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Interregnum: Autoritarismo y populismo

Uno de los factores de la creciente inestabilidad mundial es el ascenso de grandes potencias con valores y principios políticos distintos de los occidentales. Rusia pretende recuperar su estatura internacional sembrando el desorden, mientras que China—que requiere de un entorno estable para su crecimiento económico—aspira, a un mismo tiempo, a reformar el sistema existente y a crear estructuras paralelas dirigidas por ella. Ambas comparten, sin embargo, una misma prioridad: la supervivencia de sus regímenes políticos. La denuncia de los principios liberales, del concepto de universalidad de los derechos humanos, y de las presiones a favor de la democracia ha acercado a Moscú y Pekín—y a otros como Teherán o Ankara—, y creado la percepción de que el principal desafío al sistema internacional de posguerra proviene de estos elementos externos.

El referéndum del Brexit y la victoria de Trump revelan, no obstante, que las amenazas al orden liberal están también dentro de casa. Que los conservadores británicos defiendan la democracia participativa, o que Estados Unidos haya elegido un presidente de métodos autoritarios, inclinado a una tarea genérica de destrucción más que a conseguir objetivos políticos concretos desde un marco coherente, son motivo de alarma. Rusia y China constituyen un tipo de desafío que Fukuyama no pudo prever al escribir sobre el fin de la Historia cuando concluyó la guerra fría: sistemas (pseudo-) capitalistas, pero al mismo tiempo autoritarios y profundamente nacionalistas. Desde Occidente resulta incomprensible que quien asume el libre mercado como método de creación de riqueza y prosperidad rechace a su hermano gemelo, la democracia liberal. Más difícil es por tanto interpretar el espectáculo de un presidente norteamericano convertido en amenaza al orden constitucional.

La regresión de la democracia no es un fenómeno nuevo. El sureste asiático ha sido en los últimos años, por ejemplo, una clara ilustración de esos “autócratas electos” que persiguen a sus opositores, fomentan la corrupción, intentan imponerse sobre jueces y legisladores, y desatienden las exigencias de los ciudadanos, motivando el escepticismo de estos últimos sobre el valor de la democracia. Tailandia, Malasia, Filipinas o Birmania son reflejo de una una transición política inacabada, en la que no siempre se avanza hacia delante. ¿Por qué se está produciendo, aunque a otra escala, ese mismo fenómeno regresivo en Occidente? El populismo no es—o no es solo—un movimiento contra las elites, sino contra el pluralismo. Sólo ellos, dicen sus líderes, representan al pueblo. La naturaleza excluyente de sus tesis choca con los principios más fundamentales del liberalismo, pero también con las demandas de progreso del siglo XXI.

El último informe anual de Freedom House, publicado la semana pasada, describe bien este doble fenómeno que amenaza nuestras libertades: el autoritarismo en distintas regiones del mundo, y el auge de fuerzas populistas y nacionalistas en los Estados democráticos. También hace unos días el nada sospechoso Economist Intelligence Unit ha modificado la definición de Estados Unidos en su último Democracy Index: de ser una “full democracy” pasa a ser una “flawed democracy”. Es posible, no obstante, que Trump se equivoque al minusvalorar la fortaleza de las instituciones de su país.

Quizá haya que dar la razón a Michael Ignatieff, cuando escribía el pasado año que la Ilustración, el racionalismo y el humanismo no sirven para entender el mundo de nuestro tiempo. Pensemos, sin embargo, que puede tratarse de un sarampión; una enfermedad contagiosa pero pasajera, si bien puede crear muchos estragos en el camino. Como en otros momentos de su historia, el liberalismo tendrá que reinventarse, adaptarse al mundo de la biotecnología y la inteligencia artificial, y ser capaz de responder a demandas y expectativas diferentes de las de otras épocas. Al mismo tiempo, sociedades envejecidas, unas; tecnológicamente avanzadas, otras; hiperconectas digitalmente, todas ellas; y con graves problemas de cohesión social y territorial, algunas; concluirán que, lejos de ser un obstáculo a la estabilidad, la democracia es el único instrumento para asegurarla.

