El Juego de la Gallina. Juan José Heras.

En julio de 2017 el régimen norcoreano efectuó el lanzamiento de dos misiles balísticos intercontinentales que, según los expertos, tendrían el alcance suficiente como para llegar a EE.UU. Posteriormente, en septiembre de 2017,  llevaron a cabo, al parecer de forma exitosa, la prueba de una bomba de hidrógeno que podría incorporarse a los misiles mencionados anteriormente.

Esta última prueba nuclear se produce como respuesta a los recientes ejercicios militares conjuntos entre EE.UU. y Corea del Sur, lo cual entraba dentro de lo esperado, aunque no de manera tan contundente. Más significativo es, sin embargo, el hecho de que esta prueba se haya llevado a cabo el mismo día que Xi Jinping inauguraba el foro de los BRICS, eclipsando así su protagonismo como anfitrión del mismo, ya que se celebraba en China este año.

El mensaje parece claro, Kim Yong-un tiene la determinación para convertir a su país en una potencia nuclear y no se dejará intimidar ni por las presiones de la comunidad internacional, encabezada por EE.UU., ni por el cada vez más estricto cumplimiento chino, su tradicional valedor, de las sanciones económicas impuestas al régimen de Pyongyang.

Ante esta situación, ¿cuáles son las líneas rojas de cada país para llegar a un enfrentamiento armado?

La línea roja para EE.UU. sería un ataque de Corea del Norte a los países con los que tiene firmado un acuerdo de defensa en la región. Para China sería la caída del régimen norcoreano como consecuencia de una acción militar estadounidense, o la reunificación de las dos coreas según los criterios occidentales. Por tanto, el desenlace perfecto para cada uno de ellos parece coincidir con la línea roja del otro, y puesto que ambos pretenden evitar el enfrentamiento militar, es posible que no veamos ninguno de estos dos escenarios.

Ninguno de ellos quiere, puede permitirse, o le compensa, traspasar la línea roja del otro. Sin embargo, ambos buscan aprovechar la situación para maximizar sus ganancias. En este sentido, China, con el apoyo de Rusia, pretende que EE.UU. renuncie al escudo antimisiles THAAD y reduzca sus ejercicios militares en la región, para lo cual aboga por una doble suspensión; de las maniobras militares estadounidenses y el THAAD por un lado; y de las pruebas nucleares norcoreanas por otro. EE.UU. en cambio, prefiere tensar la cuerda hasta el extremo en que las provocaciones de Corea del Norte no sean aceptables, justificando así una caída del régimen que aleje a Pyongyang de China y la acerque a una Corea del Sur bajo los parámetros occidentales.

Esto se traduce en un estancamiento de las posibles soluciones, que únicamente favorece el avance de las capacidades nucleares de Pyongyang. Si esta situación se prolonga en el tiempo, podría ser el mismo régimen norcoreano quien finalmente rebajase la intensidad del conflicto una vez que considere que sus armas nucleares están suficientemente probadas. Este desenlace, que no es bueno ni para China ni para EE.UU., daría lugar a un nuevo statu quo en el que Corea del Norte fuera reconocida como potencia nuclear, garantizando así la supervivencia del régimen y desencadenando la nuclearización de otros países de la región.

Si Corea del Norte se convierte en una potencia nuclear, es muy probable que tanto Japón como Corea del Sur desarrollen esas mismas capacidades. Una región nuclearizada limita el control de China en su zona de influencia además de suponer una amenaza directa para su seguridad. Sin embargo, favorece el alejamiento de EE.UU. de Asia-Pacífico ya que los países de la región tendrían capacidad de disuasión propia frente a China. Por esta misma razón, EE.UU. perdería peso específico en la región y quedaría expuesto ante un hipotético ataque nuclear norcoreano, pero gana aliados en la región con capacidad nuclear.

Esta situación se parece mucho al juego de la gallina, que consiste en acelerar un coche contra otro para ver cuál de los dos gira antes el volante evitando así un desenlace fatal. El que más aguanta sin girar el volante se lleva a la chica, y si ninguno de los dos gira, los coches se estrellan y ambos pierden. En este caso, Pekín no quiere renunciar a que EE.UU. retire el escudo antimisiles y rebaje las operaciones militares conjuntas en la región, y Washington no pierde la esperanza de una Corea reunificada bajo su influencia.

Así, las preguntas que se plantean son:

¿Girará alguno de ellos el volante en este “juego de la gallina” o seguirán acelerando hasta que se estrellen los coches? ¿Y de girar alguno? ¿Quién lo hará primero? ¿Quién tiene más determinación para ganar el juego? ¿Quién pierde más?

