China juega mejor

(Fotografía: Scot Hacker, Flickr) China está moviendo piezas para ocupar el espacio que está dejando la Administración Trump. La gira del presidente norteamericano parece haber estado mejor preparada por Pekín, que ha aprovechado para visibilizar una actitud favorable a relaciones más abiertas desde el punto de vista comercial en un área que incluye a India, y un acercamiento a Japón y Corea del Norte, a pesar de los problemas marítimo territoriales con el primero y las dudas del segundo por las relaciones de China con Pyongyang.

China está en clara disputa del liderazgo norteamericano en Asia Pacífico, que Trump quiere denominar ahora Indo-Pacífico en una operación de marketing por la que India no parece demostrar mucho entusiasmo. Pero mientras Trump insiste en sustituir los grandes acuerdos comerciales por relaciones bilaterales con contenido proteccionista para la economía norteamericana, los países firmantes del abandonado tratado de libre comercio para el Pacífico han decidido seguir adelante y China ensaya su propio acuerdo global con estos países.

Pekín está interpretando correctamente las brechas de desconfianza que Estados Unidos, con su nueva obsesión proteccionista, está introduciendo entre sus aliados tradicionales y está dando pasos, cautos pero decididos, para reconstruir puentes.

Sigue componiéndose un nuevo mapa geoestratégico en Asia con India en ascenso, China aspirando a sustituir a EEUU ya, a corto plazo, Rusia intentando no perder pie en la zona y Corea del Sur y Japón midiendo sus pasos entre lo que les aconseja su memoria y sus viejas alianzas, y la incertidumbre.

Arabia Saudí da pasos al frente. Julio Trujillo

(Foto: Yasmeen Love, Flickr) El golpe palaciego del príncipe bin Salman en Arabia Saudi para, entre otras cosas, reajustar los poderes internos de la monarquía y acumular más capacidad ejecutiva, ha sorprendido a los expertos. Si a eso se suma la dimisión, no menos sorprendente, del primer ministro libanés Saad Hariri, anunciada desde Riad y aparentemente influido o presionado por los saudíes, tenemos un escenario en el que da la sensación de que Arabia Saudí ha pasado de una política entre bastidores, discreta y reservada, a una situación nueva en la que querría asumir un liderazgo público en Oriente Medio.

Los saudíes se encuentran en una situación delicada. A una preocupación general por la nueva geopolítica del petróleo, determinada por la mayor independencia energética de algunos clientes occidentales como Estados o el reingreso del petróleo iraní a los mercados mundiales tras el acuerdo de frenar su programa nuclear, se une una situación estratégica regional inestable.

La mayor preocupación saudí desde el punto de vista de su seguridad es el aumento de protagonismo de Irán en la región. Teherán, con el mantenimiento en Siria de Bashar el Assad está en situación de colocar tropas cerca de la frontera saudí por una parte y de Israel por otra, sin olvidar que grata de crear un corredor político militar, junto a Hizbullah y a sus aliados sirios desde Irak (donde su presencia e influencia no ha dejado de crecer) a Líbano, a lo largo del norte de Siria, todo un aviso a Turquía por una parte y a los kurdos por otra.

Esta situación fue la que movió a los saudíes a implicarse en la guerra de Yemen contra los hutíes, aliados de Irán, para intentar frenar su expansión, pero esa guerra se ha enredado y lo que se pensaba que iba a ser una victoria fácil de los sunníes apoyados por Riad ha quedado estancada. El apoyo de EEUU y Francia, que han trasladado mensajes con ayuda política y militar a los saudíes, y el discreto estímulo de Israel que es cada vez es más evidente, bin Salman se ha sentido fuerte para ocupar la escena en una operación que puede salirle mal.

No hay que olvidar que, por las mismas razones de achicar los espacios a Irán, ruptura de Arabia con Qatar no parece haber mermado mucho a este país, por otra parte, tan aliado con EEUU como los propios saudíes.

Y un tercer elemento en escena: Egipto, que empujando a Hamás a firmar una reconciliación con la OLP en Palestina devolviendo a ésta el poder que le arrancó a mano armada en Gaza, quiere su parte en el nuevo mapa regional que comienza a dibujarse.

