Espiral

¿Pero qué pasa con el mundo? Nieves C. Pérez Rodríguez

Washington.- En los últimos días parece que se han soltado a los jinetes del apocalipsis. Por un lado los tremendos huracanes que han golpeado sin piedad a las islas del Caribe, las costas de Florida y los múltiples terremotos que han azotado a México; por otro el presidente Trump que aparece en el foro internacional que ha mantenido la paz relativa en el planeta durante más de medio siglo afirmando sin ninguna delicadeza que su prioridad es y será América primero, dejando por el suelo la esencia de Naciones Unidas y menospreciando su trayectoria y los logros en la estabilidad del mundo. Y, por si fuera poco, rematando su discurso con la amenaza de la destrucción total de Corea del Norte.

Si el discurso de Trump sorprende, la respuesta a éste tampoco deja a nadie inadvertido. Kim Jong-un afirma que “domará con fuego al viejo chiocho estadounidense mentalmente desquiciado”. Lo que en otras palabras viene a ser lanzamiento de más misiles, que si además tomamos las declaraciones hechas por el ministro de exteriores norcoreano se podría deducir que se están refiriendo a probar la bomba nuclear más potente sobre el Pacífico, lo que podría tener consecuencias fatales para la zona y los aliados estadounidenses en la región. Pero, además, Pyongyang podría estar intentando replicar lo que hizo China en la década de los 60 para demostrar su capacidad nuclear con una detonación atmosférica de un arma atómica, lo que le otorgó a China el reconocimiento de un estado nuclear.

La nueva dinámica de la diplomacia estadounidense es inédita. Mientras el presidente no modera su vocabulario con el uso de “hombre cohete” u “hombre loco” para definir a Kim Jong-un, bien sea en su cuenta de twitter o en sus discursos; el secretario de Estado Tillerson intenta normalizar la situación a través de reuniones privadas. Mientras, Nikki Haley, embajadora estadounidense ante la ONU, aumenta su zona de influencia en la diplomacia internacional y con un tono más regio ha ido dando pasos importantes, como las ultimas sanciones aprobadas por el Consejo de Seguridad en contra de Corea del Norte, las más severas hasta ahora, que otra vez contaron con el apoyo de China y Rusia.

Este paquete de sanciones prohíbe una serie de exportaciones norcoreanas, incluido textiles, carbón y mariscos, lo cual tiene el objetivo de eliminar un tercio de los ingresos por exportaciones del país. Las estimaciones indican que Corea del Norte exporta alrededor de 3.000 millones dólares en bienes cada año, y que las sanciones podrían eliminar 1.000 millones de dólares de ese comercio. Además, limita a 500.000 barriles de derivados del petróleo a partir de octubre y hasta 2 millones de barriles al año, de acuerdo a documentos oficiales de Naciones Unidas.

En lo que hay unanimidad es en el inminente peligro de Corea del Norte y sus juegos nucleares, que con cada prueba afina su capacidad atómica. Finalmente, las grandes potencias están alineadas para castigar el arbitrario comportamiento de Pyongyang y vigilar si el compromiso de China es total. Por primera vez, Kim Jung-un podría encontrarse en una situación de aislamiento absoluto y sin proveedor que satisfaga sus necesidades.

La paciencia parece agotarse en este lado del planeta. La noche del sábado sobrevolaron la zona desmilitarizada entre las dos Coreas bombarderos estadounidenses, otro aviso de Washington a Pyongyang, que de acuerdo al Pentágono “es un claro mensaje de que el presidente tiene muchas opciones militares para derrotar cualquier amenaza”. En pocas palabras, que están listos para atacar.

Quo Vadis

INTERREGNUM: Sureste asiático: ¿transición o retroceso? Fernando Delage

El sureste asiático, cuyas diez economías—desde 2015 integradas en la Comunidad de la ASEAN—se encuentran entre las de más alto crecimiento del mundo, representa un espacio decisivo en las redes de producción de la economía global, además de contar con algunas de la vías marítimas de comunicación más relevantes del planeta. El salto dado desde la descolonización en la década de los cincuenta es innegable. También lo es, sin embargo, la insuficiente modernización política de sus sociedades. ¿Por qué algunos de los países más ricos, como Malasia, están rodeados de corrupción? ¿Por qué Tailandia, Filipinas o Birmania no resuelven sus insurgencias locales? ¿Por qué ha habido una marcha atrás de la democracia en la zona?

Michael Vatikiotis, un veterano observador de la región, intenta responder a éstas y otras preguntas en su nuevo libro “Blood and Silk: Power and Conflict in Modern Southeast Asia” (Weidenfeld and Nicolson, 2017). Tres grandes factores explican, según Vatikiotis, los problemas de este conjunto de países. El primero de ellos es la desigualdad: pese a varias décadas de crecimiento sostenido, son las elites locales las que han acumulado riqueza y poder, sin preocuparse por el bienestar general de unas sociedades que, como consecuencia, no perciben los beneficios de la democratización.

