INTERREGNUM: Rusia y China en Asia central. Fernando Delage

La retirada norteamericana de Afganistán no ha puesto fin a los riesgos de inestabilidad en Asia central, lo que ha conducido a los Estados de la subregión a recurrir a la ayuda de Rusia y China, potencias ambas no menos inquietas por la incertidumbre que rodea a todo lo relacionado con los talibán. Un frente de especial intensidad en las últimas semanas ha sido Tayikistán, país en el que tanto Moscú como Pekín han reforzado de manera significativa su presencia.

Sólo unos días después de la caída de Kabul, Rusia realizó maniobras militares con Uzbekistán, primero, y con Tayikistán, después. Las segundas, con un mayor número de tropas, y realizadas a unos 20 kilómetros de la frontera con Afganistán, simularon un ataque terrorista desde este último país. Poco después fue China quien realizó ejercicios antiterroristas con la policía y los cuerpos de seguridad tayikos. En octubre, la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva, liderada como es sabido por Moscú, realizó otros cuatro ejercicios militares en la misma zona, mientras Pekín ha optado por ampliar sus activos en la más pequeña de las repúblicas centroasiáticas.

Aunque no hay evidencias de la presencia de separatistas uigures en Tayikistán, al gobierno chino le preocupa que grupos radicales de Xinjiang puedan utilizar el país como zona de tránsito para sus acciones violentas. Si bien tanto Dushanbe como Pekín han negado oficialmente su existencia, la República Popular contaría desde 2016 con el uso de unas instalaciones militares cercana al corredor de Wakhan, espacio en el que coinciden las fronteras de ambas naciones con Afganistán. Según ha trascendido, el gobierno tayiko habría propuesto la cesión a Pekín de la propiedad de dichas instalaciones a cambio de un mayor apoyo financiero chino a las unidades de su ejército desplegadas a lo largo de la frontera con Afganistán. De manera simultánea, el Parlamento tayiko dio el 27 de octubre el visto bueno a una nueva base militar de cuya construcción se ocupará China, aunque según el gobierno será ocupada sólo por tropas nacionales.

No es probablemente casualidad que dicha aprobación se produjera sólo 48 horas después de que el ministro chino de Asuntos Exteriores, Wang Yi, se reuniera en Doha con el viceprimer ministro afgano, Mullah Baradar (primer encuentro al más alto nivel entre ambos países desde que los talibán retomaran el control del país); y el mismo día que en Teherán se celebraba un encuentro de Wang y su colega ruso, Sergey Levrov, con sus homólogos de Irán, Pakistán, Uzbekistán, Turkmenistán y Tayikistán, en seguimiento de la reciente cumbre de la Organización de Cooperación de Shanghai (celebrada en Dushanbe el 17 de septiembre), dedicada monográficamente a Afganistán.

El comunicado conjunto adoptado en Teherán reiteró la necesidad de reconstituir una “estructura política en la que participen todos los grupos étnicos”, e hizo hincapié en la “soberanía nacional, independencia política e integridad territorial”, sin olvidar un llamamiento a la comunidad internacional para proporcionar a Afganistán la ayuda económica y humanitaria que le permita “realizar una transición estable”. Para Pekín la prioridad es contar con una interlocución viable con Kabul que le permita avanzar en sus planes para integrar a Afganistán en los corredores económicos China-Pakistán y China-Irán.

La frenética actividad diplomática desplegada desde mediados de agosto da idea de la preocupación regional por el impacto de los acontecimientos en Afganistán, pero también de la carga que Moscú y Pekín se van a ver obligados a asumir. La mayor presencia china en la seguridad de Asia central no será coyuntural y, además de fuente de posibles nuevos riesgos para los intereses de la República Popular, puede ser causa asimismo de tensiones con Rusia, pese a sus compartidos objetivos antiterroristas.

China-India, vuelve a subir la tensión

En las últimas semanas, India está reforzando sus posiciones militares en la frontera con China, desplegando más unidades y exhibiendo armas de fabricación estadounidense en medio del parón en las negociaciones entre ambos países sobre la crisis fronteriza en el Himalaya.

Varios factores llevan a esta confrontación, pero la raíz es la rivalidad entre ambos por sus objetivos estratégicos. India y China comparten una frontera de más de 3.440 kilómetros y tienen reclamaciones territoriales superpuestas. Desde los años 50, China se ha negado a reconocer las fronteras diseñadas durante la era colonial británica.

En 1962, eso llevó a una breve pero brutal guerra entre ambos países, que acabó con la humillante derrota militar de India.

Desde el conflicto bélico, las dos naciones asiáticas se han acusado mutuamente de ocupar su territorio. India asegura que China está ocupando 38.000 kilómetros cuadrados de su territorio, que tiene que ver con el área donde ocurrió la actual confrontación. China, por su parte, reclama la soberanía de todo el estado indio de Arunachal Pradesh, al que llama Tíbet del sur. También hay otros sectores donde ambos países tienen diferentes visiones sobre dónde se sitúa la frontera, como por ejemplo en la inflamable frontera de Cachemira donde confluyen límites de China, India y Pakistán, en la que estos dos países, dotados de armas nucleares, están en guerra, de baja o de gran intensidad según los tiempos, por el control de la región.

