INTERREGNUM: El drama de los Rohingya. Fernando Delage

En pleno siglo XXI, y casi 25 años después del genocidio de Ruanda, un nuevo episodio de limpieza étnica se desarrolla en Asia. Aunque la persecución de la minoría musulmana de Birmania—de origen bengalí—no es en absoluto nueva (es resultado de un complejo legado colonial y de la sucesión del antiguo Pakistán Oriental por el Estado independiente de Bangladesh tras la guerra de 1971), el resurgir de un nacionalismo birmano y la radicalización de algunos grupos armados entre los Rohingya han creado un contexto explosivo, en el que se entremezclan terrorismo e insurgencia con un gigantesco drama humanitario.

Se esperaba que, tras las elecciones de 2015, la gradual democratización del sistema político permitiría mejorar la situación de los Rohingya. Pero ha sido todo lo contrario. Muchos se preguntan por las razones del comportamiento de ese icono de la libertad y la tolerancia que es Aung San Suu Kyi (“the Lady”, para los generales birmanos). Pero la premio Nobel de la paz es hoy un líder político que no puede enfrentarse a los militares—con los que gobierna—ni a la mayoría budista a la que pertenece, en uno de los países étnicamente más complejos del mundo. La islamofobia contra esa minoría birmana se ha agravado, a la vez que el ejército no está sujeto al control de las autoridades civiles después de redactar una nueva Constitución a su medida. Con todo, las implicaciones de la crisis para el entorno regional no son menos relevantes.

Que Al-Qaeda y Daesh hayan hecho un llamamiento a favor del apoyo a los Rohingya no favorece su causa. Las conexiones del principal grupo responsable de las acciones contra el ejército a finales de agosto, el Arakan Rohingya Salvation Army (ARSA), con otros movimientos radicales—se sospecha en particular de Pakistán—han situado la campaña antiterrorista por encima de la expulsión de esta minoría (a la que se niega incluso la nacionalidad). La ASEAN se ha mostrado impotente a la hora de formular una respuesta, mientras que Bangladesh teme las consecuencias de su acogida: si facilita las condiciones a los refugiados, puede atraer a un número aún mayor de Rohingya, que querrían además solicitar residencia permanente. Los dos grandes que intentan influir en Birmania—India y China—aprovechan asimismo la situación para perseguir sus propios objetivos.

El primer ministro indio, Narendra Modi, visitó Birmania hace apenas dos semanas y evitó el tema en público. Al afrontar su propio fenómeno insurgente en las provincias del noreste, fronterizas con Birmania, India necesita la cooperación del gobierno de este país contra dichos grupos violentos. Modi es el líder, por otra parte, de una formación política, el Janata Party, definida por el hinduismo más estricto, con escasas simpatías por tanto hacia los musulmanes. También China se ha pronunciado a favor de la política del gobierno birmano. Pekín mantiene su propia política represiva hacia los musulmanes de Xinjiang, y podría vetar cuantas propuestas se presenten en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas.

Cuando Occidente por fin reacciona, y europeos y americanos pueden intentar articular un conjunto de sanciones, se abre además una nueva oportunidad para Pekín, cuya excesiva presión durante los últimos años fue de hecho uno de los motivos que condujo a los militares birmanos a poner en marcha el proceso de transición política. Su oferta de ayuda financiera, inversiones en infraestructuras y venta de armamento puede restaurar su influencia en este Estado clave para su política energética y para el desarrollo de sus provincias meridionales. Pekín contaría también con otro gobierno que podría vetar posiciones contra China en el marco de la ASEAN (además de Tailandia, Malasia, la Filipinas de Duterte, Laos o Camboya).

Como en tantas otras ocasiones a lo largo de la Historia, los intereses de las potencias se imponen sobre una tragedia humanitaria que, tras la derrota del Estado islámico, podrá convertirse en un nuevo campo de batalla para el mundo musulmán.

La ley de inmigración II y los giros políticos de Trump. Nieves C. Pérez Rodríguez

En nuestro artículo de la semana pasada explicábamos las marcadas diferencias entre los inmigrantes ilegales y los inmigrantes bajo la amnistía que les concedió DACA. Y apelábamos a la necesidad de una ley migratoria adaptada a los valores fundamentales de la nación estadounidense conforme a su constitución y el respeto a los derechos humanos, y por supuesto a sus propios intereses nacionales. Hoy retomamos el tema para explicar el cambio de dirección que han tomado las cosas, producto de un momento de pragmatismo en el que Trump negocia con el partido demócrata un acuerdo que mantendría el estatus pseudo-legal de estos individuos. Muy a pesar de que los pronósticos apuntaban en la dirección opuesta.

