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China y la seducción de Siracusa. Miguel Ors Villarejo

Durante el coloquio que cerró la jornada ¿Planeta China?, uno de los asistentes planteó si las críticas occidentales a la República Popular no eran fruto de la envidia, porque había dado con un régimen más eficiente que nuestras democracias. La pregunta trasluce una admiración por las dictaduras que muchos ingenuos creían erradicada tras la caída del Muro de Berlín, pero que rebrota periódicamente y que hasta tiene nombre: la seducción de Siracusa.

La expresión la acuñó Mark Lilla y hace referencia al intento de instaurar un gobierno de reyes filósofos en la Siracusa de Dionisio el Joven. Animado por un antiguo alumno de su Academia, Platón se desplazó a la isla para comprobar si el tirano era una especie distinta de mandatario, dispuesto a constreñir su poder a los límites de la razón y la justicia. El experimento fue un fracaso y, aunque Platón renunció en cuanto se dio cuenta de que su contratación había sido una mera operación de imagen, el episodio ha quedado para la posteridad como el primer ejemplo documentado de la fascinación que los déspotas ejercen en los intelectuales.

La historia reciente de Europa está llena de eminentes figuras que, a diferencia de Platón, no tuvieron inconveniente en servir a modernos Dionisios. “Sus historias son infames”, escribe Lilla: “Martin Heidegger y Carl Schmitt en la Alemania nazi; Georgy Lukács en Hungría; quizá algún otro. Muchos, sin correr grandes riesgos, se adhirieron a los partidos fascista y comunista a ambos lados del Muro de Berlín […]. Un número sorprendentemente alto peregrinó a las nuevas Siracusas: Moscú, Berlín, Hanói o La Habana. Como observadores, coreografiaban cuidadosamente sus viajes […], siempre con billete de ida y vuelta”, y nos transmitían su rendida admiración por las granjas colectivas, las fábricas de tractores, las plantaciones de caña de azúcar o las escuelas, “aunque por una u otra razón nunca visitaban las cárceles”.

Como ahora ocurre con los propagandistas de la Venezuela de Maduro, este tipo de pensador visita Siracusa sobre todo con la imaginación, confortablemente parapetado tras el escritorio de la Complutense o el chalet de Galapagar, mientras despliega sus “interesantes y a veces brillantes teorías” para justificar los sufrimientos de personas a las que nunca mirará a los ojos. ¿En qué momento se volvió aceptable argumentar que el despotismo es “algo bueno, incluso hermoso”?

En su ensayo, Lilla repasa distintas explicaciones. Isaiah Berlin responsabiliza a la Ilustración. Los philosophes estaban convencidos de que los problemas sociales, como los físicos y los matemáticos, tenían una y solo una solución, y sus émulos de los siglos XIX y XX se dedicaron a encajar la realidad a martillazos en ella. Jacob Telman opina, por el contrario, que el fanatismo comunista o fascista poco tiene que ver con la razón y es más bien fruto de la conversión de la ideología en una nueva religión.

Raymond Aron, por su parte, culpa a la arrogancia de los académicos, que, a raíz del escándalo Dreyfus, abandonaron su ámbito natural (la investigación) para enseñar a sus ignaros compatriotas cómo debían gobernarse. Pero Jürgen Habermas advierte, con no poco fundamento, que eso pudo ser verdad en Francia, pero que en Alemania pasó lo contrario: la retirada de los académicos a su torre de marfil facilitó el auge de Hitler.

Después de esta recapitulación, Lilla ofrece su propia tesis y observa que lo más llamativo de Dionisio es que era un filósofo. Como enseña Platón, la curiosidad supone la superación de la condición animal y se concreta en un ansia por “procrear en lo bello” que lleva a unos a convertirse en poetas y a otros a interesarse por “el buen orden de ciudades y familias”. Es un impulso loable, pero que requiere, como todos, templanza. “El filósofo”, dice Lilla, “conoce la locura del amor, del amor a la sabiduría, pero no puede entregarle su alma; siempre conserva el control”.

Por desgracia, ese no es siempre el caso. Muchos intelectuales se lanzan a la arena “abrasados por las ideas”. “Se consideran a sí mismos independientes, cuando en realidad se dejan llevar como borregos por sus demonios interiores”. En eso consiste la seducción de Siracusa: en una inercia que te arrastra detrás de algún ideal.

Resistir esa atracción no es fácil. Las promesas brillantes de la utopía contrastan con el espectáculo gris de nuestras democracias imperfectas, sujetas a crisis recurrentes e incapaces de alcanzar un equilibrio aceptable para todos. Vivimos en una añoranza constante del “buen orden de ciudades y familias” y esa ansiedad nos hace vulnerables a los encantos de cualquier desaprensivo.

No es envidia lo que el éxito de China nos inspira a sus críticos. Es más bien miedo.

Brevísima digresión sobre los indicadores económicos alternativos. Miguel Ors Villarejo

Se estima que en el planeta habrá unos 44 millones de burros y que una cuarta parte están en China. Me imagino que esto no les dirá mucho, pero lo llamativo es que la población de pollinos siguió creciendo en las últimas décadas del siglo XX, pese al espectacular despegue que experimentó en ese mismo periodo el parque de vehículos de tracción mecánica. ¿Qué nos revela esta contradicción?

