La diplomacia de Santino Corleone. Miguel Ors Villarejo

Imaginen que la península de Corea es un gigantesco patio de colegio. El matón Kim se la tiene jurada a su compañero Moon, pero no puede hacer nada porque hay un vigilante americano que no le quita el ojo. “Ya verás cuando ese se vaya”, le farfulla Kim a Moon cada vez que se cruzan. Y se rebana el cuello con el índice mientras sonríe siniestramente.

Durante años, la presencia del vigilante americano ha mantenido a raya a Kim. Pero en noviembre llegó Trump con la intención de poner a “América primero”, el lema coreado en los años 40 por quienes propugnaban la neutralidad durante la Segunda Guerra Mundial. Trump ha reiterado varias veces que no es aislacionista, pero el hecho de que se haya visto obligado a precisarlo revela que muchos lo creen, entre otros Kim. Y para salir de dudas, nada como poner a prueba al nuevo vigilante con unos misiles.

Naturalmente, la aceleración de los lanzamientos norcoreanos no es enteramente imputable a Trump. Responde en parte a motivos internos (Kim necesita apaciguar a los halcones de su pandilla) y técnicos (se siente legítimamente orgulloso del progreso de su arsenal y lo celebra, literalmente, tirando cohetes). Pero los ensayos tienen también el claro propósito de explotar la división de sus rivales, una división en la que nadie había reparado hasta que Trump abrió la boca.

Hay una escena memorable en El Padrino. Virgil Sollozzo, alias el Turco, acaba de hacer una lucrativa oferta a don Vito: el 50% de su negocio de drogas a cambio de dos millones de dólares y de la protección de los jueces y senadores de los Corleone. El Don la ha rechazado, pero de pronto su hijo Santino comete el “error imperdonable” de desvelar que no está del todo de acuerdo. El Padrino le dirige una mirada glacial y, una vez levantada la reunión, le reprende vivamente irritado:

“Santino, nunca dejes que los que no pertenecen a la familia sepan lo que realmente piensas”. Y añade: “Me parece que el sucio asunto que tienes con esa joven [una dama de honor de su hermana] te ha reblandecido el cerebro. Déjate de amoríos y ocúpate de los negocios”.

Es un reproche que podría dirigirse casi letra por letra a Trump. Sus inoportunos comentarios han puesto de manifiesto una fisura en el hasta hoy monolítico compromiso estadounidense de defender a Corea del Sur y Japón. En su descargo hay que señalar que ha rectificado, amenazando a Pyongyang con un despliegue de “fuego y furia”. Pero también el Padrino moviliza de inmediato a Luca Brasi, que es algo así como la Séptima Flota de los Corleone, y no logra evitar el baño de sangre.

Es difícil saber qué habría pasado si Trump se hubiera mantenido calladito, pero del mismo modo que el desliz de Santino precipita una serie de catastróficas desdichas, hablar como si uno estuviera en un bar cuando se es presidente de los Estados Unidos es una temeridad cuyas consecuencias pueden ir bastante más allá de una riña de patio de colegio.

Sanciones, ¿por qué no?

Cada vez que se decide aplicar sanciones a países que suponen un riesgo para la seguridad o violadores de las normas internacionales con agresión a sus propios ciudadanos, surgen voces señalando lo inocuo de estas sanciones o lo que suponen de castigo real para sus habitantes más que para sus gobernantes. Pero, ¿son realmente poco efectivas las medidas de castigo económicos a los países que antes se llamaban “canallas”?

Parece obvio que en algunos casos las sanciones económicas han contribuido a desbloquear algunas situaciones o han servido de incentivos para acabar con situaciones de abierto desafío a las reglas de la convivencia internacional, o de las leyes básicas de respeto a los derechos humanos. Por ejemplo, ocurrió así en Sudáfrica al final del régimen del apartheid y ha ocurrido así con el régimen de Teherán, que ha tenido que rebajar sus aspiraciones a construir un arsenal nuclear militar para lograr unas relaciones con Occidente que le permitan hacer frente a los problemas que para su economía y sus relaciones regionales están planteando las sanciones económicas, y las dificultades para poner en el mercado el petróleo iraní.

