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INTERREGNUM: Asia entre Washington y Pekín. Fernando Delage

Las reuniones multilaterales mantenidas en Asia la semana pasada entre Singapur y Papua Nueva Guinea—ASEAN, ASEAN+3, la Cumbre de Asia Oriental y el foro de Cooperación Económica Asia-Pacífico—han escenificado una vez más las crecientes tensiones entre Estados Unidos y China. Lejos de contribuir a minimizar sus diferencias, los encuentros han contribuido más bien a extenderlas al conjunto de la región.

La ausencia de Trump no lanza quizá el mensaje más conveniente para los intereses norteamericanos. Tampoco ayuda el mantenimiento de la retórica de confrontación: ha sido el vicepresidente de Estados Unidos, Mike Pence, quien ha defendido una política comercial unilateralista y el rechazo de todo intento revisionista del orden regional. Pence acusó a China de intentar crear una dependencia económica y financiera de las naciones participantes en sus proyectos de infraestructuras, y de alterar la estabilidad asiática a través de sus acciones en el mar de China Meridional, que calificó como “ilegales y peligrosas”, además de “amenazar la soberanía de muchas naciones y poner en riesgo la prosperidad del mundo”. Utilizando palabras similares a las empleadas en su discurso en el Hudson Institute a principios de octubre, añadió: “China se ha aprovechado de Estados Unidos durante muchos, muchos años y esos días se han acabado”. Washington, concluyó, “no abandonará su política hasta que China cambie su comportamiento”.

Como cabía esperar, los líderes chinos acusaron por su parte a Estados Unidos de promover el proteccionismo comercial y asumir una estrategia unilateralista y de enfrentamiento en defensa de sus intereses más estrechos. En una nada velada descripción realizada durante su intervención en la cumbre de APEC, el presidente Xi Jinping calificó a Estados Unidos como una amenaza a la paz y seguridad regional, mientras presentó a China como un socio indispensable para el desarrollo y la estabilidad de Asia. El primer ministro Li Keqiang insistió entretanto en Singapur en la conveniencia de acelerar la negociación del acuerdo de Asociación Económica Regional Integral (RCEP en sus siglas en inglés), en el que participan numerosos socios y aliados de Estados Unidos, en defensa del libre comercio y de una estructura multilateral basada en reglas.

Estados Unidos y China no sólo ofrecen por tanto esquemas opuestos sobre el futuro del Indo-Pacífico, sino que compiten de manera directa por atraerse a los Estados de la región. China necesita a sus vecinos para evitar una nueva guerra fría, pero sus incentivos económicos no bastan para ganarse la complicidad de unas naciones preocupadas por su expansión marítima y por la deuda que les puede suponer el proyecto de la Ruta de la Seda. Pero justamente cuando China ha pasado a una fase de mayor asertividad, Estados Unidos ha optado por desmantelar los pilares de su primacía en Asia de las últimas décadas: su hostilidad al libre comercio y la desconfianza en las alianzas extienden las dudas sobre el compromiso norteamericano con la región, una impresión que se ha visto acentuada por la decisión del presidente Trump de no acudir a las reuniones multilaterales de este año.

Nadie cree a los dirigentes chinos cuando éstos dicen carecer de ambiciones geopolíticas. Pero a nadie se le oculta tampoco la contradicción entre la retórica norteamericana y la rápida reconfiguración del orden regional sobre el terreno. Cuando Trump y Xi se encuentren en Buenos Aires a finales de mes en la cumbre del G20, su agenda no podrá centrarse tan sólo en cómo evitar una abierta guerra comercial. La orientación estratégica futura de la región está igualmente en juego.

Vane

Nuevos malos vientos

Aunque desde cierto segundo plano, las palabras y las acusaciones van ganando grosor entre Estados Unidos y China. Más desde Washington, porque Pekín hace tiempo que ha entendido que presentar una cara aparentemente amable y suave mientras mueve piezas y avanza posiciones (mano de hierro en guante de seda) es una buena propaganda frente a un Trump bocazas enfrentado a tantos medios de comunicación.

Todo parece encaminarse a una guerra comercial dura mientras ambos países refuerzan sus posiciones militares marítimas en un despliegue continuo desde hace una década por China y una lenta pero clara reacción de Estados Unidos.

En ese marco, el conflicto con Corea del Norte está bloqueado tras el publicitado encuentro de Singapur. Y, lo que es peor para Corea del Norte, ya no ocupa el principal protagonismo ni la mayoría de las portadas de los medios de comunicación occidentales que presionaban a Estados Unidos y a los gobiernos democráticos.

Tal vez por eso, Kim Jong-un anunció hace unos días el ensayo de una nueva arma táctica ultramoderna, en lo que parece una vuelta a las amenazas apocalípticas para llamar la atención sobre la falta de avances y las escasas concesiones de Estados Unidos hasta que Corea del Norte dé pasos significativos en el proceso de desnuclearización comprometido en Singapur.