Una segunda variable es la irrupción de los discursos identitarios. Sobre bases bien religiosas, bien étnicas, la tolerancia que facilitó la estabilidad del sureste asiático durante décadas está dando paso a nuevas políticas de exclusión. La degradación del pluralismo ha abierto el espacio a los extremismos y facilita la irrupción de conflictos internos, en un proceso ya alimentado por el deterioro de las condiciones socioeconómicas y los abusos de las autoridades. En vez de afrontar este desafío de manera directa y recuperar la tradición local de inclusión, los gobiernos se han dejado llevar por la inercia conservadora que, según creen, les asegura su permanencia en el poder. Líderes elegidos por los votantes pero de perfil autoritario, prefieren manipular etnia y religión —o argumentos de seguridad, como Duterte en Flipinas— con fines políticos en vez de defender los derechos y libertades constitucionales.

Un tercer factor está relacionado con la influencia de las potencias externas. Con un cuarenta por cien de población musulmana (aunque Indonesia representa por sí sola el grueso del total), el sureste asiático no escapa a la competencia entre Arabia Saudí e Irán por el control del islam, como refleja la financiación de escuelas y grupos religiosos, origen de un entorno favorable a la expansión del radicalismo. La creciente proyección económica y diplomática de China en la región está convirtiendo al sureste asiático, por otra parte, en terreno de rivalidad entre las grandes potencias, creando nuevas tensiones geopolíticas.

El futuro inmediato de la región aparece rodeado pues de incertidumbres. La falta de respuesta de los gobiernos a las quejas ciudadanas agrava el escepticismo de las clases medias sobre la democracia, vista como un medio más que como un fin en sí mismo. Pero la persecución de la oposición y el recorte de libertades empujará a grupos sociales a organizarse frente a las autoridades, o a redefinirse sobre bases distintas de la ciudadanía nacional, con la consiguiente amenaza de inestabilidad. El riesgo de sectarismo étnico y religioso en Indonesia y en Birmania, la desintegración del pacto social en Malasia entre malayos, chinos e indios, la permanencia de un gobierno militar en Tailandia, o la debilidad institucional de la democracia filipina reflejan una inacabada transición política interna, contradictoria con la relevancia económica que ha adquirido el sureste asiático en el mundo del siglo XXI.

Hamburguesa

¿Qué tiene en la cabeza ese niño gordito y loco? Miguel Ors.

El Brillante Camarada Kim Jong-un celebró el 4 de julio, la fiesta nacional de Estados Unidos, con sus propios fuegos artificiales: un misil de carga nuclear capaz de alcanzar Alaska. “La probabilidad de un conflicto catastrófico es demasiado alta como para que nadie se sienta cómodo”, comenta Zack Beauchamp en Vox. Como han hecho las dictaduras toda la vida, Corea del Norte busca un enemigo externo cuando pierde adhesión interna y, dada su acreditada ineptitud, esto sucede bastante a menudo.

El hecho de que disponga de un arsenal atómico hace extremadamente peligrosa esta dinámica. No se trata solo de que un día se le vaya la cabeza a ese “niño gordito y loco”, como llama John McCain a Kim. Sus provocaciones también podrían dar lugar a una respuesta mal medida por parte del temperamental Donald Trump o de la vecina Seúl, donde incluso han considerado la posibilidad de un magnicidio. “Jeffrey Lewis, director del Programa de No Proliferación de Extremo Oriente”, escribe Beauchamp, “piensa que matar a Kim es una opción real […] principalmente para atajar de raíz una posible agresión nuclear”.

Sería, sin embargo, una lástima, porque, a diferencia de su abuelo y de su padre, Kim no es un caso (totalmente) perdido.

En mayo del año pasado, el Brillante Camarada aprovechó el Congreso del Partido de los Trabajadores de Corea del Norte para consagrar la doctrina byungjin o del “desarrollo paralelo”. Por un lado, refuerza el programa armamentístico. “En la reforma constitucional de 2012”, explicaba el investigador principal del Real Instituto Elcano Mario Esteban, “[el país] se presentaba como potencia nuclear”, pero sin especificar si ello implicaba o no la posesión de una bomba atómica. La “línea byungjin reconoce explícitamente este punto” y deshace cualquier ambigüedad.

Esta no es una buena noticia y se interpretó en su día como un peldaño más de la escalera que conduce al holocausto. Pero mientras Kim alimenta con el brazo militar su imagen de guardián del régimen, con el brazo civil desmantela la herencia económica. Porque el otro eje del “desarrollo paralelo” es la liberalización del aparato productivo. “Comienzan a atisbarse”, escribía Esteban, “algunas similitudes” con la transformación iniciada en China hace 30 años, como la privatización parcial del campo, donde ahora “se garantiza a los agricultores un porcentaje de la cosecha que obtienen”.

Bryan Harris afirma directamente en el Financial Times que “Corea del Norte ha pasado de un socialismo férreamente controlado a un modelo básicamente de mercado”. Aunque las estadísticas disponibles son poco fiables (el Instituto de Investigación Hyundai estima que en 2015 la renta per cápita norcoreana creció el 9% y el Banco Central de Seúl, que cayó un 1%), los expertos que viajan con frecuencia a Pionyang coinciden en que “el cambio salta a la vista”. Ha surgido una clase adinerada llamada donju que exhibe su poderío en los cada vez más numerosos restaurantes y comercios. “Según una encuesta realizada a más de 1.000 desertores”, escribe Harris, “el 85% de la población se abastece ahora de alimentos en los mercados y únicamente un 6% depende ya de las cartillas de racionamiento”.

