Reseña ponencia: Águeda Parra “La modernidad llega a la milenaria cultura china”. Isabel Gacho Carmona

En 1980 el PIB de España era igual al de China. En 2017 el de la potencia asiática ya era 10 veces mayor. Este es solo un indicador del resultado de 40 años de reformas económicas. Águeda Parra, ingeniera, sinóloga y colaboradora de 4asia.es, se pregunta “¿Cómo ha llegado China a la situación actual?”. Para ello analiza los cambios que ha habido en términos de sociedad, urbanización y población y el nuevo rol que están jugando factores tan importantes como la aparición de una clase media, la tecnología y la I+D.

 “Después de 40 años de reformas, comienza a existir una clase media creciente que es motor económico para el país” explica. El sueldo anual medio de un trabajador urbano ha pasado de 78 euros en 1978 a 8.640 en 2016. El consumo interno se ha convertido en un motor de desarrollo. Antes el gasto principal era la comida, y, ahora, el ocio y las compras ocupan un papel principal. Pese a que solo un 7% de los chinos tienen pasaporte, son el numero 1 mundial en emisión de turismo y en gasto por viaje (representando 1/5 del gasto mundial del sector). Este cambio se observa también en los objetos del día a día. Mientras que en 1980 los objetos que las familias aspiraban a poseer eran bicicletas, máquinas de coser y relojes de pulsera, en 2018 estos son motos eléctricas, televisiones a color y smartphones. Estos últimos se han convertido en un elemento indispensable para la vida en China.

“La tecnología está generando un modelo de sociedad siempre conectada”. Desde 2000 no deja de crecer la telefonía móvil. Ha crecido exponencialmente. En la actualidad, de los 802 millones de chinos que se conectan a internet, un 95% lo hace a través de un móvil. El eCommerce ha pasado de suponer un 1% en 2008 a un 42% en 2016. De estas compras, un 90% son hechas desde smartphones, los PC no se usan. Tienen un ecosistema propio donde Wechat, JD o Taobao juegan un papel predominante. Su fiesta de las compras por excelencia, el 11/11 o Día del Soltero, tuvo un volumen de ventas es 6 veces superior al del que sería su homólogo americano, el Black Friday, en 2017.

“La apuesta por la innovación y la I+D es lo que diferencia a la China actual de la de 1978, orientada a la manufactura”. Para Parra la innovación es clave para consolidar el paso a economía avanzada. China pretende ser líder mundial en el sector para 2050. De momento ya supera en UE en inversión respecto al PIB: China destina un 2,1% mientras que la UE un 1,9%. Pese a que la tecnología ha llagado más tarde y de manera más abrupta que en occidente, con el plan Made in China 2025 prenden dejar de depender de otros aumentando su producción nacional. El plan es aumentar las patentes chinas de materiales básicos al 40% para 2020 y al 70% para 2025. Esto supondría mucha independencia.

El desarrollo económico también se refleja en la urbanización. Antes las urbes estaban rodeadas de campos de arroz, ahora son grandes urbes donde vive mayoritariamente la población. Muchas de estas ciudades tienen una economía local con un PIB similar a países occidentales. De hecho, las 35 principales ciudades tienen un país de economía similar: Beijing y Tianjin como Australia, y las economías de Shenzhen Hong Kong y Macao serían similares a la de Corea del Sur, por ejemplo. La transformación urbana también se traduce en transformación económica. Al ser la sede de startups punteras, atraen el talento y funcionan de hubs regionales. Este es el caso de Nanjing y el sector automovilístico o de Shenzhen, que se le considera el Silicon Valley chino.