Tras  los sucesos de junio de 2020, en los que murieron 21 soldados indios sin que China haya dado datos de bajas propias, se constituyó un comité chino-indio de distensión para poner orden en las disputas fronterizas que no ha avanzado nada en sus propósitos. Entretanto India ha seguido profundizando su acercamiento a Estados Unidos y Europa enfriando un tanto sus tradicionales lazos con Rusia.

Según fuentes rusas, el suministro de helicópteros estadounidenses Chinook, obuses ultraligeros y fusiles, así como misiles de crucero y sistemas de vigilancia de fabricación nacional, se centra en la meseta de Tawang, en el noreste de la India, una zona reclamada por China y controlada por la India que es colindante con Bután y el Tíbet.

Las armas de producción estadounidense fueron adquiridas en los últimos años en el marco de una cooperación militar entre EE.UU. y la India que se ha profundizado ante el aumento de presencia militar de China en la región asiática.

La semana pasada, los militares indios mostraron su capacidad ofensiva a un grupo de periodistas en esa zona, ubicada en el estado de Arunachal Pradesh. “El Cuerpo de Ataque Alpino se encuentra completamente operativo. Todas las unidades, incluidas las de combate y de apoyo, están completamente preparadas y equipadas”, dijo el teniente general Manoj Pande, comandante del Ejército Oriental de India, a la agencia Bloomberg.

Decididamente, avanza la recomposición estratégica en la gran región Asia Pacífico, con repercusiones planetarias, a la que Estados Unidos va a dedicar esfuerzos prioritarios en la próxima década y en la que Europa, una vez más, va a ser en todo caso un actor secundario.

INTERREGNUM: El dilema birmano de la ASEAN. Fernando Delage

Inquieto porque el gobierno de la Liga Nacional para la Democracia (el partido que en las elecciones generales de 2019 revalidó la mayoría obtenida en 2015) pudiera acabar con el control por los militares del ministerio de Defensa y de distintos sectores de la economía, el ejército de Myanmar—en cuyas manos estuvo el país entre 1962 y 2010—dio un golpe de Estado el pasado 1 de febrero.

Desde entonces la junta militar ha reprimido brutalmente toda forma de disidencia, con un resultado de más de mil muertos. La economía también ha estallado: numerosos bancos carecen de liquidez, y buena parte de las empresas extranjeras han abandonado el país. Cerca de un millón y medio de empleos desaparecieron en el segundo semestre del año, y el Banco Mundial estimó en verano que el PIB caerá un 18 por cien en 2021. Myanmar podría estar cerca de convertirse en un Estado fallido, con el consiguiente riesgo de inestabilidad para las naciones vecinas. Los problemas de gobernabilidad, el aumento de los contagios por Covid (Myanmar puede convertirse en un transmisor masivo de nuevas variantes de la pandemia), y el creciente flujo de refugiados representan una grave amenaza para la región.

Con su atención puesta en otros asuntos, las principales potencias se han mantenido más bien al margen. Estados Unidos y otras democracias no han ido más allá de la imposición de sanciones e India ha mantenido un significativo silencio, mientras que China se ha negado a condenar a la junta y Rusia ha aprovechado para aumentar sus ventas de armamento. Más grave resultaba que quien tenía una especial responsabilidad con respecto a la cuestión, la Asociación de Naciones del Sureste Asiático (ASEAN), no ofreciera ninguna respuesta.

De ahí la llamativa decisión de no invitar al líder birmano, general Min Aung Hlaing, a la cumbre anual de la organización que se celebra esta semana. Es un gesto que puede interpretarse como una victoria simbólica para el Gobierno de Unidad Nacional en el exilio, aunque lo relevante es que la ASEAN no ha expulsado a Myanmar ni ha suspendido su participación en las reuniones de altos funcionarios. Su actitud parece por tanto contradictoria, si bien es un claro reflejo de su tradición de no injerencia en los asuntos internos de los miembros y de adopción de decisiones por consenso.

A mediados de octubre, Indonesia, Malasia, Filipinas y Singapur condenaron el golpe, exigieron la liberación de los prisioneros políticos y demandaron que no se invitara al general Min a la cumbre de este año; una posición que no fue compartida por Tailandia—también controlada por las fuerzas armadas—así como por Camboya y Laos.