El clima se va enrareciendo sin que parezca dársele importancia en los grandes foros, eternamente confiados en que nada es grave hasta que salta por los aires. Pero todos los grandes conflictos comienzan así.

Mala época en la que los viejos nacionalismos expansivos encuentran enfrente reflejos proteccionistas, de repliegue y de imitación emocional para conquistas o conservar el poder. (Foto: Toby Cresswell, Flickr.com)

Sri Lanka

INTERREGNUM: China en el subcontinente indio. Fernando Delage

Mientras  la administración Trump continúa revelando gradualmente los elementos de una estrategia de contención de China, y se multiplican por otra parte las críticas en medio mundo a la “trampa de la deuda” que puede suponer la Nueva Ruta de la Seda para los países participantes, Pekín no echa el freno en su proactivismo diplomático. Pakistán y Sri Lanka son los dos ejemplos más recientes de la rapidez con que está cambiando la geopolítica regional.

El nuevo primer ministro paquistaní, Imran Khan, visitó China del 2 al 5 de noviembre. En Pekín mantuvo su primer encuentro con el presidente Xi Jinping, y en Shanghai fue el invitado de honor de la primera “China International Import Expo”, a la que asistió acompañado por docenas de empresarios. Las importaciones paquistaníes de la República Popular ascienden a 14.500 millones de dólares, mientras que sus exportaciones a China apenas alcanzan los 2.000 millones de dólares. Pero aunque el desequilibro comercial sea gigantesco, no es en este terreno donde se encuentran las claves de la relación bilateral.

Tras conseguir una importante ayuda financiera de Arabia Saudí, país que ha visitado dos veces en cinco semanas, Khan ha optado por no denunciar el “affaire Khashoggi”, lo que supone alinearse con Riad frente a su rival iraní. No es sin embargo apoyo suficiente dadas las dificultades crónicas de la economía paquistaní y el creciente volumen de su deuda externa. La República Popular es una apuesta mayor, especialmente cuando en 2018 vencen préstamos chinos que Islamabad tiene que devolver por importe de 2.700 millones de dólares. La estabilidad de Pakistán es fundamental para el éxito de la Ruta de la Seda china—el Corredor Económico China-Pakistán es uno de sus ejes centrales—, de ahí que las necesidades de Khan maximicen las oportunidades de Pekín para reforzar su influencia estratégica en Asia meridional (cuando Trump busca por su parte un mayor acercamiento a India).

La competencia entre las grandes potencias puede observarse asimismo en la crisis constitucional que atraviesa Sri Lanka. El 26 de octubre, el presidente Maithripala Sirisena suspendió el Parlamento y destituyó al primer ministro, Ranil Wickremesinghe, para sustituirlo por Mahindra Rajapaksa, quien fue presidente del país de 2005 a 2015. La inclinación prochina de este último fue considerada como una de las razones del cambio de gobierno hace tres años. Sólo puede especularse de momento sobre si Pekín ha recuperado su margen de maniobra, pero  el gobierno chino envió con rapidez un enviado especial del primer ministro Li Keqiang para felicitar a Rajapaksa.

Fue Rajapaksa quien, en 2007, firmó un contrato con un consorcio de empresas china para construir—por 1.000 millones de dólares—un nuevo puerto Hambantota. Con posterioridad su gobierno ofreció a China una zona exclusiva de inversión colindante con el mayor puerto del país en Colombo, una de cuyas terminales sería adjudicada a firmas chinas en 2010. El proyecto se extendería en 2013, formando así parte de la Ruta de la Seda marítima, y año en que empresas chinas se hicieron asimismo con el contrato de la primera línea ferroviaria en construirse en la isla en un siglo. La deuda asumida por las autoridades obligó a estas últimas a ceder el puerto a China por 99 años.

Esta presencia de Pekín inquieta a India dados sus estrechos vínculos políticos, económicos, militares y culturales con Sri Lanka. La irrupción de un submarino chino en el puerto de Colombo en 2014 fue una señal de alarma sobre la proyección china en lo que Delhi considera como su esfera natural de influencia. Pakistán es el factor de mayor peso en su rivalidad estratégica, pero los dos gigantes compiten igualmente por sus relaciones con otros países del subcontinente, como Bangladesh, Nepal o las Maldivas, donde—en contra de lo esperado—el presidente Abdulla Yameen, considerado como favorable a China, perdió las elecciones celebradas el pasado mes de septiembre. (Foto: Brett Davies, Flickr.com)

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INTERREGNUM. Trump acerca a China y Japón. Fernando Delage

La semana pasada, por primera vez en siete años, un primer ministro japonés realizó una visita bilateral a China (en en el terreno multilateral, Abe asistió a la cumbre de APEC en Pekín en 2014). Y se espera asimismo que el presidente chino, Xi Jinping, viaje a Japón el año próximo. ¿Significan estos encuentros una vuelta a la normalidad en las relaciones entre la segunda y tercera mayores economías del planeta?