¿Atacaría China a EEUU si este ataca primero a Corea del Norte? ¿O aceptaría una corea reunificada bajo el estándar occidental? ¿O consentirá finalmente que Corea del Norte se convierta en potencia nuclear y, por tanto, que Japón y Corea del Sur hagan lo mismo? ¿Beneficia a China una nuclearización de la región?

¿Atacará EE.UU. a Corea del Norte si continúa avanzando en la adquisición de sus capacidades nucleares, aceptando un posible enfrentamiento militar con China? ¿O consentirá finalmente que Corea del Sur tenga capacidad nuclear para justificar la adquisición de esas mismas capacidades por parte de Japón y Corea del Sur?

Para responder a estas preguntas, se establecen una serie de supuestos que son los que se consideran más probables y a partir de ellos se elabora la prospectiva sobre el conflicto. Así pues, se establece que:

  • Kim Yong-un no va a abandonar su programa nuclear porque sabe que se juega la supervivencia del régimen, pero tampoco va a atacar ni a EE.UU. ni a sus aliados en la región, porque sabe que eso legitimaría la intervención norteamericana con el consentimiento de China.

  • Si EE.UU. ataca unilateralmente a Corea del Norte, China defenderá a este país para dejar claro que Asia Pacífico es su zona de influencia y no se pueden tomar decisiones sin contar con ella. (Ya lo hizo y por este mismo motivo en los años 50 durante la guerra entre las dos coreas, cuando sus capacidades eran mucho más limitadas que ahora).

  • Si EE.UU. no ataca unilateralmente, ni consigue llegar a un acuerdo con China para sustituir a Kim Yong-un por otro dictador más manejable, Corea del Norte completará su programa y se convertirá en una potencia nuclear cambiando el statu quo de la región.

Por tanto, aunque ni a China ni a EE.UU. parece beneficiarles una Corea del Norte nuclear, en mi opinión, China prefiere que se estrellen los coches del “juego de la gallina” antes que girar el volante, esto es, prefiere mantener a EE.UU. alejado de su zona de influencia, aunque eso suponga convivir con otras potencias nucleares en la región. Por tanto, EE.UU., salvo error de Kim Yong-un (atacar primero), deberá renunciar a una Corea unificada, o permitir que se estrellen los coches, lo cual parece exagerado incluso para la Norteamérica de un personaje como Trump, que pese a su carácter imprevisible está pasando por el aro en todos los temas de política internacional, como se ha podido comprobar recientemente con el caso de Afganistán.

La apuesta por el fútbol indio. Julio Trujillo

La celebración en India del Mundial de Fútbol Sub-17 2017, promocionado por el grupo China Wanda y varias empresas de Qatar, refleja bien a las claras el gran plan estratégico de reforzar y extender la práctica del futbol por los países más poblados de Asia susceptibles por tanto de generar millones de consumidores de partidos por televisión, además del importante merchandising que ya supone un mercado de muchos millones de dólares.

En India, a pesar de contar con varias competiciones regionales y nacionales y una liga a la manera europea gestionada por la Federación India de Fútbol, este deporte no goza de la popularidad que tiene en Europa y que en China gana enteros cada día que pasa. Pero en China hay empresas muy potentes con estrechas relaciones comerciales con Europa y especialmente con Gran Bretaña, lo que la hace permeable a que el fútbol gane fuerza. Hay un gran empeño en reforzar la Superliga de India (ISL) una nueva apuesta por relanzar el fútbol en el país asiático, el segundo más poblado del mundo con 1.200 millones de habitantes y cuyo deporte rey es el cricket.

El consorcio Reliance Industries, propiedad del magnate indio Mukesh Ambani, el gigante de marketing deportivo IMG, Star TV de Rupert Murdoch y la Federación de Fútbol son los organizadores de la ISL, que recoge el relevo de la poco atractiva I-League, instaurada en 2006. Los equipos cuentan entre sus dueños a cracks del cricket, estrellas de Bollywood y clubes europeos, en especial varios italianos, entre ellos la Fiorentina.

Pero también hay intereses españoles. El Atlético de Calcuta, es un equipo franquicia del Atlético Madrid. Es el ‘Spanish team’ ya que además de ir de rojiblanco como los ‘colchoneros’, tiene entre sus impulsores a Antonio López (ex ayudante de Rafa Benítez en el Valencia y ex seleccionador boliviano) y a los jugadores Luis García (ex Barça y Atlético), Jofre Mateu, Borja Fernández, Josemi, Arnal Llibert y Basilio Sancho.

INTERREGNUM: Estados Unidos en Asia. Fernando Delage

La desautorización del secretario de Estado de Estados Unidos, Rex Tillerson, por su presidente, Donald Trump, tras declarar en Pekín la semana pasada que los canales de diálogo con Pyongyang están abiertos, no es sólo una torpeza diplomática. Es un nuevo reflejo de algo mucho más grave: la falta de una estrategia en la Casa Blanca.

