INTERREGNUM: Sureste asiático: ¿transición o retroceso? Fernando Delage

El sureste asiático, cuyas diez economías—desde 2015 integradas en la Comunidad de la ASEAN—se encuentran entre las de más alto crecimiento del mundo, representa un espacio decisivo en las redes de producción de la economía global, además de contar con algunas de la vías marítimas de comunicación más relevantes del planeta. El salto dado desde la descolonización en la década de los cincuenta es innegable. También lo es, sin embargo, la insuficiente modernización política de sus sociedades. ¿Por qué algunos de los países más ricos, como Malasia, están rodeados de corrupción? ¿Por qué Tailandia, Filipinas o Birmania no resuelven sus insurgencias locales? ¿Por qué ha habido una marcha atrás de la democracia en la zona?

Michael Vatikiotis, un veterano observador de la región, intenta responder a éstas y otras preguntas en su nuevo libro “Blood and Silk: Power and Conflict in Modern Southeast Asia” (Weidenfeld and Nicolson, 2017). Tres grandes factores explican, según Vatikiotis, los problemas de este conjunto de países. El primero de ellos es la desigualdad: pese a varias décadas de crecimiento sostenido, son las elites locales las que han acumulado riqueza y poder, sin preocuparse por el bienestar general de unas sociedades que, como consecuencia, no perciben los beneficios de la democratización.

Una segunda variable es la irrupción de los discursos identitarios. Sobre bases bien religiosas, bien étnicas, la tolerancia que facilitó la estabilidad del sureste asiático durante décadas está dando paso a nuevas políticas de exclusión. La degradación del pluralismo ha abierto el espacio a los extremismos y facilita la irrupción de conflictos internos, en un proceso ya alimentado por el deterioro de las condiciones socioeconómicas y los abusos de las autoridades. En vez de afrontar este desafío de manera directa y recuperar la tradición local de inclusión, los gobiernos se han dejado llevar por la inercia conservadora que, según creen, les asegura su permanencia en el poder. Líderes elegidos por los votantes pero de perfil autoritario, prefieren manipular etnia y religión —o argumentos de seguridad, como Duterte en Flipinas— con fines políticos en vez de defender los derechos y libertades constitucionales.

Un tercer factor está relacionado con la influencia de las potencias externas. Con un cuarenta por cien de población musulmana (aunque Indonesia representa por sí sola el grueso del total), el sureste asiático no escapa a la competencia entre Arabia Saudí e Irán por el control del islam, como refleja la financiación de escuelas y grupos religiosos, origen de un entorno favorable a la expansión del radicalismo. La creciente proyección económica y diplomática de China en la región está convirtiendo al sureste asiático, por otra parte, en terreno de rivalidad entre las grandes potencias, creando nuevas tensiones geopolíticas.

El futuro inmediato de la región aparece rodeado pues de incertidumbres. La falta de respuesta de los gobiernos a las quejas ciudadanas agrava el escepticismo de las clases medias sobre la democracia, vista como un medio más que como un fin en sí mismo. Pero la persecución de la oposición y el recorte de libertades empujará a grupos sociales a organizarse frente a las autoridades, o a redefinirse sobre bases distintas de la ciudadanía nacional, con la consiguiente amenaza de inestabilidad. El riesgo de sectarismo étnico y religioso en Indonesia y en Birmania, la desintegración del pacto social en Malasia entre malayos, chinos e indios, la permanencia de un gobierno militar en Tailandia, o la debilidad institucional de la democracia filipina reflejan una inacabada transición política interna, contradictoria con la relevancia económica que ha adquirido el sureste asiático en el mundo del siglo XXI.

¿Se volverá China democrática? Quizás, pero no mañana. Miguel Ors.

En un artículo de 1959, el sociólogo estadounidense Seymour Lipset enunció la “teoría de la modernización”, que postula que “cuanto más desarrollada es una nación, mayores son las posibilidades de que albergue una democracia”. Su hipótesis recibió en 1990 el espaldarazo del Informe sobre el Desarrollo del Banco Mundial, en el que se constataba que, mientras 21 de los 24 países de ingresos altos eran estados de derecho, de los 42 más pobres solo lo eran dos.

Samuel Huntington llegó incluso a identificar una “zona de transición” a partir de la cual surgiría la democracia, y adujo como prueba la creciente proporción de la población mundial que vivía en libertad: el 32% en 1973, el 39% en 1990 y el 58% en 1994.

