Un ejemplo para no imitar. Miguel Ors Villarejo

“Mientras Trump lidera la estrategia de desregulación y rebajas fiscales”, escribe Michael Schuman en el New York Times, “otra gran economía ha adoptado un enfoque diferente”. Su nuevo presidente ha decidido poner coto a la desigualdad y al deterioro del bienestar que, en su opinión, ha provocado el recetario neoliberal. Los anteriores Gobiernos, argumenta, únicamente se preocuparon por dar facilidades a los inversores y cree que ha llegado el momento de impulsar la actividad desde el lado de la demanda, mejorando los salarios, acabando con los abusos en materia de horarios y potenciando el gasto social. ¿Y cómo pretende financiar este programa? Subiendo los impuestos a los más ricos y a las grandes empresas.

Les suena, ¿verdad? Pero no, no hablo de Pedro Sánchez. Me refiero a Moon Jae-In, el mandatario surcoreano que desbancó en mayo de 2017 al conservador Partido Libertad, asediado por los casos de corrupción (hasta ahí llega el parecido razonable). Corea del Sur tiene una renta per cápita “aproximadamente equivalente a las de Italia y España”, explica Schuman, “y sus 51 millones de habitantes se enfrentan a los desafíos propios de las naciones desarrolladas, como la desaceleración, una población envejecida [por la caída de la natalidad] y la pujante competencia de China”. Moon lleva ya algún tiempo al frente del país y se dan, por tanto, las condiciones de espacio y tiempo para que, desde este rincón de Europa, saquemos conclusiones sobre la viabilidad del nuevo evangelio de la izquierda internacional. ¿Cuál está siendo el resultado?

No muy halagüeño. Schuman cuenta que “el crecimiento se ha ralentizado, el paro ha aumentado y los gerentes de pymes como Moon Seung no dejan de lamentarse”. Moon Seung es el fundador de Dasung, una fábrica de componentes para automóviles de las afueras de Seúl, cuyos costes laborales se incrementaron un 3% el año pasado, después de que entrara en vigor el nuevo salario mínimo (SMI). Este se ha encarecido el 11%, que no es ni la mitad de lo que ha anunciado aquí Sánchez, pero ha bastado para comerse los estrechos márgenes de Dasung y frenar en seco cualquier contratación. “Los perjuicios no los están sufriendo solo los empleadores”, advierte Moon Seung.

“El principal problema”, prosigue Schumann, “es la presión [competitiva] sobre los negocios pequeños, que son a menudo incapaces de trasladar los mayores costes a sus clientes. Una encuesta realizada por la patronal de las pymes Kbiz en 2017 revelaba que el 42% de sus asociados se verían forzados a destruir empleo por culpa del alza del SMI.

Song Minji, la fundadora de una modesta compañía de publicidad, también cuenta al diario que no ha podido sustituir a dos trabajadores cuyos contratos expiraban y que sus tareas las ha repartido entre el resto de la plantilla.

Menos actividad, más paro y mayor carga laboral para quienes tienen la fortuna de conservar el puesto: no parece un balance brillante y, de hecho, la popularidad de Moon se ha desplomado desde el 84% de mediados de 2017 al 45% del último sondeo. Algunos economistas creen que es pronto para extraer enseñanzas. “Necesita tiempo”, dice el decano de una escuela de negocios de Seúl. Y el responsable del servicio de estudios de HSBC atribuye la falta de vigor de Corea del Sur no tanto a las medidas de Moon como a la desaceleración mundial.

Sea como fuere, el presidente no tiene intención de enmendar el rumbo y para 2019 ha presentado los presupuestos más expansivos de la última década y una subida del SMI de otro 11%. Está convencido de que su remedio es acertado y que lo que falla es la dosis.

Mientras, en la otra orilla del Pacífico, Estados Unidos creció el 3,4% en el tercer trimestre, el paro se encuentra en los niveles más bajos desde 1969 y los salarios se recuperan a ritmos superiores al 4% sin que se aprecien signos de recalentamiento. (Foto: Robert Borden)

Sí, es verdad, Uber se ha llevado tu queso. Espabila. Miguel Ors Villarejo

“Todo el mundo empieza a tener miedo de que lo ubericen”. La expresión es de Maurice Lévy, el presidente de la multinacional francesa Publicis. La acuñó en 2015, en unas declaraciones al Financial Times, y Fundéu no tardó mucho en darle su bendición. Lévy definía la uberización como “la idea de levantarte una mañana y descubrir que tu actividad tradicional se ha volatilizado”. Es lo que está ocurriendo en muchos ámbitos, desde el transporte de viajeros a la concesión de créditos, pasando por el alquiler de pisos, la venta de flores o la contratación de anuncios. Unos recién llegados desarrollan con cuatro euros una aplicación que pone en contacto a los demandantes de un servicio con sus oferentes y prescinden del intermediario. ¿Para qué necesita nadie que Publicis le negocie espacios en la radio o la televisión cuando a través de Facebook o Google puede alcanzar directamente a su público?

Esta desintermediación salvaje ha dado lugar a algunas profecías alarmantes. Uberización = ¿economía desgarrada?, se preguntan Bruno Teboul y Thierry Picard en Francia. Aquí la CNT no tiene ninguna duda: las gestoras de flotas de VTC “imponen condiciones precarias, competitivas y explotadoras a los conductores” y los enfrentan con los “trabajadores del taxi. Este ha sido siempre el juego sucio del capitalismo”. Por su parte, varios expertos dibujaban en la jornada Reinventa’t una distopía inquietante de “nómadas digitales” y jefes que “son algoritmos. Uno de ellos incluso alertaba: “Podría acabarse el estado de bienestar”. ¿Tan mal andamos?