La improvisación nunca es buena consejera, y así lo demuestra la propia historia de la política exterior norteamericana en Asia, objeto de un excelente libro de reciente publicación: “By More than Providence: Grand Strategy and American Power in the Asia-Pacific Since 1783” (Columbia University Press, 2017). Su autor, Michael Green, profesor en la universidad de Georgetown, realiza una exhaustiva investigación de la diplomacia norteamericana en Asia desde el nacimiento de la República hasta Obama. Como responsable de Asia en el Consejo de Seguridad Nacional durante la administración de George W. Bush, Green se percató de la falta de referencias históricas: aunque parezca difícil de creer, no existía ninguna fuente que, de manera sistemática, analizara la evolución de la política de Estados Unidos en la región. Este libro es el resultado de su esfuerzo por cubrir ese hueco, una vez de vuelta en el mundo académico.

Además de una minuciosa valoración de la estrategia seguida por sucesivas administraciones, el autor identifica una serie de impulsos opuestos que han aparecido de manera constante a lo largo de estos dos siglos. Entre ellos, señala Green, ha habido una inclinación alternativa a elegir bien Europa o bien Asia como área prioritaria; una oscilación entre una estrategia continental o marítima (es decir, entre optar por China o por Japón como pilar central de la política asiática norteamericana); una elección por los objetivos geoeconómicos sobre los geopolíticos (o viceversa); y un hincapié—o, por el contrario, ausencia—en la la promoción de los valores liberales y democráticos.

Desde las primeras misiones marítimas de la recién creada república al “pivot” de Obama a principios de la segunda década del siglo XXI, Green saca a la luz aspectos poco conocidos incluso por los expertos y ofrece interesantes lecciones para el futuro. Una de sus conclusiones fundamentales es que Washington obtuvo resultados positivos siempre que se acertó en la definición del contexto regional y de sus implicaciones para los intereses de Estados Unidos. Lo que solía ocurrir cuando la estrategia la formulaban funcionarios y políticos con un conocimiento profundo de Asia, y existía una verdadera coordinación entre departamentos, así como entre éstos y la Casa Blanca.

No cabe esperar que Trump se lea un libro de más de 700 páginas como éste. Sin embargo, encontraría en él muchas claves sobre qué no hacer si quiere frenar la rápida pérdida de credibilidad de Estados Unidos entre sus aliados y socios asiáticos.

Tailandia y Estados Unidos: sumando apoyos. Nieves C. Pérez Rodríguez

Washington.- Acaba de visitar Washington el primer ministro tailandés, el general Prayut Chan-o-cha, invitado por Trump con el propósito de reforzar las relaciones bilaterales entre ambas naciones y promover la paz, seguridad y prosperidad en la región del sudeste asiático, según el comunicado oficial. La Casa Blanca está intentando acercarse a sus aliados y amigos en la zona, con el objetivo de fortalecer lazos e ir sumando apoyos y acuerdos en algún tipo de salida al peligro de Corea del Norte e incluso, en el indeseado escenario de que sea necesario un ataque para poner fin a sus amenazas.
Tailandia es el aliado más antiguo de los Estados Unidos en la región del sureste asiático. Doscientos años de cordiales relaciones, hasta el golpe de Estado de 2014 que destituyó a la anterior primera ministra Yingluck Shinawatra, democráticamente elegida, y opacó estas relaciones. La respuesta de la Administración Obama fue castigarlos con un enfriamiento diplomático, y oficialmente se solicitó a la “Junta militar” (el nuevo gobierno tailandés) convocar elecciones libres. A pesar de las dificultades políticas en Tailandia, no se debió desconocer los estrechos lazos, en los que Washington ha invertido tiempo y dinero, dada la importancia estratégica de mantenerlos. Según documentos del Departamento de Estado, Tailandia es un país clave en el mantenimiento de la paz y la seguridad regional. Tanto es así que en el año 2003 Estados Unidos calificó a Tailandia como uno de sus grandes aliados fuera de los que forman parte de la OTAN.
El hueco dejado por los Estados Unidos fue rápidamente llenado por China y Filipinas, que se apresuraron a asistir estratégicamente a Tailandia en ese momento de abandono, pues solo en apoyo militar Washington suspendió casi 5 millones de dólares en programas de financiación, ejercicios y maniobras militares. La frustración del nuevo gobierno tailandés con Washington les hizo virar hacia Beijing, quien les ofrecía incrementar acciones militares, como el desarrollo de nuevos ejercicios conjuntos e incluso la adquisición de equipos chinos, como submarinos, que, según Geoffrey Hartman, del Centro de Estudios Estratégicos Internacionales, constituyen la adquisición más costosa en la historia militar de Tailandia. Y todo, a pesar de que Obama reconsideró su postura en 2016, anunciando la visita del almirante Harry Harris, el oficial de más alto rango en el Comando estadounidense en Asia. La fisura ya era visible, y aunque se restablecieron mucho de los programas, no se restauraron todos.
Desde 1950 el Tailandia ha recibido de Estados Unidos ayuda militar, entrenamientos, construcción y mejoramientos de sus instalaciones militares. Las maniobras Cobra fueron una práctica rutinaria durante más de 3 décadas entre ambos países, unos ejercicios militares con vehículos anfibios, helicópteros, simulacros de ataques bacteriológicos o químicos, entre otras cosas. Y en términos comerciales, tan solo en el año 2015 los intercambios entre ambos países ascendieron a más de 37 billones de dólares, nada despreciables.
La Administración Trump ha dejado clara la prioridad que ocupa Tailandia en su agenda, desde el comienzo de su legislatura. El propio Trump, en una llamada telefónica en primavera, invitó al primer ministro tailandés a la Casa Blanca. En julio, el embajador estadounidense Glyn Davies pidió a la Junta Militar su apoyo para imponer sanciones al régimen norcoreano, a pesar de que los tailandeses habían expresado su deseo de jugar un papel mediador con Pyongyang. El secretario de Estado Tillerson hizo una parada en Bangkok en agosto, en su primera visita a Asia. Y por último la declaración conjunta hecha en el marco de este encuentro entre el primer ministro tailandés y el presidente estadounidense, en la que expresaron su disposición a repotenciar la alianza de seguridad común, continuar con las fuertes y largas relaciones diplomáticas y generar un mayor acercamiento en las relaciones comerciales en pro de la prosperidad. Todo ello orientado a mantener activa esta antigua alianza en la que Estados Unidos gana con mantener una fuerte presencia estadounidense en la región.
Parece que Trump tiene claro cuál será el rol de Tailandia durante su gestión, a pesar de su improvisación en las relaciones exteriores y sus constantes tropiezos, y empieza a vislumbrarse un plan estratégico que incluye muchos actores para enfrentar la creciente amenaza de Kim Jong-un y consagrar una presencia estratégica permanente que, además, mande un mensaje claro a China.

