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INTERREGNUM: Corea del Norte: ¿qué hacer? Fernando Delage

El sexto ensayo nuclear norcoreano el pasado 2 de septiembre y el lanzamiento, dos días después, de un misil balístico sobre el espacio aéreo japonés representa una grave escalada de tensión en el noreste asiático.

Pyongyang continúa avanzando en el desarrollo de su arsenal, a un ritmo que sorprende incluso a los expertos. Al mismo tiempo, pone a prueba la confianza de Tokio y Seúl en su aliado norteamericano. Contar con un instrumento de disuasión frente a Washington, y reforzar internamente su régimen, es la principal motivación del programa nuclear de Corea del Norte. Pero Kim Jong-un sabe que la mejor manera de debilitar la posición norteamericana es minando sus alianzas. Por esa razón no se entiende el camino seguido por Trump, que está—mediante sus declaraciones—provocando el mismo resultado.

Cada tweet del presidente de Estados Unidos elevando el tono de amenaza no hace sino provocar una nueva acción norcoreana: como bien conoce Pyongyang, Washington carece de opciones militares políticamente viables. Corea del Norte actúa por lo demás en un transformado entorno regional, como consecuencia en particular del ascenso estratégico de la República Popular China y de sus claras intenciones revisionistas. De estas circunstancias se derivan dos hechos rotundos.

Si la crisis en la península no puede separarse de la dinámica de cambio geopolítico en Asia, ¿puede tener éxito una política norteamericana que no identifique sus opciones con respecto al problema en el marco más amplio de un nuevo concepto estratégico regional? Pekín, como es lógico en función de sus intereses, no está ejerciendo sobre Pyongyang la presión que Trump esperaba. Pero Washington no puede formular su política hacia la península sin definir primero qué espacio está dispuesto a conceder a China en el emergente orden de la región. (Si no está dispuesto a cederle ninguno, nos encaminamos entonces hacia un choque de mayores dimensiones). Estrechamente relacionado con esta cuestión hay un segundo imperativo central: ¿de verdad espera la Administración Trump gestionar el problema sin Tokio y Seúl?

Lejos de coordinar posiciones con Japón y Corea del Sur, el presidente norteamericano no ha dudado en criticar a Seúl, obligando a los gobiernos japonés y surcoreano a depender en creciente medida de sus propios medios, lo que les acerca a la opción nuclear. Ésta es una pesadilla que China intentará prevenir, pero que el propio Trump sugirió durante la campaña electoral el pasado año.

Washington actúa como si pudiera imponer sus objetivos sin tener en cuenta un contexto que va más allá de sus problemas bilaterales con Pyongyang. Sin contar con una doctrina estratégica. Sin cubrir aún, tras nueve meses de presidencia, los puestos clave sobre Asia en los departamentos de Estado y de Defensa, o embajadas decisivas en la región. Sin recordar, aparentemente, otros fracasos norteamericanos en esta parte del mundo, cuya causa fundamental fue la de intentar resolver un problema de manera aislada y desconectada de las variables de su entorno.

Veinte años de la crisis asiática (y 3). El efecto mariposa. Miguel Ors Villarejo

El Museo Siam de Bangkok ha dedicado este año una exposición al aniversario de la crisis asiática. Aparte de fotografías y gráficos con la cotización del baht, el visitante podía contemplar “objetos que condensan el sufrimiento de los ciudadanos corrientes”, cuenta la agencia AP: “la estatua del Buda a la que un hombre de negocios confesó lo que no se atrevía a decir a su familia: que se había arruinado. O el teléfono por el que una mujer se enteró de que su jefe se había quitado la vida”. Algunos estudios cifran en 10.400 los suicidios adicionales que se produjeron en 1998 solo en Japón, Corea del Sur y Hong Kong.

La muestra se subtituló “Lecciones (no) aprendidas” y a The Economist le parece con razón “injusto”, porque las víctimas de la catástrofe se saben hoy muchas cosas “de memoria”. “Con la excepción de Hong Kong”, dice la revista, “no confían en una paridad fija con el dólar para controlar la inflación”. También son mucho más sensibles a los desequilibrios exteriores. “Tailandia arroja hoy un superávit del 11% en su balanza por cuenta corriente”.

Los tigres no son los únicos que han extraído enseñanzas. El FMI también se vio obligado a revisar su manual de primeros auxilios. Sus remedios nunca han sido muy populares, pero en 1997 imponía unas condiciones tan draconianas para acceder a sus préstamos contingentes, que Malasia rompió las negociaciones y decidió salir por libre del atolladero. En abierto desafío con el catecismo liberal vigente, impuso controles de capitales, aumentó el gasto público y rescató empresas y bancos. “El establishment académico auguró el colapso inevitable de la economía malaya”, recuerda Martin Khor, director del think tank South Centre. “Pero sorprendentemente se repuso incluso más deprisa y con menos pérdidas que otros países. Hoy las medidas [de Kuala Lumpur] se consideran una eficaz estrategia anticrisis”. Tuvimos ocasión de apreciarlo en 2007 y 2008, cuando Estados Unidos no dudó en nacionalizar su industria del motor y el G20 auspició un plan de estímulo para relanzar la actividad mundial.

