INTERREGNUM: Tensión en el Himalaya. Fernando Delage

Cincuenta y cinco años después de la guerra de 1962, China e India viven un nuevo episodio de tensión en su frontera. Desde mediados de junio, tropas de ambos países se han movilizado en Doklam, por razones aún confusas. En un contexto de creciente rivalidad entre los dos gigantes asiáticos por sus respectivas ambiciones como potencias en ascenso, importan, más que las causas de este último incidente, sus consecuencias para el entorno regional.

Al contrario que los habituales choques en la frontera—una de las más extensas del mundo con más de 3.000 kilómetros de longitud—, esta vez no están en juego las reclamaciones de una y otra parte: ni el territorio occidental de Aksai Chin (que, ocupado por China, reclama Delhi) ni el oriental de Arunachal Pradesh (estado indio reclamado por Pekín). La actual disputa se produce donde coincide la frontera de ambos países con la de Bután y está vinculada a los límites territoriales de este último país con la República Popular China, más que a las diferencias fronterizas indo-chinas en sentido estricto. Bután es, junto con India, el único Estado con el que Pekín no ha delimitado de manera definitiva su frontera, razón de la ausencia de relaciones diplomáticas formales entre los dos Estados. Este pequeño reino del Himalaya es, por otra parte, un virtual protectorado indio; quizá el único país de Asia meridional con respecto al cual Delhi no tenía que preocuparse en exceso por la creciente proyección económica y diplomática china. Ésta puede ser pues una clave de los recientes acontecimientos.

Al mismo tiempo, la disputa se produce en una zona muy cercana al corredor de Siliguri, el estrecho espacio que conecta los aislados Estados del noreste indio con el resto del país. Las fronteras de estas provincias con China, Bangladesh y Birmania son una potencial fuente de vulnerabilidad para India, que afronta en estos Estados algunos de los movimientos insurgentes más prolongados—y menos conocidos—de Asia. La evolución histórica de estos pueblos del noreste, de enorme complejidad étnica, ha diferido del resto de la Unión y, pese a los esfuerzos de Delhi por su integración, grupos militantes de distinto signo reclaman desde hace décadas su autonomía.

Resulta arriesgado, como hacen algunos analistas, especular con la posible intención china de facilitar la independencia de estas provincias indias. Pero este mosaico de etnias y movimientos armados en Nagaland, Mizoram, Manipur o Assam, es otra variable a considerar en la crisis reciente. Estos y otros grupos han sido fuente de inestabilidad desde la partición de la Unión India en 1947, y han afectado a las relaciones de Delhi con Dacca y Rangún durante años. Tampoco pueden separarse de su rivalidad con China. No hay mejor aproximación a estas insurgencias que el fascinante libro de Bertil Lintner, “Great Game East: India, China, and the Struggle for Asia’s Most Volatile Frontier” (Yale University Press, 2015). Lintner, excorresponsal en Birmania de la mítica Far Eastern Economic Review, desgraciadamente desaparecida hace unos años, ofrece una detallada historia de estas insurgencias, sus apoyos externos y sus implicaciones para la dinámica geopolítica regional. Como anticipan los movimientos en Doklam, el “Gran Juego” del siglo XXI se desarrollará tanto en estas remotas montañas del subcontinente indio como en Asia central.

INTERREGNUM: Modi en Washington. Fernando Delage

En su quinto viaje a Estados Unidos como primer ministro, la semana pasada, Narendra Modi se ha encontrado con un Washington muy diferente del que visitó hace un año. En un discurso ante el Congreso indicó entonces que las relaciones entre India y Estados Unidos habían dejado atrás “las dudas de la historia”. Y así lo confirmaban, entre otros acuerdos, la declaración conjunta sobre Asia firmada por Modi y Obama en enero de 2015, o el pacto de defensa firmado unos meses más tarde entre ambos gobiernos. Seis meses después de la toma de posesión de Trump, Modi ha tenido su primer contacto directo con un presidente que, a priori, plantea a India nuevas incertidumbres, tanto en la esfera económica como en la estratégica.