Trump es un hombre que necesita resultados, no hay más que ver sus negocios y la fortuna que ha conseguido amasar. La lealtad no es precisamente el valor más arraigado en su proceder, y la mejor prueba es que hoy estamos hablando de pactos entre él y el partido demócrata para sacar adelante una ley migratoria que proteja a estos “dreamers”, después de haber sido él mismo el que activó el debate y expresó sin tapujos su tendencia anti-inmigración, en la que los DACA estaban incluidos. Es bien sabido que en política los pactos entre distintos partidos son la clave de la supervivencia del sistema, pero en el caso de este inesperado cambio de postura de Trump se refleja su falta de afiliación y lealtad al partido republicano, y su desvinculación a la tradición más conservadora de las bases del partido.

En su estilo más puro, negocia durante una cena con los líderes demócratas el miércoles por la noche y amanece el jueves a las 6:35 a.m. twitteando a sus fieles seguidores, intentando justificar las razones de su cambio de postura (que valga acotar fueron las mismas razones que expusimos en esta columna la semana pasada): “Ellos fueron traídos a nuestro país hace muchos años atrás por sus padres, cuando eran niños. No es su culpa…” etc., etc. La clave de la rapidez de estas negociaciones están en poder presionar para presentar la ley antes del 13 de Diciembre, fecha en que vence la deuda pública, y en la que se verán obligados a negociar una vez más con los demócratas para evitar el cierre del gobierno estadounidense. Sumado a esto, son pocos los días legislativos que quedan dentro de la normativa y funcionamiento del congreso. Ambos escenarios benefician a los demócratas dándoles mayor control del juego.

Lo que seguramente Trump no midió fueron las consecuencias internas en las bases del partido republicano, en el núcleo más conservador, pues ésta es la segunda estacada en que deja a su partido en dos semanas. La primera fue el acuerdo con los demócratas para autorizar más gasto, más deuda pública y evitar el cierre del gobierno.

Los analistas ahora están planteando que Trump está buscando espacios de entendimiento con la oposición para poder sacar leyes adelante en vez de dejar que la lenta burocracia vaya a su ritmo. Sin embargo, en las filas de su partido se percibe como traición. A pesar de que muchos puedan estar a favor de los acuerdos, no están a gusto con las formas y el secretismo a sus espaldas.

Da la impresión de que las promesas electorales que lo hicieron presidente empiezan a desvanecerse frente a las ganas de empezar a dar resultados y avanzar. Hay que ver si favoreciendo a los “dreamers”, con la contrapartida pública de tener el apoyo demócrata para fortalecer la seguridad fronteriza, es un precio político razonable. Los demócratas están aprovechando su momento para sacar la mejor tajada: negocian la deuda sólo hasta diciembre, y mientras tanto consiguen avances políticos, como mantener DACA. Mientras que en las filas del partido republicano Trump está generando una división aún mayor que puede comprometer futuras negociaciones y apoyos que seguramente necesitará en el futuro cercano.

INTERREGNUM: Abe en Gujarat. Fernando Delage

El pasado 14 de septiembre, el primer ministro indio, Narendra Modi, recibió a su homólogo japonés, Shinzo Abe, en Ahmedabad—en su estado natal de Gujarat—, en una nueva cumbre bilateral que tenía por objeto fijar la “dirección futura” de las relaciones entre India y Japón.

En el marco de la “asociación global” que ambos países constituyeron en el año 2000, Modi y Abe firmaron hasta 15 acuerdos y continuaron ampliando una agenda que refleja la creciente convergencia económica y estratégica entre las dos grandes democracias asiáticas. Japón necesita reactivar el crecimiento en el contexto de una sociedad que envejece con rapidez, mientras que India busca atraer capital y tecnologías del exterior para desarrollar el sector industrial que permitirá crear empleo e impulsar un desarrollo sostenido y de calidad. La inversión japonesa en India ha aumentado de 2.600 millones de dólares en 2015-2016 a 4.700 millones de dólares el último año fiscal. Sus inversiones acumuladas ascienden a 26.000 millones de dólares, lo que supone el ocho por cien del total recibido por India desde el año 2000. Las infraestructuras son objetivo prioritario y, de manera simbólica, los dos primeros ministros inauguraron las obras del primer tren de velocidad del país, entre Ahmedabad y Mumbai.

Abe y Modi lanzaron asimismo una nueva iniciativa diseñada como alternativa a la Ruta de la Seda de Pekín: el Corredor de Crecimiento Asia-África (AAGC en sus siglas en inglés). India puede convertirse en una útil plataforma de proyección de las empresas japonesas hacia el Golfo Pérsico y el continente africano. Tokio aportará 200.000 millones de dólares a este proyecto de cooperación entre dos continentes mediante el desarrollo de infraestructuras de calidad, conectividad institucional e intercambio entre sociedades, para equilibrar la influencia económica y diplomática china.

