INTERREGNUM: El momento de Eurasia. Fernando Delage

La semana pasada, con ocasión de su cumbre anual—celebrada en la capital de Kazajstán, Astana—, se formalizó la adhesión de India y Pakistán a la Organización de Cooperación de Shanghai (OCS). Tras su ampliación, la OCS suma casi 3.500 millones de habitantes—la mitad de la población mundial—, y más del 25 por cien del PIB global (en términos de paridad de poder adquisitivo, la cifra sería mucho mayor). La organización aparece así como pilar central de la arquitectura euroasiática, aunque su expansión no resuelve la debilidad de sus estructuras ni la competencia entre sus miembros.

Sucesora del “Shanghai Five”, grupo que nació para delimitar y desmilitarizar las fronteras de Asia Central tras el fin de la guerra fría, la OCS fue puesta en marcha por China y Rusia en 2001—junto a Kazajstán, Kirguistán, Tajikistán y Uzbekistán—para afrontar el desafío representado por lo que Pekín denomina como “los tres males”: el terrorismo, el separatismo y el extremismo. Pese a este origen vinculado a las cuestiones de seguridad, China se ha esforzado por dinamizar la agenda económica de la organización y dejar en manos de Moscú los asuntos de defensa. Pekín trataba de mitigar el temor ruso a su creciente influencia en la región, pero el rápido ascenso de la República Popular durante la última década no ha hecho sino exacerbar la inquietud del Kremlin. Moscú no ha dudado en bloquear iniciativas chinas, como la creación de un banco de desarrollo o el establecimiento de un área de libre comercio entre los miembros de la OCS.

También Rusia ha sido el gran impulsor de la incorporación de India. La estrecha relación que han mantenido desde los años sesenta Moscú y Delhi podría ser, para Putin, un elemento de equilibrio con respecto a China. Aunque las economías de Rusia e India suman juntas menos de un tercio del PIB chino, su peso militar conjunto sí puede servir de contrapeso de Pekín. En el contexto de las sanciones occidentales a Rusia, Moscú se ha visto obligado a seguir una política de acercamiento a China, y Putin ha hecho hincapié en vincular su proyecto de Unión Económica Euroasiática con la iniciativa de la Nueva Ruta de la Seda que propone Pekín, de la que no puede permitirse quedar aislado. El presidente ruso sabe bien, sin embargo, que India rechaza el proyecto chino: para Delhi se trata de un instrumento de Pekín para proyectar su influencia en Asia meridional y el océano Índico.

El Corredor Económico China-Pakistán (CPEC) enfrenta en particular a los dos gigantes asiáticos: el gobierno de Narendra Modi teme que Islamabad—cuya adhesión a la OCS reclamó Pekín tras proponer Rusia la de India—quiera aprovechar su incorporación para internacionalizar la cuestión de Cachemira, provincia que atraviesa el corredor. India, por otra parte, intenta desarrollar sus propias alternativas de interconectividad, como el puerto de Chabahar en Irán, o el Corredor Internacional de Transportes Norte-Sur (INSTC), en el que participa junto a Rusia e Irán.

Parece inevitable pues que la integración de India y Pakistán transforme la agenda de la organización. Pekín necesita un entorno de estabilidad en el subcontinente indio para poder implementar la Nueva Ruta de la Seda, y promueve como seña de identidad de la OCS lo que define como “espíritu de Shanghai”: “confianza mutua, beneficio mutuo, igualdad, diálogo, respeto a las diversas civilizaciones y búsqueda del desarrollo compartido”. Se subraya por ello que su pertenencia común a la organización contribuirá a mitigar las diferencias entre India y Pakistán, facilitando su cooperación con el resto de miembros contra el terrorismo transfronterizo y a favor del desarrollo económico. El tiempo dirá, pero a priori no parece que la cohesión interna de la OCS vaya a ser fácil de mantener.

