Trump pide paso

El bombardeo por la Armada de Estados Unidos de  la base siria de la que partieron los aviones que realizaron el ataque con armas químicas contra una posición de los rebeles al Gobierno de Bachar el Assad, supone una carta de presentación de EEUU en el nuevo panorama internacional tras los titubeos de Obama y las bravatas, mezcladas con anuncios del repliegue sobre sí mismo, del propio Donald Trump. Como dice Miguel Ors en esta publicación, el presidente se ha tropezado con la realidad.

No se trata tanto de analizar los detalles que han precedido a la intervención de Estados Unidos ni qué elementos han rodeado a la inmensa estupidez del crimen del Gobierno sirio y cómo ha situado a la propia Rusia en un terreno incómodo. Lo realmente significativo es el giro que supone que Estados Unidos se haya hecho presente directamente en un escenario del que se había alejado, que anuncia que está dispuesto a llevar a cabo nuevas acciones similares y, lo que es más importante, que la Casa Blanca ha comenzado a deslizar un mensaje que rompe el consenso europeo de resignación que significaba aceptar que una solución del conflicto pasa por pactar con el dictador, postura que ha venido convirtiendo a Rusia en el líder de la supuesta pacificación. Trump irrumpe en la partida con cartas nuevas.

Sin embargo, aunque no ha mostrado su juego, que sean cartas nuevas no significa que sean buenas. Frente al dictador y sus crímenes hay una multitud de bandas y bandos que compiten en criminalidad con el Gobierno de Damasco y que, además, suponen una mayor desestabilización y amenaza para la región y para el equilibrio internacional. Ahora bien, la situación de placet a El Assad que significaba la situación anterior y que aún sigue vigente, supone por su parte, la consolidación de un eje Teherán-Moscú con apoyo en Hizbullah que sitúa en un mismo lado, aunque pueda parecen sorprendente, a Israel, Arabia Saudí, Egipto, Jordania, Estados Unidos y, si reflexiona un poco, a la Unión Europea.

Cambiando de metáfora lúdica, Trump ha dado una patada al tablero y quiere uno nuevo para el que no tiene piezas suficientes, pero que va a necesitar que Europa, es decir, básicamente Alemania y Francia, se sienten un definir un papel claro y lo defienda con determinación. El conflicto sirio no se circunscribe a Siria sino que se extiende a Irak, llega en sus alianzas hasta Yemen y repercute en una Palestina que en la práctica funciona como dos países; Gaza y la llamada Cisjordania. Si no se analiza el escenario en su conjunto las medidas pueden ser parciales, y no hay pruebas de que Trump lo haya analizado en toda su complejidad.

China: más presión sobre el islamismo

China sigue emitiendo mensajes difíciles de interpretar, entre otras cosas porque falta información en un país que sigue siendo hermético respecto al origen de la toma de decisiones y, sobre todo en detalles sobre el grado de tensión social y de la influencia real del islamismo, presente de manera significativa entre los integrantes de la etnia uigur.

Recientemente, las autoridades chinas han aumentado la presión sobre el islamismo radical prohibiendo llevar un velo que cubra totalmente el rostro, lucir una barba “anormalmente” larga o negarse a ver la propaganda del Estado en radio y televisión. Estas prohibiciones afectan a la región china de Xinjiang, un territorio foco de conflictos étnicos en el que las autoridades chinas acaban de introducir una nueva regulación cuyo objetivo es “frenar el extremismo” religioso.

La ley introduce 15 nuevas disposiciones, entre las que también se incluyen la obligatoriedad de que los menores reciban la educación estipulada a nivel nacional, la ilegalización de los matrimonios o divorcios a través de procesos religiosos en lugar de los procedimientos legales o el castigo por dañar de manera deliberada carnés de identidad oficiales, registros domiciliarios e incluso la moneda china, todas ellas vistas como “manifestaciones del extremismo”.

Los conflictos entre ciudadanos de la etnia uigur y la de los han, la mayoritaria en el resto del país, son algo habitual, y han generado numerosos episodios de violencia en los que han fallecido cientos de personas en los últimos años. Mientras que Pekín atribuye esta violencia a formaciones islamistas y secesionistas que mantienen vínculos con el extranjero, los grupos de uigures en el exilio y otros de derechos humanos consideran que los conflictos son la consecuencia de la represión que ejercen las autoridades comunistas sobre la libertad religiosa de esta minoría étnica y de las políticas aplicadas para fortalecer su control en la zona.