Al final y a pesar de los anuncios apocalípticos de la izquierda, el capitalismo sobreviviría a aquel verano de 1997. “Los tigres se recuperaron antes de lo previsto”, reconoce el presidente del Banco de Desarrollo Asiático, Takehiko Nakao, y una vez saneados han retomado un vigoroso crecimiento.

Pero sería una ingenuidad incurrir en un optimismo de signo opuesto. En el azul firmamento capitalista los horizontes nunca están del todo despejados. Primero, porque la flotación de la moneda no es un remedio infalible. Todos (en Asia, en Europa o en América) estamos supeditados a las decisiones de la Reserva Federal. Cada vez que sube o baja tipos, altera la rentabilidad relativa de los activos y ocasiona movimientos de capitales que pueden hacer mucho daño.

Y segundo, porque se engaña quien crea que las crisis son consecuencia de la ineptitud (o la venalidad) de los responsables políticos y económicos, y que otros más perspicaces (u honestos) podrán evitarlas en el futuro. La seguridad absoluta no existe. El matemático John Allen Paulos relata el experimento de tres investigadores que emularon un negocio de elaboración y venta de cerveza, “con fábricas, mayoristas y minoristas, todo de pega. Introdujeron regulaciones verosímiles sobre pedidos, plazos y existencias, y pidieron a directivos, empleados y otras personas que […] jugaran como si todo fuera serio”. No tardaron en detectar “variaciones imprevistas”, “graves retrasos en el cumplimiento de los pedidos” y “una sensibilidad extrema a cualquier pequeño cambio”.

Es lo que predice la teoría del caos. En todo sistema dinámico (como la bolsa o la atmósfera) una alteración minúscula en las condiciones de partida puede dar lugar a escenarios diametralmente opuestos. “El lector de prensa”, aconseja Paulos, “debería ser muy cauto ante […] las crónicas que señalan causas únicas” para situaciones complejas, como las recesiones, porque están sujetas a fuerzas que las hacen “poco predecibles”. El aleteo de una mariposa en China puede determinar que, meses después, en Florida reine la calma o ruja un huracán. Y el hasta entonces irrelevante déficit exterior de un país del Lejano Oriente puede desatar el pánico en las finanzas planetarias.

Península coreana: una bomba en cuenta regresiva. Nieves C. Pérez Rodríguez

El segundo misil de largo alcance lanzado por los norcoreanos el pasado viernes 28 de julio, ratifica la capacidad que tienen de atacar a los Estados Unidos en su propio territorio. A diferencia de lo que hemos escrito en previas publicaciones, en esta ocasión hay expertos que sostienen que Corea del Norte podría tener capacidad de llegar con un misil a la ciudad de Washington o Nueva York, lo que pone en alerta roja la tensa calma en la que hemos vivido en las pasadas décadas, a la vez que desmonta las teorías que preveían que Pyongyang en un plazo de unos 2 años podría ser capaz de poner un misil en Hawai e incluso en California.

En el marco de esta gran tensión, los medios internacionales se hacían eco de la grave situación con interrogantes como la planteada por el Sydney Morning Herald: ¿hasta qué punto están preparadas están las ciudades estadounidenses para un ataque nuclear? O la afirmación del Washington Post “el sentido del tiempo se agota en la confrontación con Pyongyang”. A pesar de los cambios de inquilinos de la Casa Blanca, su posición oficial ha sido parecida en relación a Pyongyang en los últimos 70 años, sin embargo, la situación nunca había sido tan peligrosa, y mucho menos Estados Unidos se había encontrado en tal vulnerabilidad.

Johanna Maska, experta en Marketing y que trabajó para Obama durante más de 8 años, primero en la campaña electoral y luego desde la Casa Blanca como la directora de prensa del presidente, considera que Obama dedicó gran parte de su tiempo a la región de Asia Pacífico. 4Asia tuvo ocasión de conversar con ella, que personalmente organizó visitas oficiales a Singapur, Tailandia, Corea del Sur, Camboya, Birmania, Indonesia, Malasia, Filipinas, Japón, China, Australia, e India. Y, en su opinión, todas esas visitas tuvieron como fin liderar conversaciones sobre paz, seguridad y prosperidad económica.

Maska enfatiza la diferencia entre Obama y Trump y la prioridad del primero por liderar junto con los países asiáticos un esfuerzo diplomático para hacer un trabajo en conjunto y manejar la grave situación de Corea del Norte. Mientras que, hasta ahora, ella considera que Trump dedica mucho tiempo a twittear pero muy poco esfuerzo en generar compromisos diplomáticos regionales.