Por desgracia, se pueden hacer todo tipo de malabares con las estadísticas. Por ejemplo, Stephen McGlinchey ha argumentado que entre 1922 y 1990 el número de naciones soberanas pasó de 64 a 130 y, sin embargo, la proporción de democracias se mantuvo constante en el 45%.

Además, ¿de qué hablamos cuando hablamos de democracia? No basta con redactar una Constitución y celebrar votaciones periódicas. El asunto es más complejo y, para organizarlo un poco, The Economist Intelligence Unit (TEIU) elabora un índice a partir de una encuesta que, además de la fiabilidad del proceso electoral, evalúa el pluralismo, el respeto de las libertades, el funcionamiento del Gobierno, la participación ciudadana o la cultura política.

A la luz de este baremo, en 2016 apenas un 4,2% de los habitantes del planeta disfrutaban de una “democracia plena”. La mayoría de los países que Huntington incluyó en su tercera ola aparecen como “democracias imperfectas” o “regímenes híbridos” (el escalón previo a los “autoritarios”). El ejemplo más notorio del fracaso de la teoría de la modernización es China, cuyo gran progreso material no ha impedido que figure en el furgón de cola del índice de TEUI, y no precisamente en los primeros asientos: ocupa el puesto 136 de 167.

A Donald Trump esto le inquieta. Dice que sus predecesores dejaron que China se desarrollara con la esperanza de que un día abandonase el comunismo. Ahora teme que hayamos alimentado un monstruo que podría devorarnos en cualquier momento y aporta como precedente lo que pasó entre Atenas y Esparta. Bueno, en realidad él no aporta ningún precedente. Todo lo que sabe de los griegos se reduce aparentemente a que le caen bien. “No olvidéis”, proclamaba durante un mitin en marzo, “que vengo de Nueva York y allí andan por todas partes”.

Es su equipo el que, según Michael Crowley , “está obsesionado con Tucídides”. Steve Bannon, el estratega jefe de la Casa Blanca, es un “aficionado” (sic) a la guerra del Peloponeso y, en un artículo de 2016, ya estableció un paralelo entre aquel conflicto y el pulso que mantuvo con la Fox cuando trabajaba para Breitbart. Naturalmente, en el artículo ganaba él, el disciplinado espartano. La decadente Atenas Foxiana era vencida porque sus soberbios directivos ignoraron a Tucídides, que les habría alertado de que, al tolerar la emergencia de Breitbart, estaban firmando su sentencia de muerte.

¿Se pueden aplicar estas enseñanzas a la relación entre China y Estados Unidos? Difícilmente. La disputa entre Breitbart y la Fox es un juego de suma cero: cuando compites por la misma audiencia, creces a costa de los rivales y que desaparezcan es positivo. Pero no está claro que destruir un país beneficie automáticamente a los demás. Se pierden mercados a los que exportar y prestamistas a los que recurrir, por no hablar de los costes directos en los que se incurre.

Así que, sí, es decepcionante que la conjetura de Lipset/Huntington no se haya cumplido, porque (hasta donde sabemos) las democracias no guerrean entre sí. Pero eso no significa (hasta donde sabemos) que deban guerrear con los regímenes que no lo son.

Discursos y trampas

Una de las acusaciones más frecuentes contra China es el maltrato a los trabajadores, la carencia de protección de estos respecto a los empresarios, la facilidad de despido el trabajo de menores y otras tantas cosas parecidas.

