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Corea del Norte, el príncipe reloaded

Occidente menospreció el régimen de Pyongyang antes incluso de que naciera. Harry Truman creyó que Moscú aprovecharía la retirada japonesa de Corea del Norte para ocupar su lugar y que el desconocido Kim Il Sung era un títere de Iósif Stalin, pero resultó al revés. Kim se sirvió de Stalin para hacerse con la presidencia del Partido Popular y, desde ella, reunió un ejército con los soldados que habían luchado en la guerra civil china y se construyó una sólida base de poder. En septiembre de 1948, cuando se proclamó la República Democrática Popular de Corea, su nombramiento como primer ministro fue acogido con naturalidad y hacia 1949 se sentía lo bastante fuerte como para invadir el sur del país antes de que el sur del país lo invadiera a él.

La guerra no cambió nada en términos estratégicos. Corea siguió dividida por el paralelo 38, la frontera que Roosevelt y Stalin habían pactado para sus respectivas zonas de administración en 1945. Pero en lo económico los tres años de bombardeos fueron demoledores. No quedó ni un edificio en pie. Kim recurrió a una sucesión de programas plurianuales y los primeros salieron muy bien. El PIB crecía a tasas de dos dígitos y, a mediados de los 70, la CIA admitía que la renta per cápita era similar a la del sur. Los visitantes extranjeros veían pocas colas delante de las tiendas y los restaurantes, y la atmósfera era más optimista que en otros regímenes comunistas.

Los problemas surgieron en los 80. El primero fueron las limitaciones propias del modelo de desarrollo. La planificación central funciona bien para salir de la pobreza, pero sin la disciplina del mercado no existen muchos incentivos para innovar y, sin innovación, el progreso se agota tarde o temprano.

El segundo contratiempo fue geopolítico. Con la llegada de Mijail Gorbachov se esfumaron los cientos de millones de ayuda que Pyongyang recibía de la URSS. Luego, en 1992, China insistió en cobrar a precios reales los artículos que antes suministraba por debajo de coste y la importación de petróleo y cereales se hundió.

El último golpe lo asestó la naturaleza. El clima norcoreano permite una cosecha al año en condiciones favorables e, incluso cuando estas se dan, el rendimiento queda un 12% por debajo de lo necesario para mantener a su población. Pese a ello, Kim se empeñó en alcanzar la autosuficiencia o juche, un término que significa “identidad propia” y que, en materia agraria, se tradujo en el uso intensivo de fertilizantes y en la construcción de costosas instalaciones de regadío. Entre 1961 y 1988 la producción de cereales creció un 2,8% anual, pero la interrupción de la ayuda exterior redujo el acceso a los abonos que nutrían los cultivos y al carburante que movía las bombas. El suelo, además, se desgastó y, al depositarse en el fondo de los ríos, elevó su lecho y redujo su capacidad para absorber la lluvia. El resultado fue un aumento de las inundaciones, que en 1995 y 1996 adquirieron proporciones catastróficas. Luego en 1997 vendría una feroz sequía. Casi 800.000 personas murieron en aquel trienio.

Parecía el fin. Los expertos predecían la caída inminente del kimilsungismo y, de hecho, Barack Obama adoptó una posición de “paciencia estratégica”, confiado en que el empujoncito de las sanciones impuestas al tambaleante régimen por sus ensayos nucleares acabarían de echarlo abajo. Pero Pekín lo consideró siempre un planteamiento ingenuo y el reciente lanzamiento de cuatro misiles ha venido a darle la razón.

A los occidentales nos sorprende que unos líderes tan incompetentes como los Kim se perpetúen en el poder, pero en ningún lado pone que los gobernantes estén para atender las demandas de los gobernados. Maquiavelo ya advirtió que es mucho más seguro para el príncipe ser temido que amado y cada uno de los miembros de la dinastía norcoreana se ha preocupado por desplegar una crueldad implacable y meticulosa.

Pyongyang también ha explotado las diferencias de sus rivales. A Pekín le irritan las brutales ejecuciones de familiares en las que Kim Jong-un se ha especializado, pero nunca consentirá que la península se reunifique bajo el liderazgo de Seúl porque no quiere a un aliado incondicional de Washington al otro lado de la frontera.

