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Negociar sobre el filo de la navaja

El despliegue de nuevas maniobras militares navales en el mar de Corea por parte de las armadas de Estados Unidos y de Corea del Sur, aprovechadas por medios rusos, iraníes y otros de su órbita, para presentar lo que llaman “los planes ocultos de Trump desde hace meses”, parece una escenificación de la máxima presión, que probablemente es una baza más para apoyar la posición de EEUU en las negociaciones secretas que se están desarrollando, en principio de manera indirecta, entre Washington y Pyongyang. La frase de hace unos días del secretario de Estado Tillerson de que “negociaremos hasta que caiga la primera bomba” sería parte de esa escenificación porque, hasta el momento, nadie considera seriamente la posibilidad de un enfrentamiento militar directo entre Estados Unidos y Corea del Norte. Aunque cada día  se teme que un incidente no deseado o un error de cálculo en la presión desate este enfrentamiento.
En realidad, los analistas coinciden también en señalar que en caso de un enfrentamiento, el resultado, desde el punto de vista estrictamente militar, se decantaría a favor de Estados Unidos, pero conviene recordar que el mismo ejército derrotó brillantemente a la dictadura de Sadam Hussein y luego no supo ni explotar ni gestionar aquella victoria, dejando tras de sí un caos que aún pende sobre toda la región. Así, el principal peligro no es un enfrentamiento militar entre Corea del Norte y Estados Unidos, sino los efectos de este enfrentamiento en una región con creciente inestabilidad que está en una fase de reequlibrio de alianzas estratégicas. Y no olvidemos el creciente protagonismo chino que aspira a afianzar con una potenciación de sus fuerzas navales, y Rusia, que quiere recuperar y aumentar su influencia regional.
Todos esos elementos, tal vez demasiados para un presidente, el de Estados Unidos, cuya improvisación, cultura (escasa) y protagonismo no son lo mejor en estos momentos, deben ser tenidos en cuenta. Y no sólo por la Administración estadounidense, sino también por algunos gobiernos europeos cuyas críticas a Trump parecen a veces estar más dictadas por unos tópicos ideológicos alineados con la izquierda que por la racionalidad y oportunidad de esa críticas.

China: auge de las firmas y artículos de lujo. Nieves C. Pérez Rodríguez

Mucho se ha hablado sobre el crecimiento espectacular que ha experimentado China en los últimos años. Hay quienes afirman que será la economía más grande del planeta antes de lo previsto. Su presencia internacional es cada vez más fuerte y su voz cada día más clara. Y a pesar de que siguen definiéndose a sí mismos como socialistas, gobernados por un partido comunista, los números demuestran que son el Estado que practica el capitalismo más agresivo, siendo el primer exportador e importador de bienes y la primera potencial industrial.

Una prueba de este espectacular desarrollo económico es el consumo de artículos de lujo y el auge de las casas de moda de renombre en su territorio. Aunque son 20 años los que llevan celebrando la semana china de la moda en Beijing, esta última edición consolidó su posición global y contó con la presencia de más de 520 firmas de diseño.

Según la academia china de ciencias sociales, ya en 2010 el mercado de artículos de lujo había aumentado a 9,4 billones de dólares. Y hoy en día, los consumidores chinos son responsables de un tercio de las compras de lujo en el mundo, que hasta hace muy poco se hacían en su mayoría en París. Las principales urbes chinas cuentan con boutiques de primeras marcas, pero los precios en su territorio han sido siempre mucho más elevados que en el exterior. Y a pesar de que en el último año los precios de estos artículos han bajado considerablemente, según los cálculos hechos por el Financial Times, se estima que seguirán estando alrededor del 40% por encima comparado con otras ciudades del mundo, debido a los elevados impuestos que el gobierno chino les impone.

A principios de este año Bain & Co. publicó un estudio que demuestra que tanto las joyas como los bolsos de firmas de lujo aumentarán sus ventas entre un 2 y un 4%, lo que representa unos 290 billones de dólares sólo en el año 2017, aumento que se debe al creciente interés de los consumidores chinos en estos productos. Estos números despertaron rápidamente interés en las plataformas de venta digital, como Alibaba, que ha lanzado un departamento de lujo en su web. Asimismo, otro fenómeno paralelo es el de los blogs que se han sumado a esta tendencia en crecimiento. Jóvenes blogueras chinas han comenzado a aconsejar a sus seguidores dónde comprar piezas de ropa de moda y como combinarlas, a lo que las grandes firmas han respondido con contrataciones para publicitar sus productos directamente a través de sus blogs. Según la revista Forbes, el sentido chino de sus derechos, después de tantos años de economía utilitaria, es especialmente fuerte cuando se trata de adquirir experiencias únicas, y qué mejor que caprichos que están reservados sólo para pocos bolsillos.

