INTERREGNUM: ¿Regreso al futuro?

¿Qué tipo de gran potencia será China? ¿Para qué fines utilizará su poder? Esta es la gran pregunta con respecto al futuro del sistema global, y no puede responderse de una única manera.

Desde hace años, Pekín mantiene un discurso de responsabilidad internacional, que refleja en los hechos mediante su contribución a las operaciones de mantenimiento de la paz de las Naciones Unidas o su compromiso con la lucha contra el cambio climático, por poner dos ejemplos. Las tentaciones nacionalistas y proteccionistas del presidente Trump facilitan a China un espacio para aparecer como campeón de la globalización y de la cooperación internacional, como hizo Xi Jinping en el último foro de Davos. Al mismo tiempo puede observarse, sin embargo, cómo la República Popular incrementa su presión con respecto a las reclamaciones territoriales en su periferia marítima, desafiando las normas internacionales.

¿Por qué actúa China de manera diferente en la escena global y en su entorno exterior más próximo? Los factores que explican su comportamiento son múltiples, e incluyen variables económicas, diplomáticas y de seguridad. Pero algunas claves pueden encontrarse también en la Historia. Durante siglos, China definió la estructura internacional de Asia mediante la concepción jerárquica propia de sus esquemas culturales, aunque incompatibles con el principio de igualdad entre los Estados. Pekín sólo sería consciente de la idea de soberanía mantenida por los países occidentales tras la irrupción de estos últimos en su región a partir de mediados del siglo XIX con las guerras del Opio.

El choque de estos dos conceptos opuestos de universalidad no benefició a un imperio chino en decadencia, pero convencido de su superioridad moral. Casi dos siglos más tarde, cuando va camino de recuperar su posición como mayor economía del planeta, ¿puede Pekín restablecer un orden sinocéntrico?

Resulta arriesgado concluir que la Historia predetermina acciones y resultados. Pero Howard French, excorresponsal del New York Times en Pekín y en Tokio, ha intentado explicar las actuales tensiones en Asia recurriendo a este tipo de argumentos en su fascinante libro de reciente publicación, “Everything Under the Heavens: How the Past Helps Shape China’s Push for Global Power” (Knopf, 2017). De Japón a Vietnam, de Malasia a Filipinas (Corea se echa en falta), French analiza en detalle los problemas que enfrentan a Pekín con sus vecinos, intentando demostrar que responden a su tradicional ambición de control. El resultado es una brillante exploración de cómo la manera en que China define su identidad ha configurado la evolución de sus relaciones exteriores a lo largo de los siglos y está presente, aún hoy, en las acciones de su gobierno.

El análisis de French permite comprender mejor esas aparentes contradicciones de la diplomacia china. Aun descontando parcialmente sus conclusiones—el pasado no basta por sí solo para explicar la dinámica contemporánea—, los hechos parecen confirmar la tesis de que Pekín avanza año tras año en la recuperación de su estatus sin encontrar grandes resistencias (hasta el momento). Aunque apenas queda apuntado en el libro, es un objetivo que, no obstante, también puede deberse a una motivación más relacionada con la actualidad y el futuro que con la Historia: el orgullo nacional como sustituto del déficit de modernización de las instituciones políticas.

INTERREGNUM: Cacofonía norcoreana

Mientras Kim Jong Un aprovechaba el 105 aniversario del nacimiento de su abuelo—el “presidente eterno” de Corea del Norte, Kim Il Sung—para mostrar al mundo sus capacidades militares y amenazar a Estados Unidos, Trump siguió desconcertando a los observadores. Responder a las bravuconadas de Kim mediante el envío de un portaaviones que en realidad iba camino de Australia no contribuye a su credibilidad. Pero más llamativas resultan sus declaraciones sobre el juego diplomático que dice haber puesto en marcha con Pekín.

Trump aseguró que si China no presionaba a Pyongyang, actuaría por su cuenta. Es posible, sin embargo, que, durante su encuentro en Florida a principios de este mes, el presidente Xi Jinping le convenciera de lo inviable de toda solución unilateral. Afirmar que “todas las opciones están encima de la mesa” carece pues de valor cuando Trump sólo puede gestionar—que no resolver—la crisis norcoreana con la ayuda de Pekín. Su tweet indicando, por otra parte, que no acusará a China de manipular su moneda por la colaboración que ésta va a prestar con respecto a Corea del Norte, como si tal quid pro quo fuera posible, refleja un notable desconocimiento de los intereses estratégicos chinos.

