INTERREGNUM: Hacia un orden híbrido. Fernando Delage

En enero del año pasado, la Estrategia de Defensa Nacional de Estados Unidos concluyó, tras calificar a China como un “competidor estratégico” y acusarla de “alterar la estabilidad regional”, que “la región del Indo-Pacífico es escenario de una competencia geopolítica entre visiones opuestas del orden mundial”. Son palabras que explican con claridad por qué el deterioro de las relaciones entre ambas potencias no es un mero paréntesis temporal, sino la consecuencia de un cambio estructural en la distribución de poder que apunta a la irrupción de un nuevo bipolarismo en el sistema internacional.

De manera prematura, numerosos observadores dan por hecho un inevitable dominio chino en el futuro. Pero la mayor proyección global de China es un imperativo que resulta de la prioridad interna del crecimiento económico—sin el cual estaría en riesgo la supervivencia del Partido Comunista—, más que de unas supuestas ambiciones hegemónicas. Dicho eso, China, como tantas otras potencias emergentes a lo largo de la Historia, intenta reorientar a su favor las reglas e instituciones internacionales, tanto en el terreno económico como de seguridad.

Si lo que llamó la atención de China durante los últimos años fue su crecimiento económico y su ascenso como gigante comercial e industrial, la historia de la próxima década será la de la transformación bajo su liderazgo del orden político y económico euroasiático. Por esta razón, identificar las preferencias de Pekín ocupa la atención de infinidad de analistas, volcados en el examen de la estrategia de innovación “Made in China 2025”, en las propuestas de reforma de la gobernanza económica global, en su expansión estratégica en el mar de China Meridional, o en la defensa de un modelo capitalista autoritario como alternativa eficaz a las “disfuncionales” democracias de Occidente. Si hay algo claro es que los líderes chinos tienen una estrategia coherente para llegar al lugar que quieren ocupar en el mundo a mediados del siglo XXI, así como un instrumento central para su realización: la iniciativa de la Ruta de la Seda.

Este es un proyecto que está provocando la reacción de otras grandes potencias y que explica, junto a otras razones, el paso de Washington a la ofensiva contra Pekín. Sigue existiendo, no obstante, cierta confusión sobre sus motivaciones y alcance, pues se trata ante todo de un concepto y de una metodología flexible que se irán reajustando con el tiempo. Para comprender las implicaciones de lo que está en juego ya existen varios estudios de calidad, pero pocos se acercan a la brillantez del que acaba de publicar Bruno Maçães: “Belt and Road: A Chinese World Order” (Hurst, 2019). Maçães, exsecretario de Estado portugués para Asuntos Europeos y vinculado en la actualidad a la universidad Renmin de Pekín, profundiza de manera detallada y sistemática en las tres grandes dimensiones—economía y tecnología, geopolítica y defensa, cultura y política—de la visión china del mundo.

El autor explica como pocos qué quieren los dirigentes chinos. Cuestión distinta, y que se examina en menor grado, es si todos esos planes pueden hacerse realidad: los obstáculos—tanto internos como externos—son considerables. En último término, pensar que China puede sustituir a Estados Unidos en el papel que ésta ha desempeñado desde el fin de la segunda guerra mundial significa desconocer el cambio que se ha producido en la naturaleza del poder internacional. Washington no podrá mantener esa posición sin precedente, pero tampoco nadie podrá sucederle en ese mismo estatus. Lo plausible es que el sistema global se subdivida en dos polos—sin líneas nítidas de separación y en constante evolución—, en los que Estados Unidos y China tendrán sus respectivas redes de países amigos, así como modelos económicos y valores políticos también distintos. Un orden híbrido o pluralista, en suma, en el que tendrán que coexistir tradiciones y esquemas contrapuestos: se acabó el monopolio occidental de la modernización y del poder mundial.

Seúl también juega

Corea del Sur se ha posicionado ante la inminente segunda cumbre entre Donald Trump y Kim Jong-un y ha expresado su satisfacción. Seúl espera que el encuentro constituya “un giro” a favor de la paz en la península coreana, ha dicho oficialmente el gobierno surcoreano.