Los gustos excéntricos son una demostración de poder económico, sin lugar a dudas. En un viaje que hice a Zambia en el 2011, pude percibir la influencia china en Lusaka, desde las obras de infraestructura hasta los anaqueles del supermercado. Pero como si todo eso no fuera suficiente, me llamó especialmente la atención que los inversionistas chinos tenían especial interés en hacerse con las piedras preciosas de gran dimensión, y Zambia como el segundo país productor de esmeraldas del mundo, vende sus piedras más valiosas a chinos que las usan como objeto decorativo en sus hogares, como símbolo de status y posición económica. Lo mismo sucede en Madagascar, en donde compran por un valor irrisorio zafiros multicolores que se extraen en el sur de esta isla, así como las maderas más codiciadas en el mercado internacional, extraídas ilegalmente de sus bosques, para elaborar muebles finos.

En una sociedad tan numerosa, que ha tenido un crecimiento económico tan acelerado, hay una imperiosa necesidad de parecerse más a occidente, y demostrar con objetos su liquidez. El gigante asiático adelantó en el consumo de bienes de lujo a Japón en 2012 y con ello ha acelerado el crecimiento de este sector a nivel mundial. Lo mismo ocurrió con los vinos cuando empezaron a consumirlos, pues hoy se estima que unos 38 millones de chinos son consumidores asiduos de vinos. Queda claro que cada día son más los chinos que pueden permitirse una vida de confort donde el dinero no representa una traba, a pesar de que aún 55 millones de sus ciudades siguen viviendo en una precaria pobreza, según datos del banco mundial.

INTERREGNUM: Congreso y elecciones en China y Japón. Fernando Delage

A un mes de la primera visita del presidente Trump a Asia oriental, los dos grandes de la región, China y Japón, celebran en una misma semana dos relevantes convocatorias políticas.

El 18 de octubre se inaugura en Pekín el XIX Congreso del Partido Comunista Chino. Nada puede darse por seguro en uno de los sistemas políticos más opacos del mundo, salvo la ratificación de Xi Jinping para un segundo mandato como secretario general. Es previsible, sin embargo, que, conforme al poder que ha acumulado durante estos años, Xi sitúe a leales suyos en los órganos del Partido sujetos a renovación, consolidando así su capacidad de decisión para el próximo lustro. Se espera asimismo que su “pensamiento” se incorpore a la Constitución, y en algunos medios se sugiere, incluso, que podría recibir el nombramiento de Presidente del Partido, un cargo que sólo ostentó Mao Tse-tung en la historia de la República Popular.

Además de las cuestiones internas, el Congreso marcará las prioridades de gobierno hasta 2022. Ninguna será tan importante como la reactivación de las reformas económicas: de ellas depende la sostenibilidad del crecimiento, condición a su vez para que el Partido Comunista pueda asegurarse su monopolio del poder. Pero en una China que va camino de convertirse en la mayor economía del mundo, la política exterior será igualmente objeto de atención por el Congreso. Los próximos cinco años serán decisivos para perfilar su estatus como gran potencia, y consolidar el salto cualitativo que ha dado en su presencia global desde la llegada de Xi al liderazgo del Partido. Su mayor peso internacional crea, sin embargo, nuevos problemas y, entre ellos, pocos tienen el alcance de la difícil relación con Japón.

Diferencias territoriales y el cambio en su posición relativa de poder agravan un contexto ya marcado por el legado de la Historia. Conocido por sus escasas simpatías hacia Japón, Xi fue nombrado secretario general un mes antes de que, tras ganar las elecciones de diciembre de 2012, Shinzo Abe se convirtiera en primer ministro. Xi se encontró frente a un jefe de gobierno japonés no dispuesto a asumir una posición subordinada con respecto a China, que pondría en marcha una transformación sin precedente de la política de seguridad de su país. Cinco años más tarde vuelven a coincidir en sus agendas, con la diferencia de que mientras Xi ascenderá en su posición, Abe se arriesga a perder o, al menos, a ver diluida la suya. ¿Cómo podrán afectar estos hechos a las relaciones bilaterales en vísperas de la conmemoración, en 2018, del 40 aniversario del tratado de Amistad y Cooperación?

