estas barbaridades no se reparten, sin embargo, de forma homogénea a lo largo del espectro ideológico. Un grupo de investigadores del Centro Berkman Klein de la Universidad de Harvard ha analizado dos millones de informaciones publicadas entre el 1 de mayo de 2015 y el 8 de noviembre de 2016, fecha de las presidenciales, y ha comprobado que, mientras en el centro y la izquierda las cabeceras de referencia son instituciones veteranas (New York Times, Washington Post, CNN) que se rigen por los tradicionales códigos deontológicos, en la derecha Breitbart y la Fox han arrebatado el cetro a Wall Street Journal, National Review o Weekly Standard. El resultado es que el público progresista recibe una dieta informativa más completa y variada, lo que paradójicamente resulta perjudicial para sus intereses.

Los investigadores de Harvard explican que, durante la campaña electoral, el New York Times, el Washington Post y la CNN señalaban por igual las limitaciones de ambos candidatos, mientras la constelación liderada por Breitbart y la Fox se dedicaba simplemente a atacar a Clinton y a promocionar a Trump.

Por sí solo, esto no explicaría el éxito republicano, porque “no hay suficientes votantes que se nutran exclusivamente de medios de derechas como para ganar unas elecciones”, dice el artículo. Hubo que lograr también que algunas publicaciones de centroizquierda se hicieran eco de sus posiciones, y ese fue el gran éxito que Breitbart se anotó con la Fundación Clinton.

En 2015 uno de sus redactores, Peter Schweizer, había editado Clinton Cash (El dinero de los Clinton), un libro que denunciaba cómo la candidata había aprovechado su paso por la Secretaría de Estado para conceder favores a cambio de contribuciones a la fundación de su marido. Nunca se pudo probar nada, pero las cabeceras de la derecha mantuvieron el escándalo vivo citándose unas a otras. Una web lanzaba la especie de que el FBI investigaba a los Clinton, Breitbart y la Fox la recogían y todo el ecosistema se volvía loco rebotando la noticia, los análisis de la noticia, las reacciones a los análisis de la noticia, las réplicas a las reacciones a los análisis de la noticia…

Como una bala disparada dentro de una caja fuerte, el tema jamás habría salido de esta burbuja, pero el New York Times dedicó un reportaje a la adjudicación de unas minas de uranio a una empresa rusa. El periodista reconocía que no existían pruebas de que la entonces secretaria de Estado hubiera cometido ninguna irregularidad, pero el mero hecho de que se ocupara de ello contribuyó a legitimar el panfleto de Schweizer, obligó a Bill Clinton a convocar una rueda de prensa e hizo que no se hablara de otra cosa el verano de 2017. “Los medios de derechas situaron a la Fundación Clinton en el centro del debate justo en el momento en el que [Hillary] debía recibir su mayor impulso en los sondeos: después de la Convención Demócrata”.

La capacidad de Breitbart y Fox para condicionar la agenda no se limitó a este episodio. El uso que Clinton hizo de su correo privado para comunicaciones oficiales es con diferencia la materia más debatida en los dos millones de informaciones analizados. Por el contrario, las relaciones de Trump con Moscú o sus denuncias por acoso sexual recibieron mucha menos atención.

Esta cobertura infundió en muchos demócratas dudas sobre la idoneidad de su candidata. El día de la elección, no acudieron a las urnas y la menor participación neutralizó la desventaja inicial que todos los expertos atribuían a Trump. Dispuso de menos fondos y estaba claramente peor preparado que su rival, pero se las arregló para que no se hablara de sus carencias y, en política, lo que no sale en la televisión no existe.

deshielo

INTERREGNUM: ¿Deshielo en la península? Fernando Delage

(Foto: Maisie Gibb, Flickr) El año ha comenzado con la buena noticia de la celebración, el 9 de enero, del primer encuentro oficial entre las dos Coreas desde 2015. El deporte—en forma de los próximos juegos de invierno en Pyeongchang—ha ofrecido una oportunidad a Kim Jong-un para reducir la escalada de tensión de los últimos meses en la península.

