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Diplomacia Atómica

Washington.- El lanzamiento de cuatro misiles balísticos por parte de Corea del Norte es sencillamente parte del macabro juego de poder de Kim Jong-un. Esta provocadora acción viene a recordarnos que están ahí, que siguen trabajando en su carrera atómica para demostrarle al mundo que tienen una capacidad defensiva mucho mayor de lo que se cree, y que seguirán invirtiendo recursos, pese a las sanciones de Naciones Unidas y de la mayoría de los países. El hecho de que tres de estos misiles impactaran en aguas de la zona económica exclusiva de Japón es una provocación aún más alarmante. Y de acuerdo a la agencia oficial de noticias norcoreana los misiles fueron disparados desde una unidad militar diseñada específicamente para atacar las bases militares estadounidenses en Japón. Por lo tanto, es hora de que la nueva Administración defina una postura más clara y tajante de lo que será su política exterior hacia Asia Pacifico, pero, específicamente después de estos hechos, hacia Corea del Norte.

Corea del Norte es el último resto de la guerra fría. Este régimen estalinista sigue en pie gracias a los tremendos niveles de represión y de absoluto aislamiento en el que viven. Su irreverente líder, acertadamente definido por la ahora destituida presidenta de Corea del Sur Park Geun-hye, como un “Fanático Temerario”, desde el 2011 en que heredo el poder, ha mantenido en pánico a sus vecinos más cercanos, sobre todo a Corea del Sur y Japón. Sin ningún tipo de disimulo usa aberrantemente el poder, bien sea para mantener a la población completamente oprimida, hambrienta, aislada, ignorante; o asesina a su medio hermano en territorio extranjero, por haber afirmado que Kim Jong-un carecía de liderazgo o que el país necesitaba reformas económicas.

Este asesinato ha provocado una fuerte crisis diplomática entre Kuala Lumpur y Pyongyang. Primero Malasia expulsa al embajador norcoreano, y ahora el gobierno de Pyongyang ha prohibido la salida del país a los ciudadanos de Malasia, lo que ha forzado una respuesta recíproca por parte de Malasia.

En Naciones Unidas, el Consejo de Seguridad se reunió en una reunión de emergencia para tratar de encontrar salida al grave riesgo que representa el lanzamiento deliberado de misiles. Ya han sido impuestas sanciones en otras cinco oportunidades, pero eso no detiene al líder norcoreano. La embajadora estadounidense ante Naciones Unidas, Nikki Haley, afirmo que “Estados Unidos está orgulloso de estar junto a sus aliados, Japón y Corea del Sur, frente a esta crisis. Pero el mundo debe entender el riesgo que representa Corea del Norte y cada nación debería responder a ello. Estados Unidos está reevaluando cómo manejar las pretensiones militares y nucleares de los norcoreanos y actuaremos en consecuencia”. Así mismo afirmo que ”Kim Jong-un no es una persona racional”, marcando una posición más crítica en su contra.

Por su parte, el portavoz del Departamento de Estado Mark Toner condenó la acción recordando las sanciones impuestas por Naciones Unidas, que prohíben expresamente a Corea del Norte este tipo de maniobras. Y a la vez insistió que Estados Unidos se mantiene preparado, y seguirá tomando las medidas necesarias, para aumentar su disposición de defenderse y defender a sus aliados de ataques provenientes de Corea del Norte. Mientras, el portavoz del Pentágono, Jeff Davis, dijo que “estos ejercicios (los de Estados Unidos y Corea del Sur) tienen una naturaleza defensiva y se han se venido haciendo de forma abierta durante los últimos 40 años”. El Pentágono estima que el ejército norcoreano tiene más de un millón de soldados, convirtiéndolos en el cuarto ejército más grande del mundo, más lo que están en la reserva que se calculan que son de 25 al 30% de los 25 millones de ciudadanos. Lo que es una muestra de la prioridad de este régimen en ruinas.

Sobre el terreno la reacción ha sido más frontal. Estados Unidos ha activado el escudo antimisiles THAAD (The Terminal High Altitude Area Defense) en Corea del Sur, diseñado para interceptar misiles de corto y mediano alcance.  Y otro escudo fue instalado en la isla de Guam, para interceptar los de largo alcance, pensado para proteger el territorio estadounidense. Aunque, de momento, el Pentágono desestima la capacidad de Pyongyang de perpetrar un ataque que pueda llegar a las costas de Hawái. Sin embargo, los expertos coinciden en que no se sabe la capacidad de efectividad de estos escudos, pues no han sido realmente probados en los años más recientes.

