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La madre de todas las batallas comerciales. Miguel Ors Villarejo

Una de las razones por las que el mundo es hoy un lugar mucho más pacífico que hace un siglo es que el sufragio universal es poco compatible con las contiendas. La explicación es la estructura de incentivos. Las dictaduras contemporizan poco porque los que mandan y los que mueren son distintos. Por el contrario, en las democracias los soldados y los votantes suelen ser los mismos, lo que hace que el ardor guerrero se diluya rápidamente. Lo hemos visto en las últimas aventuras de Washington. Cuando en marzo de 2003 George Bush lanzó los primeros misiles sobre Irak, el 72% de los estadounidenses consideraban que era la “decisión correcta”, pero dos años y 24.000 cadáveres después esa proporción había caído por debajo del 47% y, en 2104, cuando Barack Obama ordenó la retirada, apenas llegaba al 38%.

Los conflictos comerciales no son exactamente iguales que los militares, pero el declarado por Donald Trump presenta inquietantes similitudes con las campañas de sus predecesores. Como los neocons que alentaron la deposición de Sadam Hussein, Trump está convencido de que la superioridad americana es tan brutal que no necesita aliados e incluso ha amenazado a los fabricantes europeos de coches con una subida de aranceles. Es una retórica que recuerda a la de Charles Krauthammer, el columnista que en 2001 instaba a adoptar “un nuevo unilateralismo” que permitiera a la Casa Blanca perseguir “sin vergüenza” sus intereses nacionales. O a la de Robert Kagan, que se preguntaba dos años después en Poder y debilidad: “¿Puede Estados Unidos prepararse y responder a los retos estratégicos que plantea el mundo [terrorismo, proliferación] sin demasiada ayuda de Europa?”, para responder a renglón seguido: “Ya lo está haciendo”.

Hoy sabemos cómo acabó todo aquello. ¿Corre también Trump el riesgo de salir escaldado?

Como Bush en Irak, su estrategia consiste en un ataque frontal “abrumador”: la imposición de aranceles del 25%. Dada la dependencia china del mercado americano, las consecuencias serán considerables. Y el daño que Pekín puede infligir adoptando restricciones similares será siempre inferior, porque los estadounidenses no venden tanto en el país asiático. Por eso Xi Jinping no va a ir a un mero intercambio de golpes. Su respuesta será “más sofisticada”, escribe The Economist. Pretende “forzar un cambio en el comportamiento” de su antagonista.

“En el terreno político”, coincide Steven Lee Myers en el New York Times, “[China] dispone de bazas que contrarrestan su inferioridad comercial bastante mejor de lo que Trump sospecha”. Mientras este deberá capear las protestas de los lobbies y los votantes en vísperas de unas elecciones legislativas, la férrea censura comunista deja escaso margen a los críticos de Xi. Su Gobierno también ejerce mayor control sobre el aparato productivo y puede impedir los despidos y las quiebras obligando a los bancos a sostener a las compañías damnificadas. ¿Cuánto tardarán, sin embargo, los agricultores del Medio Oeste en movilizar a sus congresistas para apretarle las tuercas a Trump?

Igual que Al Qaeda y los talibanes, Pekín únicamente tiene que resistir y dejar que las inercias propias de la democracia americana le hagan el trabajo. Como sostiene el editorialista del tabloide nacionalista Global Times, “doblegar a China podría exigir una batalla inimaginablemente cruel para Estados Unidos”. (Foto: Flickr, Kevin Dooley)

Submarino

INTERREGNUM: Mercados y submarinos chinos. Fernando Delage

No hay mejor reflejo del poder chino que el hecho de que no haya una semana en la que su presidente no ocupe la primera página de los grandes medios internacionales. Y, en coherencia con las ambiciones de Pekín, las noticias no son sólo de cuestiones empresariales. Es ya imposible hablar del futuro de la economía global, pero también del equilibrio militar de poder, sin tener en cuenta a la República Popular.

El martes 10 de abril, en una intervención ante el Boao Forum—reunión que se celebra anualmente en la isla de Hainan, y es conocida como el “Davos asiático”—Xi Jinping asumió una vez más su ya conocido papel de principal defensor del libre comercio y la globalización. Xi recurrió a los mismos mensajes en los que ha hecho hincapié en el Foro Económico Mundial en enero de 2017, o en distintas ocasiones multilaterales, como las cumbres de APEC (la última de ellas en Vietnam el pasado noviembre). Pekín ha sabido ocupar el vacío creado por el nacionalismo económico de Trump, con una retórica que calma a los mercados internacionales sin abandonar al mismo tiempo la defensa de sus intereses nacionales.