La República Popular es también el principal factor de la convergencia entre Delhi y Tokio en cuestiones de seguridad y defensa. Días antes de la cumbre, los ministros de Defensa de ambos países discutieron en su reunión anual sobre la coproducción de equipos militares, tecnologías de doble uso o la posibilidad de adquisición por India del avión US-2 japonés. Tras la entrada en vigor, en julio, del acuerdo nuclear civil firmado durante la visita de Modi a Tokio el pasado mes de noviembre, también se ha facilitado la exportación de tecnología japonesa a India.

El encuentro se ha celebrado en un entorno regional marcado por los ensayos nucleares y balísticos norcoreanos, las tensiones en la periferia marítima china, o el reciente choque en Doklam, donde coinciden las fronteras de India, China y Bután. También por la profunda incertidumbre que se vive en la región sobre la política exterior de Estados Unidos bajo la administración Trump. El escenario de seguridad asiático vive un momento de enorme fluidez y avanza hacia la construcción de un nuevo orden. La cada vez más estrecha relación entre India y Japón será uno de sus elementos característicos.

La diplomacia de Santino Corleone. Miguel Ors Villarejo

Imaginen que la península de Corea es un gigantesco patio de colegio. El matón Kim se la tiene jurada a su compañero Moon, pero no puede hacer nada porque hay un vigilante americano que no le quita el ojo. “Ya verás cuando ese se vaya”, le farfulla Kim a Moon cada vez que se cruzan. Y se rebana el cuello con el índice mientras sonríe siniestramente.

Durante años, la presencia del vigilante americano ha mantenido a raya a Kim. Pero en noviembre llegó Trump con la intención de poner a “América primero”, el lema coreado en los años 40 por quienes propugnaban la neutralidad durante la Segunda Guerra Mundial. Trump ha reiterado varias veces que no es aislacionista, pero el hecho de que se haya visto obligado a precisarlo revela que muchos lo creen, entre otros Kim. Y para salir de dudas, nada como poner a prueba al nuevo vigilante con unos misiles.

Naturalmente, la aceleración de los lanzamientos norcoreanos no es enteramente imputable a Trump. Responde en parte a motivos internos (Kim necesita apaciguar a los halcones de su pandilla) y técnicos (se siente legítimamente orgulloso del progreso de su arsenal y lo celebra, literalmente, tirando cohetes). Pero los ensayos tienen también el claro propósito de explotar la división de sus rivales, una división en la que nadie había reparado hasta que Trump abrió la boca.

Hay una escena memorable en El Padrino. Virgil Sollozzo, alias el Turco, acaba de hacer una lucrativa oferta a don Vito: el 50% de su negocio de drogas a cambio de dos millones de dólares y de la protección de los jueces y senadores de los Corleone. El Don la ha rechazado, pero de pronto su hijo Santino comete el “error imperdonable” de desvelar que no está del todo de acuerdo. El Padrino le dirige una mirada glacial y, una vez levantada la reunión, le reprende vivamente irritado:

“Santino, nunca dejes que los que no pertenecen a la familia sepan lo que realmente piensas”. Y añade: “Me parece que el sucio asunto que tienes con esa joven [una dama de honor de su hermana] te ha reblandecido el cerebro. Déjate de amoríos y ocúpate de los negocios”.

Es un reproche que podría dirigirse casi letra por letra a Trump. Sus inoportunos comentarios han puesto de manifiesto una fisura en el hasta hoy monolítico compromiso estadounidense de defender a Corea del Sur y Japón. En su descargo hay que señalar que ha rectificado, amenazando a Pyongyang con un despliegue de “fuego y furia”. Pero también el Padrino moviliza de inmediato a Luca Brasi, que es algo así como la Séptima Flota de los Corleone, y no logra evitar el baño de sangre.

Es difícil saber qué habría pasado si Trump se hubiera mantenido calladito, pero del mismo modo que el desliz de Santino precipita una serie de catastróficas desdichas, hablar como si uno estuviera en un bar cuando se es presidente de los Estados Unidos es una temeridad cuyas consecuencias pueden ir bastante más allá de una riña de patio de colegio.

INTERREGNUM: Xi Jinping y el XIX Congreso. Fernando Delage

Por primera vez en muchos años, termina agosto sin que haya trascendido ninguna filtración sobre lo tratado por los máximos líderes chinos en su tradicional retiro de verano en la playa de Beidaihe a principios de mes. De hecho, ni siquiera hay confirmación oficial de que se hayan reunido. El silencio resulta llamativo ante la celebración, este próximo otoño, del XIX Congreso quinquenal del Partido Comunista; una ocasión que servirá para confirmar si, como piensan numerosos observadores, Xi Jinping terminará imponiendo su poder personal sobre las reglas de liderazgo colectivo que han guiado las decisiones del régimen chino desde los tiempos de Deng Xiaoping.