El problema de esta estrategia bífida es que es inconsistente. Si Kim quiere un crecimiento sostenible como el que han experimentado otros tigres asiáticos, necesita captar masivamente capitales y exportar aún más masivamente, y difícilmente lo logrará lanzando cohetes. En algún momento tendrá que elegir entre ser una potencia nuclear o convertirse en un miembro respetable de la comunidad internacional. ¿Y qué hará?

Nos encantaría decirles que ensayos como el del 4 de julio son una mera pantalla tras la que se oculta un astuto plan de transición a la normalidad, pero lo cierto es que el único que lo sabe hoy por hoy es ese niño gordito y loco.

misiles usa

El deterioro de relaciones entre Washington y Pyongyang se agudiza. Nieves C. Pérez Rodríguez

Washington.- Otto Warmbier es un buen ejemplo del extremismo que impera en Corea del Norte. Condenar a un joven universitario a 15 meses de trabajos forzados por intentar robar un póster de propaganda del régimen norcoreano es todo un símbolo. Y la gran incógnita que nos deja es cual fue la razón que lo llevó a un coma en el que vivió durante un año y que tras su liberación le produjo su fallecimiento. Esta defunción pone en un punto mayor de tensión, si cabe, las frágiles relaciones entre Washington y Pyongyang. ¿Y ahora qué?

Está claro que todos los intentos de Washington por evitar que Corea del Norte se hiciera con armas nucleares han fracasado. Mucho antes de que Pyongyang comenzara su carrera armamentística, Estados Unidos intentó sin ningún éxito evitarlo. Han sido distintas las maniobras para neutralizar la dinastía Kim con sanciones, ejercicios militares, presión externa, y más reciente el intento del presidente Trump de una maniobra novedosa de acercamiento a China, a pesar de la larga lista de calificativos negativos que usó durante la campaña en su contra Pekín. Trump apostó por pedirle a Xi Jinping directamente que intercediera en la tensa situación entre Estados Unidos y Corea del Norte. Y esta semana pasada, justo después de que fuera anunciada la muerte del estudiante, Trump publicó a través de un twitter que al menos sabe que China lo intentó. Sin embargo, no funcionó.

Mientras tanto, en el otro lado del Pacífico se llevaron a cabo maniobras aéreas de mano de los japoneses en cooperación con los estadounidenses a pocas horas de conocerse la noticia de la muerte de Warmbier. Al respecto, el medio oficial del régimen de la dinastía Kim dedica un par de editoriales en los que advierten a Japón de que podrían convertirse en su objetivo, además de recordarle a Corea del Sur que seguir a Trump los llevará a un desastre.

En medio de esta grave situación de dimes y diretes, la Administración estadounidense está intentando tomar el control de la situación. El pasado miércoles, en otro intento diplomático, se llevó a cabo en Washington una reunión de alto nivel entre funcionarios estadounidenses y chinos en la que el Secretario de Estado, Rex Tillerson, recordó a China “que tienen una responsabilidad diplomática de ejercer mayor presión económica y política al régimen de Kim Jon-un, para prevenir una escalada de violencia en la región”. Mientras, el Secretario de Defensa, James Mattis, afirmaba que los Estados Unidos seguirán tomando las medidas necesarias para defenderse y defender a sus aliados. Todo apunta a que aumentarán su presencia militar en la región y que la Administración Trump continuará presionando para conseguir que sean impuestas más sanciones a la dinastía Kim, a la vez que Tillerson terminaba el encuentro anunciando que Trump visitara a China en el transcurso de este año, como quien quiere ofrecer un premio con el que ejercer coerción diplomática.

De acuedo con David Sanger y William Broad, periodistas del New York Times, Estados Unidos está jugando un papel clave en el gran número de misiles fallidos de Corea del Norte, que explotan en el aire, que se desintegran o acaban en el mar. Hace tres años Obama ordenó intensificar los ataques electrónicos a Corea del Norte. El 88% de los lanzamientos de sus misiles han fallado, por lo que afirman que es parte del sabotaje de los estadounidenses a los programas cibernéticos al régimen de Pyongyang.

Sin embargo, reconocen que hay un grupo de expertos que se muestran escépticos con esta teoría y que explican que el margen de error puede deberse a problemas técnicos y/o de manufactura. Advierten que la prueba de que no estarían manipulados por Washington está en que en los últimos meses los coreanos del norte han lanzado 3 misiles de mediano alcance con éxito.

En lo que sí coinciden casi todos los expertos es en que Pyongyang tendrá un misil nuclear antes de que el presidente Trump termine su periodo presidencial. Y a esa amenaza Washington ha respondido aumentando sus radares de alerta temprana en las principales bases militares del país. Solo en la costa oeste, la más vulnerable a un posible ataque norcoreano, se han instalado 36 interceptores capaces de neutralizar misiles en vuelo. Paralelamente a los intentos diplomáticos y pacíficos se ha conocido que la Casa Blanca está valorando un ataque a Corea del Norte, en el que se pretendería erradicar el régimen cuyo tercer heredero ha potenciado drásticamente su carrera armamentística.

