Europa, ausente del reto asiático

Nunca antes se había esforzado tanto China en visualizar su desacuerdo con Corea del Norte como con ocasión del lanzamiento de misiles norcoreanos al Mar del Japón de hace unos días. ¿Qué está pasando?

Pues pasa que la situación internacional es muy dinámica; el escenario de la órbita geostratégica China está cambiando y la llegada a la Casa Blanca de Donald Trump y sus anuncios atrabiliarios está llenando de incertidumbre los ámbitos de toma de decisiones por desconocerse a dónde va la política exterior de Estados Unidos. Y en esta situación, el pragmatismo ha entendido que seguir con las pautas de provocación y exigencia de concesiones de Pyongyang, ya no sólo tiene menos garantías de éxito, sino que puede desencadenar una situación incontrolable en la que Pekín no tiene garantías de obtener ventajas. Y hay datos que parecen indicar que el régimen norcoreano está metido en una dinámica de huida hacia adelante que tal vez esté determinada por luchas internas por el poder. El asesinato del hermano mayor del “querido líder” por parte de sus servicios secretos apuntaría en esta dirección.

En este contexto, consciente o inconscientemente, China está ofreciendo una ventana de oportunidad para, al menos, definir un nuevo marco de estabilidad. Si Pyongyang sigue exhibiéndose como “Estado gamberro”, si Pekín ve riegos y requiere un marco estable para defender mejor sus intereses y si Rusia, en creciente protagonismo en todos los frentes, está redefiniendo su política el Pacífico, es difícil explicar la ausencia de Asia-Pacífico de la agenda europea.

Esto hace, y comienza a ser ya un triste tópico, más peligrosa la sensación de que el presidente Trump se mueve por impulso o quién sabe si a empujones de lobbies con intereses corporativos cortoplacistas.

Cambio de tono sí, ¿pero de fondo?

Washington.- Dejando a un lado la agresiva retórica a la que nos tiene acostumbrados, usando un tono mucho más moderado y sin duda conciliador se presentó Donald Trump ante el Congreso estadounidense, a sus ciudadanos y al mundo, quien mira con esperanza esta fase del presidente, que está más a tono con los discursos de los líderes occidentales y sobre todo de presidentes anteriores de esta nación. ¿Se entiende este discurso como un cambio de fondo? ¿O es tan solo un cambio de tono? ¿Hay un cambio real de la política exterior estadounidense?

El cambio de tono es muy importante, pero el fondo del discurso es en realidad la clave. Y el fondo del discurso desvela que no hay cambios sustanciales. Hubo más expresiones que no habíamos oído, como …”mi trabajo no es representar al mundo, es representar esta nación”; asumió que está gobernando un país dividido, o que el muro que separará la frontera del sur (evitando sutilmente mencionar a México) se comenzará a construir muy pronto. No mencionó a Corea del Norte, Rusia o China. Mientras, enfatizó la alianza inquebrantable con Israel a la vez que les recordaba amablemente a sus socios militares de la OTAN que deben pagar más cuotas, afirmando que ya algunos países lo están haciendo.

Este último punto, muy en consonancia con la línea de Steve Bannon, de exacerbación del patriotismo, nos recordó que los intereses de Estados Unidos estarán siempre primero en su agenda, que mantendrá su compromiso con la OTAN pero exigirá más a sus aliados. Lo cierto es que cada país miembro tiene una responsabilidad adquirida y debe responder por ella. Europa debe, incluso por sus propios intereses nacionales, ser capaz de pagar por su seguridad y financiar su defensa como parte fundamental de su política exterior.

El aumento histórico del gasto en defensa que ha propuesto, la reducción sustancial del presupuesto de ayuda internacional, y/o del Departamento de Estado, demuestran un cambio muy importante en lo que será la política exterior estadounidense. Con 58 billones de dólares para la defensa, que representa un aumento del 10%, el presidente Trump deja claro que fortalecerse internamente es una de sus prioridades y cumple con su promesa electoral de mantener a los Estados Unidos seguro. Ha puntualizado que habrá una partida para los veteranos de guerra, otra para la modernización de equipos y armamentos, y podríamos asumir que la mención que hizo al terrorismo islámico radical, en la que de acuerdo a sus propias palabras “los perseguirá hasta acabar con ellos”, indica que este plan estará contemplado dentro de este presupuesto. Confiamos en que otra partida será destinada a las zonas en conflictos en las que los estadounidenses siguen presentes y en donde cabe destacar que la gestión post-guerra ha sido nefasta. Aunque esa culpa sea de Obama, la ha heredado el actual presidente y está en obligación de asumirla.