Una primera indicación será si—en contra de las prácticas del sistema—Wang Qishan, mano derecha de Xi, es renovado por tercera vez como miembro del Comité Permanente del Politburó, corazón del poder político chino, durante otros cinco años. Como presidente de la Comisión de Disciplina, Wang ha estado al frente de la campaña contra la corrupción. Su anterior responsabilidad como ministro de Finanzas, hacen de él un candidato preferente para sustituir a Li Keqiang como primer ministro e impulsar las reformas económicas de las que depende la sostenibilidad del crecimiento y, por tanto, la legitimidad del Partido Comunista.

En segundo lugar, si no se designa a un sucesor aparente de Xi como secretario general, cuyo nombramiento se formalizaría en el XX Congreso en 2022, podrá interpretarse que Xi desea mantenerse en el poder más allá de los dos mandatos que le corresponden. El cese por sorpresa, a finales de julio, de Sun Zhengcai, uno de los dos únicos miembros del Politburó con posibilidades de ocupar dicho puesto, parece apuntar en tal dirección. No obstante, también puede ser la intención de Xi la de evitar la debilidad propia de un líder a final de mandato—como “pato cojo”—en un delicado momento de transición en la economía y la política exterior.

Una tercera clave será la posible inclusión en la Constitución china de las doctrinas de Xi como parte integrante de la ideología esencial del Partido Comunista, junto al marxismo-leninismo y el pensamiento de Mao Tse-tung. No sólo se consolidaría así su estatus histórico, sino que se reduciría el de sus dos antecesores, Jiang Zemin y Hu Jintao.

Desde su nombramiento como secretario general a finales de 2012, Xi ha asumido un cargo tras otro—como la presidencia de las Comisiones sobre reformas económicas y sobre seguridad nacional—, y ha sido formalmente designado como “núcleo central” del Partido y “comandante supremo” de las fuerzas armadas; indicios todos ellos de un abandono de las reglas de consenso con las que Deng buscaba evitar la emergencia de un nuevo Gran Timonel. La centralización del poder y el control ideológico pueden ser, según Xi, necesarios para evitar la suerte del Partido Comunista de la Unión Soviética, una experiencia determinante en la manera de pensar de los líderes chinos. Pero habría que preguntarse si, al romper las normas para imponer su dominio personal sobre el Partido, Xi no provocará, por el contrario, su fragilidad.

China recupera su tolerancia tradicional, o sea, limitada

“La religión china tenía poca teología, casi ninguna jerarquía y escasos centros fijos de culto”, escribe el premio Pulitzer Ian Johnson en Las almas de China. De las tres confesiones tradicionales, el confucianismo era sobre todo un camino de sabiduría. “Respeta a dioses y espíritus”, aconsejan las Analectas, “pero mantenlos a distancia”. Según el Maestro, lo prioritario es ganarse la confianza del gobernante para resolver los asuntos de este mundo.

Por su parte, los taoístas eran versos libres que practicaban sus ritos sin meterse con nadie, y solo el budismo materializó el fervor en impresionantes construcciones y una considerable influencia política, que la dinastía Tang (618-907) atajó radicalmente.

Ninguna de estas doctrinas ejercía un proselitismo agresivo. Se limitaban a ofrecer (a cambio de una módica contribución) sus servicios para ocasiones especiales, como los funerales. Esta civilizada convivencia resulta completamente ajena a las costumbres occidentales. Aquí las distintas sectas han competido con ferocidad por la hegemonía, no dudando las unas en quedarse tuertas para dejar ciegas a las otras. La experiencia jesuita en China es una edificante parábola de cómo llevar este celo hasta la autodestrucción. A lo largo de los siglos XVII y XVIII, las misiones de Ignacio de Loyola florecieron y el emperador Kang Xi (1661-1722) incluso publicó un edicto que autorizaba la difusión del cristianismo. “Por desgracia”, cuenta Roderick MacFarquhar en The New York Review of Books, “los jesuitas se enredaron en una larga controversia con los dominicos y los franciscanos, que les reprochaban su pecaminosa permisividad con los confucianos”. Al final, la buena disposición del emperador no sirvió para nada, porque el papa declaró incompatibles con la fe los ritos chinos y abortó toda posibilidad de que el cristianismo normalizara su presencia en el país, igual que había hecho el budismo.

El comunismo adoptó inicialmente una actitud de respeto hacia las cinco grandes confesiones: budismo, taoísmo, confucianismo, protestantismo y catolicismo. Les otorgó el estatuto de asociación y las incluyó en el Frente Unido, junto con sus otros compañeros de viaje. Pero, a su debido momento, Mao prescindiría de sus aliados religiosos como había prescindido de los laicos y, durante la Revolución Cultural, cerró todos los templos y sometió a público escarnio a sus representantes.

