INTERREGNUM: China en el subcontinente indio. Fernando Delage

Mientras  la administración Trump continúa revelando gradualmente los elementos de una estrategia de contención de China, y se multiplican por otra parte las críticas en medio mundo a la “trampa de la deuda” que puede suponer la Nueva Ruta de la Seda para los países participantes, Pekín no echa el freno en su proactivismo diplomático. Pakistán y Sri Lanka son los dos ejemplos más recientes de la rapidez con que está cambiando la geopolítica regional.

El nuevo primer ministro paquistaní, Imran Khan, visitó China del 2 al 5 de noviembre. En Pekín mantuvo su primer encuentro con el presidente Xi Jinping, y en Shanghai fue el invitado de honor de la primera “China International Import Expo”, a la que asistió acompañado por docenas de empresarios. Las importaciones paquistaníes de la República Popular ascienden a 14.500 millones de dólares, mientras que sus exportaciones a China apenas alcanzan los 2.000 millones de dólares. Pero aunque el desequilibro comercial sea gigantesco, no es en este terreno donde se encuentran las claves de la relación bilateral.

Tras conseguir una importante ayuda financiera de Arabia Saudí, país que ha visitado dos veces en cinco semanas, Khan ha optado por no denunciar el “affaire Khashoggi”, lo que supone alinearse con Riad frente a su rival iraní. No es sin embargo apoyo suficiente dadas las dificultades crónicas de la economía paquistaní y el creciente volumen de su deuda externa. La República Popular es una apuesta mayor, especialmente cuando en 2018 vencen préstamos chinos que Islamabad tiene que devolver por importe de 2.700 millones de dólares. La estabilidad de Pakistán es fundamental para el éxito de la Ruta de la Seda china—el Corredor Económico China-Pakistán es uno de sus ejes centrales—, de ahí que las necesidades de Khan maximicen las oportunidades de Pekín para reforzar su influencia estratégica en Asia meridional (cuando Trump busca por su parte un mayor acercamiento a India).

La competencia entre las grandes potencias puede observarse asimismo en la crisis constitucional que atraviesa Sri Lanka. El 26 de octubre, el presidente Maithripala Sirisena suspendió el Parlamento y destituyó al primer ministro, Ranil Wickremesinghe, para sustituirlo por Mahindra Rajapaksa, quien fue presidente del país de 2005 a 2015. La inclinación prochina de este último fue considerada como una de las razones del cambio de gobierno hace tres años. Sólo puede especularse de momento sobre si Pekín ha recuperado su margen de maniobra, pero  el gobierno chino envió con rapidez un enviado especial del primer ministro Li Keqiang para felicitar a Rajapaksa.

Fue Rajapaksa quien, en 2007, firmó un contrato con un consorcio de empresas china para construir—por 1.000 millones de dólares—un nuevo puerto Hambantota. Con posterioridad su gobierno ofreció a China una zona exclusiva de inversión colindante con el mayor puerto del país en Colombo, una de cuyas terminales sería adjudicada a firmas chinas en 2010. El proyecto se extendería en 2013, formando así parte de la Ruta de la Seda marítima, y año en que empresas chinas se hicieron asimismo con el contrato de la primera línea ferroviaria en construirse en la isla en un siglo. La deuda asumida por las autoridades obligó a estas últimas a ceder el puerto a China por 99 años.

Esta presencia de Pekín inquieta a India dados sus estrechos vínculos políticos, económicos, militares y culturales con Sri Lanka. La irrupción de un submarino chino en el puerto de Colombo en 2014 fue una señal de alarma sobre la proyección china en lo que Delhi considera como su esfera natural de influencia. Pakistán es el factor de mayor peso en su rivalidad estratégica, pero los dos gigantes compiten igualmente por sus relaciones con otros países del subcontinente, como Bangladesh, Nepal o las Maldivas, donde—en contra de lo esperado—el presidente Abdulla Yameen, considerado como favorable a China, perdió las elecciones celebradas el pasado mes de septiembre. (Foto: Brett Davies, Flickr.com)

China y las elecciones estadounidenses de noviembre. Nieves C. Pérez Rodríguez

Washington.- La guerra comercial contra China ha sido una de los pilares de la política exterior de la Administración Trump. Y después de muchas amenazas, en septiembre impuso nuevas tarifas a productos chinos por más de 200 mil millones de dólares. A lo que China recíprocamente respondió con impuestos a productos estadounidenses por 100 mil millones.

