Bruselas descubre China

La Unión Europea recibirá el próximo 9 de abril a la delegación china para una reunión en la cumbre en Bruselas con la advertencia de que toma nota de que el país asiático es un competidor en todos los terrenos a tener en cuenta.

Como señalan los expertos, Bruselas ha comprendido con cierto retraso en relación con los Estados Unidos, el reto que supone China en el terreno económico, en el tecnológico y en el estratégico, apoyada en un poder interno total, adaptado sin filtros a sus intereses nacionales y su gobierno autoritario y con un pragmatismo sin muchos escrúpulos.

Pero ahora falta que, de ese descubrimiento estratégico se deriven decisiones políticas, lo más coordinadas posibles, para hacer frente a ese reto. Hay que recordar que en Europa hay países con intereses y perspectivas comerciales distintas en relación con China y que, a la vez, este país posee una importante cantidad de títulos de deuda de países europeos que aumentó en los años de la crisis. Para definir su política, la Unión Europea debe tener en cuenta estos elementos con los que China ha jugado, juega y jugará como elementos de presión y de división.

 El desafío chino pondrá también sobre la mesa las vulnerabilidades europeas. Los críticos al erróneo y anticuado proteccionismo de la Administración Trump tendrán que reconocer que la UE es ya proteccionista en numerosas áreas económicas en teórica defensa de sus intereses y que algunas de las peticiones de medidas contra China discurren por la vía de impulsar un nacionalismo europeo poco definido y mas populista que efectivo.

Y también quedarán al descubierto las dificultades para adaptar una barrera cohesionada frente a la tecnología china capaz de competir en precios, penetrar las redes de las sociedades abiertas como mecanismos para competir, controlar y  obtener ventajas comerciales y de seguridad estratégicas, y seguir poniendo piezas en el tablero mundial en detrimento de las sociedades de mayos bienestar.

THE ASIAN DOOR: Ser mujer en China. Águeda Parra

La condición de la mujer en la sociedad china actual requiere de una retrospectiva hacia el pasado que aporte una visión histórica necesaria para comprender cómo ha evolucionado el rol de la mujer en el tiempo y cuál ha sido el papel que ha desempeñado. En una sociedad milenaria que durante siglos ha estado estructurada bajo un sistema imperial, bañado por una filosofía confuciana, son muchos los cambios que hoy debe abordar China para acomodar el papel que ansía desempeñar la mujer china actual.

Un recorrido por algunas de las etapas más destacadas de la historia de China aporta una visión de conjunto de los diferentes hitos que han marcado el papel de la mujer en la sociedad china. En primer lugar, y sin que existan referencias de una tradición similar en ninguna otra sociedad, la mujer china sufrió durante más de diez siglos el vendado de pies. Considerado como un símbolo de estatus social que les hacía parecer más atractivas para el género masculino y asociado incluso a un misticismo erótico, las mujeres chinas comenzaron su calvario del vendado de pies desde la dinastía Song del Norte (960-1127), en una tradición que se mantuvo hasta bien entrado el siglo XX. Todavía es posible encontrar mujeres en las zonas rurales con 80 y 90 años que pueden ofrecer testimonio de la tortura a la que fueron sometidas desde temprana edad, se comenzaba entre los 5 y 7 años, produciendo la rotura de los huesos de las extremidades inferiores que generaban problemas de salud y la imposibilidad de llevar una vida autónoma normal.

En épocas más recientes, encontramos otros momentos en donde la mujer ha desempeñado un papel destacado en la sociedad china. Por una parte, durante la Revolución china, la célebre frase de Mao Tse-Tung indicaba que “Las mujeres sostienen la mitad del cielo, porque con la otra mano sostienen la mitad del mundo”. Con posterioridad, y formando parte de la historia más reciente del país, la mujer china tuvo que afrontar uno de los desafíos sociales más importantes que ha vivido China convirtiéndose en pieza esencial de la sociedad. A partir de 1979, y con el objetivo de generar las condiciones económicas necesarias que permitieran el desarrollo del país, la mujer china asumió servir de instrumento del modelo de planificación familiar que impuso el gobierno chino con la implantación de la política del hijo único. De esta forma, China comenzaba el mayor experimento social de la historia que ha concluido 39 años después con la eliminación de esa política y con el establecimiento de una nueva directiva que permite a las parejas chinas tener un segundo hijo.

Pero la sociedad china avanza, y aunque se pretende dejar atrás antiguas tradiciones, la problemática ahora es cómo hacer frente a una población que disminuye drásticamente y que pone en peligro la recuperación económica de China. La población disminuyó en 2018 por primera vez en 70 años reflejando un cambio de tendencia en el rol que aspira a desempeñar la mujer china en una sociedad moderna. El número de nuevos nacimientos descendió en 2,5 millones, cuando las previsiones del gobierno contemplaban un incremento de la población de 790.000 personas. Una situación que se puede considerar como la actitud de cambio que están impulsando las nuevas generaciones de romper con una etapa en la que la sociedad y el gobierno marcaban el rol que debían asumir las mujeres para pasar a otra en la que son ellas las que reivindican el papel que desean desempeñar.