Los objetivos de Moscú y Pekín son incompatibles a largo plazo, al perseguir cada uno de ellos cosas distintas a través de la institución. Aunque China necesita a India para la Nueva Ruta de la Seda, no cuenta con su apoyo sino con una desconfianza en aumento. India y Pakistán disponen de una nueva plataforma multilateral en la que teóricamente poder minimizar sus divergencias, pero no está claro que la OCS pueda servir para ese fin. Los obstáculos son numerosos como se ve. No obstante, la expansión del bloque refleja la formación de un espacio geopolítico con enorme potencial, en el que Asia meridional se suma a Asia central. La mera inclusión de China e India, dos países que suman el 40 por cien de la población mundial, y que serán las dos mayores economías hacia mediados de siglo, da forma institucional a una Eurasia llamada a convertirse—un siglo después de que el británico Halford Mackinder teorizara sobre el mismo—en el centro del orden mundial.

España, sin política asiática… que se sepa.

En pocos días, el presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, ha visitado China para celebrar la estrategia de Pekín respecto a la nueva Ruta de la Seda y el Rey Felipe VI ha estado en Kazajistán en una cumbre energética con presencia de casi todas las grandes potencias mundiales y todas las regionales, y donde se ha hablado del clima, de sus retos, sus riesgos y las alternativas energéticas. En ninguno de estos escenarios ha aparecido el esbozo de una política hacia Asia de España ni la propuesta de una estrategia europea definida más allá de los lugares comunes habituales.

Asia es el escenario, por un lado, de los principales riesgos a la estabilidad mundial, sin desmerecer otras zonas, y, por otro, donde la emergencia de potencias regionales y el ascenso irresistible de China están situando las relaciones internacionales sobre bases completamente diferentes. En ese contexto, Rusia tiene un cambio decidido, Estados Unidos parece decidido a afrontarlo con un repliegue sobre sí mismo y Europa anda sin rumbo a golpe de iniciativas de los principales países de la UE donde Gran Bretaña ha roto amarras. Y China aparece en todos los análisis como el país que, desde el pragmatismo de sus intereses nacionales y estratégicos, está aprovechando mejor la nueva situación que tanto ha contribuido a diseñar.

Es verdad que España no es una potencia de referencia, pero de ahí no se deduce necesariamente que deba limitarse a acudir a las cumbres exclusivamente a ofrecerse como un mercado de oportunidades aplaudiendo cualquier cosa que digan sus eventuales clientes. Y mucho menos cuando estos discursos dibujan una estrategia de la que puede derivarse una nueva situación no analizada con sus aliados. Esta es otra de las asignaturas pendientes de un Ministerio de Asuntos Exteriores que lleva años instalado en el día a día.

¿Qué se les ha perdido a los chinos en Marte?

Una vez alcanzada la hegemonía económica, Pekín ya trabaja en el siguiente gran salto adelante: el infinito y más allá. Su propósito es lanzar una misión a Marte en el verano de 2020 para, a principios del año siguiente, tener dando vueltas por su árida superficie un pequeño vehículo parecido al Conejo de Jade que colocó en la Luna en 2013.

En este artículo del Mirror parecen alarmados. “China revela sus planes para dominar el espacio”, dice el titular. Los autores no explican cuáles son las ventajas que tal dominio entraña, aunque es obvio que les parecen innegables y deseables. El público general también mira con simpatía estas epopeyas y seguramente por ello Trump ha manifestado su determinación de enviar un vuelo tripulado al planeta rojo “durante mi primer mandato o, en todo caso, durante mi segundo”. Considera intolerable que no se haya hecho ya. ¿Por qué cancelaron sus predecesores la exploración de la galaxia?

En realidad, lo sorprendente no es que Washington dejara de gastar dinero en despachar astronautas a la Luna, sino que llegara a gastárselo alguna vez.

A menudo se ha alegado que la carrera espacial nos legó importantes avances en terrenos como la robótica, la aerodinámica o la cirugía cardiaca (un corazón artificial se probó en la lanzadera), pero parece un magro retorno para tan colosal inversión. El programa Apolo costó 150.000 millones de dólares de 2010, unas 18 veces más que el canal de Panamá, la mayor obra de ingeniería civil de la historia.