El problema es que la crisis birmana representa un incómodo desafío a la credibilidad de la ASEAN. La resistencia de la junta militar a poner en marcha el plan de cinco puntos acordado—con su visto bueno—por los ministros de Asuntos Exteriores de la organización en abril para el cese de la violencia no le dejaba mucho margen de maniobra. Ni podía aparecer como protectora del régimen, ni podía arriesgarse a que, en un contexto de preocupación por la creciente influencia de China, el presidente de Estados Unidos decidiera no acudir a la próxima Cumbre de Asia Oriental, de cuya gestión se ocupa la ASEAN. También las cumbres bilaterales con Estados Unidos y con la Unión Europea podían verse en el aire de no adoptarse ninguna respuesta frente a Myanmar.

No parece que la exclusion de la cumbre del general Min vaya a abrir paso a una aproximación más eficaz al conflicto, pero el gesto es revelador del dilema permanente que afronta la organización a la hora de equilibrar la pretensión de mantener su centralidad en una era de rivalidad entre las grandes potencias, y los condicionantes impuestos por sus propias prácticas de funcionamiento.

La NBA y China. Una vez más. Nieves C. Pérez Rodríguez

La historia del enfrentamiento entre la NBA y China se repite una vez más. En esta ocasión, el equipo que centra la polémica es Boston Celtics debido a que Enes Kanter, uno de los jugadores profesionales del equipo que fue fichado por la NBA en el 2011, subía el pasado miércoles un video en Twitter en el que se expresaba en apoyo a la libertad del Tíbet.

El tweet decía: “Estimado dictador Xi Jinping y el gobierno chino ¡El Tíbet pertenece al pueblo tibetano!”. A la publicación la acompañaba además un video en el que el jugador vestía una camiseta con la imagen del Dalai Lama y abogando por los derechos del pueblo tibetano mientras denunciaba que es un pueblo sin derechos básicos.

La respuesta a ese tweet no tardaba en producirse en Weibo, la plataforma china que es una especie de fusión entre Twitter y Facebook. La red informaba a los usuarios que “a partir de ahora nuestra página no proporcionará información sobre los Boston Celtics y dejaremos de actualizar los datos relacionados con el equipo. ¡Cualquier comportamiento que socava la armonía de la nación y la dignidad de la madre patria, nosotros lo resistimos!”.

La contundente respuesta desde China también la manifestó Tencent, el conglomerado tecnológico chino que proveen de productos y servicios de internet y que tiene los derechos exclusivos de transmisión de los partidos de la NBA en China. Tencent dejó de transmitir en línea los partidos de los Boston Céltics justo después de que Kanter publicara el primer mensaje en su cuenta de Twitter.

En plena ebullición de la polémica el atleta volvía a publicar otro mensaje en Twitter en esta segunda ocasión el reclamo se dirigía a pedir libertad para los uigures: “Dictador desalmado Xi Jinping y el Partido Comunista chino. Me estoy dirigiendo a ustedes. Cierren los campos de trabajo forzoso y liberen al pueblo uigur. ¡Alto al genocidio ahora!”.

A estas publicaciones se le sumaron otras en la misma tónica, todas ellas reclamando las libertades de minorías chinas. Kanter, además, aprovechó los partidos de inicio de temporada para mantener la protesta viva portando coloridas zapatillas con mensajes como” Free Tibet”, “Free Uyghur” o “Free China”.

Las zapatillas fueron diseñadas por el artista y disidente chino Badiucao, conocido por su discrepante posición con el Partido Comunista chino. Badiucao nació en Shanghái y actualmente reside en Australia desde donde se ha hecho con un nombre en el mundo de la caricatura. Badiucao hace uso de la sátira política para denunciar los abusos del gobierno chino.

Enes Kanter no solo es conocido por su talento en el deporte sino por su activismo en defender causas justas y derechos humanos. Probablemente su historia personal de haber nacido en Suiza mientras sus padres estudiaban allí, haber crecido en Turquía y ser residente de los Estados Unidos desde que era un adolescente por sus destrezas en el baloncesto, seguramente ha modelado una visión más global del mundo.

El baloncesto es un deporte con 500 millones de aficionados en China, de acuerdo con Reuter, siendo por tanto el deporte más popular en el país asiático. Los cálculos apuntan a que unos 300 millones de ciudadanos chinos practican baloncesto, por lo que la afición y seguimiento de las ligas internacionales en China es realmente masiva.

La rapidez de las tajantes respuestas de las empresas chinas refleja el compromiso de estas con el Partido Comunista chino y la auténtica realidad del mundo de negocios en la nación asiática. Por muy atractivo que parezca establecer negocios en China, las empresas deben evaluar minuciosamente lo que implica y hasta dónde llega el compromiso. Muchas empresas estadounidenses se encuentran en un momento reflexivo acerca de la sostenibilidad de mantener o trasladar sus negocios hasta China debido en gran parte a la presión del propio congreso y en muchos casos hasta de sus consumidores.