El cambio en la posición relativa de poder entre ambos vecinos desde 2010—cuando el PIB chino superó al de Japón—y las reclamaciones chinas de soberanía sobre las islas Senkaku—acentuadas después de que en 2012 Tokio nacionalizara las mismas—, abrieron un periodo de crisis de difícil resolución. Las inversiones japonesas en la República Popular se redujeron de manera notable entre 2013 y 2015 para recuperarse desde el año pasado, pero China continuó siendo el mayor socio comercial de Japón (sus intercambios bilaterales suman 300.000 millones de dólares al año, un tercio más que el comercio Japón-Estados Unidos).

Aunque Japón es el único de los principales aliados norteamericanos que sigue sin pertenecer al Banco Asiático de Inversiones en Infraestructuras, y recibió con considerables reservas el anuncio de la iniciativa de la Nueva Ruta de la Seda china, con el tiempo entendió que no podía rechazar las oportunidades que el proyecto representaba para sus empresas. De ahí que, sin apoyarlo oficialmente, decidiera permitir la participación de firmas japonesas, siempre que se respetaran ciertas exigencias normativas. Al mismo tiempo, Japón optó por competir directamente con China, ofreciendo una iniciativa propia de desarrollo de infraestructuras de calidad—para las que ofreció un fondo de 100.000 millones de dólares—, y articulando—de manera conjunta con India—el Corredor Económico Asia-África. Frente a la Ruta de la Seda china, Japón ofrecía un esquema alternativo bajo la denominación de un “Indo-Pacífico Libre y Abierto”.

Las políticas de Donald Trump están facilitando, sin embargo, las bases para un nuevo acercamiento entre China y Japón. El aumento de las tensiones con Washington conduce a Pekín a buscar una relación estable con Tokio. Japón, por su parte, también sujeto a las amenazas de sanciones por la administración norteamericana—y preocupado por el acercamiento de Trump al líder norcoreano—se encuentra con una oportunidad para reforzar los intereses económicos compartidos con China, entre los que se incluyen avanzar en la negociación de la Asociación Económica Regional Integral (RCEP) con los países de la ASEAN, y dar un nuevo impulso al acuerdo de libre comercio entre ambos y Corea del Sur.

Se trata de un complejo desafío para el primer ministro japonés, Shinzo Abe. El contexto estratégico de fondo no va a cambiar: el cambio es estructural, y el diferencial de poder económico y militar con la República Popular continuará agrandándose. Abe tampoco puede alinearse con China contra Trump. Pero mientras intenta mantener el equilibrio en el triángulo estratégico formado por estas tres potencias, lo complementa ampliando el terreno de juego.

No casual, por ello, que nada más volver de Pekín haya recibido en Tokio a su homólogo indio, Narendra Modo. O que, el 1 de noviembre, Japón e India comiencen sus primeros ejercicios militares conjuntos, que se prolongarán durante 14 días, en el noreste indio. Maniobras que se suman a su vez a las realizadas recientemente por 100 soldados japonesas—con sus vehículos blindados incluidos—con tropas norteamericanas en Filipinas. Hace un par de semanas, Abe también recibió en a los líderes de Camboya, Laos, Myanmar, Tailandia y Vietnam. La cumbre Japón-Mekong mostró la preocupación de los participantes por la libertad de navegación en el mar de China Meridional y la militarización de las islas por parte de Pekín. El proactivismo diplomático japonés carece de precedente, pero resulta paradójico que sea su aliado norteamericano, y no sólo China, quien lo está provocando. (Foto: Leo Eberts, flickr.com)

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INTERREGNUM: Pence advierte a Pekín. Fernando Delage

Una semana más, Washington ha seguido alimentando las tensiones con Pekín. Esta vez ha sido el vicepresidente, Mike Pence, quien en un discurso pronunciado en el Hudson Institute el pasado jueves acusó a China de recurrir a sus capacidades militares, sus espías, su poder económico y su aparato de propaganda para debilitar la posición global de Estados Unidos e interferir en su vida política interna. Estados Unidos, dijo Pence, miró durante mucho tiempo hacia otro lado. “Esos días se han acabado”, añadió.

El vicepresidente ha repetido pues las denuncias realizadas por Trump sólo unos días antes en las Naciones Unidas. Su mensaje es una nueva confirmación de un consenso norteamericano a favor de una política de confrontación con la República Popular. Según se ha filtrado a los medios, Washington planea una ofensiva en toda regla contra China, cuyos elementos se irán dando a conocer en los próximos meses. La percepción de Estados Unidos es que China es un rival implacable, decidido a dominar la economía mundial y las industrias tecnológicas. Pekín interpreta en consecuencia los movimientos de Trump como dirigidos a obstaculizar y frenar su ascenso como potencia.