A pesar de las múltiples reacciones de condenas, parece dar la impresión que las respuestas de los altos cargos políticos estadounidenses no han sido tan significativas, quizás por la dinámica situación local, la imperiosa necesidad de legislar y los controvertidos vínculos de los altos cargos de la administración Trump con Rusia. El Presidente Trump tiene mucho de que ocuparse para mantener las aguas en su rumbo por estos lados, y probablemente, por ahora, esté dejando en manos de los diplomáticos y militares esta importante responsabilidad. Que, valga decir, quizá es la mejor manera de evitar confrontaciones con una líder egocentrista que es  capaz de entrar en cualquier provocación para demostrar de lo que es capaz.

INTERREGNUM: Vuelven las Spratly

El pasado 22 de febrero, Reuters desveló que China ha concluido la construcción de dos docenas de estructuras en las siete islas artificiales que controla en el mar de China Meridional; estructuras aparentemente diseñadas para albergar misiles tierra-aire de largo alcance.

Pese a sus promesas de no militarizar las islas, el gobierno chino ha continuado consolidando su dominio de un espacio clave para la navegación marítima, por el que circula la mitad del comercio internacional, el sesenta por cien del gas y el petróleo, y un porcentaje aún mayor de las exportaciones e importaciones de la República Popular. La expansión de sus capacidades de defensa aérea representa una clase señal de sus intenciones para los países de la región, pero también para Estados Unidos, cuya nueva administración afronta así un desafío añadido en Asia tras el reciente lanzamiento de un misil por parte de Corea del Norte en el mar de Japón.

Pekín, que ha reconocido la existencia de dichas estructuras, afirma su naturaleza meramente defensiva. No obstante, en su intento por modificar el status quo mediante una política de hechos consumados, sus acciones sitúan a Washington ante la obligación de pronunciarse. Las potencias en ascenso suelen poner a prueba a las establecidas para averiguar el alcance de su voluntad de intervención, y sembrar la duda sobre la credibilidad de sus compromisos de seguridad.

Los movimientos chinos tienen, por tanto, un impacto directo sobre sus vecinos. El día anterior a la publicación de la noticia, concluyó en Boracay una reunión de los ministros de Asuntos Exteriores de la Asociación de Naciones del Sureste Asiático (ASEAN), en la que—de manera unánime—manifestaron su preocupación por la militarización de las Spratly, aunque sin mencionar de manera explícita a China. El ministro filipino, Perfecto Yasay, actual presidente rotatorio de la organización, declaró además su optimismo sobre la adopción en unos meses, tras más de 10 años de negociación, de un código de conducta vinculante entre Pekín y la ASEAN sobre el mar de China Meridional.

En el año que celebra su L aniversario, la ASEAN se esfuerza por transmitir una imagen de unidad y cohesión, sin la cual corre un grave riesgo de irrelevancia como actor estratégico. Pero China tiene sus medios—económicos y financieros en particular—para dividir al grupo y contar con el apoyo de sus Estados más débiles. Quizá también observa la nula atención prestada al sureste asiático por la administración Trump, cuya política asiática se ha limitado hasta la fecha a reafirmar sus alianzas con Tokio y Seúl, y a confirmar—tras unas primeras declaraciones contradictorias—la política de una sola China con respecto a Taiwán.

Antes de su primer viaje a Asia, previsto para el próximo otoño, Trump deberá dar forma a una estrategia regional más elaborada, que quizá no sea tan diferente de la formulada por su competidora de campaña, Hillary Clinton, bajo el presidente Obama. El cambio en la distribución de poder en Asia y las fuerzas estructurales que conducen a la competencia entre Washington y Pekín son independientes de los líderes de turno. Pero mientras se rechaza el criterio de los antecesores para buscar una nueva fórmula que—por la naturaleza de los intereses en juego—, será parecida pero con otro nombre, pasarán varios meses durante los cuales Pekín seguirá avanzando—de manera cada vez más irreversible—en la transformación del orden regional.

¿Son los chinos unos ladrones de empleos?

Los estadounidenses están sufriendo “el mayor robo de empleo de la historia de la humanidad”, denunció Donald Trump durante la campaña. “Desde que [en diciembre de 2001] China ingresó en la Organización Mundial del Comercio (OMC), se han cerrado 70.000 fábricas […]. Ninguna nación había destruido antes tantos puestos de trabajo de un modo tan estúpido y tan fácil de remediar”.