Interregnum: Improvisación vs estrategia

Lejos de acabarse, la Historia se acelera en nuestros días, anticipando un mundo muy diferente del conocido en las últimas décadas. Pero mientras unos demuestran una enorme prisa por desmantelar prácticas e instituciones, y firman órdenes y decretos sin pensar en sus consecuencias, otros continúan construyendo paso a paso un orden a su favor. Tal es la diferencia entre quienes actúan movidos por reacciones impulsivas, y quienes avanzan en la ejecución de una estrategia diseñada a largo plazo; lo que separa, por ejemplo, al presidente de Estados Unidos de los líderes chinos.
Como prometió, Trump ha hecho oficial el abandono del Acuerdo Transpacífico (TPP) por parte norteamericana, una medida que—pese a su anuncio previo—ha provocado el estupor de sus aliados en Asia. Al mismo tiempo, el secretario de Estado, Rex Tillerson, declaró durante su confirmación ante el Senado que no se permitirá a China el acceso a las islas del mar de China Meridional. Si alguien no daba crédito y pensaba que se trataba de un error—lo dijo sin notas delante y tras cinco horas de comparecencia—, el jefe de prensa de la Casa Blanca, Sean Spicer, corrigió las dudas al reiterar el mismo mensaje pocos días después.
La confrontación con China, de manera paralela a un acercamiento a Moscú, se revela como una idea fija del presidente Trump. Pero decisiones y declaraciones de este tipo revelan un profundo desconocimiento de las realidades de la región. Alguien tan poco sospechoso de antiamericanismo—y tan buen conocedor de la dinámica geopolítica en curso—como el primer ministro de Singapur, Lee Hsien Loong, ya advirtió el año pasado que la renuncia al TPP supondría el fin de la influencia norteamericana en Asia. Después de cinco años de esfuerzos diplomáticos, Washington no sólo renuncia a un instrumento que le hubiera asegurado un papel decisivo en el centro de gravedad económico del planeta, sino que ha dañado la credibilidad de Estados Unidos entre sus socios de manera quizá irreversible. Aun calibrando otras opciones, los Estados asiáticos se verán ahora obligados a orientarse hacia la economía china, facilitando a Pekín la consolidación del espacio que ambiciona como potencia central en el continente.
Impedir a China, por otra parte, las tareas de construcción en las islas Spratly o su acceso a las mismas, es algo que Washington solo puede hacer mediante un bloqueo y el potencial uso de la fuerza. Lo que sería, al tratarse de aguas internacionales, un acto de guerra. La aparente renuncia por parte de la administración Trump a la política de “una sola China”, y la declarada intención de dotar a la armada de Estados Unidos con un total de 350 buques (frente a los 272 actuales), tampoco son medidas orientadas a crear un clima de estabilidad.
¿Es así como espera Trump obtener una posición de fuerza desde la que negociar con Pekín? El nuevo inquilino de la Casa Blanca parece ignorar que hay asuntos sobre los que los líderes chinos jamás cederán, por lo que puede provocar una grave espiral de tensión. No faltarán las interpretaciones sobre un juego sutil por parte de Trump, quien buscaría despistar sobre sus últimas intenciones, pero recordemos que Sun Tzu era chino, no americano. Mientras Trump y sus asesores se verán obligados a adaptar sus pretensiones a la realidad, Pekín seguirá avanzando conforme a su plan. Si en Davos el presidente Xi Jinping asumió el manto del liderazgo de la globalización, abandonado por Estados Unidos, sólo unos días antes—el 11 de enero—hizo público Pekín el primer Libro Blanco sobre su estrategia de seguridad en Asia. Washington interpreta—correctamente—que la transformación del equilibrio económico y geopolítico en la región no le resulta favorable. Pero, más que frenar estas fuerzas, Trump puede ahora acelerarlas.

Nuevo escenario: China se lo piensa

Desde detrás de las bambalinas, China está observando, con no menor perplejidad que Occidente, el impacto del factor Trump y sus iniciativas en todo el planeta. ¿Qué ve? En primer lugar, que al acuerdo de libre comercio para su zona estratégica, que excluía a China porque aunque Pekín defiende el libre comercio hacia el exterior no permite el libre mercado en su interior, está a punto de fallecer. En segundo lugar, que la política de proteccionismo de Estados Unidos le deja un campo más amplio de acción en África y en Iberoamérica, y, en tercer lugar, que las relaciones entre Estados Unidos y Europa se resquebrajan creando oportunidades para las maniobras de Rusia y otros países.
En ese escenario, el gobierno de Pekín está maniobrando para definir una estrategia que le haga aumentar su protagonismo y fortalecer sus intereses nacionales. Así, va a tantear la posibilidad de establecer acuerdos con los países que integraban el tratado que Estados Unidos quiere abandonar, va a presionar para que le reconozcan sus derechos en el Mar de China mientras acelera  el fortalecimiento de su flota armada, y va a cuidar mucho de que no se dañe su recobrada relación con Rusia.
¿Y Europa? De momento está en shock. Es decir, sigue. El factor Trump ha encontrado a la Unión Europea en una parálisis de definición de décadas y en medio de un aumento del populismo en un año de elecciones. En este marco, Rusia aparece como el vecino fuerte que sabe lo que quiere, que está dispuesto a lograrlo y que, además, buenas o malas, tiene una estrategia para las zonas donde el conflicto puede repercutir en la estabilidad europea y mundial.
Las acciones de Putin suben, Trump espera un acuerdo con él para pactar intereses mutuos, Europa sigue reflexionando y China gana protagonismo. En este escenario, por inestable, ganan protagonismo indirectamente los países que en un tiempo Estados Unidos calificó de canallas. Ni Donald Trump, o tal vez especialmente él, sabe qué hay detrás de la puerta que está abriendo.

Proteccionismo sin fronteras: el oxímoron de Trump

A tenor de los últimos acontecimientos políticos, económicos y militares parecería que se van a producir cambios significativos en el orden mundial. Sin embargo, es frecuente que estas expectativas se queden en modificaciones mediáticas orientadas a legitimar el ascenso de nuevos gobernantes que, posteriormente, recuperan buena parte de las políticas anteriores ante la constatación de una tozuda realidad exterior y las presiones internas.