Teniendo en cuenta apenas unos ejemplos de la situación de la mujer en China, no es extraño que en el Informe de Brecha de Género 2018 que elabora anualmente el World Economic Forum, China se sitúe en el puesto 103 de 149 países que forman la clasificación en esta edición, descendiendo desde la posición 100 de 144 países que ostentaba en 2017. Casi cuatro décadas de política del hijo único han llevado a la sociedad China a situarse última en la clasificación de brecha de género por selección de sexo al nacer, asociado a la realización de esterilizaciones, abortos e hijas abandonadas por la preferencia del hombre frente a la mujer. Esta situación ha llevado a que en China se produzca el mayor desequilibrio mundial de género que asciende a 33 millones de hombres más que mujeres, producto del nacimiento de 87 mujeres frente a 100 hombres, siendo mayor el impacto en las zonas rurales.

No obstante, existen algunos datos positivos que anticipan el cambio que sufrirá la sociedad china en las próximas décadas. Según este informe, las mujeres constituían el 52,5% de los estudiantes universitarios en 2016, eligiendo en un mayor número que los hombres estudiar en el extranjero. Asimismo, la mujer constituye un 43,1% de la fuerza laboral de China en 2017, por encima del objetivo del 40% establecido en el Programa del Desarrollo de la Mujer China (2011-2020). Una proporción que seguramente ascenderá tras la nueva directiva que ha implantado el gobierno chino que persigue prohibir preguntar a las mujeres si desean tener hijos, con multas que podrían ascender hasta los 7.400 dólares para aquellos empleadores y reclutadores que obvien la nueva directiva gubernamental.

Todo parece apuntar a que una ola de empoderamiento femenino está surgiendo en la sociedad china, con una nueva generación de mujeres que se unieron al clamor global de reivindicar el movimiento feminista #MeToo en 2018. Sin embargo, un año después apenas se ha producido seguimiento en el Día Internacional de la Mujer por la rápida acción del gobierno de sofocar este tipo de manifestaciones, lo que no impide que la mujer china esté dando grandes pasos en el rol que aspira a desempeñar en la sociedad actual. (Foto: Film To Live!)

5G el debate más allá de lo tecnológico. Nieves C. Pérez Rodríguez

El desarrollo de la tecnología 5G y su necesaria aplicación despertó un gran debate en el que inicialmente se subestimó la capacidad de China de ir a la velocidad que impone la tecnología y se cuestionó el hecho de que pudiera jugar dentro de las reglas del juego del comercio internacional, así como la injerencia del Estado chino en sus empresas privadas.

Beijing aprendió del gran fracaso a finales de los 90 y principios del 2000, cuando intentaron sin éxito desarrollar la red 3G y perdieron enormes cantidades de dinero. Pero esos diez años los preparó para el momento en que tocó hacerlo la red 5G, de la mano de Huawei -la gigantesca empresa de telecomunicaciones china-.Y, en efecto, pudo conseguirlo gracias al enorme capital que el Estado chino dedicó a tal propósito. Lo que a su vez se traduce en una injusta competencia frente a otros proveedores internacionales de telecomunicaciones, cuya supervivencia es producto de la calidad del servicio que ofrezcan, así como de los beneficios económicos que consigan.

La relación del Estado chino con sus empresas y el Partido Comunista Chino, así como la legislación china que contempla la obligación de estas compañías de facilitar información al Estado de ser solicitada, incomoda mucho a occidente. Durante años, oficiales estadounidenses han insistido en que Huawei puede ser usada por Beijing para espiar o interrumpir comunicaciones, de acuerdo a su conveniencia, lo que es percibido como un grave riesgo para la seguridad nacional de Estados Unidos.

Otra cosa que preocupa a Washington es la penetración y creciente mercado de objetos cotidianos conectados a internet (IoT devices, por su nombre en inglés), que cada día aumentan su demanda, cosas tan comunes como el timbre de casa que está conectado a internet y que al sonar activa la cámara y emite una señal al móvil del propietario de la vivienda en el que aparece un video en tiempo real de quién está en la puerta. O los hornos programables conectados a la red, o los refrigeradores, los sistemas de calefacción o aire acondicionado. La teoría que cuenta con apoyo del Senado estadounidense consiste en que China, como actor estatal, podría aprovechar el acceso a través de equipos, para estar investigando, rastreando todo tipo de actividades.

El gobierno estadounidense ha intentado advertir a sus aliados sobre esta posibilidad y ganar apoyos. De hecho, el grupo de “Five eyes” ha estudiado de cerca la preocupación, pues si algunos de ellos usaran la red 5G de Huawei existiría el riesgo de que la información militar que intercambien pueda ser vista por Beijing. Por lo que Australia se mantiene alineada con Washington. Aunque en las investigaciones hechas por Gran Bretaña, en sus primeras conclusiones preliminares, no encontraron rastro de que en efecto hayan dejado una brecha abierta, mientras  Alemania se mantiene alerta, aunque no cerrada. Y Canadá posiblemente se decante por seguir a Estados Unidos, mientras Nueva Zelanda ha expresado su preocupación de que Huawei y el Estado chino estén colaborando.