Hasta aquí todos los indicadores apuntan al optimismo, y así sería si la población china fuese joven. Sin embargo, China es una población envejecida. “La población de China ha sufrido grandes transformaciones, con un modelo de familia necesitado de cambios urgentes”. Deng estableció que para las reformas había que reducir la población y puso en práctica la famosa política de hijo único. La tasa de fertilidad pasó de 6,3 en 1978 al 1,6 actual. Esta política también trajo consigo importantes cambios culturales. Estos hijos únicos, que cuentan con dos padres y cuatro abuelos a su disposición, se han convertido en “pequeños emperadores”, algo que difiere del modelo de familia tradicional china. Además, hay un desajuste por sexos: Hay 33 millones más de hombres que mujeres. Al quitar la política no se han conseguido las cifras esperadas. La sociedad ya ha cambiado. El gasto medio para mantener a un hijo es muy alto y la gente ya es muy consumidora. La incorporación de la mujer al mundo laboral también influye en este sentido. Hasta un 40% de mujeres están dispuestas a no tener ningún hijo para que no les perjudique a su carrera, ya que muchos empresarios dejan de contratar mujeres para no hacer frente a las bajas por maternidad. Si todo sigue así en 2030 habrá más gente mayor de 65 que menores de 14. Y eso es insostenible.

El mito del milagro asiático, revisitado. Miguel Ors Villarejo

Érase una vez una opinión pública que contemplaba con inquietud el progreso extraordinario experimentado por un puñado de economías orientales. Aunque todavía eran sustancialmente más pobres y pequeñas que las occidentales, la rapidez con que habían realizado la transición de sociedad agraria a potencia industrial, su capacidad para encadenar tasas de crecimiento muy superiores a las de las naciones avanzadas y la naturalidad con que desafiaban e incluso superaban la tecnología estadounidense y europea cuestionaban la permanencia de la hegemonía no ya política, sino ideológica de Occidente. Los líderes de aquellos países emergentes no compartían la fe en el mercado libre y los derechos civiles. Afirmaban con aplomo que su sistema era mejor y que los pueblos dispuestos a aceptar gobiernos autoritarios, a limitar sus libertades en aras del bien común y a sacrificar los deseos de consumo cortoplacistas en aras del desarrollo a largo plazo acabarían superando a las cada vez más caóticas sociedades de Occidente. Y una creciente minoría de intelectuales estaba de acuerdo.

En Estados Unidos, la menguante brecha entre Oriente y Occidente terminó convirtiéndose en una prioridad política y los republicanos recuperaron la Casa Blanca bajo la égida de un enérgico presidente que prometió hacer América grande otra vez…

Con apenas unos leves retoques, los dos párrafos anteriores están literalmente fusilados de un clásico del periodismo económico: “El mito del milagro asiático”, el artículo publicado por Paul Krugman en Foreign Affairs en 1994. En aquel momento, el mundo asistía expectante a la irrupción de los llamados dragones (Corea del Sur, Hong Kong, Taiwán y Singapur), pero Krugman no se refería a ellos. “Hablo, por supuesto, de comienzos de los 60”, seguía el tercer párrafo. “El enérgico presidente era el demócrata John Kennedy [yo he puesto republicano, para actualizar la trampa, y he alterado el lema de su campaña, aunque no mucho]. Las proezas tecnológicas que tanto alarmaban a Occidente eran el lanzamiento del Sputnik y la carrera espacial. Y las economías de rápida expansión eran las de la Unión Soviética y sus satélites”.

Aquello acabó en 1989 como todos sabemos, pero Occidente no puede dejar de mirar con aprensión al Este. De allí vinieron los hunos en el siglo V, los magiares en el IX, los selyúcidas en el XI, los otomanos en el XIII… Desde la caída del Muro de Berlín, la naturaleza del recelo ha cambiado: ya no tememos una invasión física, sino un desbancamiento económico. En 1993 Lester Thurow anunció que el individualismo de Estados Unidos sucumbiría a manos de Japón; incluso Ridley Scott rodó Black Rain, una película que se hacía eco de esta paranoia, del mismo modo que La noche de los muertos vivientes había sido una metáfora de la Guerra Fría. Cuando el país del sol naciente se vino abajo como consecuencia de una gran burbuja inmobiliaria, se empezó a hablar del capitalismo confuciano de los dragones. Ahora estamos con China.

“El punto de vista general”, escribe Martin Wolf en el Financial Times, “es que hacia, digamos, 2040 la economía de China será mucho mayor que la de Estados Unidos”. Hay dos poderosos argumentos que avalan esta tesis. Primero, China aún está por detrás de los países más avanzados en términos de productividad y ese proceso de convergencia debería continuar. Segundo, Pekín ha acreditado una gran capacidad para mantener elevados ritmos de crecimiento a lo largo de décadas.