Estas son las razones por las que China compra equipos de fútbol europeos (1). Miguel Ors Villarejo

Unas 600 personas poseen en China una fortuna superior a los 1.000 millones de dólares, según The Hurun Report. El editor del informe, Rupert Hoogewerf, declaraba hace un año en el Daily Telegraph que estos megarricos aumentan a un ritmo de cinco por semana y muestran un “gran interés” por el fútbol europeo. La lista de conjuntos que han adquirido es larga: Manchester City, Aston Villa, Atlético de Madrid, Granada, Inter de Milán, Auxerre, Niza… ¿Qué es lo que van buscando?

El rendimiento financiero no suele ser particularmente elevado en este ramo, en buena medida porque los incentivos están mal alineados. La prioridad de cualquier gestor es la deportiva. Como alguna vez le oí a Jorge Valdano: “Nadie va a la Cibeles a celebrar que el Real Madrid ha cerrado la temporada con superávit”. La exigencia no ya de ganar la Liga, sino de sencillamente mantener la categoría obliga a realizar fichajes astronómicos que no son siempre compatibles con unas cuentas saneadas.

Los chinos no ignoran esta realidad. Wang Jianlin, el dueño de Wanda, lo dijo alto y claro en Davos: “El Atlético quema el dinero”. Jianlin acababa de afirmar en el foro que era “un hombre de negocios” y que para él “la rentabilidad es lo primero”. ¿Por qué paga entonces 45 millones de euros por el 20% de la ruinosa sociedad rojiblanca?

Desde el punto de vista del marketing, estas operaciones dan mucha notoriedad, algo que entusiasma a los accionistas. Sam Wallace escribe en el Daily Telegraph que la acogida de la bolsa puede ser “transformadora” y cita a continuación a Hoogewerf: “Cuando incorporas [un club británico] a tu balance”, la cotización sube y a menudo “te encuentras con que vale más en China que en Reino Unido”. Esta reacción especulativa contribuye a que la inversión se pague en parte sola.

Pero es que, además, aunque aquí vemos a nuestros equipos como formidables colosos, no son gran cosa en términos económicos. El Barcelona y el Madrid, que con sus casi 700 millones de ingresos son los más prósperos, no figuran ni entre las 200 mayores empresas de España. Y varios conjuntos de la Liga se las tienen que arreglar con 50 millones o menos, lo que técnicamente los sitúa en la categoría de pymes.

