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América primero, al precio que cueste. Nieves C. Pérez Rodríguez.

Washington.- Trump anunció a finales de la semana pasada fuertes sanciones comerciales contra China, que podrían estar alrededor de unos 60 billones de dólares, y que entrarán en vigor en los próximos 45 días. La razón fundamental de estas sanciones, que esgrime el gobierno estadounidense, es que China ha estado jugando injustamente en contra de las normas comerciales internacionales y con ello afectando a la economía de los Estados Unidos. Además, acusa a China de bloquear el acceso a los productos estadounidenses en su mercado. En pocas palabras, el objetivo de estas sanciones es reducir el déficit con China en unos 50 billones de dólares.

Se esperaban algún tipo de sanciones contra China, como parte del proteccionismo económico de la Administración Trump. Por lo tanto, no ha sorprendido el hecho de que se hayan impuesto, sino la envergadura de las mismas.

Muchas personas entran y salen del círculo del presidente, pero el tridente económico de Míster Trump ha permanecido intacto desde antes de convertirse en presidente. Su consejero de políticas comerciales e industriales, Peter Navarro, ha catalogado la acción como “un evento histórico”. Mientras que Robert Lighthizer, el representante comercial de Trump, se mostró a favor de las sanciones exponiendo su preocupación “por perder la propiedad intelectual de las tecnologías, puesto que es la mayor ventaja de la economía estadounidense”. Y Wilbur Ross, el secretario de Comercio, afirmó que “una manera de aliviar el déficit sería que China comprara más gas natural a los Estados Unidos”, así como manifestó que la Administración estaba esperando contramedidas desde Beijing.

Washington quiere cambiar el comportamiento comercial chino, o lo que es lo mismo, la manera en la que China comercia sus productos y hacerles respetar normas de intercambio internacional de acuerdo con Esward Prasad, experto económico del think tank Brookings institute. Prasad, además, sostiene que la Administración Trump cree que imponiendo tarifas a los productos que entran a los Estados Unidos, estarían protegiendo la economía doméstica, bajando el déficit. Pero eso no necesariamente será así, de acuerdo a su criterio.

Consultamos con Christopher Smart, quién se desempeñó como consejero económico de Obama, además de que sirvió como asistente del secretario del Tesoro liderando la respuesta a la crisis financiera europea y fue responsable sobre asuntos de política financiera de Europa, Rusia y Asia Central. Actualmente forma parte de la Fundación Carnegie para la paz internacional, con sede en Washington. Le preguntamos cómo de grave es el déficit entre Estados Unidos y China, y si ese déficit está realmente perjudicando tanto la economía estadounidense como Trump insiste en mantener.

Smart dice que el superávit de China con todos sus socios comerciales ha disminuido drásticamente. Añade que “sigue siendo grande con los Estados Unidos, pero eso producto de la baja tasa de ahorro de los estadounidenses y la combinación de bienes y servicios que comerciamos con China”.

El presidente Trump ha sido muy crítico de China, así como muchos de sus asesores. Estas sanciones habían sido anunciadas. Pero ¿por qué Trump las hace públicas ahora?; y ¿cuál será el efecto de estas sanciones en la población estadounidense en su vida diaria?

Smart: “Eso puede explicarse en parte porque la Administración ahora necesita menos a China por su compromiso actual con Corea del Norte y siente la presión de cumplir con algunas de las promesas electorales del presidente Trump, de endurecer su postura contra China antes de llegar a la mitad del periodo presidencial. El impacto para la mayoría de los estadounidenses en esta etapa será un pequeño costo adicional para algunas importaciones y la pérdida de algunas de las exportaciones de bienes a los que China ahora planea imponer una tarifa”.

¿Podría la respuesta china tener un impacto en la economía estadounidense?

Smart: “Las represalias chinas hasta ahora parecen modestas, con mucho margen para ser incrementadas si Estados Unidos continúa ampliando los aranceles. De momento, el impacto económico real en ambos países debería ser bastante pequeño en esta etapa, aunque la incertidumbre sobre la escalada futura puede afectar a los mercados financieros”.