Es obvio que en este tipo de acusaciones se mezclan verdades, verdades a medias y falsedades notorias, y que están todas teñidas de una fuerte ideologización. Y se puede hacer al respecto un ejercicio interesante. Reunamos todo lo que se dice de la reforma laboral en España y situémonos en una posición de observación desde fuera, como si no tuviéramos datos propios. En este caso sería fácil caer en la tentación de pensar que en España hay trabajadores en régimen de esclavitud, sin derechos, sometidos a la imposición empresarial y en un escenario de despidos, no solos libres, sino arbitrarios. Y todo esto en falso.
De la misma manera es rotundamente falso que en China no exista una legislación laboral. Que ésta requiera un perfeccionamiento desde la arbitrariedad que suponía el maoismo anterior y que la haga compatible con el crecimiento y la creación de empresas parece evidente, pero subrayemos que en China sí existe un sistema de seguridad social, pero aún se encuentra en construcción. En la medida que las empresas eran públicas en su mayoría éstas ya proveían al trabajador de prestaciones sociales, pero con el cambio de modelo económico operado en China los últimos 20 años, el sistema anterior se ha empezado a tambalear; en consecuencia, poco a poco (sobre todo después de 2010) se está intentando desarrollar un sistema que asegure pensiones de jubilación, atención médica, subsidio de desempleo y subsidio en caso de maternidad, pero las coberturas aún no son ni mucho menos universales.
China ha iniciado un modelo de crecimiento que necesita crear mercado, estimular empresas y, sobre todo, hacerlas competitivas en los grandes mercados internacionales. Aumentar los costes de producción, exigir aumentos salariales generalizados al margen de la productividad real y pretender que se haga a golpe de decreto sería, como en España, abonarse a que haya, esta vez sí, despidos masivos, pobreza y una gran inestabilidad social que, en el caso chino, sería una amenaza de escala planetaria.
Esto no quiere decir que los chinos y su sistema sean los buenos de la película; pero el asunto es lo suficientemente complejo para que se hagan reflexiones sosegadas y pegadas a la realidad y no desde púlpitos confortables en universidades progresistas o despachos sindicales que defienden privilegios. La exigencia de derechos “occidentales” para algunas sociedades es, en el fondo, un argumento que apoyaría algún sector de la Administración Trump por lo que tiene de barrera para el libre mercado. Hay que establecer normas para dar seguridad jurídica y estabilidad a los mercados, pero éstas no deberían ser instrumentos para mantener la intervención, el dirigismo económico y las barreras a la libertad que perpetúan la pobreza.

¿Está China lista para relevar a Estados Unidos? Miguel Ors Villarejo

Cuando arrancó el actual milenio, el PIB chino apenas suponía un 12% del estadounidense. Hoy es el primero del planeta. En tres lustros escasos ha acabado con siglo y medio de supremacía americana. Esta fulgurante expansión, que prosigue a tasas cercanas al 7%, ha ido acompañada por sendos incrementos del gasto militar y de la autoestima, y han animado a Pekín a reclamar la soberanía de prácticamente cualquier islote en disputa del Pacífico.

Por su parte, India crece aún más deprisa que China y, si a estos dos colosos se les suma Japón, es difícil no concluir que la Tierra bascula hacia el este. “El secular dominio occidental del mundo de los negocios toca a su fin”, escribe Gideon Rachman en Easternization: Asia’s Rise and America’s Decline from Obama to Trump and Beyond.

Este relevo no sería solo producto de la pujanza oriental, sino de nuestro declive. Mientras Europa lidia con el brexit y los populismos, las rencillas internas paralizan la OTAN y Estados Unidos sigue embarrancado en las interminables campañas de Irak y Afganistán. Tampoco es de gran ayuda la reluctancia occidental a invertir en armas. Rachman observa que incluso una potencia bélica como Reino Unido ha recortado tanto su presupuesto de defensa que todo su ejército cabe ahora en el estadio de Wembley, y aún sobran 16.000 asientos.

La acción combinada de estas tendencias alumbra un escenario poco halagüeño para Occidente y, aunque en la reseña que dedica Jessica Mathews al libro de Rachman en la New York Review of Books admite que su exposición de los hechos es impecable, cuestiona que vaya a traducirse “en una mayor influencia de las naciones asiáticas”.

Para empezar, el Este no forma un bloque homogéneo, ni siquiera bien avenido. “No hay un Oriente comparable a Occidente”, argumenta Mathews. “Aunque la región ha avanzado en la integración comercial, sigue dividida por los conflictos, el recuerdo de viejos agravios y profundas brechas culturales”. La nómina de aliados de Pekín no es muy impresionante. Se reduce, básicamente, a Pakistán y Corea del Norte, y supone “una carga más que un alivio”

Washington cuenta, por el contrario, con el firme respaldo de Japón y Corea del Sur y, desde la presidencia de George W. Bush, ha sabido ganarse a la India. Ahora es Estados Unidos, y no Rusia, el principal proveedor de armas de Nueva Delhi.

La propia China tiene suficientes problemas en casa como para pensárselo antes de salir a buscar más fuera. La legitimidad del Partido Comunista es precaria y, aunque lograra mantener los ritmos de crecimiento del pasado, deberá hacer frente a una grave crisis demográfica cuando en los próximos años empiece a jubilarse una generación “que dispondrá para mantenerse de un hijo y una inadecuada red de seguridad social”.