En sus propias palabras “el escenario actual es mucho más propenso a conseguir el establecimiento de compromisos en el Pacífico, que en el momento en el que Obama era presidente. Hoy es evidente el avance y la determinación de Kim Jong-un. No en vano presume de capacidad armamentista, y no es un mito que está dispuesto a hacer uso de su arsenal. Es tiempo de que Trump haga algo más que escribir unos 140 caracteres en sus respuestas en twitter y se dedique a gestionar esta grave situación”.

Veinte años de la crisis asiática (1): La victoria de la izquierda. Miguel Ors Villarejo

 Cuando el 2 de julio de 1997 el Gobierno tailandés anunció que renunciaba a la paridad fija con el dólar porque se había quedado sin reservas para defenderla, la izquierda mundial no pudo ahogar un bufido de satisfacción. Desde que casi una década atrás el muro de Berlín se viniera estrepitosamente abajo y dejara a la vista la siniestra verdad del paraíso comunista, la progresía había permanecido discretamente callada. La superioridad del capitalismo era patente y, en combinación con la democracia liberal, parecía efectivamente la estación final de la historia.

En la primera mitad de los años 90 aún se registraron turbulencias en México, Brasil o Argentina, pero los expertos las atribuían a la ineptitud y/o corrupción de sus élites. Ni Tailandia ni sus vecinos (Singapur, Corea del Sur, Filipinas, Malasia, Indonesia, Taiwán, Hong Kong) tenían nada que temer, porque su comportamiento era (en términos macroeconómicos) impecable. “A diferencia de los manirrotos latinoamericanos”, escribe The Economist, “presentaban elevadas tasas de ahorro y superávits en sus cuentas públicas”. Tailandia había cerrado 1996 con una deuda que no alcanzaba ni el 5% del PIB. ¿Por qué los mercados se ensañaron unos meses después con estos alumnos aventajados del Fondo Monetario Internacional?

Para Peter F. Bell, un profesor de la Universidad Estatal de Nueva York, la razón estaba clara. “El milagro asiático fue el fruto de una peculiar y necesariamente efímera coyuntura de las fuerzas de clase planetarias, en la que los capitales de Occidente y Japón pudieron dominar políticamente y explotar económicamente los relativamente bajos salarios asiáticos”. Mientras estos se mantuvieron en niveles compatibles con unos beneficios empresariales abundantes, los inversores se dedicaron a “la extracción de plusvalías en la industria exportadora”. Pero la concienciación del proletariado local hizo cada vez más complicado este expolio. Los sindicatos presionaron para mejorar las remuneraciones y, al caer la rentabilidad de las manufacturas, el dinero se refugió en el sector inmobiliario. Ahí infló una espectacular burbuja y, cuando esta reventó, huyó dejando tras de sí un reguero de quiebras, desempleo y miseria. “El PIB [de la región]”, escribe Barry Sterland, “pasó de crecer el 7% en los ejercicios anteriores a contraerse el 7% en 1998. En el caso de Indonesia, el declive fue del 13%”.

Bell publicó su análisis en 2001, cuando todavía humeaban los escombros de aquel pavoroso espectáculo. Si disfrutara como nosotros de una perspectiva más amplia, difícilmente podría afirmar (aunque con los marxistas nunca se sabe) que unos salarios elevados son incompatibles con “la extracción de plusvalías”. Porque, una vez encajado el brutal golpe, los tigres hincaron una rodilla en el suelo, tomaron aire, se irguieron y, en las dos últimas décadas, han experimentado un intenso ritmo de actividad. El capital mundial continúa explotando a los tailandeses a pesar de que su renta per cápita, que rondaba los 3.800 dólares en 1997, alcanzó los 5.900 el año pasado, un 55% más. En Corea del Sur el progreso ha sido aún más llamativo: de los 13.000 dólares de 1997 han pasado a los 25.500, un 96% más. ¿Por qué los aviesos inversores no dan la espalda a unos trabajadores que en algún caso están mejor pagados que los europeos?

Es verdad que, en igualdad de condiciones, el empresario preferirá producir allí donde menos cueste la mano de obra, pero la igualdad de condiciones nunca se da. “Las naciones ricas son ricas porque están bien organizadas y las pobres son pobres porque no lo están”, explica The Economist. “El obrero de una planta de Nigeria es menos eficiente de lo que podría serlo en Nueva Zelanda porque la sociedad que lo rodea es disfuncional: la luz se corta, las piezas de recambio no llegan a tiempo y los gerentes están ocupados peleándose con burócratas corruptos”.

“A mediados de los años 70”, abunda el Nobel Paul Krugman, “el trabajo barato no era argumento suficiente para permitir que un país en vías de desarrollo compitiera en el negocio de las manufacturas internacionales. Las sólidas ventajas del Primer Mundo (sus infraestructuras y capacidades técnicas, el superior tamaño de sus mercados y la proximidad a proveedores clave, su estabilidad política y las sutiles pero cruciales adaptaciones sociales que permiten el correcto desempeño de una economía) más que compensaban diferencias en los sueldos de 10 y hasta 20 veces”.

