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INTERREGNUM: Tillerson, misión imposible

Como resultaba previsible, Corea del Norte se ha convertido en el desafío internacional más inmediato que debe gestionar la administración Trump. Dos ensayos nucleares el pasado año, el rápido incremento de pruebas de misiles—cinco lanzamientos desde principios de año—, y el probable éxito en la miniaturización de cabezas nucleares, agrava la percepción de amenaza en la península coreana y, por tanto, la urgencia de una respuesta.
Desde la perspectiva de Washington es razonable concluir que 20 años de esfuerzos diplomáticos no han conducido a avance alguno. China, Japón y Corea del Sur con seguridad comparten el diagnóstico de que el statu quo solo beneficia a Pyongyang. Pero, ¿cuáles son las alternativas? ¿Es posible un frente diplomático común sobre la base de una nueva aproximación al problema?

Tantear los elementos de un consenso ha sido el principal objetivo de la primera visita a Asia de Rex Tillerson, la semana pasada. “Todas las opciones están encima de la mesa”, dijo el secretario de Estado en su primera comparecencia ante la prensa. Pero si se abandona la “paciencia estratégica” seguida por Estados Unidos desde mediados de los años noventa, ¿hay soluciones intermedias entre las negociaciones directas y el uso de la fuerza? Con respecto a esta última Washington se encontraría solo, además de resultar difícilmente factible dado el daño que Corea del Norte podría causar a una metrópolis como Seúl, a sólo 70 kilómetros de la frontera, así como a las tropas norteamericanas residentes en el país. Una política de negociación sí contaría con el apoyo de las restantes potencias del noreste asiático; no obstante, las prioridades de Tokio, Seúl y Pekín no son necesariamente las mismas de la administración Trump.

En último término, Estados Unidos parece considerar que lograr una mayor presión de China sobre Pyongyang es la clave. Se trataría entonces de persuadir a Pekín, bien de manera coercitiva—por ejemplo, incluyendo en un nuevo paquete de sanciones a bancos y empresas chinas que negocian con Corea del Norte—, bien diplomáticamente, convenciendo a sus autoridades de lo insostenible de la situación para la estabilidad regional. El problema es que la declarada hostilidad de la administración Trump hacia la política comercial china, y el despliegue de sistemas de defensa antimisiles en Corea del Sur y Japón—hecho considerado por Pekín como una “provocación”—no facilita esas intenciones. Como ya descubrió George W. Bush en 2002, todos los caminos a Pyongyang pasan por Pekín. Los mensajes en Twitter del presidente, como el de retomar la venta a Taiwán de un programa de armamento bloqueado en su día por Obama, lanzado solo horas antes de aterrizar Tillerson en Pekín, tampoco ayudan a la causa del jefe de la diplomacia norteamericana.

El desafío norcoreano es, pese a su urgencia, uno de los muchos asuntos que definen la relación entre China y Estados Unidos. Los líderes de la República Popular, como el resto de sus Estados vecinos, necesitan saber qué política asiática va a seguir Trump. Difícilmente habrá movimientos decididos mientras no haya un contexto predecible, con un conocimiento directo de las intenciones de unos y otros. Tillerson, recién llegado al mundo de la diplomacia, ha asumido una tarea imposible, cuyas posibilidades de desbloqueo quedan sujetas a las conclusiones que interiorice Xi Jinping tras su encuentro con Trump en Florida a principios de abril.

Ansiedad sobre Corea del Norte

Washington.- A poco más de dos meses que la Administración Trump tomó el poder, el Secretario de Estado Rex Tillerson, hace su primera visita oficial a la región de Asia Pacifico, en un momento de gran tensión después de que Estados Unidos comenzara a realizar ejercicios militares en la zona, simultáneamente a la intensificación de su presencia para dejar por sentado que seguirán del lado de sus aliados históricos Japón y Corea del Sur. Todo esto como respuesta a los misiles que Corea del Norte lanzó el pasado seis de marzo. Finalmente, parece que la política exterior estadounidense empieza a tomar forma, y, lo más importante, que el mundo puede saber hacia dónde va a apuntar, al menos en relación a esta parte del mundo.