La caída del maoísmo ha permitido que la actividad espiritual se restablezca. Aproximadamente un tercio de los 1.300 millones de chinos reconoce abrigar algún tipo de creencia. El propio Xi Jinping nunca ha ocultado sus inclinaciones budistas, uno de cuyos templos ayudó a reconstruir en los inicios de su carrera política. Es consciente de que el bienestar material no basta para cohesionar una sociedad y que esa ligazón ya no la proporciona el ideario marxista. “Esta es la razón por la que […] busca tonificar el orgullo por la cultura y la historia chinas”, escribe MacFarquhar.

Bajo esta aparente aceptación de la diversidad, todas las organizaciones siguen, sin embargo, sometidas a un estricto control. Los budistas tibetanos y los musulmanes uigures sufren las peores restricciones por sus veleidades separatistas, pero tampoco se mira con simpatía a los católicos. El esfuerzo de Francisco por volver a entrar en China ha encallado ante las diferencias sobre el derecho de presentación, la prerrogativa para designar obispos que detenta Pekín y que el Vaticano desea recuperar. Por el contrario, el protestantismo, que carece de una cabeza visible que dispute parcelas de soberanía al Partido, crece exponencialmente.

Los occidentales, que no dejamos de ser unos recién llegados (en términos históricos) a la libertad de culto, observamos esta tímida apertura con condescendencia, pero tiene razón Johnson cuando afirma que, “por incompleta e inadecuada que nos resulte, deberíamos tomarla como lo que es: un milagro”.

El sistema antimisiles funciona. Nieves C. Pérez Rodríguez

Washington.- La seguridad es una de los elementos que más obsesiona a Estados Unidos. No es casual que los ciudadanos elijan a sus líderes políticos considerando cuál será su política de seguridad defensiva frente a un ataque o como mantendrán protegido el territorio y a sus habitantes. Fue Ronald Reagan quien concibió la idea de crear un sistema defensivo antimisiles, que en su momento respondía al riesgo proveniente de la Unión Soviética y que continuaron desarrollando sus sucesores desde entonces. El pasado martes esta idea se materializó en un hecho histórico que marca una nueva era en el desarrollo armamentístico, pues ya no es solo quién posee los misiles sino quién es capaz de neutralizar a sus enemigos.

Son tres las agencias estadounidenses que se encargan del seguimiento de potenciales riesgos: la NASA, la Agencia de Defensa de Misiles, y el Comando aeroespacial estadounidense. Los ataques terroristas del 2001 obligaron a estos organismos a intensificar su trabajo y a aumentar sus presupuestos y desarrollar tecnología más avanzada con el propósito de prepararse frente a un potencial ataque. Disponen de un extenso número de bases militares a lo largo del planeta que cuentan con radares que tienen capacidad de neutralizar, derribar y destruir misiles que amenacen el territorio estadounidense o el de algunos de sus aliados.

Los radares de advertencia temprana están operando permanente y transmitiendo información en tiempo real. La amenaza de Corea del Norte, por ejemplo, se vive con mucha preocupación en Washington. Es, en efecto, uno de los pocos temas en los que están de acuerdo republicanos y demócratas. Se percibe a Kim Jong-un como un auténtico desalmado capaz de perpetrar un ataque catastrófico, razón por la que en el 2016 se instalaron 36 interceptores en las bases de Alaska y California, tratando de prevenir misiles de largo alcance provenientes de Corea del Norte. Como si fuera poco, la Administración Trump ha aumentado el presupuesto de defensa en 58 billones de dólares, lo que representa un aumento del 10%, dejando por sentado una vez más la prioridad que tiene la seguridad y la defensa en esta nación.

El simulacro de la semana pasada consistió en lanzar un proyectil intercontinental desde la Base de pruebas Ronald Reagan, ubicada en las Islas Marshall hacia la costa oeste de los Estados Unidos. Y, de acuerdo con lo afirmado por el Departamento de Defensa, múltiples sensores y radares captaron el misil y enviaron información de su trayectoria al sistema de misiles en tierra. Y desde la base aérea Vandenberg situada en el sur de California se respondió con un misil que destruyó el proyectil en el Pacifico, en pleno vuelo.

La base militar estadounidense en Kwajalein Atoll en las Islas Marshall cuenta con una ubicación estratégica en el Pacífico, pues está a tan solo 3900 km de distancia del suroeste de Honolulu (Hawái), el territorio más vulnerable a un posible ataque de Corea del Norte seguido de la costa oeste de los Estados Unidos. Sin embargo, el Departamento de Defensa americano no cree que Pyongyang cuente aún con un misil capaz de llegar a tierra estadounidense, aunque no dudan que estén trabajando en desarrollarlo. Por lo que se han dado prisa en preparase para poder responderles en condiciones.