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha manifestado su apoyo a las conversaciones, aunque no son pocos los analistas que consideran que la reanudación del diálogo entre Seúl y Pyongyang puede complicar los esfuerzos norteamericanos a favor de la desnuclearización. La oferta surcoreana de levantamiento de sanciones puede reducir la presión sobre el Estado vecino y, a un mismo tiempo, la cohesión de la alianza Washington-Seúl.

Pero quizá sea ésta una conclusión precipitada. Primero porque resulta difícil pensar que Corea del Norte vaya a renunciar a su capacidad nuclear. En segundo lugar, porque el razonamiento más plausible puede ser el inverso: que ha sido la última ronda de sanciones—impuestas en diciembre tras el lanzamiento de un misil intercontinental con capacidad de alcanzar Estados Unidos, el 29 de noviembre—el factor que ha conducido a Kim a reconsiderar sus opciones y buscar un “enfriamiento” de la tensión. Tampoco debe perderse de vista que el instrumento nuclear es para Pyongyang, además de un elemento disuasorio frente a las amenazas externas y de legitimación del régimen político, un medio para mantener vivo el objetivo de la reunificación.

No es casual, por lo demás, que el “giro” del líder norcoreano se haya producido mientras se reitera desde Washington la posibilidad de una acción preventiva. No sólo se ha hecho público que el Pentágono está actualizando sus planes de contingencias, sino que el asesor de seguridad nacional—un general con experiencia de combate y doctorado en relaciones internacionales, respetado por los expertos—lleva meses declarando que las posibilidades de guerra “aumentan cada día”. (Léase el artículo publicado por The Atlantic la semana pasada: “The world according to H.R. McMaster”).

Otro elemento significativo tiene que ver con las maniobras de China. Pese a a la extendida idea de que el viaje a Pyongyang de un enviado especial del presidente Xi Jinping en noviembre fue un fracaso, quizá esa no es toda la verdad. El emisario, Song Tao, no logró reunirse con Kim Jong-un, pero sí lo hizo con otros altos cargos, incluyendo el número dos del Partido y el ministro de Asuntos Exteriores. La presión china puede haber sido por ello otro motivo que ha facilitado el encuentro en Panmunjom y, quizá, la posibilidad de una próxima reunión entre los líderes de ambas Coreas.

Queda claro, en cualquier caso, el limitado margen de maniobra de Seúl frente al juego geopolítico mayor de Pekín y Washington. La competencia entre estos dos últimos y la incertidumbre sobre Trump entre sus aliados agrava, no obstante, un escenario ya de por sí complejo con la posibilidad—preocupante para el equilibrio regional, pero con un apoyo creciente entre los surcoreanos—de que el país se incline a favor de su propia opción nuclear.

Trump Laberinto

Donald Trump en su laberinto. Nieves C. Pérez Rodríguez

Washington.- Parece que la locura que vive estos días la Casa Blanca la ha desencadenado la salida del polémico libro “Fuego y furia” que inicialmente parecía poder aportar las claves de los intríngulis internos, uno de los asuntos más escabrosos que ha mantenido a la prensa en vilo por 12 meses.

Veníamos de 8 años consecutivos de relativa normalidad, y digo relativa porque la presión e inmediatez con la que se trabaja alrededor del presidente estadounidense es muy alto y los niveles de tensión máximos. Pero si a Obama algo no se le puede criticar es precisamente la lealtad para con su círculo cercano, y la sensibilidad con la que él personalmente trató a todos los que, de una u otra manera, pasaron por allí. Si además hacemos una pasada rápida por la vida personal de Obama, no hay nada oscuro, más bien se podría decir que la ética y la moral son su marca personal.

Ahora no sólo pasamos a lo dramáticamente opuesto, sino que la polémica en torno a Trump ha existido siempre, en sus negocios, su dudosa manera de cerrarlos, en su vida persona (aunque  esta parte es mejor dejarla para una columna de cotilleo rosa que es más apropiada) ; pero, en pocas palabras, su vida que ha transcurrido entre fama, riqueza y féminas. Y esto sin mencionar aquellos comentarios totalmente inapropiados que hizo, aún en campaña, sobre las mujeres, que son un claro reflejo de su persona y quién es el individuo.