Como pudo comprobarse la noche de las elecciones, este análisis es compartido por millones de compatriotas y, hasta cierto punto, es lógico. Muchos han visto cómo los ordenadores y los televisores que antes se hacían en California se ensamblan ahora en Sichuan. La propia evolución del mercado laboral parece corroborar la hipótesis. Si en los años 90 el paro fue cayendo hasta tocar una irrelevante tasa del 4%, a partir de 2000, coincidiendo con la entrada de Pekín en la OMC, la tendencia se invirtió y, antes incluso de que estallara la crisis, ya se había perdido todo el terreno conquistado en la década anterior. El grueso de la sangría lo sufrió la industria, cuyo personal contratado pasó de 17,2 millones en 1999 a 11,4 millones en 2011.

Las causas de este “hundimiento”, como lo llaman en un artículo del Journal of Labor Economics Daron Acemoglu, David Autor, David Dorn, Gordon Hanson y Brendan Price, son múltiples. Influyó sin duda la robotización, pero al menos un tercio (el equivalente a unos dos millones de trabajos) es imputable a que China se ha quedado con manufacturas que antes estaban radicadas en Estados Unidos.

¿Tiene entonces razón Trump?

No nos precipitemos. Las importaciones baratas también contribuyen a impulsar la productividad de miles de compañías que las usan como insumos, lo que les permite ampliar la producción y las plantillas. Es lo que sucedió en áreas como la alimentación, la bebida y el tabaco. ¿Y cuál ha sido el balance final? ¿Ha merecido la pena? Lorenzo Caliendo, Fernando Parro y Maximiliano Dvorkin son tajantes. “El aumento del empleo en estos sectores compensó con creces el declive en la industria”, escriben. Y aunque las ganancias no se repartieron de modo uniforme por el país, todos los estados resultaron beneficiados, incluido California, el más expuesto a la competencia china.

Si añadimos a esto que los consumidores han visto incrementada su renta real, porque disponen de ropa, electrodomésticos, teléfonos o coches más económicos, y que millones de asiáticos han huido de las garras de la miseria, es difícil compartir el tono catastrofista de Trump.

Incluso aunque los cálculos de Caliendo se revelaran erróneos y Estados Unidos estuviera hoy peor que en 2000, ¿qué podría hacer? David Trilling alerta en Journalist’s Resource de que una subida unilateral de aranceles es como pegarse un tiro en un pie, porque “muchas empresas americanas se han vuelto adictas a los importaciones baratas” y podrían entrar en pérdidas si se les corta el suministro. Por otra parte, Pekín replicará con un aumento similar de tarifas, lo que deteriorará las ventas a China y obligará a las firmas exportadoras a ajustar nóminas.

No parece un problema “tan estúpido y tan fácil de remediar” como Trump asegura.

¿Y el NAFTA?