“Entonces”, continúa Krugman, “algo cambió. Una combinación de factores que aún no entendemos del todo (rebajas arancelarias, desarrollo de las telecomunicaciones, abaratamiento del transporte aéreo) redujo los inconvenientes de fabricar [en Asia]” y países “que se habían dedicado previamente al cultivo de café y yute empezaron a coser camisetas y zapatillas deportivas”.

A diferencia de las autoridades latinoamericanas, las del Lejano Oriente se dieron cuenta en seguida de que a aquellos patronos extranjeros (en su mayoría grandes multinacionales) no podía dejárseles campar a sus anchas, pero en lugar de ponerles encima un burócrata que inevitablemente acababa siendo capturado, lo organizaron de modo que se vigilaran entre sí mediante una saludable competencia. Esta fue la primera clave del milagro asiático. Al obligar a las diferentes marcas a pelear para quedarse con los empleados más productivos, los salarios empezaron a subir y, al cabo de una década, se habían acercado “a lo que un adolescente americano gana en un McDonald’s”, dice Krugman.

La otra explicación del milagro asiático fue la estabilidad. Para granjearse la confianza del capital foráneo, se adoptó una política de gasto muy conservadora: todos los presupuestos se saldaban con superávit y la deuda era prácticamente inexistente. Además, para minimizar el riesgo cambiario y de inflación, se estableció una paridad fija con el dólar. El Gobierno se ataba al mástil de la política monetaria de la Reserva Federal, con lo que cualquier hombre de negocios tenía la tranquilidad de que sus beneficios no se verían diluidos por la depreciación de la divisa local o una devaluación súbita, como era habitual en las repúblicas bananeras.

Esta combinación de bajos costes laborales, libertad de mercado y ortodoxia macroeconómica puso en marcha un círculo virtuoso de inversión, empleo, producción, exportación e inversión de nuevo que permitió a los tigres completar en unas décadas un proceso de enriquecimiento que en Occidente había llevado siglos.

Este éxito cuestionó la tesis entonces dominante sobre la indisolubilidad del matrimonio entre economía de mercado y democracia liberal e incluso se teorizó que Oriente había alumbrado una modalidad distinta y más poderosa de capitalismo, que algunos bautizaron pomposamente como confuciano.

Suma y sigue, una historia de ciegos. Julio Trujillo

Un paso más hacia… lo mismo. Corea del Norte ha lanzado otro misil hacia el mar territorial del Japón, Estados Unidos ha activado sus defensas en todo el Pacífico y ha alertado de manera especial sus sistemas de alerta y respuestas en las islas Aleutianas y Alaska, el presidente Trump ha recordado a China su deber de contener a la dictadura norcoreana, Pekín ha requerido la retirada del escudo antimisiles de Estados Unidos en Corea del Sur y Japón ha vuelto a reclamar una acción internacional mientras prosigue su discreto pero decidido rearme naval.

En este escenario de empate infinito, pero de riesgo creciente, ya que tanto las acciones del dictador norcoreano como las del atrabiliario presidente Trump parecen inspiradas por los impulsos coyunturales, Europa sigue ausente, sin perfil, perdida en sus laberintos. Recuerda aquella frase del general Colin Powell cuando afirmaba que ante cada crisis de seguridad del planeta, cuando Estados Unidos alertaba a sus fuerzas de seguridad y usaba sus armas, Europa elaborada un comunicado de condena. Esta sistemática colocación de perfil para no salir del todo en la foto refleja, y eso no sería lo más grave, no sólo la tradicional tendencia a rehuir todos los enfrentamientos hasta que el enemigo llama a la puerta, sino la ausencia de criterios. Europa, la Unión Europea, no dice nada, y eso sí que es lo grave, porque no sabe qué decir, no tiene una concepción estratégica del conflicto, ni qué consecuencias puede tener para Europa ni cómo los acontecimientos pueden ser un riesgo o una oportunidad. Nada de eso, Europa es como los delincuentes oportunistas que esperan los acontecimientos y se prepara para ver qué puede rebañar en medio de la tormenta.

Estados Unidos tiene una estrategia. Existe más allá de Trump, aunque éste la gestione desde el impulso, la ignorancia y una vuelta al proteccionismo, por encima de la opinión de algunos de sus asesores. Pero Europa, que quiere aparentar una unidad de acción por encima de los intereses nacionales de sus componentes, encuentra en la inacción la manera de correr riesgos de desunión. En China, como en Libia o en Oriente Próximo, la princesa no decide, sólo se sonroja, da largas e intenta contentar a todos los pretendientes.

¿Qué tiene en la cabeza ese niño gordito y loco? Miguel Ors.

El Brillante Camarada Kim Jong-un celebró el 4 de julio, la fiesta nacional de Estados Unidos, con sus propios fuegos artificiales: un misil de carga nuclear capaz de alcanzar Alaska. “La probabilidad de un conflicto catastrófico es demasiado alta como para que nadie se sienta cómodo”, comenta Zack Beauchamp en Vox. Como han hecho las dictaduras toda la vida, Corea del Norte busca un enemigo externo cuando pierde adhesión interna y, dada su acreditada ineptitud, esto sucede bastante a menudo.