Como si todo esto no fuera ya suficiente, sus cercanas relaciones, como Steve Bannon, que ahora es el “Descuidado Bannon”, (como lo ha llamado el propio Trump), fue quién ayudó al autor del libro a acceder a la Casa Blanca, y quien ha afirmado que sólo durante la campaña, el abogado personal de Mister Trump tuvo que silenciar unas 100 mujeres con dinero para que no se filtrara a la prensa.

 Además, está la investigación de los nexos de los Trump con Rusia, que también es mencionada en el libro de Wollf; que, valga decir, ha sido la sombra más oscura que persigue a ésta Administración, aunque hubo un breve espacio de calma cuando el General Flynn, (elegido para ser el Consejero de Seguridad Nacional), se declaró culpable de haber mentido al F.B.I. Pero hasta ahora, algunas afirmaciones hechas por el autor siguen flotando en el aire en busca de que se pueda determinar su veracidad, mientras que muchas otras se han ido desmoronando por no ser auténticas. El mismo Bannon, que apadrinó el libro, se retracta cuando empieza a encontrarse aislado y mientras se le retira el apoyo económico.

Además, la pasada semana se conoció el desafortunado adjetivo que Trump utilizó para referirse a países como Haití y el Salvador junto con países africanos, mientras que afirmaba que debía traerse noruegos en vez de ciudadanos de estos países. Dejando por sentado, una vez más, su autentica posición, que nos lleva atrás, a las concentraciones de los blancos supremacistas, el desdichado incidente en Charlottesville, y como estos grupos extremistas se sienten apoyados por el presidente y su clara preferencia hacia los blancos.

Pero tal y como afirmo Steven Collinson, periodista de CNN, el que haya visto su carrera no se sorprende ante estos comentarios, lo que sorprende profundamente es que el presidente de Estados Unidos sea capaz de admitir su tendencia en reuniones con otros políticos, o altos funcionarios. Es como darle un bofetón a la historia de este país, y los intrincados problemas raciales aún existentes en ésta sociedad.

Y para cerrar la semana, como si no hubiera sido suficiente todo lo mencionado, Trump cancela su viaje a Londres, preparado para principios de febrero, en el que debía inaugurar la “Gran Fortaleza del Támesis”, tal y como le llaman, la nueva embajada estadounidense, y culpa a Obama de ello, afirmando que la venta de la embajada previa se hizo por cacahuetes, o sea, por un precio irrisorio. Como si esa decisión la hubiera tomado la Administración anterior, cuando realmente fue bajo la Administración Bush, pero ejecutada en la Obama.

Pero, en su estilo propio, Trump hizo el anuncio de la cancelación del viaje por su cuenta de Twitter, lo que le ahorró trabajo burocrático al Departamento de Estado para buscar excusas diplomáticas y justificar tal ausencia. Otra prueba de la ligereza con que el presidente estadounidense trata las relaciones con uno de los aliados históricos de este país.

Pero seguramente Míster Trump no estaba dispuesto a estar en Londres rodeado de manifestantes protestando por su visita y sus irreverentes formas y comentarios.

Otra prueba de la crisis interna es la dimisión del embajador estadounidense en Panamá. Diplomático de carrera desde los años 90, experto en el continente americano, desde Canadá hasta la Patagonia incluido el Caribe, explica que no puede servir al Estado bajo la presidencia de Trump. Como buen diplomático se reserva los detalles, pero que en el fondo es público que uno de los grupos más afectados de las imprudencias o incluso ignorancias de Trump son los diplomáticos que deben intentar mantener un tono adecuado y respaldar la línea presidencial.