A finales de febrero, el Estado Islámico hizo público un vídeo en el que aparecían supuestos combatientes uigures entrenándose en Irak y prometiendo golpear a China para que la “sangre corra por los ríos”. Tras este anuncio, el régimen chino ha incrementado su presencia militar en Xinjiang, en donde ha llegado a realizar masivos desfiles militares en diferentes ciudades de la región, como el que reunió a más de 10.000 soldados en la capital regional, Urumqi.

Los problemas de seguridad con los uigures y el islamismo están, en gran parte, en el fondo de la política exterior china hacia las repúblicas centroasiáticas, su proyección geoestratégica por la antigua ruta de la seda y la búsqueda de cada vez  mejores relaciones con Pakistán, donde el islamismo radical tiene una presencia notable.

Ni tanto ni tan calvo

En la reciente Conferencia de Seguridad de Múnich, el ministro iraní de Asuntos Exteriores Mohamad Yavad Zarif planteó abrir un diálogo “entre hermanos” para abordar los conflictos de Oriente Próximo. “La escalada de la violencia que padece [la región] hunde sus raíces en la constante presencia de tropas extranjeras”, proclamó, como si el golfo Pérsico hubiera sido alguna vez un remanso de paz y sus habitantes necesitaran ayuda exterior para liarse a tortas.

Yavad Zarif trazó un paralelismo con la Guerra Fría y sugirió emular el proceso de Helsinki, en el que Occidente y el bloque soviético fueron aproximando posiciones pacientemente hasta converger en la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa. Un “modesto foro” como aquel, señaló Yavad Zarif, podría “fomentar la confianza” y “promover el entendimiento en un amplio espectro de temas”.

Esta invitación al diálogo suena inevitablemente cínica en boca del representante de un régimen que lleva años atizando el fuego en Irak, Siria, Yemen, Líbano o Israel, y nadie en Múnich lo tomó demasiado en serio. Pero eso no significa que la solución consista en tensar más la cuerda, como parece dar a entender la Administración Trump, con sus amenazas de reconsiderar el acuerdo nuclear o de “dar un aviso” a Irán.

“Adoptar posiciones maximalistas al inicio de una transacción”, escriben Ross Harrison y Alex Vatanka en Foreign Affairs, “puede ser una estrategia efectiva” en el sector inmobiliario. Los empresarios de la construcción ponen sobre la mesa propuestas que saben inasumibles para la otra parte y entran en un toma y daca de ofertas y contraofertas hasta alcanzar un acuerdo. Por desgracia, esta técnica no es “transferible a las complejidades de las relaciones exteriores”, porque “no siempre hay abierto un proceso formal de negociación en el que uno pueda desdecirse” sin aparentar debilidad. Barack Obama se comió con patatas su advertencia de que no toleraría el uso de armas químicas en Siria y el propio Trump ha tenido que rectificar su decisión de abandonar la doctrina de una sola China.

En la Casa Blanca están convencidos de que Teherán es el malo de la película y quizás lleven razón, pero lo que pueden hacer al respecto es limitado. No solo no van a organizar una invasión, sino que necesitan la ayuda de Irán para combatir al ISIS y difícilmente la lograrán lanzando bravatas inverosímiles.

“Trump debe empezar por admitir dos realidades”, dicen Harrison y Vatanka. “La primera es que Oriente Próximo está enredado en un entramado de conflictos que involucran a multitud de actores” y “no puede aislar a Irán del resto de las piezas” sin poner en peligro los intereses estadounidenses.

La segunda es que los ayatolás se las han arreglado hasta ahora para sortear las iniciativas unilaterales de Washington, pero “son más vulnerables a la presión de la comunidad internacional”. Pueden permitirse andar a la greña con Estados Unidos, pero no con todo el planeta. “En otras palabras”, concluyen, “la forja de alianzas es el camino más seguro que Trump puede tomar […] para cumplir su compromiso de erradicar al ISIS” y, simultáneamente, contener a Irán.

El test de Hong Kong

La elección de Carrie Lam al frente del Gobierno de Hong Kong, en una elección indirecta criticada por los demandantes de una democracia a la europea pero más participativa que en China, ha sido un nuevo éxito del Gobierno de Pekín, que quería en ese puesto a una persona con buenas relaciones con la República Popular, dispuesta a entenderse con sus dirigentes y alejada de planteamientos independentistas o de enfrentamiento con la política china.