Para Modi, que ha situado la economía en el centro de su política exterior, Trump representa un complejo desafío. El imperativo del desarrollo le obliga a atraer capital extranjero—de Estados Unidos incluido—, para reforzar el sector industrial y crear 100 millones de empleos hasta 2022. El discurso de Trump, que quiere recuperar los empleos perdidos por la deslocalización, choca de manera directa con las prioridades de Delhi. India—noveno socio comercial de Estados Unidos—se encuentra asimismo en la lista de países que Washington está investigando por prácticas comerciales irregulares. El déficit norteamericano con India (31.000 millones de dólares, diez veces menos que el que mantiene con China), ha movilizado tanto a políticos como a empresas privadas, que se quejan de las barreras arancelarias, de las dificultades de acceso al mercado indio, o de la deficiente protección de la propiedad intelectual. Por su parte, a Delhi le preocupan las regulaciones y estándares técnicos norteamericanos que obstaculizan sus exportaciones, así como los posibles cambios en la política de visados para profesionales.

En el terreno diplomático y de defensa hay toda una serie de asuntos sujetos a reconsideración por parte de Trump—como Afganistán, Pakistán e Irán—, que afectan de manera directa a India. Y, de manera especial, ambos países reconocen a China como un potencial rival a largo plazo y perciben los esfuerzos de Pekín por reconfigurar el equilibrio de poder en Eurasia como un desafío a sus intereses.

El gobierno indio, sin embargo, parece inquieto por la manera en que Trump se ha aproximado a la República Popular. El abandono de su retórica antichina de la campaña electoral, el trato dispensado a Xi Jinping en Florida el pasado mes de abril, las acríticas declaraciones hechas por el secretario de Estado durante su visita a Pekín, o la confianza aparentemente puesta en China para gestionar la crisis nuclear norcoreana, plantean numerosos interrogantes en India sobre la política asiática de esta administración norteamericana. Lo incierto de las posiciones de Trump puede obligar a Modi a un reajuste diplomático, que no deja sin embargo de ser una oportunidad.

Al desafiar Trump las bases tradicionales de la política exterior de su país desde la segunda guerra mundial, India tiene que buscar nuevas opciones y asumir el tipo de responsabilidades regionales e internacionales que corresponden con las ambiciones propias del que pronto será el país más poblado del planeta. Es cierto que carece de los recursos y del consenso interno que permitan esa proyección. Pero articulada en clave nacionalista, puede ser una variable que facilite la reelección de Modi en las elecciones generales de 2019. Mientras Trump abandona presencia exterior para ganar—según cree—apoyo en casa, a Modi le puede venir bien reforzar su empuje diplomático para consolidar su posición política interna. Cosas del mundo de la globalización.

INTERREGNUM: El momento de Eurasia. Fernando Delage

La semana pasada, con ocasión de su cumbre anual—celebrada en la capital de Kazajstán, Astana—, se formalizó la adhesión de India y Pakistán a la Organización de Cooperación de Shanghai (OCS). Tras su ampliación, la OCS suma casi 3.500 millones de habitantes—la mitad de la población mundial—, y más del 25 por cien del PIB global (en términos de paridad de poder adquisitivo, la cifra sería mucho mayor). La organización aparece así como pilar central de la arquitectura euroasiática, aunque su expansión no resuelve la debilidad de sus estructuras ni la competencia entre sus miembros.

Sucesora del “Shanghai Five”, grupo que nació para delimitar y desmilitarizar las fronteras de Asia Central tras el fin de la guerra fría, la OCS fue puesta en marcha por China y Rusia en 2001—junto a Kazajstán, Kirguistán, Tajikistán y Uzbekistán—para afrontar el desafío representado por lo que Pekín denomina como “los tres males”: el terrorismo, el separatismo y el extremismo. Pese a este origen vinculado a las cuestiones de seguridad, China se ha esforzado por dinamizar la agenda económica de la organización y dejar en manos de Moscú los asuntos de defensa. Pekín trataba de mitigar el temor ruso a su creciente influencia en la región, pero el rápido ascenso de la República Popular durante la última década no ha hecho sino exacerbar la inquietud del Kremlin. Moscú no ha dudado en bloquear iniciativas chinas, como la creación de un banco de desarrollo o el establecimiento de un área de libre comercio entre los miembros de la OCS.

