INTERREGNUM: Movimientos euroasiáticos. Fernando Delage

Con una atención occidental concentrada en otros asuntos, quizá más inmediatos pero menos relevantes para el mundo del futuro, las potencias emergentes de Asia continúan realizando movimientos en un tablero geopolítico cuya complejidad se acelera por días.

El 1 de diciembre se celebró en Sochi, Rusia, la cumbre anual de la Organización de Cooperación de Shanghai (OCS); la primera con la participación de India y Pakistán tras su adhesión formal hace unos meses. El 11 de diciembre, Rusia, India y China celebran en Delhi su encuentro trilateral anual a nivel de ministros de Asuntos Exteriores. Entre ambas fechas, en Irán—próximo candidato a la incorporación a la OCS—, el presidente Hassan Rouhani inauguró, el 4 de diciembre, la primera fase del puerto de Chabahar en la costa suroriental del país. ¿Hechos inconexos? En absoluto. Todos ellos son reflejo de una dinámica de competencia subregional que está reconfigurando la geografía económica y política de la mayor masa continental del planeta.

A unos 80 kilómetros de Gwadar—el puerto pakistaní que está desarrollando Pekín como elemento central de su Corredor Económico con Islamabad—, Chabahar se ha convertido en pieza clave de la estrategia euroasiática de Delhi. India ha invertido 500 millones de dólares en sus infraestructuras, y otros 1.600 millones de dólares para su conexión ferroviaria hasta Afganistán. Además de formar parte del Corredor Internacional Norte-Sur hacia Rusia, Chabahar ofrece a India una alternativa de interconexión continental que permite esquivar a su vecino Pakistán, de la misma manera que también Afganistán y las repúblicas de Asia central podrán contrarrestar su dependencia de Pakistán para su acceso marítimo. El interés indio por acercar el océano Índico a Eurasia central tiene, con todo, motivaciones de más largo alcance, relacionadas con sus temores sobre las ambiciones de Pekín.

Iniciativas chinas como la Nueva Ruta de la Seda están conectando el Pacífico y el Índico e integrando Eurasia, ampliando así su influencia política en espacios que estuvieron dominados, en otras épocas, por Occidente o por Rusia. El creciente liderazgo chino, parejo a la percepción regional de “retirada” de Estados Unidos, obliga a los actores locales a maximizar sus opciones. Tokio ha anunciado esta misma semana su “visto bueno” a la participación de empresas japonesas en la Ruta de la Seda, pero ve al mismo tiempo con sastisfacción cómo el concepto del “Indo-Pacífico”, cuyo origen puede atribuirse al primer ministro Shinzo Abe, se consolida para convertirse en la denominación que utiliza la administración Trump en sustitución del término anterior del “Asia-Pacífico”. También Delhi se ha sumado con entusiasmo a una definición de Asia que supone un reconocimiento de su peso estratégico, así como de la prioridad de sus intereses marítimos. Mayores dudas ha mantenido India tradicionalmente en relación con la Eurasia continental, pero Chabahar es, como se ha señalado, algo más que un incipiente paso para corregir ese desequilibrio.

La interdependencia al alza entre sus distintas subregiones hacen de Asia un escenario estratégico unificado. Al mismo tiempo, también hay indicios, sin embargo, de un claro riesgo de polarización económica y militar. No parece plausible que India permita a otra gran potencia negarle lo que considera como su dominio natural de Asia meridional y el océano Índico, como tampoco China va a renunciar al objetivo de su primacía en Asia oriental y el Pacífico occidental. Las piezas se desplazan con rapidez en la mesa de juego, mientras el actual ocupante de la Casa Blanca continúa tomándose su tiempo para mover ficha. (Foto: Gary Higgins, Flickr)

La diplomacia estadounidense se complica. Nieves C. Pérez Rodríguez

Washington.- Hace un par de semanas en esta misma página anunciamos que Rex Tillerson será “invitado a salir de su posición”, a pesar de que Trump lo desmintiera a través de su cuenta de Twitter la semana pasada. Pudo deberse a aquel momento en el que Tillerson supuestamente usó el adjetivo de idiota para referirse al presidente, que generó tal polémica que lo llevó a dar una rueda de prensa para aclarar el malentendido seguido por otro tweet de Trump en el que con ironía decía que el secretario de Estado estaba desperdiciando su tiempo al intentar negociar con el líder norcoreano. Otro hecho curioso fue la ausencia total de una comitiva del Departamento de Estado al encuentro de mujeres emprendedoras en la India, al que asistió Ivanka Trump en representación de la Casa Blanca.

Entre hechos, dimes y diretes que circulan, una cosa queda muy clara: la diplomacia estadounidense no se encuentra en su mejor momento y Trump aviva las llamas con su anuncio de mover la embajada a Jerusalén, conmocionando la opinión pública internacional y despertando gran preocupación por la inestable y siempre compleja situación en Medio Oriente.