Aunque parezca que todas esas declaraciones están dentro de lo previsto y lo que corresponde a un viejo aliado de EEUU, Seúl no es en estos momentos un espectador pasivo en la crisis ya que el presidente surcoreano Moon Jae-in ha desarrollado una diplomacia propia y diferente desde su llegada al poder, se ha entrevistado con el presidente Kim y espera celebrar su propia cumbre en Seúl. Hay que recordar que la retirada de Trump del escenario económico y sus contradicciones han creado alarma e incertidumbre en sus aliados más estrechos y antiguos del Pacífico.

Por eso, el gobierno surcoreano ha precisado oficialmente que “Corea del Sur continuará con su estrecha coordinación con Estados Unidos, su principal aliado, para alcanzar el objetivo de una “desnuclearización completa”, añadiendo que Seúl intensificará su diálogo con Pyongyang para que la cumbre anunciada sea un éxito.

Precisamente, uno de los escollos del avance en el despliegue de lo hablando en la primera cumbre en Singapur el pasado junio está en que Kim quiere equiparar su amenaza nuclear a la presencia de tropas de Estados Unidos en el sur de la península y a la capacidad de respuesta militar de Seúl, que para los surcoreanos, además de ser un insulto, constituye una amenaza en sí mismo. (Foto: Floriano Cathala, Flickr.com)

United States: Another Step Back.

(Traducción: Isabel Gacho Carmona) Donald Trump’s decision to withdraw troops from Syria and Afghanistan has caused an earthquake in the American political scene. It was due to the opposition from the political and military leadership, the White House presidential advisers, analysts and experts and the resignation of Jim Mattis, a general who had already been set aside by Obama for his opposition to the presidential renounce to take a more active role in Syria. Mattis, who was re-fished by Trump, is reputed to be tough but was building bridges with Europe and the Middle East in the face of the swings of Trump. This is the most serious crisis of the Trump Administration, not only because of the deepening of the loss of confidence within its environment, but also because of the message that the US gives to Russia, Iran and China.

In Syria, Trump’s policy has followed Obama’s, but with more fuss. The US never got significant allies on the ground or had a clear strategic plan. After attempting to overthrow Bashar al-Assad without putting sufficient forces or allies on the ground, US eventually developed tactical plans to control strategic zones with the support of its Kurdish allies to the north and some Arab groups to the south and east. Thus, they left the whole global initiative to the Russians who, with the support of Iran and the al-Assad government, reversed the situation, consolidated the regime and gave widespread support to the presence of Iranian forces and Lebanese allied militia of Tehran, Hizbullah, drawing a new strategic framework in the region. The withdrawal of the troops leaves the few US allies to their fate and gives green light to the victory of Russia and Iran.

The withdrawal of troops also from Afghanistan, after years of vacillation between the war and pressures on the Government of Kabul to negotiate with the “moderate” fraction of the Taliban, is another step in the confusion. In Afghanistan today, the Taliban movement is stronger, Al-Qaeda has reappeared, and the Islamic State has begun to act.

The most important thing here is the message. The protectionism and isolationism of Trump is not only economic, but also military. The US allies in each region begin to doubt and confidence is cracked, which will probably lead them to unilateral measures to strengthen their positions or vary their alliances. Regarding the opponents, Russia and China, Trump is telling them that to the extent they increase their pressure, the risks of their strategic advances decrease, as long as they do not directly attack the United States.

THE ASIAN DOOR: ¿Puede el Smartphone impulsar el consumo en China? Águeda Parra

Las bolsas de medio mundo se han convertido en el termómetro diario de la situación de inestabilidad económica global creada por efecto de la guerra comercial entre Estados Unidos y China. La buena sintonía y la posibilidad de alcanzar acuerdos han predominado en las conversaciones mantenidas entre los representantes de ambos gobiernos durante la segunda semana de enero en Beijing, efecto que ha devuelto el color negro a los parquet bursátiles por primera vez en lo que llevamos de la tregua de 90 días acordada entre Trump y Xi.