También Rusia ha sido el gran impulsor de la incorporación de India. La estrecha relación que han mantenido desde los años sesenta Moscú y Delhi podría ser, para Putin, un elemento de equilibrio con respecto a China. Aunque las economías de Rusia e India suman juntas menos de un tercio del PIB chino, su peso militar conjunto sí puede servir de contrapeso de Pekín. En el contexto de las sanciones occidentales a Rusia, Moscú se ha visto obligado a seguir una política de acercamiento a China, y Putin ha hecho hincapié en vincular su proyecto de Unión Económica Euroasiática con la iniciativa de la Nueva Ruta de la Seda que propone Pekín, de la que no puede permitirse quedar aislado. El presidente ruso sabe bien, sin embargo, que India rechaza el proyecto chino: para Delhi se trata de un instrumento de Pekín para proyectar su influencia en Asia meridional y el océano Índico.

El Corredor Económico China-Pakistán (CPEC) enfrenta en particular a los dos gigantes asiáticos: el gobierno de Narendra Modi teme que Islamabad—cuya adhesión a la OCS reclamó Pekín tras proponer Rusia la de India—quiera aprovechar su incorporación para internacionalizar la cuestión de Cachemira, provincia que atraviesa el corredor. India, por otra parte, intenta desarrollar sus propias alternativas de interconectividad, como el puerto de Chabahar en Irán, o el Corredor Internacional de Transportes Norte-Sur (INSTC), en el que participa junto a Rusia e Irán.

Parece inevitable pues que la integración de India y Pakistán transforme la agenda de la organización. Pekín necesita un entorno de estabilidad en el subcontinente indio para poder implementar la Nueva Ruta de la Seda, y promueve como seña de identidad de la OCS lo que define como “espíritu de Shanghai”: “confianza mutua, beneficio mutuo, igualdad, diálogo, respeto a las diversas civilizaciones y búsqueda del desarrollo compartido”. Se subraya por ello que su pertenencia común a la organización contribuirá a mitigar las diferencias entre India y Pakistán, facilitando su cooperación con el resto de miembros contra el terrorismo transfronterizo y a favor del desarrollo económico. El tiempo dirá, pero a priori no parece que la cohesión interna de la OCS vaya a ser fácil de mantener.

Los objetivos de Moscú y Pekín son incompatibles a largo plazo, al perseguir cada uno de ellos cosas distintas a través de la institución. Aunque China necesita a India para la Nueva Ruta de la Seda, no cuenta con su apoyo sino con una desconfianza en aumento. India y Pakistán disponen de una nueva plataforma multilateral en la que teóricamente poder minimizar sus divergencias, pero no está claro que la OCS pueda servir para ese fin. Los obstáculos son numerosos como se ve. No obstante, la expansión del bloque refleja la formación de un espacio geopolítico con enorme potencial, en el que Asia meridional se suma a Asia central. La mera inclusión de China e India, dos países que suman el 40 por cien de la población mundial, y que serán las dos mayores economías hacia mediados de siglo, da forma institucional a una Eurasia llamada a convertirse—un siglo después de que el británico Halford Mackinder teorizara sobre el mismo—en el centro del orden mundial.

INTERREGNUM: Reinventar el TPP. Por Fernando Delage

En un contexto marcado por el desafío nuclear norcoreano y las tensiones en la periferia marítima china puede resultar comprensible que se preste menos atención al escenario geoeconómico asiático. Sin embargo, también en este frente se reproduce la competencia entre los grandes Estados de la región. Japón, en particular, con un activismo desconocido hasta la llegada de Abe al gobierno, está proponiendo nuevas ideas tras el abandono del Acuerdo Transpacífico (TPP) por la administración Trump.