Las dudas no son pocas. Sólo la geografía de Corea del Norte es un gran obstáculo por su complejidad montañosa, además de la dificultad de acabar con el presidente norcoreano, pues Kim Jong-un, como todos los dictadores de su horma, está muy obsesionado con cambiar permanentemente de ubicación.

Esperemos que ante esta posible y drástica amenaza China reaccione con inteligencia y ponga a Kim Jong-un entre la espada y la pared. China cuenta con los mecanismos pra hacerlo, las caudalosas cuentas de las figuras del régimen están en sus bancos, así como el origen de la mayoría de las importaciones que salen de China a Corea del Norte. Esperemos, en fin, que la cordura sea el timón de este barco que cada día está más a la deriva y con rumbo muy negro.

Barco cementerio

INTERREGNUM: La crisis asiática, veinte años después. Fernando Delage

Se cumplen veinte años esta semana del estallido, en Tailandia, de la crisis financiera que muchos en Occidente interpretaron en su día como el fin del excepcionalismo económico asiático. El hundimiento del baht tailandés, y el rápido contagio a otros países del sureste asiático y, unos meses más tarde, a Corea del Sur, era consecuencia—se pensaba—de la insostenibilidad a largo plazo de una fórmula de crecimiento no apoyada en los principios de la economía de mercado.

Pero esta primera gran crisis de la globalización fue en realidad una crisis del sector financiero privado: dada la solidez de sus fundamentos macroeconómicos, en apenas dos años los países afectados por aquel estallido recuperaron su alto ritmo de crecimiento, confirmando el desplazamiento del centro de gravedad económico del planeta hacia Asia. Los occidentales se verían atrapados, década y media después, en su propia crisis—también con origen en el mundo financiero—mientras la globalización avanzaba con una cara cada vez más asiática tras la integración en la economía mundial de China primero, e India después.

La rápida superación de la crisis financiera aparcó, sin embargo, la resolución de problemas estructurales que hoy definen la agenda económica y política nacional. A pesar de décadas de crecimiento sostenido, la mayor parte de los países asiáticos se encuentran ante la “trampa de los ingresos medios”, es decir, incapaces de dar el salto hacia una alta renta per cápita a medida que desaparecen las ventajas competitivas de una población activa de bajos salarios en un contexto de nuevas presiones demográficas. Es un problema compartido por las economías del sureste asiático, pero también la más urgente prioridad del gobierno chino.

Aunque pueden identificarse distintas variables económicas que explican esas dificultades, en último término se trata de una cuestión política. La crisis de 1997-98 acabó con la idea de que los gobiernos autoritarios asiáticos habían encontrado un modelo eficiente, y alternativa tanto del capitalismo occidental como del socialismo de corte soviético. Indonesia comenzó su transición hacia la democracia, y Tailandia se dotó de una nueva constitución que—se esperaba—, dejara atrás su inestable historia política. Dos décadas más tarde, ya no se trata de industrializar sociedades agrícolas; el desafío consiste en aumentar la productividad y encontrar un nuevo motor de crecimiento en la innovación y la alta tecnología. Pero ello no será posible sin la necesaria modernización política e institucional: una economía madura y avanzada está reñida con la arbitrariedad, la falta de libertades o la ausencia de un poder judicial independiente.

No puede decirse que las perspectivas sean muy halagüeñas. Mientras se cumplen dos años del último golpe de Estado en Tailandia sin que se haya anunciado una fecha de convocatoria de las elecciones prometidas por los militares, los islamistas sentencian por blasfemia al exgobernador cristiano de Jakarta, Ahok. Mientras en Malasia se persigue a la oposición y se reclama—sin éxito—la dimisión del primer ministro, Najib Razak, envuelto en un caso de corrupción sin precedentes, el presidente filipino, Rodrigo Duterte, declara la ley marcial en Mindanao y continúa con su campaña extrajudicial contra los consumidores y traficantes de drogas. Es un fenómeno regional, esta regresión de la democracia que coincide tristemente con la conmemoración, en agosto, del 50 aniversario de creación de la ASEAN. Aunque la agenda internacional ya está repleta de asuntos que atender, luchar contra el resurgir del autoritarismo en el sureste asiático no debería ser una prioridad menor.

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El estado de bienestar de Asia: el caso China. Nieves C. Pérez Rodríguez

Asia ha sufrido una transformación drástica en los últimos años; ha pasado de ser un continente de renta baja a renta media. En 1991, más del 90% de la población vivía en países de baja renta per cápita.  Pero en 2015, el 95% de la población subió su renta a media y, esto incluye a China, India e Indonesia, que son los países más poblados de esta región, de acuerdo con un estudio publicado por el think tank Brookings la pasada semana, sobre el estado de bienestar en Asia. Corea del Sur pasó de ser un país de baja renta a media en 23 años y de acuerdo con estudios de comparaciones históricas, una nación suele tardar más de 50 años en conseguirlo.