El problema de esta extrapolación es que no está claro cuál va a ser el impulsor de esa expansión. No puede ser la inversión, que alcanzó el año pasado el 44% del PIB, una proporción insosteniblemente alta. En infraestructuras, “su stock per cápita es ya muy superior al de Japón cuando tenía su misma renta”, dice Wolfe. Y las exportaciones también han tocado techo. Lo lógico es que el consumo doméstico tomara el relevo, pero el elevado endeudamiento lo hace improbable.

La única fuente de crecimiento es una mejora de la productividad, es decir, hacer más con los mismos recursos. En “El mito del milagro asiático”, Krugman explica que esa fue la variable que acabó doblegando a la URSS. Los sistemas de planificación central son mucho menos eficientes que los capitalistas por una razón sencilla: en estos últimos, los emprendedores se juegan su dinero y tienen poderosos motivos para ganar competitividad. A los burócratas soviéticos, por el contrario, les traía sin cuidado la calidad: todo lo que fabricaban acababa colocándose, con independencia de lo bien o mal que funcionara. El resultado fue una brecha creciente de productividad y, por ende, de riqueza y bienestar entre las dos potencias.

¿Asistiremos una vez más a este mismo desenlace? Wolf cree que sí. “Hoy en día el crédito sigue asignándose [en China] preferentemente a las empresas públicas y la influencia del Estado en las grandes compañías no deja de incrementarse. Todo esto distorsionará la asignación de recursos y ralentizará la innovación y el progreso”.

La misma predicción sobre los dragones realizó Krugman en 1994. Pocos lo creyeron, pero menos de tres años después el colapso del baht tailandés ponía fin al efímero imperio del capitalismo confuciano.

Japón: agilidad y versatilidad

Japón ha anunciado oficialmente que este año, que será para las islas el año del jabalí, comenzará una nueva era caracterizada por la “agilidad y la versatilidad” que define, según el primer ministro Abe, al animal aludido.

Y ciertamente, 2019 plantea para Japón un reto histórico en un marco geopolítico donde un rival tradicional como China avanza paso a paso, pero con determinación, agrandando su presencia comercial política y militar; donde su aliado esencial desde la Segunda Guerra Mundial, da signos de repliegue sobre sí mismo y crea incertidumbre y donde otro protagonista de la región, con el que Japón ha sostenido guerras y mantiene, como con China, disputas territoriales, hace maniobras para no perder presencia estratégica en la región: Rusia.

En este contexto y ante esos desafíos parece muy clarificador que el Gobierno japonés hable de afrontar la nueva era con agilidad y versatilidad.

Japón está preparando un encuentro bilateral con Rusia en el que se podría firmar un tratado definitivo de paz pendiente desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. Hasta ahora, Japón ha condicionado la firma de un tratado a la devolución de las islas Iturup, Kunashir, Shikotan y Habomai, los “territorios del norte” para los japoneses. Y, por primera vez, Putin ha admitido la posibilidad de ceder la soberanía “sobre algunas islas”. Pero las conversaciones irán más allá de las Islas Kuriles: se explorará la posibilidad de un acercamiento más amplio que para Japón sería equilibrar su política de dependencia de Estados Unidos y para Rusia lo mismo respecto a China, a pesar de sus buenas relaciones oficiales.

La deliberada ignorancia. Miguel Ors

En diciembre de 2015 la empresa demoscópica YouGov preguntó a 18.235 adultos de América, Asia, Europa y Oceanía si pensaban que el mundo iba “mejor, peor o igual” y, salvo en China, en el resto de los países la mayoría respondió que peor. Los más negativos fueron los franceses: apenas un escuálido 3% creía que las cosas fuesen bien, pero incluso en China los optimistas se quedaron por debajo del 50% (en el 41%).

Se trata de un clima de opinión llamativo, porque los datos revelan lo contrario. A lo largo de su carrera, Hans Rosling reunió en su web Gapminder decenas de gráficos interactivos que corroboran un progreso incontestable en casi todos los ámbitos: seguridad, salud, riqueza, víctimas por desastres naturales…

¿Es ignorancia? Así lo creía Rosling al principio y se enfadaba con los periodistas que no estaban al corriente de las últimas estadísticas. Los abroncaba, les decía: “Tienen ustedes que documentarse mejor”. Hay un vídeo que recoge uno de esos encontronazos con el presentador de un programa de la televisión pública danesa. “Hoy en día uno no se puede enterar de lo que pasa a través de los medios”, le recrimina.