Una guerra comercial no es un buen negocio para China, pero tampoco lo sería para Estados Unidos. Lo que está haciendo Trump es intentar poner freno a unas prácticas económicas que han permitido a China crecer de una manera tan importante. Sin embargo, los aranceles a largo plazo pasan factura al ciudadano de a pie en sus compras diarias, tal y como han advertido muchos economistas. El juego diplomático ahora está en acentuar más o menos esos aranceles, en los próximos meses. Es posible que en este juego Washington pueda presionar a Beijing y conseguir ciertas concesiones en las negociaciones que tendrá lugar a corto plazo con Pyongyang. (Foto: Wayne Hsieh, Flickr)

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Desmontando a Donald. Miguel Ors Villarejo

El déficit comercial de Estados Unidos con China ascendió a 375.000 millones de dólares (algo más de 300.000 millones de euros) en 2017. Es una cifra fabulosa, que en la imaginación de Trump se traduce automáticamente en una sangría de empleo y riqueza. Para el presidente americano, la balanza de pagos es una especie de marcador deportivo y, cuando lo mira, no puede reprimir su desolación. “¡Demonios, estos chinos nos están dando una paliza!” Pero si es una derrota, se trata de una muy especial.

Pensemos en los 15.700 millones de dólares que los estadounidenses se gastaron en iPhones el año pasado. Como China exporta el producto final, la contabilidad nacional lo anota en su haber, pero ¿quién se embolsa de verdad el grueso del negocio? “IHS estima en 370,25 dólares el coste de sus componentes”, dice Reuters. “De esa cantidad, 110 van a la surcoreana Samsung, que es la que hace las pantallas. Otros 44,45 acaban en la japonesa Toshiba y la surcoreana SK Hynix por los chips de memoria”.

Los chinos se limitan a ensamblar y embalar, y perciben por esa tarea entre 10 y 20 dólares por unidad, es decir, que están lejos de quedarse con la parte del león. Pero tampoco se la llevan los coreanos o los japoneses, porque en las tiendas el iPhone X sale por 1.200 dólares y la diferencia entre ese precio de venta y los costes totales, o sea, 830 dólares, va derecha a la cuenta de resultados de Apple.

No parece un arreglo tan malo para los americanos.

“Tras su incorporación a la cadena mundial de suministro”, se lee en un informe de Oxford Economics, “China se ha especializado en el montaje de artículos a partir de piezas importadas del exterior”. Los sistemas de contabilidad nacional no tienen, sin embargo, en cuenta las complejidades de los intercambios actuales y siguen atribuyendo el importe total del producto al exportador final. “Si se sustrajera el valor de estas piezas importadas de las exportaciones Chinas”, sigue Oxford Economics, “el déficit comercial de Estados Unidos con China se reduciría a la mitad, esto es, al 1% del PIB, que es más o menos el que tiene con la Unión Europea”.

No parece que sea una situación insostenible. De hecho, a pesar de la supuesta sangría de puestos de trabajo, el paro en Estados Unidos se situaba en diciembre en el 4,1%, lo que técnicamente se considera pleno empleo. Y entre los países desarrollados, únicamente Australia, Singapur y Nueva Zelanda vieron aumentar más deprisa la renta per cápita de sus ciudadanos entre 2000 y 2015.

Por supuesto que no todo es ideal. China debe acometer reformas que faciliten el acceso a su mercado, pero el modo de lograrlo no es una guerra comercial que quizás le salte un ojo a Pekín, pero a costa de sacarles otro a los coreanos, a los japoneses y, sobre todo, a los estadounidenses. “El comercio con China ha ahorrado unos 850 dólares al año a las familias americanas”, calcula Oxford Economics.

Ya les digo que si es una derrota, se trata de una francamente extraña.