La reducción de los presupuestos del Departamento de Estado y de las ayudas internacionales puede causar un efecto muy negativo para la diplomacia. Menos dinero significa menos presencia, menos diplomáticos, menos funcionarios estadounidenses por el mundo, que hacen un trabajo de apertura de diálogos y de influencia regional, y permiten a Washington mantenerse conectado y presente en el mundo. Son los diplomáticos los que previenen conflictos, enfrentamientos, y guerras. Paralelamente los programas de ayuda humanitaria, críticos en países muy pobres, en países devastados, son también los que ayudan a estas naciones a una transición a la esperanza, como fue el Plan Marshall en Europa en su momento. Incluso pueden servir para frenar la penetración de radicalismos en época de desolación y angustia social. Claramente su rol es diametralmente opuesto al que harían los soldados sobre el terrero.

Si el tono “presidencial” se debió al uso del teleprónter, y la ausencia de improvisación, que normalmente lo lleva a terrenos pantanosos de los que no puede salir ileso, por el bien de todos esperemos que siga haciendo uso de este sistema. Míster Trump aprovechó sus 60 minutos para alimentar su ego con cada ovación, con cada una de las veces que los presentes se levantaron para aprobar efusivamente sus planteamientos y con cada aplauso su satisfacción era visible. Todo esto, sumado a los comentarios positivos hechos por la prensa, que él mismo ha convertido en su más acérrimo enemigo, podría ayudar a un cambio de postura permanente de este nuevo líder, quien quizás prefiera ser criticado con guantes de seda y alabado por su comportamiento más apropiado. No olvidemos que así fue como vivió su vida antes de entrar al mundo político.

¿Filipinas, amigo o enemigo de los Estados Unidos?

Washington.- Filipinas, el archipiélago con más de 7000 islas, que goza de una ubicación estratégica en el Pacífico y con una de las líneas costeras más extensas del mundo, es una de las naciones más occidentalizadas del Pacífico, en parte debido a las estrechas relaciones que han mantenido con los Estados Unidos en las últimas décadas. Sin embargo, con el lenguaje soez de ambos líderes nacionales, la situación podría cambiar considerablemente.

Para Estados Unidos, Filipinas es un país clave en el Pacífico para mantener el pulso con China. Como quedó demostrado hace un par de años, cuando Filipinas comenzó el litigio por los islotes del sur ante la Corte Permanente de Arbitraje de la Haya, alegando que son rocas y no islas, matiz semántico fundamental, pues según la ley internacional de ser catalogadas como islas China ganaría automáticamente 200 millas náuticas. A pesar de que el tribunal rechazó los argumentos chinos basándose en que carecen de fundamento legal, Beijing se niega a reconocer el dictamen.

Estados Unidos y Filipinas tienen muchas décadas de relaciones diplomáticas, además de estrechos vínculos militares que comenzaron con George Bush, quien, en el marco de los ataques terroristas del 2001, puso en marcha un programa de capacitación y asistencia para las fuerzas armadas filipinas, para prevenir el crecimiento de “Abu Sayyaf”, grupo islámico separatista asentado en el sur, que se creó con dinero proveniente de Osama Bin Laden.

Estas relaciones se fortalecieron aún más durante la Administración Obama. El expresidente Aquino veía a China como potencial peligro, tanto para su país como la región, coincidiendo con la política exterior de Obama. Filipinas se benefició de recibir la mayor asistencia marítima dada por los estadounidenses en la región. Tan solo el año pasado acordaron la instalación de cinco bases militares americanas permanentes en diferentes puntos de la nación asiática. Obama veía esencial posicionarse en los más de 36.000 km de costa filipina para mantener protagonismo y presencia en el Pacifico. Según el Think Tank CSIS, Estados Unidos debería aumentar el tiempo de sus maniobras aéreas y marítimas en los Estados litorales del Mar meridional de China para dejar claro que están presentes y que no permitirán expansionismos o violaciones de las leyes internacionales.