Finalmente, el arsenal nuclear hace inasumible el coste de una invasión y se ha convertido en el fundamento de una lucrativa industria extorsionadora. Corea del Norte es una gigantesca pistola apuntada contra la sien de sus vecinos, que se apresuran a abrumarlo con ayuda humanitaria al menor signo de inestabilidad, no vaya a ser que le dé por apretar el gatillo. Los Kim ya no se molestan ni en dar de comer a sus súbditos.

Signos ambiguos


Medios oficiales chinos acaban de desmentir que se reducirán los presupuestos de Defensa tras circular un rumor, no menos oficial, en sentido contrario. La no reducción, incluso el previsible aumento de los gastos en defensa, es coherente con los planes oficiales de dotar a las fuerzas navales de más portaviones con mayores capacidades, submarinos más sofisticados y medios necesarios para proyectar tropas de combate por vía naval a territorios en disputa y eventualmente a Taiwán si llegara el momento de una intervención en la isla, un proyecto muy complicado pero nunca abandonado por China.
En todo caso, parece evidente que China tiene problemas de ajuste presupuestario y  habría que buscar la explicación en algo que los analistas vienen diciendo desde hace tiempo y es que el capitalismo salvaje de la economía china, dirigido, como no, con criterios autoritarios y centralizados propios del comunismo, estaría siendo incapaz de hacer frente a las demandas internas derivada de la creciente brecha, económica y social, entre las área rurales y las urbanas y entre unas regiones y otras, hasta el punto de configurarse la economía china en estos momentos como una gran burbuja en la que su extraordinaria liquidez sería el síntoma de un previsible derrumbe a corto plazo. De ahí que necesiten más fondos para resolver problemas internos urgente.
Pero esto no quiere decir que China quiera bajar la tensión ni atenuar su exhibición de músculo militar como apoyo a sus reivindicaciones territoriales y al reforzamiento de su presencia diplomática y comercial, sino más bien al contrario. Hace unas semanas, la agencia china de noticias Xinhua, anunciaba el envío de cazas, bombarderos y aviones de alerta temprana, así como barcos de guerra al estrecho de Miyako, entre las islas del sur de Japón y Okinawa, al noreste de Taiwán y hacia el Pacífico, “con el fin de mejorar la interoperabilidad de las Fuerzas Armadas”. Es para este escenario para el que China está destinando un importante porcentaje de su presupuesto militar.
No es fácil conocer todos los datos necesarios para tratar de adivinar el futuro inmediato de China, su posición y su economía, entre otras cosas porque hay un gran número de elementos aleatorios circulando por el planeta; pero a pesar de la ambigüedad de los gestos, algo se está moviendo en la zona geoestratégica del Pacífico.

¿Un año rumbo a la catástrofe?

2017 comienza percibido por gran parte de la opinión pública mundial como un año de incertidumbre y muchos apuntan que se inicia un rumbo hacia la catástrofe. Es, en gran parte, un sentimiento subjetivo que se justifica con criterios dispares. En realidad, este pensamiento está asentado sobre imágenes creadas en los grandes medios de comunicación, que tiene no poco que ver con posicionamientos ideológicos y viejos prejuicios.

Si se analizan los argumentos que se apuntan tenemos tres grandes líneas de pensamiento: los terribles conflictos suscitados por el islamismo radical; la emergencia de los populismos en los que los discursos de la extrema derecha y de la extrema izquierda coinciden inquietantemente, y, cómo no, la elección de Donald Trump para ser presidente de los Estados Unidos los próximos cuatro años. Y una cuarta línea, ya sostenida en el tiempo: el apocalipticismo general que mete en un mismo saco todas las profecías del horror: la catástrofe climática, el auge de la pobreza y la suprema miseria moral.

Sin embargo, los datos desmienten esos argumentos. Si enumeramos los conflictos bélicos existentes, concluimos que hay menos que nunca desde la Guerra Mundial, aunque el impacto audiovisual y del terrorismo cuando golpea Occidente amplifican sus ecos; los populismos merecen una atención pero, de momento, no hay una ola antidemocrática aunque esté más en los medios de comunicación que en las urnas, y Trump, cuyo principal error es su imprudencia, no ha definido una política que se concrete en una ruptura con la tradición republicana. Y recuérdese que se dijo lo mismo de Reagan y los Bush, padre e hijo. Además, las cifras hablan de crecimiento económico en África y de recuperación, lenta y desigual, en casi todas partes.