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Trump y los procesos ciegos

Por debajo del ruido de los anuncios proteccionistas de Donald Trump y los primeros movimientos de posiciones en lo que parece una guerra comercial inminente, las negociaciones entre los grandes (aunque no los únicos) contendientes no han cesado ni un momento.
Estados Unidos continúa las conversaciones con China para lograr un mayor acceso a su mercado, pero a falta de un acuerdo rápido, los nuevos aranceles a las importaciones chinas entrarán en vigor, dijo el domingo el secretario del Tesoro, Steve Mnuchin, según informan varias agencias de noticias. “Soy cautelosamente optimista de que alcanzaremos un acuerdo, pero si no lo logramos, vamos a aplicar las tarifas”, dijo Mnuchin al canal Fox News. “No desistiremos de ellas, a menos que logremos un acuerdo aceptable validado por el presidente”, agregó Mnuchin, asegurando que conversó varias veces con el viceprimer ministro chino Han Zheng.
Asia Pacífico se ha convertido, siempre lo fue pero ahora más, en un inmenso tablero de ajedrez en el que entran, además de un importante número de jugadores con intereses contradictorios entre sí y muy pocos, aunque importantes intereses comunes, la amenaza de sanciones comerciales, un conflicto con amenaza nuclear incluida en Corea, temores atávicos y justificados a los nacionalismos locales, despliegue de inmensas fuerzas navales y una guerra de propaganda cada vez más fuerte.
Pero al margen de las negociaciones e independientemente de que se llegue a acuerdos o no, se ha puesto en marcha un proceso emocionalizado de opinión pública muy peligroso.
No se trata sólo de que Trump se equivoque evocando un nacionalismo económico trasnochado y sobrevalorado, sino de que la excitación de sentimientos que supone ofrecer soluciones fáciles (emocionalmente satisfactorias pero falsas en el fondo) a problemas complejos y la reacción igualmente emocional y demagógica de la oposición demócrata están creando un ambiente de crispación e irracionalidad que no tiene que ver son la situación real de unas sociedades en las que el bienestar ha descendido menos de lo que se proclama.
El problema es que ese nacionalismo emocional y contagioso es relativamente controlable y gestionable en sociedades democráticas con contrapoderes, pero constituye una bomba de relojería en sociedades autoritarias o escasamente democráticas que ponen todos sus recursos al servicio de sus políticas sin tener que dar explicaciones a nadie. Esa es la gran responsabilidad de Donald Trump aunque en algunos argumentos pudiera tener razón.
Pero eso son los signos de este momento y Europa sigue desnortada con una Francia insistiendo en ganar protagonismo nacional en nombre de Europa y sin saber cómo se debe tratar la creciente (de nuevo) agresividad rusa y un montón de conflictos periféricos a la espera. (Foto: Samuel Peters, Flickr)
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INTERREGNUM: Oportunidades europeas. Fernando Delage

Las ambiciosas iniciativas financieras, comerciales y de infraestructuras chinas—del Banco Asiático de Inversiones en Infraestructuras a la Ruta de la Seda—y la política proteccionista de la administración Trump constituyen un notable desafío al orden internacional liberal creado por Estados Unidos y los países europeos tras el fin de la Segunda Guerra Mundial. Sin pretender desmantelar en su totalidad dicho orden, Pekín busca su reforma para reorientarlo a su favor. Washington sí defiende el abandono del sistema económico multilateral—no el de seguridad—pero sin proponer más alternativa que la defensa de sus intereses nacionales bajo el discurso de “America First”.

Ambos factores han obligado a reaccionar a aquellos otros actores—como la Unión Europea y Japón—que defienden el libre comercio y un orden basado en reglas como claves de la prosperidad y la estabilidad global. En defensa de esos principios, Bruselas y Tokio han encontrado por fin la oportunidad de sustituir las declaraciones retóricas de cooperación de tantos años y la colaboración puntual en distintos asuntos de la agenda mundial y regional, por una relación estratégica con verdadero contenido.

La elección de Trump, el Brexit, y la creciente preocupación compartida por ambos sobre las implicaciones de la creciente proyeccion china explican, en efecto, que, tras años de negociaciones, el pasado mes de diciembre la UE y Japón concluyeran dos acuerdos paralelos—de libre comercio y de asociación estratégica—que pueden elevar sus relaciones a un nuevo nivel. Sus intereses y valores políticos comunes reclamaban este acercamiento en unas circunstancias de incertidumbre internacional. Este último contexto exige, no obstante, que Europa—como ya está haciendo Japón—desarrolle una mayor ambición geopolítica y geoeconómica. Es una demanda que deriva asimismo de un tercer actor—Rusia—, pero que le acerca igualmente a otro protagonista en Asia con el que Tokio ya está construyendo una relación de gran potencial: India.

La reciente visita a Delhi del presidente francés, Emmanuel Macron, ha pasado prácticamente inadvertida en nuestros medios. El interés de París por el gigante de Asia meridional es revelador, sin embargo, del papel económico y estratégico en ascenso de este último. La firma de 14 acuerdos y de contratos por valor de 16.000 millones de dólares—incluyendo la venta de 36 cazas Rafale y seis submarinos de la clase Scorpene—, revela las ambiciones diplomáticas de Macron—así como la acelerada pérdida de influencia británica—pero también supone un reconocimiento de lo que, como mayor democracia de Asia, India puede aportar a los europeos. La negociación de un acuerdo de libre comercio entre Bruselas y Delhi avanza con dificultad, y las autoridades indias no terminan de comprender la complejidad de la estructura institucional comunitaria, de ahí que prefieran dialogar bilateralmente con los grandes Estados miembros de la UE.