INTERREGNUM: ¿Cambio de testigo en Asia? Fernando Delage

¿Será noviembre de 2017 la fecha en que se certificó la sustitución de Estados Unidos por China en el liderazgo asiático? La sucesión de encuentros mantenidos en la región la semana pasada así parece apuntarlo. La cumbre de APEC en Vietnam, en particular, enfrentó de nuevo dos retóricas opuestas—la de Pekín y la de Washington—con una rotunda mayoría a favor de la primera.

No se trata de seguir el modelo chino. Pero es Xi Jinping quien abandera la defensa de la globalización y de una economía abierta, y quien impulsa una renovación de las fórmulas multilaterales. La República Popular es, por resumir, la gran potencia comprometida con los principios e instrumentos que necesitan las economías asiáticas para continuar creciendo. El discurso unilateralista de Trump, además de su innecesario tono hostil, no podía granjearle nuevos amigos. Como desde un principio resultaba previsible, “America first” sólo podía significar “America alone”. Estados Unidos ha decidido aislarse de los intereses que comparten los países de la región, con independencia de sus diferentes regímenes políticos o niveles de desarrollo. El acuerdo de principio logrado en Vietnam para rehacer el Acuerdo Transpacífico (TPP) a 11, es decir, sin Washington, es la más clara expresión del camino sin salida emprendido por Trump en su política comercial. China, por su parte, ha vuelto a demostrar su habilidad para utilizar foros como APEC para avanzar en la construcción de un nuevo orden regional, con ella en el centro.

Tampoco ofreció Trump la formulación de una política asiática que esperaban los observadores, más allá del mero concepto de un “Indo-Pacífico libre y abierto”. Quizá de vuelta en casa su administración ofrezca mayores detalles, incluyendo—se cree—un paquete de medidas dirigido a corregir el gigantesco déficit bilateral con Pekín. También podría resucitarse la fórmula del “Quad”, el cuadrilátero de democracias que ya propuso el primer ministro japonés, Shinzo Abe, hace diez años como elemento de equilibrio de una China en ascenso. Ha sido de nuevo Tokio, esta vez por boca de su ministro de Asuntos Exteriores, Taro Kono, quien en una entrevista a “Nikkei Asian Review” a principios de mes, propuso el establecimiento de un diálogo estratégico formal al más alto nivel entre Japón, Estados Unidos, India y Australia, con dos objetivos principales: asegurar la estabilidad del espacio marítimo regional, y articular una respuesta alternativa a la Ruta de la Seda china.

Washington parece haber “comprado” la idea japonesa. El escepticismo de Delhi y el rechazo de Australia por temer provocar a China, abortaron hace una década la iniciativa. Esta vez, India se ha mostrado a favor de cooperar “sobre todas aquellas cuestiones que favorecen sus intereses”, y también la ministra australiana de Asuntos Exteriores, Julie Bishop, ve con buenos ojos la propuesta. Pero, ahora como entonces, quedan algunas cuestiones por resolver. ¿Por qué está ausente otra importante democracia de la región, Corea del Sur? Y, sobre todo, ¿cómo se equilibra el hecho de que China se convierta en la principal variable del futuro económico de la mayor parte de los países de la región, y que algunos pretendan sumarse al mismo tiempo a una coalición diplomática contra Pekín? El polarizado debate que se está produciendo en Australia entre la comunidad diplomática y estratégica—escéptica sobre un mayor acercamiento a Pekín—y la económica y empresarial—defensora de lo contrario—es buen ejemplo de una dinámica que, al menos de momento, continúa favoreciendo a China y a sus esfuerzos por consolidar una esfera de influencia cada vez más amplia.

La travesía asiática de Trump (II). Nieves C. Pérez Rodríguez

(Fotografía: Catalin Munteanu, Flickr) Washington.- Ha sido una semana muy intensa en Asia. Mientras en casa se celebra el aniversario de la victoria electoral de Trump, éste se ha paseado por las principales capitales asiáticas con un cierto decoro, y manteniendo un tono bastante prudente, en relación a lo que nos tiene acostumbrados.