Tillerson no ha viajado con el avión lleno de periodistas, un dato que llama la atención, porque rompe con lo que se estila, por lo que en un primer momento se pensó que sería para mantener un bajo perfil. Sin embargo, sus comentarios han sido claros y directos, “Estados Unidos ratifica la alianza de larga duración que está basada sobre la paz, prosperidad y libertad en la región de Asia Pacifico”. En Japón afirmó que “rechaza cualquier intención que pueda minar la presencia japonesa en la administración de las Islas Senkaku”. Estas son unas pequeñas islas que Japón incorporó a su territorio en 1895, aunque no fue sino hasta 1971 que comienza una disputa sobre las Senkaku, cuando Taiwán las reclamó, seguido por el reclamo chino, coincidiendo con el momento en que la Comisión Económica para Asia (por sus siglas en inglés, ECAFE) sugirió que las islas podrían estar rodeadas de petróleo. Todo esto, unido al hecho de que están ubicadas al este del mar chino, muy cerca de Taiwán, y su posición es estratégica para determinar la supremacía militar en Asia Pacifico.

Esta visita viene a reforzar los lazos entre Estados Unidos y Japón. Y secunda la reunión que tuvo el primer ministro Abe con el presidente Trump el mes pasado en Florida, y que a la vez aleja las dudas sembradas durante la campaña electoral sobre la posible ruptura o distanciamiento de estrechos lazos entre aliados tradicionales.

En cuanto a Corea del Norte, el secretario de Estado fue tajante a su paso por Seúl al afirmar que “la estrategia de paciencia se ha agotado”, aunque no dió por sentada ninguna acción precisa a tomar. Dijo que todas las opciones están sobre la mesa si el riesgo del programa nuclear llega a niveles que merezcan una respuesta militar. Esto se distancia considerablemente de  la política exterior de Obama, en la que la diplomacia de guante de seda dirigió las relaciones junto a la imposición de sanciones por parte del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas.  Tillerson quiso enviar un mensaje claro a Pyongyang de parar el juego de miedo y provocaciones; de no hacerlo, verán las consecuencias.

La visita la cerró con su paso por Beijing, con un vocabulario firme pero menos extremo que el que usó en Japón. Afirmó que Estados Unidos y China comparten una visión común sobre los altos niveles de tensión en los que está la península ahora mismo. Y que las cosas han llegado a un nivel peligroso. Sin embargo, se cuidó de no usar ninguna de las afirmaciones, ni el tono usual del Presidente Trump sobre que China no está haciendo suficiente para detener a Pyongyang. Mientras que su homólogo chino, Wang Yi, defendió con un tono muy diplomático la posición de su gobierno, apostando más por  aplicar las sanciones en contra de Corea del Norte pero bajo un clima de diálogo, mientras que expresaba su esperanza de que Estados Unidos pudiera hacer una valoración de la situación con cabeza fría para llegar a una decisión sabia.

China se excusa en que, de llegarse a acciones militares, la situación se tornaría en una ola de millones de desplazados norcoreanos que se refugiarían en su territorio, situación que no podrían manejar. Pero en el fondo, es China la única potencia con capacidad de presionar al líder de Pyongyang, como país aliado y proveedor de mucho de los productos que consumen.