Ambos objetivos coinciden en el anuncio realizado por Xi en el mismo discurso: prometió reducir las barreras a la inversión extranjera en la industria del automóvil y el sector financiero, disminuir los aranceles a las importaciones de vehículos de motor, y mejorar la protección de los derechos de propiedad intelectual. Su compromiso sobre estos asuntos centrales en las actuales disputas comerciales con Washington, y el tono conciliador empleado por Xi, han mitigado la preocupación por una inminente guerra comercial. La administración Trump se ha atribuido con celeridad la victoria, al interpretar la declaración del presidente chino como una concesión a sus presiones. Pero China aún tendrá que concretar su retórica en hechos. De momento, se ha garantizado la estabilidad que necesita su crecimiento—objetivo interno prioritario—, mientras—de cara al exterior—es la República Popular quien refuerza su imagen como país respetuoso de las normas multilaterales.

China, por resumir, ha vuelto a dar otro ejemplo de habilidad en su diplomacia económica. A lo que hay que sumar la demostración militar realizada sólo dos días más tarde. El despliegue de más de 10.000 soldados, 48 buques y submarinos de la armada y 76 cazas de la fuerza aérea carece de precedente. A bordo del destructor Changsha, el presidente chino pasó revista a siete grupos de batalla, y por primera vez hicieron aparición pública los submarinos nucleares 094A, dotados cada uno de ellos con 12 misiles intercontinentales (de un alcance estimado de 7.400 kilómetros). Las comparaciones históricas, siempre presentes en el imaginario nacional, llevó a algunos medios a describir la ocasión como la mayor concentración de buques chinos en 600 años, es decir, desde las famosas expediciones del almirante Zheng He. Como mínimo, sí revela la extraordinaria y acelerada modernización de las capacidades navales chinas desde la llegada de Xi Jinping al poder a finales de 2012; un poderío que puede poner fin—así lo reconoce el propio Pentágono—a la supremacía de Estados Unidos en las aguas del Pacífico occidental.

Como no habrá escapado a la atención de los observadores, los ejercicios también se han desarrollado en la isla de Hainan, plataforma central de proyección en el mar de China Meridional—la totalidad de cuyas islas Pekín reclama—, y punto de partida de la Ruta de la Seda Marítima. El mismo día que Xi se dirigió a sus tropas, también se anunció la realización de maniobras navales en el estrecho de Taiwán el 18 de abril. (Foto: Gerry Pink, Flickr)

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Los efectos de sus medidas que Trump ignora. Nieves C. Pérez Rodríguez

La vida cotidiana de los ciudadanos transcurre bastante parecida en casi cualquier país del mundo. Salvo diferencias culturales y determinadas prácticas, las preocupaciones que ocupan los pensamientos son parecidas: trabajo, dinero, familia, vivienda, educación, etc. La calidad de vida de los ciudadanos está determinada por factores más complejos, como el nivel de desarrollo del país, el acceso a tecnología punta, un sistema sanitario que funcione, y la libertad es sin duda un factor que ocupa un lugar importante. La globalización ha sido el elemento acelerador del deseo de desarrollo, mientras que ha permitido que se agilicen las transacciones de intercambios y el acceso a productos de casi cualquier punto, por distante que sea del planeta.

Esto es lo que ha ocurrido entre China y Estados Unidos, a pesar de ser países con sistemas económicos y políticos opuestos. El deseo de acceder a un mayor mercado, o producir a menor costo o a mayor escala ha unido a ambas economías, las ha hecho crecer e incluso las está llevando ahora a un enfrentamiento por mantener el liderazgo. Pero ¿es posible que la guerra comercial de la que tanto se está hablando quede ajena al ciudadano de a pie?

Conversamos con Eric Johnson, periodista especializado en intercambios comerciales, tecnologías y logística, que acumula una gran experiencia práctica en intercambios comerciales, y sostiene que Trump tiene razones reales en culpar a China de no estar jugando de manera justa, pues subsidian industrias a través de entidades estatales e inundan mercados con exceso de capacidad de productos para reducir los precios mundiales.  Y, apunta, la discusión debería estar centrada en cómo la entrada en vigor de estas tarifas impactará las economías en dos aspectos, para los consumidores y para el empleo.

Lo más importante, apunta Johnson, son los impactos de la gestión de la cadena de suministro. Un fabricante estadounidense que importa del extranjero partes o componentes para poder producir una maquinaria, por ejemplo, al encontrarse que estos aranceles aumentan el precio de esa parte, acabará aumentando considerablemente su producto final. Puede hacer tres cosas: una, ir a un país diferente donde las tarifas no se aplican, dos, ir a un proveedor nacional (si lo hubiera), o tres, dejar de producir esa maquinaria por completo. Ninguna de estas opciones es ideal, especialmente porque la mayoría de las empresas se encuentran en mercados globales altamente competitivos. Las compras en el exterior les dan a los fabricantes estadounidenses una ventaja competitiva y libertad de buscar sus suministros donde le sean económicamente más atractivos, lo que se traduce en un producto terminado a un mejor precio.