Esta inquietud no es exclusiva de la Administración Trump. El intentar encontrar mecanismos que permitan un blindaje contra el espionaje y los ciberataques no es algo que comenzó con la Administración Trump, pues ya Obama sancionó a empresas chinas en respuesta a esta inquietud.

Huawei a todo esto respondía la semana pasada con una demanda contra el gobierno de los Estados Unidos, basada en que los argumentos usados para bloquearlos socavan la competencia en el mercado y no se base en hechos reales. Son precisamente estos argumentos los que han intentado pelear corporaciones estadounidenses en tribunales chinos, en diversas ocasiones, sin ningún éxito. Hasta el punto de que han sido llevados hasta el Congreso estadounidense en busca de mediación, también sin ningún éxito.

Otro elemento que preocupa al gobierno de los Estados Unidos es que “China está en el negocio de exportar autoritarismo”. Pues para nadie es un secreto que la libertad es restringida para sus ciudadanos hasta para la navegación a Internet. Según el Think tank Freedom House, China es el país más agresor de la libertad de internet. Y su modelo empieza a ser exportado, según el reporte anual “Freedom of the net 2018” conducido por el mismo centro de pensamiento.  Tan sólo el año pasado China adiestró funcionarios de 36 países de África, América Latina, Europa del Este y Medio Oriente en tecnología autoritaria para sus respectivos gobiernos, exigiendo que las empresas internacionales acaten sus normas de contenido incluso fuera de China. Lo que se traduce en una nueva forma de propagación de su modelo, asegurándose la fidelidad de esos gobiernos replicando lo que el Partido Comunista Chino ha ido perfeccionando.

Por lo tanto, el negocio del 5G a través de Huawei y ZTE con sus equipos podría garantizar a Beijing el acceso a información de cualquier tipo, en cualquier parte donde estos proveedores tengan presencia. Mientras, el Partido Comunista Chino aprovecha sus relaciones políticas para vender su modelo autoritario a otros líderes que tengan la intención de perpetuarse en el poder, lo que termina siendo el negocio más fructífero para los chinos, ganar a través de la venta de equipos, proveer las redes y entrenar hasta a los políticos. ¿Quiénes  son los que están colonizando el mundo con una discreción exquisita? (Foto: RDGS, Flickr)

INTERREGNUM: Cómo China responde a Trump. Fernando Delage

Al concluir la sesión anual de la Asamblea Popular Nacional, y comenzar formalmente el segundo mandato de Xi Jinping como presidente de la República Popular China, se multiplican las señales sobre un escenario económico y diplomático incierto. El reforzamiento del control del Partido Comunista—elemento central del modelo implantado por Xi desde su llegada al poder—ha contribuido a la desaceleración en curso, al obligar a los gobiernos locales a financiar proyectos de infraestructuras no rentables, al incrementar la deuda de las empresas estatales, al privar de capital al sector privado, o al provocar la desconfianza de los inversores internacionales en el marco regulatorio chino.

El giro de la política de Estados Unidos hacia la República Popular no ha hecho sino agravar los dilemas que afronta Pekín. Las sanciones arancelarias de la administración Trump han debilitado la confianza de los consumidores chinos, y obligado a las empresas multinacionales a considerar el traslado de sus industrias en China a otros países. La denuncia norteamericana de la estrategia de innovación china y, de manera más amplia, el discurso de rivalidad empleado por Washington es un obstáculo añadido a la realización de las ambiciones internacionales de Pekín. Xi Jinping necesita reducir la tensión, para lo que resulta necesario un encuentro personal con el presidente norteamericano. Pero la “singular” reunión de Trump y Kim Jong-un en Hanoi, y las dudas de los líderes chinos sobre la fiabilidad de un compromiso con la actual Casa Blanca, no permiten asegurar de momento que la cumbre del 31 de marzo en Florida vaya a celebrarse.

Naturalmente, Pekín no supedita su estrategia a esta circunstancia. La preocupación es sincera, como reflejan, por ejemplo, los sutiles cambios en el lenguaje. En discursos y documentos oficiales, los líderes chinos ya no describen la situación internacional como un “periodo de oportunidad estratégica”, sino como un “periodo de oportunidad histórica”. La razón cabe atribuirla, según señaló Xi en un discurso ante la Comisión Central Militar el pasado mes de enero, a que “están emergiendo nuevos riesgos, tanto predecibles como impredecibles”. Este ajuste en la percepción de la dinámica internacional ha ido acompañado de un debate interno sobre cómo responder a la transformación de la política china de Estados Unidos.