Un espejismo que no hará mejorar unas previsiones de crecimiento, ya de por sí rebajadas por las principales economías mundiales para 2019. Entre ellas China, que está encontrando en la reducción del consumo interno su otro gran caballo de batalla junto a la guerra comercial con Estados Unidos. Efectos colaterales de una reacción en cadena que está llevando a una sociedad, históricamente caracterizada como muy ahorradora, a reducir sus gastos ante la sensación de inseguridad financiera que pronostica un largo enfrentamiento por la hegemonía mundial en el que China tiene más que perder que ganar.

En la era de Xi, el consumo interior se ha posicionado como una de las principales palancas para mantener los ritmos de crecimiento económico que permitan a China ser una potencia global en 2049. Lo que a principios de 2018 eran buenas perspectivas para la economía china, el impacto de la guerra comercial con Estados Unidos ha provocado una abrupta desaceleración del crecimiento del sector servicios a niveles de hace más de un año. El efecto en cascada se consolida, siendo muchos los indicios que han mostrado una desaceleración del consumo entre la población china.

El más notorio se produjo durante la mayor celebración del e-commerce mundial, el Día del Soltero, que cada año organiza Alibaba el 11 de noviembre. Durante las 24 horas que dura la fiesta de las compras online, China alcanzó en 2018 un volumen de ventas de 45.000 millones de dólares, tres veces más que la cifra alcanzada ese mismo año durante el Black Friday y el Ciber Monday juntos. Alibaba conseguía un nuevo récord de ventas online, pero a menor ritmo. Se constataba una notable ralentización en el incremento de las ventas, apenas un 24% respecto al año anterior, mientras en 2017 supuso un 44%.

Una economía digital que en el caso del sector servicios en China sucede a través del Smartphone. Por primera vez, en 2018 será mayor el tiempo invertido por la población china en utilizar los dispositivos móviles que en ver la televisión, hasta suponer un 41,6% del tiempo medio diario, registrando además un crecimiento del 11,1% respecto al año anterior. Las estimaciones pronostican mayores crecimientos, con previsión de que en 2020 la población china pase un tercio de su tiempo digital diario viendo vídeos. De ahí la adaptación que han realizado los BAT para generar una nueva oportunidad de negocio que fidelice aún más a sus usuarios con suscripciones a través de las plataformas iQiyi, de Baidu, YouKu de Alibaba, y Tencent Video, desarrollada por Tencent.

En las compras online sucede algo similar. Aunque el cambio de China hacia el Smartphone apenas se produjo hace un lustro, la facilidad en el pago y la disponibilidad en medios online y offline han contribuido a que sea el medio preferido en China para realizar las compras en línea. Los grandes titanes chinos disponen de sus propias aplicaciones, WeChat Pay, propiedad de Tencent, y Alipay, emblema de Alibaba en el mercado de pagos móviles, que se integran en el gran ecosistema de la economía digital que ha desarrollado China. De hecho, durante el Día del Soltero en 2018, el Smartphone fue el medio utilizado en el 90% de las compras online, a diferencia del 34% que supuso en el caso del Cyber Monday.

El Smartphone, como elemento central de la economía digital en China con una penetración de más del 70% respecto al resto de dispositivos móviles, se está convirtiendo en el mejor aliado del gobierno chino para contener la desaceleración de la economía del país. De hecho, la denominada como “nueva economía”, a la que pertenecen aquellas industrias que han incorporado la tecnología para desarrollar nuevos modelos de negocio, contribuyó en 2017 al crecimiento del PIB de China en un 15,7%, aportando el sector primario un 0,7%, el secundario un 6,6%, y el terciario un 8,4%. Cifras que consolidan al sector servicios como el más relevante para el desarrollo de la economía digital y sobre el que China debe seguir apostando para mantener sus estimaciones de crecimiento.

Para conseguirlo, resulta crucial la iniciativa de sus titanes tecnológicos que han facilitado la posibilidad de que los usuarios Tencent y Alibaba puedan utilizar sus aplicaciones de pago fuera de China en sus destinos vacacionales. Una opción que no solamente se aplica al turismo, sino a aquellos países por donde se está desplegando la nueva Ruta de la Seda (OBOR, en sus siglas en inglés) y que, gracias a las joint-venture con operadores locales, los usuarios chinos pueden utilizar sus aplicaciones como cuando están en China. Una componente de la economía digital que está desarrollando China como parte de la expansión de OBOR 2.0 y que está contribuyendo a mitigar los efectos de la guerra comercial. (Foto: Guy Clift, flickr.com)

INTERREGNUM: Europa y Asia en 2019. Fernando Delage

El creciente poder económico de China, sus rápidos avances tecnológicos y la acelerada modernización de sus capacidades militares ponen a prueba el entorno en el que se ha desarrollado el proceso de integración europea hasta la fecha. La incertidumbre sobre las intenciones de la administración Trump y el paso de ésta a la ofensiva contra Pekín, agravan el dilema europeo.