Las dos economías más grandes del planeta necesitan solventar sus diferencias en cuanto a Corea del Norte. La instalación del sistema antimisiles (THAAD) en Corea del Sur ha disgustado mucho al gobierno chino, quien alega que el radar podría debilitar su capacidad de disuasión nuclear. Hasta ahora China no ha jugado del lado de Occidente. Pero si la situación se tornara muy complicada y vieran sus intereses afectados, seguro que comenzaría a  buscar puntos intermedios de negociación que hasta este momento no han sido ni tan siquiera evaluados. Habrá que esperar la visita del presidente chino a Washington el mes que viene y ver las reacciones in situ. Por ejemplo, ver si Trump decide usar la frialdad e ignorar a su homólogo, como ha hecho con Ángela Merkel, o si intentará hacer un acercamiento estratégico que le ayude a solventar la mayor crisis diplomática que tiene esta nación por delante.

Corea del Norte, el príncipe reloaded

Occidente menospreció el régimen de Pyongyang antes incluso de que naciera. Harry Truman creyó que Moscú aprovecharía la retirada japonesa de Corea del Norte para ocupar su lugar y que el desconocido Kim Il Sung era un títere de Iósif Stalin, pero resultó al revés. Kim se sirvió de Stalin para hacerse con la presidencia del Partido Popular y, desde ella, reunió un ejército con los soldados que habían luchado en la guerra civil china y se construyó una sólida base de poder. En septiembre de 1948, cuando se proclamó la República Democrática Popular de Corea, su nombramiento como primer ministro fue acogido con naturalidad y hacia 1949 se sentía lo bastante fuerte como para invadir el sur del país antes de que el sur del país lo invadiera a él.

La guerra no cambió nada en términos estratégicos. Corea siguió dividida por el paralelo 38, la frontera que Roosevelt y Stalin habían pactado para sus respectivas zonas de administración en 1945. Pero en lo económico los tres años de bombardeos fueron demoledores. No quedó ni un edificio en pie. Kim recurrió a una sucesión de programas plurianuales y los primeros salieron muy bien. El PIB crecía a tasas de dos dígitos y, a mediados de los 70, la CIA admitía que la renta per cápita era similar a la del sur. Los visitantes extranjeros veían pocas colas delante de las tiendas y los restaurantes, y la atmósfera era más optimista que en otros regímenes comunistas.

Los problemas surgieron en los 80. El primero fueron las limitaciones propias del modelo de desarrollo. La planificación central funciona bien para salir de la pobreza, pero sin la disciplina del mercado no existen muchos incentivos para innovar y, sin innovación, el progreso se agota tarde o temprano.

El segundo contratiempo fue geopolítico. Con la llegada de Mijail Gorbachov se esfumaron los cientos de millones de ayuda que Pyongyang recibía de la URSS. Luego, en 1992, China insistió en cobrar a precios reales los artículos que antes suministraba por debajo de coste y la importación de petróleo y cereales se hundió.

El último golpe lo asestó la naturaleza. El clima norcoreano permite una cosecha al año en condiciones favorables e, incluso cuando estas se dan, el rendimiento queda un 12% por debajo de lo necesario para mantener a su población. Pese a ello, Kim se empeñó en alcanzar la autosuficiencia o juche, un término que significa “identidad propia” y que, en materia agraria, se tradujo en el uso intensivo de fertilizantes y en la construcción de costosas instalaciones de regadío. Entre 1961 y 1988 la producción de cereales creció un 2,8% anual, pero la interrupción de la ayuda exterior redujo el acceso a los abonos que nutrían los cultivos y al carburante que movía las bombas. El suelo, además, se desgastó y, al depositarse en el fondo de los ríos, elevó su lecho y redujo su capacidad para absorber la lluvia. El resultado fue un aumento de las inundaciones, que en 1995 y 1996 adquirieron proporciones catastróficas. Luego en 1997 vendría una feroz sequía. Casi 800.000 personas murieron en aquel trienio.

Parecía el fin. Los expertos predecían la caída inminente del kimilsungismo y, de hecho, Barack Obama adoptó una posición de “paciencia estratégica”, confiado en que el empujoncito de las sanciones impuestas al tambaleante régimen por sus ensayos nucleares acabarían de echarlo abajo. Pero Pekín lo consideró siempre un planteamiento ingenuo y el reciente lanzamiento de cuatro misiles ha venido a darle la razón.