La compleja psicología, o debería más bien decir llana, del personaje, nos deja ver claramente que mientras se le hacen honores de jefe de Estado, y se le trata con el protocolo correspondiente a su posición, Mister Trump se siente halagado y cómodo, lo que automáticamente desactiva su agresividad y apaga su sistema defensivo. Tanto fue así, que hasta sus twitters han sido para agradecer a Abe, o a Xi, su grata compañía y reconocer lo majestuoso de los recibimientos. Incluso de admiración, con cierta galantería, para los dirigentes de estas naciones.

En Japón el primer ministro le hizo todos los honores, pero además le llevó a jugar al golf, una de las grandes pasiones de Trump, en compañía de Kedeki Matsuyama, el golfista número uno en Japón. Abe sabe que cuenta con el respaldo de Estados Unidos, que la relación es sólida y que son el más fuerte aliado en la región, así que mejor compensar a su cófrade.

Moon Jae-in en su discurso de bienvenida a Corea del Sur felicitó a Trump por el récord en el aumento de la bolsa, y seguidamente le dijo (con una de sus célebres frases) “ya está haciendo a América grande de nuevo”. Seúl necesita de Estados Unidos inmensamente. Es su escudo de respeto frente a Pyongyang. Y Moon entendió que para estar de buenas con el que preside la nación que le provee de su seguridad, endulzarle los odios es un precio bajo a pagar.

Los chinos por su parte, realmente hicieron un buen trabajo para impresionar a Trump: alfombras rojas, desfile militar y, los más altos honores al principal rival económico de esta nación. Xi Jinping no escatimó esfuerzo alguno, como buen diplomático, en darle al inquilino de la Casa Blanca su homenaje, consagrando públicamente así el respeto de China a Estados Unidos. Los dos líderes más poderosos del mundo juntos jugando a aliados.

Tal y como afirmábamos en esta misma página la semana pasada, los temas álgidos se resumen básicamente en dos: intercambio comercial, en el que paradójicamente Trump alabó y justificó la agresiva política económica china de crecimiento e intercambio, a pesar del efecto negativo de esa política en la propia economía de estadounidense; y Corea del Norte, en el que tal y como se esperaba Washington pidió la desnuclearización y la intervención del líder chino para acabar con este gran amenaza. Jugando una carta interesante, aprovechó la ocasión pública para halagar a Xi como líder y su capacidad de dar resultados. Tal y como afirmó la analista Callie Wang “Trump genuinamente admira al presidente chino”, como estratega nato que da resultados.

A pesar de la cálida interacción e incluso cercanía entre ambos líderes, los puntos neurálgicos de las relaciones bilaterales se mantienen en el mismo lugar que antes. China cree en las relaciones personales, y eso fue lo que motivó tal despliegue de medios, para intentar ganarse al presidente estadounidense. Sin embargo, el mar del sur de China, la ciber-seguridad, Corea del Norte, y el THAAD siguen siendo los temas en los que cada país tiene una posición contrapuesta. El Departamento de Estado, como ya hemos dicho, tiene una política anti china bien estructurada, de la que seguramente a principios del próximo año empezaremos a ver indicios.

Eric Gómez, analista del CATO Institute, afirmó que “Trump es un adulador neófito en política exterior”. Si se analiza en el fondo la política exterior hacia Asia, no hay diferencia sustancial con las políticas de la administración Obama. Según Gómez, la clave está en los ejercicios militares de Japón e India de hace unos días, que son el verdadero referente de la política exterior estadounidense a día de hoy, y que sencillamente son una indicación de lo más agresiva que será la Administración Trump (comparada con la Administración Obama), pero fundamentalmente tendrán el mismo fondo.

El presidente Donald Trump es una especie de diva que cambió los realities shows y los clubs exclusivos por la Casa Blanca, lo que consecutivamente lo ha llevado a los foros internacionales más importantes y a los palacios presidenciales de las naciones más poderosas del mundo. Abe lo intuyó bien, razón por la que fue el primer mandatario en visitarlo en la Torre Trump en Nueva York el otoño pasado. Y ahora Xi ha seguido esa línea, pero al más puro estilo chino, majestuosamente organizado, en la que hasta su nieta cantó para Trump. Los líderes asiáticos ante una visita de Estado norteamericana siempre rendirían honores, pero especialmente en esta no se ha escatimado en el despliegue de medios, apostando por caerle en gracias al líder más poderoso del mundo, pero también controvertido e impulsivo.