Washington necesita a sus aliados para evitar que la República Popular recurra a ellos como solución indirecta para evitar los aranceles norteamericanos, y también para compartir información sobre los movimientos chinos en relación con la adquisición de nuevas tecnologías. Estados Unidos intenta, por ejemplo, que se vete a las grandes empresas de telecomunicaciones chinas en los próximos concursos públicos para el desarrollo de las redes 5G. Las preferencias de los gobiernos europeos—y sus percepciones de China—no son siempre coincidentes, sin embargo, con las norteamericanas.

Sin el eje transatlántico, indicó Henry Kissinger hace unos meses, Europa corre el riesgo de convertirse en un mero apéndice de Eurasia, sujeto a los objetivos de Pekín. Pero ¿pueden Bruselas y los gobiernos de los Estados miembros confiar en una Casa Blanca que da a entender que, después de China, la Unión Europea puede ser el próximo objeto de atención de su política de sanciones comerciales?

El debate está pues encima de la mesa. Lo que indican los hechos es que, sólo en los primeros seis meses de 2018, las inversiones chinas en la UE multiplicaron por nueve las dirigidas a Estados Unidos. El total anual alcanzó los 60.400 millones de dólares, un 82 por cien más que en 2017, lo que supuso casi el 56 por cien de la inversión extranjera directa china en su conjunto. Por otra parte, los intentos liderados por Alemania y Francia por reforzar la supervisión de las compras chinas en las industrias estratégicas del Viejo Continente no avanzan lo suficiente por la oposición de algunos gobiernos, con Italia a la cabeza. En este contexto, el mes pasado China anunció un nuevo Libro Blanco sobre la Unión Europea; el tercero tras los de 2003 y 2014. Al cumplirse el 15 aniversario del establecimiento de la Asociación Estratégica Integral entre ambos, el documento enumera las distintas áreas bilaterales de cooperación, retoma la idea de negociar un acuerdo de libre comercio—al que Bruselas se opone—y sugiere que deben cooperar juntos contra el “unilateralismo” (de Estados Unidos, se entiende).

Una de las más inteligentes respuestas europeas a la política proteccionista de Estados Unidos y a las ambiciones chinas reflejadas en la iniciativa de la Ruta de la Seda, ha sido la firma del doble acuerdo de asociación económica y estratégica con Japón, en vigor a partir de 2019. Bruselas ha ido con todo más allá, al aprobar el Consejo, también en diciembre, la estrategia de la Unión hacia India. Las dos grandes democracias asiáticas se suman así a los europeos en la defensa de un orden multilateral y basado en reglas, a la vez que acuerdan coordinar sus posiciones con respecto a los desafíos y problemas comunes de la agenda global.

El discurso multilateral no es suficiente, sin embargo, para gestionar los intereses a largo plazo del Viejo Continente ante la rápida transformación del equilibrio de poder internacional. Algunas piezas, como la asociación con Japón e India o la estrategia de interconexión Europa-Asia—ya mencionada anteriormente en esta columna—han tomado forma, pero se sigue echando en falta una mayor ambición estratégica. Esperemos que las elecciones al Parlamento Europeo y la renovación de la Comisión no interrumpan el necesario ajuste a un mundo en el que la Unión se juega su futuro.

Cien números

En 4Asia acabamos de cumplir los cien números, una cifra que, si no es aún espectacular, certifica la consolidación de un proyecto modesto pero que nació con ganas de aportar datos y opiniones de expertos sobre una realidad, un espacio geoestratégico de creciente importancia para todos.