Finalmente, la occidentalización no ha sido producto únicamente de la presión militar y económica. Decenas de millones de personas de todo el planeta aspiran a formar parte de un sistema político que promueve los derechos humanos, el imperio de la ley, la educación y el progreso tecnológico, y que ha levantado un entramado institucional que, con todos sus defectos, permite que Ecuador gane pleitos en la OMC o que le saquen los colores a Estados Unidos en el Consejo de Seguridad.

¿Por qué bando se decantaría toda esta gente en el caso de que tuviera que optar entre Pekín y Washington? Cada cual hará lo que le dejen llegado el momento, por supuesto, pero si el sentido de circulación de los capitales sirve para anticipar qué modelo inspira más confianza, Mathews observa que “los millonarios rusos y chinos pugnan por colocar su dinero en activos estadounidenses y pisos de Miami y Londres”.

China podría conseguirlo con el beneplácito de Trump. Nieves C. Pérez Rodríguez

Washington.- El Pacífico es el océano más extenso del planeta, una región que incluye unas 25.000 islas y costas de unos 52 Estados cuyos usos, tradiciones y recursos naturales han moldeado el sistema económico regional. Y a pesar de las profundas diferencias y desigualdades entre países tan opuestos como Australia y Camboya, la necesidad de impulsar sus economías ha permitido el establecimiento de un variado grupo de asociaciones que promueven los intercambios comerciales y facilitan la inclusión de economías menos competitivas en el juego.

Fue esta idea la que impulsó la creación del hoy agónico TPP, al que China no pierde de vista mientras sugiere opciones alternativas como la Asociación Económica Integral Regional (RCEP por sus siglas en inglés) y la Asociación de Libre Comercio para el Asia- Pacífico (FTAAP).

La exclusión de China del TPP tuvo una razón lógica: dejar al gigante asiático fuera para evitar que se hicieran con el dominio regional. Y mientras se llevaban a cabo las conversaciones para materializar el TPP, Beijín creaba alternativas de las que ellos pudieran formar parte y sobre todo liderar. El TPP fue pensado para ayudar a las economías, razón por la cual facilitaba el crecimiento de sus miembros, a pesar de su tamaño; y se regían por los derechos de los trabajadores reconocidos por la Organización Internacional del Trabajador, lo que fundamentalmente se traduce en protección a los trabajadores y persecución a la corrupción. Este marco legal incomoda al gobierno chino, pues su modo de operar dista mucho de estas formalidades y funciona en un marco de amplios beneficios propios con limitadas restricciones.

Los acuerdos comerciales modernos en la región asiática comenzaron en la década de los 60. La Asociación de Naciones del Sudoeste Asiático (ASEAN por sus siglas en ingles), que cuenta con diez miembros, fue de las primeros en establecerse. El Foro de Cooperación Económica Asia-Pacífico (APEC) es actualmente la organización que cuenta con más de 20 países junto con la Asociación de Libre Comercio para el Asia- Pacífico (FTAAP), que fue concebida bajo la cumbre de la APEC en Lima el año pasado, y tiene una ambiciosa meta que consiste en conectar las economías del Pacífico desde China a Chile, incluyendo a los Estados Unidos.

De acuerdo con China Daily la razón por la que se consiguió firmar el FTAAP fue debido a las previsiones de crecimiento publicadas por la Organización Mundial del Comercio para el 2016, que no se cumplieron, pues fue un año difícil para la economía y sobre todo para los intercambios, lo que hizo que se redujeran las previsiones hechas para el 2017. De entrar en vigencia, aunque fuese solo con las 21 economías que firmaron, se convertiría en la zona de intercambios más grande del planeta, con el 57% de la economía mundial, lo que representaría casi la mitad de los intercambios internacionales.

La Asociación Económica Integral Regional (RCEP), por su parte, es un acuerdo de libre comercio que incluye a China, India, Japón, Corea del Sur, Australia y Nueva Zelanda junto con los países de la ASEAN (Filipinas, Indonesia, Tailandia, Brunei, Malasia, Singapur, Vietnam, Laos, Myanmar y Camboya). De entrar en vigor este bloque económico representaría alrededor del 30% de la economía y un cuarto de las exportaciones del mundo. A pesar de que el origen de RCEP es del 2012, no se ha logrado concretar aún. China respalda esta iniciativa y ha abogado por su aprobación, sin embargo, Deborah Elms, Directora Ejecutiva del Centro de Intercambios de Asia sostiene que la razón por la que todos los países del ASEAN están dentro es porque fueron arrastrados a participar por el hecho de que se les abría un nuevo mercado de oportunidades con los 6 grandes (China, India, Japón, Corea del Sur, Australia y Nueva Zelanda) con los que no tienen acuerdos comerciales.