El actual presidente filipino, Rodrigo Duterte, famoso por su retórica populista e impulsiva, ha expresado desde su campaña electoral que  buscará acercarse a China y a Rusia para cortar con la dependencia que tienen con Washington, poniendo énfasis en la adquisición de armamento. Rusia ha hecho una fuerte campaña en el sureste asiático para introducir y vender armas más allá de Vietnam, su viejo cliente. Los rusos ofrecen armamento más barato que los estadounidenses y créditos y compensaciones para hacerse más competitivos.

En Manila con Duterte y en Washington con Míster Trump, el tono de las relaciones puede llegar a ser ofensivo y desproporcionado viendo de lo que son capaces cada uno por separado. Sin embargo, es en interés de ambos intentar mantener un tono cordial y cooperante.  Filipinas, por su parte, tiene una fuerte dependencia militar de Estados Unidos y  debería protegerse de las intenciones expansionistas chinas y/o rusas apoyándose en los norteamericanos. Y Estados Unidos conoce la importancia de mantener neutralizada a China, punto crítico de la política exterior de Trump, tal y como han expresado en múltiples ocasiones. Para ello debe robustecer su presencia en el Pacífico, apoyándose en sus aliados regionales, Corea del Sur, Japón y Australia. Con Vietnam como amigo y con Filipinas de la mano, el Pacífico podría ser el mayor freno para una China imperialista que tiene la segunda economía más fuerte del mundo, la mayor población del planeta y un gran deseo de reinar.

Dinámica expansiva

El conflicto de Oriente Medio, no únicamente del cercano oriente, está adquiriendo una dinámica cada vez más expansiva. La intervención de Irán en Siria, que puede situar fuerzas de Teherán en la frontera con Israel, país al que ha jurado destruir, y su protagonismo histórico y sociológico en Afganistán otorgan al régimen chií un papel de actor principal en el escenario regional. Y algo parecido está pasando con Pakistán, cuya situación actual no puede ser desligada de la de Afganistán. Si a eso unimos que Irán tiene estrechos lazos con Rusia y Pakistán con China y que ambos ven como, poco a poco, aumentan su presencia en los conflictos de la zona las repúblicas centroasiáticas, en algunas de las cuales hay una importante influencia turca y en todas, y en mayor grado, de Rusia, tenemos el bosquejo de un escenario de pesadilla.

Puede ser una exageración afirmar que únicamente Rusia, entre las grandes potencias, ve ese escenario en su globalidad y tiene una estrategia adecuada a sus intereses nacionales. Probablemente en Estados Unidos se vea perfectamente lo que está ocurriendo, pero la inercia de la parálisis de Obama y la indecisión e improvisación de Trump no permiten adivinar si va a dibujarse una estrategia global en la que, por cierto, La Unión Europa ni ninguno de sus Estados miembros parece querer asumir papel alguno. Pero la realidad es que Putin va ampliando su esfera de influencia mientras Estados Unidos se repliega y China va colocando peones en la histórica Ruta de la Seda con paciencia y determinación.

La globalización afecta también a la política y debería afectar a la forma de ver los escenarios y adoptar las decisiones oportunas. Pero, al menos en las manifestaciones externas y en los análisis que se presentan esto parece estar ausente. Y no, esta no es una buena noticia.

INTERREGNUM: Baile de parejas

En un entorno asiático en el que se aceleran los cambios geopolíticos, las grandes potencias se ven obligadas a reajustar sus cálculos estratégicos tradicionales. Las amenazas no convencionales, el ascenso de China y la percepción de repliegue por parte de Estados Unidos crean una percepción de incertidumbre a la que se responde de una manera que puede ser, a su vez, fuente de mayor inestabilidad. Así ocurre con la carrera de armamentos en curso, inseparable de nuevos movimientos bilaterales.

Aunque proliferan este tipo de acercamientos, dos de ellos han adquirido especial interés en los últimos meses: el de Rusia con Pakistán, y el de India con Vietnam. Pese a la recuperación de su estatura internacional como consecuencia del conflicto de Ucrania y de la guerra civil siria, Moscú dista mucho de tener en Asia el papel de peso que querría desempeñar. La asociación estratégica con Pekín es una necesidad más que una opción, que Rusia comparte con el esfuerzo por diversificar sus socios con el fin de evitar una excesiva dependencia de la República Popular. Aunque India ha sido un “cuasi-aliado” desde 1962, el contexto subregional se ha transformado en gran medida para los intereses rusos. La convergencia entre India y Estados Unidos, y el reforzamiento de la “inquebrantable” amistad de China con Pakistán, demandan de Moscú la actualización de su estrategia hacia Asia meridional.