La coincidencia de la revolución del móvil con la Gran Recesión (el iPhone se presentó en enero de 2007, meses antes de que Bear Stearns anunciara la quiebra de dos fondos especializados en hipotecas subprime) enturbia la perspectiva e induce a muchos a atribuir al primero lo que es culpa de la segunda. Solo ahora empezamos a disponer de datos que permitan desenmarañar la madeja. ¿Y qué es lo que nos revelan?

Stéphane Auray, David Fuller y Guillaume Vandenbroucke han destripado las últimas series de la Encuesta Continua de Hogares para averiguar cuántas personas hay pluriempleadas en Estados Unidos. “Tener varios trabajos”, plantean, “se interpreta a menudo como un indicador de que a la gente le cuesta más llegar a fin de mes”, pero su investigación arroja dos “resultados clave”.

Para empezar, la tasa de pluriempleo es menor que hace dos décadas. El pico se alcanzó en 1997, en torno al 6,5%. Hoy está estabilizada por debajo del 5%.

Pero es que, además, quienes más están recurriendo al pluriempleo no son las masas proletarizadas y sin formación, sino licenciados y posgraduados (en torno al 7%). Entre quienes carecen del graduado escolar, apenas el 2% simultanea ocupaciones.

La explicación no está clara, pero en cualquier caso es “inconsistente”, dicen los investigadores, con la tesis de que se pluriemplean quienes pasan dificultades. “Si fuera así”, razonan, “esperaríamos una mayor prevalencia de trabajos múltiples entre los asalariados que probablemente gana menos, esto es, los que poseen peor formación”.

Igual que otras tecnologías disruptivas, el smartpohne no respeta jerarquías ni grados. Ha puesto patas arriba infinidad de negocios y es una pena, pero la sociedad en su conjunto no parece peor y millones de consumidores han abrazado sus posibilidades con entusiasmo. La historia revela que esa es una fuerza imparable. En las sociedades libres, oponerse a los dictados del mercado es una receta para el desastre.

En lugar de ello, lo que hay que hacer es remar a favor de la corriente. El propio Lévy no perdió mucho tiempo lamentándose y preguntándose quién se había llevado su queso, y se puso a buscar matemáticos y expertos en datos para ofrecer a su clientela los algoritmos que pedía. “Estamos”, decía, “fichando a genios, computines, jugadores”.

Uberizándose, en suma, tan rápido como le daban las piernas.

THE ASIAN DOOR: Se esfuma la inversión china en Estados Unidos. Águeda Parra.

Han sido más de 40 años de matrimonio bien avenido de una relación que, con los altibajos propios entre dos grandes potencias, aspiraba a alcanzar las bodas de oro manteniendo viva la chispa que ha caracterizado la relación entre Estados Unidos y China en este tiempo. Se cumplen cuatro décadas del establecimiento de relaciones bilaterales entre Washington y Beijing, y la conmemoración del aniversario llega en pleno apogeo de las luchas de poder que enfrentan a Trump y Xi por el liderazgo tecnológico, por una relación comercial más equilibrada y, en definitiva, por una carrera por la gobernanza mundial.

Con la histórica visita del presidente estadounidense Richard Nixon a China en 1972 comenzaba lo que hasta hace apenas un año era una relación bilateral muy positiva en el ámbito tanto del comercio como de la inversión. Ese encuentro marcaría el punto de partida de etapas venideras que se antojaban prometedoras, ya que se partía de un comercio anual bilateral que no alcanzaba los 100 millones de dólares, mientras que las operaciones de inversión eran casi inexistentes. Se abría por delante todo un mundo de oportunidades para que ambas potencias pudieran desarrollar conjuntamente sus capacidades económicas.

Una etapa de conocimiento mutuo, que terminaría por consolidarse en 1978, cuando Deng Xiaoping ponía en marcha un período de reformas económicas y de apertura al exterior orientado a potenciar el desarrollo de China. Una nueva etapa para China que suponía estrechar lazos con las grandes potencias, consiguiendo, tras intensas negociaciones, que el presidente Carter anunciara en diciembre de 1978 que, con efecto del 1 de enero de 1979, Washington iniciaba relaciones diplomáticas con Beijing. Este giro histórico en la política internacional estadounidense suponía el reconocimiento del gobierno de la República Popular de China como el único legítimo y, por ende, romper relaciones con Taiwán, cuestión que no afectaría, sin embargo, al ámbito comercial y cultural.

Desde entonces, han sido cuatro décadas en las que las relaciones bilaterales de comercio e inversión entre Estados Unidos y China han pasado literalmente de cero a consolidarse como una de las más relevantes en los flujos globales. Fundamentalmente desde la entrada de China en la Organización Mundial de Comercio en diciembre de 2001, que supuso incrementos exponenciales no sólo en los volúmenes de exportación e importación entre ambos países, sino que sirvió de trampolín para que China se haya convertido en el primer exportador mundial y el segundo importador mundial, sólo por detrás de Estados Unidos.