En este momento todas las opciones están en la mesa. Sin TPP y con un Trump sin interés en asumir el rol de líder en Asia, mientras Xi Jinping sigue acumulando riqueza y mayor liderazgo internacional, da la impresión de que la desesperación del abandono puede cobrar su precio. Beijín apuesta por dos vías estratégicas: La Asociación Económica Integral Regional (RCEP) y la Asociación de Libre Comercio para el Asia – Pacífico (FTAAP), la segunda más ambiciosa que liberaría más de la mitad de los intercambios comerciales llevados a cabo a día de hoy. En ambos casos, China estaría a la cabeza y contrariamente a lo que afirmó Obama siendo presidente, China escribirá las reglas del comercio mundial, lo que se traduce en mayor crecimiento de su economía y mayor influencia internacional.

¿Es China el nuevo Japón? Ojalá. Miguel Ors Villarejo

Cada vez que se forma una burbuja inmobiliaria en algún lugar del planeta, surge la misma pregunta: “¿Estaremos ante un nuevo Japón?” Nos ha pasado a nosotros no hace tanto. “Los paralelismos entre la situación española a partir de 2008 y la japonesa a partir de 1990 son evidentes”, escribía Albert Esteves en 2012. Y hemos perdido efectivamente una década: nuestro PIB solo va a recuperar este año el nivel de 2007. Pero mientras Japón no ha vuelto a conocer los vigorosos ritmos de crecimiento de la posguerra, nosotros llevamos 10 trimestres encadenando incrementos del 0,7% o superiores (lo que equivale a tasas anuales del 3%). Eso no significa que estemos libres de toda contingencia, pero sí al menos de la del estancamiento.

Otro notorio candidato al título de Nuevo Japón del Año es China. El Financial Times escribe que “su deuda total ha superado el 250% del PIB y continúa subiendo, mientras los funcionarios intentan contener los estratosféricos precios inmobiliarios y el Gobierno gestiona las secuelas del colapso bursátil de 2015”.

Por si no fuera suficiente parecido, hace un par de años el magnate Liu Yiqian compró un Modigliani por la desorbitada cifra de 170 millones de dólares, evocando los igualmente disparatados 40 millones que en 1987 pagó una aseguradora de Tokio por Los girasoles de Van Gogh. Aquel hito se considera hoy el cénit de los excesos nipones. A partir de entonces todo fue cuesta abajo. ¿Anuncia el Desnudo acostado una inflexión similar?

El propio Financial Times señala que “hay extremos en los que la comparación falla”. Para empezar, mientras Japón asistió impotente a la revalorización del yen, China no duda en calentarle de vez en cuando los nudillos a quienes especulan con su moneda, “y esto no es probable que vaya a cambiar”.

Además, dos tercios de la deuda de la República Popular están en manos de compañías y entidades públicas, lo que proporciona al Gobierno un amplio margen de maniobra a la hora de renegociar aplazamientos y quitas.

Pekín también ha aprendido de la experiencia ajena y, a diferencia de Tokio, ha iniciado una maniobra para pasar de un modelo orientado hacia las exportaciones a otro más sostenible basado en el consumo (aunque hay que señalar que sin el menor atisbo de éxito por el momento).

La diferencia clave es, no obstante, que la enfermedad japonesa no ha sido tanto económica como demográfica. Si la población hubiera mantenido la tendencia previa a la crisis, no habría habido estancamiento. El problema es que, como cada vez son menos, la suma de lo que venden (o sea, su PIB) no varía. Pero a lo largo de los años 90 la productividad no dejó de mejorar y, con ella, la renta per cápita.

La parálisis nipona ha sido, en buena medida, una ilusión estadística. Aunque la economía en su conjunto dejó de expandirse, los japoneses siguieron experimentando una saludable sensación de progreso.

Ojalá les pase lo mismo a los chinos.