Si cuesta creer que todo esto esté pasando simultáneamente en Washington, hay que estar atento a los movimientos  y ver que hará el partido republicano, si intentar suavizar la gravedad de la situación o si más bien comenzará una carrera para sustituir a Trump, quien está destruyendo la imagen de su partido y poniendo en una situación de riesgo a una sociedad que en el fondo es profundamente conservadora y le ha costado mucho llegar a donde se encuentra actualmente. Una sociedad en la que el racismo se ha minimizado y penalizado, en la que el respeto y las formas son importantes, y en la que el discurso del presidente debe por encima de todo unir a razas y religiones, pues Estados Unidos es un país de inmigrantes y de colores que van desde el blanco mas puro hasta el negro más profundo. (Foto: Donald McCristopher, Flickr)

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Washington: Navidad en las decoraciones; el espíritu está ausente. Nieves C. Pérez Rodríguez

Washington.- A mediados de la semana pasada veíamos un Secretario de Estado que finalmente asumía su rol y expresaba con la fuerza que le da su posición que “Estados Unidos estaría dispuesto a dialogar con Corea del Norte”. La prensa por un momento se sintió en los EEUU de siempre, donde la cabeza del Departamento de Estado tenía voz y la usaba, hablaba y se le oía y, por si fuera poco, decía algo concreto sobre la situación más compleja que enfrenta la Administración Trump.

¡Reunámonos! Fue la invitación directa que hizo, “podemos hablar de establecer plazos, e incluso de que tipo de mesa usar”, en un tono más jocoso, “si negociamos en una mesa redonda o una cuadrada, o tal vez sobre el estado del tiempo, si eso es lo que ellos prefieren. Pero al menos deberíamos sentarnos y vernos las caras los unos a los otros”. Y fue aún más allá afirmando que realísticamente entiende que Pyongyang no va a parar su programa nuclear, después de los avances que han hecho y lo que han invertido. Lo que a su vez lo lleva a explicar que, de llegar a una especie de mesa de dialogo, Kim Jung-un entenderá que habrá que parar los ejercicios y las pruebas de misiles. Esta apertura en negociar con Pyongyang, marca un antes y un después en la política exterior de Trump.

De acuerdo con el embajador Joseph Detroni, comisionado para el grupo de conversaciones de Seis Partes (The Six Party Talks, por su nombre en inglés) que fue creado en el 2003, por Estados Unidos, China, Corea del Norte, Corea del Sur, Japón y Rusia; las palabras de Tillerson son, en su opinión, la única salida posible a la bloqueada situación. Detroni valora muy positivamente la posición del secretario de Estado, porque podría abrir una salida real, y con la condición lógica de que mientras se conversa no puede haber intimidaciones a través de lanzamientos ni pruebas nucleares, como una prueba de fe y confianza entre las partes. Y si Pyongyang se sentara en esa supuesta mesa, ese tiempo de no recurso a los lanzamientos podría llevar a negociaciones formales mientras Corea del Norte se podría beneficiar con parte de levantamiento de las sanciones.

Todo esto nos hace plantearnos una pregunta ¿Ha habido un cambio real en la política exterior de Estados Unidos hacia Corea del Norte? Según la Casa Blanca, que replicó casi inmediatamente, ¡No! Lo que nos lleva a considerar que la estrategia de Rex Tillerson se basa simplemente en usar la diplomacia, como una herramienta (finalmente) o bien, que está intentando desesperadamente mejorar su golpeada imagen de “líder sin liderazgo”, que ha permanecido bajo la sombra en la segunda posición más importante en este país, y de las primeras posiciones en el contexto internacional.

Mientras tanto, el Financial Time afirma que esta semana Trump acusará a China de “agresión económica” en el momento en el que revele su estrategia de seguridad nacional, como una estrategia que defina a China como un competidor en todos los ámbitos, lo que lo convierte en un inminente riesgo. Sigue así con la línea de la campaña electoral que quedó neutralizada con la visita de Xi Jinping a Estados Unidos y por los intentos de Trump de conseguir el apoyo de Beijing con Corea del Norte.

De establecerse oficialmente la postura anti China, los avances conseguidos en la grave situación de Corea del Norte quedarían en un despeñadero. En él, las palabras de Tillerson podrían ser la única solución posible en la que en la mesa de diálogo se juegue a conversar, y en esa tónica diplomática el mundo gane un poco de tranquilidad, porque los misiles no estarán volando por encima de las cabezas de los japoneses, lo que a la vez detiene (al menos mientras dure la negociación) los ejercicios nucleares y evita más pruebas de ensayo y error.