Con la frase “Viejos desafíos demandan nuevos enfoques”, el líder estadounidense afirma que el reconocimiento de Jerusalén como la capital de Israel no es más ni menos, “que el reconocimiento de la realidad”. Como que si todos los intentos de mantenimiento de paz en la región durante tantos años hayan sido un juego de niños. La respuesta internacional no se ha hecho esperar, con abiertas muestras de desacuerdo. Pero el problema es aún más complejo; hay que considerar que la construcción de una embajada estadounidense en cualquier lugar del planeta, lleva consigo una gran planificación que va más allá de encontrar un buen terreno y el diseño arquitectónico. Lo más complicado son los códigos de seguridad que deben respetarse, la capacidad del edificio de no ser desplomado con una bomba, o interferido con instrumentos de esos de los que los cubanos y los rusos parecen saber mucho. Lo cierto es que ya existe un consulado en Jerusalén, que cuenta con los más rigorosos y estrictos controles de seguridad, pero de ahí a conseguir la bendición de Occidente y del gobierno palestino para la movilización de la embajada hay un gran trecho.

El Departamento de Estado parece ser la gran víctima de la Administración Trump. Tillerson, en su gira por Europa, no consiguió apoyos; sin embargo, salió de la primera reunión en Bruselas afirmando que “hoy más que nunca, están en una mejor posición para avanzar los intereses estadounidenses en el mundo que hace 11 meses atrás”. Muy a pesar de que sus homólogos europeos, uno tras otro, le dejaron claro que no están a favor de replantear el acuerdo con Irán y menos con el planteamiento de trasladar la embajada a Jerusalén.

Parece que ser que Tillerson hace caso omiso de todo esto y en la misma línea de Trump mantiene el objetivo en poner a Estados Unidos primero (Make American First). Otro hecho curioso de la visita del secretario de Estado a Europa fue la falta de periodistas, ni siquiera la corresponsal para CNN en el Departamento de Estado pudo acompañarlo. Según nuestras fuentes en su propia y muy personal manera de gestionar la institución limita el acceso de los medios a giras de tal calibre.

No sólo se trata de la inexperiencia política del Secretario de Estado y de la influencia de altos cargos militares con los que se rodea Míster Trump, sino ahora también de la partida de Dina Powell del Consejo de Seguridad Nacional  (National security council / NSC) a finales de mes, debilitando aún más la diplomacia estadounidense. Cuando Powell llegó a la Administración Trump se abrió una esperanza en torno a su persona, una mujer que venía del sector financiero, de la Manhattan profunda y Wall Street, pero con la frescura necesaria para ejercer cierta influencia positiva en la política hacia medio oriente, junto con Jared Kushner (el yerno del presidente) y Jason Greenblatt. Según el Washington Post, Powell debe estar preguntándose cuánta influencia realmente tiene sobre el presidente en materia de política exterior. Sea cual sea la influencia, lo cierto es que su partida deja una cicatriz más en la golpeada diplomacia estadounidense. Que en vez de remontar parece caer en un abismo…

China en Medio Oriente y Jerusalén, siempre en el centro

No es un secreto pero sí un dato que no se suele incorporar a los análisis sobre la evolución del mapa geoestratégico de Oriente Medio: China lleva más de una década posicionándose en esa zona con una extraordinaria habilidad: ha instalado y potencia bases navales en el sur de Pakistán (suní); mantiene relaciones comerciales y energéticas, por sus necesidades de un petróleo del que carece, con Irán (chíi), y ha mejorado notable y discretamente sus relaciones con Israel en los últimos cinco años. Esto está permitiendo a Pekín influencia y capacidad de mediación que ejerce con mucha moderación para impedir tensiones que dificulten su acceso a las materias energéticas que necesita o que desestabilicen las rutas comerciales que necesita abiertas y estables.

Y también ha desaconsejado a Estados Unidos el reconocimiento de Jerusalén como capital del Estado de Israel. Pero detrás de esta decisión de EEUU hay muchos elementos que no siempre se tienen en cuenta.

Señalemos algunos errores que se cometen al plantear la cuestión. Jerusalén fue la capital política de Israel hace 3000 años y lo ha sido emocionalmente de los judíos desde entonces. Y es la capital del moderno Estado desde 1947, no una capital judía como se dice, sino de Israel, país del que son ciudadanos casi 3 millones de árabes musulmanes y cristianos, además de judíos. La capitalidad de un país no depende de quién la reconozca sino de cuál es la decisión de ese país.

El islamismo, 600 años después de la aparición del cristianismo, construyó su teología situando a Jerusalén como primera o tercera ciudad santa, según los tiempos, y desea ese reconocimiento.

Así se ha conformado una ciudad como lugar sagrado de las tres grandes religiones monoteístas y sólo desde la creación del moderno Israel disfruta de libertad de culto, aunque no sin tensiones.