Pero también es cierto que hay casos emblemáticos, como el de Cuba, en el que décadas de restricciones económicas, que no boicot, por parte de Estados Unidos no han servido para ablandar el régimen tiránico. Aunque hay que decir que nunca se aplicaron a Cuba sanciones coordinadas internacionalmente y con compromiso general de cumplirlas.

Así las cosas, ¿Qué van a suponer las sanciones para Corea del Norte? En primer lugar, un mensaje renovado. La gran arma económica de la dictadura es, desde hace décadas, el chantaje con el miedo a desestabilizar la situación en Extremo Oriente. Y Occidente, má allá de mensajes altisonantes, había reaccionado hasta ahora cediendo con más o menos discreción y aceptando nuevas ayudas a la dictadura. Pero ahora algo ha cambiado, Estado Unidos ha enseñado algo más los dientes, China y Rusia apoyan sanciones al margen de que luego las apliquen o no, y el dictador, aunque aún sin grandes temores, ve que se le estrecha el margen de maniobra. Tal vez la reacción de Trump no se encuentre en el marco de un plan estratégico nuevo, pero parece que al menos ha sentado las bases para un nuevo escenario en el que Corea del Sur y Japón tienen que ir más allá de protegerse bajo el paraguas norteamericano; China, que no está dispuesta a deshacerse de la dictadura, tiene que jugar otra partida en la que tal vez  obtenga ventajas y Rusia ve una vuelta a su escenario oriental. La nueva situación coreana, y las sanciones son parte de ella, plantea más incertidumbre, pero ha salido del bucle de fondos a cambio de menores amenazas en que Occidente estaba instalado frente a Corea del Norte.

¿Tiene derecho Trump a borrar del mapa a Corea del Norte? Miguel Ors Villarejo

“Dios ha conferido a los gobernantes plena libertad para que empleen todos los medios disponibles (incluida la guerra) en la erradicación del mal”, asegura el pastor Robert Jeffress y, en consecuencia, Donald Trump puede proceder a “eliminar a Kim Yong Un”. Jeffress invoca Romanos 13, un pasaje del Nuevo Testamento en el que san Pablo insta a los discípulos de Jesús a someterse a las autoridades terrenales, porque “han sido establecidas” por el Padre y “quienes se resisten acarrean la condenación sobre ellos”.

El problema es que en el capítulo anterior el Evangelio exhorta a bendecir a “los que os persiguen” y a no pagar “a nadie mal por mal”. ¿Qué instrucción prevalece? El sacerdote episcopaliano Steven Paulikas lo tiene claro: la segunda. “Pablo está diciendo a los cristianos que obedezcan a las jerarquías romanas en asuntos como la fiscalidad”, escribe. Y añade tajante que “ninguna escritura cristiana” avala que se amenace con “la muerte y la destrucción a gran escala”.

Personalmente, simpatizo más con la posición de Paulikas. Incluso suponiendo que Kim Yong Un fuera la encarnación del demonio, la derrota del mal no comporta necesariamente el triunfo del bien, como atestiguan las decenas de atrocidades que la humanidad ha perpetrado en el nombre de los más elevados ideales (religiosos y laicos). Pero, por otro lado, ¿qué respuesta cabe dar a quien te amenaza con la muerte y la destrucción a gran escala?

El regazo de Jesús es tan amplio y acogedor, que en un lado cabe Jeffress, en el otro Paulikas, y no se estorban. Hay quien oscila de un extremo a otro sin solución de continuidad. George Zabelka, el capellán que bendijo a la tripulación que vitrificó Nagasaki (usando, irónicamente, la catedral católica de Urakami como referencia), acabó sus días como un apóstol de la no violencia, y con buenos motivos. “Recuerdo”, declaró en una entrevista de 1980, “a un joven implicado en los bombardeos de Japón. Yacía en un hospital al borde del colapso nervioso. Me explicó que había participado en una misión a baja altura y que, mientras sobrevolaba la ciudad, apareció en medio de la calle un niño, mirando al avión con su asombro infantil”. El hombre supo demasiado tarde que aquel chiquillo “iba a morir calcinado por el napalm que acababa de arrojar”.