Para los exportadores de EE. UU., Los impactos podrían ser más directos: aranceles en bienes completamente ajenos a los sectores a los que se dirige la Administración Trump. En otras palabras, los productores de soja de Iowa y los productores de vino de California (dos sectores extraordinariamente fuertes en la exportación estadounidense a China) podrían ser penalizados porque la industria del acero ha ejercido presión sobre la Administración Trump, sostiene Johnson. Los sectores económicos por diferentes que sean forman parte de una gran rueda que mueve el sistema en su totalidad, y si una parte de ese sistema es alterado -favorable o perjudicialmente-, habrá un efecto dominó sobre la cadena, bien sea de elaboración, distribución, almacenaje y/o en el consumidor final, que pagará más por el mismo producto.

Una vez que entren en vigor las tarifas, los mercados de productos básicos de exportación se descontrolarán, el costo de algunos bienes de consumo de importación se verá afectado y la gente comenzará a perder empleos en industrias que dependen de la importación y la exportación. Johnson enfatiza que a él le preocupa especialmente los trabajadores menos cualificados (los obreros de almacenes de distribución, embalaje o los mismos conductores de camiones) puesto que no reciben tanta atención, por parte de la Administración Trump, como los que trabajan en las minas de carbón o las siderúrgicas. Pero ambos son trabajos manuales o del mismo nivel. Luego están todos los empleos asociados con el comercio, como los directores de logística, gerentes de cadena de suministro, responsables de venta a minorista y construcción que dependen de las importaciones. Todos ellos se verían afectados de imponer dichas tarifas, y esto pasaría tanto en Estados Unidos como en China.  Tal y como hemos afirmado repetidamente en esta columna, las formas de Trump son muchas veces el mayor problema. Johnson asevera que avergonzar a China en la arena pública solo obligará a Beijing a tomar represalias, lo que ya han anunciado (con las contramedidas).

Pudiendo negociar ferozmente, pero a puertas cerradas, con China y ser cordiales en público, con una mayor dosis de diplomacia y menos confrontación, Washington podría seguir luchando por mantener sus intereses económicos e incluso penalizar a China, neutralizando sus maniobras oportunistas, más que haciendo un show mediático que al final no beneficia a ninguna de las partes.

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INTERREGNUM: Tambores de guerra (comercial). Fernando Delage

El pasado 3 de abril, Washington anunció la imposición de tarifas a las importaciones de distintos productos chinos por un total de 50.000 millones de dólares. Un día más tarde, China desveló su propia lista de importaciones procedentes de Estados Unidos a las que impondrá aranceles por una misma cuantía. Al día siguiente, el presidente Trump dio instrucciones a su administración para preparar un plan adicional de sanciones por otros 100.000 millones de dólares. Tras condenar las amenazas norteamericanas, Pekín declaró que no dudará en darles una rápida respuesta: “China no quiere una guerra comercial—indicó el viceministro de Comercio—, pero no la tememos si hay que declararla”.

Aunque las medidas acordadas hasta la fecha ascienden a una misma cifra, su impacto es muy diferente. Las compras norteamericanas a China sumaron 505.000 millones de dólares en 2017, lo que significa que las tarifas impuestas por Washington sólo afectarán al 10 por cien de las mismas. Las importaciones chinas de Estados Unidos fueron de 130.000 millones de dólares, por lo que los aranceles de Pekín alcanzarán a más de un tercio de las ventas norteamericanas. Pero la asimetría no es sólo económica: también lo son las consecuencias políticas.

Trump dice actuar contra un supuesto “robo” chino de la propiedad intelectual de su país, y—sin decirlo—pretende obstaculizar la estrategia de innovación tecnológica de Pekín, formulada bajo la etiqueta de “Made in China 2025”. El gobierno chino se ha concentrado, por su parte en las exportaciones agrícolas de Estados Unidos—soja, maíz y tabaco, en particular—que representan casi el 20 por cien del total de las exportaciones norteamericanas a China. El mensaje político es claro: Pekín se ha dirigido al corazón de las áreas de influencia republicana; a los votantes de Trump en las zonas rurales. El presidente se encontrará así con la oposición de sus propios electores a las medidas que ha adoptado contra China, al resultarles perjudiciales para sus intereses económicos. La República Popular depende en mayor medida del comercio exterior que Estados Unidos; sin embargo, dado el control por el Estado de la economía, su margen de maniobra para adaptarse al impacto de las sanciones es mucho mayor que el de Washington. Los líderes chinos no tienen que preocuparse, como Trump, por las elecciones al Congreso de noviembre, o por su reelección en 2020.