Los 45 millones que puso en el Atlético son calderilla para Wanda. En 2016 el grupo facturó 34.000 millones. Jianlin se ha gastado menos en los colchoneros que en su casa de Londres, una mansión de 110 millones en la que, encima, planea meter otros 70 millones porque la piscina no le convence y necesita una sala de proyecciones. El Evening Standard aprovechó la noticia para recordar que su hijo Wang Sicong ya escandalizó a la opinión pública cuando desveló que le había regalado dos relojes Apple de 900 euros a su perro Keke (aquí pueden ver una foto de la mascota luciendo uno en cada pata).

Sin embargo, sería simplista atribuir la entrada de Wanda en el Atlético o de Tony Xia en el Aston Villa o de China Media Capital en el City a meras excentricidades de nuevos ricos. Detrás de estas transacciones hay una elaborada y mucho más amplia estrategia para conquistar el fútbol mundial. (Continuará)

La diplomacia futbolística de Xi Jinping. Nieves C. Pérez Rodríguez

Washington.- El fanatismo por el fútbol de Xi Jinping ha influido en su visión diplomática, de negocios e incluso de Estado. Generalmente, sus apariciones internacionales dejan fotos de apretones de manos, poses protocolares y caras amables, pero en Alemania en julio pasado, en el marco de un partido amistoso entre jóvenes de ambos países, se dejó llevar por su pasión por este deporte y en compañía de Ángela Merkel se relajó frente al objetivo y nos dejó imágenes menos rígidas y de amplias sonrisas.

En China, cada vez que los medios de comunicación hacen referencia al fútbol deben referirse también a la afición futbolística de su líder, casi como si fuera una norma periodística inquebrantable. Entre las prioridades del Estado chino está convertirse en la “súper potencia mundial de fútbol” para el 2050 y para lograrlo están invirtiendo grandes sumas tanto dentro del país como fuera.

Los chinos han conseguido su espectacular avance económico estudiando los modelos exitosos de occidente y copiándolos, pero en su particular intensidad e ímpetu que los lleva a dar resultados en tiempo récord comparado con otras naciones. El año pasado el gobierno de Pekín presentó un plan en el que está previsto que 50 millones de niños y adultos jueguen al fútbol en el 2020, por lo que están invirtiendo en unos 20.000 centros de entrenamiento y 70.000 estadios, de acuerdo con el organismo superior de planificación económica de Beijing.

El objetivo de ésta gran inversión es que el deporte contribuya con su PIB. Se trata de un esfuerzo mancomunado entre el sector público y privado. Las grandes empresas chinas como Alibaba, Wanda y Suning están invirtiendo en fútbol, porque lo ven como un gran negocio en el que hay que participar. Hay equipos europeos que pertenecen a multimillonarios chinos en su totalidad y muchos otros equipos cuentan como una participacón significativa de capital chino, como es el caso del Atlético de Madrid, cuyo 20% está en manos de Dalian Wanda Group Co. (de acuerdo con Bloomberg). El boom por invertir en fútbol ha sido tan grande que a finales de agosto el Consejo de Estado chino puso a los clubes deportivos en su lista de industrias en las que las empresas locales tienen límites para invertir en el extranjero, para frenar la salida de capital y proteger el yuan de una mayor depreciación.

El caso del fútbol en los Estados Unidos es radicalmente opuesto al de Europa. La profesionalización de esta categoría deportiva llego a finales de los 60, y para mediados de los 80 se registraban pérdidas millonarias hasta su refundación con el mundial 1994, lo que propició la creación de la actual “Major league Soccer”, hasta el 2007 cuando Beckham fue fichado por Los Angeles Galaxy, lo que revivió mediáticamente este deporte.

Sin embargo, el fútbol en Estados Unidos se disputa en años naturales y eso difiere del europeo y de algunas de las ligas más importantes de Sudamérica, donde las temporadas empiezan a mitad del año y culminan al año siguiente. El mismo fenómeno ocurre en el fútbol chino, que se cree que fue copiado del modelo estadounidense. Tanto China como Estados Unidos toman el fútbol como una cuestión de Estado; ambos fomentan la práctica con programas que comienzan con niños de muy corta edad, invierten en canchas en colegios, y centros de recreo. Y en ambos casos se pretende descubrir y albergar a futuras estrellas futbolísticas.

Sin embargo, la afición europea es completamente diferente a la estadounidense; ese nivel de pasión deportiva aquí se vive por el futbol americano o el béisbol. A pesar de las astronómicas cifras invertidas para avivar este deporte, la falta de cultura futbolística ha enfriado ese deseo.

Estados Unidos en el ámbito deportivo ha figurado siempre entre los primeros en el mundo; es el país con más medallas olímpicas, y las becas deportivas son parte fundamental del sistema educativo universitario. Sin embargo, los clubes de fútbol estadounidenses no cuentan con la misma reputación que los europeos, y sus fichajes internacionales suelen estar más orientados a jugadores de mayor edad, lo que hace una liga menos competitiva. En términos económicos, los salarios medios de los futbolistas rondan los 326 mil dólares, otra gran diferencia.