El hecho de que disponga de un arsenal atómico hace extremadamente peligrosa esta dinámica. No se trata solo de que un día se le vaya la cabeza a ese “niño gordito y loco”, como llama John McCain a Kim. Sus provocaciones también podrían dar lugar a una respuesta mal medida por parte del temperamental Donald Trump o de la vecina Seúl, donde incluso han considerado la posibilidad de un magnicidio. “Jeffrey Lewis, director del Programa de No Proliferación de Extremo Oriente”, escribe Beauchamp, “piensa que matar a Kim es una opción real […] principalmente para atajar de raíz una posible agresión nuclear”.

Sería, sin embargo, una lástima, porque, a diferencia de su abuelo y de su padre, Kim no es un caso (totalmente) perdido.

En mayo del año pasado, el Brillante Camarada aprovechó el Congreso del Partido de los Trabajadores de Corea del Norte para consagrar la doctrina byungjin o del “desarrollo paralelo”. Por un lado, refuerza el programa armamentístico. “En la reforma constitucional de 2012”, explicaba el investigador principal del Real Instituto Elcano Mario Esteban, “[el país] se presentaba como potencia nuclear”, pero sin especificar si ello implicaba o no la posesión de una bomba atómica. La “línea byungjin reconoce explícitamente este punto” y deshace cualquier ambigüedad.

Esta no es una buena noticia y se interpretó en su día como un peldaño más de la escalera que conduce al holocausto. Pero mientras Kim alimenta con el brazo militar su imagen de guardián del régimen, con el brazo civil desmantela la herencia económica. Porque el otro eje del “desarrollo paralelo” es la liberalización del aparato productivo. “Comienzan a atisbarse”, escribía Esteban, “algunas similitudes” con la transformación iniciada en China hace 30 años, como la privatización parcial del campo, donde ahora “se garantiza a los agricultores un porcentaje de la cosecha que obtienen”.

Bryan Harris afirma directamente en el Financial Times que “Corea del Norte ha pasado de un socialismo férreamente controlado a un modelo básicamente de mercado”. Aunque las estadísticas disponibles son poco fiables (el Instituto de Investigación Hyundai estima que en 2015 la renta per cápita norcoreana creció el 9% y el Banco Central de Seúl, que cayó un 1%), los expertos que viajan con frecuencia a Pionyang coinciden en que “el cambio salta a la vista”. Ha surgido una clase adinerada llamada donju que exhibe su poderío en los cada vez más numerosos restaurantes y comercios. “Según una encuesta realizada a más de 1.000 desertores”, escribe Harris, “el 85% de la población se abastece ahora de alimentos en los mercados y únicamente un 6% depende ya de las cartillas de racionamiento”.

El problema de esta estrategia bífida es que es inconsistente. Si Kim quiere un crecimiento sostenible como el que han experimentado otros tigres asiáticos, necesita captar masivamente capitales y exportar aún más masivamente, y difícilmente lo logrará lanzando cohetes. En algún momento tendrá que elegir entre ser una potencia nuclear o convertirse en un miembro respetable de la comunidad internacional. ¿Y qué hará?

Nos encantaría decirles que ensayos como el del 4 de julio son una mera pantalla tras la que se oculta un astuto plan de transición a la normalidad, pero lo cierto es que el único que lo sabe hoy por hoy es ese niño gordito y loco.

Llegó el verano y twitter no para. Nieves C. Pérez Rodríguez

Washington.- Con el comienzo oficial del verano y la apetencia natural por bajar la presión y el ritmo, parece que en occidente relativizamos más el complejo panorama internacional. Mientras tanto, Míster Trump se apega cada vez más al twitter. Lo ha convertido en más que una herramienta de trabajo, algo que va más allá de un medio de comunicación. Parece su canal de liberación de frustraciones mediáticas, su manera de hacer catarsis con su ego de las críticas a su gobierno. Hasta parece que intenta crear una burbuja de realidad paralela en donde le habla sólo a su audiencia, como quien quiere alimentarles con la información que él filtra para aislarlos de la “Fake Media” (Medios falsos), como él les llama al menos una vez al día, dedicando una parte muy considerable de su tiempo a atacarles. Con tantos problemas que necesitan atención y gestión…

Que el personaje no tenía experiencia política era sabido, y eso no es un pecado, pero de ahí a intentar cambiar la manera de gobernar usando ataques y twitter como gestión de gobierno hay un trecho largo y peligroso. Por citar un ejemplo: después del encuentro oficial en Florida entre Trump y Xi Jinping, que debió ser muy cordial, el líder de la oficina oval no ha tenido sino palabras agradables para su homólogo chino. Incluso después del último misil lanzado por Corea del Norte el jueves pasado, Trump en un tono diplomático twitteó que al menos sabe “que el líder chino había intentado mediar en la crisis, a pesar de no haberlo conseguido”; así como en otra oportunidad dijo que sería un “honor encontrarme con Kim Jung-Un”. Es que twitter le da mucho juego para mandar mensajes internacionales, para afianzar sus ideas, y hasta para tratar de distorsionar la noticia del día.