Este tipo de circunstancias debe servirle a las empresas internacionales para comprender lo que verdaderamente significa estar bajo la jurisdicción de las autoridades chinas. No es la primera vez, ya que hace un par de años sucedió algo muy parecido por un tweet del ejecutivo de los Rockets de Houston en apoyo a los manifestantes en Hong Kong y que terminó involucrando al Comisionado de la NBA porque China exigía que despidieran al ejecutivo.

El Partido Comunista chino, por su parte, sigue honrando el fiel compromiso de no tolerar ninguna crítica o inherencia en sus asuntos, hasta el punto de que prefiere sacrificar negocios antes que tolerar un error o crítica. Beijing es consciente de que tiene muchos problemas económicos ahora mismo: los problemas con las gigantes inmobiliarias, problemas de escasez de carbón, severos problemas eléctricos justo a días de la llegada de invierno, y esos son sólo unos pocos de los frentes que tienen abiertos y que no pueden permitirse el lujo de descuidar.

Sin embargo, la necesidad de control de las autoridades chinas ha sido una prioridad en los últimos 70 años y seguirá siendo la prioridad número uno en su manual de operaciones. Por lo que prefieren sacrificar negocios por mantener absoluto control político. ¿Pero hasta dónde podrán llegar si los consorcios, corporaciones y empresas dejan de hacer negocios con ellos?

 

Alerta en Tayikistán

Tayikistán es una república centro asiática fronteriza con Afganistán al sur, Uzbekistán al oeste, Kirguistán al norte, y la República Popular China al este, con la región china en la que se asientan los uigures, musulmanes que compartes lazos culturales y religiosos los tayikos. Esto hace del país, en estos momentos, una posición estratégica  esencial en la región.

Por eso debe subrayarse la importancia de las maniobras militaresFraternidad de Combate 2021 organizadas por la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva (OTSC), a 20 kilómetros de la frontera con Afganistán.

En el ejercicio participaron cuatro mil efectivos y más de 500 equipos militares de los contingentes de Rusia, Tayikistán, Kazajstán, Bielorrusia y Kirguistán, así como un grupo de operaciones de Armenia, todos miembros de la organización fundada en 2002. Como parte del entrenamiento en el polígono Harb-Maidon, las tropas de los países ex soviéticos practicaron el combate contra grupos terroristas “para garantizar la seguridad y estabilidad en la región de Asia Central”, según el Distrito Militar Central ruso. El simulacro comenzó el 18 de octubre después de que la OTSC informara sobre la necesidad de su realización ante el peligro de que el conflicto afgano desborde las fronteras del país y por la presencia de movimientos terroristas en su territorio. Hay que añadir que Rusia, en las semanas previas, incorporó a su base militar en Tayikistán 30 carros de combate Т-72B3M, más modernos que los estacionados allí, y un importante stock de misiles anti carro Kornet.

Estos movimientos se dan en el contexto de la inestabilidad interna en Afganistán, donde el Daesh ha desencadenado una ofensiva terrorista contra el gobierno talibán que, como reacción, está empujando a grupos que serían la base del Daesh hacia el norte, en dirección a la frontera tayika. Este es uno de los principales riesgos que se temían desde la retirada de EEUU y la vuelta los talibán a Kabul y Rusia está jugando sus bazas para tratar de llenar el vacío dejado por EEUU y sus aliados y aparecer con el gendarme del orden internacional en la región.

Pero, a la vez, el propio gobierno talibán de Kabul está consiguiendo cierto apoyo internacional en el temor al mayor peligro que representaría el Daesh para toda la región y en eso, incluso Irán está apoyando a Kabul y estrechando lazos, no sin dificultades, con las repúblicas centro asiáticas, siempre recelosas de las ambiciones de Teherán.

Ante ese escenario China asiente con prudencia pues probablemente prefiere que sean otros los que impogan cierta estabilidad convencida de que, en el fondo, no van a ser competencia de sus empresas en la reconstrucción de Afganistán y las necesidades de inversiones en un país que está conociendo los primeros descontentos por la desastrosa gestión económica que los talibán parece no saber enfrentar ni siquiera con los asesores cataríes y de otros países que han llegado.

 

 

THE ASIAN DOOR: Alibaba y el efecto Fénix en semiconductores y e-commerce

La paralización de las salidas a bolsa de Ant Group y Didi Chuxing ha propiciado un período donde las tecnológicas han mantenido un perfil bastante bajo mientras se relajaban las tensiones entre las grandes empresas de Internet y el órgano regulador respecto al control del dato. Tras unos meses convulsos donde se han encadenado las primeras acciones sancionadoras por violar la ley antimonopolio vigente desde 2008, y que ha supuesto la imposición de multas récord a las grandes tecnológicas del país, la estabilidad en la industria parece haberse restablecido.

Los mercados asiáticos han recuperado el optimismo ante la evolución positiva de las acciones y ante la perspectiva de que lo peor parece haber pasado en el horizonte de un marco regulador más estricto impulsado por Pekín. En cierta medida, una menor actividad entre las tecnológicas durante los meses de mayor intervención regulatoria ha terminado por influir, entre muchos otros factores, en la situación de estanflación de la economía china, registrando un crecimiento moderado del PIB de apenas el 4,9% en el tercer trimestre, frente al 18,3% y el 7,9% alcanzado durante el primer y segundo trimestre, respectivamente.