Para Zabelka cualquier cosa es preferible al infierno de aquel remordimiento y por eso abogó por un pacifismo radical, pero no estoy seguro de que ese sea el mensaje que debamos enviar a Kim Yong Un. Por no abandonar el ámbito cristiano, encuentro más prudente la actitud de los obispos rusos, cuya intercesión fue por lo visto clave para que Moscú no desmantelara su arsenal nuclear en los 90. “En aquella época”, dice el investigador Radii Ilkaev, “la prensa se mostraba enormemente crítica con los asuntos militares, especialmente con las armas atómicas […]. Por todas partes aparecían artículos que sostenían que ya no había enemigos, que nadie nos amenazaba y que, por tanto, no las necesitábamos”. Entonces, la Iglesia Ortodoxa convocó una conferencia y se ofreció a cooperar con el Kremlin para preservar el escudo nuclear, pero sometiendo su uso a las más estrictas exigencias morales.

The Economist cuenta que de vez en cuando se dejan ver bendiciendo los misiles y, a todo el que se lo reprocha, le replican que rezan para que no se usen, pero que deben seguir en los silos, haciendo su trabajo.

INTERREGNUM: Corea del Norte: ¿qué hacer? Fernando Delage

El sexto ensayo nuclear norcoreano el pasado 2 de septiembre y el lanzamiento, dos días después, de un misil balístico sobre el espacio aéreo japonés representa una grave escalada de tensión en el noreste asiático.

Pyongyang continúa avanzando en el desarrollo de su arsenal, a un ritmo que sorprende incluso a los expertos. Al mismo tiempo, pone a prueba la confianza de Tokio y Seúl en su aliado norteamericano. Contar con un instrumento de disuasión frente a Washington, y reforzar internamente su régimen, es la principal motivación del programa nuclear de Corea del Norte. Pero Kim Jong-un sabe que la mejor manera de debilitar la posición norteamericana es minando sus alianzas. Por esa razón no se entiende el camino seguido por Trump, que está—mediante sus declaraciones—provocando el mismo resultado.

Cada tweet del presidente de Estados Unidos elevando el tono de amenaza no hace sino provocar una nueva acción norcoreana: como bien conoce Pyongyang, Washington carece de opciones militares políticamente viables. Corea del Norte actúa por lo demás en un transformado entorno regional, como consecuencia en particular del ascenso estratégico de la República Popular China y de sus claras intenciones revisionistas. De estas circunstancias se derivan dos hechos rotundos.

Si la crisis en la península no puede separarse de la dinámica de cambio geopolítico en Asia, ¿puede tener éxito una política norteamericana que no identifique sus opciones con respecto al problema en el marco más amplio de un nuevo concepto estratégico regional? Pekín, como es lógico en función de sus intereses, no está ejerciendo sobre Pyongyang la presión que Trump esperaba. Pero Washington no puede formular su política hacia la península sin definir primero qué espacio está dispuesto a conceder a China en el emergente orden de la región. (Si no está dispuesto a cederle ninguno, nos encaminamos entonces hacia un choque de mayores dimensiones). Estrechamente relacionado con esta cuestión hay un segundo imperativo central: ¿de verdad espera la Administración Trump gestionar el problema sin Tokio y Seúl?

Lejos de coordinar posiciones con Japón y Corea del Sur, el presidente norteamericano no ha dudado en criticar a Seúl, obligando a los gobiernos japonés y surcoreano a depender en creciente medida de sus propios medios, lo que les acerca a la opción nuclear. Ésta es una pesadilla que China intentará prevenir, pero que el propio Trump sugirió durante la campaña electoral el pasado año.

Washington actúa como si pudiera imponer sus objetivos sin tener en cuenta un contexto que va más allá de sus problemas bilaterales con Pyongyang. Sin contar con una doctrina estratégica. Sin cubrir aún, tras nueve meses de presidencia, los puestos clave sobre Asia en los departamentos de Estado y de Defensa, o embajadas decisivas en la región. Sin recordar, aparentemente, otros fracasos norteamericanos en esta parte del mundo, cuya causa fundamental fue la de intentar resolver un problema de manera aislada y desconectada de las variables de su entorno.

A punto de ebullición. Nieves C. Pérez Rodríguez

Washington.- La semana más encendida de las relaciones entre Estados Unidos y Corea del Norte ha sido la que acaba de culminar. El tono de Donald Trump hace historia y no precisamente por diplomático. El Washington Post afirmaba que la guerra de palabras entre Kim Jong–Un y Trump le ha dado la oportunidad a China de proyectarse como la voz de la razón, mientras que el editorial del Global Times, periódico oficial chino, advertía que China no apoyaría a Corea del Norte si son ellos los que atacan primero tierra estadounidense. Pero que de ser Estados Unidos el primero, se produciría una intervención china.