Tyler Cowen, catedrático de la Universidad George Mason y exitoso bloguero, enunció hace algún tiempo tres leyes económicas. La primera es que todas las teorías tienen algún fallo. La segunda, que se hacen estudios sobre cualquier cosa. Y la tercera, que todas las proposiciones sobre los tipos de interés reales están equivocadas.

Dejando a un lado la tercera ley, que es demasiado específica para los propósitos de este artículo, queda claro que el asunto de los burros cumple la segunda: hay estudios sobre cualquier cosa, aunque debo decirles que censar burros no es lo más excéntrico que he leído. “Cuando se trata de averiguar qué va a pasar con la economía”, dice Brad Hoppman, “no faltan métricas […] no tradicionales”. El motivo es que las tradicionales son lentas. El prestigioso National Bureau of Economic Research, que es el organismo encargado de certificar los cambios de ciclo en Estados Unidos, comunica el comienzo y el final de las recesiones con “varios meses” de retraso, lo que le resta utilidad. Igual sucede aquí con el Instituto Nacional de Estadística: para cuando anunció que España estaba en crisis no quedaba nadie que no se hubiera enterado.

Los inversores buscan, por ello, indicadores alternativos. Algunos son técnicos, como las licencias de obras, las horas trabajadas o los pedidos de los gestores de compra de las empresas. Pero hay otros más imaginativos. Trevor Davis observó que los zapatos de suela plana de los 90 dieron paso a los stilettos imposibles de Sexo en Nueva York a raíz del estallido de las puntocom, y teorizó que la longitud del tacón es inversamente proporcional a la actividad. Algo similar ocurre con las faldas: se acortan cuando las cosas van mal y se alargan cuando se recuperan. Tiene toda la lógica: la gente intenta compensar en el vestuario la alegría que falta en la economía.

El problema es que no son indicadores adelantados, igual que otras actividades que se generalizan con las vacas flacas, como ir al cine, un pasatiempo muy asequible; comprar la cerveza en el supermercado y beberla en casa en lugar de ir al bar, o no reclamar a la morgue los familiares muertos, para ahorrarse el entierro.

Mucho más práctico resulta fijarse en la altura de los edificios. La crónica de los pánicos financieros está jalonada de rascacielos: el Empire State Building (Crac del 29), las Petronas (Crisis Asiática), las torres de Florentino (Gran Recesión)… La razón es que el precio del suelo se dispara durante las burbujas y obliga a construir en altura. Es un indicador adelantado y fiable, pero tampoco funciona del todo porque las burbujas son muy divertidas, nadie quiere que acaben y, a los pocos que piden moderación, les tapan la boca y los llaman aguafiestas.

¿Y qué nos enseña la población de burros? Malcolm y Paul Starkey creen que en Europa la mejora del bienestar ha permitido a los agricultores comprarse coches, lo que ha sido letal para los medios de tracción animal. Pero en China los campesinos los siguen usando para desplazarse porque los beneficios del crecimiento todavía no les han alcanzado. La evolución de los pollinos revela un problema de desigualdad.

Dicho lo cual, no olvidemos la primera ley de Cowen: todas las teorías tienen algún fallo.

Por qué los chinos se nos van a comer con puerros. Miguel Ors Villarejo

Hace poco se coló una serpiente en una residencia de estudiantes de ingeniería industrial de Chongqing. La noticia no menciona de qué especie se trataba ni si era o no venenosa, pero el animalito superaba el metro de largo. No me puedo ni imaginar mi reacción si, durante mi efímera estancia en la Maison de l’Asie du Sud-Est de París, se hubiera metido una inofensiva culebra en la habitación que compartía con mis amigos Jesús y Fernando. Es verdad que habría sido difícil advertir su presencia. Éramos lo que Peter O’Rourke llama “auténticos solteros”, o sea, “un grupo selecto, sin obligaciones personales ni ataduras sociales ni dos calcetines iguales”. Como O’Rourke, creíamos firmemente que una casa se limpiaba “como regla general una vez por novia”, de modo que nos movíamos sobre un grueso sedimento de camisetas arrugadas, restos de comida, cholas desparejadas, folletos turísticos y perchas de alambre. Debajo de aquel caos no es descartable que hubiera animales vivos (o muertos), pero la mayor parte del tiempo estábamos demasiado ocupados discutiendo y bebiendo para prestar atención.

Ahora bien, si hubiéramos reparado en que algo sospechoso se arrastraba por el suelo, dudo que ninguno se hubiera quedado lo suficiente como para averiguar si era un reptil, un mamífero o un marsupial. Los españoles tenemos otras virtudes, pero no nos caracterizamos por una intensa curiosidad científica, como pone de manifiesto nuestro escueto palmarés de premios Nobel.