Trump en Asia: un reto complicado

La gira asiática de Donald Trump es parte del esfuerzo de la Administración de EEUU por que se visualice un plan estratégico general que en realidad no existe en términos globales. De acuerdo con su impetuosidad y su culto a una política de improvisaciones, la excursión asiática representa un reto a los asesores presidenciales.

EEUU tiene que garantizar a Japón su compromiso en la defensa de este país, no sólo frente a Corea del Norte sino también frente al expansionismo marítimo y las reclamaciones chinas sobre algunas islas; un mayor acercamiento a Vietnam sobre la base de una alianza anti China, un enemigo histórico de Hanoi casi más que EEUU, y, a la vez, atraerse a China para que presione a Corea del Norte e introduzca un factor de distensión en las provocaciones de Kim Jon-un. Este laberinto, que explica esta semana Nieves C. Pérez, es un desafío a un presidente que ha hecho de las afirmaciones simplistas su bandera estratégica.

No va a ser sencilla, pues, la tarea del secretario de Estado Tillerson o sus asesores de Defensa, y en este terreno la diplomacia china puede tener ganados varios puntos de antemano cuando, además, es Trump quien ha frustrado muchas esperanzas rompiendo el Tratado de Libre Comercio que, curiosamente, está defendiendo China a su manera, y en su versión más favorable.

Cualquier error, aunque sea verbal (y de esto debería saber ya mucho Donald Trump) puede crear una situación insostenible en una región donde la desconfianza en los aliados respectivos está llevando a un repunte del nacionalismo en países como Japón y Filipinas, además del Sureste asiático.

El nuevo libro de las maravillas. Miguel Ors

La Ruta de la Seda es lo que en marketing se conoce como una supermarca. Es una idea clara (casi todo el mundo sabe a qué se refiere) y notoria (¿quién no ha oído hablar de ella?), que abriga una poderosa carga emocional: su mención evoca el lejano y misterioso Oriente, la sofisticación, la aventura… Finalmente, asociamos su existencia con una era de paz y prosperidad.

Sin embargo, como sucede a menudo, la realidad subyacente no está a la altura de su reputación. “Pocos asuntos históricos han suscitado tanta literatura a partir de tan escasa sustancia”, escribe el veterano corresponsal del Financial Times Philip Bowring en la New York Review of Books. Y cita la descripción que hace de ella la académica de Yale Valerie Hansen en La Ruta de la Seda: Una nueva historia: “una serie de senderos cambiantes y sin marcar, en medio de una vasta extensión de desiertos y montañas”.

“El viaje entre China y Samarcanda, el principal enclave de Asia central”, sigue Bowring, “era lento y azaroso, y el tráfico de productos modesto”. De hecho, el traslado por mar resultaba mucho más barato (siete veces, según los romanos) y estaba menos expuesto a las inconveniencias de las guerras o al capricho de las autoridades aduaneras.

En el último siglo y medio, el desarrollo de los motores de vapor y de explosión y la construcción de una extensa red ferroviaria en las repúblicas asiáticas de la URSS mejoraron la competitividad del transporte terrestre, pero para cualquier movimiento “desde el interior de China a Turquía o Irán, y no digamos ya a Europa, el tren es una alternativa pobre en comparación con el bajo coste del barco y la rapidez del avión”.

¿Por qué lanza Pekín una nueva Ruta de la Seda, compuesta por seis corredores que costarán una barbaridad? En la región faltan indudablemente infraestructuras y su construcción generará actividad. Es la magia de los multiplicadores keynesianos: si el sector público empieza a hacer caminos, canales y puertos, el privado deberá facilitarle cemento, palas y hormigoneras, lo que tirará de la inversión y el empleo. Pero esta lógica funciona cuando existe capacidad ociosa, como durante una crisis. En los Estados Unidos de los años 30 tenía mucho sentido abrir zanjas para cerrarlas luego, porque el país estaba lleno de empresarios paralizados por la incertidumbre.