La creciente relevancia geopolítica del océano Índico, la incorporación de India y Pakistán a la Organización de Cooperación de Shanghai y el imperativo ruso de triangular la relación con ambos, así como el deseo de Moscú de no quedarse al margen de las oportunidades económicas y diplomáticas que puede ofrecer el Corredor Económico China-Pakistán—primera fase de la iniciativa de la Nueva Ruta de la Seda—explican ese mayor interés por Islamabad. El anuncio de una probable visita de Putin el próximo mes de mayo—la primera de un presidente ruso—refleja su interés por reforzar los lazos con Pakistán para, a través de él, tener una mayor presencia en el Índico. Pese a su discutible viabilidad, se habla—incluso—de la ambición rusa de establecer una vinculación formal de Pakistán con la Unión Económica Euroasiática. No hace falta decir que, de producirse, dicha visita, con importantes implicaciones para la dinámica subregional, será una importante variable en la política de India hacia su vecino, pero también hacia China.

Estas circunstancias explican así la profundización de la relación de esa otra pareja, India y Vietnam, de la que es reciente muestra la negociación sobre el suministro de misiles tierra-aire a Hanoi. Aunque Pekín hace lo propio con Islamabad, y en mucho mayor grado si cabe, el oficialista “Global Times” advertía hace unos días a Delhi sobre sus relaciones militares con Vietnam, indicando que “crearán tensiones en la región, frente a las cuales China no se quedará de brazos cruzados”.

La multiplicación de acuerdos bilaterales de seguridad—como los señalados—agrava la desconfianza ente las potencias, aun siendo ellas las impulsoras de los mismos, con el consiguiente riesgo de una espiral de inestabilidad. Un dilema añadido por tanto para Trump, cuando en Asia se da por descontado que, sea cual sea su política hacia la región, el papel de Estados Unidos ya no volverá a ser el de los últimos 70 años.

INTERREGNUM: REGRESO A LA REALIDAD

A medida que sus equipos toman forma y comienzan a tomar decisiones, la administración Trump empieza también a abandonar su inconsistente retórica. Mientras los desajustes en los asuntos de política nacional han obligado a prestar atención en la Casa Blanca a los procedimientos y a dejarse guiar por manos experimentadas, en política exterior han bastado pocos días para que se imponga el pragmatismo que demandan las complejidades de nuestro tiempo.

Israel y Rusia son dos ejemplos de cómo el nuevo gobierno norteamericano ha entendido lo inviable de su discurso. Trasladar la embajada de Estados Unidos a Jerusalén o levantar sin más las sanciones a Moscú no sólo no resolvería ningún problema sino que crearía otros nuevos, además de complicar de manera extraordinaria el margen de maniobra de Washington en Europa y en Oriente Próximo.

Pero, por su relevancia, nada ilustra mejor este giro que China. Una semana después del viaje del secretario de Defensa, Jim Mattis, a Tokio y Seúl—donde reafirmó de la manera más explícita el compromiso de Estados Unidos con sus aliados—, y 24 horas antes de la llegada a Washington del primer ministro japonés, Shinzo Abe, Trump manifestó al presidente chino, Xi Jinping, su compromiso—mantenido por todos sus antecesores desde 1972—con la política de “una sola China”. No sólo ha evitado así un grave conflicto con Pekín, para el que Taiwán no puede ser en ningún caso un elemento de negociación, sino también la definitiva pérdida de credibilidad entre sus aliados asiáticos.

Quizá antes de lo que podía esperarse, Trump ha percibido—o sus asesores le han hecho ver—que “America First” iba a convertirse muy pronto en “America Alone”. Y es muy poco lo que Washington puede conseguir por sí solo. De hecho, la posición internacional de Estados Unidos se debe en no escasa medida al considerable número de socios y aliados con los que cuenta. El abandono de sus amigos tradicionales obligaría a éstos a reconsiderar las bases de su política de seguridad, al tiempo que envalentonaría a sus rivales. Renunciar a esa red de aliados construida durante décadas podría, por lo demás, crear nuevos conflictos, que Estados Unidos se vería obligado a atender pese a sus tentaciones de repliegue. Así lo anticipó Nicholas Spykman a finales de los años cuarenta, al explicar el imperativo para Estados Unidos de evitar el control de Eurasia por una potencia rival.