Washington.- Hace más de dos décadas que está en funcionamiento lo que ha sido uno de los acuerdos más importantes, que ha conseguido unificar y hacer crecer tres grandes economías liberando aranceles de importaciones en productos agrícolas y textiles así como la manufactura de automóviles, tomando en cuenta la protección de sus trabajadores y del medio ambiente. El acuerdo de libre comercio de América del Norte (NAFTA por sus siglas en inglés) fue negociado por George Bush (padre), aprobado por el Congreso y puesto en marcha bajo la Administración Clinton. Un acuerdo que contó desde sus orígenes con el apoyo de republicanos y demócratas, pero que ahora podría sucumbir en manos de la nueva Administración.
Durante la campaña electoral e incluso en su primera semana en la oficina oval, el Presidente Trump ha insistido en definir el NAFTA como el peor acuerdo comercial de la historia de los Estados Unidos. Paradójicamente, la página oficial de intercambios comerciales de la Casa Blanca aún tiene datos como que desde que entró en vigor este acuerdo las exportaciones agrícolas estadounidenses a México se han doblado y han aumentado un 44% a Canadá. Antes del Nafta, los productos estadounidenses que entraban a México enfrentaban barreras comerciales de alrededor de 10%, lo que significaba casi 5 veces más a las impuestas a los productos mexicanos en territorio estadounidenses.
El argumento fundamente que utiliza la Administración Trump para despreciar este acuerdo es básicamente el impacto negativo que ha tenido en el sector de manufacturas y la pérdida de empleos. De acuerdo a la oficina de estadísticas de empleo estadounidense, justo después de entrar en vigor el NAFTA la manufactura creció hasta el 2001, momento en que China entró en la organización mundial de comercio y la situación cambió radicalmente y empezó el descenso de este sector hasta llegar a una caída histórica producto de la gran recesión en el 2007. Sin embargo, a partir del 2010, se observa una recuperación progresiva. No se puedo olvidar cómo el desarrollo tecnológico en las empresas de manufactura juega un papel clave en relación al número de empleados. Son muchos los equipos y cada vez más sofisticados que sustituyen la mano del hombre.
Estados Unidos comparte una frontera de más de 6.400 km con Canadá, sin contar la frontera con Alaska, que son otros 1.500 km. Por el sur, con México, la frontera es de unos 3.200 km. Claramente México tiene un gran interés en mantener lazos fuertes con la primera economía del mundo, muy a pesar del discurso populista de construcción del muro. El presidente Peña Nieto ha sido cauto, y para muchos mexicanos incluso débil con sus respuestas diplomáticas a las afirmaciones inapropiadas de Míster Trump, dejando siempre claro la importancia de mantener relaciones cordiales y comerciales con su vecino del norte.
Canadá, por su parte, ha sido aliado histórico de los Estados Unidos, compartiendo siempre las mismas inquietudes globales y los mismos valores fundamentales. La visita esta semana de Justin Trudeau, podría darnos la clave de lo que serán estas relaciones, que a priori dan señales de ligeros cambios. El primer ministro canadiense no ha ocultado su desacuerdo con el decreto presidencial de Trump sobre la inmigración, invitando a ir a Canadá a todos los que nos son bien recibidos en Estados Unidos, exhibiendo su opinión al respecto, sin confrontar.
Muchos años han pasado desde que el Presidente Clinton recitó estas palabras, que siguen tiendo vigencia, en la ceremonia de la firma de NAFTA en 1994: … “Si aprendimos algo de la caída del Muro de Berlín y la caída de los gobiernos de Europa del Este es que, a pesar de ser sociedades totalmente controladas, no pudieron resistir los vientos de cambios que la economía, la tecnología y el flujo de información ha impuesto a este nuestro mundo. La única opción realista es aceptar estos cambios y crear los empleos de mañana…”.
Esperemos que la nueva Administración acabará aceptando que estos son otros tiempos, que cerrarse a la globalización es prácticamente imposible, y que pretender imponer o revertir acuerdos como el NAFTA podría llevar a los Estados Unidos a un aislamiento, sin ningún beneficio para el ningún beneficio para el país. Imponer a sus empresas operar bajo diferentes esquemas podría simplemente llevar a la ruina a muchas de ellas. Sencillamente, pretender reestructurar todo lo existente es como querer cerrar los ojos a lo evidente.

INTERREGNUM: REGRESO A LA REALIDAD

A medida que sus equipos toman forma y comienzan a tomar decisiones, la administración Trump empieza también a abandonar su inconsistente retórica. Mientras los desajustes en los asuntos de política nacional han obligado a prestar atención en la Casa Blanca a los procedimientos y a dejarse guiar por manos experimentadas, en política exterior han bastado pocos días para que se imponga el pragmatismo que demandan las complejidades de nuestro tiempo.

Israel y Rusia son dos ejemplos de cómo el nuevo gobierno norteamericano ha entendido lo inviable de su discurso. Trasladar la embajada de Estados Unidos a Jerusalén o levantar sin más las sanciones a Moscú no sólo no resolvería ningún problema sino que crearía otros nuevos, además de complicar de manera extraordinaria el margen de maniobra de Washington en Europa y en Oriente Próximo.

Pero, por su relevancia, nada ilustra mejor este giro que China. Una semana después del viaje del secretario de Defensa, Jim Mattis, a Tokio y Seúl—donde reafirmó de la manera más explícita el compromiso de Estados Unidos con sus aliados—, y 24 horas antes de la llegada a Washington del primer ministro japonés, Shinzo Abe, Trump manifestó al presidente chino, Xi Jinping, su compromiso—mantenido por todos sus antecesores desde 1972—con la política de “una sola China”. No sólo ha evitado así un grave conflicto con Pekín, para el que Taiwán no puede ser en ningún caso un elemento de negociación, sino también la definitiva pérdida de credibilidad entre sus aliados asiáticos.