Pero toda relación tiene sus baches, y la celebración del aniversario se ha visto eclipsada por la reanudación de las conversaciones entre los representantes de ambos países durante los días 7 y 8 de enero en Beijing. El objetivo es avanzar en los acuerdos comerciales que den por finalizada, previsiblemente con resultado positivo para ambas partes, la tregua de 90 días alcanzada por Trump y Xi en la guerra comercial que mantienen ambas potencias. Una negociación que se antoja compleja, cuando China es el mayor socio comercial de Estados Unidos, y los mercados americanos son el principal destino de las exportaciones chinas, con un déficit comercial a favor de Beijing que alcanzó los 375.000 millones de dólares en 2017, y que en octubre de 2018 superaba los 344.000 millones de dólares después de meses de guerra comercial.

Toda una cortina de humo que está enmascarando la pérdida del atractivo que despiertan para China las operaciones de inversión en Estados Unidos ante la situación de inestabilidad en su relación bilateral. Después de 10 años en los que se ha disparado la inversión desde los 772 millones de dólares de 2007 a la cifra récord de 46.490 millones de dólares en 2016, China ha encontrado en otras regiones un mejor refugio para sus operaciones en el extranjero. Un giro que responde a la decisión de Beijing de establecer una lista de sectores recomendados, restringidos y prohibidos en los que invertir y que ha impactado fuertemente durante 2017 en el sector del mercado inmobiliario y la hostelería de Estados Unidos, situados en el bloque de operaciones restringidas por Beijing. Un nuevo escenario al que hay que sumar las revisiones regulatorias incorporadas por la administración Trump sobre las adquisiciones extranjeras, que ha favorecido un desplome drástico de la inversión china en Estados Unidos.

Un cambio de tendencia que terminó de consolidarse en el primer trimestre de 2018 con una caída del 92% respecto al mismo período de 2017, mostrando que la inversión de China en Estados Unidos es prácticamente nula. Una situación que afectará más severamente al crecimiento americano que, por efecto de la guerra comercial, ha visto reducida su previsión de crecimiento hasta el 2,5%, desde el 2,9% inicial, una tendencia de la que tampoco se libra la economía china, cuya estimación se sitúa ahora en un crecimiento del 6,2% frente a la estimación anterior del 6,4% pronosticada por el Fondo Monetario Internacional.

El mito del milagro asiático, revisitado. Miguel Ors Villarejo

Érase una vez una opinión pública que contemplaba con inquietud el progreso extraordinario experimentado por un puñado de economías orientales. Aunque todavía eran sustancialmente más pobres y pequeñas que las occidentales, la rapidez con que habían realizado la transición de sociedad agraria a potencia industrial, su capacidad para encadenar tasas de crecimiento muy superiores a las de las naciones avanzadas y la naturalidad con que desafiaban e incluso superaban la tecnología estadounidense y europea cuestionaban la permanencia de la hegemonía no ya política, sino ideológica de Occidente. Los líderes de aquellos países emergentes no compartían la fe en el mercado libre y los derechos civiles. Afirmaban con aplomo que su sistema era mejor y que los pueblos dispuestos a aceptar gobiernos autoritarios, a limitar sus libertades en aras del bien común y a sacrificar los deseos de consumo cortoplacistas en aras del desarrollo a largo plazo acabarían superando a las cada vez más caóticas sociedades de Occidente. Y una creciente minoría de intelectuales estaba de acuerdo.

En Estados Unidos, la menguante brecha entre Oriente y Occidente terminó convirtiéndose en una prioridad política y los republicanos recuperaron la Casa Blanca bajo la égida de un enérgico presidente que prometió hacer América grande otra vez…

Con apenas unos leves retoques, los dos párrafos anteriores están literalmente fusilados de un clásico del periodismo económico: “El mito del milagro asiático”, el artículo publicado por Paul Krugman en Foreign Affairs en 1994. En aquel momento, el mundo asistía expectante a la irrupción de los llamados dragones (Corea del Sur, Hong Kong, Taiwán y Singapur), pero Krugman no se refería a ellos. “Hablo, por supuesto, de comienzos de los 60”, seguía el tercer párrafo. “El enérgico presidente era el demócrata John Kennedy [yo he puesto republicano, para actualizar la trampa, y he alterado el lema de su campaña, aunque no mucho]. Las proezas tecnológicas que tanto alarmaban a Occidente eran el lanzamiento del Sputnik y la carrera espacial. Y las economías de rápida expansión eran las de la Unión Soviética y sus satélites”.

Aquello acabó en 1989 como todos sabemos, pero Occidente no puede dejar de mirar con aprensión al Este. De allí vinieron los hunos en el siglo V, los magiares en el IX, los selyúcidas en el XI, los otomanos en el XIII… Desde la caída del Muro de Berlín, la naturaleza del recelo ha cambiado: ya no tememos una invasión física, sino un desbancamiento económico. En 1993 Lester Thurow anunció que el individualismo de Estados Unidos sucumbiría a manos de Japón; incluso Ridley Scott rodó Black Rain, una película que se hacía eco de esta paranoia, del mismo modo que La noche de los muertos vivientes había sido una metáfora de la Guerra Fría. Cuando el país del sol naciente se vino abajo como consecuencia de una gran burbuja inmobiliaria, se empezó a hablar del capitalismo confuciano de los dragones. Ahora estamos con China.

“El punto de vista general”, escribe Martin Wolf en el Financial Times, “es que hacia, digamos, 2040 la economía de China será mucho mayor que la de Estados Unidos”. Hay dos poderosos argumentos que avalan esta tesis. Primero, China aún está por detrás de los países más avanzados en términos de productividad y ese proceso de convergencia debería continuar. Segundo, Pekín ha acreditado una gran capacidad para mantener elevados ritmos de crecimiento a lo largo de décadas.