Este podría ser el caso de D. Trump, cuyas primeras decisiones deberían interpretarse como una suerte de ingenuidad ante el orden internacional establecido y la necesidad de corresponder a las expectativas de sus votantes.  Por ello, es de esperar que tras un primer golpe de mano nacionalista, necesario para conciliar sus acciones con su retórica, se retomen muchas de las iniciativas que ahora se están abandonando.

Aunque no hay que olvidar que el resurgimiento de este populismo, abanderado del discurso proteccionista y aislacionista como remedio para todos los males, tienen en su origen a una China que no juega conforme a las reglas establecidas, defraudando la confianza internacional otorgada en 2001 mediante su entrada en la OMC. La aplicación de unos estándares laborales y medioambientales mucho menos exigentes que los occidentales, la falta de reciprocidad para garantizar las inversiones extranjeras en el país asiático, o el respaldo de las autoridades chinas a las grandes empresas del país, han constituido una competencia desleal con sus contrapartes americanos y europeos. Aunque esto es solo una parte de la historia, porque no hay que olvidar que las empresas estadounidenses se han servido de esta laxitud en los estándares chinos para deslocalizar su producción, aumentando así sus beneficios y su competitividad.

En cualquier caso, pese al empleo de métodos poco ortodoxos desde nuestro prisma occidental, China ha logrado un rápido ascenso económico, una mayor influencia política internacional y una creciente asertividad militar que la han convertido en el enemigo perfecto para el discurso nacionalista de D. Trump, responsabilizándola de la pérdida de puestos de trabajo y capacidad industrial en el país norteamericano.

Sin embargo, ni China es el enemigo a batir, ni el nacionalismo el camino para salvar la hegemonía occidental. Más bien al contrario, puesto que esta estrategia solo propicia que el gigante asiático utilice su musculo financiero y su creciente influencia política para promover la creación de organismos multilaterales en los que, de inicio ya tiene la cuota de representación que se le niega sistemáticamente en las instituciones globales existentes. A la vista de este fenómeno, habría que replantearse si no sería más inteligente otorgarle ese “aumento” de protagonismo dentro de los organismos establecidos para favorecer su integración en los mismos y poder seguir jugando “en casa” y con “nuestras reglas”.

Que el nacionalismo no es el camino a seguir en un mundo global e interdependiente parece bastante obvio desde un punto de vista analítico y reflexivo, aunque es innegable que funciona como herramienta electoral ya que permite simplificar los problemas y proyectarlos en un enemigo común que encarne los males que afligen a los ciudadanos.

La gran paradoja que encontramos en la coyuntura actual es que EEUU y China parecen más complementarios que nunca, y bien podría parecer que están buscando intercambiar sus papeles en el mundo. Mientras que el primero aboga por el proteccionismo, la reducción de su protagonismo internacional y militar, y la ruptura de su compromiso medioambiental, el segundo, defiende el libre comercio “con características chinas”, busca mayor presencia internacional a nivel político y militar, y ha formalizado por primera vez su compromiso para luchar contra el cambio climático.

En este sentido, debemos enfrentar el oxímoron que supone que EEUU trate de recuperar su industria en un momento en el que China pretende justo lo contrario, deslocalizar su producción a los países del sudeste asiático para avanzar en la cadena de valor hacia un modelo de corte occidental, basado en el sector servicios y el consumo interno.

Pero, al contrario que EEUU, Pekín si parece ser consciente que este “ascenso” en el sistema productivo tiene su talón de Aquiles en la pérdida de puestos de trabajo. Por ello, han puesto en marcha una serie de reformas que, entre otras cosas, reduzcan el impacto negativo del desempleo, evitando así una potencial crisis social. En cambio, Trump promulga consignas que evocan mejores tiempos pasados pero que en la realidad implican dar un paso atrás que, en el mejor de los casos, solo servirá para coger impulso y dar luego dos hacia delante.

Tampoco parece razonable que pueda sostenerse en el tiempo una política comercial aislacionista en un mundo global e interdependiente donde la tendencia clara es justo la contraria. Así, la salida del TPP recientemente firmada por Trump profundizará en la perdida de liderazgo e influencia que EEUU está sufriendo en Asía Pacífico, donde la mayoría de los países de la región ya se han alineado con China. Además, Pekín aprovechará la ocasión para impulsar su acuerdo de integración comercial (RCEP) ante la necesidad que existe en la zona de mejorar este tipo de intercambios. En este mismo sentido, la anunciada reducción de su presencia militar en la región permitiría a Pekín reforzar su influencia y control sobre sus vecinos, así como mantener la actual asertividad en sus reclamaciones del mar Meridional y del Este de China.

Por tanto, China no es el enemigo a batir, sino la resistencia al cambio del pueblo estadounidense, que se muestra reticente a explorar el nuevo eslabón dentro de la cadena de valor global, y que bien podría fundamentarse en maximizar la innovación y el talento para esgrimirlos como mecanismo de competencia que aumente la brecha tecnológica entre oriente y occidente. Y si se quiere aderezar con una pequeña dosis de proteccionismo con “características estadounidenses”, este debería ser selectivo en la búsqueda de reciprocidad.