Pekín comparte el objetivo de una península desnuclearizada y la urgencia de mitigar la escalada de tensión. Pero Corea del Norte representa un útil instrumento de negociación en su relación con Estados Unidos al que no va a renunciar (especialmente si aspira a conseguir el visto bueno de Washington a su creciente control del mar de China Meridional). Por lo demás, según contó Trump en otro tweet, Xi le explicó que Corea perteneció a China en otros tiempos: una revelación que—pese a la indignación que ha provocado en Seúl—confirmaría la ambición de Pekín de rehacer un orden sinocéntrico en Asia, como el que existió hasta la irrupción de Occidente a mediados del siglo XIX. La contradicción que esto supone con su tweet anterior quizá se le haya escapado al presidente. Lo relevante, en cualquier caso, es que—en la actual dinámica de redistribución de poder—las amenazas vacías de Washington debilitan la confianza de sus aliados, y facilitan de ese modo la reconfiguración de la estructura regional de seguridad deseada por Pekín.

Un escenario bélico parece descartable por sus consecuencias, pero el tiempo juega a favor del desarrollo del arsenal nuclear norcoreano; una perspectiva que también inquieta a China aunque la garantía de seguridad que quiere Pyongyang sólo se la puede dar Estados Unidos. Ante la innegable gravedad del problema se requiere mayor creatividad, una mejor comprensión de los objetivos chinos a largo plazo y, quizá, mayor discreción. Silenciar la cuenta de tuiter del presidente no perjudicará a la diplomacia norteamericana.

Trump tropieza (otra vez) con la realidad

Cuando en marzo de 2001 los talibanes demolieron los Budas de Bamiyán, miles de miradas se giraron hacia George W. Bush, pero este no movió un dedo. Durante la campaña, en uno de los debates que mantuvo con Al Gore, ya había advertido que no compartía “el uso de las tropas” que la Casa Blanca estaba haciendo y que él sería más “cuidadoso”. No mencionó Afganistán ni Al Qaeda, pero en diplomacia no es necesario ser explícito. La opinión pública interpretó correctamente que el nuevo presidente se replegaba de la escena internacional.

Hasta que Bin Laden le tiró las Torres Gemelas. En ese momento Bush se dio cuenta de que nada humano le era ajeno y de que si Estados Unidos no iba a Afganistán, Afganistán acababa yendo a Estados Unidos.

Quince años después, Donald Trump ha vuelto a rehacer el mismo camino. Tras señalar que Siria “no es asunto nuestro” y desaconsejar a Barack Obama que la atacara, acaba de destruir la base desde la que partieron los aviones que gasearon el pasado 4 de abril la localidad de Khan Sheikhoun.

La psicología de dictadorzuelos como Bachar el Asad es bastante elemental. Son como un niño pequeño: prueban los límites de los padres hasta que les cae un coscorrón; entonces se paran. Por desgracia, Obama no era mucho de dar coscorrones (o de que se le viera dándolos) y en Damasco se habían ido envalentonando, especialmente después de comprobar cómo la amenaza de que no toleraría el uso de armas químicas se quedaba en papel mojado.

Henry Kissinger ya advirtió en su día que esta retractación era muy inquietante, sobre todo porque no la consideraba un hecho puntual, sino la manifestación de un malestar más hondo. “La diplomacia y el recurso a la fuerza no son acciones aisladas”, razonaba en The Atlantic hace unos meses. “Están vinculadas”, lo que significa que “la otra parte de una negociación debe saber que hay un punto de inflexión más allá del cual pasarás a imponer tu voluntad. De lo contrario, estás condenado al bloqueo o la derrota”.

El problema es que, para ir más allá de ese punto, deben darse tres condiciones. Estados Unidos reúne dos: “una capacidad militar adecuada” y “la voluntad táctica de desplegarla”, pero ha perdido la tercera: “una doctrina que alinee los valores del poder y la sociedad”.

Durante la Guerra Fría hubo plena sintonía entre políticos y ciudadanos: por eso se derrotó a la Unión Soviética. Pero en Vietnam e Irak “fuimos demasiado lejos”, dice Kissinger, “porque nuestra acción armada no se había adecuado ni a lo que los votantes podían soportar ni a una estrategia para la región”. Como Obama, muchos americanos piensan que la democracia no se puede defender vulnerando los valores que la inspiran. Cada vez que Washington apoya a un dictador o derroca a un líder legítimo, se enajena la simpatía de la opinión pública y socava su propia base de autoridad. De acuerdo con esta doctrina, sigue Kissinger, “el mejor modo en que Estados Unidos puede contribuir a la difusión de sus principios es retirándose de aquellas regiones donde únicamente podemos empeorar la situación”. Eso es lo que se hizo en Siria.