Quizá antes de lo que podía esperarse, Trump ha percibido—o sus asesores le han hecho ver—que “America First” iba a convertirse muy pronto en “America Alone”. Y es muy poco lo que Washington puede conseguir por sí solo. De hecho, la posición internacional de Estados Unidos se debe en no escasa medida al considerable número de socios y aliados con los que cuenta. El abandono de sus amigos tradicionales obligaría a éstos a reconsiderar las bases de su política de seguridad, al tiempo que envalentonaría a sus rivales. Renunciar a esa red de aliados construida durante décadas podría, por lo demás, crear nuevos conflictos, que Estados Unidos se vería obligado a atender pese a sus tentaciones de repliegue. Así lo anticipó Nicholas Spykman a finales de los años cuarenta, al explicar el imperativo para Estados Unidos de evitar el control de Eurasia por una potencia rival.

La conversación telefónica con Xi y el trato dispensado a Abe, solo días después de la gira de Mattis por el noreste asiático, minimizan la alarma creada en la región por la victoria de Trump y sus primeras declaraciones. El carácter impredecible del presidente norteamericano no ha eliminado las incertidumbres—especialmente en el terreno económico y comercial tras la renuncia al TPP—, pero aumentan los indicios a favor de la estabilidad. Los próximos e inevitables pronunciamientos sobre Corea del Norte y el mar de China Meridional confirmarán si la anunciada revolución estratégica de Trump no es en realidad sino un reajuste de la política asiática de la anterior administración.

Sigue el juego

El presidente Trump se ha distanciado de las alianzas económicas en Asia Pacífico para replegarse sobre sí mismo en la inauguración de un periodo de proteccionismo de impredecibles consecuencias en este momento. Sin embargo, Estados Unidos ha hecho esfuerzos desde el primer momento por emitir mensajes de compromiso con la defensa, en el terreno militar, del estatus quo de la región reafirmando los lazos con Corea del Sur y Japón.
No era para menos, ya que ambas naciones se enfrentan a un país que ha hecho de la amenaza y la agresividad sus principales instrumentos de negociación de ventajas en la escena internacional, Corea del Norte, y un amigo de este país, China, que, aún optando por el pragmatismo, necesita tener al perro ladrador de Pyongyang con el que jugar, y que desarrolla una política de dominio del Mar de la China y en la disputa territorial que mantiene con Japón por un lado y con otros países  por otro, sobre algunas islas de la región.
En ese delicado panorama, mientras Trump llenaba de incertidumbre e inseguridad económica a sus aliados rompiendo el acuerdo de libre comercio, enviaba a la zona al Secretario de Estado, James Mattis, para asegurar a Japón que el paraguas defensivo que une a ambos países implica también a las disputadas islas Senkaku, y para reafirmar su compromiso con la defensa de la integridad territorial de Corea del Sur. En ese escenario se ha producido, mientras el presidente de Japón visitaba Estados Unidos, el lanzamiento por Corea del Norte sobre el Mar del Japón de un misil susceptible de portar una cabeza nuclear.
El desafío norcoreano ha dado a Trump la oportunidad de reafirmar sus compromisos y sus advertencias a uno de los últimos regímenes estalinistas del mundo y, a Japón, la ocasión para reclamar a China un papel más activo para desautorizar a sus aliados norcoreanos y comprometerse en una política de estabilidad en la región.
Sigue pues el juego en el Pacífico occidental con los mismos protagonistas pero con gestores diferentes. No parece que la tensión vaya a descender a corto plazo porque China exige un precio: Taiwan y los islotes en disputa, que ni Estados Unidos ni Japón pueden aceptar aunque sobre esa base se está negociando. Y en ese contexto es en el que, la principal amenaza inmediata, Corea del Norte, puede conseguirconcesiones materiales nada desdeñables.

Lo siento, pero Trump también puede cargarse el Nafta

Hemos tardado varias generaciones en convencer a los latinoamericanos de que abandonen sus absurdas teorías sobre la sustitución de importaciones y sería una pena echar ahora a perder todo el esfuerzo.

Tiene razón el columnista del Financial Times Philip Stevens: lo malo de Trump es que no podemos hacer como si no existiera. ¿Cómo convivir con un gobernante que desprecia el sistema de alianzas que ha vertebrado la comunidad internacional desde 1945? Algunos líderes, como Vladimir Putin o Xi Jinping, se disponen a ocupar al vacío de poder creado por la retirada americana. Otros, como Theresa May, reservan el primer vuelo libre a Washington para rendirle pleitesía: Londres nunca ha mostrado el menor inconveniente en sacrificar un poco de dignidad a cambio de seguir siendo relevante.