Más relevante quizá que la dinámica interna de ambos países, es lo que el enfrentamiento revela sobre el cambio en su respectiva posición internacional. Las medidas de Trump no deben sorprender a nadie, dadas sus preferencias proteccionistas. Pero la convicción de que sus amenazas obligarán a China a ceder y a ofrecer concesiones significativas puede resultar errónea. El problema de la estrategia de Trump—si se le puede denominar como tal—es que su objetivo no es en último término China (o Corea del Sur, o México, entre otros países a los que también ha leído la cartilla) sino el sistema multilateral, cuyas reglas está violando con sus medidas. Sin duda China juega con cartas marcadas, como revelan las crecientes dificultades de  las empresas extranjeras para acceder a su mercado. Sin embargo, cuando es un Estado comunista quien demanda a Estados Unidos ante la Organización Mundial de Comercio—uno de los pilares del orden internacional creado por Washington tras la segunda posguerra mundial y que ahora Trump quiere deshacer—, los términos del envite van mucho más lejos.

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América primero, al precio que cueste. Nieves C. Pérez Rodríguez.

Washington.- Trump anunció a finales de la semana pasada fuertes sanciones comerciales contra China, que podrían estar alrededor de unos 60 billones de dólares, y que entrarán en vigor en los próximos 45 días. La razón fundamental de estas sanciones, que esgrime el gobierno estadounidense, es que China ha estado jugando injustamente en contra de las normas comerciales internacionales y con ello afectando a la economía de los Estados Unidos. Además, acusa a China de bloquear el acceso a los productos estadounidenses en su mercado. En pocas palabras, el objetivo de estas sanciones es reducir el déficit con China en unos 50 billones de dólares.

Se esperaban algún tipo de sanciones contra China, como parte del proteccionismo económico de la Administración Trump. Por lo tanto, no ha sorprendido el hecho de que se hayan impuesto, sino la envergadura de las mismas.

Muchas personas entran y salen del círculo del presidente, pero el tridente económico de Míster Trump ha permanecido intacto desde antes de convertirse en presidente. Su consejero de políticas comerciales e industriales, Peter Navarro, ha catalogado la acción como “un evento histórico”. Mientras que Robert Lighthizer, el representante comercial de Trump, se mostró a favor de las sanciones exponiendo su preocupación “por perder la propiedad intelectual de las tecnologías, puesto que es la mayor ventaja de la economía estadounidense”. Y Wilbur Ross, el secretario de Comercio, afirmó que “una manera de aliviar el déficit sería que China comprara más gas natural a los Estados Unidos”, así como manifestó que la Administración estaba esperando contramedidas desde Beijing.

Washington quiere cambiar el comportamiento comercial chino, o lo que es lo mismo, la manera en la que China comercia sus productos y hacerles respetar normas de intercambio internacional de acuerdo con Esward Prasad, experto económico del think tank Brookings institute. Prasad, además, sostiene que la Administración Trump cree que imponiendo tarifas a los productos que entran a los Estados Unidos, estarían protegiendo la economía doméstica, bajando el déficit. Pero eso no necesariamente será así, de acuerdo a su criterio.

Consultamos con Christopher Smart, quién se desempeñó como consejero económico de Obama, además de que sirvió como asistente del secretario del Tesoro liderando la respuesta a la crisis financiera europea y fue responsable sobre asuntos de política financiera de Europa, Rusia y Asia Central. Actualmente forma parte de la Fundación Carnegie para la paz internacional, con sede en Washington. Le preguntamos cómo de grave es el déficit entre Estados Unidos y China, y si ese déficit está realmente perjudicando tanto la economía estadounidense como Trump insiste en mantener.

Smart dice que el superávit de China con todos sus socios comerciales ha disminuido drásticamente. Añade que “sigue siendo grande con los Estados Unidos, pero eso producto de la baja tasa de ahorro de los estadounidenses y la combinación de bienes y servicios que comerciamos con China”.

El presidente Trump ha sido muy crítico de China, así como muchos de sus asesores. Estas sanciones habían sido anunciadas. Pero ¿por qué Trump las hace públicas ahora?; y ¿cuál será el efecto de estas sanciones en la población estadounidense en su vida diaria?

Smart: “Eso puede explicarse en parte porque la Administración ahora necesita menos a China por su compromiso actual con Corea del Norte y siente la presión de cumplir con algunas de las promesas electorales del presidente Trump, de endurecer su postura contra China antes de llegar a la mitad del periodo presidencial. El impacto para la mayoría de los estadounidenses en esta etapa será un pequeño costo adicional para algunas importaciones y la pérdida de algunas de las exportaciones de bienes a los que China ahora planea imponer una tarifa”.

¿Podría la respuesta china tener un impacto en la economía estadounidense?

Smart: “Las represalias chinas hasta ahora parecen modestas, con mucho margen para ser incrementadas si Estados Unidos continúa ampliando los aranceles. De momento, el impacto económico real en ambos países debería ser bastante pequeño en esta etapa, aunque la incertidumbre sobre la escalada futura puede afectar a los mercados financieros”.