INTERREGNUM: El desafío asiático de Europa. Fernando Delage

Tres sucesivas medidas de la administración Trump—el abandono del TPP, la falta de alternativa a la Nueva Ruta de la Seda y la renuncia al acuerdo de París sobre cambio climático—han dejado en manos de China el liderazgo del orden multilateral. De manera sorprendente, el mayor desafío al sistema liberal de posguerra procede de su creador, cuyas decisiones están facilitando así los objetivos de las potencias revisionistas.

Al repudiar el acuerdo de París, Trump revela su desinterés por la supervivencia de la comunidad euroatlántica y, por tanto, por lo que ha sido el pilar central de la política exterior norteamericana durante los últimos 70 años. Su anuncio se ha producido solo una semana después de su participación en las cumbres de la OTAN y del G7, donde desoyó las opiniones de sus aliados y mostró lo que cabe esperar de su gobierno. A partir de ahora, dijo la canciller alemana, Angela Merkel, apenas horas después de la reunión de Taormina, Europa tendrá que tomar las riendas de su futuro.

Putin nunca podía haber imaginado que un presidente norteamericano sabotearía las relaciones transatlánticas, ese objetivo tan deseado por Moscú desde 1945. Los líderes europeos ya no tienen más opción que tomarse en serio la política de defensa común y formar un consenso sobre Rusia. Pero el escenario geopolítico va más lejos, y los desafíos—y oportunidades—estratégicas que se abren para la Unión Europea aparecen ligados al rápido realineamiento de fuerzas que se está produciendo en el continente euroasiático. Quizá no fuera una coincidencia que los primeros ministros de China e India, Li Keqiang y Narendra Modi, respectivamente, visitaran en rápida sucesión Berlín y otras capitales europeas la semana pasada.

Mientras Trump “reñía” a Alemania por twitter por su política comercial y de seguridad, Merkel, en su rueda de prensa con Li, declaró que “China se ha convertido en un importante socio estratégico. Vivimos en tiempos de incertidumbre y vemos que tenemos una responsabilidad en ampliar nuestra asociación a todos las áreas y promover un orden mundial basado en el Derecho”.

Li reiteró por su parte el firme apoyo de China a la integración europea. Sólo 24 horas antes, en su comparecencia ante los medios con Modi, Merkel también subrayó “el papel de India como socio de confianza en grandes proyectos”, a la vez que el primer ministro indio defendió “una Europa más fuerte y proactiva en el mundo”.

¿Cabe mejor expresión del fin de una era? Las dos grandes potencias asiáticas, que suman el 40 por cien de la población del planeta giran hacia Europa, mientras Estados Unidos redefine sus intereses para ir no se sabe dónde. El escenario de transformación se acelera, y reinventar Europa significa hoy ante todo reconfigurar su papel en el mundo. Y para ello no basta con demonizar a Trump o arroparse en argumentos morales. El desafío consiste en articular una visión estratégica que promueva los intereses europeos a largo plazo, y proporcione a la Unión una capacidad de maniobra en el nuevo espacio económico y geopolítico euroasiático en formación. Cuando se cumplen 50 años de la publicación de “Le défi Américain”, el influyente ensayo de Jean-Jacques Servan-Schreiber, es Asia el continente que debe estimular un nuevo debate en Europa sobre cómo responder a la redistribución del poder global. Trump dejará algún día la Casa Blanca, y Estados Unidos y Europa volverán a mantener una estrecha relación, pero el mundo ya no será el que fue hasta noviembre de 2016.

El rol de la mujer en Asia. Nieves C. Pérez Rodríguez

Washington.- Diversos expertos coincides en que septiembre de 1995 marcó un momento histórico en la reivindicación de derechos de la mujer en Asia. La firma de la “declaración de Beijing” selló las pautas de los estándares a seguir en igualdad de género, acceso igualitario a la educación, militancia política y lucha contra la violencia de género, entre los aspectos más destacados. De acuerdo con Naciones Unidas fue el plan más progresista que jamás había existido para promover los derechos de la mujer. A pesar de que han pasado más de dos décadas, esta declaración sigue siendo una fuente de poderosa inspiración y guía para la sociedad civil, los gobiernos y los activistas en la lucha por avanzar en este camino.