En los movimientos de Pekín cabe distinguir entre su posición global y la reorientación de su política hacia distintas áreas regionales. Con respecto a la primera, y en contraste con la actitud de Trump hacia los procesos multilaterales, Xi ha redoblado su compromiso con una economía mundial abierta y con la reforma de las instituciones de la gobernanza global. En el frente diplomático regional, Pekín ha hecho un significativo esfuerzo desde hace un año por mejorar sus relaciones con sus vecinos asiáticos—Japón, India y la ASEAN en particular—, así como con Rusia y con la Unión Europea.

El estrechamiento de las relaciones entre Pekín y Moscú, en el terreno militar en especial, se debe en parte, sin duda, a la actitud norteamericana de confrontación hacia la República Popular. Tanto Putin como Xi se sienten cómodos creando una percepción externa de cuasi-alianza entre ambos. El giro de Washington ha acabado con las reticencias chinas a un acercamiento explícito a Moscú. Como también ha motivado un cambio sustancial en su diplomacia hacia Europa. De manera llamativa, en la última cumbre bilateral—julio de 2018—, China renunció a su tradicional exigencia de reconocimiento como economía de mercado y, por primera vez desde 2015, se pudo acordar un comunicado conjunto. Que Pekín haya propuesto adelantar la próxima cumbre anual a abril, es decir, sólo nueve meses después de la anterior, es otra señal del interés de Pekín por hacer fuerza común con Bruselas contra las políticas proteccionistas de Trump. Se espera que Xi visite asimismo París y Roma, en un momento decisivo del debate sobre el futuro de la UE.

Cachemira, un test permanente.

La reciente escaramuza entre India y Pakistán, pone de manifiesto el estrecho margen en el que se mueven los gobiernos pakistaníes, la inestabilidad permanente de Cachemira como contencioso pendiente y altamente explosivo desde la independencia de India y la creación de Pakistán y la creciente dependencia de la estabilidad regional en aquella zona de las políticas china y rusa.

Es difícil que el conflicto se convierta en regla abierta entre dos países que poseen armas nucleares, pero la historia ha demostrado en varias ocasiones que en los conflictos de alta intensidad latente basta a veces un hecho inesperado o un error de cálculo para que se salga de control.

Pakistán se mueve entre la necesidad de reprimir el terrorismo islámico, como ha demostrado la importante operación de la semana pasada, y la de respetar acuerdos y compromisos que, en la práctica le llevan a tolerar ciertas actividades, a partir de las cuales, además, juega algunas de sus armas diplomáticas. Así sucede, por ejemplo, con el talibán y la protección de un sector de ellos en relación con la población pastún.

Tras la agudización del conflicto en Afganistán, Pakistán tuvo que poner buena cara a occidente sin alterar mucho sus relaciones internas de poder y especialmente dentro del ISI, la gran agencia de inteligencia del país, con importantes complicidades con grupos islamistas. Pero el paso del tiempo ha cambiado muchas cosas. China ha estrechado sus lazos con Pakistán y se ha convertido en uno de los grandes inversores en el país que ha ganado importancia estratégica como paso hacia el Asia Central y como ruta de salida hacia el Índico y retaguardia de la flota china hacia occidente. Y Rusia, por su parte, aliado tradicional de India no tiene el menor interés en un conflicto de alta tensión. Y Estados Unidos, por cierto, perdiendo influencia regional y Europa es, apenas, una fuente de negocios con reducida capacidad de presión. (Foto: Richard Weil, Flickr)

INTERREGNUM. La espiral indo-paquistaní. Fernando Delage

Poco cabía esperar del segundo encuentro del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y el líder norcoreano, Kim Jong-un. Al calificar Trump a este último como “un gran líder” que puede proporcionar a su nación “un tremendo futuro”, hay que preguntarse si Washington no ha venido a reconocer de manera tácita el estatus nuclear de Corea del Norte. Las conversaciones han contribuido al menos a rebajar de manera notable la tensión en la península, con la imprevista paradoja de que la Línea de Control que separa, en Cachemira, a dos Estados nucleares—India y Pakistán—ha sustituido a la Zona Desmilitarizada entre las dos Coreas como la frontera más peligrosa de Asia.

Después de que, el 14 de febrero, un terrorista asesinara a más de 40 militares indios en Cachemira, Delhi respondió doce días más tarde con la primera incursión aérea en territorio paquistaní desde la guerra de Bangladesh en 1971. Aunque definió la operación como una “acción preventiva no militar”—su objetivo fue el grupo terrorista Jaish-e-Mohammed—, Pakistán reaccionó de manera inmediata con el envío de sus propios aviones sobre el espacio aéreo indio. ¿Podrá evitarse una nueva escalada? Enemistados desde su independencia, los dos países afrontan la peor crisis en medio siglo, en una espiral que puede escapar con rapidez al control de ambas partes.

Las circunstancias del momento no ayudan a enfriar la hostilidad. India celebra semanas elecciones generales en pocas semanas, y aunque el primer ministro, Narendra Modi, se encuentra con una oportunidad para asegurarse la reelección mediante una línea de firmeza, puede verse asimismo involucrado en un conflicto de consecuencias inciertas. Su homólogo paquistaní, Imran Khan, carece por su parte del poder para determinar las decisiones de las fuerzas armadas. Precisamente por su incapacidad para competir con India con medios convencionales, Pakistán nunca renunció al primer uso de su armamento nuclear, de la misma manera que tampoco abandonará el recurso al terrorismo transfronterizo como “instrumento estratégico” para debilitar a su vecino.