Una guerra comercial no es un buen negocio para China, pero tampoco lo sería para Estados Unidos. Lo que está haciendo Trump es intentar poner freno a unas prácticas económicas que han permitido a China crecer de una manera tan importante. Sin embargo, los aranceles a largo plazo pasan factura al ciudadano de a pie en sus compras diarias, tal y como han advertido muchos economistas. El juego diplomático ahora está en acentuar más o menos esos aranceles, en los próximos meses. Es posible que en este juego Washington pueda presionar a Beijing y conseguir ciertas concesiones en las negociaciones que tendrá lugar a corto plazo con Pyongyang. (Foto: Wayne Hsieh, Flickr)

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Desmontando a Donald. Miguel Ors Villarejo

El déficit comercial de Estados Unidos con China ascendió a 375.000 millones de dólares (algo más de 300.000 millones de euros) en 2017. Es una cifra fabulosa, que en la imaginación de Trump se traduce automáticamente en una sangría de empleo y riqueza. Para el presidente americano, la balanza de pagos es una especie de marcador deportivo y, cuando lo mira, no puede reprimir su desolación. “¡Demonios, estos chinos nos están dando una paliza!” Pero si es una derrota, se trata de una muy especial.

Pensemos en los 15.700 millones de dólares que los estadounidenses se gastaron en iPhones el año pasado. Como China exporta el producto final, la contabilidad nacional lo anota en su haber, pero ¿quién se embolsa de verdad el grueso del negocio? “IHS estima en 370,25 dólares el coste de sus componentes”, dice Reuters. “De esa cantidad, 110 van a la surcoreana Samsung, que es la que hace las pantallas. Otros 44,45 acaban en la japonesa Toshiba y la surcoreana SK Hynix por los chips de memoria”.

Los chinos se limitan a ensamblar y embalar, y perciben por esa tarea entre 10 y 20 dólares por unidad, es decir, que están lejos de quedarse con la parte del león. Pero tampoco se la llevan los coreanos o los japoneses, porque en las tiendas el iPhone X sale por 1.200 dólares y la diferencia entre ese precio de venta y los costes totales, o sea, 830 dólares, va derecha a la cuenta de resultados de Apple.

No parece un arreglo tan malo para los americanos.

“Tras su incorporación a la cadena mundial de suministro”, se lee en un informe de Oxford Economics, “China se ha especializado en el montaje de artículos a partir de piezas importadas del exterior”. Los sistemas de contabilidad nacional no tienen, sin embargo, en cuenta las complejidades de los intercambios actuales y siguen atribuyendo el importe total del producto al exportador final. “Si se sustrajera el valor de estas piezas importadas de las exportaciones Chinas”, sigue Oxford Economics, “el déficit comercial de Estados Unidos con China se reduciría a la mitad, esto es, al 1% del PIB, que es más o menos el que tiene con la Unión Europea”.

No parece que sea una situación insostenible. De hecho, a pesar de la supuesta sangría de puestos de trabajo, el paro en Estados Unidos se situaba en diciembre en el 4,1%, lo que técnicamente se considera pleno empleo. Y entre los países desarrollados, únicamente Australia, Singapur y Nueva Zelanda vieron aumentar más deprisa la renta per cápita de sus ciudadanos entre 2000 y 2015.

Por supuesto que no todo es ideal. China debe acometer reformas que faciliten el acceso a su mercado, pero el modo de lograrlo no es una guerra comercial que quizás le salte un ojo a Pekín, pero a costa de sacarles otro a los coreanos, a los japoneses y, sobre todo, a los estadounidenses. “El comercio con China ha ahorrado unos 850 dólares al año a las familias americanas”, calcula Oxford Economics.

Ya les digo que si es una derrota, se trata de una francamente extraña.

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¡No es la economía, estúpido! Miguel Ors

Con su demagógico anuncio de imponer aranceles al acero y el aluminio, Donald Trump pretende aplacar la indignación de sus votantes. Estos habrían sido víctimas de la dolosa capitulación comercial de sus predecesores, que entregaron la economía a los importadores mexicanos y asiáticos, sumiendo miles de empresas en la desesperación y la ruina y llevando el país al borde del estallido.

La idea tan querida por la izquierda de que el auge del populismo es el correlato político de la pobreza tiene una amplia tradición histórica y una reducida base empírica. Marx enseñaba que, cuando la revolución está madura, produce sus propios líderes, pero ni los bolcheviques se lo creían. “Ninguna ciudad se ha rebelado nunca solo porque estuviera hambrienta”, proclamaba uno de sus diarios durante la guerra civil rusa. Para que los parias de la tierra se agrupen en la lucha final tienen que pensar que les va a ser de alguna utilidad. De lo contrario, se quedan en casa agonizando de inanición, como aún sucede en Corea del Norte.