Este aparente paso atrás de Donald Trump, que permitirá a Pekin dar dos pasos hacia delante, tendrá sus mayores detractores entre los grupos de poder empresarial y armamentístico estadounidenses, responsables de la deslocalización industrial y principales suministradores del ejercito, y que son especialmente influyentes en el partido republicano.

Por tanto, desde una óptica global, no tiene sentido que EEUU mantenga una política a medio y largo plazo basada en el proteccionismo y la rebaja de la presencia internacional, y es de esperar que, una vez agotado el efecto placebo del nacionalismo, se recuperen tanto los acuerdos de libre comercio que ahora se están rechazando, como la iniciativa para mantener su influencia global, especialmente en Asia Pacífico, que se intuye como la zona de mayor proyección socioeconómica a nivel mundial.

¿Podría Asia ser la clave del Presidente Trump?

Washington.- “…No hay región en el mundo que pueda cambiar la prosperidad económica y la seguridad de los Estados Unidos como Asia-Pacífico… “. Con esa afirmación comienza el trabajo del Think Tank CSIS, en el que se proponen recomendaciones a la nueva administración Trump. Este espacio de reflexión está considerado el centro de pensamiento más influyente del momento, situado en Washington y con cincuenta años de trayectoria analizando los retos políticos del mundo.
Está encabezado por figuras de primera línea, como la embajadora Charlene Barshefsky, título que recibe por haberse desempeñado como la representante de intercambio comercial de los Estados Unidos entre 1997 y 2001; conocida en el plano internacional como la arquitecta y jefe de las negociaciones con China para entrar en la Organización Mundial de Comercio. Y es actor importante John Hustman Jr., republicano, con una larga trayectoria laboral en cinco administraciones diferentes y ex embajador de Estados Unidos en Singapur y en China.
Este exclusivo grupo de intelectuales ha preparado una lista de recomendaciones de las estrategias económicas que el gobierno de los Estados Unidos debería seguir en la región de Asia-Pacífico, basadas en que Asia será hacia el 2030 el hogar de la mitad de la clase media consumidora del mundo. La demanda de productos, señalan, será mayor que la actual en todo Estados Unidos. El estudio está basado también en la fuerte alianza comercial que América a día de hoy tiene con la región y plantea que el nuevo gobierno estadounidense debería aprovechar esa influencia y perpetuarla pues, de lo contrario, se dejaría abierta la opción a otra potencia que lideraría ese mercado que apunta a convertirse en una de los más apetecibles del mundo. O incluso, dejarle el camino abierto a China para cambiar el liderazgo regional y convertirlo en propio.
El aumento del nacionalismo en algunos países asiáticos, como Japón, es otro reto que de no ser frenado, podría acabar en radicalismos nada deseados. El crecimiento acelerado de la economía china, presenta muchas oportunidades para inversionistas y exportadores, si se aprovecharan las circunstancias, y si el nuevo gobierno de Trump utiliza su influencia, sostienen.
Las recomendaciones que le proponen a la Administración que recién se estrena en el poder, se concretan en ocho. Comenzando por lo que debió ser uno de los planteamientos en el discurso inaugural del Presidente Trump, remarcar la influencia de América en el Pacífico, y la necesidad de robustecer esa presencia y los intercambios con esa región. Así como ratificar el Tratado de libre comercio (TPP), haciendo los ajustes que sean necesarios para su éxito. Explican que la relación entre China y Estados Unidos está desequilibrada, por lo que habría que trabajar en esta debilidad, que daría como resultado una relación de beneficio mutuo. A su vez, responder con fuerza a las prácticas chinas perjudiciales para los intereses estadounidenses.
Para garantizar la prosperidad y la seguridad de Estados Unidos, defienden, hay que seguir siendo el líder tecnológico, por lo que la nueva administración debe trabajar para la internacionalización tecnológica y proteger la propiedad intelectual americana. Por otra parte reconocen que Washington necesita más coherencia en las estrategias y políticas de expansión de la economía, lo que implica mayor transparencia en los acuerdos y las regulaciones.
Hacen énfasis en la necesidad de fortalecer, actualizar y mantener los lazos con los países aliados en Asia y las instituciones que regulan esas relaciones como el Banco de Desarrollo de Asia (ADB) o el Foro de Cooperación Económica del Pacífico (APEC). Paralelamente, el equipo de Trump, subrayan, debería trabajar con el Congreso para reconstruir el apalancamiento y reorganizar las prioridades económicas que serán destinadas a la región de Asia Pacífico, lo que implica revisar las políticas públicas injustas y ajustarlas. Y por último proponen la creación de un equipo efectivo que supervise las agencias involucradas en Asia Pacífico. Para garantizar una cooperación a lo largo del complejo sistema del gobierno americano.
Washington debe trabajar con Beijing en una relación transparente, señalan, donde ambos países vean los frutos de su cooperación. Pero a la vez, señalar dónde Washington pueda exigir y responsabilizar a Beijing, en dónde China socava las normas como la violación de los derechos humanos de los empleados que forman parte activa de esta relación, o la violación de los tratados ambientales. Míster Trump debería entender que una estrategia que demande escoger entre una región u otra fracasaría, dicen. El éxito estaría en revitalizar una estrategia económica y no en eliminarla.
La influencia que Estados Unidos tiene en Asia es crucial para el liderazgo americano en el mundo. El hacer una política exterior de “Primero América” no haría más que cerrar las puertas a la presencia que ha gozado este país, y que le permite influir en otros foros internacionales, a lo largo y ancho del planeta.
Priorizar los intereses de América no tendría por qué implicar sacrificar su presencia internacional. Por el contrario, si el fin último de este nuevo gobierno, que a pocas  horas de tomar posesión parece poner los ideales americanos como su brújula, el timón del barco deberá navegar aguas profundas de muchos mares, pero sin dudas, las aguas de Asia por muy movidas que estén, son económicamente muy atractivas.
Solo en el 2015 las exportaciones de bienes y servicios estadounidenses a Asia fueron de más de 750 billones de dólares, lo que ayudó a mantener unos 3 millones de empleos locales según el estudio.
EEUU podría convertirse en el mayor proveedor de Asia, generando empleos que ayuden a la bonanza económica de esta tierra. América primero debería mantener su posición estratégica de líder en el mundo, para ser verdaderamente Primero América, tal y como el presidente Trump enfatizó en su primer discurso.