Pero ese no es el problema de China. Si el Estado se mete a licitar grandes obras no creará oportunidades para sus ingenieros y sus albañiles. Estos simplemente dejarán de levantar torres de apartamentos para hacer autopistas o estaciones o lo que sea. Lo único que aumentará será la deuda soberana.

Así y todo, es posible que merezca la pena hipotecarse a cambio de impulsar la productividad de la economía, pero prever el retorno de las infraestructuras dista mucho de ser una ciencia exacta. En un artículo de 2005, Bent Flyvbjerg, Mette K. Skamris Holm y Søren L. Buhl analizaron 210 proyectos de 14 países y se encontraron con importantes desvíos respecto de la demanda prevista, que en el caso de dos ferrocarriles alemanes alcanzaban el 150%. Y eran alemanes…

Estos precedentes deberían invitar a la cautela, pero lo que mueve la política no es la estadística, sino la ambición. En una conferencia pronunciada en mayo, Xi Jinping jaleó las gestas de Zheng He, el almirante del siglo XV cuya flota propagó la influencia de la dinastía Ming por las costas de Indonesia, India, Somalia y Kenia. “Una vez más”, apunta Bowring, “Pekín se posiciona a sí mismo como el gobernante benévolo, al que rinden tributo sus vecinos menores a cambio de protección y amistad”.

Muchos chinos de buena voluntad quizás compren este ingenuo relato, pero la historia revela que los vecinos, por menores que sean, no reciben amistosamente a las potencias en expansión, aunque lo hagan bajo la misteriosa y sofisticada advocación de la Ruta de la Seda.

INTERREGNUM. China y Japón: relaciones peligrosas. Fernando Delage

Una vez confirmados y reforzados en sus cargos tras el XIX Congreso del Partido Comunista Chino y las recientes elecciones generales, respectivamente, una de las principales prioridades diplomáticas de Xi Jinping y de Shinzo Abe será como tratar el uno con el otro. Aunque las tensiones entre China y Japón han ido en aumento desde 2010, a partir de 2014 se abrió un paréntesis de relativa calma que no oculta, sin embargo, las diferencias estructurales de fondo. En manos de Xi y de Abe estará, hasta al menos 2021, la responsabilidad de buscar un entendimiento, aunque sus acciones dependerán asimismo de un tercero: Estados Unidos.

El legado de la Historia y las reclamaciones marítimas chinas explican en gran medida las dificultades entre la segunda y tercera mayores economías del mundo. Pero no son las únicas razones. La espiral de negatividad que se registra en las percepciones mutuas arranca en la década de los noventa, tras los sucesos de Tiananmen. Y la variable fundamental que la causa, más que la evolución de las relaciones bilaterales, es el papel que cada parte comienza a desempeñar en la dinámica política interna de su vecino. Japón es un pilar central en torno al cual se ha construido el nacionalismo chino contemporáneo, mientras que el relevo generacional en la política japonesa ha conducido a la defensa de posiciones más firmes con respecto a una China en ascenso.

Richard McGregor, excorresponsal del Financial Times en Tokio, primero, y en Pekín, más tarde, acaba de publicar un fascinante libro en el que cuenta en detalle cómo se llegó a este punto desde la normalización de relaciones diplomáticas a principios de la década de los setenta. Aunque es un tema objeto de numerosas publicaciones, “Asia’s reckoning: the struggle for global dominance” (Allen Lane, 2017), es una indispensable obra de referencia. McGregor no sólo ha tenido acceso a fuentes anteriormente clasificadas, sino que ha entrevistado a decenas de políticos y diplomáticos de ambos países, y de Estados Unidos, muchos de ellos protagonistas directos de los hechos narrados.

