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La doctrina Ledeen

“¿Cuándo fue la última vez que ganamos una guerra?”, se preguntaba Donald Trump el pasado 26 de febrero ante una enfervorizada masa de republicanos. El hombre lleva razón. Desde Vietnam, Estados Unidos no levanta cabeza. Lo han corrido por los rastrojos en Somalia, en Irak, en Afganistán. Y la razón es obvia. La desveló él mismo hace años en Playboy: “El mundo entero se ríe de nosotros porque derrochamos cada año 150.000 millones de dólares en proteger a países ricos a cambio de nada”. Pero esto se ha acabado. Ya está bien de sacrificarse por el prójimo. A partir de ahora va a pensar más en sí mismo y, como esos cincuentones en crisis que salen disparados de la consulta del terapeuta al concesionario de Harley y se regalan una Fat Boy, Trump se ha dado el caprichito de aumentar el gasto militar.

El presupuesto estadounidense en defensa ya es descomunal. Supera los 600.000 millones de dólares, lo que equivale al PIB de Argentina, la vigésimo primera economía del planeta. Este poderío le da una superioridad abrumadora en el campo de batalla. Aunque no hay datos precisos, se estima que por cada baja que los talibanes infligen a las tropas aliadas, estas les ocasionan 10.

El problema es que las campañas no se ganan solo matando. Hay que ocupar el terreno y eso exige una mentalidad que no abunda en nuestras acomodadas sociedades. Pocos occidentales están dispuestos a instalarse permanentemente en Asia, como hacían los oficiales de la Inglaterra victoriana. Los afganos lo saben y, aunque muchos de ellos odian a los talibanes, no se atreven a indisponerse con quienes consideran que tarde o temprano acabarán mandando.

¿Está condenado entonces Washington a ir de derrota en derrota? En absoluto. Acuérdense del arquero zen al que preguntaron cuál era el secreto de su gran puntería. “Primero lanzo la flecha”, respondió, “y luego pinto la diana”.

Lo mismo pasa con las guerras. La regla fundamental de cualquier estratega es elegir bien a quien se ataca. “Si la victoria es segura, es apropiado entablar combate”, enseña Sun Tzu. Es lo que hizo Ronald Reagan con Granada. Uno de los congresistas que investigaron la operación cuestionó su procedencia. “No corrían peligro ni un niño ni un civil americano”, señaló, como si eso fuera relevante. Cuando lo que se busca es el triunfo, no puede uno enredarse en consideraciones de seguridad o humanitarias. Ese fue el error de Lyndon B. Johnson, Bill Clinton y George W. Bush, y por eso acabaron embarrancados en Vietnam, Somalia e Irak.

Trump ha aprendido la lección. Es un firme seguidor de Michael Ledeen, un historiador famoso por la doctrina del mismo nombre que el columnista Jonah Goldberg resume así: “Cada 10 años, Estados Unidos necesita agarrar un pequeño país de mierda y arrojarlo contra la pared, únicamente para demostrar al planeta cómo se las gasta”.

Muchos de ustedes quizás objeten que difícilmente mejorarán así las relaciones internacionales, pero una vez más plantean la cuestión equivocada. La pregunta no es: “¿Cómo vamos a hacer del mundo un lugar seguro?”, sino “¿Cuándo fue la última vez que ganamos una guerra?”

Tener superávit comercial mola, pero mola más tener el dólar

Igual que tantos empresarios metidos a políticos, Donald Trump no puede evitar establecer una analogía entre la balanza comercial de un país y la cuenta de resultados de una compañía, y el déficit le pone lógicamente de los nervios. “Estamos perdiendo una enorme cantidad de dinero, de acuerdo con muchas estadísticas, 800.000 millones de dólares”, declaraba en 2016 al New York Times. “No me parece inteligente”.

Se trata de un temor injustificado. La posición de la balanza comercial no es un indicador fiable de la marcha de una economía. El superávit puede deberse a que sus ciudadanos ahorran y sus artículos son competitivos, lo que a su vez promueve las exportaciones y el bienestar a largo plazo, como pasa con Alemania. Pero puede ser asimismo fruto de una caída de las importaciones causada por el desplome del consumo interno. Los griegos llevan reduciendo su desequilibrio exterior desde 2008 y a nadie se le ocurre decir que van como un tiro. “Si los superávits comerciales fuesen tan buenos”, escribe Don Boudreaux, un catedrático de la Universidad George Mason, “los años 30 habrían sido una era dorada en Estados Unidos”. El único ejercicio de esa década en que su balanza comercial presentó números rojos fue 1936. “En cada uno de los nueve restantes arrojó superávit”.