El 22 de octubre Japón celebra elecciones generales anticipadas. Tras varias derrotas del Partido Liberal Democrático (PLD) en comicios locales, Abe ha aprovechado un ligero repunte de su popularidad gracias a la amenaza que representa Corea del Norte, para intentar extender su mandato una legislatura más. Pero el escenario interno ha cambiado: la gobernadora de Tokio, Yuriko Koike, anunció la creación de un nuevo partido nacional, el Partido de la Esperanza, nada más convocar Abe las elecciones. En cuestión de días, el principal grupo de la oposición, el Partido Democrático de Japón, decidió integrarse en una misma candidatura con la agrupación de Koike, complicando las posibilidades del primer ministro. Aun cuando triunfe el PLD, Abe puede perder la mayoría parlamentaria de dos tercios necesaria para las reformas constitucionales que defiende. Al mismo tiempo, el sistema de partidos vuelve a una dinámica de cierta inestabilidad que puede obstaculizar la coherencia de la diplomacia japonesa. En un momento de incertidumbre con respecto a las intenciones de la administración Trump, y con un líder chino reforzado en Pekín, la política interna de Japón puede afectar a las relaciones entre los tres lados de este triángulo de manera que quizá nadie esperaba.

Estas son las razones por las que China compra equipos de fútbol europeos (2). Miguel Ors Villarejo

“Mi gran sueño es que el fútbol chino se convierta en uno de los mejores del mundo”, proclamaba en 2015 el presidente Xi Jinping. Los motivos de este anhelo no están claros, como es habitual en los regímenes autoritarios. Influye sin duda que Xi “es un gran aficionado”, explica Ned Kelly, “pero el juego es asimismo un instrumento de poder blando, un modo de presentar un rostro amable ante una comunidad internacional que mira a China con suspicacia”.

La decisión tiene también una justificación económica. “El crecimiento de doble dígito ha perdido fuelle”, escribe Mark Dreyer. El Gobierno ha explorado nuevas áreas de desarrollo y ha visto un gran potencial en el deporte. “Pekín quiere que esta industria aporte 750.000 millones de dólares en 2025, lo que la convertiría en la mayor del planeta”.

Finalmente, Charlie Campbell no descarta que tras el anuncio se oculte el deseo de “distraer a la población” de la languideciente prosperidad.

Sea como fuere, Pekín ha lanzado un pormenorizado plan de 50 puntos que, por fortuna para ustedes, voy a resumirles en tres: clasificarse para Rusia 2018, organizar un Mundial y, finalmente, ganarlo antes de 2050.

De momento, el primer objetivo ya está descartado. La selección ha caído en la fase previa, a pesar de la contratación de un entrenador de la talla de Marcello Lippi.

El segundo parece más asequible. A raíz de los escándalos protagonizados por Sepp Blatter, la FIFA lo estaba pasando regular para encontrar financiación, porque las multinacionales europeas y estadounidenses son muy sensibles al riesgo reputacional. Pero eso no ha sido nunca un inconveniente para las chinas, y Vivo, Wanda y Hisense han accedido encantadas a patrocinar el campeonato de Rusia.

En cuanto a ganar un Mundial hacia 2050, queda por delante una labor ciclópea. “Nuestro equipo nacional es un chiste”, admite con pesar en The New York Times un aficionado de 16 años. Es lo mismo que, más educadamente, sugieren los números. En el ranking de la FIFA, China ocupa el puesto 62, justo por debajo de Jamaica, una modesta isla de tres millones de habitantes.

Para sacar al fútbol patrio de su postración, Xi va a construir 70.000 terrenos de juego y multiplicar por 10 las 5.000 escuelas actualmente existentes. Además, se ha propuesto que en 2020 haya 50 millones de jóvenes federados y ha fichado a técnicos de todo Occidente para entrenarlos.

La última pieza de esta operación son las compañías, que han reaccionado como cabía esperar en un régimen donde la rentabilidad depende de lo bien que uno se lleve con las autoridades. (Continuará)

El Juego de la Gallina. Juan José Heras.

En julio de 2017 el régimen norcoreano efectuó el lanzamiento de dos misiles balísticos intercontinentales que, según los expertos, tendrían el alcance suficiente como para llegar a EE.UU. Posteriormente, en septiembre de 2017,  llevaron a cabo, al parecer de forma exitosa, la prueba de una bomba de hidrógeno que podría incorporarse a los misiles mencionados anteriormente.