A los occidentales nos sorprende que unos líderes tan incompetentes como los Kim se perpetúen en el poder, pero en ningún lado pone que los gobernantes estén para atender las demandas de los gobernados. Maquiavelo ya advirtió que es mucho más seguro para el príncipe ser temido que amado y cada uno de los miembros de la dinastía norcoreana se ha preocupado por desplegar una crueldad implacable y meticulosa.

Pyongyang también ha explotado las diferencias de sus rivales. A Pekín le irritan las brutales ejecuciones de familiares en las que Kim Jong-un se ha especializado, pero nunca consentirá que la península se reunifique bajo el liderazgo de Seúl porque no quiere a un aliado incondicional de Washington al otro lado de la frontera.

Finalmente, el arsenal nuclear hace inasumible el coste de una invasión y se ha convertido en el fundamento de una lucrativa industria extorsionadora. Corea del Norte es una gigantesca pistola apuntada contra la sien de sus vecinos, que se apresuran a abrumarlo con ayuda humanitaria al menor signo de inestabilidad, no vaya a ser que le dé por apretar el gatillo. Los Kim ya no se molestan ni en dar de comer a sus súbditos.

Cambio de tono sí, ¿pero de fondo?

Washington.- Dejando a un lado la agresiva retórica a la que nos tiene acostumbrados, usando un tono mucho más moderado y sin duda conciliador se presentó Donald Trump ante el Congreso estadounidense, a sus ciudadanos y al mundo, quien mira con esperanza esta fase del presidente, que está más a tono con los discursos de los líderes occidentales y sobre todo de presidentes anteriores de esta nación. ¿Se entiende este discurso como un cambio de fondo? ¿O es tan solo un cambio de tono? ¿Hay un cambio real de la política exterior estadounidense?

El cambio de tono es muy importante, pero el fondo del discurso es en realidad la clave. Y el fondo del discurso desvela que no hay cambios sustanciales. Hubo más expresiones que no habíamos oído, como …”mi trabajo no es representar al mundo, es representar esta nación”; asumió que está gobernando un país dividido, o que el muro que separará la frontera del sur (evitando sutilmente mencionar a México) se comenzará a construir muy pronto. No mencionó a Corea del Norte, Rusia o China. Mientras, enfatizó la alianza inquebrantable con Israel a la vez que les recordaba amablemente a sus socios militares de la OTAN que deben pagar más cuotas, afirmando que ya algunos países lo están haciendo.

Este último punto, muy en consonancia con la línea de Steve Bannon, de exacerbación del patriotismo, nos recordó que los intereses de Estados Unidos estarán siempre primero en su agenda, que mantendrá su compromiso con la OTAN pero exigirá más a sus aliados. Lo cierto es que cada país miembro tiene una responsabilidad adquirida y debe responder por ella. Europa debe, incluso por sus propios intereses nacionales, ser capaz de pagar por su seguridad y financiar su defensa como parte fundamental de su política exterior.

El aumento histórico del gasto en defensa que ha propuesto, la reducción sustancial del presupuesto de ayuda internacional, y/o del Departamento de Estado, demuestran un cambio muy importante en lo que será la política exterior estadounidense. Con 58 billones de dólares para la defensa, que representa un aumento del 10%, el presidente Trump deja claro que fortalecerse internamente es una de sus prioridades y cumple con su promesa electoral de mantener a los Estados Unidos seguro. Ha puntualizado que habrá una partida para los veteranos de guerra, otra para la modernización de equipos y armamentos, y podríamos asumir que la mención que hizo al terrorismo islámico radical, en la que de acuerdo a sus propias palabras “los perseguirá hasta acabar con ellos”, indica que este plan estará contemplado dentro de este presupuesto. Confiamos en que otra partida será destinada a las zonas en conflictos en las que los estadounidenses siguen presentes y en donde cabe destacar que la gestión post-guerra ha sido nefasta. Aunque esa culpa sea de Obama, la ha heredado el actual presidente y está en obligación de asumirla.