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La enigmática imperturbabilidad del índice del miedo. Miguel Ors Villarejo

(Foto: Dryhead, Flickr) Tras la caída del Muro de Berlín, los inversores dejaron de prestar atención a los debates electorales en los países ricos. Ese análisis se reservaba para el Tercer Mundo, donde sí te podía llegar al poder un partido que no reconocía los compromisos con el Fondo Monetario Internacional y sus lacayos imperialistas, y que te decretaba una moratoria unilateral o te nacionalizaba la banca de un día para otro.

En Occidente ese estadio parecía superado. Gobernara quien gobernara, se daba por supuesto que la gestión económica sería ortodoxa. Ahora no está claro. La Gran Recesión ha hecho verosímiles escenarios impensables. Si alguien le hubiera dicho hace solo un año que el Reino Unido iba a salirse de la Unión Europea o que el Parlamento catalán declararía la independencia, lo más probable es que se hubiera sonreído.

Pues ya ve.

Algunos bancos como Citigroup han incorporado a sus servicios de estudios a expertos en ciencias sociales para que les ayuden a prever estos cambios, pero no es fácil. Una de las herramientas de que disponen son los indicadores de riesgo geopolítico (GPR, por sus siglas en inglés), que rastrean los medios de comunicación en busca de informaciones sobre guerras, atentados, ensayos nucleares, etcétera. En principio, la abundancia de malas noticias encarece el coste del capital (los ahorradores exigen una rentabilidad superior cuando el peligro aumenta) y, por tanto, anticipa una ralentización del crecimiento. Por ello, la evolución de los GPR y la volatilidad suelen ir de la mano.

Esta correlación se ha roto, sin embargo, desde principios de 2017, lo que ha sumido “en la perplejidad a los observadores”, escriben en Vox los investigadores Lubos Pastor y Pietro Veronesi. Por una parte, el índice de Baker, Bloom y Davis “se halla muy por encima de su media de largo plazo. Esto no supone ninguna sorpresa, dada la incertidumbre que se cierne sobre las medidas de la Administración estadounidense. Pero, por otra parte, el […] índice VIX de volatilidad está en mínimos”.

Al VIX también se le conoce como “índice del miedo”, porque suele dispararse cuando la bolsa cae a plomo. Por ejemplo, el día siguiente al brexit el Ibex registró una pérdida del 12,5% y el VIX ganó un 49%. ¿No debería estar subiendo ahora, con media Europa en alerta terrorista, Kim Jong-un lanzando cohetes y Washington retirándose de tratados diplomáticos y comerciales? ¿Por qué no están nerviosos los inversores?

Pastor y Veronesi creen que no se fían de lo que leen. “Las señales que llegan de la nueva Administración [estadounidense] son difíciles de valorar. […] Un día la OTAN es obsoleta y al otro no. Un día Pekín se dedica a manipular las divisas y al otro no. Un día Donald Trump se lleva bien con Vladimir Putin y al otro no”.

El desconcierto ante estas idas y venidas se ha visto potenciado por los burdos intentos de manipulación, el más famoso de los cuales fue el empeño del presidente en que su toma de posesión había sido más multitudinaria que la de Barack Obama, cuando las fotografías de los dos actos mostraban claramente lo contrario. Como dice en Sopa de ganso Groucho Marx: “¿A quién va usted a creer? ¿A mí o a sus propios ojos?” Solo en los primeros 100 días, el Washington Post cogió a Trump en 492 tergiversaciones o mentiras. Ahora ya supera las 1.600.

La autoridad de un presidente de Estados Unidos no radica únicamente en las presiones que ejerce como general del mayor ejército del planeta o responsable de una gigantesca economía. Una declaración suya, incluso un gesto bastan a veces para mover voluntades en un sentido u otro. Este poder blando debe, sin embargo, emplearse con cautela, porque, como una moneda, se devalúa rápidamente si la emisión es excesiva.