El proteccionismo económico toma la Casa Blanca

Washington.- Desde el principio de su candidatura, Donald Trump ha sido claro y preciso con la idea de apostar por un proteccionismo económico que devuelva la riqueza a los ciudadanos estadounidenses al precio que sea. Todo apunta a que el centro de atención estaría en una ruptura de relaciones comerciales con China. Ha acusado al gobierno chino una y otra vez de manipular su moneda, de invadir el mercado estadounidense con productos cuyo valor no se corresponde con el real. Incluso ha amenazado con denunciarles frente a la Organización Mundial de Comercio por irregularidades.

En los ya escasos días de presidencia de Obama, mientras la nostalgia embarga a los demócratas por su partida, el presidente electo finiquita la lista de elegidos para formar gobierno.

Uno de los últimos es Robert Lighthizer que se convertirá en el Representante Comercial de América (US Trade Representative). Con una trayectoria política conocida, trabajó para la presidencia de Ronald Reagan y es uno de los mayores opositores al Acuerdo de Asociación Transpacífico (TPP). Además de que se le conoce como el enemigo a acuerdos comerciales donde se vean comprometidos los intereses estadounidenses. Un conservador que, en su momento, cuestionó la adhesión de John McCain a las políticas de libre comercio.

En palabras del mismo Trump, “Lighthizer tiene amplia experiencia en lograr acuerdos que protegen algunos de los sectores más importantes de nuestra economía y ha luchado reiteradamente desde el sector privado para impedir que los malos acuerdos perjudiquen a los estadounidenses…”

Un mes antes fue nombrado Peter Navarro como Director Comercial e Industrial, (Director of the National Trade Council) y que, según el New York Times, es el único economista con credenciales del círculo cercano a Trump. Es profesor de Economía y Política Públicas de la Universidad de California y escritor de dos libros que alertan del peligro de China. Uno de ellos, Muerte por China (Death by China), se convirtió en un documental que cuenta con un extenso número de entrevistas a políticos de diversas tendencias, economistas, ambientalistas, hombres de negocios, e incluso empleados de manufacturas que se han trasladado a China. En el filme se busca alertar del masivo riesgo que China representa para la economía americana, con datos como que 25 millones de estadounidenses no pueden encontrar trabajos decentes, 50.000 industrias han desaparecido, o la deuda nada insignificante que tiene el Estado Americano con Pekín de 3 trillones de dólares. La BBC denomina a Navarro “el feroz crítico de China”.

Muchos de los argumentos contra China usados por Navarro a lo largo de su carrera son los mismos que ha venido repitiendo el ahora elegido presidente. No en vano lo ha acompañado como asesor de la campaña. Seguramente fue esta influencia, la que llevó al nuevo presidente a decidir crear una oficina dentro de la Casa Blanca que unirá la conducción de las estrategias de intercambio comercial, la evaluación de las manufacturas domésticas y la identificación de nuevas oportunidades para generar empleo en este sector, de acuerdo con el Washington Times.

Y para cerrar la triunvirato, el nombramiento de Wilbur Ross, el pasado noviembre tampoco dejó a nadie inadvertido. Multimillonario, conocido por adquirir negocios quebrados y transformarlos en prósperos, se trata de un acérrimo proteccionista de la economía estadounidense. Duro crítico de la caída de empleos de manufactura y denominado Míster Proteccionista por la revista “The Economist”, su gran maniobra fue salvar, entre 2002 y 2003, una fábrica textilera en Carolina del Norte, que había declarado bancarrota, justo después de la entrada de China a la OMC. La situación y la audacia de Ross le llevó al DC a hacer lobby para mantener los aranceles de los textiles con el objeto de proteger a la muy golpeada industria.

El portavoz del equipo de transición de Míster Trump ha dicho que, de ser confirmado Ross, él podría empujar y expandir las exportaciones y reducir las importaciones. Con experiencia en el sector de Acero y Textil, podría jugar un rol completamente opuesto al que han tenido los anteriores secretarios de comercio.