Si hace sólo unos meses los dirigentes chinos podían aún mantener algunas dudas sobre las intenciones del presidente norteamericano, las últimas sanciones comerciales y la escalada retórica de Washington son vistas como anticipación de una relación competitiva en todas las esferas.

Dos asuntos que revelan ese giro son Taiwán y el mar de China Meridional. Pence denunció las maniobras chinas que han conducido a tres repúblicas latinoamericanas—Panamá, República Dominicana y El Salvador—a romper sus relaciones diplomáticas con Taipei para reconocer al gobierno de Pekín. Washington ha llamado incluso a consultas a sus embajadores en estos países, en un gesto sin precedente que revela su inquietud por la creciente influencia china lejos de Asia.

Por otra parte, el 29 de septiembre un destructor norteamericano, el USS Decatur, tuvo que desviar su curso de navegación para evitar el choque con un buque de la armada china que le acosaba en Gaven Reef, en el mar de China Meridional. El incidente es otra preocupante muestra del aumento de las tensiones bilaterales, al añadir la dimensión militar al conflicto comercial.

No es la primera vez que las fuerzas chinas intentan alejar a buques norteamericanos de aguas que considera pertenecientes a su soberanía, pero nunca se había estado tan cerca de una colisión: apenas 40 metros. La administración Trump ha anunciado que no abandonará—sino que por el contrario reforzará—sus operaciones de libertad de navegación en este espacio marítimo.

Pekín ha cancelado por su parte una reunión que debía celebrarse a finales de mes con el secretario de Defensa de Estados Unidos, Jim Mattis, y ha rechazado la petición de un buque de la marina norteamericana de hacer escala en Hong Kong. Cada nuevo incidente muestra la determinación con que actúa China, lo que a su vez afecta a la percepción de debilidad de Estados Unidos entre sus aliados en la región.

Trump no acudirá este año a las cumbres de APEC y de ASEAN+3, por lo que no podrá verse con su homólogo chino, Xi Jinping, hasta la cumbre del G20 en Buenos Aires el 30 de noviembre. Sólo un encuentro al máximo nivel permitiría un esfuerzo conjunto por reducir la tensión. Pero quizá ésta resulta inevitable ante el cambio que se ha producido en la distribución de poder entre ambos gigantes. (Foto: Brian Crawford, Flickr.com)

Derechos humanos

Cinco consecuencias de la salida de EEUU del Consejo de Derechos Humanos de la ONU. Nieves C. Pérez Rodríguez

Washington.- La semana pasada transcurrió en los Estados Unidos con el foco puesto en los derechos humanos. Por un lado, los extensos informes hechos por los medios de comunicación sobre las innecesarias separaciones de niños de sus padres en las fronteras, producto de una “política de máxima presión” impuesta por la Administración Trump, que busca controlar y contener las enormes oleadas de inmigrantes centroamericanos que están llegando cada día a territorio estadounidense. Y, por otro lado, la salida de Estados Unidos del Consejo de Derechos Humanos de la ONU, con una extensa y sensata explicación hecha por la embajadora estadounidense ante Naciones Unidas -Nikki Haley- con el espaldarazo del Secretario de Estado -Mike Pompeo- (quien estuvo a su lado), para que no quedará ninguna duda de que es una política de la Administración, en la que están totalmente coordinados.

La Comisión de Derechos Humanos hasta 2006, fue renombrada como Consejo de Derechos Humanos, en una búsqueda desesperada de cambiar la imagen y las críticas a sus miembros, quienes, en su mayoría no podían garantizar estos derechos en sus propios países de origen. A la vez, la misma ONU ha sido criticada por su disfuncionalidad y espléndidos presupuestos que se evaporan en una gran cantidad de gastos administrativos, que no dejan de ser vitales para su funcionamiento. Como buena organización supraestatal, la gestión es compleja y la burocracia probablemente su mayor debilidad. Son muchos los que cuestionan el mero hecho de su existencia, pues Naciones Unidas fue creada después de la II Guerra Mundial con un imperante deseo de paz y estabilidad mundial, que respondió a ese momento histórico, pero que en un escenario totalmente diferente a día de no tiene razón de existir. Sin embargo, no hay que olvidar que ha sido el foro donde se han podido sentar todas las líneas políticas e ideológicas, aliadas o enemigas, y ha sido un verdadero freno de conflictos que en mayor o menor medida impone respeto ante tiranos opresores.

En la página oficial del Departamento de Estado están definidos los derechos humanos como parte fundamental de la concepción del Estado estadounidense, desde el momento de su creación hace más de 200 años, así como también precisa que son el centro de la política exterior de este país, tal y como figuran en la Declaración Universal de los Derechos Humanos, suscrita por Washington. Ahora bien, ¿cuáles son las consecuencias de que el país más poderoso del planeta se retire de la Comisión de Derechos Humanos?:

  1. The Guardian afirmaba que la salida de Estados Unidos de la Comisión de Derechos Humanos es un gran regalo para Xi Jinping pues China está encantada de llenar el vacío dejado por Washington y convertirse en el líder de dicha comisión. Y, desde dentro, emprender un proceso de redefinición de los derechos humanos a lo chino.