Ahora bien, la decisión de Trump, ejerciendo una opción ya aprobada por administraciones anteriores, puede ser un error táctico. Aunque hay que señalar que Ryad y El Cairo fueron informados y los saudíes recordaron a los palestinos que había un posible acuerdo respecto a una capitalidad palestina en Abu Dis, un barrio al este de Jerusalén, que sería aceptada por Israel. De hecho, los israelíes han hecho esa oferta hace años. Pero públicamente los palestinos no pueden aceptar esto y egipcios y saudíes tienen que protestar y así lo han hecho con gran moderación. Nada parecido a una intifada se ha producido. Ni Hamas ni la ANP están interesadas realmente.

Así pues, el reconocimiento de Donald Trump, que ha incomodado al Gobierno israel, en contra de lo que dice, no es causa de que no haya conversaciones de paz sino su consecuencia. A partir de aquí los análisis. Y no perdamos de vista el papel de China.

Cómo alquilar amigos y engañar a las personas. Por Miguel Ors Villarejo

La realidad es un asco. La esposa quiere el marido ideal, el hijo quiere el padre ideal y no siempre estamos a la altura. “Se trata de un papel muy exigente”, admite Ishii Yuichi. ¿Por qué no dejarlo en manos de un profesional? Es lo que propone la firma que dirige, Family Romance. Brinda la posibilidad de suplantar a cualquier pariente, amigo o profesional que, por una u otra razón, no esté (o no quiera estar) disponible. A Yuichi se le ocurrió después de hacerse pasar por el marido de una madre soltera a cuya hija no admitían en un colegio porque no tenía padre. “Sentí que debía desafiar la injusticia de la sociedad japonesa”, le cuenta al periodista Roc Morin en The Atlantic.

No logró engañar al director del centro, pero decidió montar un negocio. Ahora tiene un equipo de 800 actores capaces de encarnar cualquier personaje. Por ejemplo, en la cultura japonesa es habitual que los empleados presenten disculpas cuando cometen un error grave. Es una ceremonia humillante. “Tienes que hincarte de rodillas”, cuenta Yuichi, “apoyar las manos en el suelo. Las manos deben temblar. Así que mi cliente (el que ha metido la pata) está de pie a un lado, mirando, mientras yo estoy postrado, revolcándome por la moqueta, y el jefe me insulta rojo de ira”.

También intervienen en caso de infidelidad. “Imagine que una esposa engaña a su marido y este se entera”, plantea. “Cuando esto sucede, el marido exige a menudo conocer al otro. Naturalmente, esto no es fácil de arreglar, porque el otro suele salir corriendo, así que me llevan a mí”.

“¿Y qué pasa entonces?”, pregunta Morin.

“Tenemos un manual para todas las situaciones”. En esta en concreto el protocolo aconseja encarnar a un yakuza. Yuichi llega, inclina la cabeza y pide perdón humildemente. “Normalmente, el marido me regaña, pero como le han explicado que eres de la mafia, no suele insistir más”.

Algunos padres lo han contratado para que organice una boda a su hija lesbiana. Family Romance aporta el novio y la mitad de los invitados. Cuesta unos 4.000 dólares y es todo falso, “salvo los clientes de la familia” a los que se pretende impresionar.

“¿Cuántas veces se ha casado así?”

“Tres”.

Yuichi asegura que su negocio tiene un brillante futuro. “La demanda no deja de crecer. Mucha gente busca hoy ayuda para ganar popularidad en las redes. Hace poco, cinco de nosotros acompañamos a un cliente a Las Vegas para que pudiera hacerse fotos y colgarlas en Facebook”.

La pregunta que uno se hace es dónde está el límite. Porque mientras en Europa nos reímos de las agencias que suministran coartadas a los cónyuges infieles, en Japón ya están en la siguiente generación: la realidad 2.0. Yuichi hace de padre de una niña que sufría acoso. Las compañeras le preguntaban constantemente dónde estaba su papá y la madre le paga 200 dólares más los gastos para que asuma el papel cuatro horas a la semana. Empezó hace ocho años. La niña ha cumplido los 20, nadie le ha dicho que es un impostor y está encantada.

“¿Ella le quiere a usted?”, le pregunta Morin.

“Sí”, responde Yuichi. “Es fácil sentir su amor. Me habla de la relación con su madre, comparte sentimientos íntimos”.

“¿Y usted se limita a actuar o experimenta emociones sinceras?”

“Es mi trabajo. No soy padre las 24 horas, solo a tiempo parcial. Cuando estoy con ella, no siento que la quiera de verdad”.

Da un poco de miedo, pero Yuichi sabe envolverlo en una retórica que recuerda el dilema que Aldous Huxley planteó en 1932: ¿es legítimo recurrir a cualquier medio, incluida la mentira, para alcanzar la dicha? “La vida es injusta”, razona Yuichi, “por eso existe mi empresa”. La mujer que tiene pareja no necesita alquilarla, pero otras muchas están solas. Family Romance recompone estos desconchones y entrega un mundo “más ideal, más limpio”. Un mundo feliz. (Foto: Somethings hiding in here, Flickr) 

¿Es Trump el líder que necesita Occidente? Nieves C. Pérez Rodríguez

Washington.- Seguramente a la mayoría de los lectores les llame la atención éste interrogante, básicamente por el hecho de que tienen clara la respuesta: ¡NO! No, porque en un mundo cada día más globalizado parece no tener mucho sentido cerrarse. Sin embargo, los slogans que lo catapultaron y llevaron a ocupar la oficina oval “América Primero” o “Hacer América grande de nuevo”, contienen la clave de la estrategia de devolver a Estados Unidos la bonanza económica de los años 50 y la añoranza por la era de Reagan, que en el fondo es lo que desean los ciudadanos que lo apoyaron.