Los chinos son diferentes. Cuando Ipsos les preguntó el año pasado si se sentían muy presionados para triunfar en la vida, casi siete de cada 10 reconocieron que sí. A esa misma cuestión respondieron afirmativamente apenas cuatro de cada 10 españoles y tres de cada 10 italianos. La principal causa de muerte entre los jóvenes europeos son los accidentes de tráfico, generalmente como consecuencia de una noche de juerga. En China es el suicidio, generalmente como consecuencia de la alta exigencia académica. Tras analizar 79 casos de escolares que se habían quitado la vida, un informe concluyó hace unos años que el desencadenante de casi todos los episodios (el 92%) había sido el estrés asociado con los estudios. “En Mongolia Interior”, escribe el Wall Street Journal, “un alumno se tiró por la ventana tras enterarse de que sus notas habían empeorado; otro chico de 13 años de la provincia de Nankín se colgó porque no pudo acabar las tareas, y una niña de Sichuan se cortó las venas e ingirió veneno después de que le comunicaran el resultado de las pruebas de acceso a la universidad”.

El ambiente en las residencias chinas de estudiantes tiene, por todo ello, poco que ver con el de nuestra habitación de la Maison de l’Asie du Sud-Est, pero, claro, la serpiente de Chongqing no podía saberlo. Los cachorros de ingeniero se abalanzaron sobre ella, la despellejaron, la trocearon y la cocinaron en un wok con puerros, dátiles rojos, ginseng y peladura de naranja. (Foto: Jo Heirman, Flickr)

La madre de todas las batallas comerciales. Miguel Ors Villarejo

Una de las razones por las que el mundo es hoy un lugar mucho más pacífico que hace un siglo es que el sufragio universal es poco compatible con las contiendas. La explicación es la estructura de incentivos. Las dictaduras contemporizan poco porque los que mandan y los que mueren son distintos. Por el contrario, en las democracias los soldados y los votantes suelen ser los mismos, lo que hace que el ardor guerrero se diluya rápidamente. Lo hemos visto en las últimas aventuras de Washington. Cuando en marzo de 2003 George Bush lanzó los primeros misiles sobre Irak, el 72% de los estadounidenses consideraban que era la “decisión correcta”, pero dos años y 24.000 cadáveres después esa proporción había caído por debajo del 47% y, en 2104, cuando Barack Obama ordenó la retirada, apenas llegaba al 38%.

Los conflictos comerciales no son exactamente iguales que los militares, pero el declarado por Donald Trump presenta inquietantes similitudes con las campañas de sus predecesores. Como los neocons que alentaron la deposición de Sadam Hussein, Trump está convencido de que la superioridad americana es tan brutal que no necesita aliados e incluso ha amenazado a los fabricantes europeos de coches con una subida de aranceles. Es una retórica que recuerda a la de Charles Krauthammer, el columnista que en 2001 instaba a adoptar “un nuevo unilateralismo” que permitiera a la Casa Blanca perseguir “sin vergüenza” sus intereses nacionales. O a la de Robert Kagan, que se preguntaba dos años después en Poder y debilidad: “¿Puede Estados Unidos prepararse y responder a los retos estratégicos que plantea el mundo [terrorismo, proliferación] sin demasiada ayuda de Europa?”, para responder a renglón seguido: “Ya lo está haciendo”.

Hoy sabemos cómo acabó todo aquello. ¿Corre también Trump el riesgo de salir escaldado?

Como Bush en Irak, su estrategia consiste en un ataque frontal “abrumador”: la imposición de aranceles del 25%. Dada la dependencia china del mercado americano, las consecuencias serán considerables. Y el daño que Pekín puede infligir adoptando restricciones similares será siempre inferior, porque los estadounidenses no venden tanto en el país asiático. Por eso Xi Jinping no va a ir a un mero intercambio de golpes. Su respuesta será “más sofisticada”, escribe The Economist. Pretende “forzar un cambio en el comportamiento” de su antagonista.

“En el terreno político”, coincide Steven Lee Myers en el New York Times, “[China] dispone de bazas que contrarrestan su inferioridad comercial bastante mejor de lo que Trump sospecha”. Mientras este deberá capear las protestas de los lobbies y los votantes en vísperas de unas elecciones legislativas, la férrea censura comunista deja escaso margen a los críticos de Xi. Su Gobierno también ejerce mayor control sobre el aparato productivo y puede impedir los despidos y las quiebras obligando a los bancos a sostener a las compañías damnificadas. ¿Cuánto tardarán, sin embargo, los agricultores del Medio Oeste en movilizar a sus congresistas para apretarle las tuercas a Trump?

Igual que Al Qaeda y los talibanes, Pekín únicamente tiene que resistir y dejar que las inercias propias de la democracia americana le hagan el trabajo. Como sostiene el editorialista del tabloide nacionalista Global Times, “doblegar a China podría exigir una batalla inimaginablemente cruel para Estados Unidos”. (Foto: Flickr, Kevin Dooley)

¿Cuánto crece de verdad China? Miguel Ors Villarejo

Para justificar la buena marcha de la economía, los Gobiernos aducen a menudo un aumento del PIB de, por ejemplo, el 3,7%. ¿De dónde sacan el número? ¿Sabemos en serio con tanta precisión lo que hace el aparato productivo? ¿Por qué el 3,7% y no el 3,6% o el 3,8%? Paul Krugman tiene escrito que la contabilidad nacional es un subgénero de la ciencia ficción y el inefable Fabián Estapé solía decir que las décimas no cuentan en macroeconomía, pero lo cierto es que los ciudadanos de a pie aceptamos el crecimiento o la inflación que nos dan las autoridades con la misma fe con que los seguidores del oráculo de Delfos atendían los pronunciamientos de la pitonisa.