Esta actuación exterior tiene una justificación ética endeble, por no decir que hipócrita. “Obama ha efectuado bombardeos similares [a los de Camboya en 1969] con drones en Paquistán, Somalia y Yemen”, observa Kissinger. Pero sobre todo supone una transformación radical. Desde Harry Truman, todos los presidentes han coincidido en la necesidad de involucrarse en los acontecimientos internacionales. Existía una “visión clara” de lo que era el “orden pacífico” y “nadie cuestionaba que nos sacrificaríamos para preservarlo”. Se estacionó un gran ejército en Europa y se enviaron portaaviones al golfo Pérsico y al estrecho de Formosa.

Con Obama esa determinación se tambaleó. Por primera vez desde los años 40 la implicación de Washington en el resto del planeta dejó de estar garantizada.

Trump ha vuelto a poner las cosas en su sitio. A ver lo que dura.

Misiles y Seguridad estadounidense. Ficción o realidad

Washington.- 4Asia participó la pasada semana en el seminario de “Defensa de Misiles” organizado por el Centro de Estrategias y Estudios Internacionales, uno de los think tank más importantes de Washington. Con la presencia de militares estadounidenses, australianos, canadienses además de un grupo de diplomáticos de distintas nacionalidades, un destacado grupo de especialistas analizó el sistema defensivo que provee a los Estados Unidos de un complejo sistema de seguridad que resguarda su territorio y el de sus aliados.

El presidente Reagan fue quien inspiro la idea del sistema defensivo antimisiles, pero en aquel entonces con el propósito de neutralizar armas nucleares provenientes de la Unión Soviética. Y las posteriores administraciones, desde Bush padre, Clinton, Bush hijo, e incluso Obama, mantuvieron entre sus prioridades nacionales el programa de seguridad contra misiles como un sistema defensivo para la protección del territorio estadounidense.

El origen de este concepto se remonta a 1996, cuando se llevan a cabo los primeros avances tecnológicos en esta materia. Sin embargo, fue en 2002, justo después del mayor ataque terrorista del 11-S, cuando Bush hijo impulsó el despliegue a gran escala de este sistema. A la vez, se comenzó a invertir en un sistema defensivo fuera del territorio estadounidense con el objetivo de neutralizar potenciales peligros externos hacia los aliados, e incluso como escudo capaz de interceptar a larga distancia un ataque a territorio estadounidense.

El sistema de defensa antimisiles está asociado a 15 husos horarios distintos, incluyendo sensores en tierra, mar y en el espacio.

Thomas Karako, uno de los expertos más prominentes en el tema, dice que este importantísimo sistema, vital para la seguridad de EEUU, no es del todo fiable, a pesar de las astronómicas sumas de dinero que han sido invertidas. Según sus propias palabras, ha madurado de una etapa de infancia a  la adolescencia, y, sin embargo, el camino a la perfección es largo, y llegar allí requiere de mucho más tiempo y pruebas que permitan robustecer la fiabilidad del mismo.

Estados Unidos cuenta con un importante número de bases de capacidad defensiva contra misiles, ubicadas a lo largo del planeta capaces de detectar la presencia de algún tipo de amenaza, y algunas de estas bases cuentan además con la capacidad de neutralizar misiles, destruirlos o derribarlos. Entre las ubicadas en territorio estadounidense, hay una base marina en Hawái con un radar móvil, junto con 34 barcos desplegados en el océano. En California dos, otra en Colorado. Alaska cuenta con una base aérea y dos interceptores, más el radar Cobra, que está recibiendo y enviando información a la NASA, la Agencia de Defensa de Misiles, así como el Comando aeroespacial estadounidense. En cuanto a la costa este, hay una en Nueva York y otra en Massachusetts. Fuera de su territorio, Japón tiene dos bases terrestres, más el SPY-1 que es un radar muy sofisticado capaz de detectar y eliminar cualquier misil. El mismo tipo de radar que está instalado en la base de Rota, en España. Así, existe otro en Israel y otro en Turquía. En el Reino Unido y en Groenlandia también cuentan con otro tipo de radares de alerta temprana.