Trump se ha jactado de decir que su primera orden al llegar a la Casa Blanca fue renovar y modernizar el arsenal nuclear. Sin embargo, varios expertos sostienen que la capacidad militar de la administración Obama y la de Trump es la misma. Que el tono es radicalmente distinto, no cabe duda, pero también que las formas provocadoras del ocupante de la oficina oval han dado un vuelco a lo que han sido estas tensiones históricas. Nos gusten estas formas o no, hay que admitir que el hecho de que China apoye las sanciones a Pyongyang es un gran avance e impone una mayor presión al régimen de Kim Jong-Un.

Mientras, un grupo de especialistas japoneses y coreanos del sur eran citados por el think tank Brookings y señalaban cuál es el mayor peligro de este momento, explicando que sus países han delegado en Estados Unidos la seguridad de sus naciones bajo el acuerdo establecido décadas atrás, y eso incluye un potencial ataque nuclear de manos de los norcoreanos. Tanto Japón como Corea del Sur han decidido no desarrollar armas nucleares, basados en su confianza en el paraguas antimisiles estadounidense que técnicamente debería protegerles.

Pero en la práctica la situación podría complicarse mucho. Seúl está muy cerca de la “Zona desmilitarizada” y cualquier ataque comprometería fuertemente la seguridad de la capital y la de sus habitantes. Algo parecido sucedería con Japón; como hemos visto, muchos de los misiles lanzado por régimen de Kim Jung-un han aterrizado en el mar nipón, lo que deja claro que es un territorio muy vulnerable.

Parece haber llegado el momento en que Estados Unidos asuma su rol pragmático y a través de los twitteres de Trump se envían amenazas contundentes que le dejan claro a Pyongyang que no están jugando. Es más, que están listos para responder con furia como nunca se había visto para evitar un ataque y proteger tanto al territorio estadounidense como el de sus aliados. Es un momento clave, en el que los estadounidenses deben proyectar una imagen fuerte a la vez que afinan y robustecen sus relaciones con los aliados en la zona. En este juego diplomático de tremendas tensiones políticas el que se venda como el más fuerte y capaz tiene muchas más opciones de ganar.

Irán juega sus cartas. JulioTrujillo

Aunque a pasos torpones y erráticos, Trump va definiendo una nueva estrategia exterior norteamericana que está ya teniendo consecuencias en el realineamiento de algunos países y el dibujo de algunos escenarios diferentes.  A pesar de que, con los viejos tópicos, los adversarios de siempre y los intelectuales “comprometidos” emiten sus dictados anti Trump desde sus brillantes columnas de viejos periódicos o de sus despachos universitarios, y subrayan los detalles atrabiliarios del presidente de EE.UU. por encima de sus decisiones profundas, éstas van cambiando algunas cosas. Y todas estas cosas están introduciendo cada día elementos nuevos en el escenario que va desde el Mediterráneo al Pacífico donde están, hoy, los mayores puntos de inestabilidad y de riesgo para la seguridad internacional.

Una de las últimas decisiones, la de imponer nuevas sanciones a Irán, corregir algunas de las concesiones de Obama y la Unión Europea y alertar de las continuas amenazas iraníes de completar el trabajo de Hitler y acabar con los judíos y, por supuesto, con Israel, ha obligado a Teherán a mover piezas.

Irán está, en estos momentos, combatiendo militar y políticamente en dos frentes importantes y varios accesorios. Por una parte, Teherán tiene fuerzas en Siria, donde combate junto a Hizbullah, las tropas de Bashar el Asad y los rusos contra la nebulosa de grupos de la oposición, que van desde el Daesh, contra el que oficialmente están todos, hasta grupos kurdos apoyados por Europa y Estados Unidos sin olvidar varias milicias coordinadas por Al Qaeda o con intereses independientes que se suman de manera oportunista a quienes les convenga en cada situación.