El problema de esta extrapolación es que no está claro cuál va a ser el impulsor de esa expansión. No puede ser la inversión, que alcanzó el año pasado el 44% del PIB, una proporción insosteniblemente alta. En infraestructuras, “su stock per cápita es ya muy superior al de Japón cuando tenía su misma renta”, dice Wolfe. Y las exportaciones también han tocado techo. Lo lógico es que el consumo doméstico tomara el relevo, pero el elevado endeudamiento lo hace improbable.

La única fuente de crecimiento es una mejora de la productividad, es decir, hacer más con los mismos recursos. En “El mito del milagro asiático”, Krugman explica que esa fue la variable que acabó doblegando a la URSS. Los sistemas de planificación central son mucho menos eficientes que los capitalistas por una razón sencilla: en estos últimos, los emprendedores se juegan su dinero y tienen poderosos motivos para ganar competitividad. A los burócratas soviéticos, por el contrario, les traía sin cuidado la calidad: todo lo que fabricaban acababa colocándose, con independencia de lo bien o mal que funcionara. El resultado fue una brecha creciente de productividad y, por ende, de riqueza y bienestar entre las dos potencias.

¿Asistiremos una vez más a este mismo desenlace? Wolf cree que sí. “Hoy en día el crédito sigue asignándose [en China] preferentemente a las empresas públicas y la influencia del Estado en las grandes compañías no deja de incrementarse. Todo esto distorsionará la asignación de recursos y ralentizará la innovación y el progreso”.

La misma predicción sobre los dragones realizó Krugman en 1994. Pocos lo creyeron, pero menos de tres años después el colapso del baht tailandés ponía fin al efímero imperio del capitalismo confuciano.

La deliberada ignorancia. Miguel Ors

En diciembre de 2015 la empresa demoscópica YouGov preguntó a 18.235 adultos de América, Asia, Europa y Oceanía si pensaban que el mundo iba “mejor, peor o igual” y, salvo en China, en el resto de los países la mayoría respondió que peor. Los más negativos fueron los franceses: apenas un escuálido 3% creía que las cosas fuesen bien, pero incluso en China los optimistas se quedaron por debajo del 50% (en el 41%).

Se trata de un clima de opinión llamativo, porque los datos revelan lo contrario. A lo largo de su carrera, Hans Rosling reunió en su web Gapminder decenas de gráficos interactivos que corroboran un progreso incontestable en casi todos los ámbitos: seguridad, salud, riqueza, víctimas por desastres naturales…

¿Es ignorancia? Así lo creía Rosling al principio y se enfadaba con los periodistas que no estaban al corriente de las últimas estadísticas. Los abroncaba, les decía: “Tienen ustedes que documentarse mejor”. Hay un vídeo que recoge uno de esos encontronazos con el presentador de un programa de la televisión pública danesa. “Hoy en día uno no se puede enterar de lo que pasa a través de los medios”, le recrimina.

Pero una noche comprendió que la clave no radica en la desinformación o la negligencia de la prensa. Para controlar el nivel de conocimiento, Rosling sometía a sus encuestados a preguntas cerradas. Había que elegir una de tres opciones y, si nadie hubiera tenido ni idea, las respuestas se habrían repartido aleatoriamente y el 33% hubiera acertado, como de hecho sucedía con los chimpancés. Pero los humanos arrojan resultados mucho peores. Solo el 3% de los españoles sabe que la pobreza severa se ha reducido en el mundo a la mitad en los últimos 20 años. Eso no es ignorancia espontánea, sino deliberada. La gente falla adrede. Algo en sus cerebros los impele a rechazar los hechos. Rosling llama a esas fuerzas misteriosas “instintos” y en Factfulness, el libro al que consagró sus últimos meses de existencia, intenta identificarlos y neutralizarlos.

El primero del que se ocupa es el “instinto de separación”, esa propensión a funcionar en términos binarios (rico y pobre, blanco y negro, bueno y malo) e ignorar la rica gama de grados, grises y matices. Bill Gates ha comentado en su blog que es la principal aportación de la obra, porque permite apreciar mejor el éxito alcanzado en la lucha contra la miseria. El propio Banco Mundial ha sustituido sus viejas etiquetas de “desarrollados” y “en vías de desarrollo” con cuatro niveles: con menos de dos dólares diarios, estás en el primero; con menos de ocho, en el segundo; con menos de 16, en el tercero, y con más de 64, en el cuarto.

Cuando se organiza a la población en estas cuatro categorías, se ve que la más concurrida ya no es la primera. “Hace 200 años”, escribe Rosling, “el 85% […] se encontraba en el nivel 1. […] Hoy, la inmensa mayoría se reparte en la zona intermedia, entre los niveles 2 y 3, con las mismas condiciones de vida que disfrutaban los europeos y los estadounidenses en los años 50”.

El resto de Factfulness aborda otros sesgos bien conocidos. El miedo graba a fuego en nuestro cerebro los acontecimientos catastróficos y les otorga una relevancia desproporcionada. “En 2016, 40 millones de vuelos aterrizaron sin novedad en su destino, pero 10 sufrieron un accidente. Por supuesto, esos fueron los únicos sobre los cuales escribió la prensa: el 0,000025% del total”.

