THE ASIAN DOOR: MYBank y WeBank al rescate de la economía china. Águeda Parra

La alta penetración de los Smartphone y el crecimiento del poder adquisitivo familiar han propiciado el acceso de la sociedad china a un nuevo entorno de servicios financieros. Pero no de la forma tradicional, ya que los bancos han orientado su actividad de concesión de préstamos hacia las grandes corporaciones, principalmente las estatales, con escasa o nula actividad entre los pequeños ahorradores.

La falta de un historial crediticio de la población ha sido uno de los principales factores que han valorado las grandes corporaciones financieras para conceder préstamos sin garantías reales de pago. De ahí que los grandes titanes tecnológicos se hayan convertido en la opción más idónea para unos usuarios que acceden a créditos de forma más sencilla que si lo hicieran a través de los bancos, y sólo a un clic de distancia de su teléfono móvil.

Más de una década después de que Alibaba lanzara en 2004 su filial Ant Financial para facilitar los pagos e-commerce que se realizan a través de Alipay, y Tencent siguiera su estela con el lanzamiento de Tenpay en 2005, posteriormente incorporada en WeChat, el negocio de los pagos online que gestionan ambas tecnológicas no ha dejado de crecer. El escaneo de los códigos QR desde el móvil se ha convertido en la forma más sencilla de realizar los pagos en China, una nueva modalidad que se ha consolidado gracias a la transformación que está provocando la revolución tecnológica en la sociedad china.

Alipay es líder del mercado de pagos a través del móvil con una penetración del 54%, gracias a los 520 millones de usuarios que ha conseguido captar en estos últimos 15 años, casi la mitad que su competidor más inmediato, pero con la ventaja de trabajar con más de 250 empresas financieras extranjeras que permiten al turista chino mantener sus hábitos de pago casi en cualquier lugar a donde viaje. El segundo gran protagonistas del nuevo fenómeno de las FinTech en China es Tencent, que cuenta con una cuota del 40%, aunque es posible que sus más de 1.000 millones de usuarios le proporcionen en un futuro una posición más ventajosa en el mercado de pagos en China. Entre ambos, han conseguido un volumen de transacciones de 18,7 billones de dólares en 2017, una cantidad 100 veces superior a la registrada en 2013, y superior al valor que alcanzan mundialmente Visa y MasterCard juntas, según iResearch. El resto de actores apenas es representativo en el mercado de servicios financieros del gigante asiático, donde la penetración de las aplicaciones de los tres bancos más grandes de China apenas alcanza el 7%-11%, según Aurora Mobile.

Este negocio está posicionando a los titanes tecnológicos chinos al mismo nivel que otras grandes entidades financieras. Los servicios financieros de Tencent están englobados dentro de la propia matriz, con un valor de mercado de 400.000 millones de dólares, pero en el caso de Ant Financial la capitalización bursátil alcanza los 150.000 millones de dólares, situándose como la cuarta entidad bancaria mundial más importante después de JPMorgan, China Construction Bank y Bank of America, según Investing.com.

Después de aglutinar casi por completo el sector financiero minorista, el siguiente paso para las grandes tecnológicas financieras chinas ha sido lanzarse a por el segmento de los autónomos, micro y pequeñas empresas, el gran olvidado por los bancos que están más orientados a cubrir las necesidades financieras de las grandes empresas estatales. Casi el 80% de los 90 millones de pequeñas y grandes empresas en China carecen de un crédito en el banco, un nuevo negocio para las empresas de préstamos online MYbank y WeBank, propiedad de Alibaba y Tencent, respectivamente. En estos casos, gracias a la ingente información de pagos del e-commerce, MYBank y WeBank disponen del historial crediticio que les permite conocer si las pequeñas empresas están en disposición de devolver los préstamos, datos que los bancos no pueden conseguir y una de las razones por las que este segmento acapara únicamente el 37% del total de préstamos que conceden las grandes corporaciones financieras.

En unos pocos minutos, un autónomo o pequeña empresa puede acceder online a los créditos de MYbank, que rondan los 1.469 dólares de media. Una opción que han elegido unos 9,78 millones de pequeños empresarios, acumulando un volumen de crédito de más de 176.000 millones de dólares, sólo hasta finales de septiembre de 2018, según la propia Ant Financial, registrando únicamente un 1% de préstamos fallidos. Por su parte, Tencent seguía la estela de Alibaba extendiendo también WeBank a los pequeños autónomos y empresas a finales de 2017, aunque disponible únicamente en determinadas provincias.