Recientemente, a finales del 2016, se instalaron 36 interceptores en las bases de Alaska y California, tratando de prevenir misiles de largo alcance provenientes de Corea del Norte y potencialmente de Irán. Y otros 8 serán instalados a finales de este año. Este sistema no fue concebido para prevenir amenazas provenientes de otros países, como Rusia o China, sino que fue ideado fundamentalmente para detener un ataque de Corea del Norte. De acuerdo al Senador republicano Dan Sullivan, Corea del Norte tendrá muy pronto un misil balístico intercontinental capaz de llegar a territorio estadounidense, por lo que asegura que hay que seguir tomando medidas de prevención e invertir más recursos en defensa. Así mismo enfatizó que en el caso de un ataque de Pyongyang, Washington debería realizar una respuesta masiva.

Corea del Norte es percibido como un gran riesgo en crecimiento. Kim Jong-un ha aumentado sus ensayos de misiles exponencialmente en los últimos años. Claramente están mejorando con cada prueba y afinando su tecnología. El Senado de los Estados Unidos ve unánimemente a Corea del Norte como el mayor riesgo de este momento, capaz de perpetrar un ataque continental o bien a algunos de los aliados estadounidenses. Prueba de esto es la carta que 30 senadores firmaron para alertar al presidente Trump sobre este grave riesgo, previo a la visita del Presidente Xi Jinging, y con el propósito de que Trump diera prioridad a este punto en su agenda e intentara cerrar un compromiso en el que China presione a Corea del Norte para frenar su carrera armamentística y sus ambiciones nucleares.

Nos toca esperar a ver si China quiere jugar su carta de interlocutor y se posiciona en un rol de intermediario. A nadie le beneficiaría un ataque de Kim Jong-un, pues la respuesta estadounidense podría parecerse mucho a la guerra de las galaxias, pero en versión real, con efectos devastadores para la región de Asia Pacífico y sin duda para la estabilidad del mundo.

INTERREGNUM: Dudas sobre el siglo de Asia

El rápido crecimiento de las economías de la región durante los últimos 40-50 años ha conducido a la idea de que el siglo XXI será el siglo de Asia. Que China (a partir de 1979) e India (desde 1991) decidieran integrarse en la economía global siguiendo el camino emprendido por Japón en la década de los cincuenta, y por Corea del Sur, Taiwan, Hong Kong y Singapur en los años sesenta, condujo a una transformación histórica que se ha traducido en un desplazamiento del poder internacional. Sin embargo, de manera paralela a su éxito económico, también han comenzado a multiplicarse los problemas de seguridad, y emergen nuevas variables que afectan al equilibrio interno de las naciones asiáticas.

Lo espectacular de las cifras y la velocidad del ascenso económico de Asia han atraído la atención de numerosos analistas, y han sido objeto de una enorme literatura que ha intentado explicar las causas e implicaciones económicas y geopolíticas del fenómeno. Más raros son los trabajos que examinan los nuevos problemas que podrían obstaculizar ese camino ascendente.

Realizar una radiografía de tales desafíos es precisamente el propósito de Michael Auslin en su libro “The end of the Asian century” (Yale University Press, 2017). Auslin, analista en el American Enterprise Institute en Washington, confiesa que su intención era la de investigar el potencial de Asia, que también él creía brillante e imparable. Pero sus entrevistas y observación sobre el terreno durante la preparación del libro le condujeron a un cambio de enfoque.

Su trabajo peca de cierto pesimismo, como ya se trasluce del título. No obstante, se trata de un estudio riguroso de una serie de factores que, de manera conjunta, ofrecen un útil marco de aproximación al Asia contemporánea. Dichos factores incluyen: la incertidumbre sobre la sostenibilidad del crecimiento en las economías asiáticas (¿podrá China en particular superar la trampa de los ingresos medios y convertirse en un país avanzado?); el impacto de las presiones demográficas (del rápido envejecimiento de Japón, China y Corea del Sur al potencial de India); la inacabada transición política interna (con sistemas híbridos y el retroceso de la democracia en el sureste asiático); y el empeoramiento de la desconfianza entre Estados (en forma de reclamaciones territoriales y tensiones marítimas) en un contexto de modernización de sus capacidades militares.

Con respecto a todas estas cuestiones, Auslin sintetiza un enorme volumen de información, ofreciendo una perspectiva sistemática sobre las principales cuestiones que los gobernantes asiáticos se verán obligados a atender durante los próximos años. Sus recomendaciones, más débiles, no restan peso a esta excelente contribución al debate sobre el Asia del futuro. Un futuro, eso sí, que—además de las fuerzas estructurales descritas en el libro—, dependerá también de decisiones concretas, como las que adoptarán Trump y Xi Jinping después de tomarse la medida el uno al otro en su encuentro de esta semana en Palm Beach.