Nuestros dos primeros años han coincidido con la máxima tensión en la crisis coreana seguida de la primera cumbre entre Trump y el presidente norcoreano; la persistencia del presidente norteamericano en adoptar posturas proteccionistas y de nacionalismo económico; los inicios de la guerra comercial entre Estados Unidos y China y las negociaciones para aliviarla; los cambios estratégicos en Oriente Medio, etc… Hemos intentado ofrecer la visión de expertos sobre esos temas desde la perspectiva de los intereses europeos en general y españoles en particular y esperamos que, aunque sea con limitaciones, lo hayamos conseguido.
En estos momentos la agenda de Asia Pacífico, o Indo Pacífico, está marcada por la preparación de una nueva cumbre entre los presidentes de EEUU y Corea del Norte, con la colaboración y la estricta supervisión de China; las negociaciones sobre los aranceles, la preocupación por la creciente tensión militar en el Mar de la China, con la consiguiente preocupación de Taiwan, Filipinas, Vietnam y, de fondo, Japón, y el crecimiento demográfico, económico y de aspiraciones políticas de India.
Mantenemos el compromiso con nuestros lectores, trabajamos ya en un nuevo debate en unos meses y esperamos seguir dando respuesta a las cuestiones que se plantean.
Gracias a todos los que nos acompañáis cada semana.

Sí, es verdad, Uber se ha llevado tu queso. Espabila. Miguel Ors Villarejo

“Todo el mundo empieza a tener miedo de que lo ubericen”. La expresión es de Maurice Lévy, el presidente de la multinacional francesa Publicis. La acuñó en 2015, en unas declaraciones al Financial Times, y Fundéu no tardó mucho en darle su bendición. Lévy definía la uberización como “la idea de levantarte una mañana y descubrir que tu actividad tradicional se ha volatilizado”. Es lo que está ocurriendo en muchos ámbitos, desde el transporte de viajeros a la concesión de créditos, pasando por el alquiler de pisos, la venta de flores o la contratación de anuncios. Unos recién llegados desarrollan con cuatro euros una aplicación que pone en contacto a los demandantes de un servicio con sus oferentes y prescinden del intermediario. ¿Para qué necesita nadie que Publicis le negocie espacios en la radio o la televisión cuando a través de Facebook o Google puede alcanzar directamente a su público?

Esta desintermediación salvaje ha dado lugar a algunas profecías alarmantes. Uberización = ¿economía desgarrada?, se preguntan Bruno Teboul y Thierry Picard en Francia. Aquí la CNT no tiene ninguna duda: las gestoras de flotas de VTC “imponen condiciones precarias, competitivas y explotadoras a los conductores” y los enfrentan con los “trabajadores del taxi. Este ha sido siempre el juego sucio del capitalismo”. Por su parte, varios expertos dibujaban en la jornada Reinventa’t una distopía inquietante de “nómadas digitales” y jefes que “son algoritmos. Uno de ellos incluso alertaba: “Podría acabarse el estado de bienestar”. ¿Tan mal andamos?

La coincidencia de la revolución del móvil con la Gran Recesión (el iPhone se presentó en enero de 2007, meses antes de que Bear Stearns anunciara la quiebra de dos fondos especializados en hipotecas subprime) enturbia la perspectiva e induce a muchos a atribuir al primero lo que es culpa de la segunda. Solo ahora empezamos a disponer de datos que permitan desenmarañar la madeja. ¿Y qué es lo que nos revelan?

Stéphane Auray, David Fuller y Guillaume Vandenbroucke han destripado las últimas series de la Encuesta Continua de Hogares para averiguar cuántas personas hay pluriempleadas en Estados Unidos. “Tener varios trabajos”, plantean, “se interpreta a menudo como un indicador de que a la gente le cuesta más llegar a fin de mes”, pero su investigación arroja dos “resultados clave”.

Para empezar, la tasa de pluriempleo es menor que hace dos décadas. El pico se alcanzó en 1997, en torno al 6,5%. Hoy está estabilizada por debajo del 5%.

Pero es que, además, quienes más están recurriendo al pluriempleo no son las masas proletarizadas y sin formación, sino licenciados y posgraduados (en torno al 7%). Entre quienes carecen del graduado escolar, apenas el 2% simultanea ocupaciones.