Ahora bien, para entender la proyección de Estados Unidos en el mundo, hay que ir a los responsables de las políticas económicas en Washington, que son extremadamente conservadores, a mí me gusta llamarles la troika económica trumpiana y su objetivo es el proteccionismo de la economía estadounidense. Volver a la economía de aranceles, anulación y/o sustitución de tratados internacionales multilaterales por bilaterales, como se ha hecho con el TPP y el NAFTA.
Comenzando con el representante comercial, Robert Lighthizer, quien sirvió para la administración Reagan, y se le conoce por ser el gran enemigo de los acuerdos comerciales en los que se vean comprometidos los intereses estadounidenses. Seguido por Peter Navarro, director comercial e industrial, economista y profesor de la Universidad de California, conocido por ser un acérrimo crítico de China y su impacto en la economía de Estados Unidos. Culpa al gigante asiático de que 25 millones de ciudadanos no consigan trabajos dignos o que unas 50 mil industrias hayan desaparecido. Trump le creó una oficina dentro de la Casa Blanca que sirve como conductora de las estrategias de intercambios comercial, evaluación de las manufacturas domésticas e identificador de nuevas oportunidades de empleos. Y para cerrar la troika, el secretario de Comercio, Wilbur Ross, quien ha sido un duro crítico de la caída de empleo de manufactura. Conocido por comprar industrias quebradas y convertirlas en prósperas. No cabe duda que su carácter ultra proteccionista marcará una gran diferencia con sus antecesores.
En cuanto al liderazgo internacional, la nueva dinámica de la diplomacia estadounidense es inédita. Mientras el presidente no modera su vocabulario con frases como “hombre cohete” para referirse al líder norcoreano, el secretario de Estado Rex Tillerson se ha convertido en un bombero apagafuegos de las imprudencias del presidente, y a través de reuniones a puerta cerrada intenta normalizar situaciones tensas y en la mayor parte de los casos, innecesarias. Paralelamente Nikki Haley, la embajadora de Estados Unidos ante Naciones Unidas, aumenta su zona de influencia en la diplomacia internacional y con un tono más regio ha dado pasos muy significativos, como fueron las últimas sanciones aprobadas por el Consejo de Seguridad en contra de Corea del Norte, las más severas hasta ahora, que por primera vez contaron con el apoyo de China y Rusia.
Tillerson ha despertado un gran descontento dentro del Departamento de Estado, con el bloqueo de nombramientos, la reducción a un tercio del presupuesto del mismo, o la ausencia de embajadores en 70 embajadas por el mundo. Todo esto, junto con un par de incidentes entre él y el Trump, aunado al descontento del Congreso por la gestión de ésta institución, han sido la razón por la que está en considerando su sustitución por Mike Pompeo el actual director de la CIA, hombre que se ha ganado la confianza del presidente.
La era verde duró poco en esta Administración. En el afán de Trump por acabar con los legados de su predecesor anuló el Acuerdo de Paris, a pocos días de haber ocupado la presidencia, a través de una orden ejecutiva de independencia energética, en la que entregó a Xi Jinping el liderazgo internacional en la lucha medioambiental. En esa misma línea apareció en Naciones Unidas, el foro que ha garantizado la paz y la estabilidad durante más de medio siglo, afirmando sin ninguna delicadeza que su prioridad es y será América. Y como si eso fuera poco, amenaza con la destrucción total de Corea del Norte.
En materia de seguridad, el aumento significativo del gasto de Defensa, comparativamente con la reducción del presupuesto del Departamento de Estado, contiene las claves de la prioridad de la política exterior. La respuesta de Trump en abril frente al ataque químico del régimen de Bashar el Asad marcó el cambio de rumbo. Sin embargo, no ha habido una acción de continuidad.
El aumento de más de 14.000 civiles y militares del departamento de Defensa en el Medio Oriente en los últimos 4 meses, es otra prueba de ello junto con la reciente declaración de Corea del Norte de estado terrorista, precedido por la exigencia de desnuclearización del régimen de Pyongyang, que ha sido una solicitud consistente desde que ésta administración tomó posesión, elevando con ella la importancia de Asia y sus aliados en la región.
Resumiendo, la política exterior de Washington a día de hoy se puede definir en dos puntos: 1: Hay una redefinición de la estrategia y el rol de Estados Unidos en el comercio Internacional. Y 2: Hay un cambio de diplomacia internacional y de intercambios. Tal y como comencé afirmando, la dirección del país ésta basada en políticas económicas extraordinariamente conservadoras, que a su vez marcan la proyección y el liderazgo internacional, que sin duda responden a la línea más dura del Partido Republicano, pero que en ésta ocasión están aderezadas al más puro estilo de Míster Trump: ¡Poniendo a América primero y al precio que sea!