Otra cosa son los gestores de fondos, sobre todo cuando sopesan invertir en un país cuyos servicios estadísticos no son del todo independientes, como sucede en China. La prensa ha sido tradicionalmente muy crítica con sus cifras, especialmente después de que en 2007 Wikileaks desvelara una charla entre Clark Randt, el embajador de Estados Unidos, y Li Keqiang, a la sazón secretario general del Partido Comunista de Liaoning, en la que este último admitía que él no se fiaba de la información estatal, porque estaba muy cocinada, y prefería evaluar la marcha de su provincia a partir de magnitudes como la generación eléctrica, el transporte ferroviario y el crédito bancario.

Desde entonces los analistas de Wall Street se han servido de distintas versiones de este “índice de Li Keqiang” para estimar la actividad de China y hay que decir que, inicialmente, evolucionó más o menos a la par que las estadísticas gubernamentales. En 2013, sin embargo, comenzó a abrirse una brecha que alcanzó su máxima diferencia dos años después, cuando Pekín anunció una previsión de PIB del 6,8% y el Li Keqiang la redujo al entorno del 2%. Aquella disparidad hasta ocasionó un brote de pánico bursátil aquel verano, que se superó felizmente, pero la suspicacia hacia la contabilidad nacional no se ha rehecho. ¿Cuánto crece de verdad China?

Para dilucidar quién se aparta más de la realidad, tres investigadores de Nueva York (Hunter Clark, Maxim Pinkovskiy y Xavier Sala-i-Martin) han diseñado una métrica alternativa a partir del resplandor del alumbrado recogido en las fotografías de satélite. “El núcleo de nuestro análisis”, explican en un trabajo disponible en la web del National Bureau of Economic Research, “es una regresión entre el incremento de la intensidad de la iluminación nocturna” y el de “varias series empleadas para calcular el Li Keqiang”. No les voy a aburrir con los detalles técnicos, pero su conclusión es que este índice asigna una ponderación excesiva al transporte ferroviario, que ha iniciado un persistente declive no como consecuencia del debilitamiento de la economía, sino de su terciarización (los servicios están tomando el relevo a las manufacturas).

Es más, según los cómputos de Clark y sus colegas, el crecimiento habría sido muchos de los últimos ejercicios “superior al reportado por las estadísticas oficiales”, lo que no deja de ser una agradable sorpresa. (Foto: Marten Kuilman, Flickr)

¿Son suficientes 60 centímetros de papel higiénico para una visita al baño? Miguel Ors Villarejo

Una tira de papel higiénico de 60 centímetros parece más que suficiente para una visita al cuarto de baño. Así lo consideran las máquinas dispensadoras que han instalado las autoridades de Pekín en los servicios públicos del Templo del Cielo. Un escáner identifica el rostro del usuario y, si vuelve a por más antes de nueve minutos, se lo niega: “Inténtelo más adelante, por favor”.

Asia es la región del planeta donde la tecnología de reconocimiento facial está más extendida. “Ni se le ocurra cruzar una calle fuera de un paso de cebra en Jinan”, advierte Rene Chun en The Atlantic. Decenas de cámaras escrutan a los peatones y, en cuanto detectan a un infractor, proyectan su imagen en una gran pantalla para escarnio público. Además, cotejan sus rasgos con los archivos biométricos oficiales y, al cabo de un rato, contactan con él para brindarle tres opciones: una multa de unos cuatro euros, un breve curso de refresco sobre seguridad vial o 20 minutos con un agente municipal, ayudándole a dirigir la circulación.

“El sistema parece que funciona”, escribe Chun. “Desde mayo [de 2017] las violaciones en una de las principales intersecciones de Jinan han pasado de 200 a 20 al día”. La policía está tan satisfecha, que el Ministerio de Seguridad Pública ha propuesto la creación de una red de videovigilancia “omnipresente, completamente interconectada, permanentemente encendida y totalmente controlable”. La consultora IHS Markit calcula que hacia 2020 China tendrá instaladas 626 millones de cámaras. “En algunas ciudades ya se puede lograr una cobertura del 100%”.

Naturalmente, semejante despliegue no busca únicamente mejorar el tráfico. “El Gobierno cree que un mayor grado de control no solo es deseable, sino posible”, escribe Adam Greenfield. En junio de 2014, el Consejo de Estado de la República Popular hizo público un documento titulado “Esquema de planificación para la construcción de un sistema de crédito social” cuyo objetivo es generalizar “una cultura de la sinceridad” que “permita a la gente honesta moverse por donde quiera y dificulte a la deshonesta dar un paso”.