La conversación telefónica con Xi y el trato dispensado a Abe, solo días después de la gira de Mattis por el noreste asiático, minimizan la alarma creada en la región por la victoria de Trump y sus primeras declaraciones. El carácter impredecible del presidente norteamericano no ha eliminado las incertidumbres—especialmente en el terreno económico y comercial tras la renuncia al TPP—, pero aumentan los indicios a favor de la estabilidad. Los próximos e inevitables pronunciamientos sobre Corea del Norte y el mar de China Meridional confirmarán si la anunciada revolución estratégica de Trump no es en realidad sino un reajuste de la política asiática de la anterior administración.

Interregnum: Autoritarismo y populismo

Uno de los factores de la creciente inestabilidad mundial es el ascenso de grandes potencias con valores y principios políticos distintos de los occidentales. Rusia pretende recuperar su estatura internacional sembrando el desorden, mientras que China—que requiere de un entorno estable para su crecimiento económico—aspira, a un mismo tiempo, a reformar el sistema existente y a crear estructuras paralelas dirigidas por ella. Ambas comparten, sin embargo, una misma prioridad: la supervivencia de sus regímenes políticos. La denuncia de los principios liberales, del concepto de universalidad de los derechos humanos, y de las presiones a favor de la democracia ha acercado a Moscú y Pekín—y a otros como Teherán o Ankara—, y creado la percepción de que el principal desafío al sistema internacional de posguerra proviene de estos elementos externos.

El referéndum del Brexit y la victoria de Trump revelan, no obstante, que las amenazas al orden liberal están también dentro de casa. Que los conservadores británicos defiendan la democracia participativa, o que Estados Unidos haya elegido un presidente de métodos autoritarios, inclinado a una tarea genérica de destrucción más que a conseguir objetivos políticos concretos desde un marco coherente, son motivo de alarma. Rusia y China constituyen un tipo de desafío que Fukuyama no pudo prever al escribir sobre el fin de la Historia cuando concluyó la guerra fría: sistemas (pseudo-) capitalistas, pero al mismo tiempo autoritarios y profundamente nacionalistas. Desde Occidente resulta incomprensible que quien asume el libre mercado como método de creación de riqueza y prosperidad rechace a su hermano gemelo, la democracia liberal. Más difícil es por tanto interpretar el espectáculo de un presidente norteamericano convertido en amenaza al orden constitucional.

La regresión de la democracia no es un fenómeno nuevo. El sureste asiático ha sido en los últimos años, por ejemplo, una clara ilustración de esos “autócratas electos” que persiguen a sus opositores, fomentan la corrupción, intentan imponerse sobre jueces y legisladores, y desatienden las exigencias de los ciudadanos, motivando el escepticismo de estos últimos sobre el valor de la democracia. Tailandia, Malasia, Filipinas o Birmania son reflejo de una una transición política inacabada, en la que no siempre se avanza hacia delante. ¿Por qué se está produciendo, aunque a otra escala, ese mismo fenómeno regresivo en Occidente? El populismo no es—o no es solo—un movimiento contra las elites, sino contra el pluralismo. Sólo ellos, dicen sus líderes, representan al pueblo. La naturaleza excluyente de sus tesis choca con los principios más fundamentales del liberalismo, pero también con las demandas de progreso del siglo XXI.

El último informe anual de Freedom House, publicado la semana pasada, describe bien este doble fenómeno que amenaza nuestras libertades: el autoritarismo en distintas regiones del mundo, y el auge de fuerzas populistas y nacionalistas en los Estados democráticos. También hace unos días el nada sospechoso Economist Intelligence Unit ha modificado la definición de Estados Unidos en su último Democracy Index: de ser una “full democracy” pasa a ser una “flawed democracy”. Es posible, no obstante, que Trump se equivoque al minusvalorar la fortaleza de las instituciones de su país.