Al propio John F. Kennedy la conquista de la Luna le traía sin cuidado, como no dudó en reconocer en privado. Antes de acceder a la Casa Blanca, encargó un análisis del programa Mercurio y la conclusión fue tajante: los vuelos tripulados eran peligrosos, “increíblemente” caros y de dudosa utilidad científica. Es más, podían desviar recursos de las prometedoras investigaciones en curso sobre comunicación por satélite y se encarecía a la nueva Administración a limitarlos o incluso suspenderlos.

¿Por qué Kennedy ignoró su dictamen? Al principio, no lo ignoró. Al contrario. En marzo de 1961 la NASA le pidió que ampliara su presupuesto y Kennedy se negó. Pero unos días después, el 12 de abril, Yuri Gagarin se convertía en el primer hombre en viajar al espacio exterior y asestaba un espectacular golpe propagandístico.

En aquella época, la URSS aún ejercía una intensa fascinación en gran parte de la humanidad. Su PIB crecía a tasas vertiginosas y muchos economistas occidentales se preguntaban si el comunismo no sería después de todo un sistema de organización más eficaz. Como editorializaría el New York Times tras el vuelo de Gagarin, la gente tenía la impresión de que Estados Unidos iba “por detrás militar y tecnológicamente”.

Para colmo de desgracias, ese mismo mes de abril Fidel Castro infligía en Bahía de Cochinos una humillante derrota a los contrarrevolucionarios cubanos financiados por Washington. El bloque comunista parecía invencible.

Había que hacer algo para recuperar el prestigio perdido y Kennedy envió a su vicepresidente Lyndon Johnson un memorándum en el que le preguntaba si existía “alguna oportunidad de derrotar a los soviéticos […] mandando un cohete tripulado a la Luna”. El presidente tenía muy claro lo que quería hacer en el espacio: ganar la Guerra Fría, no ensanchar los límites del conocimiento. En palabras de su secretario de Estado, Dean Rusk, era imperativo “responder [a Moscú] en su terreno; de otro modo nos exponemos a crear un malentendido entre los países no alineados […] y posiblemente entre nuestros aliados sobre la dirección en que se mueve la hegemonía mundial”.

Antes de que la década acabara, el 20 de julio de 1969, a las diez de la noche de la costa este de Estados Unidos (21.56, para ser exactos), Neil Armstrong descendía del módulo Eagle y, tras dar “un pequeño paso para el hombre”, miraba a su alrededor y comentaba: “Este lugar tiene una belleza extrema muy particular, como el gran desierto de Estados Unidos”. Houston le recordó que debía recoger “la muestra de contingencia” y Armstrong se metió unas piedras en el bolsillo. Al poco se le unió Edwin Buzz Aldrin. Armstrong seguía en vena poética. “¡Esto es algo grande, una vista majestuosa!”, dijo. “Majestuosa desolación”, repuso Aldrin.

El acto se programó para que coincidiera con el prime time. Kennedy lo había concebido como una exhibición de poderío capitalista, como una gigantesca publicidad. El anuncio más caro de la historia.

Pekín debería tomar nota. Para poner a punto su cohetería, no necesita irse a Marte. Y si busca propaganda, hay soluciones más económicas.

Corea del Norte sube el precio. Julio Trujillo

El lanzamiento de un nuevo misil, ahora con éxito, desde Corea del Norte, en su carrera por demostrar que están en situación de atacar las bases norteamericanas en Japón y en la zona es, básicamente, una subida del precio para aceptar un enfriamiento de la tensión regional. En un escenario en que las presiones de adversarios, como EEUU y Japón (además de Corea del Sur), y amigos como China, están aumentando las presiones, y en el que las elecciones en Corea del Sur han situado en la presidencia a un dirigente un poco menos duro con Pyongyang, los dirigentes norcoreanos entienden que subir un poco la agresividad y la provocación aumentando controladamente el riesgo es una buena apuesta.

En ese contexto ha irrumpido Rusia de manera pública criticando la acción norcoreana y, a la vez, recordando a EEUU que no hay otra alternativa que negociar, es decir, Moscú reforzando la pretensión norcoreana de conseguir ayuda financiera y ventajas a cambio de no desencadenar el terror. Es una vieja teoría no siempre oportuna y no exenta de riesgos.