Consecuentemente el gigante asiático en su acostumbrada practica de replicar, miró el fútbol estadounidense y al ver su bajo rendimiento y, comparativamente con los clubes europeos, menor valor comercial, se enfocó en desarrollar su diplomacia de penetración futbolística en Europa, al menos de momento.

INTERREGNUM: Elecciones en Japón. Fernando Delage

Por segunda vez desde que regresara a la jefatura del gobierno en diciembre de 2012, Shinzo Abe ha convocado elecciones anticipadas. Parece como si, de esa manera, quisiera extender gradualmente su permanencia como primer ministro, añadiendo sucesivos períodos de cuatro años a legislaturas inacabadas. Su agenda de reformas económicas y de normalización de la política de defensa, frente al desafío de una China en ascenso, además de la organización de los Juegos Olímpicos de Tokio en 2020, requieren, en su opinión, de algo más que un único mandato.

Pero siempre es arriesgado acudir a las urnas. La derrota del Partido Liberal Democrático (PLD) en las elecciones a gobernador de Tokio el pasado verano, ya reveló el disminuido apoyo popular a Abe, y la irrupción, casi por sorpresa, de una nueva figura, Yoriko Koike, que concurrió como líder de un partido creado al efecto. No fue un fenómeno pasajero. Tras convocarse elecciones generales para el 22 de octubre, Koike anunció poco después su candidatura mediante la formación del Partido de la Esperanza, complicando el panorama que Abe esperaba afrontar. La fundación de este nuevo partido provocó, apenas tres días después, la integración en el mismo del hasta ahora principal grupo de la oposición, el Partido Democrático de Japón (PDJ). Koike se ha convertido así en la principal rival de Abe, y en la primera mujer con posibilidades de llegar al frente del gobierno japonés.

Es un resultado que no puede darse por seguro, dada la extraordinaria fortaleza estructural del PLD, partido que ha gobernado Japón desde 1955, con la excepción de dos breves paréntesis (1993-94 y 2009-12). Pero tampoco puede ya considerarse como inevitable la victoria de Abe.

Los analistas empiezan a preguntarse por ello qué cambiaría con Koike. Después de todo, ella misma perteneció al PLD, como tantos otros políticos hoy en la oposición. Su mensaje de modernización, su estilo desenfadado y su biografía personal resultan atractivos en el tradicional mundo gris de la política japonesa. Pero algo parecido ocurría con Junichiro Koizumi hace 15 años, sin que su paso por el poder—fue primer ministro de 2001 a 2006—consolidara las reformas que el país necesita.

El envejecimiento de la sociedad japonesa complica las bases de un nuevo crecimiento, aunque no pueden negarse los logros de la política de Abe y del Banco Central: la conocida como “Abenomics”. No obstante, 25 años después de que el PLD comenzara a escindirse, sigue sin existir un sistema ordenado de partidos. Los socialistas virtualmente desaparecieron, pero los liberales han tenido como oposición desde entonces una sucesión de fuerzas con distintos niveles de representación parlamentaria; partidos que cambian con frecuencia de nombre y de líderes, sin que sus programas sean realmente distinguibles de los del PLD. Quizá ello explique el desencanto popular: la participación en las últimas elecciones generales, en diciembre de 2014, registró la cifra más baja desde la segunda posguerra mundial (un 52 por cien). Aunque es una incógnita si el 22 de octubre se confirmará esta misma tendencia, la dinámica partidista no alterará en lo fundamental, sin embargo, la estabilidad de la primera democracia no occidental, y tercera mayor economía del mundo.

El desafío kurdo. Julio Trujillo

Kurdistán, un país real y un Estado inexistente, entra en el protagonismo de la región centro asiática con su referéndum de autodeterminación y agita a todos los gobiernos de la región. Irak (es allí donde el referéndum ha tenido lugar) rechaza la consulta y sus resultados; Turquía, con una importante población kurda en conflicto nacionalista contra el Gobierno y dónde el viejo Partido Comunista Kurdo y su grupo armado PKK están presentes, no sólo en Turquía sino también en Irak y Siria, ha movilizado a su ejército y amenaza con ocupar el Kurdistán iraquí; Irán, con población kurda niega cualquier validez al referéndum, y Siria, en guerra civil, se mantiene a distancia y no acepta los resultados, mirando de reojo a su propia población de origen kurdo. Sólo Israel, por razones que van más allá del mero tacticismo, defiende una eventual independencia de Kurdistán.

Este complejo conflicto tiene su origen remoto en 1150, cuando el sultán Sandjar, el último de los grandes monarcas selyúcidas (sirios de cultura griega), creó la provincia del Kurdistán.