Quizá haya que dar la razón a Michael Ignatieff, cuando escribía el pasado año que la Ilustración, el racionalismo y el humanismo no sirven para entender el mundo de nuestro tiempo. Pensemos, sin embargo, que puede tratarse de un sarampión; una enfermedad contagiosa pero pasajera, si bien puede crear muchos estragos en el camino. Como en otros momentos de su historia, el liberalismo tendrá que reinventarse, adaptarse al mundo de la biotecnología y la inteligencia artificial, y ser capaz de responder a demandas y expectativas diferentes de las de otras épocas. Al mismo tiempo, sociedades envejecidas, unas; tecnológicamente avanzadas, otras; hiperconectas digitalmente, todas ellas; y con graves problemas de cohesión social y territorial, algunas; concluirán que, lejos de ser un obstáculo a la estabilidad, la democracia es el único instrumento para asegurarla.

Interregnum: Rusia Euroasiática

En un artículo publicado en octubre de 2011, sólo una semana después de anunciar su candidatura a un tercer mandato presidencial, Vladimir Putin asumió un nuevo discurso político. Abandonando su retórica anterior sobre Rusia como “Estado europeo”, Putin pasó a defender la idea de que Rusia no es exactamente una nación, sino más bien una civilización, heredera del Imperio ruso y de la Unión Soviética (y, por tanto, separada de Europa). Su identidad como potencia “euroasiática” es al mismo tiempo, señaló, la que define su posición en el sistema internacional.

El concepto del euroasianismo ha atraído la atención de quienes quieren explicar el comportamiento ruso desde entonces. Aparece como un elemento de legitimación para restablecer el control sobre su periferia y justificar sus objetivos geopolíticos. La integración de Eurasia, gran proyecto de Putin, sería el instrumento para asegurar a Rusia un centro de poder independiente y evitar que se convierta en un actor periférico de Europa y Asia. Es un discurso vinculado asimismo a un nuevo nacionalismo ruso, surgido de la necesidad de encontrar una alternativa ideológica entre el comunismo y el liberalismo, entre los valores occidentales y el mundo asiático. El misterio es por qué unas ideas que antes nadie tomaba en serio, son de repente asumidas por el Kremlin y han dado forma a un consenso compartido por las elites políticas del país.

Desentrañar los orígenes de estas teorías y su evolución a lo largo del siglo XX hasta hoy es el objeto de un fascinante libro de Charles Clover, excorresponsal del Financial Times en Moscú: Black Wind, White Snow: The rise of Russia’s new nationalism (Yale University Press, 2016). Mediante el retrato intelectual y biográfico de tres figuras principales—un filólogo (Nikolay Trubetskoy), un historiador (Lev Gumilev) y un profesor de geopolítica (Alexander Dugin)—Clover examina cómo nace este supuesto ideal euroasiático—fundado en mitos, más que en hechos científicos—y analiza su interacción con el contexto político ruso desde la Revolución de 1917.

Su cuidadosa reconstrucción de estas ideas demuestra lo confuso del esfuerzo tendente a encontrar en las estepas de Eurasia la personalidad de la civilización rusa. Pero el curso de las relaciones con Estados Unidos con posterioridad al 11/S, y las manifestaciones en Moscú contra Putin en 2011-12, crearon entre otras circunstancias la oportunidad para que el Kremlin encontrara en el euroasianismo la manera de cubrir el vacío ideológico de las dos décadas anteriores y, a la vez, poder definir las bases de su acción exterior. Identificarse como rival de Occidente y buscar la construcción de una Gran Eurasia pueden servir a Putin para mantenerse en el poder. Pero es también una manera de ocultar las limitaciones de Rusia mientras no avance en la institucionalización de su vida política interna y construya la economía que permita su integración global y su desarrollo a largo plazo. Son imperativos que no desaparecerán aunque el nuevo presidente norteamericano decida levantar las sanciones contra Moscú.

La personificación del sueño americano, catalizador de nuevas alianzas

Washington.- Según nos acercamos a la toma de posesión del Presidente electo Donald J. Trump, y el tan esperado nombramiento del Secretario de Estado Rex Tillerson, la política exterior de la nueva administración parece ir tomando forma. A pesar de que el nuevo gabinete carece de experiencia política, cuenta con un amplio conocimiento en materia de negocios y expansión de bienes y fortunas, que podría ser la brújula que dirija su política exterior y que como resultado podría arrastrar a la ruina relaciones históricas como las de Japón con los Estados Unidos.