Sin analizar aún todas las características técnicas del nuevo misil, del que EEUU dice que es un avance más y que, antes o después Corea del Norte conseguirá armas que podrían llegar a las costas norteamericanas del Pacífico, la realidad es que los tiempos para conseguir una contención efectiva van pasando y en un clima de tensión los riesgos se multiplican.

No es fácil tomar decisiones con garantías de efectividad; hay que recurrir a la experiencia, a la opinión de otras potencias con sus propios intereses y esperar en la otra parte una racionalidad que tampoco está garantizada. Pero esas son las cartas con las que hay que jugar esta partida.

La inmensa tarea de Enmanuel Macron. Por Julio Trujillo.

En su discurso de la noche electoral, ante sus seguidores y a las puertas del Louvre, el elegido nuevo presidente Macron insistió no menos de cinco veces en que tenía ante sí una inmensa tarea y subrayó la necesidad de crear las condiciones para que, en cinco años, los que ahora han votado en clave populista no se sientan tentados a volverlo a hacer. Es verdad que es una inmensa tarea en la que se suman la necesidad de articular en menos de un mes una formación política que le dé un grupo parlamentario en las elecciones de junio y esbozar las primeras medidas que transmitan un mensaje reformista a quienes le ha votado.

Sin embargo, el tirón electoral hacia la extrema izquierda y la extrema derecha tienen una misma base sociológica e ideológica por encima de las apariencias  (nostalgia de un Estado providencial, rechazo a toda medida liberal, desconfianza en la Unión Europea y melancolía mitificada de la época del franco francés), y esto va a ser leído por todo el espectro político, y también por el presidente Macron como un mensaje para reorientar algunas políticas. Por eso, algunas de las medidas anunciadas por Macron en la campaña electoral van a ser meditadas con mucho cuidado. De hecho, ya en la misma noche electoral, la parte de la izquierda que ha apoyado a Macron ya insistía en la necesidad de abandonar la senda de la austeridad para contentar a la demagogia populista, es decir, gastar más dinero público en contentar a esos sectores que en tomar medidas para impulsar una economía más competitiva. En todo caso, en este terreno el debate ya existe hace meses y los límites del mismo los marcará Alemania, que también tendrá que enfrentarse en poco tiempo, en septiembre, a elecciones generales.

Pero sí hay un terreno en el que Macron puede emitir mensajes que aglutinen a gran parte de la nación, y es en la política exterior y de defensa en las que el presidente va a sacar músculo nacional y aumentar el protagonismo francés en la escena internacional, insistiendo, como todos sus predecesores, en sugerir una grandeur hace tiempo en decadencia si es que existió alguna vez. Ya ha hablado el entorno presidencial de encuentros más o menos inminentes del presidente Macron con Merkel, Putin y Trump. Con Gran Bretaña fuera de la UE, Francia va a levantar la bandera europea en torno a su política exterior que será beneficiosa para toda la Unión según cada caso.

Partiendo de esta hipótesis, ¿dónde tratará Francia de escenificar su ascenso a las potencias? Ya lo hace en África, donde lleva décadas compitiendo con discreción con Estados Unidos, pero ha estado siendo desplazada de Oriente Próximo en donde fue potencia colonial, y es bastante plausible que trate de reaparecer con iniciativas propias, tal vez no muy alejadas de las de Putin, en aquella zona partiendo del conflicto sirio. Y aquí Francia va a intentar presentar una defensa de sus intereses nacionales con la bandera de la Unión Europea y con el apoyo de los socios de la UE entre los que no estará totalmente de acuerdo Gran Bretaña. Y también Asia-Pacífico. Europa, y por lo tanto Francia, no pueden ignorar el protagonismo chino y los riesgos de Corea del Norte en una zona de la que la UE lleva décadas desaparecida.

Este es el escenario para una Francia desgarrada, necesitada de referencias en una Europa que ha respirado de alivio por el presente inmediato pero que tendrá que asegurar el futuro. Es, efectivamente, una inmensa tarea.