Mientras tanto, expertos y asesores iraníes combaten en Yemen, junto a los chiitas hutíes, contra los sunnitas locales apoyados por una coalición de Arabía Saudí, Egipto y países del Golfo. Teherán, donde el sector menos radical de la teocracia acaba de verse reforzados en las elecciones, confiaba en que un acercamiento entre Estados Unidos y Rusia respecto a Siria olvidara aumentar la presión sobre Irán. Pero Trump no ha cerrado acuerdos con Putin y ha recuperado la desconfianza oficial hacia los planes iraníes de seguir desarrollando armas nucleares y ha aprobado nuevas sanciones.

En ese escenario, Teherán ha realizado varios movimientos rápidos los últimos días: ha enviado una delegación a Corea del Norte, ha intensificado su ofensiva diplomática en América Latina y ha declarado que “todas las opciones están sobre la mesa si Estados Unidos rompe el tratado firmado” con el régimen de los ayatolláhs. Esta nueva situación fortalece, paradójicamente, el discurso y los intereses de Rusia y sobre esta base, Putin va a basar sus propuestas de gran acuerdo con Estados Unidos.

El griterío que ahoga los hechos

La gran novedad de la situación política en Asia-Pacífico es que China se ha sumado en el Consejo de Seguridad de la ONU al nuevo plan de sanciones contra Corea del Norte, un paquete que, esta vez, sí que va a tocar sensiblemente la línea de flotación económica del régimen de Corea del Norte. De ahí la sobreactuación provocadora y chulesca del gobierno norcoreano con su presidente ejerciendo de gran altavoz de las amenazas contra el mundo. Y, también excepcionalmente, el líder norcoreano se ha encontrado enfrente a un presidente de EEUU que, contra lo que hacían Clinton y Obama no corre a ofrecer compensaciones económicas o negociaciones paralelas y secretas, sino que envía barcos y recuerda que EEUU tiene cien misiles por cada uno de los que tenga Corea del Norte. Y, encima, Pekín ha votado junto a EEUU y Rusia y ha elevado unos puntos su presión sobre la autocracia norcoreana.

Esa es la base de la escalada verbal de Pyongyang anunciando el apocalípsis. El régimen norcoreano está en una de las posiciones más débiles de su historia reciente y ha decidido hacer lo que ha hecho siempre: gritar que o ellos o el diluvio universal en forma de misiles.

Es indudable que Corea del Norte ha mejorado mucho sus capacidades militares a costa del bienestar de su sociedad y que dispone de misiles de largo alcance y tecnología para lanzarlos. Pero afirmar con rotundidad que podrían llegar a territorio continental de Estados Unidos cargados da cabezas nucleares parece algo prematuro. En todo caso, cuando un país tiene medios y amenaza con usarlos hay que tomar medidas como si fuera a hacerlo.

Pero, ¿existe en realidad una posibilidad de conflicto nuclear entre Corea del Norte y Estados Unidos? No lo parece. Salvo que sea producto de un error, un ataque contra Guam, Japón o Corea del Sur conduciría en cuestión de horas a la destrucción del régimen norcoreano y la desaparición de los provocadores, y ellos lo saben. Pero en la medida en que Pyongyang consiga crear la sensación de que hay riesgo de un gran conflicto mayores serán las presiones de los “bienpensantes” no exentos de ingenuidad sobre Estados Unidos y Europa para que eviten el peligro negociando y cediendo al chantaje. Ese es el juego, lo demás son gritos.

Península coreana: una bomba en cuenta regresiva. Nieves C. Pérez Rodríguez

El segundo misil de largo alcance lanzado por los norcoreanos el pasado viernes 28 de julio, ratifica la capacidad que tienen de atacar a los Estados Unidos en su propio territorio. A diferencia de lo que hemos escrito en previas publicaciones, en esta ocasión hay expertos que sostienen que Corea del Norte podría tener capacidad de llegar con un misil a la ciudad de Washington o Nueva York, lo que pone en alerta roja la tensa calma en la que hemos vivido en las pasadas décadas, a la vez que desmonta las teorías que preveían que Pyongyang en un plazo de unos 2 años podría ser capaz de poner un misil en Hawai e incluso en California.