Dos sociólogos de la Universidad de Michigan, Charles Tilly y David Snyder, contrastaron esta hipótesis en un artículo de 1972. Analizaron los disturbios ocurridos en Francia entre 1830 y 1960 y no descubrieron ninguna relación con el malestar de la población. Tampoco los economistas Denise DiPasquale (Chicago) y Edward Glaeser (Harvard) hallaron evidencia de que la miseria desempeñara un papel relevante en los episodios de violencia social registrados en Estados Unidos entre 1960 y 1980. Estos brotes parecen más bien fruto de un cálculo racional de coste-beneficio: cuando la oportunidad de ganancia es alta y el riesgo de sanción bajo, la gente se va animando, se va animando… Y como esto es algo que se decide sobre la marcha, las revueltas no son fáciles de predecir y, una vez que han echado a andar, toman cursos insospechados. Alexis de Tocqueville cuenta en El antiguo régimen y la revolución que, en vísperas de la toma de la Bastilla, Luis XVI no tenía ni la menor idea de que fuera a perder el trono, y no digamos ya la cabeza. Y dos días antes de que los Romanov fueran depuestos, la zarina hizo este infeliz comentario: “Son solo unos gamberros. Jovencitos que corren y chillan que no hay pan para pasar el rato, y unos piquetes que impiden a los obreros trabajar. Si hiciera más frío, se habrían quedado probablemente en casa”.

Tampoco en el caso de Estados Unidos se aprecia hoy una relación entre el voto radical y el perjuicio material. “Sería osado, e incluso temerario”, escribe Javier García-Arenas en el Informe Mensual de Caixabank, “aseverar que la desigualdad es el factor principal del que se nutre el populismo”. Y razona que en los distritos electorales “más expuestos a la competencia comercial con China el apoyo al Partido Republicano en 2016 ha sido 2,2 puntos porcentuales mayor [que en aquellos que lo están menos]”, lo que no es una magnitud “especialmente elevada”.

Mucho más relevantes parecen otros aspectos, como el deseo de “preservar la homogeneidad cultural y ciertas actitudes sociales”, dice García-Arenas. En el Reino Unido, un estudio del think tank Nesta revela que ser partidario de la pena de muerte predice sensiblemente mejor que la renta o la extracción social la probabilidad de estar a favor del brexit.

Como tantos populistas, Trump justifica sus políticas con argumentos de justicia y económicos, pero su discurso apela a instintos más oscuros e inquietantes.

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Turbulencias americanas. Nieves C. Pérez Rodríguez

Washington.- La semana en Washington ha comenzado con turbulencias que vienen desde la cuenta de Twitter del presidente Trump, quién retoma el argumento del gran déficit que tiene Estados Unidos con México y Canadá, para justificar por qué el Tratado de Libre Comercio del Norte de América (Nafta) se encuentra en proceso de renegociación, y aprovecha la oportunidad para afirmar, una vez más, lo perjudicial de éste acuerdo para la economía estadounidense pues, afirma, ha ocasionado la reubicación masiva de empresas y trabajos, fundamentalmente fuera de territorio estadounidense. A la vez, asegura que los aranceles en aluminio y acero serían descartados sólo si se firma un nuevo y justo acuerdo Nafta. Los aranceles, que anunció para dar comienzo al mes de marzo, en el que propuso que Estados Unidos imponga a las importaciones el 10% al aluminio y 25% al acero.

Las respuestas a este polémico anuncio no se hicieron esperar. Canadá, el vecino afable, respondió con firmeza a sólo horas del anuncio, afirmando que siendo uno de los mayores proveedores de acero de Estados Unidos, repudiaban esta medida. Mientras que, desde México, los industriales del acero y el aluminio pidieron a su gobierno responder con medidas equivalentes.  Por su parte, la Unión Europea aseguró que es una brutal intervención para proteger la industria estadounidense y no está basada en ningún motivo de seguridad. Mientras, el Fondo Monetario Internacional advirtió que esos aranceles pueden causar daños a la economía fuera y dentro de los Estados Unidos. La Organización Mundial del Comercio alertó de que una guerra comercial no le interesa a nadie. La industria de aluminio japonesa ha pedido a Trump reconsiderar su postura, pues agregar esa tarifa no sólo podría lastimar al gremio nipón sino que podría tener un su efecto dominó hacia otras industrias y generar un crecimiento de proteccionismo global. Y China ha dicho que se opone al proteccionismo y que defenderá sus intereses y derechos.

