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Corea del Norte sube el precio. Julio Trujillo

El lanzamiento de un nuevo misil, ahora con éxito, desde Corea del Norte, en su carrera por demostrar que están en situación de atacar las bases norteamericanas en Japón y en la zona es, básicamente, una subida del precio para aceptar un enfriamiento de la tensión regional. En un escenario en que las presiones de adversarios, como EEUU y Japón (además de Corea del Sur), y amigos como China, están aumentando las presiones, y en el que las elecciones en Corea del Sur han situado en la presidencia a un dirigente un poco menos duro con Pyongyang, los dirigentes norcoreanos entienden que subir un poco la agresividad y la provocación aumentando controladamente el riesgo es una buena apuesta.

En ese contexto ha irrumpido Rusia de manera pública criticando la acción norcoreana y, a la vez, recordando a EEUU que no hay otra alternativa que negociar, es decir, Moscú reforzando la pretensión norcoreana de conseguir ayuda financiera y ventajas a cambio de no desencadenar el terror. Es una vieja teoría no siempre oportuna y no exenta de riesgos.

Sin analizar aún todas las características técnicas del nuevo misil, del que EEUU dice que es un avance más y que, antes o después Corea del Norte conseguirá armas que podrían llegar a las costas norteamericanas del Pacífico, la realidad es que los tiempos para conseguir una contención efectiva van pasando y en un clima de tensión los riesgos se multiplican.

No es fácil tomar decisiones con garantías de efectividad; hay que recurrir a la experiencia, a la opinión de otras potencias con sus propios intereses y esperar en la otra parte una racionalidad que tampoco está garantizada. Pero esas son las cartas con las que hay que jugar esta partida.

Diplomacia china: financiación estatal disfrazada de cooperación internacional. Por Nieves C. Pérez Rodríguez

Washington.- Chequera en mano se consigue casi todo, incluso  influir en la política o la dirección económica de una nación. Este ha sido el método de penetración que ha venido usando China en los últimos años en gran parte del planeta. Con el crecimiento masivo de la económica china y el exceso de liquidez han puesto en marcha una agresiva política exterior basada en financiar el déficit de países, en los momentos que estos más lo necesitan.

Empezaron mirando a África. Su pobreza y la vulnerabilidad de la mayoría de sus gobiernos presentaba el escenario ideal, acentuado además por la sensación de una recurrente práctica de Occidente de ignorar a este continente. Luego se fijaron en América Latina, con un gran potencial de recursos, que valga acotar China sabe que necesitará para su propia población y para conseguir más influencia, y con muchos países destrozados por caudillos trasnochados. Con teorías políticas obsoletas en marcha, qué mejor momento para ofrecer un respiro económico a cambio de masivas sumas de dinero o envíos de significativos colectivos chinos a estos países receptores. ¿Financiación estatal a cambio de influencia?

Ya lo dijo Xi Jinping en Davos en el Foro Económico Mundial: “La economía mundial es un gran océano del que no podemos escapar”, y tal como lo creen lo practican.

De acuerdo a Forbes, este líder tiene más poder que nunca desde que fue elegido líder del Partido Comunista en 2016. Su apariencia amable y conciliadora le ha permitido entrar incluso en la Casa Blanca, a pesar de las severas críticas de su homologo. Los chinos saben que son la segunda económica más fuerte del mundo, así que su influencia la ejercen diferente a los estadounidenses; ellos usan una psicología más retorcida, conversan, coquetean, galantean y finalmente sacan su chequera y ofrecen una suma interesante, que por lo general viene a resolver una situación interna del receptor, como falta de liderazgo del gobierno, impopularidad, crisis económicas o en muchos casos, pago de comisiones extraordinarias que facilitan cualquier tipo de negociación en donde la ética brilla por su ausencia.

A partir del 2010 China ha ido incrementando notablemente su presencia en Latinoamérica con préstamos que llegan a sumar unos 123 mil millones de dólares, de acuerdo a The Dialogue, un think tank cuyo foco es el estudio de las Américas. Monto que representa los créditos otorgados por el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), Cooperación Andina de Comercio (CAF)  y el Banco Mundial juntos, coincidiendo con la recesión económica de la región, en la que las instituciones financieras hasta entonces tradicionales no estaban dispuestas a otorgar créditos como lo hacían antes de la crisis.