El caso de China es el más llamativo con diferencia. La China de 1978 era una nación pobre, con indicadores económicos que la situaban por debajo de la mitad de los países asiáticos, y más cercano a los países africanos. Por lo que se vieron forzados a aplicar un plan de reformas que los convirtió en la segunda economía del planeta en poco más de tres décadas. China pasó, en 1978, de un PIB de 155 dólares a 7590 dólares en 2014, de acuerdo con un artículo publicado por el Foro Económico Mundial.  Salieron de la pobreza más de 800 millones de ciudadanos.  Con esos indicadores tan positivos en el pleno del Comité del Partido Comunista chino, ya bajo el liderazgo de Xi Jinping en el 2014, se planteó avanzar hacia un Estado de Derecho pero con características chinas, lo que significaba avanzar si, pero no necesariamente bajo los estándares de occidente. Las leyes en China regulan el orden económico y político pero no son un obstáculo, pues el partido comunista puede modificarlas o adaptarlas a la necesidad o momento. Esta flexibilidad es una de las razones que les ha permitido traer más inversiones extranjeras, así como impulsar el crecimiento económico en tiempo record.

Con cada día que transcurre, China se convierte más en un país urbano. Más de la mitad de su extensa población vive en ciudades y más de 100 ciudades chinas concentran un millón de habitantes cada una. Arquitectos de primera línea mundial tienen bajo su cargo el diseño de muchas de estas ciudades que por el apresurado crecimiento se han encontrado en medio del caos y la contaminación. El Centro financiero chino “Yujiapu” o la Manhattan de los chinos, (como también la llaman) no dejará nada que envidiar a Wall Street; incluso contará con unos edificios inspirados en los rascacielos del centro Rockefeller y centro Lincoln. Construido por el gobierno chino, cuyo costo estimado oscila los 30,4 mil millones de dólares (de acuerdo a CNN), es una clara demostración de ostentación que el orgullo chino necesita alimentar.

En la medida en que la economía china ha ido creciendo, con ella ha aumentado la demanda de productos que han ido incorporando a su dieta, lo que a su vez ha incrementado considerablemente las importaciones de productos agro-alimentarios. En los años recientes el aumento del gasto de las importaciones en estos productos se ha duplicado. Estados Unidos es el principal proveedor de alimentos con un total del 22,4% del total de sus importaciones.

La carne de vacuno y la leche de vaca junto con el vino son los productos que los chinos de clase media han comenzado a consumir y de los que han aumentado exponencialmente su consumo. Australia, Uruguay y Argentina son los principales proveedores de carne, mientras que Francia es el primero en proveer de vino al gigante asiático, seguido por Chile, quien además de vino también les abastece con una buena cantidad de fruta fresca, entre la que se encuentran manzanas, uvas, ciruelas, arándanos y ciruelas.

Además de haber ampliado el abanico de alimentos a consumir, la terrible polución en China ha ocasionado en muchas ocasiones la contaminación de alimentos producidos allí y casos de intoxicaciones, lo que también está llevando a la clase más consciente a decantarse por productos importados, por contar con mayores controles de calidad. El petróleo lidera las importaciones, representando el 9,4% del total.

Otro aspecto que ha cambiado radicalmente es el número de egresados de universidades. De acuerdo con el Foro Económico Mundial, este año se graduarán 8 millones de estudiantes de universidades chinas, casi 10 veces más graduados que en 1997 y comparado con Estados Unidos serán más del doble de los estudiantes estadounidenses que obtendrán títulos profesionales este año.

Todos estos datos hablan por sí solos, y reflejan el cambio profundo que ha vivido China en los últimos años. Únicamente un par de décadas atrás la educación superior en China estaba reservada para las clases privilegiadas, la mayor parte de la población habitaba en centros rurales y contaba con los medios justos para acceder a cereales. Hoy en día no solo forman parte de la Organización Mundial del Comercio, y aparecen en foros internacionales con la prestancia que se puede permitir una economía de ese nivel, sino que están invirtiendo y comprando espacios, que ni siquiera su principal contrincante ha podido percibir.

Una vez más la discreción y el arte de la guerra del antiguo filosofo chino Sun Tzu han servido de inspiración a los líderes chinos contemporáneos en las estrategias que han llevado a cabo para convertir a la China pobre en la superpotencia que es hoy.

Democracy

El misterio del crecimiento. Miguel Ors.

En agosto de 2000 los Gobiernos de las dos Coreas organizaron un encuentro de familiares separados por la guerra civil. Un avión cargado con 100 ciudadanos del norte se cruzó en el aire con otro cargado con 100 ciudadanos del sur. Kim Jong Il, el Querido Líder, había sido muy preciso sobre las condiciones de la reunión. Para minimizar el riesgo de deserciones, ningún surcoreano volaría de vuelta a casa hasta que no hubieran aterrizado en Pionyang todos los norcoreanos. Los dos grupos viajaron acompañados por funcionarios, pero mientras Seúl instruyó a los suyos para que se mantuvieran en un discreto segundo plano, los comunistas no debían perder de vista a sus compatriotas. “Cada vez que se acercan los hombres del otro lado [de la habitación], los que llevan las insignias raras”, contaba la surcoreana Kim Suk Bae al New York Times, “[mi hermana] empieza a elogiar al Querido Líder y nos insta a hacer lo mismo”.