Esta última prueba nuclear se produce como respuesta a los recientes ejercicios militares conjuntos entre EE.UU. y Corea del Sur, lo cual entraba dentro de lo esperado, aunque no de manera tan contundente. Más significativo es, sin embargo, el hecho de que esta prueba se haya llevado a cabo el mismo día que Xi Jinping inauguraba el foro de los BRICS, eclipsando así su protagonismo como anfitrión del mismo, ya que se celebraba en China este año.

El mensaje parece claro, Kim Yong-un tiene la determinación para convertir a su país en una potencia nuclear y no se dejará intimidar ni por las presiones de la comunidad internacional, encabezada por EE.UU., ni por el cada vez más estricto cumplimiento chino, su tradicional valedor, de las sanciones económicas impuestas al régimen de Pyongyang.

Ante esta situación, ¿cuáles son las líneas rojas de cada país para llegar a un enfrentamiento armado?

La línea roja para EE.UU. sería un ataque de Corea del Norte a los países con los que tiene firmado un acuerdo de defensa en la región. Para China sería la caída del régimen norcoreano como consecuencia de una acción militar estadounidense, o la reunificación de las dos coreas según los criterios occidentales. Por tanto, el desenlace perfecto para cada uno de ellos parece coincidir con la línea roja del otro, y puesto que ambos pretenden evitar el enfrentamiento militar, es posible que no veamos ninguno de estos dos escenarios.

Ninguno de ellos quiere, puede permitirse, o le compensa, traspasar la línea roja del otro. Sin embargo, ambos buscan aprovechar la situación para maximizar sus ganancias. En este sentido, China, con el apoyo de Rusia, pretende que EE.UU. renuncie al escudo antimisiles THAAD y reduzca sus ejercicios militares en la región, para lo cual aboga por una doble suspensión; de las maniobras militares estadounidenses y el THAAD por un lado; y de las pruebas nucleares norcoreanas por otro. EE.UU. en cambio, prefiere tensar la cuerda hasta el extremo en que las provocaciones de Corea del Norte no sean aceptables, justificando así una caída del régimen que aleje a Pyongyang de China y la acerque a una Corea del Sur bajo los parámetros occidentales.

Esto se traduce en un estancamiento de las posibles soluciones, que únicamente favorece el avance de las capacidades nucleares de Pyongyang. Si esta situación se prolonga en el tiempo, podría ser el mismo régimen norcoreano quien finalmente rebajase la intensidad del conflicto una vez que considere que sus armas nucleares están suficientemente probadas. Este desenlace, que no es bueno ni para China ni para EE.UU., daría lugar a un nuevo statu quo en el que Corea del Norte fuera reconocida como potencia nuclear, garantizando así la supervivencia del régimen y desencadenando la nuclearización de otros países de la región.

Si Corea del Norte se convierte en una potencia nuclear, es muy probable que tanto Japón como Corea del Sur desarrollen esas mismas capacidades. Una región nuclearizada limita el control de China en su zona de influencia además de suponer una amenaza directa para su seguridad. Sin embargo, favorece el alejamiento de EE.UU. de Asia-Pacífico ya que los países de la región tendrían capacidad de disuasión propia frente a China. Por esta misma razón, EE.UU. perdería peso específico en la región y quedaría expuesto ante un hipotético ataque nuclear norcoreano, pero gana aliados en la región con capacidad nuclear.

Esta situación se parece mucho al juego de la gallina, que consiste en acelerar un coche contra otro para ver cuál de los dos gira antes el volante evitando así un desenlace fatal. El que más aguanta sin girar el volante se lleva a la chica, y si ninguno de los dos gira, los coches se estrellan y ambos pierden. En este caso, Pekín no quiere renunciar a que EE.UU. retire el escudo antimisiles y rebaje las operaciones militares conjuntas en la región, y Washington no pierde la esperanza de una Corea reunificada bajo su influencia.

Así, las preguntas que se plantean son:

¿Girará alguno de ellos el volante en este “juego de la gallina” o seguirán acelerando hasta que se estrellen los coches? ¿Y de girar alguno? ¿Quién lo hará primero? ¿Quién tiene más determinación para ganar el juego? ¿Quién pierde más?