El ajedrez asiático

Donald Trump ha afirmado que la situación creada por Corea del Norte y sus repercusiones en el área estratégica de Asia Pacífico es como una partida de ajedrez en la que no hay que adelantar públicamente las jugadas de cada uno. Y lo dijo tras afirmar que no había que descartar una acción militar directa de EEUU contra Corea del Norte y antes de sugerir que no se negaría a encontrarse con el presidente norcoreano si se dan las condiciones necesarias para ello. Todos estos comentarios, que parecen haber sorprendido a algunos analistas y desatado una nueva ola de comentarios de suficiencia respecto a Trump, no parecen indicar otra cosa que lo que desde hace meses parece evidente: Estados Unidos está volviendo al realismo político que durante décadas fue la estrategia de los republicanos y combinando está vuelta a los clásicos con un renovado protagonismo de la Casa Blanca en la puesta en marcha de la política exterior de Estados Unidos.

Sun Tzu, general, estratega militar y filósofo de la China del siglo VIII, citado hasta la saciedad (aunque mucho menos leído) como fuente de la estrategia militar, política y empresarial, dijo que “el bando que sabe cuándo combatir y cuándo no hacerlo se alzará con  la victoria. Existen caminos que no hay que transitar, ejércitos a los que no hay que atacar, hay ciudades amuralladas que no hay que asaltar”.

Este método de prudencia y cálculo a la hora de emprender acciones militares seguramente es bien conocido por los asesores de Trump y, desde luego, parece una definición anticipada de la posición estratégica china desde hace muchos años. En el fondo se trata de la doctrina de acumulación de fuerzas y razones y la aproximación indirecta a un objetivo antes de emprender una acción que una vez puesta en marcha debe ser decisiva.

No darle importancia y presentar estas posiciones como un comentario más de Trump es un error que incide en los que ya comete Europa, que sigue perdiendo oportunidades de estar presente en la esfera internacional dejando todo el protagonismo a terceros. La cada vez más intensa agenda de Putin (conversaciones con Merkel y Trump con pocas horas de diferencia) sin que exista aparentemente una posición común de la UE al menos respecto a dos problemas fundamentales, Corea del Norte y la presión rusa en el Báltico, definen bien quienes están a cada lado del tablero, aunque tal vez sea uno de esos en los que pueden jugar más de dos.

Trump tropieza (otra vez) con la realidad

Cuando en marzo de 2001 los talibanes demolieron los Budas de Bamiyán, miles de miradas se giraron hacia George W. Bush, pero este no movió un dedo. Durante la campaña, en uno de los debates que mantuvo con Al Gore, ya había advertido que no compartía “el uso de las tropas” que la Casa Blanca estaba haciendo y que él sería más “cuidadoso”. No mencionó Afganistán ni Al Qaeda, pero en diplomacia no es necesario ser explícito. La opinión pública interpretó correctamente que el nuevo presidente se replegaba de la escena internacional.

Hasta que Bin Laden le tiró las Torres Gemelas. En ese momento Bush se dio cuenta de que nada humano le era ajeno y de que si Estados Unidos no iba a Afganistán, Afganistán acababa yendo a Estados Unidos.

Quince años después, Donald Trump ha vuelto a rehacer el mismo camino. Tras señalar que Siria “no es asunto nuestro” y desaconsejar a Barack Obama que la atacara, acaba de destruir la base desde la que partieron los aviones que gasearon el pasado 4 de abril la localidad de Khan Sheikhoun.

La psicología de dictadorzuelos como Bachar el Asad es bastante elemental. Son como un niño pequeño: prueban los límites de los padres hasta que les cae un coscorrón; entonces se paran. Por desgracia, Obama no era mucho de dar coscorrones (o de que se le viera dándolos) y en Damasco se habían ido envalentonando, especialmente después de comprobar cómo la amenaza de que no toleraría el uso de armas químicas se quedaba en papel mojado.

Henry Kissinger ya advirtió en su día que esta retractación era muy inquietante, sobre todo porque no la consideraba un hecho puntual, sino la manifestación de un malestar más hondo. “La diplomacia y el recurso a la fuerza no son acciones aisladas”, razonaba en The Atlantic hace unos meses. “Están vinculadas”, lo que significa que “la otra parte de una negociación debe saber que hay un punto de inflexión más allá del cual pasarás a imponer tu voluntad. De lo contrario, estás condenado al bloqueo o la derrota”.