Su tendencia cubre también el ámbito doméstico. Obama Care, o la reforma sanitaria a la que convirtió en parte fundamental de su campaña, y que ha sido una de sus banderas políticas a lo largo de estos 6 meses de gobierno, es también otro de sus tópicos favoritos en twitter; o atacar a los representantes demócratas por votar en contra, o en muchos casos a los propios representantes republicanos por no apoyarlo a pasar la legislatura, que según muchos expertos no resolverá ningún problema y por el contrario los agudizaría.

Intentando ser objetivos y justos, debemos reconocer que en su gabinete tiene gente capaz. Según el New York Times, Rex Tillerson mantiene posiciones realistas y  Nikki Haley (embajadora ante Naciones Unidas) un discurso moralista, pero ninguno de ellos han formado parte del mundo diplomático antes. Mike Pence no tiene la experiencia del anterior vicepresidente tampoco, sin mencionar que no goza ni de un ápice del carisma de Joe Biden. Su yerno Jared Kushner cargado de buena intención parece haberse equivocado aceptando reuniones con los rusos. Y no podemos dejar fuera a los militares, que en la historia de los Estados Unidos han influido en la dirección de la política exterior considerablemente. El general Flynn está en una posición muy comprometida por haber aceptado dinero ruso y al secretario de Defensa, James Mattis, la historia no le perdona frases duras y controvertidas durante la guerra de Irak. Una fuente de la Fuerza Naval que pidió no ser revelada, insistió sin embargo a 4asia que él confía plenamente en el general Mattis, subrayando que es un profesional con buen criterio y capaz de priorizar la seguridad del Estado por encima de todo.

Y mientras, Beijín finiquita la construcción de la base militar más avanzada en las Islas Spratlly (en una de las islas artificiales que han construido en el sur del mar de la China, a pesar de toda la presión internacional); los Estados Unidos han vendido a Taiwán un formidable arsenal cuya negociación comenzó con la Administración anterior pero que está parece haber dilatado con toda la intención, en espera de la intermediación china en Corea del Norte. Y como si el mensaje no fuera lo suficientemente claro, el gobierno estadounidense también impone sanciones a un banco chino por vínculos con Corea del Norte, lo que se traduce en bloqueo para esta entidad y sus usuarios al sistema bancario estadounidense.

Además, la visita del presidente surcoreano Moon Jae-in a Washington le da el escenario perfecto a Trump para afirmar que la paciencia estratégica con el régimen de Corea del Norte ha acabado por muchos años. Inmediatamente antes, el general McMaster, asesor de seguridad nacional, confirmaba públicamente que las opciones militares para Corea del Norte han sido preparadas y serán presentadas al presidente. Seguramente Twitter será el primer canal que comunique la decisión de la Casa Blanca en relación a Pyongyang que según vemos no tiene pinta de ser nada pacífica, tal y como lo hemos venido advirtiendo…

El deterioro de relaciones entre Washington y Pyongyang se agudiza. Nieves C. Pérez Rodríguez

Washington.- Otto Warmbier es un buen ejemplo del extremismo que impera en Corea del Norte. Condenar a un joven universitario a 15 meses de trabajos forzados por intentar robar un póster de propaganda del régimen norcoreano es todo un símbolo. Y la gran incógnita que nos deja es cual fue la razón que lo llevó a un coma en el que vivió durante un año y que tras su liberación le produjo su fallecimiento. Esta defunción pone en un punto mayor de tensión, si cabe, las frágiles relaciones entre Washington y Pyongyang. ¿Y ahora qué?

Está claro que todos los intentos de Washington por evitar que Corea del Norte se hiciera con armas nucleares han fracasado. Mucho antes de que Pyongyang comenzara su carrera armamentística, Estados Unidos intentó sin ningún éxito evitarlo. Han sido distintas las maniobras para neutralizar la dinastía Kim con sanciones, ejercicios militares, presión externa, y más reciente el intento del presidente Trump de una maniobra novedosa de acercamiento a China, a pesar de la larga lista de calificativos negativos que usó durante la campaña en su contra Pekín. Trump apostó por pedirle a Xi Jinping directamente que intercediera en la tensa situación entre Estados Unidos y Corea del Norte. Y esta semana pasada, justo después de que fuera anunciada la muerte del estudiante, Trump publicó a través de un twitter que al menos sabe que China lo intentó. Sin embargo, no funcionó.

Mientras tanto, en el otro lado del Pacífico se llevaron a cabo maniobras aéreas de mano de los japoneses en cooperación con los estadounidenses a pocas horas de conocerse la noticia de la muerte de Warmbier. Al respecto, el medio oficial del régimen de la dinastía Kim dedica un par de editoriales en los que advierten a Japón de que podrían convertirse en su objetivo, además de recordarle a Corea del Sur que seguir a Trump los llevará a un desastre.