El giro norteamericano ha elevado el protagonismo del Acuerdo Económico Regional Integral (RCEP) como principal iniciativa global a favor del libre comercio en la actualidad. Al incluir a 16 Estados que representan la mitad de la población mundial, más de la cuarta parte de las exportaciones y casi el 30 por cien del PIB del planeta, su potencial es considerable. Integra, además, a varias de las economías de mayor crecimiento de los últimos años. Pero, al contrario de lo que con frecuencia suele mantenerse, no se trata de una iniciativa “de China” articulada frente al TPP que lideraba Washington. Estados Unidos, es cierto, no participa, pero su origen—en 2011—, partió de la Asociación de Naciones del Sureste Asiático (ASEAN), con el objetivo de consolidar en un único marco los cinco acuerdos de libre comercio mantenidos por la organización con sus socios externos (China, Japón, India, Corea del Sur y Australia-Nueva Zelanda).

Es obvio que ni Japón ni India van a aceptar sin más las demandas chinas en un proceso de carácter multilateral. Pekín quiere acelerarlo para concluir el acuerdo antes de finales de año, con una agenda mínima de liberalización comercial. Japón—ésta es su primera propuesta—quiere, por el contrario, mantener abiertas las negociaciones para ampliar su contenido y dar forma a un pacto de “alta calidad” que incluya algunas de las cuestiones que incluía el TPP, como propiedad intelectual, contratación pública o normas medioambientales. El RCEP revela así la competencia entre dos modelos opuestos—el de China y el de Japón—sobre la estructura económica regional.

Japón acaba de sugerir una segunda propuesta: relanzar el TPP sin Estados Unidos. Fue el propio primer ministro, Shinzo Abe, quien aseguró hace unos meses que, sin Washington, el acuerdo carecía de sentido. No obstante, considera ahora que, dados sus potenciales beneficios, puede merecer la pena intentar rehacerlo. Tokio puede reforzar sus relaciones con distintos socios asiáticos, de Australia a Vietnam; mantener vivo un discurso a favor de la adopción de normas más ambiciosas en la región y, así, aumentar la presión para elevar los estándares contemplados originalmente por el RCPE; o, incluso, intentar atraer a Estados Unidos a un esquema multilateral.

Quizá este último objetivo no sea tan ilusorio, aunque resulte dudosa la viabilidad de recuperar el TPP. El interés compartido de las economías asiáticas por el libre comercio y por un marco regional puede neutralizar la intención del presidente Trump de defender los intereses de su país mediante acuerdos bilaterales. Mientras exista una alternativa regional, sus pretensiones no parecen tener mucho sentido. Quizá Abe se haya adelantado al intuir que, tarde o temprano, Estados Unidos dará marcha atrás para no quedarse al margen de la reconfiguración económica de Asia. ¿Se incorporará Washington un día al RCEP? ¿Decidirá reinventar el TPP bajo otro nombre? Seguiremos atentos a los acontecimientos.

INTERREGNUM: India: ¿crecimiento o “hinduidad”?

En mayo de 2014, por primera vez en 30 años, un partido político logró la mayoría absoluta en el Parlamento indio. Las recientes victorias del Bharatiya Janata Party (BJP) en las elecciones estatales de Uttarakhand, Manipur y, sobre todo, en Uttar Pradesh, le facilitarán la repetición de su mayoría en las generales de 2019. Dos tercios de la población india viven hoy bajo gobiernos del BJP.

El ascenso del partido liderado por Narendra Modi se debe fundamentalmente a su discurso a favor de las reformas económicas. En Uttar Pradesh, con 220 millones de habitantes (sería el quinto Estado más poblado del mundo de ser independiente), y un 30 por cien de ellos bajo la línea de pobreza, la campaña a favor del “desarrollo para todos” se ha impuesto sobre la tradicional política de castas. El BJP obtuvo 312 de los 403 escaños de la asamblea legislativa; los mejores resultados logrados por cualquier partido en cuatro décadas. Sin embargo, la designación como nuevo jefe de gobierno del clérigo Yogi Adithyanath, fundador de una organización extremista involucrada en episodios de violencia contra los musulmanes, ha reavivado el temor a un auge del nacionalismo hinduista.