El director del programa GMD (Ground-base Midcourse Defense), o programa de defensa de misiles en tierra, Jim Syring, sostiene que “la capacidad de poder derribar proyectiles en vuelo es vital para la seguridad de los Estados Unidos y esta prueba demuestra nuestra capacidad creíble y disuasoria frente a una amenaza”. No es casual que se llevara a cabo esta prueba justo en el momento en que Corea del Norte se ha dado a la tarea de lanzar misiles casi cada semana a pesar de las sanciones de Naciones Unidas y los múltiples llamamientos por parte de las grandes potencias. La Administración Trump está enviando un mensaje muy claro a Kim Jong-un: Estados Unidos sigue siendo el pionero en carrera armamentística y ahora, además, cuenta con capacidad de destruir en vuelo proyectiles que vayan dirigidos a objetivos estadounidenses y/o de sus aliados.

Misiles norcoreanos de menor alcance podrían perpetrar un ataque a un aliado como Corea del Sur o Japón, lo que podría detonar la furia y el orgullo yanqui, en el que Míster Trump tendría el escenario perfecto para exacerbar el nacionalismo estadounidense que tanto lo ayudó a llegar a la Oficina Oval, y justificar cualquier acción bélica en pro de preservar la seguridad nacional. ¡Que Dios nos libre de esto!

La personificación del sueño americano, catalizador de nuevas alianzas

Washington.- Según nos acercamos a la toma de posesión del Presidente electo Donald J. Trump, y el tan esperado nombramiento del Secretario de Estado Rex Tillerson, la política exterior de la nueva administración parece ir tomando forma. A pesar de que el nuevo gabinete carece de experiencia política, cuenta con un amplio conocimiento en materia de negocios y expansión de bienes y fortunas, que podría ser la brújula que dirija su política exterior y que como resultado podría arrastrar a la ruina relaciones históricas como las de Japón con los Estados Unidos.

El nuevo secretario de Estado tiene una trayectoria conocida en el mundo petrolero, desde las distintas posiciones que ocupó en Exxon Mobil, y cómo, desde allí, sus relaciones con Rusia han sido muy estrechas. Según el Wall Street Journal, Tillerson lideró la expansión de Exxon en Rusia durante la presidencia de Boris Yeltsin, lo que marcó el despegue de su carrera.

En los años más recientes ha habido manifestaciones públicas de la estrecha relación entre el presidente Putin y Tillerson, no sólo con las exploraciones multibillonarias que Exxon ha hecho en Rusia y el convenio firmado en 2011 con la compañía estatal Rosneft, sino, incluso, con el premio, “a la Orden de la Amistad”, que el mismo presidente ruso, otorgó al señor Tillerson, uno de los mayores honores que pueden recibirse en Rusia. Además de apariciones públicas y fotos donde se aprecia la complicidad, o al menos cercanía entre ambos. O, como el Washington Post califica esta relación, “el largo romance de Tillerson con Rusia”.

El constante coqueteo de Mister Trump, desde su cuenta de Twitter, con Putin no pasa a nadie inadvertido, sobre todo tras la decisión en la que la Administración Obama expulsa 35 diplomáticos rusos e impone sanciones económicas contra organismos de espionaje. A lo que Putin expresó que no respondería con reciprocidad a la expulsión. Por lo que el Presidente Trump comenta: ” …Siempre supe que Putin era un hombre inteligente…”

Estas cercanías despiertan incertidumbre y revuelo internacional, pues desvela el comienzo de un nuevo capítulo en las relaciones internacionales, distinto a lo que estamos acostumbrados en la post guerra fría. Japón ha sido uno de los países en mostrar más inquietud, en respuesta a los comentarios del entonces candidato presidencial, a principios del 2016, de que Corea del Sur y Japón deberían desarrollar sus propias armas nucleares para contrarrestar las amenazas de Corea del Norte. O que Japón necesita pagar más, para mantener tropas estadounidenses en su suelo.

El estado nipón está apostando públicamente por un mantenimiento de relaciones con Estados Unidos; así lo confirma la visita de Abe hecha en días pasados a Pearl Harbor, y las reiteradas declaraciones en los que manifiestan su compromiso con América. Paralelo a esta situación, Japón, ha venido experimentando un crecimiento de su nacionalismo. El Primer Ministro Abe consiguió en septiembre pasar una reinterpretación del artículo 9 de la Constitución japonesa, en la que se permite la autodefensa colectiva, un significativo cambio de la mentalidad de la post segunda guerra mundial. También ha venido robusteciendo su capacidad militar en los últimos años. Ha desarrollado una flota naval muy poderosa en respuesta a la política expansionista china. Además del incremento, en agosto pasado, del presupuesto de defensa, hecho por el Ministro de Defensa japonés Tomomi Inada, un nacionalista de línea dura.