Terremoto Trump.

Como adelantó 4Asia en una información de Nieves C. Pérez, la Casa Blanca ha confirmado el relevo de Rex Tillerson en una nueva demostración del presidente Donald Trump para hacer equipo, suscitar consensos y corregir errores. La alarma entre los veteranos de la Administración estadounidense, republicanos y demócratas, el reconocimiento del desmantelamiento del servicio exterior, la política de relaciones a golpe de twitter y los caprichos presidenciales, parecen estar a punto de ebullición y desde las filas políticas comienza a dibujarse la necesidad de algún acuerdo que permita controlar la situación. El gran problema está en que el presidente Trump conservaría intactos sus apoyos electorales, excitados por su discurso populista, simplista y falsamente auténtico.

En ese escenario hay que estar atentos a las noticias. Los círculos políticos norteamericanos son más sofisticados de lo que parece y están comenzando a mover fichas frente a la incontinencia, la precipitación y las improvisaciones presidenciales. Las declaraciones desde el FBI sobre la trama rusa, con las, al menos, poco claras maniobras de la familia del presidente, y la aparición de nuevos datos pueden llevar a problemas judiciales al propio Trump y eso es un acelerante del fuego graneado que puede esperarle durante lo que queda de legislatura.

Corea del Norte, ¿la guerra que viene? Julio Trujillo

Al margen de la elegancia o la zafiedad de los discursos, Obama y Trump han renunciado al necesario liderazgo.

 

En el aniversario de 4Asia y en plena escalada de tensión en la península coreana, provocada por el lanzamiento de un misil más, este con notorias mejoras en sus capacidades, por parte de Corea del Norte, nos reunimos la semana pasada para debatir la situación. Alrededor de varios expertos, entre ellos colaboradores de la página, sostuvimos un intercambio de ideas y de análisis al que asistieron, y en el que intervinieron, lectores, diplomáticos y periodistas.

Tres ideas parecieron presidir la reunión: Corea del Norte está mejorando rápidamente su capacidad ofensiva y nuclear, aunque todavía no parece haber resuelto cómo introducir una carga nuclear del tamaño adecuado en la cabeza de los proyectiles que ya tiene; Trump y Obama, gritos y gestos aparte, se parecen más de lo que les gustaría en la renuncia a ejercer un liderazgo efectivo de Estados Unidos y querer replegarse hacia políticas más de consumo interno, y Kim Jonun no está loco sino que, con su propia lógica, está desplegando una estrategia en el filo de la navaja destinada a que se le admita en la mesa de las grandes potencias nucleares para negociar allí la supervivencia del régimen y mejoras económicas.

Vicente Garrido, miembro del Comité Asesor Personal sobre Asuntos de Desarme del secretario general de la ONU, explicó cómo Pyongyang viene desarrollando desde los años 90, ante cierta pasividad mezclada con incredulidad, una poderosa industria militar, tanto de misiles como de capacidad nuclear. Este desarrollo, con la menos conocida ayuda de Pakistán y la colaboración indirecta de las ayudas económicas chinas ha venido creciendo y, desde hace una década, se ha convertida en una poderosa maquinaria de extorsión a Occidente. La situación de hoy es el resultado de esta estrategia.

Pero Estados Unidos no ha sabido hacer frente a esta situación cambiante, recordó Florentino Portero, director del Instituto de Política Internacional de la Universidad Francisco de Vitoria, de Madrid. En un marco heredado de la II Guerra Mundial, explicó, el escenario del Pacífico ha visto cómo se desarrolla, en su opinión, un cambio paradigmático, en el que las fuerzas que han marcado en las últimas décadas los ejes del desarrollo, las élites universitarias estadounidenses, han visto declinar su influencia hacia los impulsores del desarrollo de biotecnologías, nuevas élites y nuevos caladeros de creación de inteligencia. Esto ha hecho cambiar el panorama asiático, China ha comenzado a ocupar un lugar y Estados Unidos, “donde si dejamos aparte la forma amable y cuidadosa de los discursos de Obama y el griterío zafio de Trump, podemos observar que, en el fondo, tienen la mima política de abstenerse de definir un nuevo liderazgo”. Así, dijo, se asiste al curioso espectáculo de ver a Estados Unidos replegándose y defendiendo el proteccionismo frente a una China, oficialmente comunista y autoritaria en su gestión, intentar aparecer como campeona del libre comercio internacional.

En ese marco se desarrolla la crisis con Corea del Norte, que quiere ingresar en el club nuclear y negociar desde esa posición. Todos coincidieron en señalar que China no quiere una situación de tensión extrema pero no va a ayudar a hundir a Corea del Norte, lo que situaría fuerzas norteamericanas y de la actual Corea del Sur en su frontera oriental. Esos son los límites de Pekín.