La reducción de los presupuestos del Departamento de Estado y de las ayudas internacionales puede causar un efecto muy negativo para la diplomacia. Menos dinero significa menos presencia, menos diplomáticos, menos funcionarios estadounidenses por el mundo, que hacen un trabajo de apertura de diálogos y de influencia regional, y permiten a Washington mantenerse conectado y presente en el mundo. Son los diplomáticos los que previenen conflictos, enfrentamientos, y guerras. Paralelamente los programas de ayuda humanitaria, críticos en países muy pobres, en países devastados, son también los que ayudan a estas naciones a una transición a la esperanza, como fue el Plan Marshall en Europa en su momento. Incluso pueden servir para frenar la penetración de radicalismos en época de desolación y angustia social. Claramente su rol es diametralmente opuesto al que harían los soldados sobre el terrero.

Si el tono “presidencial” se debió al uso del teleprónter, y la ausencia de improvisación, que normalmente lo lleva a terrenos pantanosos de los que no puede salir ileso, por el bien de todos esperemos que siga haciendo uso de este sistema. Míster Trump aprovechó sus 60 minutos para alimentar su ego con cada ovación, con cada una de las veces que los presentes se levantaron para aprobar efusivamente sus planteamientos y con cada aplauso su satisfacción era visible. Todo esto, sumado a los comentarios positivos hechos por la prensa, que él mismo ha convertido en su más acérrimo enemigo, podría ayudar a un cambio de postura permanente de este nuevo líder, quien quizás prefiera ser criticado con guantes de seda y alabado por su comportamiento más apropiado. No olvidemos que así fue como vivió su vida antes de entrar al mundo político.

Dinámica expansiva

El conflicto de Oriente Medio, no únicamente del cercano oriente, está adquiriendo una dinámica cada vez más expansiva. La intervención de Irán en Siria, que puede situar fuerzas de Teherán en la frontera con Israel, país al que ha jurado destruir, y su protagonismo histórico y sociológico en Afganistán otorgan al régimen chií un papel de actor principal en el escenario regional. Y algo parecido está pasando con Pakistán, cuya situación actual no puede ser desligada de la de Afganistán. Si a eso unimos que Irán tiene estrechos lazos con Rusia y Pakistán con China y que ambos ven como, poco a poco, aumentan su presencia en los conflictos de la zona las repúblicas centroasiáticas, en algunas de las cuales hay una importante influencia turca y en todas, y en mayor grado, de Rusia, tenemos el bosquejo de un escenario de pesadilla.

Puede ser una exageración afirmar que únicamente Rusia, entre las grandes potencias, ve ese escenario en su globalidad y tiene una estrategia adecuada a sus intereses nacionales. Probablemente en Estados Unidos se vea perfectamente lo que está ocurriendo, pero la inercia de la parálisis de Obama y la indecisión e improvisación de Trump no permiten adivinar si va a dibujarse una estrategia global en la que, por cierto, La Unión Europa ni ninguno de sus Estados miembros parece querer asumir papel alguno. Pero la realidad es que Putin va ampliando su esfera de influencia mientras Estados Unidos se repliega y China va colocando peones en la histórica Ruta de la Seda con paciencia y determinación.

La globalización afecta también a la política y debería afectar a la forma de ver los escenarios y adoptar las decisiones oportunas. Pero, al menos en las manifestaciones externas y en los análisis que se presentan esto parece estar ausente. Y no, esta no es una buena noticia.