Tenemos también, en fin, una marcada propensión a embellecer el pasado y despojarlo de sus aristas más dolorosas. Rosling cuenta que el periodista Lasse Berg elaboró un informe sobre la India rural de los 70 y, cuando 25 años después regresó y mostró las fotos que había tomado entonces, los lugareños no podían creer que fueran de su barrio. “Debe de tratarse de un error”, le decían. “Nunca hemos sido así de pobres”.

¿Cómo podemos defendernos de estos poderosos instintos? Hay una técnica milenaria que ha ido cayendo en desuso en nuestras sociedades cada vez más laicas: el agradecimiento. Reservar unos instantes a reparar en las cosas buenas que nos rodean no solo resta relevancia a nuestros temores, sino que nos ayuda a valorar mejor el prodigio de estar vivos y, sinceramente, lo bien que la humanidad lo ha hecho en las últimas décadas. Feliz año. (Foto: Abhisek Sarda, flickr.com)

Desconfíen de quienes prometen primero riqueza y luego libertad. Miguel Ors Villarejo

En 1958 Ludwig von Mises proclamó ante la Mont Pelerin Society que la libertad era “indivisible” y que la capacidad de “escoger entre varias marcas de comida enlatada” iba indisolublemente asociada a la de “elegir entre varios partidos y programas políticos”. No podía tenerse la una sin la otra, no había un atajo socialista, como los promotores del modelo soviético defendían.

La caída del Muro de Berlín pareció corroborar las tesis de Mises, pero han ido perdiendo lustre en los últimos años, especialmente a raíz del vigoroso despegue de China. Aunque allí no hay democracia, “el crecimiento se ha mantenido durante años”, observa la revista de la ONU, “y muchos países occidentales se preguntan por qué”. Y no solo occidentales.

“No es ninguna sorpresa”, dice Dambisa Moyo en TED, “que por todas partes la gente señale a China y diga: ‘Me gusta eso. Quiero eso. Quiero hacer lo que ha hecho China. Ese es el sistema que parece funcionar”. Sus logros de las últimas décadas han sido espectaculares. Ha reducido la pobreza severa del 90% al 0,7%, ha levantado las más modernas infraestructuras y se ha convertido en un coloso de la tecnología. “En los mercados emergentes”, sostiene Moyo, “muchos creen que la obsesión occidental con los derechos humanos carece de sentido. Lo fundamental es suministrar alimentos, refugio, educación y sanidad”. Y añade: “¿Qué harían ustedes si les dieran a elegir entre un tejado bajo el que cobijarse y la libertad de voto?”

Se trata de un dilema engañoso. También el Interventor de Un Mundo Feliz le pregunta al Salvaje: “¿De qué sirven la verdad, la belleza o el conocimiento cuando las bombas de ántrax llueven del cielo?”

Naturalmente que, puestos ante semejantes disyuntivas, renunciaremos a todo antes que a la vida. Pero la cuestión no es esa. La cuestión es si la verdad, la belleza y el conocimiento se pueden conciliar con la paz; la cuestión es si la democracia y la prosperidad son compatibles; la cuestión es si podemos tener el tejado y el voto. Y la respuesta es obvia: por supuesto que sí.

Es innegable que se puede escapar de la miseria sin liberalizar la política. Hay innumerables ejemplos: China, por supuesto, pero también Taiwán, Corea del Sur, Chile o la propia España. Ahora bien, el arreglo en el que una élite acapara el poder es ineficiente e inestable.

Es ineficiente por la falta de seguridad jurídica. “Supongamos”, explica el historiador John Joseph Wallis, “que vive usted en un régimen [no democrático] y que es socio de una compañía de la que también lo es el rey. ¿Cuánto valen sus acciones? La teoría dice que el precio al que cotizan, pero todos sabemos que, si la compañía atraviesa dificultades, el primero en cobrar será el rey. Esta perspectiva desanima a muchos inversores y hace que las acciones valgan menos”.

Y es un arreglo inestable porque los relevos en la cúpula no se llevan a cabo a plena luz del día y mediante elecciones pacíficas, sino entre bambalinas y violentamente. La experiencia de Argentina es ilustrativa. Cada vez que las tribus peronistas se pelean, el país se detiene, y estas contracciones periódicas han sido las responsables de que haya ido rezagándose a pesar de sus enormes recursos y sus prometedores inicios. “Las naciones pobres no son pobres porque crezcan menos o más despacio, sino porque sufren más recesiones”, dice Wallis, que compara el crecimiento saludable con la ladera de una colina.

Esa pendiente suave y sostenida es la que han dibujado las grandes economías occidentales desde mediados del siglo XIX. Han demostrado con los hechos que no hay que elegir entre las bombas de ántrax y la belleza, entre la libertad y la prosperidad.

Quienes, por el contrario, aseguran: “Hablaremos de democracia cuando seamos ricos”, rara vez cumplen lo prometido. Si se van, es con los pies por delante. Acuérdense de la URSS. Cuando en noviembre de 1989 cayó el Muro de Berlín, la dictadura del proletariado, una fase teóricamente transitoria, duraba ya 72 años y el paraíso comunista no parecía más cercano que en octubre de 1917. (Foto: Leslie Robinson, flickr.com)

Reseña Ponencia: Miguel Ors, “¿Existe un modelo económico chino?” Isabel Gacho Carmona

En la segunda ponencia del evento organizado 4Asia “Deng Xiao Jinping. 40 años reformando china” el 14 de diciembre, Miguel Ors, periodista económico y colaborador de 4Asia.es, trata de contestar a la pregunta “¿Existe un modelo económico chino?”. Para ello reflexiona sobre el papel de la ideología, de las teorías económicas, de las políticas llevadas a cabo…

 “Tras la muerte de Franco hubo que tomar partido en muchas cuestiones”. Ors comienza su exposición con una anécdota personal. En su época de estudiante, que coincidió con la Transición española, la agitación política le rodeaba. “Yo no tenía una opinión formada y un día me vi metido en un mitin en el vestíbulo de la facultad”. En este caso era de obreros de la Pegaso. El caso es que el entonces estudiante de filología se quedó fascinado por la seguridad en sus ideas con la que hablaban los marxistas. “Voy a estudiar a ver si encuentro yo también esa seguridad”, pero nunca encontró esa certeza. “Soy liberal por descarte”, asegura.