El nuevo secretario de Estado tiene una trayectoria conocida en el mundo petrolero, desde las distintas posiciones que ocupó en Exxon Mobil, y cómo, desde allí, sus relaciones con Rusia han sido muy estrechas. Según el Wall Street Journal, Tillerson lideró la expansión de Exxon en Rusia durante la presidencia de Boris Yeltsin, lo que marcó el despegue de su carrera.

En los años más recientes ha habido manifestaciones públicas de la estrecha relación entre el presidente Putin y Tillerson, no sólo con las exploraciones multibillonarias que Exxon ha hecho en Rusia y el convenio firmado en 2011 con la compañía estatal Rosneft, sino, incluso, con el premio, “a la Orden de la Amistad”, que el mismo presidente ruso, otorgó al señor Tillerson, uno de los mayores honores que pueden recibirse en Rusia. Además de apariciones públicas y fotos donde se aprecia la complicidad, o al menos cercanía entre ambos. O, como el Washington Post califica esta relación, “el largo romance de Tillerson con Rusia”.

El constante coqueteo de Mister Trump, desde su cuenta de Twitter, con Putin no pasa a nadie inadvertido, sobre todo tras la decisión en la que la Administración Obama expulsa 35 diplomáticos rusos e impone sanciones económicas contra organismos de espionaje. A lo que Putin expresó que no respondería con reciprocidad a la expulsión. Por lo que el Presidente Trump comenta: ” …Siempre supe que Putin era un hombre inteligente…”

Estas cercanías despiertan incertidumbre y revuelo internacional, pues desvela el comienzo de un nuevo capítulo en las relaciones internacionales, distinto a lo que estamos acostumbrados en la post guerra fría. Japón ha sido uno de los países en mostrar más inquietud, en respuesta a los comentarios del entonces candidato presidencial, a principios del 2016, de que Corea del Sur y Japón deberían desarrollar sus propias armas nucleares para contrarrestar las amenazas de Corea del Norte. O que Japón necesita pagar más, para mantener tropas estadounidenses en su suelo.

El estado nipón está apostando públicamente por un mantenimiento de relaciones con Estados Unidos; así lo confirma la visita de Abe hecha en días pasados a Pearl Harbor, y las reiteradas declaraciones en los que manifiestan su compromiso con América. Paralelo a esta situación, Japón, ha venido experimentando un crecimiento de su nacionalismo. El Primer Ministro Abe consiguió en septiembre pasar una reinterpretación del artículo 9 de la Constitución japonesa, en la que se permite la autodefensa colectiva, un significativo cambio de la mentalidad de la post segunda guerra mundial. También ha venido robusteciendo su capacidad militar en los últimos años. Ha desarrollado una flota naval muy poderosa en respuesta a la política expansionista china. Además del incremento, en agosto pasado, del presupuesto de defensa, hecho por el Ministro de Defensa japonés Tomomi Inada, un nacionalista de línea dura.

Japón ha intensificado su relación con la OTAN, específicamente en promoción de la paz global. Organizó la Conferencia de Tokio en 2012 y aporto 5 billones de dólares entre 2009 al 2013 al programa de asistencia y seguridad de la OTAN en Afganistán; ha ayudado a las fuerzas armadas afganas, y a la reintegración de excombatientes a la sociedad. Así como en los años 90 contribuyó a la reconstrucción de Los Balcanes y la reintegración a Europa.

Los 70 años de estrecha relación entre Japón y Estados Unidos, pueden estar llegando o bien a su fin, o al menos a una nueva dimensión. Da la impresión que la nueva administración estadounidense apuesta por dejar desatendidos a quienes han sido sus aliados históricos, obligándolos a tomar control de su propia seguridad, y gestionar sus propios presupuestos de defensa, lo que propiciaría un reacomodo de fuerzas. China y Rusia operan bajo las mismas líneas, siempre que sea conveniente a sus intereses.