Eso no quiere decir que no haya riesgos. En la zona Asia Pacífico la tensión aumenta como consecuencia del rearme naval chino, el repunte del nacionalismo japonés, la anomalía agresiva de Corea del Norte y el refuerzo del protagonismo ruso, asuntos que exigen un análisis por separado y relacionándolos. Es en ese contexto en el que la imprudencia de Trump puede ser el desencadenante de elementos de crisis más graves. Hay que esperar que el pragmatismo chino, la contención japonesa y los elementos de equilibrio interno de Estados Unidos serán necesarios y determinantes.

Aplazamiento en la cumbre

TOKIO.- El Gobierno japonés comunicó hace una semana a las autoridades de China y Corea del Sur el cambio de fecha para la celebración de la su cumbre tripartita planificada inicialmente para diciembre de 2016.

Se celebrará el año que viene en fechas más convenientes, declaró el titular del Ministerio del Interior de Japón, Fumio Kishida. El ministro  subrayó que las autoridades niponas quisieran celebrar esta reunión lo antes posible, tras coordinar sus fechas con Corea y China.

El aplazamiento se relaciona con varios incidentes en cada unos de los países en los últimos meses, que amenazarían el clima de entendimiento. China ha criticado las sanciones contra Corea del Norte impuestas por Japón y Corea del Sur; Corea del Sur vive en plena crisis tras la moción de censura aprobada contra Park por el Parlamento del país contra Park Geun-hye, y Japón ha iniciado una intensa relación bilateral con Trump cuyas conclusiones no están claras.

¿Quo Vadis, Hong Kong?

Insultando a China en su toma de posesión como diputados del Consejo Legislativo de Hong Kong, Sixtus Baggio Leung Chung-Hang y Yau Wai-Ching, del partido Youngspiration, han provocado mucho más que su expulsión del parlamento y la consiguiente paralización del Consejo Legislativo.

Con este último incidente proindependentista y la reacción de la China continental (la Asamblea Nacional Popular de Pekín prohibió a los dos diputados electos volver a jurar el cargo), la excolonia británica se adentra en una compleja situación, bloqueada políticamente hasta las elecciones a Jefe Ejecutivo de la ciudad del próximo 26 de marzo y con la creciente presión del gobierno de Pekín, dispuesto a abortar cualquier amago de separatismo, una de las líneas rojas de la República Popular China, temerosa de un contagio en Taiwán, Xinjiang o Tíbet.

La (aparentemente) insólita intervención del gobierno de la República Popular en la vida judicial de la ciudad es solo el último eslabón de una calculada estrategia para ir despojando a la ciudad del status especial que había mantenido desde su retrocesión por parte del Reino Unido en 1997. Desde entonces, la llegada de ciudadanos de la China continental, bien alentada o bien permitida por esta, ha provocado un paulatino deterioro de las condiciones de vida de la ciudad en diferentes áreas como sanidad, educación, precio de la vivienda y, sobre todo, en el sector financiero, tradicional motor económico de Hong Kong. Aquí, China ha centrado sus esfuerzos en desarrollar económicamente otras ciudades como Shanghai, Shenzen o Guangzhou, con lo que la excolonia ha pasado de ser la puerta de acceso de China al mundo comercial y financiero global, a una de las ciudades con el reparto de la riqueza más desigual del país, sin industria ni empresas de alta tecnología, y como se ha visto, con su preeminencia financiera muy mermada.

De este modo, Pekín está mirando ya a la integración definitiva de Hong Kong en China, prevista para 2047, 50 años después de la devolución de la colonia y de aceptar para esta una amplia autonomía judicial, política, financiera y legal y de libertad de expresión; y lo hace tratando de poner la venda antes de la herida, recortando poco a poco los privilegios de la ciudad con un progresivo control de la vida política, con la compra a través de empresas afines de los principales medios de comunicación, e igualando el nivel de vida de la ciudad, el más alto de la República Popular en el momento de la retrocesión, con el del resto del país. Probablemente, Pekín piensa que una Hong Kong más parecida al resto de China será una Hong Kong menos problemática y sobre todo, dejará de ser un espejo en el que el continente quiera mirarse en términos de democracia.

Queda por ver la aceptación de esta estrategia por parte de los propios hongkoneses, que como ya demostraron en septiembre de 2014 con el movimiento Occupy Central (la conocida como Revolución de los Paraguas) no están dispuestos a aceptar recortes en sus privilegios democráticos, por lo que la estrategia de una paulatina mayor injerencia de Pekín en los asuntos de Hong Kong para tener más control en la excolonia podría paradójicamente, provocar mayor inestabilidad, desequilibrio y sentimiento independentista.