La lista de países a los que los tentáculos de la diplomacia china de financiación han llegado es numerosa. Comenzando con Venezuela que bajo el régimen chavista ha obtenido 17 créditos, siendo el país que más préstamos ha recibido en toda la región, llegando a sumar 62.200 millones de dólares. Seguidos por Brasil con 36.800 millones, Ecuador con más de 17.000 millones de dólares, todos ellos cedidos en la era de Correa, y Argentina que, en manos de los Kirchner, sumó 15.000 millones.

China cuenta con tres instituciones financieras, todas creadas por el Estado y al servicio del mismo:  el Banco chino de Desarrollo, cuya misión es financiar infraestructuras, industrias básicas, energía y transporte; el Exim Bank, que puede definirse como la banca diplomática que promueve las políticas de financiación para incentivar las exportaciones, productos y servicios chinos; y Sinasure, la aseguradora de los créditos otorgados por los bancos, para prevenir riesgos políticos y comerciales en los que se puede incurrir, blindando así al sistema de cualquier incumplimiento. Esta trilogía, cuidadosamente creada por el Estado chino, fue concebida como arma de influencia y penetración, siendo un novedoso disfraz que a priori no despierta inquietud. Sin embargo, han ido haciendo un laborioso trabajo que se estima que solo entre el 2005 al 2016 han otorgado 141.000 millones de dólares en Latinoamérica y el Caribe.

Pekín interpreta bien el juego y la dinámica internacional. El vacío dejado por el Banco Interamericano de Desarrollo, el Banco Mundial y la banca norteamericana en financiar a los gobiernos de Venezuela, Ecuador y Argentina ha sido gratamente acogido por las instituciones financieras chinas, que han aprovechado el castigo de Occidente hacia sus líderes y sus ideas políticas recalcitrantes. Lo mismo ha sucedido en Brasil, con la inestabilidad política y la recesión económica interna.

China, el país socialista, cuyo único partido es comunista, paradójicamente ha convertido su sistema económico en el capitalismo más salvaje conocido, siendo el primer exportador e importador de bienes y la primera potencial industrial.  Nada de esto es casual, el dragón rojo ha leído bien las señales, las distracciones y los vacíos de Occidente y ha ido ganando influencia y terreno en silencio y con discreción. Pero el día que quieran gritar podrán hacerlo a todo pulmón porque se habrán hecho con la mitad del planeta.

¿Solicitar la desnuclearización de la Península coreana es mucho pedir?

Washington.- A Kim Jong-un le gusta jugar con fuego, y nunca mejor dicho, pero sus ensayos balísticos cada vez más frecuentes, aunque muchos fallidos, son una fuente constante de preocupación para el mundo. Parece que la presión internacional estimula a éste provocador sus ambiciones militares. Mientras más foros hablan del peligro que representa Corea del Norte, más lanzamientos de misiles vemos.

La Administración Trump ha sido muy directa en expresar su absoluto rechazo y disposición a responder a gran escala de ser necesario. Lo que a Pyongyang parece exacerbarle su deseo de responder con otro proyectil. En el fondo ha sido este pulso lo que ha puesto en los titulares de toda la prensa internacional a un país destrozado, que con lo único que cuenta es con armamento nuclear capaz de desestabilizar el planeta, que no es poco, razón por la que no frenarán su carrera armamentística, pues es su única arma de protagonismo internacional. Por lo tanto, ¿es descabellado pedir la desnuclearización de la Península coreana?

Tan solo unas horas previas al lanzamiento del misil del viernes pasado, Tillerson afirmaba que el objetivo final que tiene Estados Unidos es la desnuclearización de la península de Corea. Así mismo tachaba de extraordinariamente importantes las relaciones entre China y Estados Unidos, pues “nosotros necesitamos su ayuda para conseguir la desnuclearización”. Afirmaba también que Estados Unidos no va a volver a la mesa de negoción con Pyongyang, porque sería como premiarlos por estar violando las resoluciones de Naciones Unidas. Por su parte, China, en su tónica acostumbrada, llamaba a la calma y a una salida pacífica. Lo que, al menos por ahora, es difícil de imaginar.