En el marco de esta gran tensión, los medios internacionales se hacían eco de la grave situación con interrogantes como la planteada por el Sydney Morning Herald: ¿hasta qué punto están preparadas están las ciudades estadounidenses para un ataque nuclear? O la afirmación del Washington Post “el sentido del tiempo se agota en la confrontación con Pyongyang”. A pesar de los cambios de inquilinos de la Casa Blanca, su posición oficial ha sido parecida en relación a Pyongyang en los últimos 70 años, sin embargo, la situación nunca había sido tan peligrosa, y mucho menos Estados Unidos se había encontrado en tal vulnerabilidad.

Johanna Maska, experta en Marketing y que trabajó para Obama durante más de 8 años, primero en la campaña electoral y luego desde la Casa Blanca como la directora de prensa del presidente, considera que Obama dedicó gran parte de su tiempo a la región de Asia Pacífico. 4Asia tuvo ocasión de conversar con ella, que personalmente organizó visitas oficiales a Singapur, Tailandia, Corea del Sur, Camboya, Birmania, Indonesia, Malasia, Filipinas, Japón, China, Australia, e India. Y, en su opinión, todas esas visitas tuvieron como fin liderar conversaciones sobre paz, seguridad y prosperidad económica.

Maska enfatiza la diferencia entre Obama y Trump y la prioridad del primero por liderar junto con los países asiáticos un esfuerzo diplomático para hacer un trabajo en conjunto y manejar la grave situación de Corea del Norte. Mientras que, hasta ahora, ella considera que Trump dedica mucho tiempo a twittear pero muy poco esfuerzo en generar compromisos diplomáticos regionales.

En sus propias palabras “el escenario actual es mucho más propenso a conseguir el establecimiento de compromisos en el Pacífico, que en el momento en el que Obama era presidente. Hoy es evidente el avance y la determinación de Kim Jong-un. No en vano presume de capacidad armamentista, y no es un mito que está dispuesto a hacer uso de su arsenal. Es tiempo de que Trump haga algo más que escribir unos 140 caracteres en sus respuestas en twitter y se dedique a gestionar esta grave situación”.

Suma y sigue, una historia de ciegos. Julio Trujillo

Un paso más hacia… lo mismo. Corea del Norte ha lanzado otro misil hacia el mar territorial del Japón, Estados Unidos ha activado sus defensas en todo el Pacífico y ha alertado de manera especial sus sistemas de alerta y respuestas en las islas Aleutianas y Alaska, el presidente Trump ha recordado a China su deber de contener a la dictadura norcoreana, Pekín ha requerido la retirada del escudo antimisiles de Estados Unidos en Corea del Sur y Japón ha vuelto a reclamar una acción internacional mientras prosigue su discreto pero decidido rearme naval.

En este escenario de empate infinito, pero de riesgo creciente, ya que tanto las acciones del dictador norcoreano como las del atrabiliario presidente Trump parecen inspiradas por los impulsos coyunturales, Europa sigue ausente, sin perfil, perdida en sus laberintos. Recuerda aquella frase del general Colin Powell cuando afirmaba que ante cada crisis de seguridad del planeta, cuando Estados Unidos alertaba a sus fuerzas de seguridad y usaba sus armas, Europa elaborada un comunicado de condena. Esta sistemática colocación de perfil para no salir del todo en la foto refleja, y eso no sería lo más grave, no sólo la tradicional tendencia a rehuir todos los enfrentamientos hasta que el enemigo llama a la puerta, sino la ausencia de criterios. Europa, la Unión Europea, no dice nada, y eso sí que es lo grave, porque no sabe qué decir, no tiene una concepción estratégica del conflicto, ni qué consecuencias puede tener para Europa ni cómo los acontecimientos pueden ser un riesgo o una oportunidad. Nada de eso, Europa es como los delincuentes oportunistas que esperan los acontecimientos y se prepara para ver qué puede rebañar en medio de la tormenta.

Estados Unidos tiene una estrategia. Existe más allá de Trump, aunque éste la gestione desde el impulso, la ignorancia y una vuelta al proteccionismo, por encima de la opinión de algunos de sus asesores. Pero Europa, que quiere aparentar una unidad de acción por encima de los intereses nacionales de sus componentes, encuentra en la inacción la manera de correr riesgos de desunión. En China, como en Libia o en Oriente Próximo, la princesa no decide, sólo se sonroja, da largas e intenta contentar a todos los pretendientes.