El nombramiento de un líder religioso al frente de un gobierno estatal carece de precedente en la política india. En sus primeras semanas en el cargo, los movimientos de Adityanath parecen confirmar esa agenda hinduista: ha comenzado una campaña contra los mataderos ilegales—la mayoría de cuyos trabajadores son musulmanes—y a favor de la práctica generalizada del yoga. Pero la mayor inquietud se centra en su intención de restaurar el templo hinduista de Ram en Ayodhya, lugar donde se construyó una mezquita en el siglo XVI. La destrucción de esta última por radicales hinduistas en 1992 desató una violencia no vista en años en el país, y a partir de aquellos acontecimientos comenzó el BJP su ascenso político.

Pese a la innegable importancia de Uttar Pradesh, el gran interrogante entre los observadores es sobre Modi, como responsable del nombramiento de Adityanath. ¿Es su verdadera prioridad el crecimiento y la creación de empleo, o más bien busca un apoyo electoral que le permita avanzar en la construcción de India como estado hindú?

Ante su probable victoria en 2019, la respuesta a esa pregunta es decisiva para las minorías (que incluyen 180 millones de musulmanes), pero también para la imagen internacional de un país que se ve a sí mismo como una de las grandes potencias. Quizá el secularismo que ha definido a India desde su independencia no esté en peligro, pero cuando las cuestiones de identidad se convierten en determinantes de la dinámica política se desatan fuerzas que escapan a todo control.

INTERREGNUM: Dudas sobre el siglo de Asia

El rápido crecimiento de las economías de la región durante los últimos 40-50 años ha conducido a la idea de que el siglo XXI será el siglo de Asia. Que China (a partir de 1979) e India (desde 1991) decidieran integrarse en la economía global siguiendo el camino emprendido por Japón en la década de los cincuenta, y por Corea del Sur, Taiwan, Hong Kong y Singapur en los años sesenta, condujo a una transformación histórica que se ha traducido en un desplazamiento del poder internacional. Sin embargo, de manera paralela a su éxito económico, también han comenzado a multiplicarse los problemas de seguridad, y emergen nuevas variables que afectan al equilibrio interno de las naciones asiáticas.

Lo espectacular de las cifras y la velocidad del ascenso económico de Asia han atraído la atención de numerosos analistas, y han sido objeto de una enorme literatura que ha intentado explicar las causas e implicaciones económicas y geopolíticas del fenómeno. Más raros son los trabajos que examinan los nuevos problemas que podrían obstaculizar ese camino ascendente.

Realizar una radiografía de tales desafíos es precisamente el propósito de Michael Auslin en su libro “The end of the Asian century” (Yale University Press, 2017). Auslin, analista en el American Enterprise Institute en Washington, confiesa que su intención era la de investigar el potencial de Asia, que también él creía brillante e imparable. Pero sus entrevistas y observación sobre el terreno durante la preparación del libro le condujeron a un cambio de enfoque.

Su trabajo peca de cierto pesimismo, como ya se trasluce del título. No obstante, se trata de un estudio riguroso de una serie de factores que, de manera conjunta, ofrecen un útil marco de aproximación al Asia contemporánea. Dichos factores incluyen: la incertidumbre sobre la sostenibilidad del crecimiento en las economías asiáticas (¿podrá China en particular superar la trampa de los ingresos medios y convertirse en un país avanzado?); el impacto de las presiones demográficas (del rápido envejecimiento de Japón, China y Corea del Sur al potencial de India); la inacabada transición política interna (con sistemas híbridos y el retroceso de la democracia en el sureste asiático); y el empeoramiento de la desconfianza entre Estados (en forma de reclamaciones territoriales y tensiones marítimas) en un contexto de modernización de sus capacidades militares.

Con respecto a todas estas cuestiones, Auslin sintetiza un enorme volumen de información, ofreciendo una perspectiva sistemática sobre las principales cuestiones que los gobernantes asiáticos se verán obligados a atender durante los próximos años. Sus recomendaciones, más débiles, no restan peso a esta excelente contribución al debate sobre el Asia del futuro. Un futuro, eso sí, que—además de las fuerzas estructurales descritas en el libro—, dependerá también de decisiones concretas, como las que adoptarán Trump y Xi Jinping después de tomarse la medida el uno al otro en su encuentro de esta semana en Palm Beach.