La hermana de Kim Suk Bae había dejado su casa en 1950, cuando no era más que una niña, para participar en una representación escolar ante el Ejército Rojo. Debió de hacerlo muy bien, porque la “reclutaron” para mantener alta la moral de la tropa y jamás regresó. Cada año, cuando llegaba el aniversario de su madre, engalanaba la mesa y celebraba una fiesta ella sola. “He vivido hasta hoy con el remordimiento de haber sido una mala hija”, confesó a su madre.

“Pero… ¡si te ha ido fenomenal!”, exclamó esta piadosamente con la mirada empañada.

A pesar de que todos los norcoreanos habían sido cuidadosamente elegidos de entre la élite, no podían ocultar las huellas de décadas de privación. “Era más pobre de lo que imaginaba”, comentaría un médico de Seúl tras despedirse de su hermano. “Decía que vivía bien, pero tenía un aspecto horrible y estaba muy delgado”.

“El nivel de vida de los surcoreanos es similar al de España”, escriben Daron Acemoglu y James Robinson en Por qué fracasan los países (Deusto, 2012). “El del norte […] es parecido al de un país subsahariano”. Por encima del paralelo 38, “la esperanza de vida es 10 años inferior”. El testimonio más elocuente del abismo que separa a las dos Coreas es la imagen de satélite que refleja la iluminación nocturna a ambos lados de la frontera. Mientras el norte “está prácticamente a oscuras debido a la falta de electricidad”, el sur “luce resplandeciente”.

Estas diferencias tan pronunciadas son muy recientes. Hasta 1945 eran el mismo país. ¿Cómo han podido divergir tanto?

Los expertos han barajado todo tipo de teorías para desentrañar la desigualdad entre las naciones. Max Weber atribuyó el arraigo del capitalismo en la Europa central y septentrional a la ética protestante del trabajo. Otros han culpado a la malaria de la postración de los trópicos. Finalmente, hay quien cree que la falta de formación de las clases dirigentes es lo que ha condenado a África al subdesarrollo. Pero “ni la cultura ni la geografía ni la ignorancia pueden explicar los caminos separados que tomaron Corea del Norte y del Sur”, sostienen Acemoglu y Robinson.

Para ellos, el “misterio del crecimiento” quedó resuelto hace tiempo: únicamente hay que dotar a la sociedad de estructuras que brinden a las personas la posibilidad de hacer cosas. La crónica de la humanidad está llena de ejemplos que lo prueban. En eso consiste Por qué fracasan los países. Tras años de investigación, Acemoglu y Robinson habían acumulado cientos de casos que no habían podido incluir en sus artículos científicos y decidieron reunirlos en un libro más divulgativo.

El relato arranca con otro experimento natural. Se coge una población que ha vivido siempre junta, se parte en dos, se le entrega una mitad al Gobierno de los Estados Unidos y la otra al de México y se vuelve al cabo de siglo y medio. Parece la ocurrencia de un científico loco, pero es la historia de Nogales. Si te pones de pie al lado de la valla y miras al norte, lo que ves es el estado de Arizona, donde la renta media por hogar es de 30.000 dólares, la mayoría de los adultos tiene estudios secundarios, la esperanza de vida es alta y la delincuencia baja y los dirigentes están sometidos a la disciplina de unas elecciones libres y competitivas.

Al sur de la alambrada la existencia es bastante más difícil. A pesar de que los habitantes de Nogales (Sonora) ocupan una zona relativamente acomodada de México, los ingresos familiares son dos tercios menores que los de sus vecinos norteamericanos. Muchos adolescentes no van a clase, la gente es menos longeva, apenas hay seguridad y la política está minada por la corrupción. “¿Cómo pueden ser tan diferentes las dos mitades de lo que, esencialmente, es una misma ciudad?”, se preguntan Acemoglu y Robinson. La disparidad de fortuna no se debe a la meteorología o la ética, sino a las instituciones, que crean “incentivos muy distintos”. Los jóvenes estadounidenses saben que, si tienen éxito como emprendedores, podrán disfrutar de las ganancias obtenidas. El Estado no es, como en México, el cortijo de una oligarquía, sino que es inclusivo. Garantiza la igualdad de oportunidades mediante la provisión de sanidad y educación, y facilita que cualquier particular se embarque en la actividad económica que desee: crear empresas y registrar patentes, emplearse por cuenta propia o ajena, contratar a terceros y, por supuesto, gastar el dinero como desee, comprando artículos y conservándolos o traspasándolos a su antojo.

Si todo esto es tan obvio, ¿por qué no eligen todos los países estructuras inclusivas? Porque los intereses de las élites y los de la mayoría no siempre coinciden. A Carlos Slim, el magnate mexicano, no le iría muy bien si las telecomunicaciones se prestaran en régimen de competencia, pero ha sabido convencer a las dirigentes para que preserven su posición de dominio.