Esta política paquistaní condujo al gobierno de Modi a suspender los canales oficiales de comunicación con Islamabad, y las autoridades de ambos países se encuentran ahora presionados por sus respectivas opiniones públicas para actuar contra el otro. Para complicar las cosas, el margen de actuación de Estados Unidos se ha reducido de manera notable. En choques anteriores—durante la guerra de Kargil en 1999, tras el atentado contra el Parlamento indio en 2001, o en Bombay en 2008, entre otras ocasiones—Washington intervino de manera directa para evitar un conflicto mayor. Estados Unidos reconoce la amenaza terrorista que afronta India desde Pakistán, pero su capacidad de presión sobre éste ha disminuido—en parte por su acercamiento geopolítico a Delhi—, al tiempo que necesita contar con Islamabad como elemento determinante del futuro de Afganistán.

Más eficaces pueden resultar las maniobras chinas.  Su inversión económica y estratégica en Pakistán hará que Pekín se esfuerce por evitar cualquier acción de fuerza contra el país, a la vez que puede dejar de bloquear—como ha hecho a petición de Islamabad—decisiones del Consejo de Seguridad de la ONU contra los grupos terroristas que cobijan sus generales. China tiene un interés prioritario en evitar un conflicto armado y la desestabilización de Asia meridional. De todo ello discutieron la semana pasada en Yuequing los ministros de Asuntos Exteriores de Rusia—Sergey Lavrov—, China—Wang Yi—e India—Sushma Swaraj—, en uno de sus habituales encuentros trilaterales. Aunque la reunión ha puesto en evidencia la rápida pérdida de influencia diplomática de Occidente en esta parte del mundo, tampoco servirá, sin embargo, para resolver ese problema estructural llamado Cachemira.

THE ASIAN DOOR: Tesla en pit stop y NIO en vuelta rápida. Águeda Parra

La reducción de las ventas de automóviles en el mayor mercado mundial abre un nuevo capítulo en la guerra comercial que mantienen China y Estados Unidos. Por primera vez en dos décadas, el gigante asiático ha registrado un desplome de las ventas de coches del 6% hasta los 22,7 millones de unidades vendidas en 2018, según la China Passenger Car Association. Una situación generada como reacción en cadena de unos consumidores que han reducido la demanda ante el clima de desconfianza que genera un menor crecimiento económico en China.

La industria del automóvil se desploma a nivel global arrastrando a fabricantes de todo el mundo que tienen sus plantas de producción en China y que, en algunos casos, tienen en el mercado del gigante asiático su mayor demanda, como es el caso de BMW. Ante esta situación de incertidumbre generalizada en el sector, es la nueva generación de vehículos la que despierta cierta esperanza a corto plazo, una vez que China es además el mayor mercado mundial de coches eléctricos, generando unas ventas superiores a las del resto de países juntos durante 2018.

China está ganando la carrera del vehículo eléctrico a Estados Unidos, su máximo competidor, sin que parezca tener rival. La previsión es que el mercado del gigante asiático genere el 60% de las ventas mundiales en 2035, cerca de 6,42 millones de unidades vendidas, según la empresa de investigación de mercado especializada Fuji Keizai. Con esta estimación, las ventas en 2035 serían casi 15 veces las unidades vendidas en 2017, ocupando Europa el segundo puesto mundial, generando una demanda de 2,17 millones de vehículos eléctricos, mientras Estados Unidos quedaría relegada a la tercera posición con apenas 1,36 millones de unidades.

Una carrera que también está ganando China en cuanto a la construcción de la infraestructura necesaria para dar soporte a este tipo de vehículos. Cualquier rival mundial lo tiene complicado frente a la determinación del gobierno chino de promover el desarrollo de redes de recarga públicas para dar cobertura a 5 millones de vehículos eléctricos en 2020. Los números mandan y China actualmente dispone de más de 808.000 puntos de recarga de coches eléctricos por todo el país, muy por delante del medio millón desplegado por Estados Unidos, principalmente instalados en casas particulares, según un estudio del Center on Global Energy Policy de la Universidad de Columbia.