Japón y Corea del Sur coinciden en su temor a Corea del Norte, y su capacidad armamentística. Rusia se entiende con el dictador Kim Jong-un. Mientras que Japón mantiene una tensa relación con Rusia desde 1945 debido a los territorios del Norte o las Islas Kuriles, que fueron ocupadas por los soviéticos.  A pesar de la reciente visita de Putin a Japón, las relaciones entre ambos podrán mejorar en el plano económico, pero seguirán tensas hasta que no se establezca un acuerdo sobre las Islas.

Estados Unidos ha mantenido y liderado hasta ahora relaciones estratégicas con Japón, Corea del Sur, Singapur, Filipinas, Australia, y Taiwán. Pero estos países entre si no tienen ningún tipo de plan militar conjunto, de reacción en contra del expansionismo chino en la región. O de otros potenciales peligros, como el terrorismo internacional. Este escenario podría ser aprovechado por Japón, para ganar espacio, que, hasta ahora, han sido exclusivamente de Estados Unidos, y ejercer mayor influencia regional. Incluso global, financiando programas humanitarios o de defensa, consiguiendo un mayor protagonismo debido al espacio que deja la personificación del sueño americano, tal y como Mister Trump define la carrera de Tillerson, que más que perpetuar su influencia mundial, parece apuntar a generar negocios que traigan fortuna y riqueza a la sociedad estadunidense.

Interregnum: Diplomacia triangular 3.0

Dos constantes en las prioridades de política exterior del presidente electo de Estados Unidos son la necesidad de mejorar las relaciones con Rusia y adoptar una posición de mayor firmeza hacia China. ¿Pretende Trump, 45 años después del acercamiento de Nixon a Pekín y 65 de la alianza chino-soviética, invertir el triángulo y girar hacia Moscú para equilibrar a China?

Prevenir un enfrentamiento simultáneo con China y Rusia, dos potencias cuya cooperación bilateral se ha reforzado como consecuencia de la estrategia de reequilibrio hacia Asia de la administración Obama y de las sanciones a Moscú tras la crisis de Ucrania, responde a la lógica de los intereses norteamericanos. Al mismo tiempo, es innegable que Rusia puede ser un colaborador en la lucha contra el terrorismo jihadista. ¿Compensará a Washington, sin embargo, el reconocimiento de la influencia rusa en Oriente Próximo—región de la que logró expulsarla en los años setenta—, y en Europa oriental, a costa de sus aliados? Porque no menos será el precio exigido por Moscú.

Pese a su aparente complicidad con Trump, también Putin afronta nuevos dilemas. Superar el aislamiento al que le sometió Obama representa un notable triunfo diplomático; no obstante, no resuelve los problemas estructurales rusos. Quien ha hecho de su oposición a Estados Unidos y a los valores liberales uno de los elementos definitorios de su discurso político, ¿podría explicar a su opinión pública un giro de esas características? La celebración de elecciones presidenciales en 2018 complica el margen de maniobra de Putin si éste ya no puede hacer responsable a Washington de las dificultades económicas que atraviesa el país.

La victoria de Trump expondrá, por otra parte, las contradicciones en la relación entre Moscú y Pekín. Los dos necesitan más a Estados Unidos separadamente que el uno al otro. Y, como resultado de la inclinación proteccionista y aislacionista del nuevo presidente norteamericano, China puede adquirir un espacio económico y geopolítico que agravará la posición rusa. Los hechos hablan por sí solos. Mientras China es el tercer mercado para las exportaciones norteamericanas (tras Canadá y México), Rusia ocupa el 37º lugar. China no es sólo una plataforma vital para las multinacionales de Estados Unidos, sino que posee más de 1,8 billones de dólares de la deuda norteamericana. Por no hablar de la necesidad de cooperación de ambos países en numerosos asuntos de la agenda global—del cambio climático a la estabilidad del sistema financiero—en los que Rusia, por su escasa integración, apenas tiene un papel que desempeñar.

Moscú y Pekín querrían acabar con la posición dominante de Estados Unidos. Pero sus métodos no pueden ser más distintos. China necesita, y quiere impulsar, una nueva etapa de globalización. Rusia quiere construir una valla en torno a su periferia para no depender del exterior. En un mundo en el que la competencia tiene que ver con las definición de las reglas del juego de la economía mundial, la asimetría entre los intereses y capacidades de Rusia y China se hará cada vez más evidente. El juego triangular puede ser más complicado de lo que piensan Putin y Trump.