Pyongyang y el desafío del juego del que nada pierde

Washington.- Corea del Norte ha estado más de medio siglo bajo sanciones de Naciones Unidas y lejos de restringir sus tendencias provocadoras parece que el efecto es, de hecho, contrario, o al menos eso es lo que parece haber pasado desde que le presidente Trump tomó posesión de la Casa Blanca. Con el tercer lanzamiento de un misil, aunque fallido, el pasado miércoles 22, Pyongyang ha respondido de esta manera a la visita del secretario de Estado Tillerson a la región del Pacifico. Este juego del que nada tiene que perder es realmente peligroso, pero ¿hasta dónde están dispuestos a llegar los coreanos del norte?

De acuerdo con el más reciente informe de Naciones Unidas, la mayoría de la población de Corea del Norte carece de asistencia sanitaria básica; el 41% de su población está desnutrida, y más del 70% de sus ciudadanos depende de la distribución de alimentos por organizaciones de ayuda humanitaria. Estas ONGs han sufrido una reducción considerable de sus presupuestos desde el 2012, año en que Pyongyang decidió reactivar su carrera misilistica.

Kim Jong-un no tiene nada que perder; gobierna un país muy atrasado en el que su población solo recibe la información y la propaganda del Estado, donde justifican el gasto nuclear como una necesidad imperiosa de poder reaccionar ante una ofensiva estadounidense. Todo esto mientras llaman títeres del imperio de los Estados Unidos a los coreanos del sur.

Choe Myong Nam, representante diplomático de Corea del Norte ante la sede de Naciones Unidas en Ginebra, afirmó a mediados de la semana pasada que no temen a ninguna maniobra que Estados Unidos esté intentando para imponer más sanciones en el sistema económico global, como el bloqueo de transacciones internacionales. Pyongyang continuará desarrollando su capacidad de ataque preventivo con la aceleración de su programa de misiles balísticos intercontinentales. Lo que hace evidente que los mecanismos diplomáticos, como las sanciones, les molestan pero no les detienen. En la página web de KCNA (agencia oficial de noticias de Corea del Norte) apareció publicado, justo después de la visita de Tillerson, un análisis de un grupo de abogados del régimen en el que solicitan un foro que determine la legalidad y legitimación de las sanciones que les han sido impuestas. Otra prueba de como juegan a una diplomacia paralela.

Kim Jong-un, el tercer líder supremo de la dinastía Kim que comenzó con su abuelo Kim il-Sung, a quien se le otorgó el título de “Presidente Eterno” sucedido por su padre Kim Jong-il , en cuyo caso el título es de “Eterno Secretario General” de la comisión nacional para la defensa, ha continuado con el plan inicial de la dinastía de mantenerse al precio que sea, pero además parece estar radicalizando su posición cada vez más.

Oficiales del Pentágono creen que habrá otro lanzamiento de misiles antes del fin del mes de marzo, razón por la que se mantienen la alerta de cuál será el objetivo, y confían en que el escudo antimisiles sea capaz de neutralizarlos. Imágenes satelitales han captado excavaciones de nuevos túneles en los alrededores de Punggye-ri, área donde se han hecho previamente pruebas nucleares, por lo que la inquietud es alta.

Otra medida que ha tomado el gobierno estadounidense es el patrullaje de la zona con el Air Force WC-135 Constant Phoenix, que ya se encuentra en Japón listo para empezar su misión. Este avión está especializado en capturar partículas en la atmosfera que puedan ayudar a determinar explosiones nucleares. El “sabueso”, por su nombre en el argot militar, ya fue usado en el 2006, cuando Corea del Norte hizo su primer lanzamiento nuclear, en el que se llegó a determinar la presencia de desechos radiactivos.

Estados Unidos está perdiendo la paciencia con los juegos del osado régimen. Míster Trump no es conocido precisamente por su carácter diplomático y conciliador. La clave de este entramado está en Beijing y en su disposición de parar a Kim Jong-un. El encuentro de Tillerson con el presidente chino Xi Jinping abrió una nueva fase de relaciones bilaterales y se sabe que el gobierno chino puso énfasis en las coincidencias entre ambos países y la necesidad de una mayor comunicación, mientras que Tillerson le pidió reforzar las relaciones y manejar apropiadamente los temas delicados, refiriéndose a Pyongyang.