Por su parte, el déficit puede indicar una expansión insostenible del gasto, como la que los españoles y los irlandeses protagonizaron a raíz de su ingreso en el euro, y eso tarde o temprano se paga. Pero también es una secuela inevitable de las compras de maquinaria necesarias para impulsar el desarrollo. El milagro de los tigres asiáticos fue acompañado de aparatosos déficits por cuenta corriente. El propio Estados Unidos los ha registrado la mayor parte de su existencia, “desde 1790 hasta nuestros días”, subraya Walter E. Williams, otro profesor de la George Mason. “Y durante ese periodo pasamos de ser una nación pobre y relativamente débil a la más próspera y poderosa”.

“Hay que tener cuidado con lo que se desea”, observa Neil Irwin. Una de las razones por las que a Washington le resulta más complicado cuadrar su balanza exterior es porque su banco central emite la principal divisa de reserva del planeta. “Cuando una empresa malaya hace negocios con otra alemana”, escribe Irwin, “emplea a menudo dólares, y cuando los magnates de Dubai o el fondo soberano de Singapur quieren colocar sus ahorros, eligen en buena medida activos denominados en dólares”.

Esta demanda revalúa el billete verde y hace menos competitivos los productos de Estados Unidos, pero también le permite disfrutar de tipos de interés bajos, anima su renta variable e impide que los capitales salgan pitando al extranjero al menor atisbo de recesión. “En 2008, cuando el sistema bancario estuvo al borde del colapso, pasó todo lo contrario”.

Y las ventajas no son solo económicas. “La centralidad del dólar en las finanzas mundiales”, sigue Irwin, “le proporciona [a la Casa Blanca] un poder del que nadie más disfruta”. Para implementar las sanciones a Irán, Rusia o Corea del Norte, le bastó con advertir que cortaría el suministro de dólares a cualquier entidad que no cooperase.

Si Trump quiere que América siga siendo influyente, le conviene preservar este resorte, aunque uno de sus efectos secundarios sea el déficit comercial. Al fin y al cabo, tampoco parece haberle impedido progresar espectacularmente.

INTERREGNUM: Vuelven las Spratly

El pasado 22 de febrero, Reuters desveló que China ha concluido la construcción de dos docenas de estructuras en las siete islas artificiales que controla en el mar de China Meridional; estructuras aparentemente diseñadas para albergar misiles tierra-aire de largo alcance.

Pese a sus promesas de no militarizar las islas, el gobierno chino ha continuado consolidando su dominio de un espacio clave para la navegación marítima, por el que circula la mitad del comercio internacional, el sesenta por cien del gas y el petróleo, y un porcentaje aún mayor de las exportaciones e importaciones de la República Popular. La expansión de sus capacidades de defensa aérea representa una clase señal de sus intenciones para los países de la región, pero también para Estados Unidos, cuya nueva administración afronta así un desafío añadido en Asia tras el reciente lanzamiento de un misil por parte de Corea del Norte en el mar de Japón.

Pekín, que ha reconocido la existencia de dichas estructuras, afirma su naturaleza meramente defensiva. No obstante, en su intento por modificar el status quo mediante una política de hechos consumados, sus acciones sitúan a Washington ante la obligación de pronunciarse. Las potencias en ascenso suelen poner a prueba a las establecidas para averiguar el alcance de su voluntad de intervención, y sembrar la duda sobre la credibilidad de sus compromisos de seguridad.

Los movimientos chinos tienen, por tanto, un impacto directo sobre sus vecinos. El día anterior a la publicación de la noticia, concluyó en Boracay una reunión de los ministros de Asuntos Exteriores de la Asociación de Naciones del Sureste Asiático (ASEAN), en la que—de manera unánime—manifestaron su preocupación por la militarización de las Spratly, aunque sin mencionar de manera explícita a China. El ministro filipino, Perfecto Yasay, actual presidente rotatorio de la organización, declaró además su optimismo sobre la adopción en unos meses, tras más de 10 años de negociación, de un código de conducta vinculante entre Pekín y la ASEAN sobre el mar de China Meridional.