Pero fue tras la derrota del Imperio Otomano tras la I Guerra Mundial cuando se agravó el problema y apareció el conflicto moderno. Tras una declaración inicial de la Sociedad de Naciones concediendo la independencia a los kurdos, Gran Bretaña y Francia redefinieron el mapa de Oriente Medio, se lo repartieron, anularon la efímera independencia kurda y partieron el Kurdistán histórico en cuatro territorios adjudicados a Irán, Irak, Turquía y Siria.

Pero la descomposición de Irak ha llevado al territorio kurdo de este país a una autonomía amplia, con Administración y ejército propio y ahora han organizado la consulta de independencia que, de dar lugar a un Estado propio, alteraría los equilibrios y podría suscitar alianzas ahora impensables.

Excepto Israel, ningún país ha proporcionado apoyo público al plebiscito. Los más contundentes en su oposición han sido el Gobierno central iraquí, Irán y Turquía, inquietos por el efecto en sus comunidades kurdas y en las aspiraciones independentistas del mayor pueblo sin Estado.

Para ambos, el plebiscito es un asunto de “seguridad nacional”. Tanto Ankara como Teherán podrían responder tratando de aislar políticamente al Gobierno kurdo pero resulta improbable que recurran a la violencia.

El apoyo de Israel va más allá de desear una mayor inestabilidad entre sus enemigos potenciales y logran ampliar sus muy escasos amigos en la zona. Cuando al comandante de una unidad peshmerga (el ejército kurdo) se le preguntó por qué país sienten los kurdos más cercanía, refiriéndose a Israel dijo: “Creemos que Israel es nuestro amigo más cercano en la lucha. Tenemos una historia común”.

Durante décadas, los nacionalistas árabes, islamistas y el régimen iraní constantemente les han comparado con los israelíes. Ali Akbar Velayati, ex canciller iraní, ha afirmado que EEUU “conspira para establecer un segundo Israel en la región” en la forma de un Kurdistán libre. Israel mantiene estrechas relaciones de solidaridad y colaboración en todos los campos con los kurdos desde hace años.

En la práctica, grupos kurdos como el Partido Democrático de Irán Kurdistán (PDKI), que se oponen al régimen iraní, colaboran con otros grupos minoritarios oprimidos tales como azeríes y baluchis. En el Kurdistán iraquí se ven iglesias y templos cristianos yazidies, y la convivencia de diferentes grupos étnicos y religiosos es incuestionable.

Así las cosas, el desafío kurdo puede suponer una patada en el tablero de ajedrez político y habrá que recoger las piezas y volver a colocarlas. Y ahí se abrirán todas las cuestiones actuales y las pendientes. Una situación que, vista así, da vértigo.

Desmontando a Harry. Juan José Heras.

Dice el refranero popular que “una mentira repetida mil veces se convierte en una verdad”. Y ese parece ser el caso con muchas de las consignas propagandísticas que lanza el Gobierno chino de forma periódica. Así, cada vez está más arraigada la creencia popular de que China va industrializar África y América Latina, al tiempo que vertebra Asia Central con las infraestructuras previstas en la nueva Ruta de la Seda.

En esta misma línea, parece haber calado la idea de que China ha modernizado su ejército hasta el punto de rivalizar militarmente con EE.UU., o que sus ingentes inversiones en tecnología e investigación la convertirán en la nueva cuna de la innovación mundial.

Sin embargo, los datos parecen contar una historia bien distinta, mostrando que tanto África como América Latina continúan siendo meros suministradores de materias primas. La aportación china en estos continentes se centra en la construcción de infraestructuras y no en la creación de zonas industriales, como publicita Pekín. Además, los numerosos MOU que firma con estos países, en la mayoría de los casos, no se traducen luego en proyectos concretos.

En este sentido, son los países del sudeste asiático los mejor posicionados para la pretendida deslocalización industrial China, gracias a su proximidad geográfica y su relevancia en asuntos regionales como por ejemplo el Mar Meridional.

Por otro lado, la nueva Ruta de la Seda, que promete corregir el déficit de infraestructuras en Asia Central, solo avanza de manera significativa en los trazados que tienen una consideración geoestratégica para Pekín. Y por mucho que aparezca en la prensa especializada, tampoco parece que esta iniciativa vaya a soluciona los problemas de sobrecapacidad del gigante asiático.

Respecto al ejército, es cierto que la modernización que se está llevando a cabo es impresionante, tanto en sus capacidades militares como en la organización de sus estructuras. Sin embargo, todavía están a años luz de EE.UU. tecnológicamente y carecen de personal capacitado para operar los últimos avances tecnológicos que incorporan los nuevos aviones de combate, buques de guerra o sistemas de comunicación.