Estados Unidos quiere jugar teniendo en su equipo a China. Sería la manera más sensata de resolver o parar esta grave amenaza. Ninguna de las partes desea un conflicto armado. La embajadora estadounidense ante Naciones Unidas, Nikki Haley, afirmó la pasada semana que, por primera vez, China está siendo realmente un gran aliado para enfrentar la grave situación en Corea. Insistió en que Estados Unidos debe continuar la presión que está ejerciendo; sin embargo, dijo, “ni la comunidad internacional ni EEUU tenemos como objetivo comenzar una guerra, pero si nos dan razones habrá una respuesta militar”.

En el marco de estas graves tensiones, Donald Trump informa a Corea del Sur, (en una entrevista concedida a Reuters), que sería apropiado pagar el billón de dólares que cuesta el escudo antimisiles (THADD por sus siglas en inglés). Ciertamente, el lado comercial del presidente es muy dominante y sale a relucir en cualquier maniobra, incluso en las diplomáticas. Y, a su vez, manda un doble mensaje por su cuenta de twitter, diciendo que Corea del Norte no ha respetado los deseos de China y del presidente con el lanzamiento del último misil. Recordándole a los norcoreanos que China está del lado de Estados Unidos en la lucha por acabar con la proliferación armamentística de Pyongyang mientras que aprovecha para coquetear con Xi Jinping.

Estamos en medio de una novedosa situación donde Estados Unidos necesita a China y no está teniendo ningún reparo en admitirlo. A China le gusta sentirse necesitada, pero no quiere renunciar a su juego táctico de seguir siendo el proveedor de Pyongyang, pero con prudencia, porque hasta ellos saben que Kim Jong-Un es peligroso y despiadado. Los chinos están disfrutando el protagonismo indirecto que le está trayendo la cercanía con Washington y sin duda, le sacaran provecho en otras negociaciones donde necesitan del apoyo estadounidense.

China quiere evitar un enfrentamiento militar a toda costa, pues desestabilizaría la zona y podría generar una estampida de norcoreanos buscando refugio en su territorio. Y además les pone en una situación vulnerable, pues en un escenario de confrontación bélica podrían salir agredidos por error. Y son conscientes de que Estados Unidos podría comenzar un ataque directo en la parte norte de la península coreana. A su vez, contar con un régimen como el de Pyongyang les ayuda a mantener el liderazgo en la región, ya que los convierte en los interlocutores de unos y otros. Pero, ¿hasta dónde está dispuesta a llegar la comunidad internacional frente a un peligro potencial como éste?

La comunidad internacional tiene el deber de exigirle más a China. El juego diplomático y el coqueteo al que está jugando Estados Unidos es válido, y probablemente inteligente. Sin embargo, si China quiere el reconocimiento de súper potencia debe comportarse como tal y presionar de verdad a Pyongyang con recortes de exportaciones, a ver si finalmente en un momento de sensatez el gobierno chino logra que el norcoreano rectifique y dejen el juego nuclear que trae a todos de cabeza.

El ajedrez asiático

Donald Trump ha afirmado que la situación creada por Corea del Norte y sus repercusiones en el área estratégica de Asia Pacífico es como una partida de ajedrez en la que no hay que adelantar públicamente las jugadas de cada uno. Y lo dijo tras afirmar que no había que descartar una acción militar directa de EEUU contra Corea del Norte y antes de sugerir que no se negaría a encontrarse con el presidente norcoreano si se dan las condiciones necesarias para ello. Todos estos comentarios, que parecen haber sorprendido a algunos analistas y desatado una nueva ola de comentarios de suficiencia respecto a Trump, no parecen indicar otra cosa que lo que desde hace meses parece evidente: Estados Unidos está volviendo al realismo político que durante décadas fue la estrategia de los republicanos y combinando está vuelta a los clásicos con un renovado protagonismo de la Casa Blanca en la puesta en marcha de la política exterior de Estados Unidos.

Sun Tzu, general, estratega militar y filósofo de la China del siglo VIII, citado hasta la saciedad (aunque mucho menos leído) como fuente de la estrategia militar, política y empresarial, dijo que “el bando que sabe cuándo combatir y cuándo no hacerlo se alzará con  la victoria. Existen caminos que no hay que transitar, ejércitos a los que no hay que atacar, hay ciudades amuralladas que no hay que asaltar”.