Con la incorporación de este nuevo segmento, las grandes tecnológicas chinas han encontrado un nuevo segmento cuyo negocio está resultando muy rentable, sobre todo ahora que las ventas del e-commerce comienzan a ralentizarse por efecto de la guerra comercial con Estados Unidos y por la exigente regulación que está aplicando el gobierno chino a las FinTech. Tan rentable, que los bancos no han permanecido ajenos a la oportunidad que podrían estar perdiendo, de ahí que muchos bancos, aseguradoras, corredores de bolsa y empresas de gestión de activos estén demandando acuerdos con Alibaba, Tencent y Baidu para incorporar la tecnología FinTech a su negocio, principalmente atraídos por las posibilidades que la inteligencia artificial está incorporando en los servicios financieros.

Venezuela: un test para las inversiones asiáticas

América, desde el Río Bravo hasta la Antártida se ha venido configurando como una región estratégica, política, pero sobre todo económica, para las inversiones de China y Japón, atentos a unas economías tan frágiles como necesitadas y tan dependientes como desconfiadas del gigante del norte: Estados Unidos. Del éxito de esa estrategia económica dependen no sólo los beneficios sino la propia y deseada influencia política.

Pero el escenario político latinoamericano ha cambiado. El estrepitoso fracaso de las políticas populista de gasto público desmesurado y de intervencionismo estatal no sólo han situado la corrupción y el narcopoder en situación de crear estados fallidos, sino que, a la vez, han vaciado de contenido las democracias, que en aquella región han sido históricamente frágiles.

En este nuevo escenario, la solución de la crisis venezolana y si de ella se deriva una recuperación de la democracia y una economía abierta o una salida autoritaria va a tener una importancia enorme. Por eso, China, pragmática y nacionalista, es menos entusiasta en apoyar a Maduro y se abre a explorar relaciones con el presidente constitucional Guaidó.

Para Japón la situación es más fácil. Sus inversiones están menos orientadas a Venezuela y más a la costa del Pacífico y los países de aquella zona se han alineado contra el proyecto totalitario de Maduro. Pero eso no quiere decir que no deba estar atento a la evolución de la situación general.

La omnipotencia del pueblo. Miguel Ors Villarejo

Se calcula que unos 800.000 uigures están recluidos en los 1.200 campos de internamiento repartidos por la región túrquica de Sinkiang. Oficialmente, disfrutan de una cura de desintoxicación. Presentan síntomas de radicalismo en diferentes grados y el tratamiento consiste en entonar himnos comunistas, abjurar del islam, ver películas propagandísticas y estudiar lengua e historia chinas. En la práctica, “los centros están atestados y la comida es frugal”, escribe James Millward en The New York Review of Books. “Quienes protestan son confinados en celdas de aislamiento, ven su alimentación reducida, pasan largos periodos de pie contra la pared o permanecen atados de pies y manos en una silla tigre”.

Aunque inicialmente las autoridades lo negaron todo, las imágenes de satélite y los testimonios de familiares de presos y de funcionarios arrepentidos las han obligado a admitir que en 2017 los arrestos se elevaron en la región al 21% del total nacional, pese a que los uigures apenas suponen el 1,5% de la población. “Se estima”, dice Millward, “que el Partido Comunista tiene encerrados al 10% de los musulmanes de Sinkiang”.

¿Cómo se puso en marcha este nuevo archipiélago Gulag?

Los uigures se islamizaron hacia el año 1000 y llevan siglos practicando una variante muy alejada del salafismo tan grato a Bin Laden y sus secuaces. Después de que los manchúes se anexionaran el territorio en el siglo XVIII, se inauguró un régimen administrativo respetuoso con las peculiaridades locales. Ni los emperadores ni sus sucesores comunistas se metían con la ropa, el idioma o la religión. Sinkiang fue declarada región autónoma y, salvo el paréntesis de la Revolución Cultural, todos los presidentes celebraron “la diversidad” y fomentaron la publicación en lengua vernácula.

Esta política empezó, sin embargo, a reconsiderarse tras el colapso de la URSS en 1991. Muchos jacobinos vieron en la tolerancia de Moscú hacia las nacionalidades la carcoma que había socavado los cimientos del imperio soviético y empezaron a abogar por una asimilación más enérgica de las minorías. Únicamente así, argumentaban, preservaría China su estabilidad.