En medio de esta grave situación de dimes y diretes, la Administración estadounidense está intentando tomar el control de la situación. El pasado miércoles, en otro intento diplomático, se llevó a cabo en Washington una reunión de alto nivel entre funcionarios estadounidenses y chinos en la que el Secretario de Estado, Rex Tillerson, recordó a China “que tienen una responsabilidad diplomática de ejercer mayor presión económica y política al régimen de Kim Jon-un, para prevenir una escalada de violencia en la región”. Mientras, el Secretario de Defensa, James Mattis, afirmaba que los Estados Unidos seguirán tomando las medidas necesarias para defenderse y defender a sus aliados. Todo apunta a que aumentarán su presencia militar en la región y que la Administración Trump continuará presionando para conseguir que sean impuestas más sanciones a la dinastía Kim, a la vez que Tillerson terminaba el encuentro anunciando que Trump visitara a China en el transcurso de este año, como quien quiere ofrecer un premio con el que ejercer coerción diplomática.

De acuedo con David Sanger y William Broad, periodistas del New York Times, Estados Unidos está jugando un papel clave en el gran número de misiles fallidos de Corea del Norte, que explotan en el aire, que se desintegran o acaban en el mar. Hace tres años Obama ordenó intensificar los ataques electrónicos a Corea del Norte. El 88% de los lanzamientos de sus misiles han fallado, por lo que afirman que es parte del sabotaje de los estadounidenses a los programas cibernéticos al régimen de Pyongyang.

Sin embargo, reconocen que hay un grupo de expertos que se muestran escépticos con esta teoría y que explican que el margen de error puede deberse a problemas técnicos y/o de manufactura. Advierten que la prueba de que no estarían manipulados por Washington está en que en los últimos meses los coreanos del norte han lanzado 3 misiles de mediano alcance con éxito.

En lo que sí coinciden casi todos los expertos es en que Pyongyang tendrá un misil nuclear antes de que el presidente Trump termine su periodo presidencial. Y a esa amenaza Washington ha respondido aumentando sus radares de alerta temprana en las principales bases militares del país. Solo en la costa oeste, la más vulnerable a un posible ataque norcoreano, se han instalado 36 interceptores capaces de neutralizar misiles en vuelo. Paralelamente a los intentos diplomáticos y pacíficos se ha conocido que la Casa Blanca está valorando un ataque a Corea del Norte, en el que se pretendería erradicar el régimen cuyo tercer heredero ha potenciado drásticamente su carrera armamentística.

Las dudas no son pocas. Sólo la geografía de Corea del Norte es un gran obstáculo por su complejidad montañosa, además de la dificultad de acabar con el presidente norcoreano, pues Kim Jong-un, como todos los dictadores de su horma, está muy obsesionado con cambiar permanentemente de ubicación.

Esperemos que ante esta posible y drástica amenaza China reaccione con inteligencia y ponga a Kim Jong-un entre la espada y la pared. China cuenta con los mecanismos pra hacerlo, las caudalosas cuentas de las figuras del régimen están en sus bancos, así como el origen de la mayoría de las importaciones que salen de China a Corea del Norte. Esperemos, en fin, que la cordura sea el timón de este barco que cada día está más a la deriva y con rumbo muy negro.

¿Es China el nuevo Japón? Ojalá. Miguel Ors Villarejo

Cada vez que se forma una burbuja inmobiliaria en algún lugar del planeta, surge la misma pregunta: “¿Estaremos ante un nuevo Japón?” Nos ha pasado a nosotros no hace tanto. “Los paralelismos entre la situación española a partir de 2008 y la japonesa a partir de 1990 son evidentes”, escribía Albert Esteves en 2012. Y hemos perdido efectivamente una década: nuestro PIB solo va a recuperar este año el nivel de 2007. Pero mientras Japón no ha vuelto a conocer los vigorosos ritmos de crecimiento de la posguerra, nosotros llevamos 10 trimestres encadenando incrementos del 0,7% o superiores (lo que equivale a tasas anuales del 3%). Eso no significa que estemos libres de toda contingencia, pero sí al menos de la del estancamiento.

Otro notorio candidato al título de Nuevo Japón del Año es China. El Financial Times escribe que “su deuda total ha superado el 250% del PIB y continúa subiendo, mientras los funcionarios intentan contener los estratosféricos precios inmobiliarios y el Gobierno gestiona las secuelas del colapso bursátil de 2015”.

Por si no fuera suficiente parecido, hace un par de años el magnate Liu Yiqian compró un Modigliani por la desorbitada cifra de 170 millones de dólares, evocando los igualmente disparatados 40 millones que en 1987 pagó una aseguradora de Tokio por Los girasoles de Van Gogh. Aquel hito se considera hoy el cénit de los excesos nipones. A partir de entonces todo fue cuesta abajo. ¿Anuncia el Desnudo acostado una inflexión similar?