Las opiniones y percepciones de los dirigentes chinos y japoneses como clave del comportamiento de sus respectivos países, adquieren así una relevancia que no suele ser habitual en los libros de carácter más académico. Es en este terreno donde el libro ofrece mayores novedades, incluyendo verdaderas perlas. La transcripción de las conversaciones entre Zhou En-lai y Henry Kissinger sobre Japón no tienen desperdicio, por ejemplo. No le hará ganar muchos amigos en Tokio al ex asesor de seguridad nacional norteamericano, pero es muy reveladora de la manera de ver el mundo de la administración Nixon. La discusión sobre Taiwán mantenida entre Mao Tse-tung y el primer ministro japonés Kakuei Tanaka, es igualmente ilustrativa de las prioridades chinas en la década de los setenta. Una época que en poco se parece a la actual, como revela la gestión—sobre la que McGregor proporciona detalles poco conocidos hasta la fecha—de las crisis de 2010 y 2012 en torno a las islas Senkaku.

¿Qué ha cambiado? Lo fundamental es el giro en la posición relativa de poder de ambos Estados. El rápido ascenso económico y militar de China transforma de manera radical el entorno exterior de Japón, como también pone en riesgo la primacía tradicional de Estados Unidos en la región. Este es por tanto el principal motivo del reajuste en los cálculos estratégicos de Tokio y Washington, pero también del choque entre dos nacionalismos que alimentan, en China y en Japón, un juego político interno que no propicia precisamente las actitudes de reconciliación.

La travesía asiática de Trump. Nieves C. Pérez Rodríguez

En una larga travesía de 12 días, el presidente Trump visita Asia. Muchos días de viaje y una agenda bien copada en la que visita Japón, Corea del Sur, China, Vietnam y Filipinas. Un viaje tan largo como importante en el que el secretario de Estado Tillerson le acompañará para dar aún más solemnidad a esta visita oficial. Mientras Trump sostendrá encuentros con los jefes de Estado correspondientes, Tillerson se reunirá con altos dirigentes, homólogos y personalidades económicas, con las que buscará afianzar lazos de cooperación a nivel político y de inversiones e intercambio. Según Daniel Blumenthal (escritor de Foreing Policy) la clave de este viaje está fundamentalmente en el elemento geopolítico, que consiste en intensificar la competencia de los Estados Unidos con China por el sureste asiático. Insiste en que nada es tan importante como ese punto y el presidente Trump debería dejar muy claro que su gabinete toma con mucha seriedad la rivalidad geopolítica en la región asiática.

Japón es el aliado más fuerte de Estados Unidos en Asia. En Tokio, Trump afianzará la alianza con Shinzo Abe y proyectará una sólida amistad mientras negocian más intercambios comerciales y analizan la amenaza de Corea del Norte. La Administración Trump finalmente entendió la importancia de un aliado como Japón y ha comenzado a darle el lugar que merece. Tokio, por su parte, da señales de estar más cómodo con Washington y ha bajado sus niveles de ansiedad ante la amenaza nuclear de Pyongyang por el apoyo de Trump. De hecho, Japón es el país que más está invirtiendo en Estados Unidos a día de hoy, instalando industrias en su territorio y generando un gran número de empleos (exactamente lo que Trump ha definido como su vuelta a la Gran América).

En Seúl, se espera que se aborde fundamentalmente la peligrosa situación de Corea del Norte. Trump se reunirá con Moon Jae-in, lo que revalida el apoyo de Washington y mando un claro mensaje a Kim Jong-un. Corea del Sur es el segundo gran aliado de Estados Unidos en la región, y para el presidente Moon es realmente importante contar con este espaldarazo público.

En el caso de China, Trump prometió a Xi jinping visitarle en casa, y eso es exactamente lo que está haciendo. Cumpliendo con su compromiso, quedando bien con el ahora consagrado líder, después de que el congreso del Partido Comunista Chino convirtiera a Xi en el personaje más poderoso desde Mao Zedong, y que comparativamente con Trump, está en una posición más fuerte, en términos de liderazgo y popularidad. Sin lugar a dudas, en la región Xi es el líder más poderoso y Washington le necesita para seguir presionando a Pyongyang. Beijín es el único actor internacional capaz de presionar y neutralizar a Pyongyang sin necesidad de un ataque bélico, siendo el principal proveedor de un régimen completamente aislado.