China necesitaba este triunfo para que no se le abra otro frente en la delicada situación regional. Para los dirigentes chinos no se trata tanto de tener en el Gobierno de la ex colonia británica a una partidaria suya, cuanto de tener a alguien que dé estabilidad a las relaciones y garantice una paz social que ha pasado por momentos complicados en los últimos años. Hong Kong, por su historia, por su política, por su posición geoestratégica y por su potencia comercial es una pieza clave en el tablero del Pacífico y tiene una sociedad que ha vivido durante muchas décadas con un nivel de libertades económicas y políticas inexistentes en China.

La señora Lam, una política experimentada, tendrá que negociar ahora la política económica de Hong Kong, con autonomía para definir acciones propias en este terreno, y una reforma política demandada por los habitantes de la ex colonia que contente a todos y que sea asumible por China. No es una tarea fácil, pero eso es lo que se espera de ella, porque no sólo China, sino prácticamente todos, apuestan por una estabilidad que no añada problemas a los ya existentes en la zona.

INTERREGNUM: Tillerson, misión imposible

Como resultaba previsible, Corea del Norte se ha convertido en el desafío internacional más inmediato que debe gestionar la administración Trump. Dos ensayos nucleares el pasado año, el rápido incremento de pruebas de misiles—cinco lanzamientos desde principios de año—, y el probable éxito en la miniaturización de cabezas nucleares, agrava la percepción de amenaza en la península coreana y, por tanto, la urgencia de una respuesta.
Desde la perspectiva de Washington es razonable concluir que 20 años de esfuerzos diplomáticos no han conducido a avance alguno. China, Japón y Corea del Sur con seguridad comparten el diagnóstico de que el statu quo solo beneficia a Pyongyang. Pero, ¿cuáles son las alternativas? ¿Es posible un frente diplomático común sobre la base de una nueva aproximación al problema?

Tantear los elementos de un consenso ha sido el principal objetivo de la primera visita a Asia de Rex Tillerson, la semana pasada. “Todas las opciones están encima de la mesa”, dijo el secretario de Estado en su primera comparecencia ante la prensa. Pero si se abandona la “paciencia estratégica” seguida por Estados Unidos desde mediados de los años noventa, ¿hay soluciones intermedias entre las negociaciones directas y el uso de la fuerza? Con respecto a esta última Washington se encontraría solo, además de resultar difícilmente factible dado el daño que Corea del Norte podría causar a una metrópolis como Seúl, a sólo 70 kilómetros de la frontera, así como a las tropas norteamericanas residentes en el país. Una política de negociación sí contaría con el apoyo de las restantes potencias del noreste asiático; no obstante, las prioridades de Tokio, Seúl y Pekín no son necesariamente las mismas de la administración Trump.

En último término, Estados Unidos parece considerar que lograr una mayor presión de China sobre Pyongyang es la clave. Se trataría entonces de persuadir a Pekín, bien de manera coercitiva—por ejemplo, incluyendo en un nuevo paquete de sanciones a bancos y empresas chinas que negocian con Corea del Norte—, bien diplomáticamente, convenciendo a sus autoridades de lo insostenible de la situación para la estabilidad regional. El problema es que la declarada hostilidad de la administración Trump hacia la política comercial china, y el despliegue de sistemas de defensa antimisiles en Corea del Sur y Japón—hecho considerado por Pekín como una “provocación”—no facilita esas intenciones. Como ya descubrió George W. Bush en 2002, todos los caminos a Pyongyang pasan por Pekín. Los mensajes en Twitter del presidente, como el de retomar la venta a Taiwán de un programa de armamento bloqueado en su día por Obama, lanzado solo horas antes de aterrizar Tillerson en Pekín, tampoco ayudan a la causa del jefe de la diplomacia norteamericana.

El desafío norcoreano es, pese a su urgencia, uno de los muchos asuntos que definen la relación entre China y Estados Unidos. Los líderes de la República Popular, como el resto de sus Estados vecinos, necesitan saber qué política asiática va a seguir Trump. Difícilmente habrá movimientos decididos mientras no haya un contexto predecible, con un conocimiento directo de las intenciones de unos y otros. Tillerson, recién llegado al mundo de la diplomacia, ha asumido una tarea imposible, cuyas posibilidades de desbloqueo quedan sujetas a las conclusiones que interiorice Xi Jinping tras su encuentro con Trump en Florida a principios de abril.