En el año que celebra su L aniversario, la ASEAN se esfuerza por transmitir una imagen de unidad y cohesión, sin la cual corre un grave riesgo de irrelevancia como actor estratégico. Pero China tiene sus medios—económicos y financieros en particular—para dividir al grupo y contar con el apoyo de sus Estados más débiles. Quizá también observa la nula atención prestada al sureste asiático por la administración Trump, cuya política asiática se ha limitado hasta la fecha a reafirmar sus alianzas con Tokio y Seúl, y a confirmar—tras unas primeras declaraciones contradictorias—la política de una sola China con respecto a Taiwán.

Antes de su primer viaje a Asia, previsto para el próximo otoño, Trump deberá dar forma a una estrategia regional más elaborada, que quizá no sea tan diferente de la formulada por su competidora de campaña, Hillary Clinton, bajo el presidente Obama. El cambio en la distribución de poder en Asia y las fuerzas estructurales que conducen a la competencia entre Washington y Pekín son independientes de los líderes de turno. Pero mientras se rechaza el criterio de los antecesores para buscar una nueva fórmula que—por la naturaleza de los intereses en juego—, será parecida pero con otro nombre, pasarán varios meses durante los cuales Pekín seguirá avanzando—de manera cada vez más irreversible—en la transformación del orden regional.

¿Filipinas, amigo o enemigo de los Estados Unidos?

Washington.- Filipinas, el archipiélago con más de 7000 islas, que goza de una ubicación estratégica en el Pacífico y con una de las líneas costeras más extensas del mundo, es una de las naciones más occidentalizadas del Pacífico, en parte debido a las estrechas relaciones que han mantenido con los Estados Unidos en las últimas décadas. Sin embargo, con el lenguaje soez de ambos líderes nacionales, la situación podría cambiar considerablemente.

Para Estados Unidos, Filipinas es un país clave en el Pacífico para mantener el pulso con China. Como quedó demostrado hace un par de años, cuando Filipinas comenzó el litigio por los islotes del sur ante la Corte Permanente de Arbitraje de la Haya, alegando que son rocas y no islas, matiz semántico fundamental, pues según la ley internacional de ser catalogadas como islas China ganaría automáticamente 200 millas náuticas. A pesar de que el tribunal rechazó los argumentos chinos basándose en que carecen de fundamento legal, Beijing se niega a reconocer el dictamen.

Estados Unidos y Filipinas tienen muchas décadas de relaciones diplomáticas, además de estrechos vínculos militares que comenzaron con George Bush, quien, en el marco de los ataques terroristas del 2001, puso en marcha un programa de capacitación y asistencia para las fuerzas armadas filipinas, para prevenir el crecimiento de “Abu Sayyaf”, grupo islámico separatista asentado en el sur, que se creó con dinero proveniente de Osama Bin Laden.

Estas relaciones se fortalecieron aún más durante la Administración Obama. El expresidente Aquino veía a China como potencial peligro, tanto para su país como la región, coincidiendo con la política exterior de Obama. Filipinas se benefició de recibir la mayor asistencia marítima dada por los estadounidenses en la región. Tan solo el año pasado acordaron la instalación de cinco bases militares americanas permanentes en diferentes puntos de la nación asiática. Obama veía esencial posicionarse en los más de 36.000 km de costa filipina para mantener protagonismo y presencia en el Pacifico. Según el Think Tank CSIS, Estados Unidos debería aumentar el tiempo de sus maniobras aéreas y marítimas en los Estados litorales del Mar meridional de China para dejar claro que están presentes y que no permitirán expansionismos o violaciones de las leyes internacionales.

El actual presidente filipino, Rodrigo Duterte, famoso por su retórica populista e impulsiva, ha expresado desde su campaña electoral que  buscará acercarse a China y a Rusia para cortar con la dependencia que tienen con Washington, poniendo énfasis en la adquisición de armamento. Rusia ha hecho una fuerte campaña en el sureste asiático para introducir y vender armas más allá de Vietnam, su viejo cliente. Los rusos ofrecen armamento más barato que los estadounidenses y créditos y compensaciones para hacerse más competitivos.