El huracán contra Trump y el mito de Obama

Como era previsible, la toma de posesión de Donald Trump se convirtió en un huracán mediático contrario al inefable personaje y una ola de protestas más sonoras en los medios que en las calles, aunque han sido importantes. Dígase, de paso, que entre los manifestantes estaban entusiastas de Fidel Castro, comprensivos con Irán, justificadores de Hizbullah y otros personajes. En todo caso, el desbocado, directo y políticamente incorrecto Trump ha situado en el centro de la escena el simplismo argumental, la apelación a las emociones y las verdades a medias como hoja de ruta, y eso es lo preocupante.

Sin embargo, tal vez sería bueno afirmar que esto no puede ser una excusa para justificar la gestión de un Obama soberbio, con mucha más propaganda que realidad, titubeante ante los grandes problemas, de hermosas palabras pero pocas realidades. Ha sido esta retirada cauta de la escena internacional la que ha dejado el terreno libre al audaz Putin para devolver la política exterior rusa al primer plano y, lo que puede ser más grave para Europa, para explicarla como algo necesario para la estabilidad mundial, más incluso que para los intereses nacionales rusos  encontrando no pocos simpatizantes a la moda de la vieja propaganda soviética que Putin conoce muy bien. Sobre esta base está marchando su estrategia de influir cada vez más en Europa contra los propios intereses de la Unión Europea, si entendemos por estos la defensa de la libertad económica, política y del imperio de la legalidad por encima de los gobiernos.

El proteccionismo económico toma la Casa Blanca

Washington.- Desde el principio de su candidatura, Donald Trump ha sido claro y preciso con la idea de apostar por un proteccionismo económico que devuelva la riqueza a los ciudadanos estadounidenses al precio que sea. Todo apunta a que el centro de atención estaría en una ruptura de relaciones comerciales con China. Ha acusado al gobierno chino una y otra vez de manipular su moneda, de invadir el mercado estadounidense con productos cuyo valor no se corresponde con el real. Incluso ha amenazado con denunciarles frente a la Organización Mundial de Comercio por irregularidades.

En los ya escasos días de presidencia de Obama, mientras la nostalgia embarga a los demócratas por su partida, el presidente electo finiquita la lista de elegidos para formar gobierno.

Uno de los últimos es Robert Lighthizer que se convertirá en el Representante Comercial de América (US Trade Representative). Con una trayectoria política conocida, trabajó para la presidencia de Ronald Reagan y es uno de los mayores opositores al Acuerdo de Asociación Transpacífico (TPP). Además de que se le conoce como el enemigo a acuerdos comerciales donde se vean comprometidos los intereses estadounidenses. Un conservador que, en su momento, cuestionó la adhesión de John McCain a las políticas de libre comercio.

En palabras del mismo Trump, “Lighthizer tiene amplia experiencia en lograr acuerdos que protegen algunos de los sectores más importantes de nuestra economía y ha luchado reiteradamente desde el sector privado para impedir que los malos acuerdos perjudiquen a los estadounidenses…”

Un mes antes fue nombrado Peter Navarro como Director Comercial e Industrial, (Director of the National Trade Council) y que, según el New York Times, es el único economista con credenciales del círculo cercano a Trump. Es profesor de Economía y Política Públicas de la Universidad de California y escritor de dos libros que alertan del peligro de China. Uno de ellos, Muerte por China (Death by China), se convirtió en un documental que cuenta con un extenso número de entrevistas a políticos de diversas tendencias, economistas, ambientalistas, hombres de negocios, e incluso empleados de manufacturas que se han trasladado a China. En el filme se busca alertar del masivo riesgo que China representa para la economía americana, con datos como que 25 millones de estadounidenses no pueden encontrar trabajos decentes, 50.000 industrias han desaparecido, o la deuda nada insignificante que tiene el Estado Americano con Pekín de 3 trillones de dólares. La BBC denomina a Navarro “el feroz crítico de China”.