El mecanismo está inspirado en el scoring de la banca, una puntuación elaborada a partir del historial laboral y de pagos de cada cliente que determina si se le concede o no una hipoteca y en qué condiciones. La idea de los chinos es aprovechar la avalancha de información que hemos volcado ingenuamente en el ciberespacio para extender el scoring a todos los órdenes. Cada persona dispondrá de un “crédito cívico” que subirá o bajará en función de su comportamiento. Si coge “el transporte público para ir al trabajo en vez del vehículo particular, si recicla regularmente o incluso si denuncia la actuación indebida de algún vecino, su crédito se ampliará y disfrutará de privilegios como el alquiler de apartamentos sin fianza o el acceso a plazas en colegios exclusivos”, escriben Anna Mitchell y Larry Diamond. Pero quienes asistan a “un mitin subversivo o a un servicio religioso, o frecuenten antros de perdición”, algo que hoy no es difícil de establecer gracias a los móviles geolocalizados y a la videovigilancia, pueden ver muy limitados sus movimientos. La ONG Human Rights Watch denunció en diciembre que al abogado Li Xiaolin se le prohibió abordar un vuelo nacional porque un tribunal juzgó “insincera” su autocrítica tras una falta no divulgada. Y el disidente Liu Hu no puede ni contratar préstamos ni viajar en la red de alta velocidad a pesar de que teóricamente ya ha saldado todas sus cuentas con la justicia.

“Si no combatimos y derrotamos esta tendencia”, alerta Greenfield, “lo que está emergiendo en China podría convertirse en el anticipo de cómo se mantendrá el orden en las ciudades del siglo XXI”.

Y en ese caso, igual los 60 centímetros de papel higiénico no son ya suficientes. (Foto: Billy Curtis, Flickr)

La salsa secreta era más kétchup. Miguel Ors Villarejo

“Poco después de la sorprendente victoria de Donald Trump en las elecciones presidenciales”, cuenta Sue Halpern en The New York Review of Books, “un artículo de la revista suiza Das Magazine […] empezó a circular por internet. Mientras los expertos diseccionaban el colapso de la campaña de Hillary Clinton, los redactores de Das Magazine […] apuntaban una explicación totalmente distinta: el trabajo de Cambridge Analytica”. Esta compañía elaboraba perfiles con la información captada en Facebook y bombardeaba luego a cada votante con “mensajes políticos diseñados para apelar a sus emociones”. Por ejemplo, para defender la libertad de poseer y portar armas, a alguien “caracterizado como neurótico” no se le hablaba de la segunda enmienda, sino que se le enviaba un vídeo “en el que aparecían unos ladrones allanando un piso”. Y la gente proclive a los ataques de ansiedad recibía “anuncios alertando sobre los peligros que planteaba el Estado Islámico”.

Christopher Wylie, un antiguo empleado de Cambridge Analytica arrepentido de sus pecados, corroboraba en marzo las sospechas de la revista suiza ante un grupo de periodistas europeos. “El brexit no habría sucedido sin Cambridge Analytica”, titulaba El País tras aquel encuentro. “Los datos son nuestra nueva electricidad”, razonaba Wylie. “No puedes encontrar trabajo si no tienes Linkedin. No puedes licenciarte si no usas Google. No puedes avanzar en la vida sin ellas”. En principio, estas plataformas son gratis y maravillosas, pero nuestros correos, nuestro historial de navegación, nuestros me gusta quedan minuciosamente registrados en sus servidores y suponen un formidable botín. Dylan Curran esbozó hace poco en The Guardian una aproximación de su auténtica magnitud. “Tienen cada imagen que he consultado y guardado, cada lugar en el que he clicado, cada artículo que he leído y cada búsqueda que he realizado desde 2009”, escribía. Y facilitaba la URL desde la que cualquiera puede descargarse esa información. En su caso, ocupa 5,5 gigas, el equivalente a unos 17.000 libros, según calculan en esta web.

De entrada, resulta artificial afectar sorpresa. Rasgarse las vestiduras recuerda la reacción del capitán Renault cuando Rick le pregunta en Casablanca por qué le cierra el café. “¡Estoy escandalizado”, responde, “acabo de enterarme de que en este local se juega!” Acto seguido, uno de los camareros le vuelca en la mano un puñado de fichas: “Sus ganancias, señor”.

También ahora los diarios que condenan la intolerable falta de consideración de Facebook por la intimidad de sus usuarios comercian con ella con el mismo entusiasmo con que Renault apostaba en la ruleta. Detrás de la columna del New York Times que denunciaba “la máquina de vigilancia de Facebook”, el software antipublicidad del bloguero Doc Searls bloqueó 13 rastreadores de información. “Sus ganancias, señor”.

Es cierto que “esta vez es diferente”, porque, como observan Nicholas Thomson y Fred Vogelstein en Wired, “los datos no han servido para que Unilever venda mayonesa”, sino para que un desaprensivo llegue a la Casa Blanca y Reino Unido salga de la UE.

¿O tampoco ha sido para tanto?