Este método de prudencia y cálculo a la hora de emprender acciones militares seguramente es bien conocido por los asesores de Trump y, desde luego, parece una definición anticipada de la posición estratégica china desde hace muchos años. En el fondo se trata de la doctrina de acumulación de fuerzas y razones y la aproximación indirecta a un objetivo antes de emprender una acción que una vez puesta en marcha debe ser decisiva.

No darle importancia y presentar estas posiciones como un comentario más de Trump es un error que incide en los que ya comete Europa, que sigue perdiendo oportunidades de estar presente en la esfera internacional dejando todo el protagonismo a terceros. La cada vez más intensa agenda de Putin (conversaciones con Merkel y Trump con pocas horas de diferencia) sin que exista aparentemente una posición común de la UE al menos respecto a dos problemas fundamentales, Corea del Norte y la presión rusa en el Báltico, definen bien quienes están a cada lado del tablero, aunque tal vez sea uno de esos en los que pueden jugar más de dos.

La fatal arrogancia

Vivir es encontrarse náufrago entre las cosas, pero en Occidente aún abrigamos la esperanza de que un día arribaremos a una playa paradisíaca donde todos nuestros anhelos serán colmados. Este optimismo hunde sus raíces en Platón y alcanzó su cénit durante la Ilustración. Para el marqués de Condorcet, los problemas políticos no eran esencialmente distintos de los físicos o los matemáticos, en los que la respuesta correcta a cada cuestión es una y solo una. Como la mayoría de los philosophes, no veía motivos para que la humanidad no pudiera avanzar hacia la sociedad ideal guiada por expertos en la ciencia del hombre, igual que expertos en la ciencia de los astros como Newton nos habían introducido en la sala de máquinas del universo.

Condorcet saludó la caída de los Borbones como el alba de una era de “verdad, felicidad y virtud”, que consideraba ligadas por “una cadena irrompible”. Pero la única cadena irrompible que tuvo ocasión de conocer fue la que le echaron en la prisión de Bourg-la-Reine (entonces Bourg-Égalité), donde murió devorado por la revolución que tanto había contribuido a alumbrar.

El propio John Maynard Keynes aún especulaba en 1930 con la posibilidad de que “el problema económico” quedara definitivamente zanjado en un siglo. En plena Gran Depresión y ante el atónito auditorio de la madrileña Residencia de Estudiantes, defendió que los economistas eran meros técnicos, no celebridades, y expresó su deseo de que algún día recibieran el tratamiento de “gente modesta y competente, al mismo nivel que los dentistas”. Con la discreción y pericia con que estos nos colocaban una prótesis cuando perdíamos una muela, los economistas sustituirían las piezas que se le fueran cayendo a nuestro aparato productivo.

Las profecías de Keynes no sentaron bien en cierto sector de la prensa española, que esperaba por lo visto una disertación más erudita. El Debate apuntaba al día siguiente: “Nos permitimos dirigir a los organizadores de conferencias de extranjeros que adviertan a estos de que para charlas líricas ya tenemos en España muy adecuados oradores”. Era un comentario paleto e injusto, aunque no del todo improcedente, porque denunciaba esa arrogancia intelectual que tanto sorprende fuera de nuestra cultura. “Los chinos no creen en remedios permanentes”, explica Henry Kissinger. “Para Pekín, cualquier solución es el billete de entrada a un nuevo problema”. Puede haber avances, pero provisionales, en el corto plazo.

La historia de la economía está llena de ejemplos que confirman esta convicción. El dinero, por ejemplo, facilita la división del trabajo y la especialización, y ha hecho posibles nuestros actuales niveles de bienestar. Es inimaginable una sociedad moderna sin medios de pago fiduciarios. Sin embargo, su manejo inaugura una gama inédita de desafíos. Si la emisión es excesiva, se generan inflaciones de activos, como burbujas inmobiliarias o bursátiles; y si es insuficiente, puede ocasionar deflaciones todavía más destructivas. Fue lo que pasó en 1929, cuando la Reserva Federal reaccionó al pánico de Wall Street con una política brutalmente contractiva, en parte para mantener la paridad con el oro y, en parte, para purificar el sistema financiero mediante la “liquidación” de los bancos “débiles”. Era una medicina rigurosa y temeraria que se tradujo en el colapso de los precios, el crédito y la actividad que hoy conocemos como Gran Depresión.