Miguel Ors, en su ponencia, describió la importancia de la estupidez en los conflictos mundiales y recordó que un error, técnico o mental, puede desencadenar un conflicto, como explica en esta página en un resumen de su ponencia. Y Nieves C. Pérez, la mujer de 4Asia en Washington, describió por qué Trump no es el líder que necesita Occidente, aunque si lo es para gran parte de la sociedad que dirige, en una ponencia muy pedagógica que se publica resumida en 4Asia.

Fue el primer acto de 4Asia que cumplió las expectativas de convocatoria y que inaugurará una serie de debates ante nuestros lectores y seguidores.

INTERREGNUM: China en Europa oriental. Fernando Delage

(Foto: Ahmet Öner) Pocas regiones del mundo escapan al proactivismo diplomático chino. Asia, África, América Latina, Oriente Próximo incluso, son objeto de frecuentes visitas de las autoridades chinas. También lo es un espacio cuya relación con Pekín ha pasado relativamente inadvertida hasta tiempos recientes: los países de Europa central y oriental (PECOS). Estos Estados—varios de ellos miembros de la Unión Europea; otros candidatos a la adhesión—tienen su propio foro con la República Popular, denominado “16+1”, cuya sexta cumbre se celebró en Budapest la semana pasada con la participación del primer ministro chino, Li Keqiang.

Qué puede querer China de esta parte del mundo es una cuestión que ha conducido a todo tipo de especulaciones. Unos analistas no dudan en afirmar que lo que se persigue es dividir a Europa para promover los intereses de Pekín; otros subrayan la estrecha relación que se ha establecido con los gobiernos más antiliberales del Viejo Continente, como los de Hungría y Polonia. También se llama la atención sobre el aumento de las inversiones chinas y sus aparentes ambiciones de control de determinados sectores estratégicos, como el transporte o el acero.

Quizá la explicación es más sencilla. Europa central y oriental es relevante para China porque es un medio para acceder de manera directa al mercado único de la UE, tanto por razones geográficas como regulatorias. En estos Estados pueden encontrarse oportunidades de inversión más rentables que en los maduros mercados occidentales y con menores exigencias jurídicas y de transparencia, especialmente en los todavía candidatos a la adhesión. Al hacer de Grecia su entrada meridional al continente, Pekín tiene un interés asimismo en promover las infraestructuras que faciliten el acceso de sus exportaciones en dirección occidental (de lo que es ejemplo el tren de alta velocidad que está construyendo entre Belgrado y Budapest). La misma lógica impulsa el desarrollo de plataformas logísticas en el Norte, en los países bálticos.

Las cifras también obligan a relativizar las pretensiones de control: pese a lo llamativo de algunas de las adquisiciones chinas, la región apenas recibe el 10 por cien de sus inversiones en Europa. Es innegable, con todo, que Pekín encuentra en la zona nuevos socios que pueden obstaculizar determinadas medidas comunitarias que exijan unanimidad, como las relacionadas con la política exterior. Budapest y Atenas, por ejemplo, bloquearon el pasado año una firme declaración del Consejo con respecto a las acciones de Pekín en el mar de China Meridional. La ausencia de una posición común europea con respecto a China es un hecho, sin embargo, con independencia de su grado de penetración en los PECOS.

No parece haber, por resumir, motivos de alarma; las instituciones de Bruselas y las grandes economías de la Unión son la verdadera prioridad china. Pero su creciente presencia en la zona es un factor añadido para pensar en una estrategia de futuro. La UE es el mayor socio comercial de China y recibe un tercio de sus exportaciones. Con unos intercambios que superan los 600.000 millones de dólares al año, y que pueden alcanzar el billón de dólares en 2020, la República Popular es una clave del futuro europeo a la que se sigue sin prestar la debida atención.

¿Puede Kim Jong-un controlar sus bombas? Miguel Ors Villarejo

El pasado 29 de agosto un misil norcoreano se hundió en el Pacífico siete minutos después de sobrevolar el archipiélago de Hokkaido. Si hubiera habido cualquier problema, sus restos se habrían desparramado sobre alguna ciudad japonesa. De hecho, algunas fuentes sostienen que el fallo se produjo y que el cohete estalló en el aire, aunque por fortuna ya se encontraba en alta mar.

Al parecer, estos incidentes estructurales son relativamente frecuentes en los ensayos de Kim Jong-un, lo que, por una parte, resulta tranquilizador, porque revela que su capacidad nuclear dista mucho de estar a punto.

Pero, por otra parte, si uno se para a pensarlo un poco, suscita una duda igualmente inquietante. ¿Sabe este tío lo que se trae entre manos?