Las políticas medioambientales de China son parte también del impulso gubernamental con la previsión de que entre los vehículos eléctricos, los híbridos y los de pila de combustible, la industria crezca un tercio en 2019 hasta los 1,6 millones de unidades vendidas, sobrepasando la marca del millón de vehículos vendidos en 2018, según la China Association of Automobile Manufacturers. Unos objetivos que contrastan con las ayudas fiscales que ofrecen ciertos estados y ciudades norteamericanas sin que Washington esté jugando un papel destacado por establecer directivas gubernamentales de aplicación nacional. Además, China pretende tener construida para 2022 la primera autopista solar que conectará los 161 kilómetros que separan las ciudades de Hangzhou y Ningbo. Qilu Transportation, una de las empresas chinas de referencia en este sector, será la encargada de montar paneles solares que dejen pasar la energía a través del asfalto, permitiendo así la recarga automática de los vehículos eléctricos. Otra fase más de la revolución que tiene prevista China en el mercado automovilístico y que forma parte de la iniciativa Made in China 2025 con la que el gobierno pretende ahondar en la modernización de la industria, rivalizando con las grandes potencias mundiales principalmente en los ámbitos de los nuevos vehículos eléctricos, las tecnologías de la información y la robótica.

Con estas perspectivas, China liderará la revolución del vehículo eléctrico apostando por marcas nacionales que rivalizan con Tesla, el fabricante de automóviles eléctricos más vendido en Estados Unidos, y con el resto de modelos que abanderan los grandes fabricantes globales como Volkswagen, BMW y GM. Elon Musk, CEO de la marca Tesla, comunicaba el inicio de la construcción en Shanghai de su primera fábrica de ensamblaje en el extranjero. La previsión es vender unas 250.000 unidades anuales, con la ventaja que estarán exentas de los aranceles aplicados a los coches importados, generando una estimación de ventas considerable a pesar de la caída en la demanda de los últimos meses.

La empresa de Musk tiene en NIO, una startup china de coches eléctricos, a uno de sus mayores competidores. Fundada hace cuatro años, lleva cotizando en la bolsa de Nueva York desde finales de 2018 recaudando 1.800 millones de dólares. Una competencia atractiva en precio que posiciona el modelo ES8 de NIO en 65.000 dólares frente a los 113.000 dólares del Modelo X de Tesla, favoreciendo que las ventas de NIO casi tripliquen las de su competidor estadounidense en diciembre de 2018. Esta rivalidad con las startups nacionales, y la contención del gasto en los consumidores, ha obligado a la compañía de Musk a lanzar la versión barata de su Modelo 3 por 35.000 dólares, un importante reto financiero que debe asumir la compañía para no quedarse fuera del mayor mercado de vehículos eléctricos, una opción que no puede permitirse ningún fabricante.

Moscú, Jerusalén y más.

El acercamiento, cauteloso y con desconfianza pero acercamiento al fin y al cabo, entre Rusia e Israel reflejan con toda claridad el error estratégico de Estados Unidos con su renuncia a encabezar el protagonismo occidental en Oriente Medio iniciada por Obama y continuada por Trump. Este pasado fin de semana, Netanyahu y Putin han pactado que Israel no pondrá ningún reparo a la ocupación de hecho de Siria por parte de Rusia y la contención, por parte de Moscú de Irán, aunque Putin aceptará, también de hecho, ataques israelíes a fuerzas iraníes si éstas traspasan los límites que Rusia tratará de imponer.

“Dejé bien en claro que no permitiremos un atrincheramiento militar iraní y que continuaremos actuando militarmente contra él”, dijo el primer ministro israelí tras la reunión. “La idea es crear un organismo de trabajo que maneje la normalización final después de que los últimos focos de terrorismo sean sometidos, involucrando a todos los interesados: el liderazgo de la República Árabe Siria, tal vez la oposición, otros países de la región y todas las partes involucradas en este conflicto”, precisó. Y añadió, confirmando la aceptación del proyecto ruso de arbitrar la situación manteniéndose firme en la zona: “Entre otras cosas, se trataría de la plena restauración del Estado sirio, con su integridad territorial intacta”, de lo cual “hemos hablado durante mucho tiempo y es totalmente consistente con la posición rusa”.

Así pues, Rusia será la protagonista del realineamiento estratégico en el que Israel tratará de encontrar un doble escudo: conseguir cierta protección de Moscú y, a la vez, reforzar su capacidad de disuasión con su fuerza militar frente al bloque chíi de Irán y Hizbullah.

Pero no hay que olvidar que hay otro campo, el sunní, aglutinado bajo el liderazgo saudí por la amenaza iraní que mira hacia Estados Unidos y con quienes Israel mantiene relaciones cada vez más públicas.

Esas son las piezas que Estados Unidos parece no saber encajar en un solo tablero. (Foto: Edgardo W. Olivera)

¿Cuál es el problema con Huawei? Miguel Ors Villarejo

Es fácil pintar a Donald Trump como un pobre paranoico. De hecho, es un pobre paranoico. Según él, Hillary Clinton ganó en California gracias a un fraude masivo, los inmigrantes mexicanos se dedican a violar y traficar con drogas, el algoritmo de Google sabotea sus discursos y los periodistas somos unos malditos lunáticos. Ahora mantiene que Huawei es el caballo de Troya de Pekín e incluso ha instado la detención en Canadá de Meng Wanzhou, la responsable de finanzas de la multinacional. Es difícil no sentirse tentado de dar la razón al Global Times chino cuando advierte: “Washington no debería utilizar su legislación para desvirtuar la competencia”. ¿Estamos ante otra escaramuza de la guerra comercial o hay motivos para la inquietud?