Lo relevante, en cualquier caso, son las oportunidades que se abren a Europa para multiplicar sus opciones y socios estratégicos en esta era de redistribución de poder. ¿Cobrará forma en el futuro un triángulo Bruselas-Delhi-Tokio que, de un extremo a otro de Eurasia, equilibre un espacio chino-ruso? En buena medida dependerá de la estrategia que adopte un Washington post-Trumpiano, pero la defensa de los intereses y valores europeos no puede limitarse a esperar. (Foto: Steve De Jongh, Flickr)

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THE ASIAN DOOR: El lujo en China, cada vez más digital. Águeda Parra

El sector del lujo tiene una relación especial con China, por su tamaño, por la sofisticación de sus consumidores y por la variedad de tiendas de marcas distribuidas por todo su territorio. Durante años, las marcas de lujo han apostado fuertemente por el gran potencial que significa para el sector el gasto que realizan los consumidores chinos, de ahí que en 2016 se hubiera triplicado el número de tiendas de lujo que existían en 2008.

Sin embargo, el hecho de multiplicar por tres la presencia de marcas de lujo en esta última década solamente ha tenido el efecto de duplicar el gasto, poniendo de manifiesto el gran impacto que ha supuesto la campaña contra la corrupción implantada por el presidente Xi Jinping en 2012, justo al principio de su mandato. En la era de Xi, se ha introducido como prioridad mantener la integridad del Partido, de ahí que se decidiera poner freno a los excesos que existían, reduciendo significativamente el consumo de marcas de lujo cuya demanda estaba asociada a un gasto excesivo y a los sobornos entre los funcionarios.

Esta situación de los últimos años se ha ido estabilizando, y el sector del lujo ha vuelto a resurgir en China en 2017, alcanzando los 21.000 millones de dólares, un incremento importante respecto al gasto registrado un año antes de 17.300 millones de dólares. El importante esfuerzo por mantener un crecimiento económico del 6,9%, una clase media creciente que consume más y que incrementa su nivel de gasto en lujo, y una mayor sofisticación del consumidor han sido las tendencias principales que han hecho que 2017 vuelva a registrar crecimientos positivos en el sector en China. A lo que habría que añadir también el incremento del gasto fuera del país, ya que la expansión del turismo chino está favoreciendo significativamente que siga creciendo el sector del lujo mundialmente.

Pero la gran novedad del sector del lujo en China, que crece anualmente un 15% y que en 2017 llegó a representar un tercio del mercado mundial, radica en la incorporación del grupo de los millennials chinos, jóvenes con edades comprendidas entre los 20 y 34 años, entre los grandes consumidores del sector del lujo. Una mayor frecuencia de adquisición de productos de marca, una creciente disponibilidad económica y un gasto creciente a través de las plataformas digitales están marcando la tendencia de recuperación del sector en China.

El sector del lujo ha encontrado en los nativos digitales y en las plataformas online de China los mejores aliados para hacer crecer el consumo. Los jóvenes chinos son la generación más digitalmente conectada del mundo, pasan de media unas 27 horas online a la semana, lo que supone un 24% más del tiempo que emplean los jóvenes en Estados Unidos, según un estudio de GGV Capital. Estar digitalmente conectados supone una adopción de la tecnología mucho mayor que el resto de jóvenes de su generación, de ahí que sean los grandes referentes del e-commerce mundial y los encargados de configurar el futuro de la economía digital.

Es imprescindible, por tanto, que el sector del lujo en China se adapte a los entornos digitales donde los consumidores encuentran información de los productos y realizan la compra directamente a través del creciente ecosistema de plataformas digitales que abunda en la sociedad china. Aunque las compras de productos de lujo se siguen realizando mayoritariamente por el medio presencial, hasta en un 91% de los casos en 2017, el gasto en marcas a través de medios digitales se va consolidando como tendencia entre los consumidores chinos del lujo, ya que las ventas e-commerce crecieron un 86% entre 2016 y 2017.

Propulsores de esta tendencia están siendo las plataformas de los gigantes del e-commerce en China, como Alibaba y JD.com, que están atrayendo al consumidor del lujo chino gracias a incorporar en sus entornos digitales un buen número de conocidas marcas internacionales. El conocido como “pabellón del lujo”, lanzado por Alibaba en agosto de 2017 a través de su plataforma Tmall, responde a la tendencia de incorporar masivamente las marcas internacionales en los medios digitales, hecho que debe aprovechar el sector del lujo si quiere sacar partido a las ventajas que pueden ofrecer los medios digitales en el relanzamiento del sector del lujo en China.