Maniobras en la sombra

Tras meses de paralización, ha vuelto a reunirse la comisión técnica indo-pakistaní encargada revisar el acuerdo sobre la gestión de las aguas del Indo entre estos dos países enemigos tradicionales, ambos dotados de armas nucleares y cada uno encuadrado en bloques distintos, aunque la dinámica cambiante de la situación internacional confunda y mezcle, a veces, esas alianzas. Se trata de una comisión encargada de revisar el tratado de reparto y control de la gestión de las aguas de rio Indo (firmado en 1960) y suspendido hace unos meses por incidentes provocados por la acción de terroristas, teóricamente procedentes de Pakistán en territorio fronterizos con India.

Aunque tienen el aspecto de unas conversaciones técnicas, el acercamiento entre India y Pakistán puede tener un significado que va más allá en el complejo panorama regional. India, aliado tradicional de Rusia en la región, lleva años haciendo esfuerzos para reconstruir alianzas con Estados Unidos y Europa, y en ese marco no hay que perder de vista sus crecientes relaciones con Israel, país, por otra parte, muy atento a las relaciones de Pakistán con Arabia Saudí y a sus recelos con Irán. Pakistán, por su parte, mantiene también crecientes relaciones con China, es aliado como se ha dicho de los saudíes frente al empuje chiita que representa Irán en Oriente Próximo y es un país situado de lleno en el escenario afgano, por la porosidad de sus fronteras, por compartir población de etnia pastun y por la complicidad de sectores de sus aparatos de Estado con los talibán. Además, existe un cierto nivel de colaboración, no exento de recelos y trampas, con Estados Unidos por razones obvias. Es en este contexto donde la aproximación entre India y Pakistán, estimulada tanto por Rusia como por Estados Unidos, gana importancia.

No es que el viejo conflicto indo-pakistaní, países que se disputan la región de Cachemira y otras zonas fronterizas y cuyo enfrentamiento nació del proceso de independencia de India y desgajamiento de Pakistán como un país destinado a construir una república islámica del Indostán vaya a desaparecer, ni mucho menos. Pero una distensión en la frontera permitiría a Pakistán trasladar parte de sus fuerzas militar de la frontera oriental a la occidental y controlar los flujos hacia Afganistán, que es lo que Occidente desea. Y una mayor estabilidad en Afganistán es una de las pocas cosas en las que Estados Unidos, Europa, Rusia y China están de acuerdo, por lo que puede tener de freno a iniciativas islamistas que afectan a todos estos países.

Es importante prestar atención, más allá del ruido de las provocaciones de Corea del Norte y el movimiento de piezas de China, Estados Unidos y Rusia, a estos segundos frentes dónde, además de cambiar elementos del preocupante escenario de Asia Central, pueden tener repercusiones en el área del Pacífico por el este y en Oriente Próximo por el oeste.

INTERREGNUM: Baile de parejas

En un entorno asiático en el que se aceleran los cambios geopolíticos, las grandes potencias se ven obligadas a reajustar sus cálculos estratégicos tradicionales. Las amenazas no convencionales, el ascenso de China y la percepción de repliegue por parte de Estados Unidos crean una percepción de incertidumbre a la que se responde de una manera que puede ser, a su vez, fuente de mayor inestabilidad. Así ocurre con la carrera de armamentos en curso, inseparable de nuevos movimientos bilaterales.

Aunque proliferan este tipo de acercamientos, dos de ellos han adquirido especial interés en los últimos meses: el de Rusia con Pakistán, y el de India con Vietnam. Pese a la recuperación de su estatura internacional como consecuencia del conflicto de Ucrania y de la guerra civil siria, Moscú dista mucho de tener en Asia el papel de peso que querría desempeñar. La asociación estratégica con Pekín es una necesidad más que una opción, que Rusia comparte con el esfuerzo por diversificar sus socios con el fin de evitar una excesiva dependencia de la República Popular. Aunque India ha sido un “cuasi-aliado” desde 1962, el contexto subregional se ha transformado en gran medida para los intereses rusos. La convergencia entre India y Estados Unidos, y el reforzamiento de la “inquebrantable” amistad de China con Pakistán, demandan de Moscú la actualización de su estrategia hacia Asia meridional.