Pero una noche comprendió que la clave no radica en la desinformación o la negligencia de la prensa. Para controlar el nivel de conocimiento, Rosling sometía a sus encuestados a preguntas cerradas. Había que elegir una de tres opciones y, si nadie hubiera tenido ni idea, las respuestas se habrían repartido aleatoriamente y el 33% hubiera acertado, como de hecho sucedía con los chimpancés. Pero los humanos arrojan resultados mucho peores. Solo el 3% de los españoles sabe que la pobreza severa se ha reducido en el mundo a la mitad en los últimos 20 años. Eso no es ignorancia espontánea, sino deliberada. La gente falla adrede. Algo en sus cerebros los impele a rechazar los hechos. Rosling llama a esas fuerzas misteriosas “instintos” y en Factfulness, el libro al que consagró sus últimos meses de existencia, intenta identificarlos y neutralizarlos.

El primero del que se ocupa es el “instinto de separación”, esa propensión a funcionar en términos binarios (rico y pobre, blanco y negro, bueno y malo) e ignorar la rica gama de grados, grises y matices. Bill Gates ha comentado en su blog que es la principal aportación de la obra, porque permite apreciar mejor el éxito alcanzado en la lucha contra la miseria. El propio Banco Mundial ha sustituido sus viejas etiquetas de “desarrollados” y “en vías de desarrollo” con cuatro niveles: con menos de dos dólares diarios, estás en el primero; con menos de ocho, en el segundo; con menos de 16, en el tercero, y con más de 64, en el cuarto.

Cuando se organiza a la población en estas cuatro categorías, se ve que la más concurrida ya no es la primera. “Hace 200 años”, escribe Rosling, “el 85% […] se encontraba en el nivel 1. […] Hoy, la inmensa mayoría se reparte en la zona intermedia, entre los niveles 2 y 3, con las mismas condiciones de vida que disfrutaban los europeos y los estadounidenses en los años 50”.

El resto de Factfulness aborda otros sesgos bien conocidos. El miedo graba a fuego en nuestro cerebro los acontecimientos catastróficos y les otorga una relevancia desproporcionada. “En 2016, 40 millones de vuelos aterrizaron sin novedad en su destino, pero 10 sufrieron un accidente. Por supuesto, esos fueron los únicos sobre los cuales escribió la prensa: el 0,000025% del total”.

Tenemos también, en fin, una marcada propensión a embellecer el pasado y despojarlo de sus aristas más dolorosas. Rosling cuenta que el periodista Lasse Berg elaboró un informe sobre la India rural de los 70 y, cuando 25 años después regresó y mostró las fotos que había tomado entonces, los lugareños no podían creer que fueran de su barrio. “Debe de tratarse de un error”, le decían. “Nunca hemos sido así de pobres”.

¿Cómo podemos defendernos de estos poderosos instintos? Hay una técnica milenaria que ha ido cayendo en desuso en nuestras sociedades cada vez más laicas: el agradecimiento. Reservar unos instantes a reparar en las cosas buenas que nos rodean no solo resta relevancia a nuestros temores, sino que nos ayuda a valorar mejor el prodigio de estar vivos y, sinceramente, lo bien que la humanidad lo ha hecho en las últimas décadas. Feliz año. (Foto: Abhisek Sarda, flickr.com)

INTERREGNUM: Dos conceptos de Eurasia. Fernando Delage

Hace ahora un año, la Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos, la primera de la administración Trump, definió a China y Rusia como potencias revisionistas, inclinadas a desafiar los intereses y los valores norteamericanos. Cada una de ellas lo hace de distinta manera: Moscú busca debilitar el eje euroatlántico y reconfigurar la arquitectura de seguridad del Viejo Continente; Pekín quiere restaurar su posición central en Asia, lo que resulta incompatible con la primacía mantenida por Washington durante 70 años. Pero el resultado es que Estados Unidos se encuentra enfrentado simultáneamente a dos rivales, causa a su vez de la creciente aproximación entre ambos.