Muchos de los argumentos contra China usados por Navarro a lo largo de su carrera son los mismos que ha venido repitiendo el ahora elegido presidente. No en vano lo ha acompañado como asesor de la campaña. Seguramente fue esta influencia, la que llevó al nuevo presidente a decidir crear una oficina dentro de la Casa Blanca que unirá la conducción de las estrategias de intercambio comercial, la evaluación de las manufacturas domésticas y la identificación de nuevas oportunidades para generar empleo en este sector, de acuerdo con el Washington Times.

Y para cerrar la triunvirato, el nombramiento de Wilbur Ross, el pasado noviembre tampoco dejó a nadie inadvertido. Multimillonario, conocido por adquirir negocios quebrados y transformarlos en prósperos, se trata de un acérrimo proteccionista de la economía estadounidense. Duro crítico de la caída de empleos de manufactura y denominado Míster Proteccionista por la revista “The Economist”, su gran maniobra fue salvar, entre 2002 y 2003, una fábrica textilera en Carolina del Norte, que había declarado bancarrota, justo después de la entrada de China a la OMC. La situación y la audacia de Ross le llevó al DC a hacer lobby para mantener los aranceles de los textiles con el objeto de proteger a la muy golpeada industria.

El portavoz del equipo de transición de Míster Trump ha dicho que, de ser confirmado Ross, él podría empujar y expandir las exportaciones y reducir las importaciones. Con experiencia en el sector de Acero y Textil, podría jugar un rol completamente opuesto al que han tenido los anteriores secretarios de comercio.

Con estos personajes dirigiendo las políticas comerciales y de intercambio de los Estados Unidos, habrá un cambio de rumbo que puede desembocar en un proteccionismo extremo, en donde las exigencias por parte del gobierno a las Industrias estadounidenses se vean coaccionadas a tomar decisiones de retornar o de lo contrario recibir sanciones. Esta situación se aleja mucho al libre comercio que ha caracterizado esta nación.

China por su parte, presionará posiblemente con el monto astronómico que le adeuda este gobierno para impedir la movilización de empresas, y entrar en un juego de poder.

Como dijo Dan Ikenson (The Cato Institute Think Tank), esos 3 chicos juntos pueden crear muchas travesuras. ¿Serán estas travesuras las que darán nombre a las nuevas políticas de Comercio e intercambio comercial e industrial del gobierno de Trump?

Putin-Trump, los riesgos de un eje emergente

Las últimas decisiones de la Administración Obama expulsando a oficiales de Inteligencia y diplomáticos rusos acusados de interferir en las elecciones presidenciales recientes, y las reacciones respectivas de Putin y de Trump, parecen visualizar lo que Trump ha venido anunciando de reformular las relaciones con Rusia en un escenario que ambos presidentes parecen ver de un modo similar, además de abrir una crisis con pocos precedentes entre el inminente inquilino de la Casa Blanca y los servicios de Inteligencia de los Estados Unidos.

 

No se trata en realidad de que Trump y Putin vayan a aliarse más allá de ponerse de acuerdo en el desacuerdo. Ambos ven el mundo como un campo donde defender los intereses nacionales de sus países tal como ellos los entienden y, a la vez, ambos responden a impulsos nacionalistas sobre los que han asentado su popularidad. Pero ese acuerdo sobre el desacuerdo, que puede llevar a un nuevo reparto de esferas de influencia, puede ser una mala noticia para Europa, para una Europa que lleva décadas renunciando a jugar colectivamente en una esfera de influencia limitándose algunos de los países con más tradición imperial a jugar a su modo en la más vieja tradición.

 

Putin ha aprovechado de manera magistral, despiadada y sin complejos las oportunidades que le ha brindado una Europa paralizada y una administración Obama contradictoria y renuente. Y con esa ventaja adquirida va a fijar sus relaciones con un Trump que quiere unos EEUU más individualistas, más proteccionistas y más unilaterales. Es decir, lo que a Putin le viene mejor. Ese es el riesgo.