Por lo que he podido comprobar leyendo algunas crónicas del Congreso Mundial del Móvil, la prensa española, sin llegar a tomar partido abiertamente por nadie, tiende a simpatizar con Huawei. Y es verdad que nadie ha sido capaz hasta ahora de encontrar nada sospechoso en sus dispositivos. Como subrayó en Barcelona Guo Ping, presidente rotatorio de la compañía: “No tienen ninguna prueba, no tienen nada”. Por su parte, el fundador Ren Zhengfei negó en una reciente entrevista las acusaciones de espionaje. “Jamás instalaremos puertas traseras”, afirmó. Y añadió tajante: “Incluso si una ley china nos lo requiriera, lo rechazaríamos enérgicamente”.

En realidad, esa ley ya existe. La Asamblea Popular la aprobó en junio de 2017 y contempla la incautación de todo tipo de material cuando se considere que la seguridad nacional está en juego. Ya vimos lo complicado que es sacudirse la presión del Estado incluso en una democracia consolidada como la estadounidense cuando el FBI reclamó a Apple que le facilitara el acceso al iPhone de un terrorista. ¿De verdad se cree alguien que la resistencia de Zhengfei, por enérgica que fuera, supondría un obstáculo para Xi Jinping?

Trump no es el único que está inquieto con Huawei. Australia y Nueva Zelanda ya la han excluido del desarrollo de su red 5G y Polonia, Canadá y Alemania podrían seguir sus pasos. La agencia de ciberseguridad de la República Checa ha alertado de los riesgos que entraña la firma china y el Reino Unido ha encargado un informe sobre la conveniencia de una prohibición total, aunque sus servicios de inteligencia la habrían desaconsejado.

Incluso aunque Huawei no fuera china, la cuota de mercado que ha acumulado en infraestructuras de última generación ya sería problemática, sobre todo en España, donde ronda el 60%. Pero es que es china y, una vez superado el enérgico rechazo de Zhengfei, sus autoridades dispondrían de una poderosísima arma. “Un ciberataque puede ser tan destructivo como un ataque convencional”, escribe el secretario general de la OTAN Jens Stoltenberg. Y recuerda cómo en vísperas de las Navidades de 2015 Kiev se quedó misteriosamente sin luz. El apagón apenas duró unas horas, pero “la temperatura de las casas se situó rápidamente bajo cero y las cañerías empezaron a helarse”. Stoltenberg cree que el agresor (¿Rusia?) solo quería enseñar la patita, pero bastó para que en la Alianza impulsaran el gasto en ciberdefensa. Ahora montan “cibermaniobras a gran escala” con “ciberfuego real”, en las que los ejércitos ponen a prueba su destreza contra adversarios de talla mundial.

Hace unos años, la prioridad era salvaguardar las plantas eléctricas, las torres de control o los centros de comunicaciones, pero el internet de las cosas y el 5G han creado nuevas vulnerabilidades. Los fabricantes de electrodomésticos inteligentes no actualizan su software ni facilitan parches y, una vez localizada una puerta trasera, los delincuentes entran y salen a su antojo. Pueden, por ejemplo, acceder a la programación de su termostato y averiguar a qué horas está usted fuera de casa. Pueden infiltrarse a través de la nevera o el horno en su ordenador, espiarlo con la cámara y grabarlo mientras navega por sitios inapropiados. O pueden encender su aparato de aire acondicionado y el de miles de vecinos simultáneamente y provocar una sobrecarga en el sistema. Un artículo presentado en agosto en el Simposio de Seguridad Usenix simulaba un asalto de esta naturaleza y concluía que un aumento súbito de la demanda del 30% podía dejar fuera de combate todos los generadores de una zona.

George R. Lucas, un profesor de la Escuela Naval de Estados Unidos, declaraba en 2014 que la tecnología precisa para perpetrar un gran ciberatentado “simplemente desborda las posibilidades intelectuales, organizativas y de recursos humanos de los grupos terroristas mejor gestionados y financiados”, pero eso ya no es un impedimento. Los terroristas no necesitan saber informática. “En la web oscura hay plataformas donde se intercambia malware o se contratan los servicios de piratas”, me contaba hace unos meses María Campos, vicepresidenta mundial de Grandes Cuentas de Panda Security. La policía desmanteló en febrero de 2018 un foro de esta naturaleza que operaba bajo el lema In fraud we trust (En el fraude confiamos).

Y si un delincuente de tres al cuarto es capaz de poner patas arriba un país, ¿qué no podría hacer Pekín a través de las autopistas que le han tendido sus compañías?

Nadie dice que vaya a hacerlo. No estamos además completamente inermes. Un estudio reciente de la Universidad de Oulo (Finlandia) sostenía que muchos peligros se conjuran con una regulación adecuada y el cumplimiento de unas normas elementales de higiene digital, como cambiar las contraseñas que vienen por defecto, actualizar el software o deshabilitar los accesos remotos. También las empresas tienen que cambiar su mentalidad. “La seguridad debe tenerse en cuenta desde el principio”, dice Campos. “No es un pegote que se pone deprisa y corriendo en el último minuto. Hay que planificarla en origen, igual que se hace en la construcción. A ningún promotor se le ocurre entregar una vivienda sin cerraduras”.