William Davies distingue en la London Review of Books dos aspectos en este escándalo. Por un lado, el trasiego no autorizado de información personal, que tiene que investigarse y castigarse, y por otro, la idea improbable (en el sentido literal de que no puede probarse) de que Cambridge Analytica cambió el curso de las presidenciales y el referéndum sobre el brexit gracias a “la salsa secreta” de sus algoritmos. La principal evidencia que tenemos al respecto son unas imágenes captadas con cámara oculta para Channel 4 en las que Alexander Nix, su ya cesado CEO, presume ante un posible cliente de haberse encontrado “varias veces” con Trump y de haberlo dirigido “como si fuera una marioneta”.

Convendrán conmigo en que la solidez de lo que un CEO afirma durante una entrevista comercial con un posible cliente es cuestionable. ¿Qué otras pruebas hay de que Cambridge Analytica haya desarrollado un software capaz de manipularnos como títeres? No digo que no sea posible, pero mi impresión es que esta tecnología se halla en una fase bastante rudimentaria. Mi mujer recibió durante una temporada correos que la invitaban a alargarse el pene. Recuerdo que una vez íbamos en el coche. “A este paso, los robots no van a dominar el mundo”, comentó con hartazgo.

Estoy de acuerdo. Para empezar, ¿existe capacidad para procesar la barbaridad de terabytes que cada día volcamos en el ciberespacio? Ya hemos visto que los 5,5 gigas que Google tiene de un humilde redactor de The Guardian equivalen a 17.000 libros. Incluso un voraz lector como Bill Gates, que se liquida cuatro o cinco al mes, tardaría 250 años en digerir semejante barbaridad.

“¡Pero eso no lo hacen personas!”, me objetarán. “¡Lo hacen algoritmos!”

Sin duda, pero, una vez más, ¿qué evidencia tenemos? Matthew Hindman, un profesor de la Universidad George Washington que estudia aprendizaje de máquinas, cuenta en su blog que envió un correo a Aleksandr Kogan, el científico responsable del modelo que Cambridge Analytica usaba para elaborar los perfiles de los votantes, para interesarse por su funcionamiento. “En una notable muestra de cortesía académica”, escribe, “Kogan respondió”. Y aunque por desgracia no fue demasiado explícito, sí que permitió a Hindman alcanzar un par de conclusiones.

La primera es que “su método trabajaba de forma muy parecida al que Netflix emplea para hacer sus recomendaciones”. Muy simplificadamente, consiste en crear una serie de categorías (comedia, terror, acción, etcétera), organizar las películas en función de esas categorías (de más cómicas a menos cómicas, de más terroríficas a menos terroríficas) y cruzarlas a continuación con las calificaciones de los usuarios.

El resultado es manifiestamente mejorable, como sabe cualquier suscriptor del servicio de streaming, y esta es la segunda conclusión de Hindman: “El modelo de Cambridge Analytica dista mucho de ser la bola de cristal que algunos afirman”.

Christopher Wylie asegura en su entrevista que “si miras los últimos cinco años de investigación científica […] no hay duda de que puedes perfilar a la gente [usando datos de las redes sociales]”, pero la realidad es algo menos estimulante. El artículo de referencia en este terreno, “Private traits and attributes are predictable from digital records of human behavior”, de Michal Kosinski, David Stillwell y Thore Graepe, usa los me gusta de Facebook para deducir determinadas características. Por ejemplo, adivina con bastante precisión (más del 88%) si alguien es blanco o negro, hombre o mujer, gay o heterosexual. Incluso acierta en una proporción del 60% si los padres están divorciados, porque estos individuos presentan “una mayor propensión a que les gusten manifestaciones de preocupación por la relación, como ‘Si estoy contigo, estoy contigo y no quiero a nadie más”.

Pero cuando se trata de conjeturar aspectos de la personalidad como inteligencia, extroversión, estabilidad emocional o amabilidad, el grado de precisión cae muy por debajo del 50%, lo que significa que sería más efectivo lanzar una moneda al aire o dejar que un chimpancé sacase bolas blancas o negras de una urna.

Como la matemática Cathy O’Neil declaró a Bloomberg, la “salsa secreta” de la que Nix presume es “más kétchup”. Personalizar la publicidad electoral para asustar a los ciudadanos neuróticos o ansiosos con imágenes de ladrones y terroristas no es un invento de Cambridge Analytica. Quizás sorprenda a unos periodistas suizos, pero los partidos estadounidenses llevan décadas haciéndolo. “No hay duda de que Trump […] se basó ampliamente en el manual […] de Barack Obama de 2012”, escribe Halpern. A partir de fuentes públicas y de sondeos propios, los demócratas ordenaron a los votantes en tres grandes categorías: quiénes los apoyaban, quiénes no y quiénes eran susceptibles de ser persuadidos. Luego elaboraban subcategorías (por ejemplo, mileniales agobiados por deudas de estudios o madres preocupadas por la violencia) y, finalmente, redactaban mensajes a la medida de cada grupo.

La única novedad es que esta técnica se ha enriquecido ahora con datos sacados de Facebook, “de forma perfectamente legal”, según Halpern. El director de la campaña digital republicana, Brad Parscale, “volcó a todos los partidarios conocidos [de Trump] en la plataforma de anuncios de Facebook” y, con las herramientas que la propia firma facilita, “los ordenó por raza, género, localización y otras afinidades” para cocinar “eslóganes basados en esos rasgos”.