Sin embargo, mientras el marxista del mitin hablaba con tanta seguridad, los comunistas del otro lado del mundo ya habían decidido que ese modelo no funcionaba. Eran finales de los años 70 y las reformas económicas que llevarían a China a ser el escenario de la mayor destrucción de pobreza de la humanidad ya habían empezado. ¿Cómo consiguieron este hito?

“Los economistas de izquierdas lo explican por el hecho de que China contaba con mucha mano de obra barata”. Ors rebate esta teoría diciendo que esta mano de obra ya estaba allí antes de la apertura y la llegada del capital extranjero. La idea hegemónica ha sido siempre que la investigación lidera el proceso, “pero es al revés: los académicos se benefician de los emprendedores”. Según Daniel Rodrik, teórico del desarrollo, las reformas llevadas a cabo en China no fueron diseñadas. De hecho, nunca lo son. “No es que los economistas no tengan ni idea”, pero las reformas se van adaptando a las circunstancias.

La creación de las Zonas Económicas Especiales son un buen ejemplo. En Shenzhen, ante la migración masiva de población hacia Hong Kong en los años 70, se decidió crear una ZEE. La aldea de pescadores de Guangdong pasó de tener 30.000 habitantes a los 23 millones actuales. Este es un caso que, por cierto, ahora presenta dudas sobre su “paternidad”. Durante años la leyenda oficial decía que fue obra de Deng, pero en la actualidad se dice que pudo ser el entonces gobernador de Guangdong, Xi Zhongxun (padre de Jinping) quien la diseñó. En cualquier caso, significó la apertura de un proceso. Las medidas que iban funcionando a nivel local o provincial se iban implantando en otros sitios. China se convirtió en un laboratorio de políticas económicas.

En 2004 se extiende el concepto “Consenso de Pekín”, de Cooper Ramo y cuyas directrices son la autodeterminación, la persecución de objetivos globales y la innovación constante. Respecto a esta última, Ors argumenta que a nivel micro el mantra es el mismo. “Si tienes dos ideas para un negocio, lleva a cabo las dos”, argumenta citando a Rodrik. Si el 90% de las empresas no van a ningún lado, lo importante es retirarse a tiempo. “Si quieres triunfar necesitas duplicar tu tasa de error” en palabras de Tom Watson, quien fuera presidente de IBM.

En definitiva, no existen recetas estancas en economía y lo que llamamos “modelo chino no existe como tal”. La evolución económica ha sido la apoteosis del pragmatismo. No hay arquitecto. Es la obra de millones de personas.

Ventajas de ser promiscuo. Miguel Ors Villarejo

Hace muchos años me encargaron que cubriera la presentación de un suplemento del Economist sobre Hong Kong y, cuando le pregunté a su autor a qué atribuía el éxito de la excolonia británica, me contestó simplemente: “A la libertad”.

Aquello, más que una respuesta, me pareció una evasiva. El Muro de Berlín acababa de caer, todavía no habían estallado las crisis asiática y rusa y en Occidente vivíamos bajo el hechizo de las recetas liberales del Consenso de Washington. Estas habían sustituido el evangelio del atajo histórico hacia la industrialización, que a su vez había desbancado el enfoque neoclásico. La economía del desarrollo procedía más por modas que por acumulación y, a su compás, el tamaño del Estado se dilataba o contraía, igual que el largo de la falda, pero en cualquier caso siempre había un paradigma dominante, un manual de instrucciones, una lista de la compra.

No podemos evitarlo. A los humanos nos encantan los relatos totales, las teorías omnicomprensivas, los modelos. Yo mismo he pasado buena parte de mi existencia buscando las leyes que gobiernan el universo. En mi época de universitario (iba a poner de estudiante, pero estudiar, estudiaba poco) envidiaba la seguridad con que pontificaban mis compañeros marxistas. Franco había muerto, la Transición lo había puesto todo en cuestión y, mientras yo me debatía en un mar de dudas, ellos tenían opinión formada sobre todo: el capitalismo y el socialismo, el divorcio y el aborto, la propiedad privada y la familia. Los veía pedir la palabra en las asambleas y exponer con aplomo los pasos que debíamos dar y soñaba con alcanzar algún día aquella certeza.

Durante años la busqué. He conocido muchas grandes teorías y siempre pensaba que había encontrado la pasión definitiva. Al principio era fantástico, no tenía ojos para ninguna otra. Pero las grandes teorías te exigen que renuncies a más y más pedazos de la realidad y yo no soy capaz, llámenme egoísta si quieren. Soy demasiado promiscuo y cuando una duda me hace señas a mil kilómetros, lo dejo todo, me arrojo sobre ella, la desgarro. Así he ido saltando de brazo en brazo. Soy un liberal sin principios.