Japón ha intensificado su relación con la OTAN, específicamente en promoción de la paz global. Organizó la Conferencia de Tokio en 2012 y aporto 5 billones de dólares entre 2009 al 2013 al programa de asistencia y seguridad de la OTAN en Afganistán; ha ayudado a las fuerzas armadas afganas, y a la reintegración de excombatientes a la sociedad. Así como en los años 90 contribuyó a la reconstrucción de Los Balcanes y la reintegración a Europa.

Los 70 años de estrecha relación entre Japón y Estados Unidos, pueden estar llegando o bien a su fin, o al menos a una nueva dimensión. Da la impresión que la nueva administración estadounidense apuesta por dejar desatendidos a quienes han sido sus aliados históricos, obligándolos a tomar control de su propia seguridad, y gestionar sus propios presupuestos de defensa, lo que propiciaría un reacomodo de fuerzas. China y Rusia operan bajo las mismas líneas, siempre que sea conveniente a sus intereses.

Japón y Corea del Sur coinciden en su temor a Corea del Norte, y su capacidad armamentística. Rusia se entiende con el dictador Kim Jong-un. Mientras que Japón mantiene una tensa relación con Rusia desde 1945 debido a los territorios del Norte o las Islas Kuriles, que fueron ocupadas por los soviéticos.  A pesar de la reciente visita de Putin a Japón, las relaciones entre ambos podrán mejorar en el plano económico, pero seguirán tensas hasta que no se establezca un acuerdo sobre las Islas.

Estados Unidos ha mantenido y liderado hasta ahora relaciones estratégicas con Japón, Corea del Sur, Singapur, Filipinas, Australia, y Taiwán. Pero estos países entre si no tienen ningún tipo de plan militar conjunto, de reacción en contra del expansionismo chino en la región. O de otros potenciales peligros, como el terrorismo internacional. Este escenario podría ser aprovechado por Japón, para ganar espacio, que, hasta ahora, han sido exclusivamente de Estados Unidos, y ejercer mayor influencia regional. Incluso global, financiando programas humanitarios o de defensa, consiguiendo un mayor protagonismo debido al espacio que deja la personificación del sueño americano, tal y como Mister Trump define la carrera de Tillerson, que más que perpetuar su influencia mundial, parece apuntar a generar negocios que traigan fortuna y riqueza a la sociedad estadunidense.

Interregnum: Regionalismo en Asia y Europa

De manera un tanto paradójica, mientras se avanza hacia una creciente regionalización del sistema internacional, los dos procesos regionalistas de referencia—la Unión Europea y la Asociación de Naciones del Sureste Asiático (ASEAN)—viven un incierto momento de transición. En un año de conmemoración, ambas organizaciones deben demostrar su cohesión frente a los múltiples desafíos internos que afrontan, y redefinir su papel como actores internacionales en un entorno transformado por la irrupción de un nuevo equilibrio entre las grandes potencias.

            No resulta necesario insistir en las crisis simultáneas que atraviesa la Unión Europea. Del euro a los refugiados, del populismo al resurgir nacionalista, por primera vez en su historia el proyecto europeo se encuentra frente al riesgo de su fragmentación (ya anticipado por el Brexit). Al cumplirse en 2017 los 60 años del tratado de Roma, se esperan con interés las propuestas sobre la Unión del futuro que presentará el presidente de la Comisión, Jean-Claude Juncker, en marzo. Pero la viabilidad de esas ideas, y el consenso que requerirá su ejecución, dependerán de que los resultados de las elecciones en Francia y Alemania permitan redinamizar la integración. Una buena noticia es que el Brexit ha revelado a muchos el coste de quedarse fuera de Europa, y los sondeos de opinión indican un aumento del sentimiento a favor de la UE en numerosos Estados miembros desde el pasado mes de junio. Con todo, el escenario internacional complica los desafíos de la Unión. La llegada de Donald Trump a la Casa Blanca, y su aparente intención de reconciliarse con Vladimir Putin, crean un dilema estratégico para Europa, que puede ser también, no obstante, una oportunidad. Además de la necesidad de plantearse en serio la Europa de la defensa, el desplazamiento del poder mundial hacia Asia requieren un mayor activismo con respecto a China—la iniciativa de la Nueva Ruta de la Seda de Pekín es, después de todo, un instrumento para integrarse con el mercado europeo—, así como con su interlocutor natural en Asia: la ASEAN.