  1. Después de la Cumbre de Singapur, si realmente se comienza un proceso de negociación, los derechos humanos constituyen un punto que irá paralelo a la desnuclearización. ¿Como podrá Estados Unidos presionar a Pyongyang si no tiene la estructura de apoyo, como el Consejo de Derechos Humanos, y las organizaciones encargadas de evaluar el estado de los derechos humanos en Corea del Norte?

  1. Rusia ahora está aspirando a entrar a formar parte del Consejo. A finales de la semana pasada, el Moscow Times publicaba un artículo que explícitamente expresaba que Moscú aspira a llenar la silla dejada por Washington. Con la presencia de Rusia y China, la lectura de los derechos humanos podría cambiar completamente de tono. Además de que los grandes explotadores de estos derechos no serían ni tan siquiera cuestionados.

  1. Filipinas y su presidente -Rodrigo Dutarte-, cuya campaña más emblemática contra las drogas a elevado a miles el número de homicidio de parte de policías y otros grupos políticos que violan los derechos humanos de sus ciudadanos. Dutarte ha expresado en varias ocasiones que buscará un acercamiento con China, a la que Estados Unidos debería replicar haciendo uso de las estrechas relaciones entre ambas naciones durante décadas. Si Manila se acerca a Beijing, Washington perdería influencia regional pero también control sobre la lucha contra “Abu Sayyaf”, un grupo islámico separatista asentado en el sur, que se creó con dinero proveniente de Osama Bin Laden.

  1. La soledad de los aliados. Con el aislacionismo de Washington, los aliados entran en una situación vulnerable al estar rodeados de peligros de los que solos tal vez no son capaces de afrontar. Podrían verse presionados a rendirse a los deseos de los más fuertes. Por ejemplo, Japón, cada día se encuentra más aislado en Asia con un Beijing más fuerte y un Moscú con mucho afán de protagonismo a pocos kilómetros de sus fronteras

Trump ha redefinido claramente la agenda y la política exterior. Primero fue la salida del Acuerdo de París, al que Xi Jinping no perdió ocasión de demostrar que él estaba encantado en liderar y con ello llenar más espacio internacional. El acuerdo de Siria es otro ejemplo de ausentarse de un foro por no considerarlo la salida correcta, en vez de presionar desde dentro hacia un acuerdo más deseado. Y ahora la salida del Consejo de Derechos Humanos, que marca un momento en la historia, pues es el primer país en hacerlo.

El problema de no estar presente es que no se puede usar la diplomacia como un mecanismo disuasorio. El no participar puede, no sólo aislar a Washington, sino hacerle perder influencia internacional o regional. El estar ausente deja un vacío de liderazgo, que hasta hace poco asumía Estados Unidos, en manos de Rusia y/o China, quienes tienen un gran deseo de ostentarlo e influir libremente en la comunidad internacional sin tantos cuestionamientos, que les frenan a sus ambiciones económicas y de poder. (Foto: Dave McFarlane, Flickr)

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China y la seducción de Siracusa. Miguel Ors Villarejo

Durante el coloquio que cerró la jornada ¿Planeta China?, uno de los asistentes planteó si las críticas occidentales a la República Popular no eran fruto de la envidia, porque había dado con un régimen más eficiente que nuestras democracias. La pregunta trasluce una admiración por las dictaduras que muchos ingenuos creían erradicada tras la caída del Muro de Berlín, pero que rebrota periódicamente y que hasta tiene nombre: la seducción de Siracusa.

La expresión la acuñó Mark Lilla y hace referencia al intento de instaurar un gobierno de reyes filósofos en la Siracusa de Dionisio el Joven. Animado por un antiguo alumno de su Academia, Platón se desplazó a la isla para comprobar si el tirano era una especie distinta de mandatario, dispuesto a constreñir su poder a los límites de la razón y la justicia. El experimento fue un fracaso y, aunque Platón renunció en cuanto se dio cuenta de que su contratación había sido una mera operación de imagen, el episodio ha quedado para la posteridad como el primer ejemplo documentado de la fascinación que los déspotas ejercen en los intelectuales.

La historia reciente de Europa está llena de eminentes figuras que, a diferencia de Platón, no tuvieron inconveniente en servir a modernos Dionisios. “Sus historias son infames”, escribe Lilla: “Martin Heidegger y Carl Schmitt en la Alemania nazi; Georgy Lukács en Hungría; quizá algún otro. Muchos, sin correr grandes riesgos, se adhirieron a los partidos fascista y comunista a ambos lados del Muro de Berlín […]. Un número sorprendentemente alto peregrinó a las nuevas Siracusas: Moscú, Berlín, Hanói o La Habana. Como observadores, coreografiaban cuidadosamente sus viajes […], siempre con billete de ida y vuelta”, y nos transmitían su rendida admiración por las granjas colectivas, las fábricas de tractores, las plantaciones de caña de azúcar o las escuelas, “aunque por una u otra razón nunca visitaban las cárceles”.