La creciente relevancia geopolítica del océano Índico, la incorporación de India y Pakistán a la Organización de Cooperación de Shanghai y el imperativo ruso de triangular la relación con ambos, así como el deseo de Moscú de no quedarse al margen de las oportunidades económicas y diplomáticas que puede ofrecer el Corredor Económico China-Pakistán—primera fase de la iniciativa de la Nueva Ruta de la Seda—explican ese mayor interés por Islamabad. El anuncio de una probable visita de Putin el próximo mes de mayo—la primera de un presidente ruso—refleja su interés por reforzar los lazos con Pakistán para, a través de él, tener una mayor presencia en el Índico. Pese a su discutible viabilidad, se habla—incluso—de la ambición rusa de establecer una vinculación formal de Pakistán con la Unión Económica Euroasiática. No hace falta decir que, de producirse, dicha visita, con importantes implicaciones para la dinámica subregional, será una importante variable en la política de India hacia su vecino, pero también hacia China.

Estas circunstancias explican así la profundización de la relación de esa otra pareja, India y Vietnam, de la que es reciente muestra la negociación sobre el suministro de misiles tierra-aire a Hanoi. Aunque Pekín hace lo propio con Islamabad, y en mucho mayor grado si cabe, el oficialista “Global Times” advertía hace unos días a Delhi sobre sus relaciones militares con Vietnam, indicando que “crearán tensiones en la región, frente a las cuales China no se quedará de brazos cruzados”.

La multiplicación de acuerdos bilaterales de seguridad—como los señalados—agrava la desconfianza ente las potencias, aun siendo ellas las impulsoras de los mismos, con el consiguiente riesgo de una espiral de inestabilidad. Un dilema añadido por tanto para Trump, cuando en Asia se da por descontado que, sea cual sea su política hacia la región, el papel de Estados Unidos ya no volverá a ser el de los últimos 70 años.

Asia y el aumento de la desigualdad

Durante largos años, los investigadores Branko Milanovic y Christoph Lakner recopilaron pacientemente las encuestas de presupuestos familiares de un centenar largo de servicios nacionales de estadística y resumieron la información en un gráfico. En el eje horizontal dispusieron a la población mundial ordenada por renta y, en el vertical, lo que había variado la riqueza de cada percentil. El resultado es una curva con forma de elefante que muchos activistas han enarbolado como prueba de que la globalización ha abierto una brecha insalvable en Occidente.

Efectivamente, mientras entre 1988 y 2008 el 1% más rico (la trompa) aumentó un 60% sus ingresos, en los percentiles 75 a 90 (que en teoría corresponden a las clases medias europea y estadounidense) apenas hubo variación. Este dispar comportamiento explicaría muchas de las cosas que estamos viendo. “Piense en Donald Trump”, se lee en el último libro de Milanovic. “Piense en el nacionalismo. Piense en el brexit”.

El problema de este razonamiento es que se apoya en una ficción estadística. Como explica el economista de la Resolution Foundation Adam Corlett en Examining an elephant, el gráfico compara cómo se reparte la renta entre los hogares del planeta en dos momentos dados, no cómo les ha ido a esos hogares concretos. Quienes ocupan los distintos percentiles en 2008 no son los mismos que los ocupaban en 1988. Ni siquiera comparten nacionalidad.

De hecho, como no tenían datos de todo el mundo, Milanovic y Lakner usaron listas de países distintas en cada año. Cuando el cotejo se ciñe a aquellos de los que había información para 1988 y para 2008, se obtiene un elefante levemente distinto, con una trompa más corta, es decir, con ricos menos ricos.