¿Atacaría China a EEUU si este ataca primero a Corea del Norte? ¿O aceptaría una corea reunificada bajo el estándar occidental? ¿O consentirá finalmente que Corea del Norte se convierta en potencia nuclear y, por tanto, que Japón y Corea del Sur hagan lo mismo? ¿Beneficia a China una nuclearización de la región?

¿Atacará EE.UU. a Corea del Norte si continúa avanzando en la adquisición de sus capacidades nucleares, aceptando un posible enfrentamiento militar con China? ¿O consentirá finalmente que Corea del Sur tenga capacidad nuclear para justificar la adquisición de esas mismas capacidades por parte de Japón y Corea del Sur?

Para responder a estas preguntas, se establecen una serie de supuestos que son los que se consideran más probables y a partir de ellos se elabora la prospectiva sobre el conflicto. Así pues, se establece que:

  • Kim Yong-un no va a abandonar su programa nuclear porque sabe que se juega la supervivencia del régimen, pero tampoco va a atacar ni a EE.UU. ni a sus aliados en la región, porque sabe que eso legitimaría la intervención norteamericana con el consentimiento de China.

  • Si EE.UU. ataca unilateralmente a Corea del Norte, China defenderá a este país para dejar claro que Asia Pacífico es su zona de influencia y no se pueden tomar decisiones sin contar con ella. (Ya lo hizo y por este mismo motivo en los años 50 durante la guerra entre las dos coreas, cuando sus capacidades eran mucho más limitadas que ahora).

  • Si EE.UU. no ataca unilateralmente, ni consigue llegar a un acuerdo con China para sustituir a Kim Yong-un por otro dictador más manejable, Corea del Norte completará su programa y se convertirá en una potencia nuclear cambiando el statu quo de la región.

Por tanto, aunque ni a China ni a EE.UU. parece beneficiarles una Corea del Norte nuclear, en mi opinión, China prefiere que se estrellen los coches del “juego de la gallina” antes que girar el volante, esto es, prefiere mantener a EE.UU. alejado de su zona de influencia, aunque eso suponga convivir con otras potencias nucleares en la región. Por tanto, EE.UU., salvo error de Kim Yong-un (atacar primero), deberá renunciar a una Corea unificada, o permitir que se estrellen los coches, lo cual parece exagerado incluso para la Norteamérica de un personaje como Trump, que pese a su carácter imprevisible está pasando por el aro en todos los temas de política internacional, como se ha podido comprobar recientemente con el caso de Afganistán.

INTERREGNUM: Estados Unidos en Asia. Fernando Delage

La desautorización del secretario de Estado de Estados Unidos, Rex Tillerson, por su presidente, Donald Trump, tras declarar en Pekín la semana pasada que los canales de diálogo con Pyongyang están abiertos, no es sólo una torpeza diplomática. Es un nuevo reflejo de algo mucho más grave: la falta de una estrategia en la Casa Blanca.

La improvisación nunca es buena consejera, y así lo demuestra la propia historia de la política exterior norteamericana en Asia, objeto de un excelente libro de reciente publicación: “By More than Providence: Grand Strategy and American Power in the Asia-Pacific Since 1783” (Columbia University Press, 2017). Su autor, Michael Green, profesor en la universidad de Georgetown, realiza una exhaustiva investigación de la diplomacia norteamericana en Asia desde el nacimiento de la República hasta Obama. Como responsable de Asia en el Consejo de Seguridad Nacional durante la administración de George W. Bush, Green se percató de la falta de referencias históricas: aunque parezca difícil de creer, no existía ninguna fuente que, de manera sistemática, analizara la evolución de la política de Estados Unidos en la región. Este libro es el resultado de su esfuerzo por cubrir ese hueco, una vez de vuelta en el mundo académico.

Además de una minuciosa valoración de la estrategia seguida por sucesivas administraciones, el autor identifica una serie de impulsos opuestos que han aparecido de manera constante a lo largo de estos dos siglos. Entre ellos, señala Green, ha habido una inclinación alternativa a elegir bien Europa o bien Asia como área prioritaria; una oscilación entre una estrategia continental o marítima (es decir, entre optar por China o por Japón como pilar central de la política asiática norteamericana); una elección por los objetivos geoeconómicos sobre los geopolíticos (o viceversa); y un hincapié—o, por el contrario, ausencia—en la la promoción de los valores liberales y democráticos.