Milton Friedman y Anna Schwartz documentaron el proceso en su monumental Historia monetaria de los Estados Unidos y, en noviembre de 2002, con motivo del 90 aniversario del primero, Ben Bernanke les rindió homenaje. “Quiero decirles a Milton y Anna: gracias”, proclamó. “Lo sentimos mucho, pero gracias a ustedes no se volverá a repetir”.

Se equivocó, como hoy sabemos. Seis años después, Lehman Brothers se hundía arrastrándonos a la Gran Recesión.

“La economía como disciplina académica nunca se completará”, observa Andreu Mas-Colell. “No lo llegaremos a saber todo porque el todo cambia con la propia evolución”.

La playa paradisíaca con la que soñamos en Occidente no existe. Deberíamos hacer caso a los chinos.

INTERREGNUM: Cacofonía norcoreana

Mientras Kim Jong Un aprovechaba el 105 aniversario del nacimiento de su abuelo—el “presidente eterno” de Corea del Norte, Kim Il Sung—para mostrar al mundo sus capacidades militares y amenazar a Estados Unidos, Trump siguió desconcertando a los observadores. Responder a las bravuconadas de Kim mediante el envío de un portaaviones que en realidad iba camino de Australia no contribuye a su credibilidad. Pero más llamativas resultan sus declaraciones sobre el juego diplomático que dice haber puesto en marcha con Pekín.

Trump aseguró que si China no presionaba a Pyongyang, actuaría por su cuenta. Es posible, sin embargo, que, durante su encuentro en Florida a principios de este mes, el presidente Xi Jinping le convenciera de lo inviable de toda solución unilateral. Afirmar que “todas las opciones están encima de la mesa” carece pues de valor cuando Trump sólo puede gestionar—que no resolver—la crisis norcoreana con la ayuda de Pekín. Su tweet indicando, por otra parte, que no acusará a China de manipular su moneda por la colaboración que ésta va a prestar con respecto a Corea del Norte, como si tal quid pro quo fuera posible, refleja un notable desconocimiento de los intereses estratégicos chinos.

Pekín comparte el objetivo de una península desnuclearizada y la urgencia de mitigar la escalada de tensión. Pero Corea del Norte representa un útil instrumento de negociación en su relación con Estados Unidos al que no va a renunciar (especialmente si aspira a conseguir el visto bueno de Washington a su creciente control del mar de China Meridional). Por lo demás, según contó Trump en otro tweet, Xi le explicó que Corea perteneció a China en otros tiempos: una revelación que—pese a la indignación que ha provocado en Seúl—confirmaría la ambición de Pekín de rehacer un orden sinocéntrico en Asia, como el que existió hasta la irrupción de Occidente a mediados del siglo XIX. La contradicción que esto supone con su tweet anterior quizá se le haya escapado al presidente. Lo relevante, en cualquier caso, es que—en la actual dinámica de redistribución de poder—las amenazas vacías de Washington debilitan la confianza de sus aliados, y facilitan de ese modo la reconfiguración de la estructura regional de seguridad deseada por Pekín.

Un escenario bélico parece descartable por sus consecuencias, pero el tiempo juega a favor del desarrollo del arsenal nuclear norcoreano; una perspectiva que también inquieta a China aunque la garantía de seguridad que quiere Pyongyang sólo se la puede dar Estados Unidos. Ante la innegable gravedad del problema se requiere mayor creatividad, una mejor comprensión de los objetivos chinos a largo plazo y, quizá, mayor discreción. Silenciar la cuenta de tuiter del presidente no perjudicará a la diplomacia norteamericana.

Trump tropieza (otra vez) con la realidad

Cuando en marzo de 2001 los talibanes demolieron los Budas de Bamiyán, miles de miradas se giraron hacia George W. Bush, pero este no movió un dedo. Durante la campaña, en uno de los debates que mantuvo con Al Gore, ya había advertido que no compartía “el uso de las tropas” que la Casa Blanca estaba haciendo y que él sería más “cuidadoso”. No mencionó Afganistán ni Al Qaeda, pero en diplomacia no es necesario ser explícito. La opinión pública interpretó correctamente que el nuevo presidente se replegaba de la escena internacional.

Hasta que Bin Laden le tiró las Torres Gemelas. En ese momento Bush se dio cuenta de que nada humano le era ajeno y de que si Estados Unidos no iba a Afganistán, Afganistán acababa yendo a Estados Unidos.