Lo que yo no sabía es que las mismas tesis que a finales de los 70 los marxistas españoles defendían tan enfáticamente en la teoría, los marxistas chinos las estaban descartando en la práctica. Como yo, salían cada noche a carnear y se dejaban seducir por cualquiera que les mostrara una curva atractiva de crecimiento. A los funcionarios locales no se les daban instrucciones concretas de lo que debían hacer, como en la época de Mao. Se les animaba a experimentar y, luego, cuando las iniciativas salían bien, se exportaban a otras regiones y cuando no, se cerraban.

Ese es el gran secreto de China. Desconfíen de quienes hablan del modelo chino. No existe. China es el antimodelo, la apoteosis del pragmatismo. Aprovecha lo que funciona y lo que no funciona lo tira, sea comunista, capitalista o mediopensionista. Su arquitecto no fue Deng Xiaoping. No hubo ningún arquitecto. Fue la obra de millones de personas a las que se dio la oportunidad de buscarse la vida, y no hay fuerza comparable al ingenio humano. Cuando le sueltas las trabas, cuando le das esa libertad a la que se refería el periodista del Economist, encuentra el modo de aprovechar los recursos disponibles para resolver todos los problemas, incluso aquellos que ni siquiera sabíamos que teníamos.

Y el progreso y la riqueza consisten en eso: en usar los recursos que nos rodean de forma cada vez más eficiente. Los hombres primitivos empleaban la arena de sílice para elaborar pigmentos con los que luego dibujaban rudimentarios bisontes en las paredes de sus cavernas. Nosotros hemos aprendido a usar ese mismo silicio para fabricar chips que nos han permitido llegar a la Luna.

Y los chinos, si los dejan, terminarán llegando a Marte. (Foto: Sharizan Manshor, flickr.com)

The pioneer’s dilemma. Miguel Ors Villarejo

Xavier Sala i Martín told me a few years ago that if the Chinese had told him in 1978 that “they thought to start up a capitalist system, but with limited property rights, I would have thrown them out of my office”. At that time began to crystallize what John Williamson, a researcher at the Peterson Institute, baptized later as the Washington Consensus and that, in one of those traditional pendulums of economic theory, postulated the return to the market after the interventionist excesses of Keynesianism. “Stabilizing, privatizing and liberalizing became the mantra of a generation of technocrats,” writes Dani Rodrik.

If one looks at what has happened since then, progress seems undeniable: in the last four decades, poverty has been reduced by 80%, as my colleague Diego Sánchez de la Cruz explains. However, the reasons for this extraordinary progress are far from clear, because by analysing the results country by country one can see that where there has been growth there has not been so much Washington Consensus and where there has been Washington Consensus there has not been so much growth.

The most notorious example is China. Its success, says Rodrik in another work, “raises many questions.” Liberal orthodoxy prescribes poor patients to dismantling of barriers to imports, the full convertibility of the currency and the rule of law but considering this recipe the Chinese have not been able to do worse: they maintained tariffs and monetary controls and its rule of law is manifestly improvable. How have they managed to grow as they have grown?

Normally, capital avidly seeks cheap labour to exploit, but that cheap labour was there before 1978, and continues to be in many other places in Africa and Latin America where, however, no one considers investing a penny. There is no more coward animal than a million dollars and it is not easy to attract it, because being a pioneer involves many uncertainties. It is very well explained by Reginald, a character from Saki: “Do not ever be a pioneer,” he tells his dearest friend. “The first Christian is the one who takes the fattest lion.”

In the same way, the first investor is exposed to losing all his flows. Only when the adventure succeed others will be encouraged, just like those penguins that wait at the edge of the iceberg for someone else to jump to make sure there are no killer whales. Meanwhile, the pioneer’s dilemma works as a powerful disincentive and no one jumps.

How did Beijing solve it? Unwittingly, probably. Western investors had been operating in Hong Kong for decades. Many farmers crossed illegally to the colony looking for opportunities and, tired of arresting them and the bad publicity that this entailed, the officials thought: why don´t we set up factories on this side of the border and avoid leaks? In Hong Kong they were also running out of land and therefore it made perfect sense to set up a special economic zone (SEZ) in Shenzhen, a neighbouring village of 30,000 inhabitants that today exceeds 23 million.

What came next is a combination of improvisation and good luck. Deng Xiaoping would probably have preferred to generalize the reforms to the whole nation, as Boris Yeltsin did in Russia and the IMF’s technocrats defended, but the resistance of the Communist Party forced him to adopt a gradual strategy. He had to be satisfied with promoting more SEZs, to which he conferred enormous autonomy. This lack of coordination made it possible for local authorities to experience initiatives of all kinds: those that worked were exported to other regions and those that didn´t were closed without remorse. In no other society has Schumpeter’s creative destruction been applied so mercilessly. Only the determination of convinced Marxists could bring capitalism to its ultimate consequences.

Although Joshua Cooper Ramo speaks of a Beijing Consensus, few believe that it is a true model. “There was no architect,” says historian Zhang Lifan. From the academic point of view, the economic script of China is full of bizarre twists and I’m not surprised that Sala would throw out of his office anyone who would have tried to tell him. “No way!” (Traducción: Isabel Gacho Carmona)

¿Sirve para algo un economista?. Miguel Ors Villarejo

Newton proclamó: “Si he visto más lejos que el resto de los hombres es porque me he aupado a hombros de gigantes”. En teoría del desarrollo también cada nueva generación se sube encima de la anterior, pero para machacarla.