Desde las primeras misiones marítimas de la recién creada república al “pivot” de Obama a principios de la segunda década del siglo XXI, Green saca a la luz aspectos poco conocidos incluso por los expertos y ofrece interesantes lecciones para el futuro. Una de sus conclusiones fundamentales es que Washington obtuvo resultados positivos siempre que se acertó en la definición del contexto regional y de sus implicaciones para los intereses de Estados Unidos. Lo que solía ocurrir cuando la estrategia la formulaban funcionarios y políticos con un conocimiento profundo de Asia, y existía una verdadera coordinación entre departamentos, así como entre éstos y la Casa Blanca.

No cabe esperar que Trump se lea un libro de más de 700 páginas como éste. Sin embargo, encontraría en él muchas claves sobre qué no hacer si quiere frenar la rápida pérdida de credibilidad de Estados Unidos entre sus aliados y socios asiáticos.

La diplomacia futbolística de Xi Jinping. Nieves C. Pérez Rodríguez

Washington.- El fanatismo por el fútbol de Xi Jinping ha influido en su visión diplomática, de negocios e incluso de Estado. Generalmente, sus apariciones internacionales dejan fotos de apretones de manos, poses protocolares y caras amables, pero en Alemania en julio pasado, en el marco de un partido amistoso entre jóvenes de ambos países, se dejó llevar por su pasión por este deporte y en compañía de Ángela Merkel se relajó frente al objetivo y nos dejó imágenes menos rígidas y de amplias sonrisas.

En China, cada vez que los medios de comunicación hacen referencia al fútbol deben referirse también a la afición futbolística de su líder, casi como si fuera una norma periodística inquebrantable. Entre las prioridades del Estado chino está convertirse en la “súper potencia mundial de fútbol” para el 2050 y para lograrlo están invirtiendo grandes sumas tanto dentro del país como fuera.

Los chinos han conseguido su espectacular avance económico estudiando los modelos exitosos de occidente y copiándolos, pero en su particular intensidad e ímpetu que los lleva a dar resultados en tiempo récord comparado con otras naciones. El año pasado el gobierno de Pekín presentó un plan en el que está previsto que 50 millones de niños y adultos jueguen al fútbol en el 2020, por lo que están invirtiendo en unos 20.000 centros de entrenamiento y 70.000 estadios, de acuerdo con el organismo superior de planificación económica de Beijing.

El objetivo de ésta gran inversión es que el deporte contribuya con su PIB. Se trata de un esfuerzo mancomunado entre el sector público y privado. Las grandes empresas chinas como Alibaba, Wanda y Suning están invirtiendo en fútbol, porque lo ven como un gran negocio en el que hay que participar. Hay equipos europeos que pertenecen a multimillonarios chinos en su totalidad y muchos otros equipos cuentan como una participacón significativa de capital chino, como es el caso del Atlético de Madrid, cuyo 20% está en manos de Dalian Wanda Group Co. (de acuerdo con Bloomberg). El boom por invertir en fútbol ha sido tan grande que a finales de agosto el Consejo de Estado chino puso a los clubes deportivos en su lista de industrias en las que las empresas locales tienen límites para invertir en el extranjero, para frenar la salida de capital y proteger el yuan de una mayor depreciación.

El caso del fútbol en los Estados Unidos es radicalmente opuesto al de Europa. La profesionalización de esta categoría deportiva llego a finales de los 60, y para mediados de los 80 se registraban pérdidas millonarias hasta su refundación con el mundial 1994, lo que propició la creación de la actual “Major league Soccer”, hasta el 2007 cuando Beckham fue fichado por Los Angeles Galaxy, lo que revivió mediáticamente este deporte.

Sin embargo, el fútbol en Estados Unidos se disputa en años naturales y eso difiere del europeo y de algunas de las ligas más importantes de Sudamérica, donde las temporadas empiezan a mitad del año y culminan al año siguiente. El mismo fenómeno ocurre en el fútbol chino, que se cree que fue copiado del modelo estadounidense. Tanto China como Estados Unidos toman el fútbol como una cuestión de Estado; ambos fomentan la práctica con programas que comienzan con niños de muy corta edad, invierten en canchas en colegios, y centros de recreo. Y en ambos casos se pretende descubrir y albergar a futuras estrellas futbolísticas.

Sin embargo, la afición europea es completamente diferente a la estadounidense; ese nivel de pasión deportiva aquí se vive por el futbol americano o el béisbol. A pesar de las astronómicas cifras invertidas para avivar este deporte, la falta de cultura futbolística ha enfriado ese deseo.