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THE ASIAN DOOR: A los unicornios les gusta China. Águeda Parra

Hasta hace unos años, era normal que Estados Unidos fuera el país que contara con un número mayor de unicornios, es decir, las denominadas startups tecnológicas de inversión privada que tienen un valor superior a los 1.000 millones de dólares. Sin embargo, con el milagro tecnológico que está experimentado China en los últimos años, los unicornios comienzan a proliferar fuera de Silicon Valley y emprenden su estrategia de hacerse globales desde China hacia los mercados internacionales.

Durante 2017 ha seguido creciendo el número de empresas tecnológicas globales que se han convertido en unicornios, hasta 46 compañías, según un informe de CB Insights, situación que ha intensificado la competencia entre la primera y la segunda potencia mundial por conseguir situar un mayor número de unicornios en la clasificación mundial. Solamente en 2017, China consiguió crear 17 de estas grandes empresas tecnológicas globales, a poca distancia de las 19 compañías que aportaba Estados Unidos.

La carrera en estos años ha sido trepidante, y China ya sitúa a 56 titanes tecnológicos en la clasificación de 2017, cuando en 2014 solamente tenía 8 unicornios. Por tanto, no parece extraño que en el próximo lustro la situación cambie y China pueda comenzar a liderar la clasificación mundial de unicornios, una vez que ya ha adelantado a Europa en la creación de este tipo de empresas.

El desarrollo tecnológico en China ha sido el gran desencadenante de que el gigante asiático se esté disputando los primeros puestos en el Top 10 de unicornios más grandes del mundo en 2017. En esta clasificación, el gigante asiático aporta cuatro empresas, la firma de transporte Didi Chuxing, y el fabricante de teléfonos móviles Xiaomi, en segundo y tercer puesto, liderando el Top 3 la estadounidense del transporte privado, Uber. Los otros dos titanes tecnológicos se sitúan al final del grupo de los 10 principales unicornios, ocupando Lu.com y China Internet Plus Holding los puestos octavo y noveno, respectivamente.

Una de las principales ventajas que tienen los unicornios chinos es el tamaño del mercado en el que se desarrollan. Las dimensiones del gigante asiático facilitan que se puedan expandir y desarrollar nacionalmente. La competencia en el mercado chino y la amplia experiencia adquirida durante este tiempo terminarán por animar a los unicornios de creación China a que den el salto hacia los mercados internacionales, donde ya comienzan a realizar las primeras incursiones. Con ello, los unicornios chinos entrarán en competencia directa con las empresas extranjeras en su propio territorio, y la lucha no será únicamente por conseguir una mejor cotización bursátil, sino por quién capta un número mayor de usuarios.

Otro aspecto destacado es el uso masivo de la tecnología en la sociedad china, que cuenta con una clase media creciente que está ampliando su nivel de gasto, facilitando que se creen un número mayor de nuevos unicornios en torno al sector del e-commerce y de las plataformas online. Y son las grandes tecnológicas de China del sector de los pagos digitales las que están invirtiendo para desarrollar la industria, de ahí que el 46% de los unicornios chinos hayan recibido la participación de empresas como Baidu, Alibaba y Tencent, según el citado informe.

La irrupción de los unicornios chinos en la escena internacional ha supuesto una duplicidad entre las grandes tecnológicas mundiales, como Tencent, que es la versión china de Google, Didi que emula el negocio de Uber, y WeChat, que es lo más parecido a Facebook. Empresas que se están viendo favorecidas por el efecto de los “sea turtles”, nombre como se denomina a los graduados chinos en universidades extranjeras que deciden regresar a los centros tecnológicos de China donde se está apostando por la innovación y el talento. Durante 2016, 432.000 graduados decidieron que China aportaba mejores oportunidades para desarrollar su trayectoria profesional que las que podrían encontrar en Silicon Valley.