Como ahora ocurre con los propagandistas de la Venezuela de Maduro, este tipo de pensador visita Siracusa sobre todo con la imaginación, confortablemente parapetado tras el escritorio de la Complutense o el chalet de Galapagar, mientras despliega sus “interesantes y a veces brillantes teorías” para justificar los sufrimientos de personas a las que nunca mirará a los ojos. ¿En qué momento se volvió aceptable argumentar que el despotismo es “algo bueno, incluso hermoso”?

En su ensayo, Lilla repasa distintas explicaciones. Isaiah Berlin responsabiliza a la Ilustración. Los philosophes estaban convencidos de que los problemas sociales, como los físicos y los matemáticos, tenían una y solo una solución, y sus émulos de los siglos XIX y XX se dedicaron a encajar la realidad a martillazos en ella. Jacob Telman opina, por el contrario, que el fanatismo comunista o fascista poco tiene que ver con la razón y es más bien fruto de la conversión de la ideología en una nueva religión.

Raymond Aron, por su parte, culpa a la arrogancia de los académicos, que, a raíz del escándalo Dreyfus, abandonaron su ámbito natural (la investigación) para enseñar a sus ignaros compatriotas cómo debían gobernarse. Pero Jürgen Habermas advierte, con no poco fundamento, que eso pudo ser verdad en Francia, pero que en Alemania pasó lo contrario: la retirada de los académicos a su torre de marfil facilitó el auge de Hitler.

Después de esta recapitulación, Lilla ofrece su propia tesis y observa que lo más llamativo de Dionisio es que era un filósofo. Como enseña Platón, la curiosidad supone la superación de la condición animal y se concreta en un ansia por “procrear en lo bello” que lleva a unos a convertirse en poetas y a otros a interesarse por “el buen orden de ciudades y familias”. Es un impulso loable, pero que requiere, como todos, templanza. “El filósofo”, dice Lilla, “conoce la locura del amor, del amor a la sabiduría, pero no puede entregarle su alma; siempre conserva el control”.

Por desgracia, ese no es siempre el caso. Muchos intelectuales se lanzan a la arena “abrasados por las ideas”. “Se consideran a sí mismos independientes, cuando en realidad se dejan llevar como borregos por sus demonios interiores”. En eso consiste la seducción de Siracusa: en una inercia que te arrastra detrás de algún ideal.

Resistir esa atracción no es fácil. Las promesas brillantes de la utopía contrastan con el espectáculo gris de nuestras democracias imperfectas, sujetas a crisis recurrentes e incapaces de alcanzar un equilibrio aceptable para todos. Vivimos en una añoranza constante del “buen orden de ciudades y familias” y esa ansiedad nos hace vulnerables a los encantos de cualquier desaprensivo.

No es envidia lo que el éxito de China nos inspira a sus críticos. Es más bien miedo.

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Las claves detrás de la Cumbre de Singapur. Nieves C. Pérez Rodríguez

Washington.- Nos acercamos al gran día, al día del encuentro que ninguno de los protagonistas daba por posible tan sólo unos meses atrás, dada la tensa situación histórica que ha caracterizado las relaciones bilaterales entre Corea del Norte y Estados Unidos. Aún más, agravadas por las ofensas y amenazas de Trump y los lanzamientos de misiles de Kim Jong-un. Pero, contra todo pronóstico, el gran encuentro tendrá lugar en Singapur bajo la mirada expectante de todo el planeta.

El Secretario de Estado Mike Pompeo explicaba en rueda de prensa, que el presidente Trump está yendo al encuentro con esperanza, pero también cauto, y no aceptará un acuerdo que no sea beneficioso para los Estados Unidos. La desnuclearización total de la península coreana es el objetivo final. Así mismo, afirmaba que durante meses el líder estadounidense ha recibido diariamente briefing de expertos sobre la situación norcoreana, sus antecedentes históricos y su capacidad militar, por lo que confía que el encuentro irá bien, pues Trump está preparado para ello. El mismo Trump afirmó en el marco de la visita del primer ministro japonés a Washington, que su Administración hará lo que ninguna anterior hizo en este respecto, mientras que le dejaba saber a Kim que estaría invitado a la Casa Blanca de portarse bien con él.

Mientras tanto, Abe enfatizaba que Japón está dispuesto a establecer relaciones con Corea del Norte en alineamiento total con Estados Unidos, como quien intenta salvar su vulnerabilidad y posible soledad en la región.