Quince años después, Donald Trump ha vuelto a rehacer el mismo camino. Tras señalar que Siria “no es asunto nuestro” y desaconsejar a Barack Obama que la atacara, acaba de destruir la base desde la que partieron los aviones que gasearon el pasado 4 de abril la localidad de Khan Sheikhoun.

La psicología de dictadorzuelos como Bachar el Asad es bastante elemental. Son como un niño pequeño: prueban los límites de los padres hasta que les cae un coscorrón; entonces se paran. Por desgracia, Obama no era mucho de dar coscorrones (o de que se le viera dándolos) y en Damasco se habían ido envalentonando, especialmente después de comprobar cómo la amenaza de que no toleraría el uso de armas químicas se quedaba en papel mojado.

Henry Kissinger ya advirtió en su día que esta retractación era muy inquietante, sobre todo porque no la consideraba un hecho puntual, sino la manifestación de un malestar más hondo. “La diplomacia y el recurso a la fuerza no son acciones aisladas”, razonaba en The Atlantic hace unos meses. “Están vinculadas”, lo que significa que “la otra parte de una negociación debe saber que hay un punto de inflexión más allá del cual pasarás a imponer tu voluntad. De lo contrario, estás condenado al bloqueo o la derrota”.

El problema es que, para ir más allá de ese punto, deben darse tres condiciones. Estados Unidos reúne dos: “una capacidad militar adecuada” y “la voluntad táctica de desplegarla”, pero ha perdido la tercera: “una doctrina que alinee los valores del poder y la sociedad”.

Durante la Guerra Fría hubo plena sintonía entre políticos y ciudadanos: por eso se derrotó a la Unión Soviética. Pero en Vietnam e Irak “fuimos demasiado lejos”, dice Kissinger, “porque nuestra acción armada no se había adecuado ni a lo que los votantes podían soportar ni a una estrategia para la región”. Como Obama, muchos americanos piensan que la democracia no se puede defender vulnerando los valores que la inspiran. Cada vez que Washington apoya a un dictador o derroca a un líder legítimo, se enajena la simpatía de la opinión pública y socava su propia base de autoridad. De acuerdo con esta doctrina, sigue Kissinger, “el mejor modo en que Estados Unidos puede contribuir a la difusión de sus principios es retirándose de aquellas regiones donde únicamente podemos empeorar la situación”. Eso es lo que se hizo en Siria.

Esta actuación exterior tiene una justificación ética endeble, por no decir que hipócrita. “Obama ha efectuado bombardeos similares [a los de Camboya en 1969] con drones en Paquistán, Somalia y Yemen”, observa Kissinger. Pero sobre todo supone una transformación radical. Desde Harry Truman, todos los presidentes han coincidido en la necesidad de involucrarse en los acontecimientos internacionales. Existía una “visión clara” de lo que era el “orden pacífico” y “nadie cuestionaba que nos sacrificaríamos para preservarlo”. Se estacionó un gran ejército en Europa y se enviaron portaaviones al golfo Pérsico y al estrecho de Formosa.

Con Obama esa determinación se tambaleó. Por primera vez desde los años 40 la implicación de Washington en el resto del planeta dejó de estar garantizada.

Trump ha vuelto a poner las cosas en su sitio. A ver lo que dura.

Trump pide paso

El bombardeo por la Armada de Estados Unidos de  la base siria de la que partieron los aviones que realizaron el ataque con armas químicas contra una posición de los rebeles al Gobierno de Bachar el Assad, supone una carta de presentación de EEUU en el nuevo panorama internacional tras los titubeos de Obama y las bravatas, mezcladas con anuncios del repliegue sobre sí mismo, del propio Donald Trump. Como dice Miguel Ors en esta publicación, el presidente se ha tropezado con la realidad.

No se trata tanto de analizar los detalles que han precedido a la intervención de Estados Unidos ni qué elementos han rodeado a la inmensa estupidez del crimen del Gobierno sirio y cómo ha situado a la propia Rusia en un terreno incómodo. Lo realmente significativo es el giro que supone que Estados Unidos se haya hecho presente directamente en un escenario del que se había alejado, que anuncia que está dispuesto a llevar a cabo nuevas acciones similares y, lo que es más importante, que la Casa Blanca ha comenzado a deslizar un mensaje que rompe el consenso europeo de resignación que significaba aceptar que una solución del conflicto pasa por pactar con el dictador, postura que ha venido convirtiendo a Rusia en el líder de la supuesta pacificación. Trump irrumpe en la partida con cartas nuevas.