Entre muchos dimes y diretes han transcurrido estas discusiones, en las que los chinos han intentado bajar el tono y conciliar posturas, aunque sin mucho éxito. La semana pasada, Trump advertía en una entrevista concedida a Fox News que tiene otra ronda de sanciones preparada por 267 mil millones de dólares más si las autoridades chinas no se doblegan a las demandas de Washington y cambian sus políticas económicas.

Así lo había dicho con anterioridad en la Asamblea Nacional de Naciones Unidas a finales de septiembre, cuando aseguró que “desde que China se unió a la Organización Mundial del Comercio, USA ha acumulado 13 mil millones de dólares de déficit comercial en las últimas dos décadas”. Mientras afirmaba su respeto y afecto por su amigo, el presidente Xi, ha dejado claro que “el desequilibrio comercial no es aceptable; las distorsiones del mercado de China y la forma en que se manejan no pueden ser toleradas”.

En esa misma línea, en su alocución ante al Consejo de Seguridad del pasado 26 de septiembre, Trump hizo una llamada de atención a China acusándole directamente de estar interfiriendo en las elecciones del 6 de noviembre y asegurando que Beijing no quiere que Trump gane las elecciones, pues ha sido la única Administración que han retado a China a acabar con el comercio internacional injusto.

Esta acusación llamó la atención, pues hasta ese momento sólo se había hablado de interferencia rusa en las elecciones estadounidenses. La interferencia o espionaje chino ha estado siempre reservado a la búsqueda del beneficio económico, al plagio de tecnologías de innovación. Justo la semana pasada, el Departamento de Justicia, acusó a un grupo de individuos y empresas chinas de haber penetrado sistemas informáticos de compañías estadounidenses y haber hurtado información tecnológica. Lo que, además de estar en consonancia con las políticas de la Casa Blanca, no es ni nuevo, ni tampoco sorprendente.

Sin embargo, la Administración Trump está intentando poner el acento en el peligro chino a gran escala. Al señalar a Beijing parece restar importancia a Rusia, quién ha sido y es, según las propias autoridades y el Congreso estadounidense, el peligro para el sistema.

La clave está en que el Departamento creó el Centro de Participación Global (Global Engagement Center “GEC”), justo después de las elecciones presidenciales que adjudicaron a Trump la presidencia, una vez que se comprobó la interferencia rusa durante la campaña. Este centro o GEC tiene como misión dirigir, sincronizar y coordinar los esfuerzos para reconocer y contrarrestar la propaganda y desinformación destinados a socavar los intereses de seguridad nacional de los Estados Unidos. Su sustancioso presupuesto, que a día de hoy supera los 60 millones de dólares no ha sido tocado durante este año, a sabiendas de que éste era un año electoral importante, y muy a pesar de las supuestas sospechas de la Casa Blanca de interferencia china.

Esta teoría conspirativa puede tener su base en la necesidad de convertir a China en el gran enemigo del sistema estadounidense. Como las razones esgrimidas por Trump sobre el déficit que existe entre ambos países, o el desplazamiento de las industrias manufactureras a territorio chino en busca de mano de obra más económica, o la pérdida de empleos del sector industrial. Si, además, se infunde la idea de que los chinos prefieren que los republicanos pierdan estas elecciones de medio término, se cambia el foco de atención del principal sospechoso Rusia por China.