El problema es que, para ir más allá de ese punto, deben darse tres condiciones. Estados Unidos reúne dos: “una capacidad militar adecuada” y “la voluntad táctica de desplegarla”, pero ha perdido la tercera: “una doctrina que alinee los valores del poder y la sociedad”.

Durante la Guerra Fría hubo plena sintonía entre políticos y ciudadanos: por eso se derrotó a la Unión Soviética. Pero en Vietnam e Irak “fuimos demasiado lejos”, dice Kissinger, “porque nuestra acción armada no se había adecuado ni a lo que los votantes podían soportar ni a una estrategia para la región”. Como Obama, muchos americanos piensan que la democracia no se puede defender vulnerando los valores que la inspiran. Cada vez que Washington apoya a un dictador o derroca a un líder legítimo, se enajena la simpatía de la opinión pública y socava su propia base de autoridad. De acuerdo con esta doctrina, sigue Kissinger, “el mejor modo en que Estados Unidos puede contribuir a la difusión de sus principios es retirándose de aquellas regiones donde únicamente podemos empeorar la situación”. Eso es lo que se hizo en Siria.

Esta actuación exterior tiene una justificación ética endeble, por no decir que hipócrita. “Obama ha efectuado bombardeos similares [a los de Camboya en 1969] con drones en Paquistán, Somalia y Yemen”, observa Kissinger. Pero sobre todo supone una transformación radical. Desde Harry Truman, todos los presidentes han coincidido en la necesidad de involucrarse en los acontecimientos internacionales. Existía una “visión clara” de lo que era el “orden pacífico” y “nadie cuestionaba que nos sacrificaríamos para preservarlo”. Se estacionó un gran ejército en Europa y se enviaron portaaviones al golfo Pérsico y al estrecho de Formosa.

Con Obama esa determinación se tambaleó. Por primera vez desde los años 40 la implicación de Washington en el resto del planeta dejó de estar garantizada.

Trump ha vuelto a poner las cosas en su sitio. A ver lo que dura.

INTERREGNUM: Putin se cuela en Palm Beach

No parece probable que Xi pensara en Siria mientras su avión aterrizaba en Palm Beach. Alguna pequeña cesión tendría que conceder a Trump en materia comercial, y la discusión sobre Corea del Norte resultaría inevitable, especialmente tras su penúltimo lanzamiento de un misil solo horas antes. Seguramente el presidente norteamericano también querría hablar del mar de China Meridional. Pero, ¿Siria?

El bombardeo de Estados Unidos ha transformado sobre la marcha el contexto de la cumbre Trump-Xi. Aun sin esperarse grandes decisiones—Trump carece aún de una política elaborada sobre China y del equipo correspondiente; Xi tiene que evitar sorpresas antes del Congreso del Partido Comunista en otoño—este primer encuentro entre los dos principales líderes mundiales podía ser determinante de la percepción de los países asiáticos sobre el cambio de equilibrio de poder entre ambas potencias. El lanzamiento de misiles sobre Siria ha alterado, sin embargo, la agenda.

La decisión de Washington no se ha tomado sin pensar en su invitado chino—y en Corea del Norte. De un plumazo, la idea sostenida por algunos estrategas chinos de que Estados Unidos es un “tigre de papel”—expresión utilizada en su día por Mao Tse-tung—ha desaparecido del mapa. Opciones con respecto a Corea del Norte que parecían descartadas pueden cobrar nueva vida. Al mismo tiempo, Washington puede necesitar a Pekín para nuevos fines.

La evolución de los acontecimientos en Siria puede conducir, finalmente, a un consenso sobre el desafío geopolítico que representa Vladimir Putin. Más allá de su guerra híbrida contra Occidente, manipulando la información e interfiriendo en procesos políticos internos, su estrategia de ocupar los vacíos dejados por Estados Unidos quizá haya superado el punto de no retorno. El curso de la guerra siria, ha confesado Trump, le ha hecho cambiar de opinión sobre Assad, sobre Oriente Próximo y también—se entiende—sobre Putin.