Tal vez sea esta crisis la que acerque a China y Estados Unidos. O tal vez sea China quien aproveche la necesidad que tiene Washington de un mediador con Kim Jong-un, y a cambio reciba el beneplácito de Trump para penetrar en más mercados y enriquecer aún más a su economía. Mientras Estados Unidos se cierra con el proteccionismo, paradójicamente China se abre deliberadamente.

La escalada militar en el Pacífico

Japón puso en funcionamiento un nuevo  buque capacitado para transportar helicópteros y eventualmente tropas y, por lo tanto, para actuar militarmente en puntos alejados o fuera de su territorio nacional. A pesar de las limitaciones impuestas a Japón tras su rendición en la II Guerra Mundial, las nuevas amenazas estratégicas, el tiempo transcurrido y sus acuerdos de defensa con Estados Unidos, el país del sol naciente va aumentando lentamente su capacidad de acción militar a la par que aumenta, de momento levemente, el nacionalismo japonés.

El segundo gran portahelicópteros nipón entró en servicio el miércoles, dando a Japón una mayor capacidad de despliegue más allá de sus costas para hacer frente a la creciente influencia de China en Asia. Lleva el nombre de un navío de la Armada nipona hundido por Estados Unidos en el Pacífico durante la guerra.

“La situación en el Mar de la China Meridional es estable gracias a los esfuerzos conjuntos de China y los países de la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (ASEAN, por sus siglas en inglés). China y sus vecinos nunca permitirán a Japón que cree problemas”, han explicado fuentes oficiales china en una crítica a los movimientos de Tokio. Las tensiones entre China y Japón, la segunda y tercera economías más grandes del mundo, han aumentado por la disputa territorial causada por las disputas territoriales de algunas islas y la rivalidad en la región. Desde 2012, ambos países se enfrentan a un callejón sin salida al estilo de la Guerra Fría, tras nacionalizar el Gobierno japonés tres islas disputadas del mar de la China Meridional, que Pekín reclama.

Desde entonces, China ha enviado en reiteradas ocasiones buques militares a las aguas cercanas a las deshabitadas islas para expresar su rechazo a su nacionalización, mientras Pekín ha pedido muchas veces a Tokio que reconozca formalmente la existencia de una disputa sobre la soberanía de las islas. Japón lo ha rechazado por temor a que satisfacer la demanda de China fortalezca su posición en la región.

Las tensiones entre ambos países han tenido consecuencias económicas significativas, como la disminución de la inversión china en Japón, y muy probablemente, aumentarán en el futuro.

INTERREGNUM: Tillerson, misión imposible

Como resultaba previsible, Corea del Norte se ha convertido en el desafío internacional más inmediato que debe gestionar la administración Trump. Dos ensayos nucleares el pasado año, el rápido incremento de pruebas de misiles—cinco lanzamientos desde principios de año—, y el probable éxito en la miniaturización de cabezas nucleares, agrava la percepción de amenaza en la península coreana y, por tanto, la urgencia de una respuesta.
Desde la perspectiva de Washington es razonable concluir que 20 años de esfuerzos diplomáticos no han conducido a avance alguno. China, Japón y Corea del Sur con seguridad comparten el diagnóstico de que el statu quo solo beneficia a Pyongyang. Pero, ¿cuáles son las alternativas? ¿Es posible un frente diplomático común sobre la base de una nueva aproximación al problema?

Tantear los elementos de un consenso ha sido el principal objetivo de la primera visita a Asia de Rex Tillerson, la semana pasada. “Todas las opciones están encima de la mesa”, dijo el secretario de Estado en su primera comparecencia ante la prensa. Pero si se abandona la “paciencia estratégica” seguida por Estados Unidos desde mediados de los años noventa, ¿hay soluciones intermedias entre las negociaciones directas y el uso de la fuerza? Con respecto a esta última Washington se encontraría solo, además de resultar difícilmente factible dado el daño que Corea del Norte podría causar a una metrópolis como Seúl, a sólo 70 kilómetros de la frontera, así como a las tropas norteamericanas residentes en el país. Una política de negociación sí contaría con el apoyo de las restantes potencias del noreste asiático; no obstante, las prioridades de Tokio, Seúl y Pekín no son necesariamente las mismas de la administración Trump.