La polémica ha sido tal que los dos máximos representantes responsables de estas áreas en la Administración Trump participaron en programas de televisión el domingo, en horario estelar, para intentar bajar un poco la tensión y contener el impacto global que ha tenido el anuncio. Wilbur Ross, secretario de Comercio, y Peter Navarro, director de la oficina de intercambio y manufacturas, ambos conocidos por sus tendencias proteccionistas y nacionalismo económico, llamaron a la calma. Además, Navarro es especialmente conocido por su extrema postura anti-China, y precisamente China ha sido acusada en múltiples ocasiones de vender acero y aluminio a precios por debajo del valor de producción, (en parte por la gran capacidad que tiene), lo que lo pone a él en el ojo del huracán.

Debemos retomar las promesas electorales de Trump en las que ofreció endurecer los controles de importaciones para beneficiar a los trabajadores y obreros de industrias de estos sectores, ubicados sobre todo en el Oeste Medio de los Estados Unidos. Lo que es aún más preocupante, pues no es simplemente un Tweet aislado que pensó y escribió, es que se trata de una idea que han venido considerando por un largo periodo.

En el más reciente análisis hecho por Bloomberg sobre el impacto que tendrían estos aranceles, de ser aplicados, en otros sectores económicos, fueron identificados 5 sectores que se verían golpeados por esta medida: uno, la industria de vehículos y aeroespacial, y con ellos sus más de dos millones de empleados; dos, productos enlatados, para los que Estados Unidos no produce suficiente material por lo que habría que importar del exterior, lo que incrementaría altamente los costos; tres, la tecnología (teléfonos móviles y otros productos de la marca Apple); cuatro, manufacturas que incluye los paneles solares y, quinto, el sector de oleoductos, que según estudios, podrían incrementar el costo hasta unos 76 millones de dólares por cada oleoducto que se construya. Lo que se traduce en una desventaja mayor que un beneficio para la economía doméstica estadounidense.

Incluso en las filas republicanas, que han respaldado al presidente, se han ventilados desacuerdos al anuncio hecho por Trump el pasado jueves. Paul Ryan, el portavoz del Congreso, comenzó su semana afirmando expresamente que dichas tarifas a las importaciones del acero y el aluminio podrían desencadenar una guerra comercial. Y que la amenaza de imponer dichos aranceles provocaría respuestas más que concesiones a sus pretensiones. Da la sensación de que el periodo de relativa calma, en el que Trump se había mantenido medianamente comedido, se ha acabado, ¡y de qué manera! Y luego, con este anuncio y durante el fin de semana en un comentario en el que dejaba ver su admiración por Xi Jinping, dijo que así como él es presidente de por vida en China, Estados Unidos, (la cuna de la libertad y el mayor contendiente al comunismo), debería probar ese sistema a ver si funciona. ¿Pero qué es lo que ésta pasando? ¿Egolatría exacerbada o será más bien ignorancia extrema? (Foto: M_Laurie_DM8106, Flickr)

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Un año de Donald Trump. Nieves C. Pérez Rodríguez

Washington.- Ante los representantes de ambas cámaras legislativas, en presencia de jueces y magistrados del poder judicial y con el gabinete en pleno, Donald Trump dedicó ochenta minutos al discurso del “Estado de la Unión”, a valorar el año transcurrido y exponer sus prioridades para el 2018.

En este tradicional evento, en el que los que los redactores de la alocución del presidente invierten muchas horas de meticuloso trabajo, estos intentaron no dejar fuera ningún elogio a la gestión presidencial y hacer uso convenientemente de patriotismo con marcados visos de conservadurismo y gran dosis de proteccionismo para así delinear el camino que continuará su gobierno.

Ha sido el discurso más presidencial que ha hecho Trump. Lo ha hecho en el momento preciso en que necesitaba proyectar serenidad, autodisciplina y sobriedad. Estas fueran las palabras de New York Times para definirlo, mientras que el Washington Post aseguró que parte de la moderación y la razón por la que la prensa no lo ha calificado de negativo se debía al hecho que el día antes del discurso, el día del discurso y el día posterior a éste Trump tuiteó sólo 6 veces, y que los tweets carecían de contenido incendiario, lo que hizo que la prensa se pudiera concentrar estrictamente en el contenido del mismo.

Trump dedico un 70 por ciento de su tiempo a las políticas domésticas y los problemas que tiene el país, y en cada oportunidad estableció una relación entre alguno de ellos y los inmigrantes, intentando justificar su postura anti-inmigración. De todos los problemas a los que hizo mención, la reforma migratoria fue a la que más tiempo dedicó, y explicó que tiene un plan basado en cuatro pilares, dejando ver cómo ese punto lo tienen rigurosamente planificado. Está claro que la oposición seguirá luchando por los “Dreamers”, a pesar que les cueste otro cierre del gobierno. Y, por otra parte, los indicadores económicos fueron también extensamente mencionados, los más halagados y básicamente la razón de su estrategia.

En la parte internacional, atacó duramente a Corea del Norte, lo que no aporta nada nuevo excepto que usó el riesgo que representa Pyongyang para justificar la necesidad de la modernización nuclear estadounidense.