Estados Unidos en el ámbito deportivo ha figurado siempre entre los primeros en el mundo; es el país con más medallas olímpicas, y las becas deportivas son parte fundamental del sistema educativo universitario. Sin embargo, los clubes de fútbol estadounidenses no cuentan con la misma reputación que los europeos, y sus fichajes internacionales suelen estar más orientados a jugadores de mayor edad, lo que hace una liga menos competitiva. En términos económicos, los salarios medios de los futbolistas rondan los 326 mil dólares, otra gran diferencia.

Consecuentemente el gigante asiático en su acostumbrada practica de replicar, miró el fútbol estadounidense y al ver su bajo rendimiento y, comparativamente con los clubes europeos, menor valor comercial, se enfocó en desarrollar su diplomacia de penetración futbolística en Europa, al menos de momento.

INTERREGNUM: Elecciones en Japón. Fernando Delage

Por segunda vez desde que regresara a la jefatura del gobierno en diciembre de 2012, Shinzo Abe ha convocado elecciones anticipadas. Parece como si, de esa manera, quisiera extender gradualmente su permanencia como primer ministro, añadiendo sucesivos períodos de cuatro años a legislaturas inacabadas. Su agenda de reformas económicas y de normalización de la política de defensa, frente al desafío de una China en ascenso, además de la organización de los Juegos Olímpicos de Tokio en 2020, requieren, en su opinión, de algo más que un único mandato.

Pero siempre es arriesgado acudir a las urnas. La derrota del Partido Liberal Democrático (PLD) en las elecciones a gobernador de Tokio el pasado verano, ya reveló el disminuido apoyo popular a Abe, y la irrupción, casi por sorpresa, de una nueva figura, Yoriko Koike, que concurrió como líder de un partido creado al efecto. No fue un fenómeno pasajero. Tras convocarse elecciones generales para el 22 de octubre, Koike anunció poco después su candidatura mediante la formación del Partido de la Esperanza, complicando el panorama que Abe esperaba afrontar. La fundación de este nuevo partido provocó, apenas tres días después, la integración en el mismo del hasta ahora principal grupo de la oposición, el Partido Democrático de Japón (PDJ). Koike se ha convertido así en la principal rival de Abe, y en la primera mujer con posibilidades de llegar al frente del gobierno japonés.

Es un resultado que no puede darse por seguro, dada la extraordinaria fortaleza estructural del PLD, partido que ha gobernado Japón desde 1955, con la excepción de dos breves paréntesis (1993-94 y 2009-12). Pero tampoco puede ya considerarse como inevitable la victoria de Abe.

Los analistas empiezan a preguntarse por ello qué cambiaría con Koike. Después de todo, ella misma perteneció al PLD, como tantos otros políticos hoy en la oposición. Su mensaje de modernización, su estilo desenfadado y su biografía personal resultan atractivos en el tradicional mundo gris de la política japonesa. Pero algo parecido ocurría con Junichiro Koizumi hace 15 años, sin que su paso por el poder—fue primer ministro de 2001 a 2006—consolidara las reformas que el país necesita.

El envejecimiento de la sociedad japonesa complica las bases de un nuevo crecimiento, aunque no pueden negarse los logros de la política de Abe y del Banco Central: la conocida como “Abenomics”. No obstante, 25 años después de que el PLD comenzara a escindirse, sigue sin existir un sistema ordenado de partidos. Los socialistas virtualmente desaparecieron, pero los liberales han tenido como oposición desde entonces una sucesión de fuerzas con distintos niveles de representación parlamentaria; partidos que cambian con frecuencia de nombre y de líderes, sin que sus programas sean realmente distinguibles de los del PLD. Quizá ello explique el desencanto popular: la participación en las últimas elecciones generales, en diciembre de 2014, registró la cifra más baja desde la segunda posguerra mundial (un 52 por cien). Aunque es una incógnita si el 22 de octubre se confirmará esta misma tendencia, la dinámica partidista no alterará en lo fundamental, sin embargo, la estabilidad de la primera democracia no occidental, y tercera mayor economía del mundo.

La escalada verbal

Cada semana, la escalada verbal entre Corea del Norte y Occidente, léase Estados Unidos, sube unos grados más. En realidad es difícil que la tensión suba un escalón más en el terreno de las palabras. ¿Se pasará al terreno militar y al enfrentamiento directo? Según los expertos es difícil, pero cada vez menos descartable, entre otras cosas porque puede ocurrir que los provocadores acaben presos de sus provocaciones y tengan necesidad de demostrar que van en serio.