En último término, Estados Unidos parece considerar que lograr una mayor presión de China sobre Pyongyang es la clave. Se trataría entonces de persuadir a Pekín, bien de manera coercitiva—por ejemplo, incluyendo en un nuevo paquete de sanciones a bancos y empresas chinas que negocian con Corea del Norte—, bien diplomáticamente, convenciendo a sus autoridades de lo insostenible de la situación para la estabilidad regional. El problema es que la declarada hostilidad de la administración Trump hacia la política comercial china, y el despliegue de sistemas de defensa antimisiles en Corea del Sur y Japón—hecho considerado por Pekín como una “provocación”—no facilita esas intenciones. Como ya descubrió George W. Bush en 2002, todos los caminos a Pyongyang pasan por Pekín. Los mensajes en Twitter del presidente, como el de retomar la venta a Taiwán de un programa de armamento bloqueado en su día por Obama, lanzado solo horas antes de aterrizar Tillerson en Pekín, tampoco ayudan a la causa del jefe de la diplomacia norteamericana.

El desafío norcoreano es, pese a su urgencia, uno de los muchos asuntos que definen la relación entre China y Estados Unidos. Los líderes de la República Popular, como el resto de sus Estados vecinos, necesitan saber qué política asiática va a seguir Trump. Difícilmente habrá movimientos decididos mientras no haya un contexto predecible, con un conocimiento directo de las intenciones de unos y otros. Tillerson, recién llegado al mundo de la diplomacia, ha asumido una tarea imposible, cuyas posibilidades de desbloqueo quedan sujetas a las conclusiones que interiorice Xi Jinping tras su encuentro con Trump en Florida a principios de abril.

Ansiedad sobre Corea del Norte

Washington.- A poco más de dos meses que la Administración Trump tomó el poder, el Secretario de Estado Rex Tillerson, hace su primera visita oficial a la región de Asia Pacifico, en un momento de gran tensión después de que Estados Unidos comenzara a realizar ejercicios militares en la zona, simultáneamente a la intensificación de su presencia para dejar por sentado que seguirán del lado de sus aliados históricos Japón y Corea del Sur. Todo esto como respuesta a los misiles que Corea del Norte lanzó el pasado seis de marzo. Finalmente, parece que la política exterior estadounidense empieza a tomar forma, y, lo más importante, que el mundo puede saber hacia dónde va a apuntar, al menos en relación a esta parte del mundo.

Tillerson no ha viajado con el avión lleno de periodistas, un dato que llama la atención, porque rompe con lo que se estila, por lo que en un primer momento se pensó que sería para mantener un bajo perfil. Sin embargo, sus comentarios han sido claros y directos, “Estados Unidos ratifica la alianza de larga duración que está basada sobre la paz, prosperidad y libertad en la región de Asia Pacifico”. En Japón afirmó que “rechaza cualquier intención que pueda minar la presencia japonesa en la administración de las Islas Senkaku”. Estas son unas pequeñas islas que Japón incorporó a su territorio en 1895, aunque no fue sino hasta 1971 que comienza una disputa sobre las Senkaku, cuando Taiwán las reclamó, seguido por el reclamo chino, coincidiendo con el momento en que la Comisión Económica para Asia (por sus siglas en inglés, ECAFE) sugirió que las islas podrían estar rodeadas de petróleo. Todo esto, unido al hecho de que están ubicadas al este del mar chino, muy cerca de Taiwán, y su posición es estratégica para determinar la supremacía militar en Asia Pacifico.

Esta visita viene a reforzar los lazos entre Estados Unidos y Japón. Y secunda la reunión que tuvo el primer ministro Abe con el presidente Trump el mes pasado en Florida, y que a la vez aleja las dudas sembradas durante la campaña electoral sobre la posible ruptura o distanciamiento de estrechos lazos entre aliados tradicionales.

En cuanto a Corea del Norte, el secretario de Estado fue tajante a su paso por Seúl al afirmar que “la estrategia de paciencia se ha agotado”, aunque no dió por sentada ninguna acción precisa a tomar. Dijo que todas las opciones están sobre la mesa si el riesgo del programa nuclear llega a niveles que merezcan una respuesta militar. Esto se distancia considerablemente de  la política exterior de Obama, en la que la diplomacia de guante de seda dirigió las relaciones junto a la imposición de sanciones por parte del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas.  Tillerson quiso enviar un mensaje claro a Pyongyang de parar el juego de miedo y provocaciones; de no hacerlo, verán las consecuencias.