Tras el tsunami regulador de los últimos meses, los mercados agradecen la vuelta a la rentabilidad. Mientras la sociedad de servicios financieros UBS advertía de que las acciones de las tecnológicas chinas podrían seguir bajando durante los momentos pico de mayor presión regulatoria, el optimismo actual ha propiciado que la recomendación de las acciones de las tecnológicas de China pase a sobreponderar, aportando una previsión de potencial alcista. Una situación favorable que se produce coincidiendo con la primera salida al extranjero de Jack Ma en muchos meses, después de haberse alejado del foco mediático tras la paralización de la salida a bolsa de Ant Group a finales de 2020, lo que podría tener el efecto de elevar en al menos un 10% las acciones de Alibaba, según algunos analistas financieros.

El regreso de Jack Ma va acompañado, asimismo, de importantes movimientos empresariales que vuelven a situar a Alibaba como uno de los principales generadores de disrupción tecnológica del país. En el ámbito del e-commerce, y ante el creciente desafío que está generando el sitio de compras chino SHEIN, Alibaba ha anunciado el lanzamiento de la marca de moda rápida allyLikes para afrontar la competencia que plantea la tienda online de moda, apenas conocida hace unos años en el mercado norteamericano y europeo. Una nueva unidad de negocio dentro del ámbito del e-commerce que contará con envíos a Francia e Italia, así como a Canadá y Estados Unidos, y que tendrá el respaldo de todas las capacidades de Alibaba para la promoción de la marca.

Más allá de ser un gigante del e-commerce, Alibaba se ha venido consolidando en los últimos años como player global entre los principales proveedores de soluciones de cloud computing hasta situarse como el tercero más importante, según Gartner. Un sector crucial en una etapa de creciente demanda de servicios digitales con el despliegue del 5G que además favorece la ambición de China de conseguir la autosuficiencia tecnológica.

Identificado como objetivo prioritario por parte del gobierno chino, la noticia de que Alibaba ha conseguido desarrollar uno de los semiconductores más avanzados del país para uso exclusivo en sus centros de datos, no solamente está en línea con las ambiciones de China de conseguir la ansiada independencia tecnológica de las potencias extranjeras, sino que sitúa a los titanes tecnológicos en mejor sintonía con las ambiciones del gobierno.

Los grandes de la industria como Alibaba, Baidu y Xiaomi se suman así a ser promotores de inversión en el desarrollo de chips, objetivo estratégico de China en su XIV Plan Quinquenal. Una actividad que pone de nuevo en sintonía las ambiciones de las tecnológicas y las del propio gobierno central, mientras se termina de definir el nuevo marco de cooperación entre las empresas estatales y los titanes tecnológicos que más beneficie a los objetivos de China de convertirse en una gran potencia de manufactura con alta componente tecnológica.

INTERREGNUM: Xi calienta motores. Fernando Delage

El presidente chino, Xi Jinping, lleva meses volcado en preparar el XX Congreso del Partido Comunista, un cónclave que confirmará en el otoño de 2022 su tercer mandato (que probablemente tampoco será el último) al frente del país. Es esta convocatoria la que explica las acciones del gobierno dirigidas a controlar el poder de las grandes empresas tecnológicas, del sector de entretenimiento e, incluso, el ocio de los jóvenes, en un ejemplo de intervencionismo político no visto desde que Deng Xiaoping pusiera en marcha la política de reforma y apertura en 1978. No pocos observadores se preguntan si China está entrando en una nueva era política, mediante una serie de prácticas que recuerdan ciertas etapas del pasado maoísta.

Todo comenzó hace un año con la cancelación de una emisión pública de acciones por parte de Ant Group, propietario de Alibaba, y siguió con la persecución de Tencent—otro de los gigantes digitales—y de Didi Chuxing, el principal operador de transporte urbano. La indicación de que dichas acciones respondían a una motivación común se produjo el 17 de agosto, cuando tras una reunión de la comisión de asuntos económicos y financieros del partido, se declaró que resultaba necesario “regular los ingresos excesivos” del sector privado a fin de asegurar “la prosperidad común de todos”.

La persecución de las compañías privadas es una forma de responder a la preocupación social por la desigualdad, y a la acumulación de protestas en distintas ciudades por el riesgo de quiebra de empresas inmobiliarias, como Evergrande, en la que decenas de miles de ciudadanos han invertido sus ahorros. Los expertos temen una espiral de manifestaciones, también impulsadas por el cierre de fábricas extranjeras de firmas como Samsung o Toshiba, que están reduciendo su exposición en el mercado chino. Aunque en junio el gobierno declaró el fin de la pobreza absoluta en China, no hay evidencias de que se esté corrigiendo la creciente desigualdad en los ingresos; una cuestión que no debe empañar, sin embargo, el XX Congreso ni los tiempos con que juega Xi. La campaña que ha emprendido es una señal de sus prioridades hasta 2027, fecha en la que—con 73 años—puede querer aspirar a un cuarto mandato.