Lo que parece ser conveniente para esta Administración que se ha negado a pronunciarse en cuanto a la interferencia rusa en las elecciones o incluso en contra de la propaganda del Kremlin. Desviar la atención parece ser la gran arma de Trump. Cuando la prensa lo critica, él inventa algo que se convierte en la noticia de última hora y así mantiene el juego en el terreno que él prefiere. Todo parece indicar que esta posible intervención china es más de lo mismo. Mientras tanto, es muy probable que los rusos estén aprovechando ese espacio para influir en la opinión de los ciudadanos estadounidenses a través de su sofisticada propaganda. (Foto: Eric Grunwald, flickr.com)

THE ASIAN DOOR: ¿Es la nueva Ruta de la Seda un “caballo de Troya” en Europa? Águeda Parra

Uno de los grandes legados de Xi Jinping para las futuras generaciones en China lleva el nombre de la nueva Ruta de la Seda, conocida como OBOR por sus siglas en inglés. Una iniciativa que, tras cinco años desde su anuncio, está comenzando a tener infraestructuras ya operativas que están permitiendo que Beijing expanda su influencia en los países por donde se despliega y, lo que es más importante, aumente su poder como potencia global.

Aunque la ruta marítima requiere más tiempo de transporte que la opción por vía terrestre, la capacidad de almacenamiento de los grandes cargueros hace que China haya puesto especial interés en desplegar infraestructura en los puertos que forman parte de la Ruta de la Seda Marítima, formando lo que se ha llamado como cuentas del “Collar de perlas”. En esencia, se trata de enclaves estratégicos por Asia-Pacífico y el Índico, pero que también se extienden por el Mediterráneo y que desde primeros de 2018 continúan hacia América Latina.

A diferencia de Djibouti, que comenzó siendo la primera base militar fuera de territorio chino y que ahora está en proceso de ampliación para albergar una zona de libre comercio, que se convertirá en una década en el hub más grande de África, el resto de los puertos donde China ha desplegado la iniciativa OBOR tienen un origen comercial. Por el perímetro de Europa, Beijing ya ha desplegado su influencia por 13 puertos, en una estrategia que persigue fortalecer una relación comercial ya de por sí intensa, donde China se sitúa como principal socio importador para los miembros de la Unión Europea y constituye el segundo mercado de exportación, por detrás de Estados Unidos. China ha sabido conjugar el despliegue de las cuentas del “Collar de perlas” en enclaves estratégicos por el Mediterráneo con el hecho de que Europa recibe por mar hasta el 75% de sus importaciones, principalmente a través de los puertos del norte. En el de Rotterdam, en los Países Bajos, el más grande de Europa, COSCO (China Ocean Shipping Company) cuenta con una participación del 35%, mientras que en el de Amberes, en Bélgica, segundo en importancia, alcanza el 20%.

La estrategia seguida por China en el despliegue por los puertos de Djibouti, Sri Lanka y Pakistán, donde no existía apenas infraestructura, o era escasa, y tras rondas de inversión se han convertido en enclaves estratégicos de la Ruta Marítima, es muy similar a la inversión realizada en los puertos europeos como, por ejemplo, en el puerto de El Pireo, en Grecia. La empresa estatal china COSCO, que tiene la cuarta flota de transporte de contenedores más grande del mundo, cuenta con el control del 100% de la Terminal de Contenedores de El Pireo, además de una participación mayoritaria de la Autoridad Portuaria de El Pireo desde 2016, con un acuerdo de concesión hasta 2052.

Considerado El Pireo de importancia menor entre los puertos europeos, la inversión china permitió a Grecia disponer de la financiación que no encontraba en Bruselas para salir de la crisis. Desde que COSCO comenzara a operar dos terminales de carga en 2008, en la actualidad la empresa china cuenta con la gestión de las terminales de contenedores, de las dársenas de cruceros y de los muelles de ferry. El objetivo es convertir a la Terminal de Contenedores de El Pireo en la más importante en el Mediterráneo, ahora mismo se sitúa en el tercer puesto, además de ser el punto de entrada a Europa de los turistas chinos. De esta forma, El Pireo ha pasado de ser un enclave que antes de la inversión china no era relevante en las rutas comerciales a convertirse en el puerto que más rápido crece del mundo, según PortEconomics, pasando de estar en el ranking mundial de terminales de contenedores del puesto 93 al 38.