La visita la cerró con su paso por Beijing, con un vocabulario firme pero menos extremo que el que usó en Japón. Afirmó que Estados Unidos y China comparten una visión común sobre los altos niveles de tensión en los que está la península ahora mismo. Y que las cosas han llegado a un nivel peligroso. Sin embargo, se cuidó de no usar ninguna de las afirmaciones, ni el tono usual del Presidente Trump sobre que China no está haciendo suficiente para detener a Pyongyang. Mientras que su homólogo chino, Wang Yi, defendió con un tono muy diplomático la posición de su gobierno, apostando más por  aplicar las sanciones en contra de Corea del Norte pero bajo un clima de diálogo, mientras que expresaba su esperanza de que Estados Unidos pudiera hacer una valoración de la situación con cabeza fría para llegar a una decisión sabia.

China se excusa en que, de llegarse a acciones militares, la situación se tornaría en una ola de millones de desplazados norcoreanos que se refugiarían en su territorio, situación que no podrían manejar. Pero en el fondo, es China la única potencia con capacidad de presionar al líder de Pyongyang, como país aliado y proveedor de mucho de los productos que consumen.

Las dos economías más grandes del planeta necesitan solventar sus diferencias en cuanto a Corea del Norte. La instalación del sistema antimisiles (THAAD) en Corea del Sur ha disgustado mucho al gobierno chino, quien alega que el radar podría debilitar su capacidad de disuasión nuclear. Hasta ahora China no ha jugado del lado de Occidente. Pero si la situación se tornara muy complicada y vieran sus intereses afectados, seguro que comenzaría a  buscar puntos intermedios de negociación que hasta este momento no han sido ni tan siquiera evaluados. Habrá que esperar la visita del presidente chino a Washington el mes que viene y ver las reacciones in situ. Por ejemplo, ver si Trump decide usar la frialdad e ignorar a su homólogo, como ha hecho con Ángela Merkel, o si intentará hacer un acercamiento estratégico que le ayude a solventar la mayor crisis diplomática que tiene esta nación por delante.

Maniobras en la sombra

Tras meses de paralización, ha vuelto a reunirse la comisión técnica indo-pakistaní encargada revisar el acuerdo sobre la gestión de las aguas del Indo entre estos dos países enemigos tradicionales, ambos dotados de armas nucleares y cada uno encuadrado en bloques distintos, aunque la dinámica cambiante de la situación internacional confunda y mezcle, a veces, esas alianzas. Se trata de una comisión encargada de revisar el tratado de reparto y control de la gestión de las aguas de rio Indo (firmado en 1960) y suspendido hace unos meses por incidentes provocados por la acción de terroristas, teóricamente procedentes de Pakistán en territorio fronterizos con India.

Aunque tienen el aspecto de unas conversaciones técnicas, el acercamiento entre India y Pakistán puede tener un significado que va más allá en el complejo panorama regional. India, aliado tradicional de Rusia en la región, lleva años haciendo esfuerzos para reconstruir alianzas con Estados Unidos y Europa, y en ese marco no hay que perder de vista sus crecientes relaciones con Israel, país, por otra parte, muy atento a las relaciones de Pakistán con Arabia Saudí y a sus recelos con Irán. Pakistán, por su parte, mantiene también crecientes relaciones con China, es aliado como se ha dicho de los saudíes frente al empuje chiita que representa Irán en Oriente Próximo y es un país situado de lleno en el escenario afgano, por la porosidad de sus fronteras, por compartir población de etnia pastun y por la complicidad de sectores de sus aparatos de Estado con los talibán. Además, existe un cierto nivel de colaboración, no exento de recelos y trampas, con Estados Unidos por razones obvias. Es en este contexto donde la aproximación entre India y Pakistán, estimulada tanto por Rusia como por Estados Unidos, gana importancia.

No es que el viejo conflicto indo-pakistaní, países que se disputan la región de Cachemira y otras zonas fronterizas y cuyo enfrentamiento nació del proceso de independencia de India y desgajamiento de Pakistán como un país destinado a construir una república islámica del Indostán vaya a desaparecer, ni mucho menos. Pero una distensión en la frontera permitiría a Pakistán trasladar parte de sus fuerzas militar de la frontera oriental a la occidental y controlar los flujos hacia Afganistán, que es lo que Occidente desea. Y una mayor estabilidad en Afganistán es una de las pocas cosas en las que Estados Unidos, Europa, Rusia y China están de acuerdo, por lo que puede tener de freno a iniciativas islamistas que afectan a todos estos países.

Es importante prestar atención, más allá del ruido de las provocaciones de Corea del Norte y el movimiento de piezas de China, Estados Unidos y Rusia, a estos segundos frentes dónde, además de cambiar elementos del preocupante escenario de Asia Central, pueden tener repercusiones en el área del Pacífico por el este y en Oriente Próximo por el oeste.