Nos han educado en la creencia de que la peor amenaza que pesa sobre el futuro de la humanidad es la acción del mal, pero a mí me inspira también mucho respeto la incompetencia. El papel de la chapuza en la historia no ha sido debidamente apreciado. Las conspiraciones están sobrevaloradas. Tendemos a ver complots detrás de cada acontecimiento extraordinario, de cada atentado, de cada crisis. El asesinato de Carrero Blanco, por ejemplo, tuvo lugar a una manzana de la embajada de Estados Unidos en Madrid. ¿Cómo podía la CIA no estar al corriente? O la Gran Recesión. ¿De verdad que a los banqueros, con lo imaginativos que son para cobrarnos por cualquier concepto, no se les ocurrió que las subprime podían colapsar?

Estas son cosas que la gente se pregunta y yo no digo que no hubiera una mano negra detrás de esos sucesos, pero no lo creo sinceramente. Y no lo creo porque las conspiraciones exigen un grado de planificación y coordinación que está al alcance de muy pocas organizaciones, por no decir ninguna.

La chapuza, por el contrario, es universal y omnipresente. En todas las empresas del planeta hay un ñapas que se baja a fumar cuando tenía que estar mirando el manómetro o que recibe un correo con un archivo ejecutable y lo abre para ver si ha heredado 60.000 euros de un pariente nigeriano del que no había oído hablar hasta ese instante.

La historia del progreso es una lucha titánica y desigual contra la chapuza. El mundo está lleno de incompetentes. No sé si habrán oído hablar del Not-Terribly-Good Club, algo así como el Club No Tan Fantástico, de Gran Bretaña. Lo fundó en 1976 un tal Stephen Pile. Para ser socio había que cumplir un único requisito: ser un piernas, un patán, un inútil. Las reuniones consistían en exhibiciones de torpeza en cualquier ámbito: la conversación, la cocina, el arte…

¿Y saben cómo acabó? Es muy significativo.

Stephen Pile decidió redactar El libro inacabado de los fracasos, un catálogo de la sandez que incluía la historia del peor turista (un sujeto que pasó dos días en Nueva York creyendo que era Roma) y del crucigramista más lento (34 años para completar uno)”. Por desgracia, la obra fue un bestseller, es decir, un fracaso como fracaso, y Pile fue invitado a abandonar el Club No Tan Fantástico, que, por otra parte, había recibido tal avalancha de solicitudes de ingreso que se hallaba en clara contravención de su objeto social de ensalzar la ineptitud y no tuvo más remedio que disolverse.

O sea, hay tantos idiotas repartidos por el planeta que, cuando los juntas, se aplastan entre ellos.

Pero peor todavía que la cantidad de idiotas es su modus operandi. El macroeconomista Carlo Maria Cipolla teorizó en un ensayo de 1988 titulado Allegro ma non troppo que “la persona estúpida es el tipo de persona más peligrosa que existe”. Su razonamiento es el siguiente. “El resultado de la acción de un malvado”, dice, “supone simplemente una transferencia de riqueza”. Cuando un ladrón le roba la cartera a su víctima, el dinero se limita a cambiar de manos y la sociedad en su conjunto no pierde ni gana.

Pero el estúpido ocasiona pérdidas sin obtener beneficio alguno. El estúpido no roba el dinero. Lo pierde, lo entierra en un sitio que luego no recuerda, lo arroja en una estufa encendida inadvertidamente y, por tanto, toda la sociedad se empobrece.

Cipolla atribuía la caída de Roma a una sobreabundancia de idiotas durante el Bajo Imperio y estaba convencido de que Occidente correría la misma suerte.

Esta predicción apocalíptica no se ha cumplido, sin embargo. ¿Por qué?

Es posible que la naturaleza haya desarrollado sus propios antídotos contra la estupidez. La web darwinawards.com recopila noticias sobre quienes “mejoran nuestra carga genética quitándose de en medio”, y no son pocas: el líder de una secta cristiana que murió tras resbalar sobre una pastilla de jabón mientras intentaba caminar sobre las aguas como Jesús, el camionero danés que se estrelló cuando daba caza a un pokemon, el contrabandista ucraniano que pretendía pasar material radioactivo por la frontera húngara pegándoselo al cuerpo con cinta aislante…

La naturaleza es sabia y, cuando la estupidez alcanza determinadas cotas, se autorregula destruyendo a su huésped.

Esta selección natural nos ha podido librar hasta ahora de la acción corrosiva de la chapuza, pero a medida que aumenta la complejidad de nuestros sistemas, también lo hace el daño potencial que puede infligirnos. Un incompetente provisto de un martillo es una amenaza manejable, pero la cosa cambia cuando le das una sierra mecánica, y no digamos ya si lo que tiene que gestionar es un arsenal nuclear.

Los camiones militares, los carros de combate, incluso los aviones de caza son maquinarias de guerra rudimentarias comparadas con los misiles atómicos. No solo son complejos y caros de desarrollar, sino peligrosos de almacenar y de usar. La historia de la Guerra Fría está alfombrada de accidentes, denominados en la jerga militar “flechas rotas”, como el que tuvo lugar en Arkansas en 1980, cuando a un operario se le cayó un enchufe con tan mala fortuna que perforó el tanque de combustible de un Titán y lo hizo estallar dentro del silo.