Cada vez resulta más evidente, con todo, que Xi afronta una oposición a sus planes en el seno del propio Partido:  aun sin manifestarse públicamente, hay altos dirigentes preocupados por los efectos que pueda tener para la economía el obligar a las grandes empresas a compartir sus beneficios. Se ha sabido, por otra parte, que durante los últimos meses se ha producido una oleada de destituciones en las fuerzas de seguridad, en la fiscalía y en los tribunales, de funcionarios acusados de deslealtad a la organización.

De ahí la especial relevancia del principal encuentro previo al XX Congreso: el Pleno del Comité Central que se celebrará en noviembre. Las ambiciones de Xi exigen que esta sesión plenaria transmita un mensaje de clara unidad. En esta etapa no sólo no puede haber disensiones internas, sino que tiene que hacerse ver que todo está bajo control y que el Partido está cumpliendo sus promesas, pese a los sobresaltos provocados por la pandemia.

Xi también aspira a reforzar su legitimidad mediante el documento que aprobará el Comité Central sobre los logros del Partido a lo largo de los 100 años transcurridos desde su fundación en 1921. Dando continuidad a los textos adoptados por Mao en 1945 y por Deng en 1981 con similar objetivo, el del próximo Pleno destacará el “pensamiento de Xi Jinping sobre el socialismo con características chinas en la nueva era”. Si todo transcurre conforme a lo previsto, el Partido que desde los años ochenta había intentado evitar el regreso a un régimen personalista como el de Mao, encumbrará a Xi en una posición no muy diferente.

Kerry, ¿Intereses propios por encima de los ambientales? Nieves C. Pérez Rodríguez

John Kerry, el delegado especial para el medio ambiente, encargado de trabajar en pro de las políticas de protección ambiental se encuentra en el centro de la polémica en Washington.

Los demócratas han tenido el medio ambiente como prioridad en los últimos años, basándose en los estudios que aseguran que el calentamiento global es una realidad que está destruyendo el planeta y que es imperativo tomar acciones al respecto.

Estados Unidos es el segundo país más contaminante del planeta, contribuyendo al 15% de la contaminación mundial.  De esa cuota contaminante el 29% de los gases de efecto invernadero los produce el sector de transporte, el principal emisor y por lo que la actual Administración de EEUU se ha comprometido a dar un giro radical e invertir en los vehículos verdes o recargables. Y el segundo sector es el eléctrico que emite el 25% de los gases.

En ambos sectores el uso de combustibles derivados de fósiles es muy alto, por lo que Biden presentó un ambicioso plan para reducir las emisiones de esos gases entre un 50 y un 52% para el 2030 en la Cumbre de líderes sobre el clima, organizada por la Casa Blanca en abril.

Kerry, quién fue senador por Massachussets durante 28 años hasta que sustituyó a Hillary Clinton como Secretario de Estado en 2013 durante el segundo mandato de Obama, trabajó en pro del ambiente desde el Departamento de Estado. Es bien conocido como un activista verde desde hace muchos años y ha usado políticamente esta bandera para mantenerse activo y brillando en las esferas políticas estadounidenses y también en las internacionales.

Conoció a su actual esposa, Theresa Heinz, en un evento ambiental, Ella es también conocida por su caudalosa fortuna y su trabajo filantrópico en esta área.  Justamente, a finales de la semana pasada se hacía público que Heinz es beneficiaria de un fideicomiso que ha invertido más de 1 millón de dólares en un fondo de inversión que a su vez invierte en la tecnológica YITU.

YITU Technology es una empresa china de inteligencia artificial, creada en 2012 y de acuerdo con su propia definición “integra tecnologías de IA con aplicaciones industriales para un mundo más seguro.  Se dedican a la investigación de la inteligencia artificial para encontrar soluciones integrales para la visión artificial, la escucha y la compresión”.

Durante la Administración Trump, el Departamento de Comercio incluyó a YITU en la lista negra de empresas chinas “implicadas en violaciones y abusos de derechos humanos, en la implementación de la campaña de represión, detención arbitraria masiva y vigilancia de alta tecnología contra los uigures, los kazajos y otros miembros de grupos minoritarios musulmanes en China.

El escándalo podría llegar a trascender a gran escala debido a que Kerry ha sido una piedrita en el camino al momento de pasar legislación a favor de los uigures. De acuerdo con una fuente del congreso, cada vez que están intentando empujar legislación que denuncia los abusos del Partido Comunista chino hacia las minorías musulmanas, Kerry ha trabajado tras bastidores para prevenir que esa legislación salga adelante.