El alcance de la convergencia que se ha producido entre China y Rusia desde la crisis de Ucrania es objeto de un polarizado debate. Para unos observadores siguen siendo meros socios de conveniencia: pese a compartir una serie de intereses comunes—como la hostilidad a un sistema internacional unipolar bajo el liderazgo de Estados Unidos, o a los principios democráticos—, la profundización de su acercamiento se ve limitada por una tradicional desconfianza histórica, y por su creciente asimetría de poder. Otros consideran, por el contrario, que el estrechamiento de sus relaciones militares está conduciendo a la formación de una genuina alianza de seguridad. Esta última es la conclusión predominante en los distintos estudios publicados por expertos norteamericanos en los últimos meses sobre la relación entre Moscú y Pekín, que hacen especial hincapié en la naturaleza de sus regímenes políticos (véase como ejemplo “Axis of Authoritarians: Implications of China-Russia Cooperation”, publicado recientemente por el National Bureau of Asian Research). Pero quizá se minusvaloran los debates internos en Rusia y China sobre la coherencia de su asociación estratégica.

La opción rusa por China es reciente, y resultado de las sanciones occidentales. A partir de 2015, Vladimir Putin decidió que su “giro hacia Asia” debía tomar forma bajo el concepto de una “Gran Eurasia”, lo que a su vez requería que China estuviera dispuesta a fusionar su iniciativa de la Nueva Ruta de la Seda con la Unión Económica Euroasiática (UEE) impulsada por Moscú. Rusia se encuentra de este modo “atrapada” en una dinámica que le impide reconocer públicamente sus reservas sobre las intenciones chinas, en la esperanza de que las estructuras en construcción favorezcan a largo plazo sus intereses.

Para los líderes chinos, la UEE no es un pilar de sus planes de integración; sí lo es la Organización de Cooperación de Shanghai (OCS). Mientras la Ruta de la Seda contempla Asia central como un corredor económico y de transportes que reforzará la conectividad de China con Europa, Oriente Próximo y Asia meridional, la UEE considera la subregión como parte de un espacio cerrado, que busca la protección de toda competencia externa mediante un marco regulatorio y unos aranceles comunes. Pekín fomenta la interconexión para ampliar su margen de maniobra en la economía global; Moscú solo quiere incluir a Asia central en su órbita económica para blindarse frente a las fuerzas de la globalización. Ello explica que, para China, Rusia sea un socio menor en sus proyectos de integración de Eurasia. En la gran mayoría de los proyectos financiados por Pekín—incluso en los acordados con la cooperación de Moscú—es la República Popular quien dicta las reglas del juego. ¿Aceptará Rusia de manera permanente esa subordinación? (Foto: Emperornie, flickr.com)

THE ASIAN DOOR: Las carreras por el liderazgo que plantea 2019. Águeda Parra

La nueva era de Xi Jinping ha coincidido con el despunte de la nueva era tecnológica, donde la red de quinta generación (5G) será la mejor aliada de China para hacer posible la modernización de su industria. En 2019 veremos el despliegue de los estándares internacionales de la red 5G, previo al despliegue masivo en 2020, lo que servirá para mantener viva la competencia entre Washington y Beijing en la carrera por quién será el primero en conseguir una ventaja tecnológica diferencial, lo que algunos han pasado a considerar como un nuevo Pearl Harbor. Y es que, liderar esta carrera supondría asegurarse un desarrollo económico diferencial, ya que el 5G no solamente se aplicará a la telefonía, a la industria, y al sector automovilístico, sino que será la gran revolución tecnológica que dominará casi cualquier dispositivo en nuestras vidas.

China ha situado al frente de la modernización de su industria a la iniciativa Made in China 2025, cuya estrategia y alcance sufrirá ciertos ajustes durante 2019 por el efecto negativo generado por la guerra comercial con Estados Unidos. Con el nuevo año se reanudarán las conversaciones para avanzar en el conflicto, donde la no confrontación y el pragmatismo serán el soft power aplicado por el gigante asiático para acordar una nueva hoja de ruta que reporte beneficios para ambas partes. El proteccionismo de la administración Trump seguirá dominando las relaciones bilaterales entre ambas potencias, mientras la tregua en la guerra comercial puede que sea sólo una parada de avituallamiento para seguir luchando por el liderazgo tecnológico con fuerzas renovadas.