En Manila con Duterte y en Washington con Míster Trump, el tono de las relaciones puede llegar a ser ofensivo y desproporcionado viendo de lo que son capaces cada uno por separado. Sin embargo, es en interés de ambos intentar mantener un tono cordial y cooperante.  Filipinas, por su parte, tiene una fuerte dependencia militar de Estados Unidos y  debería protegerse de las intenciones expansionistas chinas y/o rusas apoyándose en los norteamericanos. Y Estados Unidos conoce la importancia de mantener neutralizada a China, punto crítico de la política exterior de Trump, tal y como han expresado en múltiples ocasiones. Para ello debe robustecer su presencia en el Pacífico, apoyándose en sus aliados regionales, Corea del Sur, Japón y Australia. Con Vietnam como amigo y con Filipinas de la mano, el Pacífico podría ser el mayor freno para una China imperialista que tiene la segunda economía más fuerte del mundo, la mayor población del planeta y un gran deseo de reinar.

Taiwan, una china en el zapato de Estados Unidos

La conversación telefónica entre Donald Trump y la presidenta de Taiwan, Tsai Ing-wen , ha levantado una polvareda, no tanto por poner patas arriba la relación entre China y Estados Unidos, afirmación que cabría calificar de exagerada, sino porque, realizada de manera aparentemente apresurada, antes de la investidura, antes de designar un nuevo secretario de Estado y poco después de haber anunciando un cambio en la política económica de EEUU hacia el Pacífico, encendió las alarmas de la escena internacional por lo que podría tener de ejemplo de lo que sería la política exterior norteamericana en la era Trump.

 

Para analizar lo ocurrido hay que hacer dos precisiones. La primera, que Trump, con sus opiniones escandalosas durante la campaña electoral, ha contribuido a justificar cierta imagen de Estados Unidos, esquemática y caricaturesca, abonada por medios de comunicación europeos y de algunos demócratas estadounidenses y la izquierda europea. La segunda, que China no le dio importancia en las primeras horas hasta que descubrió que el escándalo creado en los ambientes citados anteriormente le ofrecían una oportunidad de marcar territorio frente a la emergente Administración Trump. Y a continuación hay que añadir que el propio Trump ha afirmado que no cuestiona el actual estatus en el que Estados Unidos reconoce al régimen de Pekín y no al de Taipei, que no obstante se mantiene el compromiso de contribuir a la defensa de la isla y que le asiste el derecho a hablar con cualquier dirigente político del mundo. Es decir, que no se ha alejado ni un ápice de la política tradicional defendida por el Partido Republicano desde que estableció su nueva política respecto a China.

 

En este escenario hay que situar el incidente. Trump ha llegado como elefante en cacharreria y, aunque tome decisiones y defina políticas que progresivamente van encajando en la postura de la derecha republicana que no son nuevas, va a estar preso de su imagen y de la engrasada maquinaria de propaganda ideológica de sus adversarios. Pero, a la vez, eso no debe hacer perder la perspectiva de que el presidente electo ejerce de bocazas y de impulsivo en una situación en que cualquier desliz puede conducir a situaciones ingobernables.

 

Por otra parte, está el asunto Taiwan. Aquel régimen es el heredero histórico y político del gobierno chino que fue derrotado por la revolución de Mao Tse Tung y que instaló en la isla en los primeros años un sistema corrupto y con un importante déficit democrático que ha evolucionado hacia una sociedad de valores occidentales. Estados Unidos, y Europa en menor medida, han estado durante décadas cerca de Taiwan hasta que el realismo político y el económico han obligado a equilibrar las relaciones con la China continental. Y, en el marco actual de una China que ha gozado de una liquidez que le ha permitido comprar deuda occidental y realizar inversiones en todo el mundo, aunque hay que estar atento a los síntomas de desequilibrio que pueden darnos una sorpresa en cualquier momento, Taiwan no puede ser ni reconocida ni abandonada. Por razones humanitarias, culturales, históricas,políticas y estratégicas. Así las cosas, Taiwan es una china en el zapato norteamericano y lo será mucho tiempo sea quien sea el residente en la Casa Blanca.