Este fenómeno se agudiza si se tiene en cuenta además que la población global no evolucionó uniformemente en esas dos décadas. Creció más en Asia, donde hay más pobres, lo que redujo la renta media del planeta y mejoró por tanto la situación relativa de los ricos. Ocurrió algo parecido con la ampliación al este. El 30 de abril de 2004, en vísperas de que ingresaran en la UE Chipre, Malta y otros ocho miembros del antiguo bloque soviético, el PIB per cápita español suponía el 90% del europeo. Un día después había saltado al 99%. ¿Éramos de verdad nueve puntos más ricos? No. Se trataba de una ilusión contable. Es como cuando en el ejército pedían un voluntario, los veteranos se echaban atrás como un solo hombre y el pobre novato que no se había movido del sitio parecía que había dado un paso al frente.

Parte del avance de los ricos del mundo desde 1988 es consecuencia también de esta distorsión y, para neutralizarla, Corlett compara poblaciones constantes. El resultado es un elefante con mucho más lomo y bastante menos trompa.

Pero aún queda un último ajuste. La distribución de la riqueza está muy afectada por el colapso comunista. China y la URSS eran uniformemente pobres antes y ahora se han sumado al próspero, pero más desigual, universo capitalista. ¿Qué proporción de las diferencias mundiales es atribuible a esta transición? Parece que bastante. Cuando se excluye del cálculo a estas dos regiones (y a Japón, cuyos datos no son fiables, según Corlett), la curva de Milanovic y Lakner se vuelve prácticamente plana. La insalvable brecha que se ha abierto en Occidente no lo parece ya tanto.

“Empleando los mismos datos que hay detrás del elefante”, escribe Corlett, “sería incorrecto sostener que los ingresos de las clases baja y media del Primer Mundo se han estancado”. Y concluye: “Como siempre en economía, la historia es mucho más complicada”.

Interregnum: India, más allá del statu quo

La llegada de Donald Trump a la Casa Blanca ha creado la expectativa de un cambio en las relaciones de Estados Unidos con Rusia y con China. Mayor estabilidad cabe esperar en la asociación estratégica con India, puesta en marcha durante la administración de George W. Bush y reforzada por Barack Obama. Como mayor democracia del mundo, el ascenso de India no plantea el tipo de desafíos geopolíticos que representan Pekín o Moscú. Su papel como elemento del equilibrio global será por ello cada vez más importante.

Pese a la imagen de una diplomacia pasiva y de bajo perfil, lo cierto es que Delhi ha asumido un creciente proactivismo en los últimos años. A la lógica ambición derivada de su peso demográfico y económico se ha sumado, desde 2014, un primer ministro que ha hecho de la política exterior una de sus grandes prioridades. Narendra Modi ha entendido que el principal imperativo indio—su transformación económica y social—es inseparable de su integración en la economía global. Las bases de esta mayor proyección de India ya fueron establecidas, sin embargo, por sus antecesores, Manmohan Singh y Atal Bihari Vajpayee, quienes realizaron cambios significativos en la agenda diplomática del país.

Cuáles fueron esos cambios y sus motivaciones lo explica Shivshankar Menon en su reciente libro, titulado Choices: Inside the making of India’s foreign policy (Brookings Institution Press, 2016). Diplomático de carrera, Menon fue sucesivamente embajador en China, ministro de Asuntos Exteriores y Asesor de Seguridad Nacional durante aquellos gobiernos que, decididos a superar las limitaciones del legado nehruviano que había caracterizado la política exterior india desde la independencia, comenzaron a dar forma a un nuevo equilibrio en su entorno exterior. En su detallado análisis de cinco cuestiones en las que intervino de manera directa—el acuerdo nuclear con Estados Unidos, las negociaciones fronterizas con China, Pakistán y el desafío terrorista, la intervención en Sri Lanka, y la doctrina nuclear india—Menon no sólo ofrece una brillante explicación sobre los intereses y objetivos estratégicos indios. Su libro proporciona, al mismo tiempo, una útil reflexión sobre cómo negocian las grandes potencias en el mundo contemporáneo, y sobre las claves del éxito de una posición diplomática cuando las opciones se despliegan en un mundo de grises, más que de blancos y negros. Dos destacan entre ellas: el liderazgo de los primeros ministros, y la construcción de un consenso interno. Una más que recomendable guía, en suma, para entender una de las grandes potencias del futuro, así como algunas de las variables que continuarán definiendo el escenario internacional a lo largo de 2017.