El desarrollo del e-commerce seguirá copando los titulares del sector tecnológico y, aunque Estados Unidos seguirá presentando batalla, el nivel de desarrollo que ha alcanzado China en las compras digitales le hacen líder indiscutible en esta carrera. La novedad en 2019 procederá, sin embargo, de las compras transfronterizas, las que comúnmente se conocen en China como “Daigou” y que hacen referencia a la “compra en nombre de otras personas”. Se trata de productos adquiridos en el extranjero a menor coste y sin impuestos de importación que, con el cambio de normativa a partir del 1 de enero, pasarán a regirse por la nueva ley e-commerce. Supondrá aumentar el límite de las compras anuales con exención de impuestos de 2.900 dólares a 3.780 dólares, unos bienes que gozarán además de un descuento del 30% en el IVA para motivar el consumo de los productos de lujo en territorio nacional, principal mercado de las compras daigou.

Algo más reñida estará la competición entre los titanes tecnológicos. Un lustro ha servido para ceder el dominio casi en solitario de las compañías americanas a un universo tecnológico binario entre Estados Unidos y China, del que han quedado descolgadas Japón, Rusia y Corea del Sur, y a Europa ni se la espera en el grupo de startups globales. Sin embargo, la alta demanda que generan los productos europeos entre los consumidores chinos ha sido el motivo que ha llevado a Alibaba a cerrar un acuerdo con el gobierno belga para establecer a partir del próximo año un hub logístico en la ciudad de Lieja. Una vez que la montaña no ha ido a Mahoma, la llegada de Alibaba al corazón de Europa permitirá crear el entorno digital necesario para fomentar el e-commerce transfronterizo.

En términos económicos, ciertas estimaciones apuntan a que China será la potencia que más aportará al crecimiento mundial entre 2015-2025, hasta un 21%, más del doble de la contribución de Estados Unidos, que alcanzará un 10%. Unos datos contemplados antes de declararse la guerra comercial entre ambos países, cuyo efecto negativo sobre el gigante asiático producirá la ralentización de su economía hasta situarla en el 6,2% según las previsiones, el menor ritmo de crecimiento en 29 años en la historia de China.

El combate contra la polución debería ser la carrera que toda nación debería querer ganar. En esta carrera, China consiguió dar un salto de gigante mejorando significativamente la calidad del aire a principios del invierno pasado gracias al cierre de un buen número de fábricas de carbón. Un espejismo en la lucha contra el cambio climático que no ha podido soportar el envite de una guerra comercial con Estados Unido que está trastocando sensiblemente los planes de desarrollo de China. Los niveles de polución han aumentado un 10% respecto al año pasado, y la expectativa de un aire más limpio no es mejor tras la reforma lanzada durante verano que incluye medidas menos exigentes a las actuales.

Mantener el “status-quo” del orden mundial seguirá siendo uno de los grandes protagonistas durante 2019, abanderando el despliegue de la nueva Ruta de la Seda la ambición de China por ocupar un lugar destacado en la gobernanza mundial. Apenas quedarán dos años antes de que en 2021 se celebre el centenario de la constitución del Partido Comunista Chino, una fecha en la que China espera haber ganado varias carreras. (Foto: None none, flickr.com)

Uigures: una historia trágica (3) Nieves C. Pérez Rodríguez

“Cuando era niño, solía escuchar a los ancianos decir cómo China invadió nuestro país después de que mataran a nuestro presidente, Ahmadjan Kasim -último presidente de la segunda República de Turkestán del Este-, quién murió en un misterioso accidente de avión a tan sólo 45 días de que las fuerzas armadas del Partido Comunista chino llegaran a nuestra tierra y cómo engañaron a nuestra gente con su promesa de irse en 5 años”.

“Por supuesto, como a muchos otros uigures, me dijeron que no hablara ni siquiera que tratara de indagar en nuestra historia, especialmente esa parte de la historia, porque terminaría en la cárcel o desaparecido, al igual que el candidato a Ph.D de la Universidad de Tokio, el historiador Tohti Tunyaz”.