            Esta última celebra en 2017 sus 50 años de vida. Pese a sus innegables avances—entre ellos el lanzamiento formal, en diciembre de 2015, de la Comunidad de la ASEAN—, las dificultades se multiplican. Planes no faltan, pero la cuestión es cómo hacer realidad su estrategia Vision 2025 ante la falta de ambición compartida de sus miembros y la divergencia de sus economías (el grupo incluye a algunos de los países más ricos—Singapur, Brunei—y más pobres—Camboya, Laos—del planeta). El desinterés de Indonesia como gigante de la subregión por liderar el bloque, al estar volcada en su agenda interna, tampoco facilita el impulso del proyecto. Pero son también los factores internacionales los que determinarán en gran medida la evolución de la ASEAN en este año de aniversarios. El giro producido en los últimos meses hacia Pekín por parte de Tailandia, Malasia y Filipinas, que se suman así a Laos y Camboya, supone un duro golpe a la coherencia de una organización que se convirtió en elemento central de la estrategia hacia Asia de la administración Obama. La política de Trump puede acelerar la dependencia del sureste asiático de China, poniendo en duda la autonomía, y por tanto la misión, de la ASEAN.

La UE y la ASEAN comparten pues un año decisivo para su futuro. La  supervivencia de ambas parece asegurada, aunque tendrán que ajustarse a un nuevo entorno y reconsiderar su futuro. Las dos organizaciones deberán reforzar las bases de su legitimidad interna, y establecer al mismo tiempo unos nuevos principios en sus relaciones con Estados Unidos, China y Rusia. Si, como parece posible, Washington abandona su tradicional presencia en Asia, surge también una oportunidad para que las dos principales iniciativas regionalistas del mundo incrementen su cooperación.

Los rumores sobre la muerte del trabajo son exagerados

La aseguradora japonesa Fukoku Mutual Life ha empezado a automatizar su servicio de reclamaciones. Watson, el superordenador de IBM, se encargará a partir de ahora de examinar los partes hospitalarios y determinar qué indemnización corresponde a cada cliente. La firma calcula que la implantación del sistema le costará 1,7 millones de dólares. Además, deberá pagar otros 128.000 al año por el mantenimiento, pero se ahorrará cada ejercicio 1,1 millones en nóminas e impulsará el 30% su productividad.

Esta y otras noticias similares han reavivado los anuncios de un apocalipsis laboral. “Cada día vemos cómo diferentes máquinas sustituyen a asalariados que hasta hace poco se sentían muy seguros, de modo que la inquietud […] hiela las espaldas de la gente más preparada”, editorializa El País. Y concluye que “está claro” que no va a haber empleo para todos.

No digo que no vaya a ser así en el futuro, pero hasta ahora los rumores sobre la muerte del trabajo han resultado exagerados. La población ocupada no ha dejado de crecer en lo que llevamos de siglo, ni parece que vaya a dejar de hacerlo en un plazo inmediato, como reflejan estas barritas del Banco Mundial.

Podrá objetarse que este gráfico es un cajón de sastre en el que se han metido todo tipo de naciones, incluidas las mucho más intensivas en mano de obra del Tercer Mundo, pero Maximilliano A. Dvorkin y Hannah Shell llegan a la misma conclusión cuando comparan la marcha del empleo en ocho economías avanzadas.

Aunque las curvas sufren sus altibajos, en ningún caso abonan la tesis de un declive que “hiela las espaldas”. A pesar del aumento de la población activa (impulsada por la incorporación de la mujer al mercado), la proporción de personas que trabajan se mantiene por encima de los niveles de los años 70 en todos los países, y en algunos incluso ha experimentado un progreso notable, como Japón, Alemania y, sobre todo, España. ¿Cómo es posible? ¿No realizan los robots muchas tareas de las que antes nos encargábamos los humanos? Esto es especialmente cierto en la agricultura o la industria textil. Si resucitáramos a un economista del siglo XIX y le explicáramos que el 2% de los estadounidenses producía hoy todos los alimentos y el 1% toda la ropa, se llevaría las manos a la cabeza. “¿Y qué hace la gente?”, diría.

La respuesta son nuevos artículos y servicios. De las 10 mayores fortunas del planeta, cinco se han labrado en actividades que no existían hace 40 años. Usted igual no nota el ahorro que comporta disponer de teléfonos, viajes o coches más baratos, pero la renta liberada por esa ganancia de productividad se acumula en el sistema financiero y acaba invertida en los proyectos de millones de emprendedores que se afanan por ser los próximos Steve Jobs y Elon Musk.

¿Y no llegará un momento en que este proceso se agote y no queden más cosas que fabricar y comprar? Una vez más, no digo que no vaya a ser así en el futuro, pero la experiencia revela que, por mucho dinero que tengamos, de momento siempre nos las hemos arreglado para encontrar algo en qué gastarlo: una piscina, un yate, un avión…