En realidad, a pesar de las buenas voluntades, se van rompiendo los puentes y las vías de intermediación, y China, país especialmente situado en condición de ejercer sus buenos oficios, no quiere acabar dando a Estados Unidos una solución que refuerce su presencia en la zona. Esta es una de las claves. Otra es la dificultad de acabar con los lazos comerciales existente entre China y Corea del Norte.

Y luego está el factor ruso. Rusia también mantiene relaciones comerciales con Corea del Norte y quiere recuperar protagonismo asiático, aliándose con China si no hay más remedio. Putin tiene una política de Estado para cada problema en el planeta y quiere ejercer como la gran potencia que fue y quiere volver a ser. Estos son los elementos de una situación de gran dinamismo que la Unión Europea y Estados Unidos deberían afrontar. Preferiblemente juntos.

Desmontando a Harry. Juan José Heras.

Dice el refranero popular que “una mentira repetida mil veces se convierte en una verdad”. Y ese parece ser el caso con muchas de las consignas propagandísticas que lanza el Gobierno chino de forma periódica. Así, cada vez está más arraigada la creencia popular de que China va industrializar África y América Latina, al tiempo que vertebra Asia Central con las infraestructuras previstas en la nueva Ruta de la Seda.

En esta misma línea, parece haber calado la idea de que China ha modernizado su ejército hasta el punto de rivalizar militarmente con EE.UU., o que sus ingentes inversiones en tecnología e investigación la convertirán en la nueva cuna de la innovación mundial.

Sin embargo, los datos parecen contar una historia bien distinta, mostrando que tanto África como América Latina continúan siendo meros suministradores de materias primas. La aportación china en estos continentes se centra en la construcción de infraestructuras y no en la creación de zonas industriales, como publicita Pekín. Además, los numerosos MOU que firma con estos países, en la mayoría de los casos, no se traducen luego en proyectos concretos.

En este sentido, son los países del sudeste asiático los mejor posicionados para la pretendida deslocalización industrial China, gracias a su proximidad geográfica y su relevancia en asuntos regionales como por ejemplo el Mar Meridional.

Por otro lado, la nueva Ruta de la Seda, que promete corregir el déficit de infraestructuras en Asia Central, solo avanza de manera significativa en los trazados que tienen una consideración geoestratégica para Pekín. Y por mucho que aparezca en la prensa especializada, tampoco parece que esta iniciativa vaya a soluciona los problemas de sobrecapacidad del gigante asiático.

Respecto al ejército, es cierto que la modernización que se está llevando a cabo es impresionante, tanto en sus capacidades militares como en la organización de sus estructuras. Sin embargo, todavía están a años luz de EE.UU. tecnológicamente y carecen de personal capacitado para operar los últimos avances tecnológicos que incorporan los nuevos aviones de combate, buques de guerra o sistemas de comunicación.

En lo que se refiere a tecnología e innovación existe todavía una brecha importante entre China y occidente, que Pekín trata de reducir con sus inversiones en Europa y EE.UU. Conviene recordar que China se ha hecho “rica” gracias al comercio y a la aplicación de unos estándares laborales y medioambientales inaceptables para occidente, pero innovar requiere una buena dosis de iniciativa e imaginación que, cuanto menos, son cuestionables en un régimen Estado-Partido como el chino.

En la otra cara de la moneda están los que piensan que la enorme deuda que acumula China hundirá al país en una crisis económica, que estallará la burbuja inmobiliaria, y que no serán capaces de llevar a cabo el cambio de modelo económico en el que están inmersos.

Pero tampoco parece que esta línea catastrofista tenga visos de realidad, puesto que en una economía controlada como es la china, la deuda del Gobierno es con los bancos estatales, controlados  también por Pekín. Esto les brinda un margen considerable para contemporizar la aplicación de las reformas necesarias para convertirse en una economía de mercado “con características chinas” (lo que hace que ya no sea una economía de mercado), con una reducción gradual de la inversión que evite el desempleo y por tanto el descontento popular.

Y por terminar este artículo como empezó, con la sabiduría popular del refranero español, utilizaré uno que describe bastante bien a las promesas vacías a las que nos están acostumbrando los chinos: “No es oro todo lo que reluce”.