John Kerry ha insistido en enfocarse exclusivamente en el tema ambiental, desestimando otros puntos cruciales. “Sí, tenemos problemas, varios y problemas distintos, pero ante todo este planeta debe ser protegido”, fueran las palabras de Kerry al ser interpelado al respecto de los abusos que sufren los uigures en China.

Kerry, quien ha estado en China avanzando trabajo contra el cambio climático y quien está promoviendo energías más limpias se convierte en el centro de la polémica además porque es precisamente China el país que más ha invertido en el sector de paneles solares, en efecto, la explotación de la mano de obra china salpica este gremio y en concreto la mano de obra uigur que es responsable de gran parte de la producción de estos paneles, que precisamente tienen como fin la reducción de la emisión de carbono.

Curiosa manera de fomentar la necesidad de parar el cambio climático. Por un lado, intentado sumar a la causa a China como principal país contaminante, quién además está padeciendo tremendos problemas con el uso del carbón, tanto por su escasez como por la contaminación que produce el mismo. Por otro invirtiendo patrimonio propio en empresas chinas cuya misión es convertirse en los espías digitales del Partido Comunista chino para poder mantener control y coacción social de sus ciudadanos.  Y mientras tanto en Washington Kerry usa su influencia para evitar que legislación uigur sea aprobada.

Lo que sí es seguro es que los republicanos presionarán por una respuesta de la Casa Blanca en los próximos días y veremos si Kerry seguirá su lucha por el clima o más bien le toque luchar por demostrar su inocencia…

 

China, de puerto en puerto

En las series de TV que ahora que están tan de moda se puede constatar el sostenido empeño de los guionistas en ligar las tramas a la actualidad más inmediata. Así, en The Good Fight puede seguirse en ficción las ultimas semanas de Trump en la Casa Blanca y las primeras, y grandes, tribulaciones de Biden, o el problema de los anti vacunas en varias otras. Y hay una teleserie, Stella Blomkvist, que se atreve con la estrategia china de expandir negocios e influencia poniendo dinero sobre la mesa, blanco o negro, y logrando posiciones estratégicas adelantadas en infraestructuras y negocios en países europeos. Esta, que es una constatación y una preocupación, se plantea en la serie con una crudeza que no se exhibe en Bruselas donde hay voces influyentes que defienden que China es, de momento, más una oportunidad de mercado que una amenaza.

 

Adelantemos que la serie no es buena pero parte de un supuesto que se repite en varios países: una empresa china, con paraguas estatal por supuesto, compra una isla en Islandia y quiere hacerse con la gestión de varios puertos. En el comité islandés de negociación el interés de Islandia aparece en todo caso como efecto secundario porque la clave es la pugna entre los negociadores por ver quien recibe más incentivos monetarios de China. En todo caso este no es el eje de la trama (si fuera así tal vez ganaría interés). La clave argumental es la investigación de una serie de crímenes que revela la relación de los negociadores con China con los bajos fondos islandeses relacionados con tráfico de jóvenes eslavas, drogas y actividades relacionas con esto.

 

El puerto griego del Pireo, considerado la gran puerta de entrada de los productos asiáticos a Europa, es uno de los ejemplos de la expansión de las empresas chinas en la red global de puertos.

Después de la Gran Crisis de 2008-2009, Grecia tuvo que llevar a cabo reformas y privatizaciones para pagar sus deudas tras el rescate financiero internacional.

El gigante estatal chino, Cosco, vio una oportunidad para entrar en la industria portuaria de un país en crisis. Fue así como adquirió el 51% del Pireo, bajo un acuerdo que le permitiría hacerse con el 67% cinco años después.

 

La misma compañía está en conversaciones para adquirir una participación en el puerto de Hamburgo, Alemania. Si llegara a concretarse, sería la octava mega inversión portuaria de Cosco en Europa.

Y otro de los gigantes chinos, Shanghai International Port Group, se ha hecho con el control del puerto israelí de Haifa.

Esos son algunos de los capítulos más recientes de una larga historia de expansión portuaria, que en los últimos años se ha dado en el contexto de la llamada Ruta Marítima de la Seda, iniciativa que forma parte de un plan más amplio de inversión de los capitales chinos en obras de infraestructura alrededor del mundo. Para conseguir ese objetivo, tener el control de las concesiones portuarias en puntos geoestratégicos es fundamental, señala un informe elaborado por la BBC que sostiene que distintas estimaciones apuntan a que empresas del gigante asiático controlan actualmente cerca de 100 puertos en más de 60 países.

 

Sin embargo, esta no es una historia de éxito completo. Un análisis del China Power Project, perteneciente al Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales (CSIS, por sus siglas en inglés), con sede en Washington D.C., titulado “¿Cómo influye China en la conectividad marítima global?” pone de relieve las dificultades. Así está el caso del puerto de Gwadar, un componente clave del Corredor Económico China-Pakistán, que pese a los anuncios, ha terminado estando “infrautilizado”.