La explicación no está clara, pero en cualquier caso es “inconsistente”, dicen los investigadores, con la tesis de que se pluriemplean quienes pasan dificultades. “Si fuera así”, razonan, “esperaríamos una mayor prevalencia de trabajos múltiples entre los asalariados que probablemente gana menos, esto es, los que poseen peor formación”.

Igual que otras tecnologías disruptivas, el smartpohne no respeta jerarquías ni grados. Ha puesto patas arriba infinidad de negocios y es una pena, pero la sociedad en su conjunto no parece peor y millones de consumidores han abrazado sus posibilidades con entusiasmo. La historia revela que esa es una fuerza imparable. En las sociedades libres, oponerse a los dictados del mercado es una receta para el desastre.

En lugar de ello, lo que hay que hacer es remar a favor de la corriente. El propio Lévy no perdió mucho tiempo lamentándose y preguntándose quién se había llevado su queso, y se puso a buscar matemáticos y expertos en datos para ofrecer a su clientela los algoritmos que pedía. “Estamos”, decía, “fichando a genios, computines, jugadores”.

Uberizándose, en suma, tan rápido como le daban las piernas.

Trump-Kim, hacia su segunda cumbre. Nieves C. Pérez Rodríguez

Washington.- Se vive en EEUU un ambiente político caldeado en la capital, una acalorada confrontación entre los líderes del partido de oposición y la Administración Trump y, lo más llamativo, el cierre de gobierno más largo de la historia, con operaciones mínimas, pero con el empecinamiento del presidente en seguir adelante hasta que el Congreso le apruebe los fondos para construir el muro en la frontera con México. Mientras, en el plano internacional, Washington tiene en la agenda un segundo encuentro histórico entre Trump y Kim Jon-un, y que no es descartable que empiece a dársele prioridad para cambiar el foco de atención de los problemas doméstico a los internacionales.

Kim Jong-un estuvo de visita oficial en la capital china, como quien va a pedir permiso para encontrarse con el adversario. De hecho, el pasado jueves el presidente de Corea del Sur -Moon Jae-in- afirmaba que el viaje de Kim a Beijing es un anuncio del inminente encuentro que tendrá lugar entre Trump y Kim. Así sucedió previamente al primer encuentro y después de su regreso de Singapur.

Corea del Norte tiene muy pocos aliados, y China es más que un aliado para Pyongyang; es su tarjeta de protección, una especie de escudo internacional que lo ha ayudado a sobrevivir tal aislamiento. Kim lo sabe y además lo acepta, por lo que la visita refleja casi una pleitesía a Xi Jinping.

Esta visita coincide con el aniversario de los 70 años de relaciones bilaterales entre ambos, y demuestra un fortalecimiento estratégico de su cercanía, junto con una agenda común para el año. En las conversaciones seguramente se plantearon los posibles escenarios en un segundo encuentro con Trump, y hasta dónde puede Kim ser flexible y dónde debe plantarse.

A principios del año, Trump dijo en un tweet que estaba a la espera de encontrarse con Kim mientras dejaba claro que Corea del Norte tiene un gran potencial económico del que es consciente su líder. Y luego dijo que están negociando el lugar en el que se llevará a cabo el encuentro. De acuerdo con la CNN los lugares que se está barajando son Vietnam, Tailandia, Hawai, incluso quizás Nueva York o Ginebra.

Vietnam es un país con cercanas relaciones con Estados Unidos, al que el secretario de Estado ya visitó el verano pasado y en cuya visita expresó cómo “la economía vietnamita se ha beneficiado de sus intercambios con América” y, además, puso el énfasis en lo positivo que ha sido para Vietnam que abandonaran su programa nuclear, como un buen ejemplo a seguir para los norcoreanos.

Tailandia es un país más cercano a Corea del Norte, y donde tienen sede diplomática. Kim Jong-un seguro que se siente más cómodo asistiendo a una cumbre allí. Además de ser relativamente cercano a la península coreana, tal y como ya se discutió antes durante los preparativos de la primera cumbre de Singapur, Pyongyang no cuenta con un avión con capacidad de volar al otro lado del mundo. Aunque eso sería resuelto con la ayuda de China, es muy posible que para el orgullo de Kim no sea fácil de aceptar, pues su régimen y su persona viven del orgullo y la imagen.