El objetivo es utilizar la misma estrategia de inversión en el puerto de Zeebrugge, en Bélgica, el segundo puerto en importancia del país, del que COSCO posee una participación del 85%, quedando la autoridad portuaria, al contrario que en El Pireo, en manos de Bélgica por ley. De nuevo, un posible “caballo de Troya”, como así podría considerarse también a la inversión de China en El Pireo, aunque esta vez a apenas 200 kilómetros de Rotterdam, el puerto más importante de Europa.

El objetivo de desarrollar puertos pequeños para hacerlos crecer rápidamente es la estrategia que China está utilizando en la extensión de la Ruta de la Seda Marítima. La participación de COSCO por el Mediterráneo alcanza a España que, con la venta de Noatum, se extiende a los puertos de Valencia (51%), tercera mayor inversión de la empresa estatal china en Europa y el Mediterráneo, el puerto de Bilbao (40%), el puerto seco de Madrid y la terminal ferroviaria de Zaragoza. Asociada a esta inversión está también la influencia política que consigue China en Europa, que difícilmente funciona de forma cohesionada ante los asuntos de política exterior, como así ocurrió cuando en 2017 Grecia bloqueó la resolución de la Unión Europea que perseguía condenar la represión de los activistas y disidentes por parte de China.

Europa no está prestando especial atención a la creciente inversión de China en los puertos europeos, que dividen la cohesión política de los países miembros en su enfoque en las relaciones con Beijing. Una inversión asociada a un posible “caballo de Troya” que, desde Bruselas, más preocupados quizás por el Brexit, no están aprovechando para ordenar las relaciones comerciales y de inversión de toda la Unión Europea con China, pudiendo maximizar la excelente relación existente entre ambas partes.

Contra la indignación. Miguel Ors Villarejo

La Gran Recesión elevó la indignación a la categoría de valor político. Stéphane Hessel vendió millón y medio de ejemplares de un panfleto en el que invitaba a los jóvenes a tener su propio “motivo de indignación. Es algo precioso”.

El problema de la indignación es que es un sentimiento muy personal. A la mayoría de los europeos no nos importa que las mujeres vayan con la melena al aire, pero para muchos musulmanes es una obscenidad. Y dentro del mismo Occidente hay quien cree que el aborto es un crimen abominable y quien lo considera un derecho. ¿Cómo distinguimos la indignación buena de la mala?

Podríamos plantearnos no incomodar a nadie, pero entonces apenas podríamos movernos, como esos monjes jainistas que barren la senda por la que caminan para no pisar ningún insecto. En Canadá, la obsesión por no molestar llevó recientemente a una editorial a retirar de su catálogo un poemario en el que se describía el asesinato de una estudiante algonquina porque no había seguido “el protocolo indígena” y carecía del consentimiento de los familiares. La autora realizó en Facebook una estremecedora autocrítica en la que atribuía su imperdonable desliz, a pesar de ser ella misma de ascendencia algonquina, al “colonialismo y la onda expansiva del trauma intergeneracional”.

“¿En qué mundo”, se pregunta el periodista Jonathan Kay, “deben los poetas solicitar permiso para crear versos sobre otros? ¿Tuvo Homero que enseñar la escena de la muerte de Patroclo a Menecio y Esténele?”

Lo políticamente correcto se ha convertido en una amenaza para la libertad de expresión y aún tendría un pase si aplicara un único rasero, pero mientras resulta inconcebible menospreciar el protocolo indígena, los cristianos deben presenciar impertérritos cómo Javier Krahe cocina un crucifijo. Tampoco hay que excitarse cuando Dani Mateo se suena la nariz con la bandera española. Ahora bien, como le reprocha Carlos Herrera, ¿a que no lo hace con la del ISIS?