“Donald Trump es nuestro primer presidente de Facebook”, dice Halpern, pero no le debe nada a una misteriosa y tóxica salsa, como sospecha Das Magazine, sino a la habilidad con que su equipo ha sabido explotar las enormes posibilidades de marketing que brindan las redes sociales. “Este es claramente el futuro de las campañas”, concluye, “tanto republicanas como demócratas”.

¿Por qué no son más felices los chinos? Miguel Ors Villarejo

Lo primero que te advierte cualquier economista es que el PIB es una forma muy rudimentaria de medir el bienestar de un país, y la investigación de Richard Easterlin revela que el “crecimiento […] no tiene un impacto significativo” en los niveles de satisfacción de una sociedad. Y pone como ejemplo a China, cuya felicidad no solo no ha remontado desde 1990, sino que “ha caído levemente”, a pesar de que la renta per cápita se ha multiplicado por 25 desde entonces.

¿El dinero no da la felicidad, como asegura mi madre? No se precipiten. El tema parece algo más complejo, porque si echan un vistazo al último Informe Mundial de la Felicidad comprobarán que los países que encabezan la clasificación de 2018 son todos ricos (Finlandia, Noruega, Dinamarca, Islandia, Suiza) y los que la cierran, todos miserables (Yemen, Tanzania, Sudán del Sur, República Centroafricana, Burundi). Y el seguimiento que realizó durante tres años Thomas C. Corley de una muestra de 233 millonarios y 128 pobres corroboró que el 82% de los primeros se sentían dichosos y el 98% de los segundos, desgraciados.

¿Y los chinos, entonces? ¿Están hechos de otra pasta? En absoluto. Lo que pasa es que la prosperidad requiere, como todo, un periodo de adaptación. Una vez que se alcanza ya no se quiere cambiar, pero su adquisición, es decir, el crecimiento en sí es un proceso tumultuoso que inspira sentimientos encontrados, especialmente si llega de la mano de gigantescos movimientos migratorios. “Entre 1990 y 2015”, explica el Informe Mundial de la Felicidad, “la población urbana china se incrementó en 463 millones de personas, de las cuales aproximadamente el 50% [230 millones] procedían del campo”. Para hacernos una idea, en ese periodo los desplazados de todo el planeta sumaron 90 millones: menos de la mitad del éxodo rural chino.

En principio, uno se va del pueblo porque espera mejorar y, en el terreno material, el progreso ha sido indudable: los inmigrantes chinos ganan en la ciudad más del doble. Pero en la escala de satisfacción del Informe Mundial… arrojan un promedio de 2,4 puntos, tres décimas menos que los paisanos que dejaron atrás.

La explicación que dan a esta paradoja los investigadores John Knigth y Romani Gunatilaka es que, aunque sus ingresos han crecido, sus aspiraciones lo han hecho aún más. Lo que los inmigrantes han logrado es seguramente más de lo que nunca soñaron, pero les sabe a poco porque su grupo de referencia ya no son los antiguos aldeanos. Ahora se comparan con los pudientes pekineses, y se sienten pobres.

Somos animales jerárquicos y los ingresos no son solo un medio para comprar objetos. Son un indicador de estatus, algo que a los humanos nos encanta. Nos da la vida, literalmente: John Layard explica que “los individuos que ocupan los escaños superiores [de una organización] viven cuatro años y medio más” que sus subordinados.

Es esa posición relativa en la escala social la que determina nuestra alegría y la inmigración supone generalmente una degradación, porque pasas de moverte entre iguales a ser el último mono. Por ello, mientras no se estabilice el trasvase del campo a la capital, millones de chinos seguirán considerándose insatisfechos, por más que su renta per cápita se haya multiplicado por 25. (Foto: Laurin Schneider, Flickr)

Desmontando a Donald. Miguel Ors Villarejo

El déficit comercial de Estados Unidos con China ascendió a 375.000 millones de dólares (algo más de 300.000 millones de euros) en 2017. Es una cifra fabulosa, que en la imaginación de Trump se traduce automáticamente en una sangría de empleo y riqueza. Para el presidente americano, la balanza de pagos es una especie de marcador deportivo y, cuando lo mira, no puede reprimir su desolación. “¡Demonios, estos chinos nos están dando una paliza!” Pero si es una derrota, se trata de una muy especial.

Pensemos en los 15.700 millones de dólares que los estadounidenses se gastaron en iPhones el año pasado. Como China exporta el producto final, la contabilidad nacional lo anota en su haber, pero ¿quién se embolsa de verdad el grueso del negocio? “IHS estima en 370,25 dólares el coste de sus componentes”, dice Reuters. “De esa cantidad, 110 van a la surcoreana Samsung, que es la que hace las pantallas. Otros 44,45 acaban en la japonesa Toshiba y la surcoreana SK Hynix por los chips de memoria”.

Los chinos se limitan a ensamblar y embalar, y perciben por esa tarea entre 10 y 20 dólares por unidad, es decir, que están lejos de quedarse con la parte del león. Pero tampoco se la llevan los coreanos o los japoneses, porque en las tiendas el iPhone X sale por 1.200 dólares y la diferencia entre ese precio de venta y los costes totales, o sea, 830 dólares, va derecha a la cuenta de resultados de Apple.