Con estos personajes dirigiendo las políticas comerciales y de intercambio de los Estados Unidos, habrá un cambio de rumbo que puede desembocar en un proteccionismo extremo, en donde las exigencias por parte del gobierno a las Industrias estadounidenses se vean coaccionadas a tomar decisiones de retornar o de lo contrario recibir sanciones. Esta situación se aleja mucho al libre comercio que ha caracterizado esta nación.

China por su parte, presionará posiblemente con el monto astronómico que le adeuda este gobierno para impedir la movilización de empresas, y entrar en un juego de poder.

Como dijo Dan Ikenson (The Cato Institute Think Tank), esos 3 chicos juntos pueden crear muchas travesuras. ¿Serán estas travesuras las que darán nombre a las nuevas políticas de Comercio e intercambio comercial e industrial del gobierno de Trump?

Contención no tiene por qué ser apaciguamiento

El clima de tensión entre Estados Unidos y China va subiendo paso a paso. El último ha surgido de la afirmación, desde el equipo de Donald Trump que tomará posesión en las próximas semanas, de que la nueva Administración de Estados Unidos hará cumplir la decisión de la Corte Permanente de Arbitraje en La Haya que dio la razón a Filipinas y negó base legal a los argumentos de Pekín para atribuirse la soberanía del 90% de las aguas del Mar del Sur de la China, y por lo tanto protegerá la libre circulación por este mar.
Obviamente, la Administración china no ha recibido bien esos comentarios y ha respondido en un tono muy duro desde los medios de comunicación cercanos al Partido Comunista Chino que se han despachado con pronósticos de un enfrentamiento militar y la profecía de una humillante derrota de la armada estadounidense, y un tono más mesurado pero igual de firme desde el Gobierno.
Todo parece indicar que, ante la perspectiva de una renegociación económica y un reajuste geopolítico en Asia Pacífico, las dos principales potencias están subiendo las condiciones para un acuerdo estable.
Algo así viene haciendo Corea del Norte desde hace años con unos resultados no muy fructíferos, pero, claro, el régimen norcoreano no juega en la misma división que China y Estados Unidos. El problema está en que está estrategia de negociación, que por otra parte juega tan bien Vladimir Putin, requiere de jugadores pacientes y que sean capaces de gestionar bien las tensiones. Y aquí, la nueva Administración norteamericana es una incógnita llena de incertidumbre por los antecedentes de precipitación y de chabacanería discursiva de Donald Trump.
La derecha mundial se debate ante muchos retos y no es el menos importante el de encontrar un discurso que responda a su base sociológica y ofrezca seguridad y certidumbre al afrontar unos conflictos en los que la izquierda, atrapada en su propia trampa ideológica, no encuentra su sitio. Uno de esos retos sigue siendo la disyuntiva entre la política de apaciguamiento, que tan nefastos resultados ha dado en los últimos cien años, y la de la contención de los conflictos, al menos hasta estar en condiciones de resolverlos con el menor coste posible.
En China, la Administración norteamericana responde a sectores de la opinión pública harta de la tradicional política europea de apaciguamiento, pero debe entender que eso no debe implicar la renuncia a la contención y al realismo político. En ese escenario estamos.

La personificación del sueño americano, catalizador de nuevas alianzas

Washington.- Según nos acercamos a la toma de posesión del Presidente electo Donald J. Trump, y el tan esperado nombramiento del Secretario de Estado Rex Tillerson, la política exterior de la nueva administración parece ir tomando forma. A pesar de que el nuevo gabinete carece de experiencia política, cuenta con un amplio conocimiento en materia de negocios y expansión de bienes y fortunas, que podría ser la brújula que dirija su política exterior y que como resultado podría arrastrar a la ruina relaciones históricas como las de Japón con los Estados Unidos.

El nuevo secretario de Estado tiene una trayectoria conocida en el mundo petrolero, desde las distintas posiciones que ocupó en Exxon Mobil, y cómo, desde allí, sus relaciones con Rusia han sido muy estrechas. Según el Wall Street Journal, Tillerson lideró la expansión de Exxon en Rusia durante la presidencia de Boris Yeltsin, lo que marcó el despegue de su carrera.

En los años más recientes ha habido manifestaciones públicas de la estrecha relación entre el presidente Putin y Tillerson, no sólo con las exploraciones multibillonarias que Exxon ha hecho en Rusia y el convenio firmado en 2011 con la compañía estatal Rosneft, sino, incluso, con el premio, “a la Orden de la Amistad”, que el mismo presidente ruso, otorgó al señor Tillerson, uno de los mayores honores que pueden recibirse en Rusia. Además de apariciones públicas y fotos donde se aprecia la complicidad, o al menos cercanía entre ambos. O, como el Washington Post califica esta relación, “el largo romance de Tillerson con Rusia”.