Asia ha crecido de manera significativa en las últimas décadas; ha sacado de la pobreza extrema a millones de personas, sin embargo, más de 800 millones de asiáticos siguen viviendo con menos de 1,25 dólares diarios y 1.700 millones sobreviven con menos de 2 dólares diarios (de acuerdo con la organización para la cooperación y el desarrollo). En el caso de las mujeres, en el sur de Asia la participación en la fuerza de trabajo es tan solo del 40% comparado con la masculina. En Asia Central y del Este las niñas de primaria y secundaria se matriculan un 20% menos que los niños.

En el caso de India, desde 2005 se está observando un fenómeno curioso: cada vez más mujeres tienen acceso a educación; sin embargo, menos mujeres trabajan. A pesar de la expansión de centros urbanos, menos mujeres se insertan en actividades laborales en estas ciudades, hecho llamativo, porque suele ser radicalmente opuesto a lo que ocurre en otras sociedades. Tan solo el 27% de las indias trabajan y, contrariamente a lo que ha sucedido en la mayoría de las sociedades, en India cada día aumenta el paro femenino. Entre 2000 y 2012, más de 70 millones de indias dejaron de trabajar según la Sociedad Asiática (Asian Society Organization). En Pakistán, donde solo un 25% trabajan, en los años recientes se ha observado cómo ha habido un aumento progresivo.

En Bangladesh, el 58% de sus mujeres participan en alguna actividad laboral, mientras que en Nepal el 80% trabajan, siendo el porcentaje más alto en el sur de Asia, de acuerdo con un estudio publicado por la Universidad de Harvard en el 2016. Sin embargo, la mayoría de las mujeres sufren malnutrición y no reciben remuneración por su trabajo; es una sociedad dominada por castas donde la mujer ha estado históricamente en desventaja.

En Asia, el protagonismo político sigue siendo ejercido en su mayoría por hombres. En Filipinas únicamente ha aumentado un 10% la participación femenina en el gobierno nacional. Al igual que pasó en Indonesia o Corea del Sur, el hecho de que muchas mujeres lleguen a altos cargos políticos se debe a que son hijas o esposas de algún personaje destacado de la esfera política del país y curiosamente no han utilizado sus posiciones para defender los derechos femeninos. A pesar de que los países del sureste asiático han firmado la declaración de la eliminación de cualquier forma de discriminación femenina, con la excepción de Laos y Vietnam, es difícil incorporar la igualdad de género cuando un hijo es siempre más deseado que una hija; o en el caso de los países budistas que siguen creyendo que reencarnar como mujer tiene menos méritos y es consecuencia del comportamiento en vidas pasadas.

Japón por su parte cuenta con una participación política femenina de tan solo el 10%, mientras que solo 49% de sus mujeres trabajan; y a pesar de ser un país industrializado, la diferencia salarial es del 26,6% entre géneros. Parecida es la situación en Corea del Sur donde, a pesar de que el 99% de las mujeres reciben formación, tan solo la mitad de ellas trabajan.

Otra muestra de lo importancia que tiene la igualdad de género en el desarrollo económico de la región puede constatarse en las prioridades que tiene el Banco de Desarrollo de Asia, que tan solo en el 2016 destinó 45% de su presupuesto a esta materia. Cuenta con un plan operacional de incentivos para la promoción de la mujer, que comenzó en el año 2013 y que prevé continuar hasta el 2020, en donde estiman que llegarán a conseguir el objetivo, a través de un seguimiento de la inserción de la mujer en actividades económicas (emprendedoras, oportunidades, créditos, etc.), educación de niñas y adolescentes (desarrollo de sus vocaciones, capacitación, etc.), y el seguimiento en las leyes y políticas en pro de reducir las diferencias entre géneros, además de incentivar el acceso a posiciones en toma de decisiones tanto en el sector privado como público.

Mucho camino se ha andado y a pesar de que se ha progresado con la puesta en marcha de leyes y políticas para beneficiar a las mujeres y niñas asiáticas, aún queda un largo camino por recorrer. Y en muchos casos las religiones, los usos y costumbres culturales suponen el más aguerrido de los bloqueos en esta lucha.

INTERREGNUM: La crisis asiática, veinte años después. Fernando Delage

Se cumplen veinte años esta semana del estallido, en Tailandia, de la crisis financiera que muchos en Occidente interpretaron en su día como el fin del excepcionalismo económico asiático. El hundimiento del baht tailandés, y el rápido contagio a otros países del sureste asiático y, unos meses más tarde, a Corea del Sur, era consecuencia—se pensaba—de la insostenibilidad a largo plazo de una fórmula de crecimiento no apoyada en los principios de la economía de mercado.