Así lo explicó Kathleen Hicks (directora internacional del Centro de Estudios y Estrategias Internacionales, CSIS por sus siglas en inglés) en el marco de un foro en el que se analizó el discurso del Estado de la Nación y al que 4Asia tuvo acceso. Y en ese punto, Sue Mi Terry, (considerada la mayor experta en asuntos coreanos en este momento, y quien trabajó en la CIA) explicó que hablar de modernización nuclear puede incomodar a los aliados, y poner a EEUU en un terreno más peligroso, pues no se sabe cuál será la reacción de Kim Jong-un. Sue cree que los juegos olímpicos no mejorarán la tensión; más bien será positivo para el régimen norcoreano participar, ya que les permite refrescar su imagen internacional, y es probable que después todo vuelva a como estábamos a principios de año.

De acuerdo con Heather Conley, vicepresidenta para asuntos europeos en este think tank, el discurso fue positivo, aunque no mencionó los países con los que Estados Unidos está en conflicto y calificó a los aliados como los grandes olvidados de la alocución de Trump. Los omitió por completo, mientras que Trump optó por dedicarle tiempo a los adversarios. Lo que fue complementado por William Reinsch (especialista en comercio internacional) que subrayó como positivo que, al menos, no insultó a ningún aliado y no atacó a China. Reinsch afirmó que la salida de Washington del TPP ha empujado a los pequeños países asiáticos a virar hacia China, lo que parece que empieza a ver esta Administración, razón por lo que pueden estar considerando la vuelta al acuerdo. Asimismo afirmó que en los acuerdos no se puede siempre ganar todo; algunas veces sacrificar unas tarifas asegura la presencia y liderazgo, dijo.

El año de gestión de Trump ha servido para disminuir el rol e influencia internacional de Estados Unidos en el mundo, pero sobre todo en Asia, sostuvo Heather Conley, que insistió en que Washington no tienen una agenda positiva en el exterior. La situación inédita de desolación del Departamento de Estado ha dejado un vacío en el mundo, y como consecuencia ha perdido liderazgo internacional por falta de presencia, afirmó. Insistió en que esta Administración ha centrado sus esfuerzos en políticas de defensa obviado las diplomáticas; la prueba es el número de embajadas sin embajadores.

Estados Unidos necesita una política exterior fuerte y con los diplomáticos al frente. Heather considera que los aliados europeos tienen sus reservas con la Administración Trump pero se decantan por esperar a ver qué pasará, mientras que Macron es el único líder que parece estar decidido a jugar otro rol, uno mucho más predominante.

Hay que subrayar una reflexión escuchada en este evento: “Pensar que los militares nos sacarán de los problemas es un fracaso. Hay que tener políticas fuertes que prevengan enviarlos al frente”.

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¿Macron como alternativa?

Los recientes escenarios internacionales, y Davos no ha sido una excepción, han visualizado como Francia, con la retirada de Gran Bretaña de la UE y una Alemania titubeante en el escenario internacional por sus deudas con la Historia, está imponiendo cierto liderazgo europeo, bandera europea con intereses franceses, en la escena. Y esto ante una complacencia poco crítica de muchos, fascinados por la personalidad del presidente Enmanuel Macron.

Pero se debería ver más allá de las palabras. En Davos, Macron y Merkel han hecho buenos discursos contra el proteccionismo que deben ser aplaudidos. Pero no debe perderse de vista que durante el año pasado Francia utilizó en varias ocasiones el poder del Estado para vetar algunas inversiones extranjeras en empresas francesas, viene defendiendo obstáculos en abrir la PAC (política agraria común) de la UE, y frena, con la alianza tibia de España, la llegada de productos norteafricanos a los mercados europeos. La afirmación, desde medios gubernamentales franceses, de que “Francia está de vuelta” no parece muy lejos de afirmaciones como “América fuerte otra vez” que suenan desde el otro lado del Atlántico.

En la misma línea sorprende el relativo optimismo con que se ha acogido la frase del presidente Trump en Davos de “América primero pero no sola”. Ciertamente sugiere voluntad de negociar mayor que hace unos meses, pero de momento no cambia su estrategia de construir una fortaleza contra la globalización salvo en lo que beneficie los intereses a corto plazo de EEUU.

Concretamente en el área Asia-Pacífico, Francia, como otros, está muy interesada en acuerdos comerciales con China para beneficios bilaterales y lleno de medidas cautelares que protejan sus mercados respectivos, aunque presentados en coincidencia con el cómodo discurso chino de control interno para competir en el exterior.

Francia nunca ha sido precisamente un enemigo del proteccionismo ni del unilateralismo, como bien ha demostrado en sus políticas africanas. Sólo que las ha presentado como políticas europeas cuando en realidad eran, y son, francesas. Y Macron no sólo no ha rectificado ese rumbo, sino que lo está robusteciendo.