El constante coqueteo de Mister Trump, desde su cuenta de Twitter, con Putin no pasa a nadie inadvertido, sobre todo tras la decisión en la que la Administración Obama expulsa 35 diplomáticos rusos e impone sanciones económicas contra organismos de espionaje. A lo que Putin expresó que no respondería con reciprocidad a la expulsión. Por lo que el Presidente Trump comenta: ” …Siempre supe que Putin era un hombre inteligente…”

Estas cercanías despiertan incertidumbre y revuelo internacional, pues desvela el comienzo de un nuevo capítulo en las relaciones internacionales, distinto a lo que estamos acostumbrados en la post guerra fría. Japón ha sido uno de los países en mostrar más inquietud, en respuesta a los comentarios del entonces candidato presidencial, a principios del 2016, de que Corea del Sur y Japón deberían desarrollar sus propias armas nucleares para contrarrestar las amenazas de Corea del Norte. O que Japón necesita pagar más, para mantener tropas estadounidenses en su suelo.

El estado nipón está apostando públicamente por un mantenimiento de relaciones con Estados Unidos; así lo confirma la visita de Abe hecha en días pasados a Pearl Harbor, y las reiteradas declaraciones en los que manifiestan su compromiso con América. Paralelo a esta situación, Japón, ha venido experimentando un crecimiento de su nacionalismo. El Primer Ministro Abe consiguió en septiembre pasar una reinterpretación del artículo 9 de la Constitución japonesa, en la que se permite la autodefensa colectiva, un significativo cambio de la mentalidad de la post segunda guerra mundial. También ha venido robusteciendo su capacidad militar en los últimos años. Ha desarrollado una flota naval muy poderosa en respuesta a la política expansionista china. Además del incremento, en agosto pasado, del presupuesto de defensa, hecho por el Ministro de Defensa japonés Tomomi Inada, un nacionalista de línea dura.

Japón ha intensificado su relación con la OTAN, específicamente en promoción de la paz global. Organizó la Conferencia de Tokio en 2012 y aporto 5 billones de dólares entre 2009 al 2013 al programa de asistencia y seguridad de la OTAN en Afganistán; ha ayudado a las fuerzas armadas afganas, y a la reintegración de excombatientes a la sociedad. Así como en los años 90 contribuyó a la reconstrucción de Los Balcanes y la reintegración a Europa.

Los 70 años de estrecha relación entre Japón y Estados Unidos, pueden estar llegando o bien a su fin, o al menos a una nueva dimensión. Da la impresión que la nueva administración estadounidense apuesta por dejar desatendidos a quienes han sido sus aliados históricos, obligándolos a tomar control de su propia seguridad, y gestionar sus propios presupuestos de defensa, lo que propiciaría un reacomodo de fuerzas. China y Rusia operan bajo las mismas líneas, siempre que sea conveniente a sus intereses.

Japón y Corea del Sur coinciden en su temor a Corea del Norte, y su capacidad armamentística. Rusia se entiende con el dictador Kim Jong-un. Mientras que Japón mantiene una tensa relación con Rusia desde 1945 debido a los territorios del Norte o las Islas Kuriles, que fueron ocupadas por los soviéticos.  A pesar de la reciente visita de Putin a Japón, las relaciones entre ambos podrán mejorar en el plano económico, pero seguirán tensas hasta que no se establezca un acuerdo sobre las Islas.

Estados Unidos ha mantenido y liderado hasta ahora relaciones estratégicas con Japón, Corea del Sur, Singapur, Filipinas, Australia, y Taiwán. Pero estos países entre si no tienen ningún tipo de plan militar conjunto, de reacción en contra del expansionismo chino en la región. O de otros potenciales peligros, como el terrorismo internacional. Este escenario podría ser aprovechado por Japón, para ganar espacio, que, hasta ahora, han sido exclusivamente de Estados Unidos, y ejercer mayor influencia regional. Incluso global, financiando programas humanitarios o de defensa, consiguiendo un mayor protagonismo debido al espacio que deja la personificación del sueño americano, tal y como Mister Trump define la carrera de Tillerson, que más que perpetuar su influencia mundial, parece apuntar a generar negocios que traigan fortuna y riqueza a la sociedad estadunidense.

Interregnum: Regionalismo en Asia y Europa

De manera un tanto paradójica, mientras se avanza hacia una creciente regionalización del sistema internacional, los dos procesos regionalistas de referencia—la Unión Europea y la Asociación de Naciones del Sureste Asiático (ASEAN)—viven un incierto momento de transición. En un año de conmemoración, ambas organizaciones deben demostrar su cohesión frente a los múltiples desafíos internos que afrontan, y redefinir su papel como actores internacionales en un entorno transformado por la irrupción de un nuevo equilibrio entre las grandes potencias.