En lo que se refiere a tecnología e innovación existe todavía una brecha importante entre China y occidente, que Pekín trata de reducir con sus inversiones en Europa y EE.UU. Conviene recordar que China se ha hecho “rica” gracias al comercio y a la aplicación de unos estándares laborales y medioambientales inaceptables para occidente, pero innovar requiere una buena dosis de iniciativa e imaginación que, cuanto menos, son cuestionables en un régimen Estado-Partido como el chino.

En la otra cara de la moneda están los que piensan que la enorme deuda que acumula China hundirá al país en una crisis económica, que estallará la burbuja inmobiliaria, y que no serán capaces de llevar a cabo el cambio de modelo económico en el que están inmersos.

Pero tampoco parece que esta línea catastrofista tenga visos de realidad, puesto que en una economía controlada como es la china, la deuda del Gobierno es con los bancos estatales, controlados  también por Pekín. Esto les brinda un margen considerable para contemporizar la aplicación de las reformas necesarias para convertirse en una economía de mercado “con características chinas” (lo que hace que ya no sea una economía de mercado), con una reducción gradual de la inversión que evite el desempleo y por tanto el descontento popular.

Y por terminar este artículo como empezó, con la sabiduría popular del refranero español, utilizaré uno que describe bastante bien a las promesas vacías a las que nos están acostumbrando los chinos: “No es oro todo lo que reluce”.

¿Pero qué pasa con el mundo? Nieves C. Pérez Rodríguez

Washington.- En los últimos días parece que se han soltado a los jinetes del apocalipsis. Por un lado los tremendos huracanes que han golpeado sin piedad a las islas del Caribe, las costas de Florida y los múltiples terremotos que han azotado a México; por otro el presidente Trump que aparece en el foro internacional que ha mantenido la paz relativa en el planeta durante más de medio siglo afirmando sin ninguna delicadeza que su prioridad es y será América primero, dejando por el suelo la esencia de Naciones Unidas y menospreciando su trayectoria y los logros en la estabilidad del mundo. Y, por si fuera poco, rematando su discurso con la amenaza de la destrucción total de Corea del Norte.

Si el discurso de Trump sorprende, la respuesta a éste tampoco deja a nadie inadvertido. Kim Jong-un afirma que “domará con fuego al viejo chiocho estadounidense mentalmente desquiciado”. Lo que en otras palabras viene a ser lanzamiento de más misiles, que si además tomamos las declaraciones hechas por el ministro de exteriores norcoreano se podría deducir que se están refiriendo a probar la bomba nuclear más potente sobre el Pacífico, lo que podría tener consecuencias fatales para la zona y los aliados estadounidenses en la región. Pero, además, Pyongyang podría estar intentando replicar lo que hizo China en la década de los 60 para demostrar su capacidad nuclear con una detonación atmosférica de un arma atómica, lo que le otorgó a China el reconocimiento de un estado nuclear.

La nueva dinámica de la diplomacia estadounidense es inédita. Mientras el presidente no modera su vocabulario con el uso de “hombre cohete” u “hombre loco” para definir a Kim Jong-un, bien sea en su cuenta de twitter o en sus discursos; el secretario de Estado Tillerson intenta normalizar la situación a través de reuniones privadas. Mientras, Nikki Haley, embajadora estadounidense ante la ONU, aumenta su zona de influencia en la diplomacia internacional y con un tono más regio ha ido dando pasos importantes, como las ultimas sanciones aprobadas por el Consejo de Seguridad en contra de Corea del Norte, las más severas hasta ahora, que otra vez contaron con el apoyo de China y Rusia.

Este paquete de sanciones prohíbe una serie de exportaciones norcoreanas, incluido textiles, carbón y mariscos, lo cual tiene el objetivo de eliminar un tercio de los ingresos por exportaciones del país. Las estimaciones indican que Corea del Norte exporta alrededor de 3.000 millones dólares en bienes cada año, y que las sanciones podrían eliminar 1.000 millones de dólares de ese comercio. Además, limita a 500.000 barriles de derivados del petróleo a partir de octubre y hasta 2 millones de barriles al año, de acuerdo a documentos oficiales de Naciones Unidas.

En lo que hay unanimidad es en el inminente peligro de Corea del Norte y sus juegos nucleares, que con cada prueba afina su capacidad atómica. Finalmente, las grandes potencias están alineadas para castigar el arbitrario comportamiento de Pyongyang y vigilar si el compromiso de China es total. Por primera vez, Kim Jung-un podría encontrarse en una situación de aislamiento absoluto y sin proveedor que satisfaga sus necesidades.

La paciencia parece agotarse en este lado del planeta. La noche del sábado sobrevolaron la zona desmilitarizada entre las dos Coreas bombarderos estadounidenses, otro aviso de Washington a Pyongyang, que de acuerdo al Pentágono “es un claro mensaje de que el presidente tiene muchas opciones militares para derrotar cualquier amenaza”. En pocas palabras, que están listos para atacar.