“El gobierno paquistaní tuvo que tomar medidas desesperadas a principios de 2021 para reactivar el puerto”, señala el análisis del CSIS. También agrega que algunos proyectos importantes aún no se han materializado por completo, como el puerto de Bagamoyo en Tanzania.

Otro aspecto de las operaciones chinas en la industria portuaria, agrega el documento, tiene relación con los términos de las negociaciones que se llevan a cabo con países endeudados con Pekín.

 

Son algunos ejemplos de la puesta en marcha de una estrategia basada en la ausencia de límites y reglas a la hora de negociar por parte de un Estado totalitario, de las presiones sobre Estados vulnerables para conseguir ventajas y en la falta de garantías de cumplimiento y calidad en la ejecución de los acuerdos. No es eficiencia todo lo que reluce en la propaganda china.

INTERREGNUM: Japón continúa su revolución diplomática. Fernando Delage

Al ser elegido como nuevo presidente del Partido Liberal Democrático el pasado 4 de octubre, Fumio Kishida se convirtió en el nuevo primer ministro de Japón. Su antecesor, Yoshihide Suga, anunció a principios de septiembre—cuando cumplía un año en el cargo—que no se presentaría a la reelección en el liderazgo del PLD como consecuencia del hundimiento de su popularidad por la gestión de la pandemia.

La elección de Kishida, quien perdió frente a Suga en la votación para suceder a Shinzo Abe en 2020, y esta vez sólo se impuso en segunda vuelta en una reñida competición entre cuatro candidatos, es interpretada como una derrota para quienes esperaban un cambio generacional. Kishida, que fue ministro de Asuntos Exteriores y de Defensa en los gobiernos de Abe, representa ante todo la continuidad, por lo que no fue recibido con entusiasmo ni por la bolsa de Tokio ni por los grandes inversores. Nada permite asegurar a priori que su mandato vaya a extenderse por un largo periodo. Para reforzarlo, una de sus primeras decisiones consistió por ello en convocar elecciones a la Cámara Baja el 31 de octubre. (La coalición de gobierno—el PLD y el centrista Komeito—han disfrutado en la última legislatura de una amplia mayoría, con 304 de los 465 escaños).

La frecuente rotación de primeros ministros en Japón (Abe fue una de las escasas excepciones desde la segunda postguerra mundial) no implica, sin embargo, ni inestabilidad política, ni un cambio significativo en las líneas generales de gobierno. Kishida mantendrá, al menos a corto plazo, una política de estímulo monetario y fiscal, así como la estrecha alianza con Estados Unidos y el desarrollo de las capacidades económicas, diplomáticas y de defensa que se requieren para hacer frente al desafío que representa China para sus intereses. Con respecto a la primera, el nuevo primer ministro prometió durante la campaña un giro desde la prioridad por la liberalización y desregulación de sus antecesores (“Abenomics”) hacia una “nueva forma de capitalismo” que haga hincapié en una mayor redistribución de la renta. Mientras las consecuencias de la pandemia condicionan no obstante su margen de maniobra en política económica, en el terreno diplomático Kishida ha hecho hincapié en su intención de mantener la visión de un “Indo-Pacífico Libre y Abierto” y en su firme apoyo al QUAD.

La decisión de mantener a los ministros de Asuntos Exteriores y Defensa—los únicos que no han cambiado en el nuevo gabinete—es un reflejo del cambio estructural que se registra en la política exterior japonesa desde hace una década frente a un entorno de seguridad cada vez más complejo. Además del aumento de las tensiones en torno a Taiwán y del reciente lanzamiento de misiles por Corea del Norte, Japón se prepara para una creciente competición estratégica en la región. De ahí la relevancia de otro gesto: la creación de un nuevo cargo, el de ministro de seguridad económica, para el que ha sido nombrado el exviceministro de Defensa  Takayuki Kobayashi.

Su función será la de seguir reforzando los instrumentos a través de los cuales Japón se ha convertido en uno de los principales arquitectos del orden económico regional. Al liderar la definición en las reglas multilaterales en comercio e inversión, supervisar el control de tecnologías sensibles (como semiconductores), coordinar la defensa de las cadenas de valor con sus socios del QUAD, o la ampliación de la agenda del grupo a cuestiones como los recursos estratégicos y la ciberseguridad, Tokio ha actuado de manera proactiva pero relativamente discreta para contrarrestar la estrategia económica de Pekín.

Aunque el país atraviesa una nueva transición política interna, lo decisivo es que la combinación de una China más asertiva y unos Estados Unidos más inciertos en cuanto a su evolución política futura han propiciado una revolución diplomática en Japón. Sucesivos gobiernos han rechazado una posición subordinada a los dos gigantes y optado—al mismo tiempo que se busca una posición más equilibrada en la relación con Washington—por dotarse de los medios para adquirir una mayor independencia estratégica.