El mercado chino se mueve con rapidez, y el ritmo de crecimiento de la economía del 7%, muy superior al alcanzado por el resto de grandes potencias mundiales, favorece la creación de nuevos unicornios tecnológicos, impulsado, fundamentalmente, por la apuesta del gobierno chino de convertirse en la primera economía mundial en 2030. Los unicornios chinos han venido para quedarse, y para crecer en número cada año, de modo que dependerá del dinamismo tecnológico del resto de economías que haya competencia en la futura economía digital. (Foto: DWRL U. Texas, Flickr)

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Rusia: victoria de Putin y nueva etapa asiática

La aplastante, pero no sorprendente, victoria electoral de Vladimir Putin en las elecciones presidenciales rusas abre paso no sólo a una consolidación del liderazgo en Moscú sino al intento del liderazgo de Moscú en varios conflictos y zonas del planeta. Putin ha visto refrendada su apuesta por devolver a Rusia a primer plano de la escena internacional, ha mantenido el perfil de “desafío amistoso” a Estados Unidos y, según algunos expertos en  Asia-Pacífico y la propia diplomacia china va a intentar aumentar su influencia sobre aquella región en la que está parte de su territorio (tiene frontera con Corea del Norte) y no pocos intereses.

Sin embargo, en un escenario en que las demostraciones de fuerza parecen estar marcando los acontecimientos y haberse convertido en un peligroso instrumento de presión, Rusia no está en estos momentos en situación de influir mucho. La Flota rusa del Pacífico, basada en Vladivostok, está en un bajo nivel de mantenimiento, necesita modernización y apenas mantiene una presencia simbólica en unas aguas en las que China ha acelerado su presencia y EEUU sigue enseñando los dientes.

Pero Putin es un dirigente hábil y probablemente va a maniobrar de la mano de China en algunos asuntos y con sus capacidades de exportación de energía va a intentar fortalecer su presencia en la que Estados Unidos parece limitarse al conflicto coreano sin atender a una estrategia regional amplia. Y no hay que olvidar que Rusia tiene una presencia política cultural, económica e histórica en las repúblicas centro asiáticas, por donde discurre la actual estrategia china de recuperar la vieja Ruta de la Seda como vía de aumentar la influencia de Pekín.

En este tablero de tantas piezas debe moverse Putin. Y va a tener que maniobrar hábilmente sin suscitar demasiados roces ni recelos con China ni Estados Unidos. Pero Moscú necesita una nueva política asiática y esa va a ser la siguiente fase de la política exterior de Rusia. (Foto: Filiplex, Flickr.com)

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¡No es la economía, estúpido! Miguel Ors

Con su demagógico anuncio de imponer aranceles al acero y el aluminio, Donald Trump pretende aplacar la indignación de sus votantes. Estos habrían sido víctimas de la dolosa capitulación comercial de sus predecesores, que entregaron la economía a los importadores mexicanos y asiáticos, sumiendo miles de empresas en la desesperación y la ruina y llevando el país al borde del estallido.

La idea tan querida por la izquierda de que el auge del populismo es el correlato político de la pobreza tiene una amplia tradición histórica y una reducida base empírica. Marx enseñaba que, cuando la revolución está madura, produce sus propios líderes, pero ni los bolcheviques se lo creían. “Ninguna ciudad se ha rebelado nunca solo porque estuviera hambrienta”, proclamaba uno de sus diarios durante la guerra civil rusa. Para que los parias de la tierra se agrupen en la lucha final tienen que pensar que les va a ser de alguna utilidad. De lo contrario, se quedan en casa agonizando de inanición, como aún sucede en Corea del Norte.

Dos sociólogos de la Universidad de Michigan, Charles Tilly y David Snyder, contrastaron esta hipótesis en un artículo de 1972. Analizaron los disturbios ocurridos en Francia entre 1830 y 1960 y no descubrieron ninguna relación con el malestar de la población. Tampoco los economistas Denise DiPasquale (Chicago) y Edward Glaeser (Harvard) hallaron evidencia de que la miseria desempeñara un papel relevante en los episodios de violencia social registrados en Estados Unidos entre 1960 y 1980. Estos brotes parecen más bien fruto de un cálculo racional de coste-beneficio: cuando la oportunidad de ganancia es alta y el riesgo de sanción bajo, la gente se va animando, se va animando… Y como esto es algo que se decide sobre la marcha, las revueltas no son fáciles de predecir y, una vez que han echado a andar, toman cursos insospechados. Alexis de Tocqueville cuenta en El antiguo régimen y la revolución que, en vísperas de la toma de la Bastilla, Luis XVI no tenía ni la menor idea de que fuera a perder el trono, y no digamos ya la cabeza. Y dos días antes de que los Romanov fueran depuestos, la zarina hizo este infeliz comentario: “Son solo unos gamberros. Jovencitos que corren y chillan que no hay pan para pasar el rato, y unos piquetes que impiden a los obreros trabajar. Si hiciera más frío, se habrían quedado probablemente en casa”.