Michael Auslin, un experto en Asia contemporánea del Instituto Hoover de la Universidad de Stanford, calcula que entre 1950 y 1980 se registraron 32 de estas “flechas rotas”. La mayoría eran accidentes de aviación que acabaron con varias ojivas nucleares diseminadas por distintos puntos del planeta, como la playa de Quitapellejos en Palomares, Almería.

De momento, Corea del Norte no dispone de escuadrones de bombarderos, que son los más proclives a los incidentes, y aunque su tecnología es embrionaria, resulta improbable que el incendio del carburante de un cohete, que es el eslabón más débil de la cadena de mantenimiento, provoque la detonación de la carga atómica.

Pero si una sociedad democrática y transparente como la estadounidense, donde se abre una investigación exhaustiva cada vez que algo no funciona como es debido, no ha logrado erradicar los fallos, ¿qué cabe esperar del paranoico régimen norcoreano, donde cualquier error se considera un sabotaje del oficial al cargo? ¿Quién va a ser el guapo que le confiese a Kim Jong-un que tiene un problema con una bomba?

Y más peliagudo aún que la preservación del arsenal es el asunto de su uso. Cualquier protocolo nuclear consiste en un delicado equilibrio. Por un lado, hay que habilitar filtros para impedir que un gobernante active el lanzamiento en un momento de calentón, pero, por otro, todo el proceso debe ser lo suficientemente ágil como para que las armas estén listas cuando se las necesita.

En Estados Unidos está todo muy detallado. El presidente viaja siempre con un maletín nuclear en el que lleva una relación de vectores y posibles blancos, un manual con diferentes alternativas en función de las circunstancias y el libro de códigos. ¿Existe algo parecido en Corea del Norte? No tenemos ni idea.

¿Y de quién es la última palabra? No parece muy propio de Kim Jong-un confiar a un subordinado la decisión de responder a un ataque, pero alguien le habrá explicado que, si solo una persona puede pulsar el botón rojo, bastará con acabar con ella para neutralizar toda la capacidad nuclear del país. Así que seguramente haya varios oficiales autorizados a responder en caso de ataque, pero ¿qué harán si deben tomar decisiones de forma autónoma? La velocidad a la que viaja un bombardero estratégico no deja mucho margen para las consultas. Puede ser cuestión de minutos o incluso segundos.

Es una situación que conocemos bien por la Guerra Fría. Yo no sé si han oído hablar del llamado incidente del equinoccio de otoño. En la madrugada del 26 de septiembre de 1983, la red soviética de alerta temprana informó de que cinco misiles se dirigían hacia ellos desde Estados Unidos. Las relaciones entre Washington y Moscú atravesaban entonces momentos de enorme tensión. Tres semanas antes, las fuerzas soviéticas habían derribado un avión de pasajeros, el vuelo 007 de Korean Air, sobre la isla de Sajalín, matando a las 269 personas que viajaban a bordo, entre ellas varios estadounidenses. El Kremlin esperaba represalias y, en caso de producirse, había dado instrucciones a sus comandantes de que respondieran con un contraataque masivo, de conformidad con lo previsto por la doctrina de destrucción mutua asegurada.

El teniente coronel Stanislav Petrov era el oficial que coordinaba aquel 26 de septiembre de 1983 la defensa aeroespacial de la URSS. Los satélites habían localizado el lanzamiento en Montana, de modo que Petrov disponía de 20 minutos antes de activar la réplica, pero le extrañó que la agresión involucrara apenas cinco misiles. “Nadie empieza una guerra atómica con cinco misiles”, pensó. Lo lógico sería un diluvio de cientos de ellos, para anular cualquier reacción. Además, la alerta de los satélites no fue confirmada por los radares, de modo que decidió esperar.

Debió de ser un cuarto de hora interminable, pero tenía razón. Posteriormente se comprobó que el falso positivo se debía a una rara alineación del sol y las nubes, que había generado unas señales térmicas similares a las producidas por los cohetes. Petrov no podía saberlo en aquel instante, pero dudó y eso libró al mundo de la hecatombe.

Aunque la URSS de los 80 seguía siendo un régimen comunista, confería cierta autonomía a sus comandantes. Pero el régimen de Pyongyang es estaliniano y no es difícil imaginar al equivalente norcoreano de Petrov temblando delante de sus pantallas mientras decide si prefiere morir rápidamente desintegrado por un misil americano o algo más lentamente desmembrado por el Querido Líder.

En resumidas cuentas, las posibilidades de que algo salga mal son innumerables y, después de repasarlas, Michael Auslin llega a la paradójica conclusión de que hay que echar una mano a Corea del Norte. ¿Cómo?

Primero, estableciendo una línea de comunicación directa, un teléfono rojo como el que existía entre Washington y Moscú, para deshacer posibles malentendidos.

Y segundo, enseñando a Pyongyang cómo mantener de forma segura unos misiles destinados a vitrificar Nueva York o Washington.

Puede parecer una chapuza de solución, pero es que el mundo es así.