Esta concienciación puede llevar de todos modos algún tiempo y, entre tanto, un poco de paranoia trumpiana a lo mejor no estaba de más.

10º Sesión Observatorio EOI de Economía Global. “¿Alcanzará China la hegemonía económica mundial?”. Isabel Gacho Carmona

La pregunta lleva en la mesa varios años “¿Alcanzará China la hegemonía económica mundial?”. Para contestar a esta cuestión y para dar algunas claves sobre el futuro para empresarios españoles en el país asiático, tuvo lugar la semana pasada la 10º Sesión Observatorio EOI de Economía Global. Alicia García-Herrero, una de las principales autoridades a nivel internacional sobre economía china, comenzó argumentando que el s. XXI es el siglo de Asia con China en el centro. Por más que le pese a EE. UU., y pese a que son tiempos difíciles para el Pekín, todo parece apuntar a que China sí será la potencia económica hegemónica del s. XXI.

El crecimiento económico de China lleva bajo el foco de los analistas occidentales varios años “China ya era un centro de atención para el FMI en 1994, cuando yo trabajaba para ellos en México”. Y es que China cuenta con muchos indicadores a su favor. Por un lado, su sector más productivo sigue siendo la manufactura “No se han saltado ninguna fase de desarrollo”. Además, y al contrario que EE. UU., China es acreedora, no deudora, a nivel internacional. Su deuda está en manos de las familias. Otro punto a su favor son las proyecciones de futuro. Pese a que los datos actuales la sitúan a niveles similares en varios indicadores económicos, los datos proyectados para la próxima década le dan mucha ventaja. Por ejemplo, actualmente China, EE. UU. y Europa representan cada uno alrededor de un 18% de la aportación al crecimiento mundial. La proyección para 2025, sin embargo, sitúa a China en un 14,4%, mientras que Europa se quedaría con un tímido 6% y EE. UU. con un 10%, según datos de Natixis.

Sin embargo, no va a ser un camino necesariamente fácil. Pekín se enfrenta actualmente a varios problemas. Por un lado, le afecta el deterioro de la situación económica mundial y la presión creciente de EE. UU. Por otro, se enfrenta a una fuerte desaceleración estructural y al envejecimiento “Va a perder un punto de fuerza laboral al año”.

La guerra comercial que inició en 2018 EE. UU. con la intención de contener el desarrollo económico chino para García-Herrero “No son palos de ciego ni arrebatos de Trump” “EE. UU. lleva años pensando esto”. La respuesta de China, sin embargo, sería un error “China tiene más que perder en esta guerra” “Es un error igualar los aranceles a lo ojo por ojo, su economía tiene menos aguante”.

Pese a estos problemas, la economista entiende que China tendrá éxito igualmente “A no ser que haya un cambio de régimen”, apunta. Aunque muchos analistas temen un aterrizaje forzoso o una crisis financiera, García-Herrero entiende que los acreedores no reaccionarían ante la posibilidad de una crisis, ya que, aunque la deuda es elevada los acreedores son los propios chinos, especialmente los hogares, que no solo están mal informados y limitados en sus inversiones, sino que los intermediarios de sus ahorros, los bancos, son en su mayoría estatales, lo que aumenta aún más la estabilidad del modelo a pesar de la deuda.

En este escenario, una Europa cada vez más resquebrajada y todavía anclada en la alianza transatlántica es vista cada vez como más débil desde China. Además, “EE. UU. ya ni nos mira, ahora mira al Indo-pacífico y ahí ni estamos invitados”. Para la Economista Jefe para Asia Pacífico de Natixis, estamos siendo relegados al extremo del mundo y debemos trazar una estrategia a largo plazo.

Por otra parte, Javier Serra Guevara, técnico comercial y Economista del Estado, dio algunas claves para comprender las posibilidades de mercado que puede ofrecer China a los inversores españoles. El reciente cambio demográfico, los cambios en los patrones de consumo y la dieta, o la irrupción del comercio electrónico son algunos factores a tener en cuenta. Hasta ahora los principales sectores han sido la moda, la cosmética, los materiales de automoción, la carne porcina y la industria farmoquímica. A futuro el negocio de la salud en general presentará oportunidades, así como la aeronáutica. El sector de la automoción seguirá presentando oportunidades, pero tendrá que adaptarse a los cambios. La gran incógnita es el sector servicios, cuyas negociaciones entre la UE y China llevan años atascadas.

En definitiva, y pese a las dificultades, China seguirá siendo un mercado demasiado grande para ser ignorado. Además, y si de facto se convirtiera en hegemón, es importante tener en cuenta que rediseñaría el mundo de otra manera “China no crearía su propia ONU, no es EE. UU.” “crearía un sistema de centro-periferia”.