Tampoco en el caso de Estados Unidos se aprecia hoy una relación entre el voto radical y el perjuicio material. “Sería osado, e incluso temerario”, escribe Javier García-Arenas en el Informe Mensual de Caixabank, “aseverar que la desigualdad es el factor principal del que se nutre el populismo”. Y razona que en los distritos electorales “más expuestos a la competencia comercial con China el apoyo al Partido Republicano en 2016 ha sido 2,2 puntos porcentuales mayor [que en aquellos que lo están menos]”, lo que no es una magnitud “especialmente elevada”.

Mucho más relevantes parecen otros aspectos, como el deseo de “preservar la homogeneidad cultural y ciertas actitudes sociales”, dice García-Arenas. En el Reino Unido, un estudio del think tank Nesta revela que ser partidario de la pena de muerte predice sensiblemente mejor que la renta o la extracción social la probabilidad de estar a favor del brexit.

Como tantos populistas, Trump justifica sus políticas con argumentos de justicia y económicos, pero su discurso apela a instintos más oscuros e inquietantes.

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Trump, Corea, Tillerson, y un estilo de gobernar Nieves C. Pérez

Washington.- Muchos análisis se han hecho sobre lo controvertido del presidente Trump y sus formas; pero haber despedido al secretario de Estado a través de un tweet parece ser excesivo, incluso para él.  Se conocían un par de incidentes entre los dos personajes. Se sabía que no eran cercanos, y que desde finales del año pasado esas diferencias llevaron a Rex Tillerson a firmar su renuncia, que, por otra parte, valga acotar, adelantamos en esta columna y 4Asia dio en exclusiva a pocas horas de haber sucedido. Sin embargo, Trump decidió desmentirlo y continuar con Tillerson por unos meses. Seguramente en su afán de demostrar que la información que se filtró a la prensa formaba parte de “Fake news” (o noticias falsas) como ha repetido hasta el cansancio, y que en cada oportunidad intenta demostrar.

Pero todo tiene un fin, incluso enmascarar las verdades.

Hace unos días, mientras representantes de Corea del Sur sostenían reuniones con homólogos en la Casa Blanca – en las que de acuerdo a fuentes consultadas, debió estar el consejero de Seguridad Nacional, por ser él el mayor responsable en ésta materia-, Trump supo que estaban allí.  Para quienes conocen el ala oeste de la Casa Blanca, saben que es realmente pequeña y que la oficina de dicho consejero queda a muy pocos pasos del despacho oval, por lo que pudo ser que el presidente pasara enfrente o simplemente escuchó que estaban allí, y los mandó a llamar. Los surcoreanos le transmitieron a Trump la disposición de Kim Jon-un a reunirse con él. Valga apuntar, que el encuentro entre los surcoreanos y Trump estaba agendado para el viernes. Lo que, en su atropellado e impulsivo proceder, le llevó a la sala de prensa de la Casa Blanca y transmitió casi en tiempo real a la prensa su intención de aceptar la invitación del líder norcoreano.

No sólo el mundo se quedó atónito, sino también quienes trabajan día a día a su lado. Su ego o tal vez su forma natural de vivir, y/o, en este caso, gobernar, como un reality show, le pudo en ese momento y decidió que esa exclusiva debía darla él mismo, y, de camino, quedarse con todos los méritos.

Mientras este temporal tenía lugar en la Casa Blanca, Rex Tillerson estaba de visita oficial en Etiopia, y fue preguntado por un periodista sobre el anuncio que su jefe acababa de hacer desde Washington al que el secretario de Estado, no informado (por la prontitud del anuncio) respondió diciendo “estamos lejos de negociaciones con el régimen de Corea del Norte y no sabemos cuándo se podrá acordar un encuentro”, manteniendo la línea oficial vigente hasta hacía minutos.

El día después Tillerson cambió su tónica y afirmó que la decisión del encuentro no fue una sorpresa, en un fallido intento de remediar lo ocurrido.

Otro elemento particularmente curioso de esta semana ha sido que una vez que Trump despide con un tweet a Tillerson, el viceministro del Departamento de Estado, Steve Goldstein, fue también sacado de su posición, una vez que hizo público un comunicado de prensa y haber twiteado, palabras que, explicaba, venían de Tillerson, “El secretario de Estado no habló con el presidente esta mañana y no estaba al tanto de las razones. Pero está agradecido de la oportunidad de haber servido, y sigue creyendo que el servicio público es noble”. Esta afirmación dejó al descubierto a la Casa Blanca, que aseguraba que Tillerson había sido informado anticipadamente.