            No resulta necesario insistir en las crisis simultáneas que atraviesa la Unión Europea. Del euro a los refugiados, del populismo al resurgir nacionalista, por primera vez en su historia el proyecto europeo se encuentra frente al riesgo de su fragmentación (ya anticipado por el Brexit). Al cumplirse en 2017 los 60 años del tratado de Roma, se esperan con interés las propuestas sobre la Unión del futuro que presentará el presidente de la Comisión, Jean-Claude Juncker, en marzo. Pero la viabilidad de esas ideas, y el consenso que requerirá su ejecución, dependerán de que los resultados de las elecciones en Francia y Alemania permitan redinamizar la integración. Una buena noticia es que el Brexit ha revelado a muchos el coste de quedarse fuera de Europa, y los sondeos de opinión indican un aumento del sentimiento a favor de la UE en numerosos Estados miembros desde el pasado mes de junio. Con todo, el escenario internacional complica los desafíos de la Unión. La llegada de Donald Trump a la Casa Blanca, y su aparente intención de reconciliarse con Vladimir Putin, crean un dilema estratégico para Europa, que puede ser también, no obstante, una oportunidad. Además de la necesidad de plantearse en serio la Europa de la defensa, el desplazamiento del poder mundial hacia Asia requieren un mayor activismo con respecto a China—la iniciativa de la Nueva Ruta de la Seda de Pekín es, después de todo, un instrumento para integrarse con el mercado europeo—, así como con su interlocutor natural en Asia: la ASEAN.

            Esta última celebra en 2017 sus 50 años de vida. Pese a sus innegables avances—entre ellos el lanzamiento formal, en diciembre de 2015, de la Comunidad de la ASEAN—, las dificultades se multiplican. Planes no faltan, pero la cuestión es cómo hacer realidad su estrategia Vision 2025 ante la falta de ambición compartida de sus miembros y la divergencia de sus economías (el grupo incluye a algunos de los países más ricos—Singapur, Brunei—y más pobres—Camboya, Laos—del planeta). El desinterés de Indonesia como gigante de la subregión por liderar el bloque, al estar volcada en su agenda interna, tampoco facilita el impulso del proyecto. Pero son también los factores internacionales los que determinarán en gran medida la evolución de la ASEAN en este año de aniversarios. El giro producido en los últimos meses hacia Pekín por parte de Tailandia, Malasia y Filipinas, que se suman así a Laos y Camboya, supone un duro golpe a la coherencia de una organización que se convirtió en elemento central de la estrategia hacia Asia de la administración Obama. La política de Trump puede acelerar la dependencia del sureste asiático de China, poniendo en duda la autonomía, y por tanto la misión, de la ASEAN.

La UE y la ASEAN comparten pues un año decisivo para su futuro. La  supervivencia de ambas parece asegurada, aunque tendrán que ajustarse a un nuevo entorno y reconsiderar su futuro. Las dos organizaciones deberán reforzar las bases de su legitimidad interna, y establecer al mismo tiempo unos nuevos principios en sus relaciones con Estados Unidos, China y Rusia. Si, como parece posible, Washington abandona su tradicional presencia en Asia, surge también una oportunidad para que las dos principales iniciativas regionalistas del mundo incrementen su cooperación.

Interregnum: India, más allá del statu quo

La llegada de Donald Trump a la Casa Blanca ha creado la expectativa de un cambio en las relaciones de Estados Unidos con Rusia y con China. Mayor estabilidad cabe esperar en la asociación estratégica con India, puesta en marcha durante la administración de George W. Bush y reforzada por Barack Obama. Como mayor democracia del mundo, el ascenso de India no plantea el tipo de desafíos geopolíticos que representan Pekín o Moscú. Su papel como elemento del equilibrio global será por ello cada vez más importante.

Pese a la imagen de una diplomacia pasiva y de bajo perfil, lo cierto es que Delhi ha asumido un creciente proactivismo en los últimos años. A la lógica ambición derivada de su peso demográfico y económico se ha sumado, desde 2014, un primer ministro que ha hecho de la política exterior una de sus grandes prioridades. Narendra Modi ha entendido que el principal imperativo indio—su transformación económica y social—es inseparable de su integración en la economía global. Las bases de esta mayor proyección de India ya fueron establecidas, sin embargo, por sus antecesores, Manmohan Singh y Atal Bihari Vajpayee, quienes realizaron cambios significativos en la agenda diplomática del país.

Cuáles fueron esos cambios y sus motivaciones lo explica Shivshankar Menon en su reciente libro, titulado Choices: Inside the making of India’s foreign policy (Brookings Institution Press, 2016). Diplomático de carrera, Menon fue sucesivamente embajador en China, ministro de Asuntos Exteriores y Asesor de Seguridad Nacional durante aquellos gobiernos que, decididos a superar las limitaciones del legado nehruviano que había caracterizado la política exterior india desde la independencia, comenzaron a dar forma a un nuevo equilibrio en su entorno exterior. En su detallado análisis de cinco cuestiones en las que intervino de manera directa—el acuerdo nuclear con Estados Unidos, las negociaciones fronterizas con China, Pakistán y el desafío terrorista, la intervención en Sri Lanka, y la doctrina nuclear india—Menon no sólo ofrece una brillante explicación sobre los intereses y objetivos estratégicos indios. Su libro proporciona, al mismo tiempo, una útil reflexión sobre cómo negocian las grandes potencias en el mundo contemporáneo, y sobre las claves del éxito de una posición diplomática cuando las opciones se despliegan en un mundo de grises, más que de blancos y negros. Dos destacan entre ellas: el liderazgo de los primeros ministros, y la construcción de un consenso interno. Una más que recomendable guía, en suma, para entender una de las grandes potencias del futuro, así como algunas de las variables que continuarán definiendo el escenario internacional a lo largo de 2017.