Sin embargo, aunque no ha mostrado su juego, que sean cartas nuevas no significa que sean buenas. Frente al dictador y sus crímenes hay una multitud de bandas y bandos que compiten en criminalidad con el Gobierno de Damasco y que, además, suponen una mayor desestabilización y amenaza para la región y para el equilibrio internacional. Ahora bien, la situación de placet a El Assad que significaba la situación anterior y que aún sigue vigente, supone por su parte, la consolidación de un eje Teherán-Moscú con apoyo en Hizbullah que sitúa en un mismo lado, aunque pueda parecen sorprendente, a Israel, Arabia Saudí, Egipto, Jordania, Estados Unidos y, si reflexiona un poco, a la Unión Europea.

Cambiando de metáfora lúdica, Trump ha dado una patada al tablero y quiere uno nuevo para el que no tiene piezas suficientes, pero que va a necesitar que Europa, es decir, básicamente Alemania y Francia, se sienten un definir un papel claro y lo defienda con determinación. El conflicto sirio no se circunscribe a Siria sino que se extiende a Irak, llega en sus alianzas hasta Yemen y repercute en una Palestina que en la práctica funciona como dos países; Gaza y la llamada Cisjordania. Si no se analiza el escenario en su conjunto las medidas pueden ser parciales, y no hay pruebas de que Trump lo haya analizado en toda su complejidad.

Por qué Xi Jinping no se arrima más al toro

En noviembre de 2013, a los pocos meses de asumir la presidencia de China, Xi Jinping reiteró ante el Comité Central del Partido Comunista el papel “decisivo” que el mercado desempeñaba en la asignación de recursos y se comprometió a restringir la intervención del Estado en la economía. El comunicado despejó cualquier duda sobre su filiación: Xi era, sin duda, un reformista. Un apparatchik incluso declaró al Diario del Pueblo que sus planes supondrían un “salto adelante” comparable al de Deng Xiaoping, padre de la liberalización que transformó la República Popular en el gigante actual.

Casi cuatro años después, Xi únicamente ha mostrado resolución para “ocupar y militarizar amplias zonas” del Pacífico, se lamenta Ian Johnson en la New York Review of Books. “Xi será uno de los líderes más fuertes sobre el papel”, añade, pero es “mucho menos impresionante cuando se consideran sus obras”. Y señala cómo las ineficientes empresas públicas sobreviven gracias a la respiración asistida que les suministra la banca oficial. “La argumentación con la que se pretende justificar la desaceleración […] ya no es creíble”, escribe Johnson. El país no atraviesa un bache cíclico, sino que podría estar cayendo en “la temida ratonera de los ingresos medios”, una fase en la que quedan atrapadas las sociedades cuyos gobernantes son incapaces de adoptar las medidas que conducen a la prosperidad genuina.

Es una crítica dura y bien documentada. Respecto de la expansión militar, la necesidad de garantizarse las materias primas y el control de las rutas comerciales ha llevado a Pekín a reivindicar “en menos de dos años […] 17 veces más tierra en el mar de la China Meridional que el resto de reclamantes en los últimos 40 años”, señala Águeda Parra Pérez en un artículo del Instituto Español de Estudios Estratégicos. Sin embargo, esta politóloga también subraya que Xi “se ha mostrado siempre firmemente comprometido con la paz” y que, de hecho, “sus presupuestos de defensa llevan años en descenso”, en gran medida porque no quiere “repetir los errores de la antigua URSS”, cuya escalada militar acabó asfixiando el desarrollo.

La gran prioridad de Pekín sigue siendo el crecimiento. ¿Por qué no acomete entonces las reformas que Johnson le aconseja? Básicamente, porque no es tan sencillo. Como los expertos taurinos que gritan al matador desde la seguridad del tendido: “¡Pero arrímate más, hombre!”, los columnistas financieros dicen con mucha seguridad lo que hay que hacer, pero en realidad tienen menos idea de la que aparentan. Durante una charla pronunciada en 2009, Dani Rodrik observó que los grandes hitos en la lucha contra la pobreza se han producido al margen de la academia. “¿Puede alguien darme el nombre del economista occidental o del trabajo de investigación en que se basaron las reformas chinas?”, preguntó a su auditorio. “¿Y qué me dicen de Corea del Sur, Malasia o Vietnam?” En ninguno de esos casos jugó la teoría un rol decisivo. Hasta Chile, cuyo éxito se atribuye (“erróneamente”, según Rodrik) al asesoramiento de Milton Friedman, despegó después de que se descartaran varias “políticas desastrosas de los Chicago Boys” y se aplicara una “heterodoxa combinación” de liberalismo, control de capitales y programas sociales.