Antes de nacer, ya puede darse por muerta la posibilidad de un entendimiento con el presidente ruso. Trump va a necesitar a la OTAN—que deja de ser “obsoleta”—y a la Unión Europea, pues también es una batalla por valores y principios políticos. Pero no puede encontrar mejor “aliado” que Xi, para quien la estabilidad del orden internacional es una absoluta prioridad.

Algunos analistas comparaban la cumbre Trump-Xi con el primer viaje de Nixon a Pekín, que, en 1972, supuso el principio del fin de la guerra fría. Quizá no sea casualidad que Henry Kissinger esté asesorando a la administración Trump, ni tampoco que Steve Bannon haya dejado el Consejo de Seguridad Nacional la víspera de la llegada de Xi. Mucho dependerá de la respuesta de Rusia a los misiles norteamericanos, pero, como cabía prever, los hechos empiezan a cambiar a Trump, más que Trump al mundo.

Trump pide paso

El bombardeo por la Armada de Estados Unidos de  la base siria de la que partieron los aviones que realizaron el ataque con armas químicas contra una posición de los rebeles al Gobierno de Bachar el Assad, supone una carta de presentación de EEUU en el nuevo panorama internacional tras los titubeos de Obama y las bravatas, mezcladas con anuncios del repliegue sobre sí mismo, del propio Donald Trump. Como dice Miguel Ors en esta publicación, el presidente se ha tropezado con la realidad.

No se trata tanto de analizar los detalles que han precedido a la intervención de Estados Unidos ni qué elementos han rodeado a la inmensa estupidez del crimen del Gobierno sirio y cómo ha situado a la propia Rusia en un terreno incómodo. Lo realmente significativo es el giro que supone que Estados Unidos se haya hecho presente directamente en un escenario del que se había alejado, que anuncia que está dispuesto a llevar a cabo nuevas acciones similares y, lo que es más importante, que la Casa Blanca ha comenzado a deslizar un mensaje que rompe el consenso europeo de resignación que significaba aceptar que una solución del conflicto pasa por pactar con el dictador, postura que ha venido convirtiendo a Rusia en el líder de la supuesta pacificación. Trump irrumpe en la partida con cartas nuevas.

Sin embargo, aunque no ha mostrado su juego, que sean cartas nuevas no significa que sean buenas. Frente al dictador y sus crímenes hay una multitud de bandas y bandos que compiten en criminalidad con el Gobierno de Damasco y que, además, suponen una mayor desestabilización y amenaza para la región y para el equilibrio internacional. Ahora bien, la situación de placet a El Assad que significaba la situación anterior y que aún sigue vigente, supone por su parte, la consolidación de un eje Teherán-Moscú con apoyo en Hizbullah que sitúa en un mismo lado, aunque pueda parecen sorprendente, a Israel, Arabia Saudí, Egipto, Jordania, Estados Unidos y, si reflexiona un poco, a la Unión Europea.

Cambiando de metáfora lúdica, Trump ha dado una patada al tablero y quiere uno nuevo para el que no tiene piezas suficientes, pero que va a necesitar que Europa, es decir, básicamente Alemania y Francia, se sienten un definir un papel claro y lo defienda con determinación. El conflicto sirio no se circunscribe a Siria sino que se extiende a Irak, llega en sus alianzas hasta Yemen y repercute en una Palestina que en la práctica funciona como dos países; Gaza y la llamada Cisjordania. Si no se analiza el escenario en su conjunto las medidas pueden ser parciales, y no hay pruebas de que Trump lo haya analizado en toda su complejidad.

Corea del Norte, el príncipe reloaded

Occidente menospreció el régimen de Pyongyang antes incluso de que naciera. Harry Truman creyó que Moscú aprovecharía la retirada japonesa de Corea del Norte para ocupar su lugar y que el desconocido Kim Il Sung era un títere de Iósif Stalin, pero resultó al revés. Kim se sirvió de Stalin para hacerse con la presidencia del Partido Popular y, desde ella, reunió un ejército con los soldados que habían luchado en la guerra civil china y se construyó una sólida base de poder. En septiembre de 1948, cuando se proclamó la República Democrática Popular de Corea, su nombramiento como primer ministro fue acogido con naturalidad y hacia 1949 se sentía lo bastante fuerte como para invadir el sur del país antes de que el sur del país lo invadiera a él.