“Durante mi época en el colegio, recibí educación política todos los miércoles desde la escuela primaria, en la que elogiábamos lo importante que era el Partido Comunista y cómo nuestra región y el Tíbet eran parte de China desde el principio de los tiempos. Firmé muchos documentos en los que afirmaba que no haría oración, ayunos, ni ninguna actividad relacionada con la religión y fui testigo de cómo nuestro lenguaje fue eliminado del sistema educativo”.

“Vi a muchos uigures desaparecer, presencié cómo a muchos no se les permitía reservar hoteles -pues hay una vieja prohibición a los uigures a reservar hoteles en China continental- y fui testigo de muchas otras cosas duras. Pero también me callé. Porque pensé que si me quedaba callado y hacía lo que nos decían que hiciéramos, no tendría muchos problemas y podría vivir mi vida normal”.

“Llegué a los Estados Unidos con una visa de estudiante en el 2015 en busca de ampliar mis estudios y fue aquí que, descubrí que la libertad se siente mejor de lo que pensaba, aunque todavía no puedo disfrutarla plenamente.

Todavía no puedo comentar, ni decir nada en las redes sociales acerca de los uigures, o cosas relacionadas con nuestro grupo mientras uso mi auténtico nombre. Tampoco puedo asistir a actividades que los uigures organizan, o decir lo que pienso a otro uigur, porque nosotros mismos creemos que hay espías chinos enviados desde Beijing entre nosotros”.

“Incluso los uigures que ya han obtenido la nacionalidad de otro país usan gafas de sol en las protestas o se mantienen alejados de las actividades por temor a causar problemas a sus familiares. Por eso, a pesar de todo eso mantuve el silencio, a pesar de escuchar las interminables historias trágicas y otras cosas que suceden en mi tierra natal. Me mantuve en silencio durante casi todo.  Hice todo lo que el gobierno chino nos pidió que hiciéramos, y nos mantuvimos alejados de lo que nos prohibieron, y a pesar de haber seguido las reglas, todavía nos torturan, nos persiguen, borran nuestra identidad e incluso acaban con nuestra existencia”.

“Perdí el contacto con mi familia casi desde que llegué a este país en el 2015, momento en que comenzó la actual represión del gobierno chino a los uigures. Hace apenas unos meses, confirmé que mi padre fue sentenciado a 11 años de prisión a principios de marzo de 2018 y que mi madre fue internada en un campo de concentración a finales de noviembre de 2017, gracias a un amigo kazajo de mi padre que huyó a Kazakstán”. (Pues hay muchos kazajos en la región que también han sido encarcelados o llevados a campos de concentración). Sus familiares y otros kazajos en Kazakstán pidieron a su gobierno que solicitara a China que los liberara, y éstos han negociado con mucha discreción la liberación de cientos de kazajos a cambio del silencio del gobierno de Kazakstán”.

Este es el testimonio de un uigur con el que 4Asia conversó y que, a pesar de vivir en un país libre, no puede escapar de la opresión china a través de lo que está padeciendo su familia.

”No se debe postergar la ocupación de Xinjiang, porque una demora puede llevar a la interferencia de los ingleses en los asuntos de Xinjiang, pueden activar a los musulmanes, incluidos los indios, para continuar la guerra civil contra los comunistas, lo cual es indeseable, ya que hay grandes depósitos de petróleo y algodón en Xinjiang, que China necesita con urgencia. La población china en Xinjiang no supera el 5%, después de tomar Xinjiang, se debe elevar el porcentaje de la población china al 30% mediante el reasentamiento de los chinos para el desarrollo integral de esta enorme y rica región y para fortalecer la protección de las fronteras de China…”

Fueron las palabras de Stalin en una reunión con una delegación del Partido Comunista Chino el 27 de junio de 1949.  En ésta se abordaron distintos temas entre ellos las ayudas económicas que desde la URSS se daban a China. Estas palabras demuestras que el plan de controlar a Xinjiang es de vieja data, y que fue auspiciado por la Unión Soviética. A día de hoy Beijing no sólo tiene control absoluto de la región, sino que ha estimulado la repoblación para garantizar que las minorías no sean mayoría. A través del miedo tienen controlados a millones de ciudadanos tanto en Xianjiang como a sus familiares en el exterior. (Foto: Todenhoff, flickr.com)