Estos debates son recurrentes en los estados plurinacionales y nunca habrían trascendido el terreno académico de no haber surgido el terror islamista. Los promotores de una China fuerte establecieron rápidamente un hilo conductor entre Al Qaeda y cualquier expresión musulmana. “Aunque parte de las personas que han sido expuestas a la ideología extremista no han cometido aún delito alguno”, explica un documento de la Liga de la Juventud Comunista de Sinkiang, “están ya infectadas [y] la enfermedad puede manifestarse en cualquier momento […]. Por eso debe ingresárseles en un hospital de reeducación a tiempo de tratar y extirpar el virus de sus cerebros”.

En descargo de estos aguerridos jóvenes comunistas hay que decir que no todos los uigures son probos y pacíficos mahometanos. Algunos han protagonizado ataques repulsivos, como las hordas que en julio de 2009 sacaron de sus casas y asesinaron a 200 integrantes de la etnia han. En mayo de 2014, otros ocho uigures acuchillaron a 31 viajeros en una estación de tren y, meses después, dos SUV cargados de explosivos irrumpían en un mercado y se llevaban por delante a 43 viandantes. Finalmente, en septiembre del año siguiente, 17 terroristas acababan a machetazos con 50 personas y se refugiaban en una cueva, de donde el ejército los desalojó con lanzallamas y acribilló a balazos a medida que salían ardiendo como teas.

Nadie simpatiza con estos fanáticos, pero Millward se pregunta si la solución es aplastar toda una cultura. Es posible que entre el irredentismo uigur y la violencia haya un paso, pero es un paso solo una minoría da. Neutralizarla sin desbordar los límites del estado de derecho exige tiempo y paciencia, pero la historia ofrece ejemplos de que no es un camino impracticable.

Es verdad que la historia proporciona casos igualmente exitosos de procesos de asimilación. En la Francia del Antiguo Régimen apenas 15 de los 83 departamentos eran francófonos. “Dados los numerosos correos que se recibieron informando de que los paisanos de tal o cual sitio eran incapaces de comprender lo que se les leía”, cuenta Íñigo Bolinaga, “los decretos más importantes, así como la Declaración de Derechos, tuvieron que ser traducidos a los idiomas locales”.

Con el tiempo, Francia se ha convertido en un modelo de uniformidad lingüística y cultural, pero el precio pagado nos resultaría hoy inasumible. Se empezó degollando a sacerdotes y aristócratas, se procedió luego con las prostitutas y los burgueses y se terminó arrasando ciudades enteras. “Lyon será destruida”, dictaminó la Convención en octubre de 1793, y confió la misión a Joseph Fouché. “La guillotina trabaja demasiado despacio”, comentó este. Encadenó en una bola humana a un grupo de presos, los despachó a cañonazos y arrojó sus cadáveres al Ródano, para que fueran flotando hasta Tolón y mostraran a los ingleses y al mundo “la omnipotencia del pueblo”. (Foto: Steve Bunting)

INTERREGNUM: Trump, Kim y los aliados. Fernando Delage

A finales de este mes, posiblemente en Vietnam, el presidente de Estados Unidos, Donald J. Trump, y el líder norcoreano, Kim Jong-un, celebrarán un segundo encuentro. Una nueva reunión a este nivel puede servir, como la reunión de junio en Singapur, para crear una aparente dinámica de estabilidad entre ambas naciones, y por tanto en la región. Sin embargo, ni resolverá el problema de fondo—Kim no va a renunciar a sus capacidades nucleares—ni tranquilizará a los aliados de Estados Unidos, con cuyos intereses Washington no parece contar.

Así ocurre con Corea del Sur estos últimos días. El 31 de diciembre venció el acuerdo entre ambos socios sobre la financiación de la alianza; unas condiciones que se han actualizado cada cinco años desde 1991. Según diversas fuentes, la Casa Blanca exige a Seúl un aumento de su contribución del orden del 50 por cien, una demanda que ningún gobierno surcoreano—menos aún uno de izquierdas como el actual—podría aceptar. A medida que pasen las semanas sin un entendimiento, aumentan las posibilidades—se temen numerosos analistas—de que Trump pueda ofrecer a Kim alguna concesión con respecto a la alianza. Quizá no fue casualidad que la dimisión de James Mattis como secretario de Defensa se anunciara tras concluir la última ronda de conversaciones con Corea del Sur, como tampoco lo es que Trump haya vuelto al ataque en Twitter sobre cómo la seguridad de sus prósperos aliados está subvencionada por los contribuyentes norteamericanos. La retirada de Siria y Afganistán indica que la hostilidad del presidente hacia las alianzas no es mera retórica.