Además, las instituciones extractivas no siempre gozaron de mala prensa. En su día supusieron un avance. Los súbditos de los faraones egipcios o de los emperadores de Roma preferían su administración autocrática al estado de naturaleza, donde la vida era desagradable, brutal y corta. Incluso en fechas más recientes se han dado episodios de intensa expansión bajo regímenes nada pluralistas, como el soviético, cuyos líderes lograron generar riqueza trasvasando activos de la agricultura a la industria pesada.

Se trata, sin embargo, de un proceso insostenible. Llega un momento en que no hay más campesinos ni parados que trasladar a las fábricas y, para seguir creciendo, no basta con movilizar recursos: hay que usarlos de modo más eficiente. Eso requiere innovar, pero ¿quién va a hacerlo si no tiene la certeza de quedarse con el fruto de su esfuerzo?

Incluso aunque un genio solitario desarrollara altruistamente una tecnología disruptiva, su adopción constituiría una amenaza para los poderes establecidos. Acemoglu y Robinson cuentan que Tiberio ejecutó a un desgraciado que le presentó un vidrio irrompible. Y varios siglos después, William Lee tuvo más suerte: Isabel I no le cortó la cabeza por inventar una máquina de tejer medias, pero tampoco le permitió explotarla. “Apuntáis alto, maestro Lee”, le dijo. “Considerad qué podría hacer este descubrimiento a mis pobres súbditos. Sería su ruina. Los privaría de empleo y los convertiría en mendigos”.

“La innovación hace que las sociedades humanas sean más prósperas”, escriben Acemoglu y Robinson, “pero comportan la sustitución de lo viejo por lo nuevo, y la destrucción de los privilegios”. La industrialización triunfó en Inglaterra porque la monarquía había salido muy debilitada de la Revolución Gloriosa de 1688, pero en España la aristocracia logró retrasarla más de un siglo. “El progreso se produce cuando no consiguen bloquearlo ni los perdedores económicos, que se resisten a renunciar a sus prerrogativas, ni los perdedores políticos, que temen que se erosione su hegemonía”.

Acemoglu y Robinson se muestran moderadamente optimistas sobre el futuro del planeta. Ha habido avances claros en Asia y Latinoamérica, pero las transiciones son complicadas. La teoría de la modernización del sociólogo Seymour Lipset postula que cuanto más opulenta es una sociedad mayor es la posibilidad de que se haga democrática, pero la evidencia histórica no es concluyente. Te puedes quedar atascado en una democracia de baja calidad mucho tiempo. Incluso pueden darse regresiones. Alemania figuraba entre los países más ricos e industrializados a principios del siglo XX y ello no impidió el surgimiento del nazismo.

Douglass North ya señaló una inquietante paradoja: la prosperidad requiere un complejo entramado institucional (leyes, mercados, tribunales imparciales, funcionarios, policías), pero una vez levantado ese Leviatán, ¿qué garantías existen de que sus responsables no lo secuestren y lo usen en su provecho y no en el de la mayoría, como ha hecho la dinastía de los Obiang en Guinea? Ese riesgo siempre está ahí.

Y no hay nada más temible que un Estado moderno. Ni siquiera los monarcas absolutos dispusieron de tantos medios de control y coerción. En China las autoridades han capado internet y en Corea del Norte no te dejan tener teléfono y vigilan hasta lo que te pones. El médico de Seúl que participó en el encuentro de 2000 se fijó en que el abrigo de su hermano estaba raído y le ofreció uno nuevo. “No puedo”, le respondió, “me lo ha prestado el Gobierno para venir aquí”. Quiso entonces darle unos billetes, pero también los rechazó. “Si vuelvo con dinero, me lo pedirán, así que quédatelo”.

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Corea del Norte sube el precio. Julio Trujillo

El lanzamiento de un nuevo misil, ahora con éxito, desde Corea del Norte, en su carrera por demostrar que están en situación de atacar las bases norteamericanas en Japón y en la zona es, básicamente, una subida del precio para aceptar un enfriamiento de la tensión regional. En un escenario en que las presiones de adversarios, como EEUU y Japón (además de Corea del Sur), y amigos como China, están aumentando las presiones, y en el que las elecciones en Corea del Sur han situado en la presidencia a un dirigente un poco menos duro con Pyongyang, los dirigentes norcoreanos entienden que subir un poco la agresividad y la provocación aumentando controladamente el riesgo es una buena apuesta.

En ese contexto ha irrumpido Rusia de manera pública criticando la acción norcoreana y, a la vez, recordando a EEUU que no hay otra alternativa que negociar, es decir, Moscú reforzando la pretensión norcoreana de conseguir ayuda financiera y ventajas a cambio de no desencadenar el terror. Es una vieja teoría no siempre oportuna y no exenta de riesgos.

Sin analizar aún todas las características técnicas del nuevo misil, del que EEUU dice que es un avance más y que, antes o después Corea del Norte conseguirá armas que podrían llegar a las costas norteamericanas del Pacífico, la realidad es que los tiempos para conseguir una contención efectiva van pasando y en un clima de tensión los riesgos se multiplican.

No es fácil tomar decisiones con garantías de efectividad; hay que recurrir a la experiencia, a la opinión de otras potencias con sus propios intereses y esperar en la otra parte una racionalidad que tampoco está garantizada. Pero esas son las cartas con las que hay que jugar esta partida.