El presentador de la televisión holandesa Arjen Lubach coincide en que lo más prudente es tener a la Casa Blanca de tu parte. Ha elaborado un vídeo que arranca con las imágenes de Trump vociferando delante del Capitolio: “¡A partir de ahora, América será lo primero!” A continuación, Lubach explica que los holandeses le van a encantar al presidente: construyen diques de separación, organizan fiestas racistas y tienen una legislación ideal para evadir impuestos. “No nos importa que América sea lo primero”, concluye, “pero ¿no podría ser Holanda lo segundo?”

Les diré: no me parece una mala solución, aunque los españoles lo tenemos algo más difícil. Estoy suscrito a Quora, una red social cuyos miembros se consultan dudas, como quién ha sido el mejor general de la historia, qué guerra causó más muertes o por qué no disparan al capitán América por debajo del escudo. Una de las últimas preguntas es reveladora a la par que inquietante: “¿Son blancos los españoles de España?” Está claro que el Alto Comisionado para la Marca España tiene ante sí una ímproba tarea.

Pero merece la pena. Estoy convencido como Stevens de que Europa debe ser la Grecia de la Roma estadounidense y contribuir a moderar los desmanes del inexperto e intemperante nuevo emperador, aunque de momento no ofrezca el menor signo de contención. Ya ha arrojado al basurero de la historia el Acuerdo Transpacífico, ha dado instrucciones para que levanten el muro con México y ahora amenaza con acabar con el Tratado de Libre Comercio con América del Norte (Nafta). ¿Será capaz?

Por lo que he averiguado en internet, ninguna traba legal lo impide. Únicamente debe activar el artículo 2205 (¿se imaginan el mamotreto?), que especifica que las partes podrán “abandonar este acuerdo seis meses después de comunicarlo por escrito”. “Es sencillísimo matarlo”, dice Barry Appleton, un abogado canadiense.

¿Y no tendrá nada que opinar el Congreso? Al parecer, no. La dirección de la política exterior corresponde al presidente. Lo establece la Constitución y lo ratifica la jurisprudencia: Jimmy Carter revocó un pacto de defensa con Taiwan en 1979 y George W. Bush otro antimisiles en 2001, y las correspondientes demandas que los legisladores interpusieron ante el Supremo fueron rechazadas.

Ahora bien, hasta el propio Trump es consciente de que no se puede desmantelar así como así un tratado que lleva dos décadas en vigor y que ha inducido a muchas empresas a descomponer su cadena de valor: compran la materia prima en un sitio, la ensamblan en otro y distribuyen el producto por todo el planeta. “Hemos desplegado una inmensa red […] y estaríamos interfiriendo en ella”, explica el profesor de Harvard Robert Lawrence. “Sería un suicidio”.

“Tras los atentados del 11-S sellamos las fronteras con Canadá y México y, al cabo de una semana, las plantas de automóviles de Michigan empezaron a parar por falta de componentes”, dice Rob Scott, del Economic Policy Institute.

Y el think tank Journalist’s Resource añade que “en 2009 Estados Unidos quiso defender el empleo de sus conductores impidiendo la circulación de camiones hispanos y México subió los aranceles de docenas de artículos elaborados en estados cuyos representantes habían apoyado la prohibición, desde champú a árboles de Navidad. Washington rectificó en 2011”. Los autores de este informe reconocen que el Nafta ha beneficiado sobre todo a México, cuya renta ha mejorado el 1,31% frente al magro 0,08% de Estados Unidos, pero ¿no impulsa eso a su vez la demanda de mercancías estadounidenses?

Hemos tardado varias generaciones en convencer a los latinoamericanos de que abandonen sus absurdas teorías sobre la autarquía y la sustitución de importaciones y sería una pena que Trump echara ahora a perder todo el esfuerzo. ¿Podremos pararle los pies? No lo sé, pero si América va a ser lo primero y Holanda lo segundo, deberíamos ir pensando en pedirnos los terceros o los cuartos.

¿Una gran oportunidad para China?

Washington.- El aislacionismo que Estados Unidos está experimentando, a tan solo una semana de la instalación del nuevo gobierno, una cesión de espacios que rápidamente buscan ser llenados. En su primer lunes en el Despacho Oval, la firma de decretos presidenciales no se ha hecho esperar. Entre ellos, uno de los más temidos, y anunciados, el bloqueo del Tratado de Asociación del Transpacífico (TPP). Paradójicamente, China puede ser el mayor beneficiado de esta nueva política exterior estadounidense.