Trump ha provocado una inflación de promesas y bravatas que se han revelado falsas o irrealizables y, ante la imposibilidad de interpretar sus señales, los inversores han dejado de tenerlas en cuenta. Por eso el VIX está plano. No es que todo vaya bien y no se vea ninguna amenaza por delante. Es que no se sabe lo que puede haber.

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Las bodas de oro de la ASEAN contaron con la presencia de Trump. Nieves C. Pérez Rodríguez

Washington.- La década de los 60 vio el comienzo de los acuerdos comerciales en la región asiática. La Asociación de Naciones del Sudoeste Asiático (ASEAN por sus siglas en ingles), inició la tendencia de agrupaciones que bajo la búsqueda de un bien común consiguieron unirse, y con el paso del tiempo crecieron en número de miembros. A partir de entonces, muchas otras organizaciones, sobre todo de tipo económico, se han creado en el Pacífico.

Donald Trump acudió a la cumbre que celebró los 50 años de la ASEAN, donde remarcó la visión económica de su Administración, basada fundamentalmente en el unilateralismo y en segundo lugar, pero no menos importante, en el hecho de que nadie es dueño del mar y de que la libertad de navegación y sobrevuelo de los mares son críticos para la seguridad y prosperidad de las naciones del mundo.

Fue éste crucial punto el que llevó a los líderes de Australia, India y Japón a reunirse para discutir este compromiso y presentarse unidos para defender este derecho fundamental de la Convención de Ginebra.

Cuatro miembros de ASEAN, Filipinas, Vietnam, Brunei y Malasia, se disputan varias islas con China en esta zona marítima, en un contencioso en el que China apela a sus derechos históricos y que en el pasado ha puesto al descubierto las diferencias internas entre sus diez socios. Y en que la voz firme de Estados Unidos vino a marcar un gran momento, donde se dejó por sentado su liderazgo en la región, así como también el respeto por la libertad de tránsito marítimo y las decisiones del tribunal de arbitraje de la Haya y los fallos en los que ha desestimado las pretensiones chinas. En este punto la administración Trump ha sido consecuente con la política exterior estadounidense de los últimos 60 años.

La ASEAN reúne 622 millones de habitantes y aspira a elevar su PIB conjunto hasta los 4,7 millones de dólares en 2020 para así convertirse en la cuarta potencia económica del mundo en 15 años. En 2015, la economía global de los diez países alcanzó los 2,43 billones de dólares, mientras que las previsiones de crecimiento son del 4,8% para este año, según cifras oficiales de la organización.

De acuerdo con el experto Alberto Solares Gaite, los procesos de integración en Asia han sido radicalmente opuestos a los que ha experimentado Occidente. Las agrupaciones asiáticas se han caracterizado por el desarrollo de pocas instituciones y de mecanismos de bajo compromiso. No existen acuerdos oficiales, los vínculos comerciales y financieros se han llevado a cabo de modo fáctico entre los países de la región. Lo que se conoce como integración “silenciosa”, en las que se fomenta sobre todo los agentes microeconómicos, pese al bajo perfil de los gobiernos.

Mireya Solís, experta en Asia del Instituto Brookings sintetizó el viaje asiático de Trump en estas palabras: “Su Administración está fundamentalmente redefiniendo la estrategia y el rol de Estados Unidos en el comercio internacional y cambiando la diplomacia de intercambios.  Si hay que reconocerle algo es que fue consistente en cada uno de sus paradas en su gira por Asia, rechazando explícitamente el multilateralismo, sin dobleces en sus palabras, y explicando que Estados Unidos apuesta por tratados bilaterales, y que todos los países interesados en negociar con Washington son bienvenidos a sentarse en una mesa a dos partes”. Mientras que Xi Jinping, en su intervención en la APEC, dejó claro que China está a favor del multilateralismo, convirtiéndose en el nuevo y gran líder que apoya los acuerdos multilaterales de libre comercio sin exclusión.