Los Estados Unidos y las sanciones internacionales. Nieves C. Pérez Rodríguez

El lanzamiento del Hwasong-14, el primer misil balístico intercontinental de Corea del Norte, ha acelerado un proceso que se veía venir. Washington empieza a dar síntomas de cansancio frente a la pasividad de Pekín en neutralizar las aspiraciones nucleares de Pyongyang. Cada misil que lanza Kim Jong-un es un avance peligroso en su carrera armamentística y Estados Unidos no puede permitirse dar síntomas de debilidad. Por lo que Trump utiliza las sanciones internacionales como un mecanismo diplomático para castigar a China frente a su inacción.

Las sanciones internacionales impuestas por los Estados Unidos son productos de un proceso cuyo protocolo comienza con una orden ejecutiva que autoriza al gobierno estadounidense a sancionar a personas particulares, instituciones y/o estados. Normalmente, el presidente delega en el Departamento del Tesoro, concretamente en la Oficina de Control de Activos Extranjeros (OFAC, por sus siglas en inglés) para llevar a cabo una investigación exhaustiva. Una vez concluida se presenta en un documento que, finalmente, es firmado por el director de esta oficina quien da la orden de sancionar a las personas o entidades y que se le congele el acceso al sistema financiero estadounidense.

El gobierno de los Estados Unidos impone sanciones a individuos, compañías y naciones por varias razones, pero en el fondo las consecuencias prácticas son siempre las mismas y tienen como fin dificultar las relaciones comerciales en todo lo posible. De acuerdo con Adam Smith, un alto oficial responsable de sanciones en la Administración Obama, los Estados Unidos cuentan con el sistema de investigación más capaz y eficiente en el mundo para determinar la necesidad de imponer una sanción. Razón por la que frecuentemente las entidades sancionadas por el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas son  propuestas por el Departamento del Tesoro.

David Cohen, ex director adjunto de la CIA y vicesecretario del Departamento del Tesoro para terrorismo e inteligencia financiera, afirma que las sanciones no son de carácter punitivo sino que están diseñadas para generar un cambio de comportamiento.

A lo largo de los años se han ido creando diferentes programas de sanciones entre las que se encuentran: contra el terrorismo, la proliferación armamentística, las sanciones impuestas a Irán (una excepción porque estas sanciones fueron aprobadas por el Congreso), o el caso de las sanciones a Rusia por el caso de Crimea en el 2014. En cuanto a los países que apoyan el terrorismo, las sanciones son impuestas por el Departamento de Estado y, por lo general, conlleva restricciones a las ayudas internacionales, incluida la humanitaria, y prohibición de exportaciones, entre otras.

Las sanciones a Corea del Norte son un buen ejemplo en el que Estados Unidos está constantemente tratando de asegurarse que la condena impuesta por el Consejo de Seguridad sea similar a la impuesta por ellos mismos, debido a que el impacto es mayor cuantos más países de la comunidad internacional apliquen las mismas medidas, de acuerdo con David Cohen.

Tareck El Aissami, vicepresidente de Venezuela, fue sancionado a título personal por la administración Trump por narcotraficante internacional y, en el momento de imponer las sanciones, el Departamento del Tesoro insistió en aclarar que no eran contra el gobierno venezolano sino contra un individuo. En este caso, la acción implica la congelación de cualquier bien que tenga en territorio estadounidense, así como la prohibición de que ciudadanos de los Estados Unidos realicen transacciones comerciales con el sancionado o algunas de sus empresas.

En el caso de las sanciones a China se está castigando políticamente a Xi Jinping por su inacción en la explicita solicitud de Washington de presionar para desnuclearizar Corea del Norte o al menos cortarles los suministros, sabiendo que es China el único país capaz de hacerlo. Se ha comenzado con sancionar a pequeñas entidades bancarias, como un proceso progresivo de presión diplomática. Pero no cabe lugar a dudas, que frente al potencial peligro y avance nuclear de Pyongyang habrá más sanciones económicas a China en un intento por agotar las vías diplomáticas antes de llegar a una acción militar a la que todos temen y en la que las consecuencias son difíciles de predecir. Y en el fondo a Pekín, a pesar de gustarle el juego sutil, le aterra los efectos directos que una acción militar de Occidente, empezando por una inmigración en estampida de coreanos del norte a su territorio, sin contar con el efecto económico regional, la inestabilidad en el Pacifico e incluso encontrarse geográficamente en el medio de una guerra.