El propio Xi comenzó hace tres años a aplicar las directrices de los organismos internacionales. “Recuerdo que daba clases allí [en China] y, de la noche a la mañana, me desapareció un tercio de los alumnos”, contaba en Actualidad Económica el profesor del IESE Pedro Videla. “Les dije: ¿tan mal lo estoy haciendo?, pero me explicaron que eran funcionarios y que se habían acabado sus privilegios: los Audi, las casas, los másteres. A partir de ahora todos los ciudadanos iban a ser iguales… Esta caída del gasto público se trasladó, sin embargo, a la economía general con más intensidad de lo previsto. La construcción se hundió, lo mismo que el consumo de los hogares. El Gobierno se asustó, recogió velas y ahora el crédito crece a tasas del 80%, los pisos han vuelto a dispararse y la inversión, que se había desplomado al 10% del PIB, ha remontado hasta el 25%”.

Si en la New York Review of Books se han dado cuenta de que la situación de las empresas públicas es delicada, seguro que en Pekín están también al corriente. Otra cosa es que puedan hacer algo al respecto. Han logrado modificar algo la composición de su economía”, dice Videla. “El sector servicios ya aporta el 50% del PIB. Pero el resto del ajuste no sabemos cómo va a ir. Hasta ahora pensábamos que lo controlaban todo e iban a evitar una caída brusca. Pero hace dos veranos fueron incapaces de levantar la bolsa y han surgido las dudas”.

¿Un año rumbo a la catástrofe?

2017 comienza percibido por gran parte de la opinión pública mundial como un año de incertidumbre y muchos apuntan que se inicia un rumbo hacia la catástrofe. Es, en gran parte, un sentimiento subjetivo que se justifica con criterios dispares. En realidad, este pensamiento está asentado sobre imágenes creadas en los grandes medios de comunicación, que tiene no poco que ver con posicionamientos ideológicos y viejos prejuicios.

Si se analizan los argumentos que se apuntan tenemos tres grandes líneas de pensamiento: los terribles conflictos suscitados por el islamismo radical; la emergencia de los populismos en los que los discursos de la extrema derecha y de la extrema izquierda coinciden inquietantemente, y, cómo no, la elección de Donald Trump para ser presidente de los Estados Unidos los próximos cuatro años. Y una cuarta línea, ya sostenida en el tiempo: el apocalipticismo general que mete en un mismo saco todas las profecías del horror: la catástrofe climática, el auge de la pobreza y la suprema miseria moral.

Sin embargo, los datos desmienten esos argumentos. Si enumeramos los conflictos bélicos existentes, concluimos que hay menos que nunca desde la Guerra Mundial, aunque el impacto audiovisual y del terrorismo cuando golpea Occidente amplifican sus ecos; los populismos merecen una atención pero, de momento, no hay una ola antidemocrática aunque esté más en los medios de comunicación que en las urnas, y Trump, cuyo principal error es su imprudencia, no ha definido una política que se concrete en una ruptura con la tradición republicana. Y recuérdese que se dijo lo mismo de Reagan y los Bush, padre e hijo. Además, las cifras hablan de crecimiento económico en África y de recuperación, lenta y desigual, en casi todas partes.

Eso no quiere decir que no haya riesgos. En la zona Asia Pacífico la tensión aumenta como consecuencia del rearme naval chino, el repunte del nacionalismo japonés, la anomalía agresiva de Corea del Norte y el refuerzo del protagonismo ruso, asuntos que exigen un análisis por separado y relacionándolos. Es en ese contexto en el que la imprudencia de Trump puede ser el desencadenante de elementos de crisis más graves. Hay que esperar que el pragmatismo chino, la contención japonesa y los elementos de equilibrio interno de Estados Unidos serán necesarios y determinantes.