La guerra no cambió nada en términos estratégicos. Corea siguió dividida por el paralelo 38, la frontera que Roosevelt y Stalin habían pactado para sus respectivas zonas de administración en 1945. Pero en lo económico los tres años de bombardeos fueron demoledores. No quedó ni un edificio en pie. Kim recurrió a una sucesión de programas plurianuales y los primeros salieron muy bien. El PIB crecía a tasas de dos dígitos y, a mediados de los 70, la CIA admitía que la renta per cápita era similar a la del sur. Los visitantes extranjeros veían pocas colas delante de las tiendas y los restaurantes, y la atmósfera era más optimista que en otros regímenes comunistas.

Los problemas surgieron en los 80. El primero fueron las limitaciones propias del modelo de desarrollo. La planificación central funciona bien para salir de la pobreza, pero sin la disciplina del mercado no existen muchos incentivos para innovar y, sin innovación, el progreso se agota tarde o temprano.

El segundo contratiempo fue geopolítico. Con la llegada de Mijail Gorbachov se esfumaron los cientos de millones de ayuda que Pyongyang recibía de la URSS. Luego, en 1992, China insistió en cobrar a precios reales los artículos que antes suministraba por debajo de coste y la importación de petróleo y cereales se hundió.

El último golpe lo asestó la naturaleza. El clima norcoreano permite una cosecha al año en condiciones favorables e, incluso cuando estas se dan, el rendimiento queda un 12% por debajo de lo necesario para mantener a su población. Pese a ello, Kim se empeñó en alcanzar la autosuficiencia o juche, un término que significa “identidad propia” y que, en materia agraria, se tradujo en el uso intensivo de fertilizantes y en la construcción de costosas instalaciones de regadío. Entre 1961 y 1988 la producción de cereales creció un 2,8% anual, pero la interrupción de la ayuda exterior redujo el acceso a los abonos que nutrían los cultivos y al carburante que movía las bombas. El suelo, además, se desgastó y, al depositarse en el fondo de los ríos, elevó su lecho y redujo su capacidad para absorber la lluvia. El resultado fue un aumento de las inundaciones, que en 1995 y 1996 adquirieron proporciones catastróficas. Luego en 1997 vendría una feroz sequía. Casi 800.000 personas murieron en aquel trienio.

Parecía el fin. Los expertos predecían la caída inminente del kimilsungismo y, de hecho, Barack Obama adoptó una posición de “paciencia estratégica”, confiado en que el empujoncito de las sanciones impuestas al tambaleante régimen por sus ensayos nucleares acabarían de echarlo abajo. Pero Pekín lo consideró siempre un planteamiento ingenuo y el reciente lanzamiento de cuatro misiles ha venido a darle la razón.

A los occidentales nos sorprende que unos líderes tan incompetentes como los Kim se perpetúen en el poder, pero en ningún lado pone que los gobernantes estén para atender las demandas de los gobernados. Maquiavelo ya advirtió que es mucho más seguro para el príncipe ser temido que amado y cada uno de los miembros de la dinastía norcoreana se ha preocupado por desplegar una crueldad implacable y meticulosa.

Pyongyang también ha explotado las diferencias de sus rivales. A Pekín le irritan las brutales ejecuciones de familiares en las que Kim Jong-un se ha especializado, pero nunca consentirá que la península se reunifique bajo el liderazgo de Seúl porque no quiere a un aliado incondicional de Washington al otro lado de la frontera.

Finalmente, el arsenal nuclear hace inasumible el coste de una invasión y se ha convertido en el fundamento de una lucrativa industria extorsionadora. Corea del Norte es una gigantesca pistola apuntada contra la sien de sus vecinos, que se apresuran a abrumarlo con ayuda humanitaria al menor signo de inestabilidad, no vaya a ser que le dé por apretar el gatillo. Los Kim ya no se molestan ni en dar de comer a sus súbditos.