De acuerdo con fuentes cercanas al Departamento de Estado, los diplomáticos estadounidenses en el exterior recibieron instrucciones precisas de no publicar ese comunicado en las páginas oficiales de las embajadas. Algo que sorprendió mucho, pues lo natural es precisamente lo contrario, que se le dé difusión a los comunicados.

El ambiente alrededor de Trump es gris. Los cambios de rumbos son constantes. No se visualiza una claridad de gestión, y esto transciende la política exterior y salpica al Departamento de Estado. Mike Pompeo, el elegido para sustituir a Tillerson cuenta con más que experiencia política y credenciales y cuenta con la atención y el respeto de Trump, al menos de momento. Y eso podría ser clave en la gestión de la política exterior y de la imagen que proyecta Washington en el exterior.

Se esperan más sustituciones en el círculo cercano de Trump. Ahora hay rumores de que HR McMaster, un alto asesor en materia de seguridad nacional, también será reemplazado, por no haber estado en total sintonía con la cabeza de la Casa Blanca.

Trabajar en cualquier administración es un reto que lleva consigo mucho sacrificio personal y compromiso. Pero formar parte de la Administración Trump debe ser mucho más complejo, porque al gran esfuerzo, las largas horas y a la responsabilidad, hay que añadir los prontos del Presidente, que marcan una parte importante de la agenda. Y cualquier opinión que no esté del todo alineado con la de Trump se convierte en una razón para ser sustituido. O sea, que Estados Unidos se esta manejando a día de hoy más como un negocio personal que lleva su apellido al más puro estilo de los hoteles y pisos de lujos de Trump, que como una nación con una larga tradición institucional. (Foto: David Brossard, Flickr)

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INTERREGNUM: Trump-Kim: ¿Cumbre Trampa? Fernando Delage

La aceptación por parte del presidente Trump de la propuesta del líder norcoreano, Kim Jong-un, transmitida por un emisario de Seúl, de un encuentro personal entre ambos ha sido recibida con gran expectación, pero también con considerable escepticismo. Sin descartar que la cumbre no llegue a celebrarse, las dudas tienen que ver con el formato y con los términos de la negociación, sin olvidar las consecuencias que tendrá para uno y otro líder no llegar a ningún acuerdo.

Una primera reserva tiene que ver, en efecto, con el visto bueno a una reunión al más alto nivel, cuando la práctica diplomática dicta la conveniencia de un encuentro de este tipo cuando se trata de formalizar un pacto negociado entre sus respectivas administraciones con carácter previo. La manera impulsiva en que Trump aceptó la propuesta puede volverse contra él si—de celebrarse la cumbre—vuelve de ella con las manos vacías, enquistando el conflicto. A quien beneficia el efecto propagandístico es de momento a Kim, como promotor de la iniciativa.

Lo relevante, con todo, es el contenido de la discusión. ¿Realmente está Corea del Norte dispuesta a renunciar a su armamento nuclear? Si lo está, ¿qué quiere a cambio? ¿Puede Washington dárselo? Una declaración de no agresión parece factible, pero ¿lo considerará Pyongyang suficiente como precio de la desnuclearización? Si Corea del Norte exigiera a cambio la retirada militar norteamericana de Corea del Sur, ¿podría Estados Unidos ceder? Plantear preguntas como éstas en la actual Casa Blanca tiene un coste, como bien prueba la destitución de Rex Tillerson como secretario de Estado.

No debe olvidarse, por lo demás, el contexto regional. Todo apunta a que el gobierno surcoreano ha desempeñado un importante papel en la gestión del encuentro, que parece confirmar a priori la apuesta del primer ministro Moon Jae-in por reanudar el acercamiento diplomático a Pyongyang interrumpido por la administración anterior. Los movimientos chinos son, por otra parte, la variable quizá más interesante—y desconocida hasta la fecha—de este desenlace. La sorpresa de Japón por la aceptación de Trump puede acrecentarse aún más en las próximas semanas. El presidente norteamericano, que se define ante todo como un “deal-maker”, quiere resolver un problema. Pero quizá no sea del todo consciente de que no todas las claves de la solución se encuentran en Pyongyang. Tampoco de que Corea del Norte no constituye el centro de los intereses de Estados Unidos en una Asia que, casi a espaldas de Washington, está construyendo un nuevo orden. (Foto: Travis Vadon, Flickr)