Aquí la pregunta que se presenta es ¿hasta dónde quiere jugar China genuinamente ese rol?, Xi se siente claramente cómodo en su papel de líder internacional, pero también sabe cuándo debe bajar su perfil para mantener el juego a su favor. Esperemos que Trump entienda esa estrategia y pueda dejarle claro que Estados Unidos está dispuesto a acabar con el riesgo y mantendrá el liderazgo regional. A pesar de que hasta ahora Trump ha sido blando con Beijín, el Departamento de Estado maneja una línea anti china muy fuerte, que espera empezar a implementar.

Vietnam es un país clave. Tanto Trump como Tillerson participarán en la Cumbre de APEC el 10 de noviembre, que es obviamente importante pues 21 economías en el Pacífico estarán en este foro que promueve el libre comercio. Sin embargo, la clave podría estar en que Washington quiere asegurarle a Hanói su apoyo, siguiendo la línea anti china que amnas están manejando. Vietnam históricamente ha sufrido el acoso chino, y entre el expansionismo chino actual y su posición geográfica, es uno de los países más vulnerables ante el gigante asiático, por lo que Washington está aprovechando para extender su apoyo a cambio de mantener su presencia en la región.

En Filipinas se reunirá con Rodrigo Duterte, un líder tan controvertido como popular, quien, con una política tan agresiva como inapropiada, abusa del poder para acabar con el narcotráfico y los consumidores de estupefacientes, por lo que se espera que Trump aproveche la oportunidad para pedirle moderación y respeto por los derechos humanos. Asimismo, Washington intentará recuperar los espacios ganados por China en la región del sureste asiático.

Otro aspecto no menos importante es el aumento del radicalismo islámico y la presencia de ISIS, en el que Trump debería afianzar su compromiso en mantener cooperación en materia de seguridad.  Seguramente otra de las razones que llevan al inquilino de la Casa Blanca hasta Manila es parte de su ego, pues Duterte ha expresado públicamente su admiración por Trump, lo que no sorprende pues, en el fondo, ambos líderes tienen un carácter impulsivo y políticamente incorrecto.

Tal y como se ha expuesto, cada país en esta gira por Asia tiene una razón estratégica. La Administración Trump está yendo a poner orden y afianzar su posición en el Pacífico, y a dejarle claro a China quién tiene el control,  solidificar alianzas y mandar un mensaje claro a Pyongyang de unión con sus aliados. Ojalá que la imprudencia de Trump se quedara en casa, y que su Twitter no funcione en Asia, o que lo agotador de su agenda lo mantenga aislado de su móvil. Seguramente así nos aseguraremos una visita diplomática en toda su expresión. Sobre todo, en la cultura asiática donde la prudencia y las formas marcan el día a día de la sociedad.

Evento: Corea del Norte, ¿la guerra que viene?

FECHA: 1/12/2017

LUGAR: Hotel NH, Pº de la Habana Nº 73

HORA: 9:30 – 13:00

Aforo Limitado

PROGRAMA

9.00 – 9.30

Entrada y Registro.

9.30 – 9.40          

Inauguración de la Jornada. “Corea del Norte, ¿La guerra que viene?”

–  Julio Trujillo, Director de 4Asia.

9.40 – 10.00

“La encrucijada estadounidense ante la crisis norcoreana”

– Florentino Portero,  Director del Instituto de Política Internacional de la Universidad Francisco de Vitoria

10.00 – 10.20     

“¿Puede Kim Jong-un controlar sus bombas?”

– Miguel Ors, Director Adjunto de Actualidad Económica y colaborador de 4Asia.

10.20 – 10.40     

“¿Es Trump el líder que necesita occidente?”

– Nieves C. García, colaboradora de 4Asia y politóloga.

10.40 – 11.00

PONENTE POR CONFIRMAR

11.00 – 11.30     

Desayuno Networking

11.30 – 12.00     

Mesa redonda

“El impacto del conflicto en las relaciones geopolíticas de la zona”

12.00 – 12.30      

Debate con preguntas del público.

12.30 – 12.45     

Clausura del Acto.

– Julio Trujillo, Director de 4Asia