En este turbio panorama internacional, los miembros del TPP intentan salvarlo al precio que sea y China juega su mejor carta. En el marco del Foro Económico Mundial en Suiza, el presidente chino Xi Jinping evoca la urgencia que tiene el mundo de decirle no al proteccionismo, y la importancia de defender el libre comercio, como quien quiere darle esperanzas al mundo frente a las decisiones de Trump. Da la sensación que los líderes de estos dos imperios económicos han intercambiado sus roles.

Japón fue el primer país de la decena demiembros del TPP en ratificar el tratado. Y no ha ocultado su preocupación por que no siga adelante. Desde su primer encuentro informal con el presidente Trump, en noviembre pasado, especialistas han expresado lo ambicioso de este acuerdo, pues suponía el 40% de la economía mundial. Y han apostado en hacerle ver a la nueva Administración lo estratégico de que Estados Unidos no pierda influencia en la zona, basados en la incertidumbre que han dejado los últimos reportes de que Kim Jong Un está preparando una prueba más de un misil balístico intercontinental. A lo que el presidente Trump en su tono personal contestó en twitter “No pasará”.

A menos que Míster Trump cambie su particular manera de gobernar a través de las aplicaciones de su móvil, el efecto en el líder norcoreano podría ser de estímulo de su osadía y de querer demostrar de lo que son capaces. A pesar del hermetismo de este país, se sabe que tienen poco o nada que perder, mientras que sí tienen un ego exacerbado, que utilizan como arma de control político y sumisión social.

Mientras el presidente Trump define al TPP como potencial desastre, el primer ministro australiano, Malcolm Turnbull, ha estado reuniéndose con los primeros ministros de Nueva Zelanda, (con el que ha hecho un comunicado conjunto la semana pasada en el que fomentan la entrada de China), Singapur y Japón, para no dejar morir la idea. Tal como dijo el asesor más cercano de Abe, Joshihide Suga, aún tenemos tiempo, pues la fecha para ratificación del TPP es 2018.

En respuesta a las acusaciones del gobierno americano a China y Japón, de mantener prácticas comerciales injustas para compañías estadounidenses, el aumento del nacionalismo japonés parece ser la mejor respuesta. Algunos medios japoneses empiezan a decir que el país nipón debería prepararse para tomar la seguridad de la nación por sus propias manos, por lo que se debería empezar a fabricar armas y equipos militares. A día de hoy, Japón paga más de la mitad del costo de mantener 50.000 soldados americanos en bases japonesas, según Suga.

China, por su parte, ha prohibido la exportación de equipamiento militar, componentes para desarrollar misiles nucleares, softwares y submarinos a Pyongyang. Esta medida deja claro que China entiende que para hacerse con más poder debe jugar bajo las reglas de la ONU. Bloquear a Corea del Norte le deja mostrarse como un posible líder comprometido con la paz y la solidaridad con sus vecinos, quienes ahora necesitan de China para poder hacer efectivo el TPP.

La hipotética idea de que China firme el TPP sería una gran ironía, pues la razón que llevó a Estados Unidos a apoyar esta iniciativa fue precisamente frenar el crecimiento tan abrupto de esta economía. O, en palabras del veterano republicano John McCain, “La decisión de Trump de salir del TPP ofrece a China la oportunidad de reescribir las reglas económicas en detrimento de nuestros trabajadores”. ¡La diplomacia de Trump no hace más que sorprendernos y esto sólo acaba de comenzar!