Ahora bien, ¿cuáles son los posibles escenarios de esta cumbre? Lo más importante, a priori, la foto. La actitud corporal de ambos líderes en la foto será clave para leer entre líneas hacia donde iremos. Si solo hay un apretón de manos protocolar con caras serias, significará que la reunión no fue tan bien como Trump esperaba, y en cuyo caso la posibilidad de llegar a un acuerdo es casi nula. La segunda posible foto, en la que se intercambie algún gesto amistoso, como un abrazo, indicará un potencial acuerdo, o al menos que hay disposición en ambos líderes de llegar a un arreglo que acabe en una hoja de ruta a la salida. Y la tercera pose sería entre risas, que demostraría la empatía entre ambos líderes y el deseo de encontrar una solución a la crisis coreana.

Las palabras de Trump post-meeting. Otra lectura esencial de la cumbre. Si Trump aparece circunspecto y con un vocabulario más formal, el gran ganador del encuentro habría sido Kim, quien habría conseguido sentarse con un presidente estadounidense a conversar y su liderazgo habrá cambiado por completo, mientras que Trump sería el perdedor, el que puso todo en el asador a cambio de nada. No obstante, él le daría la vuelta y lo vendería como que fue él el primer presidente que realmente ha tenido el deseo de resolver el conflicto. Si, en cambio, las palabras de Trump son más bien cordiales, indicando que Kim amablemente está dispuesto a negociar el desarme nuclear, estaremos algunos encaminados a trabajar por algo. Pero si sus palabras son más bien de un maravilloso encuentro, o gran encuentro, muy en su tónica, la lectura es que entre ambos líderes hubo gran empatía, que conociendo la trayectoria de los personajes, sería muy positivo para poder alcanzar alguna especie de fórmula de no agresión y congelamiento del arsenal nuclear y misilístico norcoreano.

En cualquier escenario, el gran ganador de la cumbre antes de llevarse a cabo es  Kim Jong-un. Su status político ha cambiado radicalmente y ahora son muchos los líderes internacionales que quieren encontrarse con él. Asimismo, el deseo político de imponer sanciones a Pyongyang está prácticamente desaparecido por ahora. China, por ejemplo, no está imponiendo ahora mismo las sanciones; de hecho, hay indicadores de que marisco norcoreano está llegando a puertos chinos y que buques chinos están despachando combustible a Corea del Norte. Desde Washington, los ejercicios militares que estaban pautados han sido retrasados para complacer a Kim. El mismo Trump ha reconocido que no están imponiendo la presión máxima a Pyongyang como gesto diplomático previo al encuentro. Y Washington ha dejado claro que no tiene interés en el modelo de Libia. Kim ha ganado aceptación internacional y legitimado su liderazgo. Es muy posible que después del encuentro Kim Jong-un sea invitado a la Asamblea General de Naciones Unidas en otoño. Así como es muy probable que, de ir bien, Trump le invite a la Casa Blanca.

Trump no ha conseguido nada políticamente, su determinación de imponer aranceles a los aliados lo ha puesto en una posición un tanto solitaria en el mundo. Por lo que Corea del Norte es clave, su disposición de solucionar la gran amenaza del Pacífico le ha favorecido políticamente y le ha dado una especie de salvoconducto frente a occidente y sus aliados históricos, quienes se han sentido realmente golpeados por las duras acusaciones de Trump y la desolada manera de comprender el mundo. (Foto: Cooperholoweski, Flickr)

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INTERREGNUM. Declaración de hostilidad—por duplicado. Fernando Delage

“Es mucho peor que un crimen; es una estupidez”. Resulta inevitable evocar la célebre frase de Talleyrand, con la que describió la ejecución de un duque borbónico por Napoleón, al comentar el doble error cometido la semana pasada por el presidente de Estados Unidos, Donald J. Trump.

El abandono del pacto nuclear con Irán coloca a Estados Unidos en compañía de Israel y Arabia Saudí—singulares compañeros de cama los dos últimos en este caso—, y en contra de sus aliados europeos y del resto de la comunidad internacional. Es probable que Trump no sepa quién fue Mossadeq, ni conozca el papel de la CIA en su derrocamiento en 1951; un incidente fundacional del nacionalismo iraní contemporáneo. Pero también parece ignorar las consecuencias de despreciar los principios del realismo político, como ocurrió con la más reciente e irresponsable invasión de Irak en 2003. Si lo que se pretende es facilitar el camino a una guerra en Oriente Próximo, y propiciar así el cambio del régimen iraní—objetivo ilusorio—, sabremos quién desencadenó los acontecimientos.

De momento, Trump ha hecho añicos la credibilidad norteamericana, ya dañada por su discurso antimultilateralista, su retirada del acuerdo sobre cambio climático de París y su irracional marcha atrás con respecto al Acuerdo Transpacífico (TPP). Su declaración de hostilidad a Teherán no sólo no contribuirá a prevenir una mayor influencia de Irán en el equilibrio de poder regional, sino que aumenta el riesgo de proliferación nuclear, y crea una grave ruptura estratégica con el Viejo Continente. A efectos de esta columna, hay que preguntarse por lo demás si es así como Trump espera convencer a Kim Jong-un de que abandone sus capacidades nucleares.