Tal y como afirmó Trump al regresar a casa la semana pasada, el viaje a Asia tuvo tres objetivos: unificar el  mundo en contra de la amenaza nuclear del régimen norcoreano, afianzar las alianzas políticas y económicas estadounidenses en el Indo-pacífico, nuevo término que demuestra una nueva visión de la región, y, por último, intercambios comerciales justos y recíprocos, que, en otras palabras, viene a decir acuerdos donde la Administración Trump pueda imponer sus reglas y no ceder frente a la presiones de bloques económicos ya establecidos. Sin lugar a dudas, estamos frente a una nueva diplomacia de intercambios.

testigo

INTERREGNUM: ¿Cambio de testigo en Asia? Fernando Delage

¿Será noviembre de 2017 la fecha en que se certificó la sustitución de Estados Unidos por China en el liderazgo asiático? La sucesión de encuentros mantenidos en la región la semana pasada así parece apuntarlo. La cumbre de APEC en Vietnam, en particular, enfrentó de nuevo dos retóricas opuestas—la de Pekín y la de Washington—con una rotunda mayoría a favor de la primera.

No se trata de seguir el modelo chino. Pero es Xi Jinping quien abandera la defensa de la globalización y de una economía abierta, y quien impulsa una renovación de las fórmulas multilaterales. La República Popular es, por resumir, la gran potencia comprometida con los principios e instrumentos que necesitan las economías asiáticas para continuar creciendo. El discurso unilateralista de Trump, además de su innecesario tono hostil, no podía granjearle nuevos amigos. Como desde un principio resultaba previsible, “America first” sólo podía significar “America alone”. Estados Unidos ha decidido aislarse de los intereses que comparten los países de la región, con independencia de sus diferentes regímenes políticos o niveles de desarrollo. El acuerdo de principio logrado en Vietnam para rehacer el Acuerdo Transpacífico (TPP) a 11, es decir, sin Washington, es la más clara expresión del camino sin salida emprendido por Trump en su política comercial. China, por su parte, ha vuelto a demostrar su habilidad para utilizar foros como APEC para avanzar en la construcción de un nuevo orden regional, con ella en el centro.

Tampoco ofreció Trump la formulación de una política asiática que esperaban los observadores, más allá del mero concepto de un “Indo-Pacífico libre y abierto”. Quizá de vuelta en casa su administración ofrezca mayores detalles, incluyendo—se cree—un paquete de medidas dirigido a corregir el gigantesco déficit bilateral con Pekín. También podría resucitarse la fórmula del “Quad”, el cuadrilátero de democracias que ya propuso el primer ministro japonés, Shinzo Abe, hace diez años como elemento de equilibrio de una China en ascenso. Ha sido de nuevo Tokio, esta vez por boca de su ministro de Asuntos Exteriores, Taro Kono, quien en una entrevista a “Nikkei Asian Review” a principios de mes, propuso el establecimiento de un diálogo estratégico formal al más alto nivel entre Japón, Estados Unidos, India y Australia, con dos objetivos principales: asegurar la estabilidad del espacio marítimo regional, y articular una respuesta alternativa a la Ruta de la Seda china.

Washington parece haber “comprado” la idea japonesa. El escepticismo de Delhi y el rechazo de Australia por temer provocar a China, abortaron hace una década la iniciativa. Esta vez, India se ha mostrado a favor de cooperar “sobre todas aquellas cuestiones que favorecen sus intereses”, y también la ministra australiana de Asuntos Exteriores, Julie Bishop, ve con buenos ojos la propuesta. Pero, ahora como entonces, quedan algunas cuestiones por resolver. ¿Por qué está ausente otra importante democracia de la región, Corea del Sur? Y, sobre todo, ¿cómo se equilibra el hecho de que China se convierta en la principal variable del futuro económico de la mayor parte de los países de la región, y que algunos pretendan sumarse al mismo tiempo a una coalición diplomática contra Pekín? El polarizado debate que se está produciendo en Australia entre la comunidad diplomática y estratégica—escéptica sobre un mayor acercamiento a Pekín—y la económica y empresarial—defensora de lo contrario—es buen ejemplo de una dinámica que, al menos de momento, continúa favoreciendo a China y a sus esfuerzos por consolidar una esfera de influencia cada vez más amplia.