Hawai no es territorio neutral. De hecho, es literalmente territorio enemigo para Kim, por lo que es muy poco probable que sea la sede. Mientras que Nueva York, aunque por ser sede de Naciones Unidas, sería más factible, sigue teniendo la gran dificultad de la distancia. Lo mismo sucede con Ginebra. Incluso el mismo Kim dijo que podía llevarse a cabo en Pyongyang, pero para Washington sería un lugar incómodo y donde no tendrían control, incluidos sus servicios secretos, que estarían supeditados al régimen norcoreano.

Toca esperar a que la decisión sea tomada y anunciada. Con la prontitud que actúa Trump, en cuanto se conozca se prepara todo y allí que se presenta. El problema es de fondo, los avances a la desnuclearización no se han hecho efectivos. Pyongyang quiere que sean suprimidas las sanciones internacionales, pero sin haber dado señales reales de cambio.

Los servicios oficiales de prensa china publicaron que Xi y Kim habían abordado el tema nuclear y la necesidad de la desnuclearización, como quién manda un mensaje a Washington de que están avanzando en ello. Pero lo cierto es que no hay pruebas que lo afirmen.

El gran ganador sigue siendo Kim Jong-un quien en menos de un año ha visitado cuatro veces China en visita oficial y con todos los honores de un Jefe de Estado: se ha encontrado con el presidente de Corea del Sur un par de ocasiones; envió una delegación a participar en los Juegos Olímpicos de invierno, y a día de hoy, se encuentra preparando un segundo encuentro con el líder estadounidense cuando tan sólo el enero pasado estábamos temiendo un ataque desde  Pyongyang  y hacía impensable un cambio de relaciones.

THE ASIAN DOOR: Se esfuma la inversión china en Estados Unidos. Águeda Parra.

Han sido más de 40 años de matrimonio bien avenido de una relación que, con los altibajos propios entre dos grandes potencias, aspiraba a alcanzar las bodas de oro manteniendo viva la chispa que ha caracterizado la relación entre Estados Unidos y China en este tiempo. Se cumplen cuatro décadas del establecimiento de relaciones bilaterales entre Washington y Beijing, y la conmemoración del aniversario llega en pleno apogeo de las luchas de poder que enfrentan a Trump y Xi por el liderazgo tecnológico, por una relación comercial más equilibrada y, en definitiva, por una carrera por la gobernanza mundial.

Con la histórica visita del presidente estadounidense Richard Nixon a China en 1972 comenzaba lo que hasta hace apenas un año era una relación bilateral muy positiva en el ámbito tanto del comercio como de la inversión. Ese encuentro marcaría el punto de partida de etapas venideras que se antojaban prometedoras, ya que se partía de un comercio anual bilateral que no alcanzaba los 100 millones de dólares, mientras que las operaciones de inversión eran casi inexistentes. Se abría por delante todo un mundo de oportunidades para que ambas potencias pudieran desarrollar conjuntamente sus capacidades económicas.

Una etapa de conocimiento mutuo, que terminaría por consolidarse en 1978, cuando Deng Xiaoping ponía en marcha un período de reformas económicas y de apertura al exterior orientado a potenciar el desarrollo de China. Una nueva etapa para China que suponía estrechar lazos con las grandes potencias, consiguiendo, tras intensas negociaciones, que el presidente Carter anunciara en diciembre de 1978 que, con efecto del 1 de enero de 1979, Washington iniciaba relaciones diplomáticas con Beijing. Este giro histórico en la política internacional estadounidense suponía el reconocimiento del gobierno de la República Popular de China como el único legítimo y, por ende, romper relaciones con Taiwán, cuestión que no afectaría, sin embargo, al ámbito comercial y cultural.

Desde entonces, han sido cuatro décadas en las que las relaciones bilaterales de comercio e inversión entre Estados Unidos y China han pasado literalmente de cero a consolidarse como una de las más relevantes en los flujos globales. Fundamentalmente desde la entrada de China en la Organización Mundial de Comercio en diciembre de 2001, que supuso incrementos exponenciales no sólo en los volúmenes de exportación e importación entre ambos países, sino que sirvió de trampolín para que China se haya convertido en el primer exportador mundial y el segundo importador mundial, sólo por detrás de Estados Unidos.