Dividir a Estados Unidos y Corea del Sur es por supuesto un elemento central de la estrategia de Pyongyang. Y es un objetivo detrás del precio que Kim puede pedir—en forma de retirada de los soldados norteamericanos del Sur de la península—para ofrecer a la Casa Blanca no el abandono de sus instalaciones nucleares, pero sí el fin del desarrollo de misiles intercontinentales, la prioridad más inmediata para la administración Trump. Las recientes declaraciones del secretario de Estado, Mike Pompeo, a Fox News, en el sentido de que lo primero es la seguridad del territorio de Estados Unidos han sido por ello un jarro de agua fría para Seúl, y un motivo de satisfacción para Corea del Norte.

Es mucho en consecuencia lo que está en juego en este segundo encuentro. Trump busca el mayor triunfo en política exterior de su presidencia, para poder utilizarlo de cara a su reelección. Pero puede poner también en marcha un desastre estratégico a largo plazo para la seguridad de Corea del Sur, para la de otros aliados—como Japón—y en realidad para los propios Estados Unidos. Si Washington pierde Seúl, perderá la península y el noreste asiático en su conjunto. Kim habrá ganado una partida, pero no final: quizá Corea del Sur tendrá que plantearse su nuclearización, aunque el juego quedará en buena medida en manos de China, que observa con deleite cómo esta Casa Blanca deshace sistemáticamente los pilares del poder norteamericano en Asia. (Foto: Matt Brown)

Trump-Kim, towards their second summit. Nieves C. Pérez Rodríguez

Washington.- The USA is living a heated political environment in its capital with the president’s stubbornness in moving forward until Congress approves the funds to build the wall on the border with Mexico. Meanwhile, at the international level, Washington has on the agenda a second historic meeting between Trump and Kim Jon-un, and that can could be used to try to change the focus of attention.

Kim Jong was on an official visit to the Chinese capital, as if he were going to ask permission to meet the adversary. In fact, last Thursday (January 10th), the president of South Korea, Moon Jae-in, stated that Kim’s trip to Beijing was an announcement of an imminent meeting that will take place between Trump and Kim. This happened previously in the first meeting and after his return from Singapore.

North Korea has very few allies, and China is more than an ally for Pyongyang; It is a protection card, a kind of international shield that has helped to survive its isolation. Kim knows it and accept it.

This visit coincides with the anniversary of the 70 years of bilateral relations between both, and demonstrates a strategic strengthening of their closeness, along with a common agenda for the year. In their conversations, most likely the issue of a second meeting with Trump and to what extend Kim should be flexible were discussed.

Earlier in this year, Trump said in a tweet that he was waiting for a meeting with Kim while we made it clear that North Korea has great economic potential and that its leader is aware of it. And then he said that they are negotiating the place where the meeting could take place. According to CNN, the places that are being floated are Vietnam, Thailand, Hawaii and maybe even New York or Geneva.

Vietnam is a country with close relations with the United States, which the secretary of state visited last summer. During that visit he expressed how “the Vietnamese economy has benefited from its exchanges with America” and, in addition, he emphasized the positive impact the abandonment of its nuclear program had meant to Vietnam, as a good example to follow for the North Koreans.

Thailand is a country closer to North Korea, and where they have diplomatic headquarters. Kim Jong-un surely feels more comfortable attending a summit there. In addition to being relatively close to the Korean peninsula.

Hawaii is not neutral territory. In fact, it’s literally enemy territory for Kim, so it’s very unlikely to be the venue. Regarding New York, even though as it is the headquarters of the United Nations it could be more feasible, still holds the great difficulty of distance. The same happens with Geneva. Even Kim himself offered Pyongyang, but for Washington it would be an uncomfortable place where they would have no control.

We cannot but wait for the decision to be made and announced. However, the problem is fundamental, the advances in the denuclearization have not been made effective. Pyongyang wants the international sanctions to be suppressed, but without any real signs of change.

The great winner is still Kim Jong-un, who in less than a year has visited China four times on official visit and with all the honours of a Head of State: he has met with the president of South Korea a couple of times; he sent a delegation to participate in the Winter Olympics, and today, he is preparing a second meeting with the American leader when only last January we were fearing an attack from Pyongyang and a change of their relations was unthinkable. (Traducción: Isabel Gacho Carmona)