El propio Financial Times señala que “hay extremos en los que la comparación falla”. Para empezar, mientras Japón asistió impotente a la revalorización del yen, China no duda en calentarle de vez en cuando los nudillos a quienes especulan con su moneda, “y esto no es probable que vaya a cambiar”.

Además, dos tercios de la deuda de la República Popular están en manos de compañías y entidades públicas, lo que proporciona al Gobierno un amplio margen de maniobra a la hora de renegociar aplazamientos y quitas.

Pekín también ha aprendido de la experiencia ajena y, a diferencia de Tokio, ha iniciado una maniobra para pasar de un modelo orientado hacia las exportaciones a otro más sostenible basado en el consumo (aunque hay que señalar que sin el menor atisbo de éxito por el momento).

La diferencia clave es, no obstante, que la enfermedad japonesa no ha sido tanto económica como demográfica. Si la población hubiera mantenido la tendencia previa a la crisis, no habría habido estancamiento. El problema es que, como cada vez son menos, la suma de lo que venden (o sea, su PIB) no varía. Pero a lo largo de los años 90 la productividad no dejó de mejorar y, con ella, la renta per cápita.

La parálisis nipona ha sido, en buena medida, una ilusión estadística. Aunque la economía en su conjunto dejó de expandirse, los japoneses siguieron experimentando una saludable sensación de progreso.

Ojalá les pase lo mismo a los chinos.

INTERREGNUM: La crisis asiática, veinte años después. Fernando Delage

Se cumplen veinte años esta semana del estallido, en Tailandia, de la crisis financiera que muchos en Occidente interpretaron en su día como el fin del excepcionalismo económico asiático. El hundimiento del baht tailandés, y el rápido contagio a otros países del sureste asiático y, unos meses más tarde, a Corea del Sur, era consecuencia—se pensaba—de la insostenibilidad a largo plazo de una fórmula de crecimiento no apoyada en los principios de la economía de mercado.

Pero esta primera gran crisis de la globalización fue en realidad una crisis del sector financiero privado: dada la solidez de sus fundamentos macroeconómicos, en apenas dos años los países afectados por aquel estallido recuperaron su alto ritmo de crecimiento, confirmando el desplazamiento del centro de gravedad económico del planeta hacia Asia. Los occidentales se verían atrapados, década y media después, en su propia crisis—también con origen en el mundo financiero—mientras la globalización avanzaba con una cara cada vez más asiática tras la integración en la economía mundial de China primero, e India después.

La rápida superación de la crisis financiera aparcó, sin embargo, la resolución de problemas estructurales que hoy definen la agenda económica y política nacional. A pesar de décadas de crecimiento sostenido, la mayor parte de los países asiáticos se encuentran ante la “trampa de los ingresos medios”, es decir, incapaces de dar el salto hacia una alta renta per cápita a medida que desaparecen las ventajas competitivas de una población activa de bajos salarios en un contexto de nuevas presiones demográficas. Es un problema compartido por las economías del sureste asiático, pero también la más urgente prioridad del gobierno chino.

Aunque pueden identificarse distintas variables económicas que explican esas dificultades, en último término se trata de una cuestión política. La crisis de 1997-98 acabó con la idea de que los gobiernos autoritarios asiáticos habían encontrado un modelo eficiente, y alternativa tanto del capitalismo occidental como del socialismo de corte soviético. Indonesia comenzó su transición hacia la democracia, y Tailandia se dotó de una nueva constitución que—se esperaba—, dejara atrás su inestable historia política. Dos décadas más tarde, ya no se trata de industrializar sociedades agrícolas; el desafío consiste en aumentar la productividad y encontrar un nuevo motor de crecimiento en la innovación y la alta tecnología. Pero ello no será posible sin la necesaria modernización política e institucional: una economía madura y avanzada está reñida con la arbitrariedad, la falta de libertades o la ausencia de un poder judicial independiente.

No puede decirse que las perspectivas sean muy halagüeñas. Mientras se cumplen dos años del último golpe de Estado en Tailandia sin que se haya anunciado una fecha de convocatoria de las elecciones prometidas por los militares, los islamistas sentencian por blasfemia al exgobernador cristiano de Jakarta, Ahok. Mientras en Malasia se persigue a la oposición y se reclama—sin éxito—la dimisión del primer ministro, Najib Razak, envuelto en un caso de corrupción sin precedentes, el presidente filipino, Rodrigo Duterte, declara la ley marcial en Mindanao y continúa con su campaña extrajudicial contra los consumidores y traficantes de drogas. Es un fenómeno regional, esta regresión de la democracia que coincide tristemente con la conmemoración, en agosto, del 50 aniversario de creación de la ASEAN. Aunque la agenda internacional ya está repleta de asuntos que atender, luchar contra el resurgir del autoritarismo en el sureste asiático no debería ser una prioridad menor.