Exim Bank

Diplomacia china: financiación estatal disfrazada de cooperación internacional. Por Nieves C. Pérez Rodríguez

Washington.- Chequera en mano se consigue casi todo, incluso  influir en la política o la dirección económica de una nación. Este ha sido el método de penetración que ha venido usando China en los últimos años en gran parte del planeta. Con el crecimiento masivo de la económica china y el exceso de liquidez han puesto en marcha una agresiva política exterior basada en financiar el déficit de países, en los momentos que estos más lo necesitan.

Empezaron mirando a África. Su pobreza y la vulnerabilidad de la mayoría de sus gobiernos presentaba el escenario ideal, acentuado además por la sensación de una recurrente práctica de Occidente de ignorar a este continente. Luego se fijaron en América Latina, con un gran potencial de recursos, que valga acotar China sabe que necesitará para su propia población y para conseguir más influencia, y con muchos países destrozados por caudillos trasnochados. Con teorías políticas obsoletas en marcha, qué mejor momento para ofrecer un respiro económico a cambio de masivas sumas de dinero o envíos de significativos colectivos chinos a estos países receptores. ¿Financiación estatal a cambio de influencia?

Ya lo dijo Xi Jinping en Davos en el Foro Económico Mundial: “La economía mundial es un gran océano del que no podemos escapar”, y tal como lo creen lo practican.

De acuerdo a Forbes, este líder tiene más poder que nunca desde que fue elegido líder del Partido Comunista en 2016. Su apariencia amable y conciliadora le ha permitido entrar incluso en la Casa Blanca, a pesar de las severas críticas de su homologo. Los chinos saben que son la segunda económica más fuerte del mundo, así que su influencia la ejercen diferente a los estadounidenses; ellos usan una psicología más retorcida, conversan, coquetean, galantean y finalmente sacan su chequera y ofrecen una suma interesante, que por lo general viene a resolver una situación interna del receptor, como falta de liderazgo del gobierno, impopularidad, crisis económicas o en muchos casos, pago de comisiones extraordinarias que facilitan cualquier tipo de negociación en donde la ética brilla por su ausencia.

A partir del 2010 China ha ido incrementando notablemente su presencia en Latinoamérica con préstamos que llegan a sumar unos 123 mil millones de dólares, de acuerdo a The Dialogue, un think tank cuyo foco es el estudio de las Américas. Monto que representa los créditos otorgados por el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), Cooperación Andina de Comercio (CAF)  y el Banco Mundial juntos, coincidiendo con la recesión económica de la región, en la que las instituciones financieras hasta entonces tradicionales no estaban dispuestas a otorgar créditos como lo hacían antes de la crisis.

La lista de países a los que los tentáculos de la diplomacia china de financiación han llegado es numerosa. Comenzando con Venezuela que bajo el régimen chavista ha obtenido 17 créditos, siendo el país que más préstamos ha recibido en toda la región, llegando a sumar 62.200 millones de dólares. Seguidos por Brasil con 36.800 millones, Ecuador con más de 17.000 millones de dólares, todos ellos cedidos en la era de Correa, y Argentina que, en manos de los Kirchner, sumó 15.000 millones.

China cuenta con tres instituciones financieras, todas creadas por el Estado y al servicio del mismo:  el Banco chino de Desarrollo, cuya misión es financiar infraestructuras, industrias básicas, energía y transporte; el Exim Bank, que puede definirse como la banca diplomática que promueve las políticas de financiación para incentivar las exportaciones, productos y servicios chinos; y Sinasure, la aseguradora de los créditos otorgados por los bancos, para prevenir riesgos políticos y comerciales en los que se puede incurrir, blindando así al sistema de cualquier incumplimiento. Esta trilogía, cuidadosamente creada por el Estado chino, fue concebida como arma de influencia y penetración, siendo un novedoso disfraz que a priori no despierta inquietud. Sin embargo, han ido haciendo un laborioso trabajo que se estima que solo entre el 2005 al 2016 han otorgado 141.000 millones de dólares en Latinoamérica y el Caribe.

Pekín interpreta bien el juego y la dinámica internacional. El vacío dejado por el Banco Interamericano de Desarrollo, el Banco Mundial y la banca norteamericana en financiar a los gobiernos de Venezuela, Ecuador y Argentina ha sido gratamente acogido por las instituciones financieras chinas, que han aprovechado el castigo de Occidente hacia sus líderes y sus ideas políticas recalcitrantes. Lo mismo ha sucedido en Brasil, con la inestabilidad política y la recesión económica interna.

China, el país socialista, cuyo único partido es comunista, paradójicamente ha convertido su sistema económico en el capitalismo más salvaje conocido, siendo el primer exportador e importador de bienes y la primera potencial industrial.  Nada de esto es casual, el dragón rojo ha leído bien las señales, las distracciones y los vacíos de Occidente y ha ido ganando influencia y terreno en silencio y con discreción. Pero el día que quieran gritar podrán hacerlo a todo pulmón porque se habrán hecho con la mitad del planeta.