Por si el anuncio del presidente no fuera suficiente para dañar la estabilidad internacional, además de declarar la guerra diplomática a Irán, Estados Unidos se ha planteado asimismo declarar la guerra comercial a China. Washington exige a Pekín que reduzca su superávit bilateral en 100.000 millones de dólares antes del 1 de junio de 2019, y otros 100.000 millones antes de la misma fecha de 2020. No sólo resulta ridículo pensar que el gobierno chino pueda conseguir ese resultado, sino que, por sus efectos para países terceros, los daños pueden ser considerables para la economía mundial. Estados Unidos no sólo violaría normas multilaterales—es conocida la opinión de Trump sobre la OMC—sino abriría paso a una peligrosa dinámica política, por no hablar del impacto para sus propios intereses económicos de las medidas de represalia que adoptará Pekín. ¿Es humillando a China, otro país profundamente nacionalista como Irán, como la Casa Blanca cree que va a defender sus objetivos nacionales?

Mayo de 2018 podrá pasar a la historia como el momento que confirmó un cambio radical en la relación de Estados Unidos con el mundo exterior; la fecha en que se quebró Occidente como comunidad política y se aceleró el proceso de redistribución del poder global. Enfrentarse a un mismo tiempo a Irán, a China y a las democracias europeas no parece tener mucho sentido estratégico. Es cierto que en 2020 o—en el peor de los casos—en 2024, Trump desaparecerá de la escena política. Será tarde quizá para que su sucesor pueda recomponer los platos rotos. (Foto: Kodi Archer, Flickr)

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INTERREGNUM. Abe vuelve a Florida. Fernando Delage

Catorce meses después de su primer encuentro en Mar-a-Lago, el club de golf de Trump en Florida, el presidente norteamericano volvió a recibir la semana pasada, en el mismo lugar, al primer ministro de Japón, Shinzo Abe. La supuesta sintonía personal entre ambos líderes, que también se vieron en Tokio en noviembre, no se ha traducido sin embargo en resultados positivos para Abe. Quizá Trump no ha abandonado su hostilidad antijaponesa de los años ochenta; quizá no entienda la importancia de Tokio como aliado.

La próxima reunión de Trump con Kim Jong-un y su política comercial han complicado en gran manera la agenda bilateral. En ambos temas, Abe parece volver con las manos vacías. El anuncio de un encuentro con Kim sorprendió al gobierno japonés: no sólo no se le consultó con carácter previo, sino que la naturaleza impredecible del presidente norteamericano crea la lógica inquietud sobre los términos de la negociación. A petición de Abe, Trump se comprometió a tratar con Kim la cuestión de los nacionales japoneses secuestrados por los servicios de inteligencia norcoreanos. Pero las dudas permanecen sobre las cuestiones de fondo: a Washington le preocupan los misiles intercontinentales de Pyongyang; no los de corto y medio alcance, es decir, los que amenazan de manera directa a Japón. Aceptar con condiciones el estatus nuclear de Corea del Norte—la suspensión de pruebas no es sinónimo de desnuclearización—, podrá empujar a Tokio a considerar su propia opción nuclear. Cualquiera de estos escenarios causará un importante daño a la alianza, obligando a Japón a seguir un camino de mayor independencia estratégica.

Abe esperaba conseguir, por otro lado, una exención a las tarifas al aluminio impuestas por Trump, al igual que otros aliados de Estados Unidos (Canadá, México y Corea del Sur). No lo ha logrado. Según algunas interpretaciones, Washington querría así presionar a Tokio para avanzar en un acuerdo comercial bilateral. Pero no parece que Japón vaya a ceder: su preferencia es un régimen multilateral, como el que ha reconfigurado bajo su liderazgo en forma del Acuerdo Trans-Pacífico a 11. Sólo días antes de su encuentro con Abe, Trump declaró estar dispuesto a considerar su regreso al TPP, pero, minutos después de su primera conversación con el primer ministro japonés en Florida, rechazó por tuit tal posibilidad. Sus formas no ayudarán a obtener la complicidad de su aliado japonés.

Ambas cuestiones, Corea del Norte y comercio, conducen por lo demás a China. La República Popular es el verdadero objetivo de la política comercial de Trump, como es también la clave del equilibrio estratégico del noreste asiático. Que, delante de Abe, el presidente de Estados Unidos elogiara a su homólogo chino, Xi Jinping, fue otro gesto probablemente innecesario. Se desconoce si Trump ha medido las consecuencias de sus actos, pero el abandono de lo que han sido líneas maestras de la política exterior norteamericana durante décadas abre un terreno desconocido: si pierde la confianza de un socio tan estrecho como Japón, los intereses norteamericanos—y no sólo la estabilidad asiática—se verán gravemente perjudicados. (Foto: Stéphane Neckebrock, Flickr)