El padre de Dani Rodrik se ganaba la vida fabricando bolígrafos en la Turquía de la Guerra Fría. Era un negocio bastante próspero, no porque hiciera un gran producto, sino porque las barreras arancelarias le mantenían confortablemente a raya a la competencia. Hoy nos parece una abominación, pero entonces constituía el paradigma dominante en materia de desarrollo. Los expertos sostenían que la dinámica de la ventaja comparativa había dejado a muchas naciones del Tercer Mundo atrapadas en sectores poco glamurosos y que era perfectamente legítimo que sus Gobiernos recurrieran al proteccionismo para montar su propia industria y acabar con aquella injusta distribución internacional del trabajo.

La ex directora gerente del FMI, Anne Krueger, diría posteriormente en un discurso que esta estrategia de sustitución de importaciones era un compendio de “impresiones de turista” y “medias verdades” y que costaba entender que hubiera llegado a aceptarse “de forma tan poco crítica”. Pero si se deja que pase el tiempo suficiente, es algo que puede decirse prácticamente de cualquier teoría. Por ejemplo, del Consenso de Washington, que era el nuevo evangelio que anunciaba Krueger en aquel discurso. Las investigaciones de Rodrik revelan que también es una media verdad que las naciones más abiertas sean las más prósperas o que el intervencionismo no funcione nunca. Él mismo es producto de la sustitución de importaciones: gracias a los aranceles, su familia pudo enviarlo a Harvard (aunque tuvo que aceptar “varios trabajos extraños” para acabar de costearse la estancia).

Al principio, el joven Rodrik pensó en hacerse ingeniero, como la mayoría de los turcos de su generación. Pero en la universidad se dio cuenta de que los problemas de su país no se debían a la falta de buenos profesionales, sino de organización, y estudió política. Su padre no debía de verle mucho futuro y lo obligó a cursar un posgrado en economía en Princeton. Fue un acierto (y quizás otro argumento a favor del intervencionismo). Rodrik es hoy una eminencia en desarrollo. Vuela por todo el planeta, asesorando a gobernantes y dando conferencias. El New York Times contaba que una vez estuvo en Portugal. Las autoridades dudaban si invertir en balnearios para jubilados alemanes o en una incubadora de firmas tecnológicas. “Hagan las dos cosas”, les sugirió Rodrik. “Al final, nunca se sabe lo que va a funcionar”.

Debo reconocer que como consejo no es muy impresionante (¿es eso lo que les enseñan en Princeton?). Pero refleja bien la diferencia entre la vieja y la nueva política industrial. Fidel Castro no se equivocaba nunca. Si mandaba levantar una fábrica de baldosas, lo de menos era que luego se vendieran. No puede valorarse con banales criterios mercantilistas un proyecto que la Revolución considera estratégico con su criterio superior.

Rodrik, por el contrario, reconoce que meter la pata es lo habitual. Muchas iniciativas (públicas y privadas) no van a ningún lado. Como explicaba en una entrevista que le hizo Manuel Conthe, “lo fundamental no es acertar con la industria ganadora, sino retirar el apoyo a las perdedoras”. De hecho, cuanto más deprisa se equivoque uno, antes detectará en qué actividades tiene ventaja. Lo decía el fundador de IBM, Tom Watson: “Si quieres triunfar, necesitas duplicar tu tasa de error”.

La cita de Watson la recoge Rodrik en una ponencia que presentó en 2010 en un congreso sobre teoría del desarrollo. Se titula Diagnosticar antes de prescribir y sostiene que la investigación en esta disciplina no parece proceder por acumulación, como en física, donde Newton pudo proclamar: “Si he visto más lejos que el resto de los hombres es porque me he aupado a hombros de gigantes”. En teoría del desarrollo también cada nueva generación se sube encima de la anterior, pero para machacarla. La sustitución de importaciones fue una reacción al librecambismo de los planteamientos anteriores; luego el Consenso de Washington dio un giro de 180 grados, y ahora se dibuja otro golpe de péndulo en sentido inverso. “Un análisis superficial de esta historia intelectual sugiere que no hay avances”, dice Rodrik, “sino modas pasajeras”.

Peor todavía: los grandes hitos en la lucha contra la pobreza se han producido al margen de la academia. “¿Puede alguien darme el nombre del economista occidental o del trabajo de investigación en que se basaron las reformas chinas?”, preguntó Rodrik a su auditorio. “¿Y qué me dicen de Corea del Sur, Malasia o Vietnam?” En ninguno de esos casos desempeñó la teoría un papel relevante. Incluso Chile, cuyo éxito se atribuye (“erróneamente”, según Rodrik) al asesoramiento de Milton Friedman, despegó después de que se descartaran algunas “políticas desastrosas de los Chicago Boys” y se aplicara una “heterodoxa combinación” de liberalismo, control de capitales y políticas sociales.

Ante semejante panorama, cabe preguntarse si los economistas sirven para algo, pero Rodrik no cree que haya que ser demasiado duro con ellos. Aunque ninguno tiene toda la razón, todos llevan una parte. “Raul Prebisch, Anne Krueger y Jeffrey Sachs estaban en lo cierto, cada uno en su momento y bajo sus circunstancias específicas”. Cada país es infeliz a su manera y aquí no valen las soluciones universales ni las tallas únicas. Las estrategias de desarrollo deben ser más una sastrería a medida que un prêt-à-porter.