Interregnum: Improvisación vs estrategia

Lejos de acabarse, la Historia se acelera en nuestros días, anticipando un mundo muy diferente del conocido en las últimas décadas. Pero mientras unos demuestran una enorme prisa por desmantelar prácticas e instituciones, y firman órdenes y decretos sin pensar en sus consecuencias, otros continúan construyendo paso a paso un orden a su favor. Tal es la diferencia entre quienes actúan movidos por reacciones impulsivas, y quienes avanzan en la ejecución de una estrategia diseñada a largo plazo; lo que separa, por ejemplo, al presidente de Estados Unidos de los líderes chinos.
Como prometió, Trump ha hecho oficial el abandono del Acuerdo Transpacífico (TPP) por parte norteamericana, una medida que—pese a su anuncio previo—ha provocado el estupor de sus aliados en Asia. Al mismo tiempo, el secretario de Estado, Rex Tillerson, declaró durante su confirmación ante el Senado que no se permitirá a China el acceso a las islas del mar de China Meridional. Si alguien no daba crédito y pensaba que se trataba de un error—lo dijo sin notas delante y tras cinco horas de comparecencia—, el jefe de prensa de la Casa Blanca, Sean Spicer, corrigió las dudas al reiterar el mismo mensaje pocos días después.
La confrontación con China, de manera paralela a un acercamiento a Moscú, se revela como una idea fija del presidente Trump. Pero decisiones y declaraciones de este tipo revelan un profundo desconocimiento de las realidades de la región. Alguien tan poco sospechoso de antiamericanismo—y tan buen conocedor de la dinámica geopolítica en curso—como el primer ministro de Singapur, Lee Hsien Loong, ya advirtió el año pasado que la renuncia al TPP supondría el fin de la influencia norteamericana en Asia. Después de cinco años de esfuerzos diplomáticos, Washington no sólo renuncia a un instrumento que le hubiera asegurado un papel decisivo en el centro de gravedad económico del planeta, sino que ha dañado la credibilidad de Estados Unidos entre sus socios de manera quizá irreversible. Aun calibrando otras opciones, los Estados asiáticos se verán ahora obligados a orientarse hacia la economía china, facilitando a Pekín la consolidación del espacio que ambiciona como potencia central en el continente.
Impedir a China, por otra parte, las tareas de construcción en las islas Spratly o su acceso a las mismas, es algo que Washington solo puede hacer mediante un bloqueo y el potencial uso de la fuerza. Lo que sería, al tratarse de aguas internacionales, un acto de guerra. La aparente renuncia por parte de la administración Trump a la política de “una sola China”, y la declarada intención de dotar a la armada de Estados Unidos con un total de 350 buques (frente a los 272 actuales), tampoco son medidas orientadas a crear un clima de estabilidad.
¿Es así como espera Trump obtener una posición de fuerza desde la que negociar con Pekín? El nuevo inquilino de la Casa Blanca parece ignorar que hay asuntos sobre los que los líderes chinos jamás cederán, por lo que puede provocar una grave espiral de tensión. No faltarán las interpretaciones sobre un juego sutil por parte de Trump, quien buscaría despistar sobre sus últimas intenciones, pero recordemos que Sun Tzu era chino, no americano. Mientras Trump y sus asesores se verán obligados a adaptar sus pretensiones a la realidad, Pekín seguirá avanzando conforme a su plan. Si en Davos el presidente Xi Jinping asumió el manto del liderazgo de la globalización, abandonado por Estados Unidos, sólo unos días antes—el 11 de enero—hizo público Pekín el primer Libro Blanco sobre su estrategia de seguridad en Asia. Washington interpreta—correctamente—que la transformación del equilibrio económico y geopolítico en la región no le resulta favorable. Pero, más que frenar estas fuerzas, Trump puede ahora acelerarlas.

Nuevo escenario: China se lo piensa

Desde detrás de las bambalinas, China está observando, con no menor perplejidad que Occidente, el impacto del factor Trump y sus iniciativas en todo el planeta. ¿Qué ve? En primer lugar, que al acuerdo de libre comercio para su zona estratégica, que excluía a China porque aunque Pekín defiende el libre comercio hacia el exterior no permite el libre mercado en su interior, está a punto de fallecer. En segundo lugar, que la política de proteccionismo de Estados Unidos le deja un campo más amplio de acción en África y en Iberoamérica, y, en tercer lugar, que las relaciones entre Estados Unidos y Europa se resquebrajan creando oportunidades para las maniobras de Rusia y otros países.
En ese escenario, el gobierno de Pekín está maniobrando para definir una estrategia que le haga aumentar su protagonismo y fortalecer sus intereses nacionales. Así, va a tantear la posibilidad de establecer acuerdos con los países que integraban el tratado que Estados Unidos quiere abandonar, va a presionar para que le reconozcan sus derechos en el Mar de China mientras acelera  el fortalecimiento de su flota armada, y va a cuidar mucho de que no se dañe su recobrada relación con Rusia.
¿Y Europa? De momento está en shock. Es decir, sigue. El factor Trump ha encontrado a la Unión Europea en una parálisis de definición de décadas y en medio de un aumento del populismo en un año de elecciones. En este marco, Rusia aparece como el vecino fuerte que sabe lo que quiere, que está dispuesto a lograrlo y que, además, buenas o malas, tiene una estrategia para las zonas donde el conflicto puede repercutir en la estabilidad europea y mundial.
Las acciones de Putin suben, Trump espera un acuerdo con él para pactar intereses mutuos, Europa sigue reflexionando y China gana protagonismo. En este escenario, por inestable, ganan protagonismo indirectamente los países que en un tiempo Estados Unidos calificó de canallas. Ni Donald Trump, o tal vez especialmente él, sabe qué hay detrás de la puerta que está abriendo.