En realidad, reflexiona Juan Meseguer, “pronto se vio que no todos los indignados eran bienvenidos: se aplaudió a Ocupa Wall Street por plantar cara a los banqueros de la Gran Manzana, pero no gustó que el Tea Party protestara contra los impuestos de Obama”.

Sobre esta asimetría difícilmente puede levantarse “una sociedad de la que podamos sentirnos orgullosos”, como pretende Hessel. Debo decir que comparto su prevención por la serenidad. Alterarse es a veces un signo de salud mental. El neurólogo Antonio Damasio relata en El error de Descartes el extraño comportamiento de un paciente al que se había extirpado un tumor en el lóbulo frontal. Su cociente intelectual seguía en el rango superior y había incluso mejorado su autocontrol, pero no podía conservar un empleo ni una pareja. ¿Por qué? Con el tejido cerebral extirpado había perdido su capacidad emocional y, sin el auxilio de la ira, el miedo o la tristeza, todo se le antojaba chato y sin relieve. Vivía sumido en la indiferencia y la apatía.

Queremos un mundo de ciudadanos que vibren y se entusiasmen, se enfaden y lloren, pero conscientes también del lugar subsidiario que corresponde a esas pasiones. Como escribe José Luis Sampedro en el prólogo, ¡Indignaos! es “un grito, un toque de clarín que interrumpe el tráfico callejero y obliga a levantar la cabeza a los reunidos en la plaza”. Una vez cumplido su objetivo, debe, sin embargo, ceder el paso a un debate sereno y sin exclusiones. Ningún principio ha impulsado tanto la civilización como la tolerancia. Proscribir lo que nos fastidia es una pésima estrategia. Ideas que en su día nos escandalizaron (el movimiento de la Tierra, la circulación sanguínea, la teoría de la evolución) son hoy pilares de nuestro conocimiento. (Foto: Diego García, Flickr.com)

Trump

Trump está ya valorado por los votantes estadounidenses respecto a la primera mitad de su primer mandato y tal vez es un momento oportuno para aproximarse con serenidad al personaje.

Donald Trump era, y es, un outsider en la política de EEUU. Un outsider que inquieta a los demócratas porque derribó su último sueño de seguir en la Casa Blanca en la estela del mucho mejor publicitado que gestor, Barack Obama, y pone nerviosos a muchos republicanos por su mala educación, su ruptura de formas, su populismo de taberna y su cambio en las formas públicas de gestión, más cercanas a las de un tendero de pueblo metido en grandes negocios que a las del presidente de una de las democracias más sólidas y ejemplares del planeta.

Sin embargo, a pesar de las profecías de los medios de comunicación europeos y no pocos norteamericanos que llevan sus deseos a las encuestas que encargan, en términos generales y trascendiendo el resultado, la fidelidad de la base electoral de Donald Trump sigue fuerte. Entre otras cosas, porque el presidente ha cumplido muchas de las promesas hechas, que no es poco.

A pesar de los intentos de presentar a Trump como una amenaza para la democracia, algo que, como poco, es una exageración propagandista, su gran pecado es la defensa de prácticas proteccionistas que la izquierda europea dista mucho de criticar porque en eso están juntos. Sin embargo, los ataques de Trump al libre comercio y sus medidas están produciendo, en el corto plazo, resultados espectaculares: Estados Unidos está cerca del pleno empleo, los salarios están subiendo y el optimismo crece. Aunque es previsible el crecimiento de la deuda y caídas a medio plazo, no debe subestimarse el saldo en este momento.

Esto debería ser un aviso a navegantes. En Europa y en España, donde la arrogancia, la soberbia y la superioridad política suelen cegar los análisis de la realidad como le ocurrió a Hillary Clinton. Más vale asumir que viene una guerra comercial con China, que ni el Estados Unidos de Trump ni China son campeones del libre comercio y que hace falta una voz firme que defienda un menor intervencionismo de los Estados en la vida económica y política de los ciudadanos.