Trump Building

INTERREGNUM: Trump en Asia. Fernando Delage

El 3 de noviembre, Trump comienza su segundo gran viaje al exterior, con una gira de 12 días que le llevará a cinco países de Asia. Además de los tres grandes del noreste asiático—Japón, China y Corea del Sur—, el presidente norteamericano visitará dos naciones del sureste de la región—Vietnam y Filipinas—para asistir a dos cumbres multilaterales.

En los tres primeros predominará la agenda bilateral. Comercio y seguridad ocuparán la mayor parte de su tiempo con Shinzo Abe, Xi Jinping y Moon Jae-in. Tras su victoria electoral del 22 de octubre, un Abe reforzado políticamente tratará de convencer a Trump de lo inviable de su política comercial: Japón, como la mayoría de las economías asiáticas, necesita mayor liberalización e integración, y preferiría evitar una excesiva dependencia del mercado chino. El primer ministro surcoreano tendrá que emplearse a fondo también para que Trump no añada el acuerdo de libre comercio Estados Unidos-Corea del Sur (KORUS) a la lista de los pactos, encabezados por NAFTA, que quiere deshacer. En China, cuyo superávit comercial con Estados Unidos el presidente no ha dejado de denunciar desde la campaña electoral, quizá desvele por fin cómo piensa responder. Con los tres líderes, Trump discutirá asimismo la evolución del desafío norcoreano, para concluir, lo reconozca o no, que carece de opciones de actuación en solitario.

Tras diez meses en la Casa Blanca, el principal problema asiático de Trump es la ausencia de una política. Ni en el departamento de Estado ni en el Pentágono se ha nombrado aún a los responsables de Asia, mientras también siguen vacantes muchas de las embajadas de Estados Unidos en la región. Tampoco se ha expuesto una estrategia articulada sobre los objetivos de la administración. Se espera con notable expectación, por tanto, que en su discurso en Vietnam, donde Trump asistirá a su primera cumbre del foro de Cooperación Económica del Asia-Pacífico (APEC), anuncie su visión de Asia y cómo propone defender los intereses norteamericanos en un contexto de profunda transformación. Asia nunca ha sido más importante para el futuro económico y diplomático de Estados Unidos y, sin embargo, se acelera la percepción de debilitamiento de su posición. La Casa Blanca quiere apartarse de las propuestas de Obama y su famoso “pivot” hacia Asia, pero lo que ha provocado ha sido un vacío de un año tras el abandono del TPP, letal para su credibilidad.

Un anticipo de lo que pueda decir Trump lo ofreció su secretario de Estado, Rex Tillerson, en un discurso pronunciado en Washington el 18 de octubre, en vísperas de su primer viaje oficial a India. Fue algo más que un examen de las relaciones entre las dos mayores democracias del mundo. Tillerson volvió al discurso de administraciones anteriores sobre un orden regional libre y abierto, y “basado en reglas”. Aunque de manera poco explícita, también dio a entender que Washington va a reaccionar a la iniciativa china de la Nueva Ruta de la Seda, y que, ante la redistribución en curso del poder internacional, India será uno de sus principales socios de preferencia. Cabe esperar que, en su intervención en Vietnam, por fin Trump anuncie cómo Estados Unidos va a intentar abrirse un espacio en Eurasia para equilibrar las ambiciones económicas y geopolíticas chinas.

En Filipinas, Trump no asistirá a la Cumbre de Asia Oriental, segunda gran cumbre anual multilateral en Asia, a la que Estados Unidos se incorporó en 2010, y que Obama trató de reconvertir en el principal foro regional de seguridad. Aunque es el único proceso, junto a APEC, que reúne a los jefes de Estado y de gobierno, la ausencia de Trump en su primera convocatoria es difícilmente justificable. Al menos, participará la víspera en la cena de conmemoración del 50 aniversario de la Asociación de Naciones del Sureste Asiático (ASEAN), institución que ocupó un papel relevante en la estrategia asiática de Obama pero que ha ignorado hasta la fecha la actual administración. Quizá tras sus conversaciones con Rodrigo Duterte, Trump pueda afinar sus ideas al conocer de primera mano la percepción local sobre el ascenso de China y sobre lo que se espera de Estados Unidos.