Pero toda relación tiene sus baches, y la celebración del aniversario se ha visto eclipsada por la reanudación de las conversaciones entre los representantes de ambos países durante los días 7 y 8 de enero en Beijing. El objetivo es avanzar en los acuerdos comerciales que den por finalizada, previsiblemente con resultado positivo para ambas partes, la tregua de 90 días alcanzada por Trump y Xi en la guerra comercial que mantienen ambas potencias. Una negociación que se antoja compleja, cuando China es el mayor socio comercial de Estados Unidos, y los mercados americanos son el principal destino de las exportaciones chinas, con un déficit comercial a favor de Beijing que alcanzó los 375.000 millones de dólares en 2017, y que en octubre de 2018 superaba los 344.000 millones de dólares después de meses de guerra comercial.

Toda una cortina de humo que está enmascarando la pérdida del atractivo que despiertan para China las operaciones de inversión en Estados Unidos ante la situación de inestabilidad en su relación bilateral. Después de 10 años en los que se ha disparado la inversión desde los 772 millones de dólares de 2007 a la cifra récord de 46.490 millones de dólares en 2016, China ha encontrado en otras regiones un mejor refugio para sus operaciones en el extranjero. Un giro que responde a la decisión de Beijing de establecer una lista de sectores recomendados, restringidos y prohibidos en los que invertir y que ha impactado fuertemente durante 2017 en el sector del mercado inmobiliario y la hostelería de Estados Unidos, situados en el bloque de operaciones restringidas por Beijing. Un nuevo escenario al que hay que sumar las revisiones regulatorias incorporadas por la administración Trump sobre las adquisiciones extranjeras, que ha favorecido un desplome drástico de la inversión china en Estados Unidos.

Un cambio de tendencia que terminó de consolidarse en el primer trimestre de 2018 con una caída del 92% respecto al mismo período de 2017, mostrando que la inversión de China en Estados Unidos es prácticamente nula. Una situación que afectará más severamente al crecimiento americano que, por efecto de la guerra comercial, ha visto reducida su previsión de crecimiento hasta el 2,5%, desde el 2,9% inicial, una tendencia de la que tampoco se libra la economía china, cuya estimación se sitúa ahora en un crecimiento del 6,2% frente a la estimación anterior del 6,4% pronosticada por el Fondo Monetario Internacional.

美国:又退一步了

(Traducción: Isabel Gacho Carmona) 唐纳德特朗普决定从叙利亚和阿富汗撤军,导致美国政治局势发生地震.  这是由于政治和军事领导层的反对,白宫总统顾问,分析家和专家以及吉姆马蒂斯 (Jim Mattis)的辞职. 这是特朗普政府最严重的危机,不仅是因为其环境失去信心,还因为美国给予俄罗斯,伊朗和中国的信息。

在叙利亚,特朗普的政策跟随奥巴马的政策,但更加小题大作. 美国从未没获得重要盟友在当地,或者制定了明确的战略计划。美国试图推翻巴沙尔阿萨德而没有在地面上施加足够的力量或盟友。他们最终制定了战略计划,在库尔德人和阿拉伯人的支持下控制战略地区。因此,他们把整个全球倡议留给了俄罗斯人,他们在伊朗和阿萨德政府的支持下扭转了局势,巩固了政权,并在该地区制定了新的战略框架。 部队的撤离使得少数美国盟友得不到支持,并为俄罗斯和伊朗的胜利开了绿灯。

在战争与喀布尔政府与塔利班“温和”部分谈判的压力之间多年动摇之后,阿富汗也撤出了部队,这是混乱的又一步骤. 在今天的阿富汗,塔利班运动更加强大,基地组织再次出现,伊斯兰国已开始采取行动.

这里最重要的是信息。 特朗普的保护主义和孤立主义不仅是经济的,也是军事的. 每个地区的美国盟友开始怀疑并且信心被打破,这可能会导致他们采取单方面措施来加强其立场或改变联盟。 对于反对派,俄罗斯和中国,特朗普告诉他们,只要他们不直接攻击美国,他们在增加压力的情况下,战略进步的风险就会降低.