No parece un arreglo tan malo para los americanos.

“Tras su incorporación a la cadena mundial de suministro”, se lee en un informe de Oxford Economics, “China se ha especializado en el montaje de artículos a partir de piezas importadas del exterior”. Los sistemas de contabilidad nacional no tienen, sin embargo, en cuenta las complejidades de los intercambios actuales y siguen atribuyendo el importe total del producto al exportador final. “Si se sustrajera el valor de estas piezas importadas de las exportaciones Chinas”, sigue Oxford Economics, “el déficit comercial de Estados Unidos con China se reduciría a la mitad, esto es, al 1% del PIB, que es más o menos el que tiene con la Unión Europea”.

No parece que sea una situación insostenible. De hecho, a pesar de la supuesta sangría de puestos de trabajo, el paro en Estados Unidos se situaba en diciembre en el 4,1%, lo que técnicamente se considera pleno empleo. Y entre los países desarrollados, únicamente Australia, Singapur y Nueva Zelanda vieron aumentar más deprisa la renta per cápita de sus ciudadanos entre 2000 y 2015.

Por supuesto que no todo es ideal. China debe acometer reformas que faciliten el acceso a su mercado, pero el modo de lograrlo no es una guerra comercial que quizás le salte un ojo a Pekín, pero a costa de sacarles otro a los coreanos, a los japoneses y, sobre todo, a los estadounidenses. “El comercio con China ha ahorrado unos 850 dólares al año a las familias americanas”, calcula Oxford Economics.

Ya les digo que si es una derrota, se trata de una francamente extraña.

¡No es la economía, estúpido! Miguel Ors

Con su demagógico anuncio de imponer aranceles al acero y el aluminio, Donald Trump pretende aplacar la indignación de sus votantes. Estos habrían sido víctimas de la dolosa capitulación comercial de sus predecesores, que entregaron la economía a los importadores mexicanos y asiáticos, sumiendo miles de empresas en la desesperación y la ruina y llevando el país al borde del estallido.

La idea tan querida por la izquierda de que el auge del populismo es el correlato político de la pobreza tiene una amplia tradición histórica y una reducida base empírica. Marx enseñaba que, cuando la revolución está madura, produce sus propios líderes, pero ni los bolcheviques se lo creían. “Ninguna ciudad se ha rebelado nunca solo porque estuviera hambrienta”, proclamaba uno de sus diarios durante la guerra civil rusa. Para que los parias de la tierra se agrupen en la lucha final tienen que pensar que les va a ser de alguna utilidad. De lo contrario, se quedan en casa agonizando de inanición, como aún sucede en Corea del Norte.

Dos sociólogos de la Universidad de Michigan, Charles Tilly y David Snyder, contrastaron esta hipótesis en un artículo de 1972. Analizaron los disturbios ocurridos en Francia entre 1830 y 1960 y no descubrieron ninguna relación con el malestar de la población. Tampoco los economistas Denise DiPasquale (Chicago) y Edward Glaeser (Harvard) hallaron evidencia de que la miseria desempeñara un papel relevante en los episodios de violencia social registrados en Estados Unidos entre 1960 y 1980. Estos brotes parecen más bien fruto de un cálculo racional de coste-beneficio: cuando la oportunidad de ganancia es alta y el riesgo de sanción bajo, la gente se va animando, se va animando… Y como esto es algo que se decide sobre la marcha, las revueltas no son fáciles de predecir y, una vez que han echado a andar, toman cursos insospechados. Alexis de Tocqueville cuenta en El antiguo régimen y la revolución que, en vísperas de la toma de la Bastilla, Luis XVI no tenía ni la menor idea de que fuera a perder el trono, y no digamos ya la cabeza. Y dos días antes de que los Romanov fueran depuestos, la zarina hizo este infeliz comentario: “Son solo unos gamberros. Jovencitos que corren y chillan que no hay pan para pasar el rato, y unos piquetes que impiden a los obreros trabajar. Si hiciera más frío, se habrían quedado probablemente en casa”.

Tampoco en el caso de Estados Unidos se aprecia hoy una relación entre el voto radical y el perjuicio material. “Sería osado, e incluso temerario”, escribe Javier García-Arenas en el Informe Mensual de Caixabank, “aseverar que la desigualdad es el factor principal del que se nutre el populismo”. Y razona que en los distritos electorales “más expuestos a la competencia comercial con China el apoyo al Partido Republicano en 2016 ha sido 2,2 puntos porcentuales mayor [que en aquellos que lo están menos]”, lo que no es una magnitud “especialmente elevada”.

Mucho más relevantes parecen otros aspectos, como el deseo de “preservar la homogeneidad cultural y ciertas actitudes sociales”, dice García-Arenas. En el Reino Unido, un estudio del think tank Nesta revela que ser partidario de la pena de muerte predice sensiblemente mejor que la renta o la extracción social la probabilidad de estar a favor del brexit.

Como tantos populistas, Trump justifica sus políticas con argumentos de justicia y económicos, pero su discurso apela a instintos más oscuros e inquietantes.