Pero esta primera gran crisis de la globalización fue en realidad una crisis del sector financiero privado: dada la solidez de sus fundamentos macroeconómicos, en apenas dos años los países afectados por aquel estallido recuperaron su alto ritmo de crecimiento, confirmando el desplazamiento del centro de gravedad económico del planeta hacia Asia. Los occidentales se verían atrapados, década y media después, en su propia crisis—también con origen en el mundo financiero—mientras la globalización avanzaba con una cara cada vez más asiática tras la integración en la economía mundial de China primero, e India después.

La rápida superación de la crisis financiera aparcó, sin embargo, la resolución de problemas estructurales que hoy definen la agenda económica y política nacional. A pesar de décadas de crecimiento sostenido, la mayor parte de los países asiáticos se encuentran ante la “trampa de los ingresos medios”, es decir, incapaces de dar el salto hacia una alta renta per cápita a medida que desaparecen las ventajas competitivas de una población activa de bajos salarios en un contexto de nuevas presiones demográficas. Es un problema compartido por las economías del sureste asiático, pero también la más urgente prioridad del gobierno chino.

Aunque pueden identificarse distintas variables económicas que explican esas dificultades, en último término se trata de una cuestión política. La crisis de 1997-98 acabó con la idea de que los gobiernos autoritarios asiáticos habían encontrado un modelo eficiente, y alternativa tanto del capitalismo occidental como del socialismo de corte soviético. Indonesia comenzó su transición hacia la democracia, y Tailandia se dotó de una nueva constitución que—se esperaba—, dejara atrás su inestable historia política. Dos décadas más tarde, ya no se trata de industrializar sociedades agrícolas; el desafío consiste en aumentar la productividad y encontrar un nuevo motor de crecimiento en la innovación y la alta tecnología. Pero ello no será posible sin la necesaria modernización política e institucional: una economía madura y avanzada está reñida con la arbitrariedad, la falta de libertades o la ausencia de un poder judicial independiente.

No puede decirse que las perspectivas sean muy halagüeñas. Mientras se cumplen dos años del último golpe de Estado en Tailandia sin que se haya anunciado una fecha de convocatoria de las elecciones prometidas por los militares, los islamistas sentencian por blasfemia al exgobernador cristiano de Jakarta, Ahok. Mientras en Malasia se persigue a la oposición y se reclama—sin éxito—la dimisión del primer ministro, Najib Razak, envuelto en un caso de corrupción sin precedentes, el presidente filipino, Rodrigo Duterte, declara la ley marcial en Mindanao y continúa con su campaña extrajudicial contra los consumidores y traficantes de drogas. Es un fenómeno regional, esta regresión de la democracia que coincide tristemente con la conmemoración, en agosto, del 50 aniversario de creación de la ASEAN. Aunque la agenda internacional ya está repleta de asuntos que atender, luchar contra el resurgir del autoritarismo en el sureste asiático no debería ser una prioridad menor.

Show me the Money. Juan José Heras.

China lleva desde 2013 publicitando la vertebración de buena parte del planeta a través del desarrollo de Infraestructuras y Corredores Económicos enmarcados dentro de la nueva Ruta de la Seda (BRI), cuyo objetivo principal sería conectar comercialmente Europa y Asia.

Pese a que existen otras iniciativas internacionales para la integración comercial y el desarrollo de infraestructuras (INSTC, TAPI, UEE), la BRI acapara casi toda la atención al estar respaldada por la gran capacidad de financiación china y tener un alcance global que incluye a más de 60 países.

Sin embargo, las cuentas no salen, ya que la cantidad de inversión necesaria para llevar a cabo esta iniciativa excede ampliamente las capacidades financieras de Pekín, que se ha visto obligado a lanzar una campaña publicitaria sin precedentes en busca de capital privado y el apoyo de otros gobiernos. Pero estos inversores son reticentes a participar en proyectos con un retorno dudoso y a muy largo plazo, debido principalmente a la escasa actividad comercial y la falta de seguridad de muchos de los países comprendidos en la BRI. Asimismo, haciendo números se llega a la conclusión de que la BRI tampoco va a solucionar, como se dice habitualmente, los problemas de sobrecapacidad industrial que afronta China y que requieren un cambio de modelo económico.

Por ello, los avances más significativos en BRI se observan en aquellos corredores donde China está financiando directamente la ejecución de los proyectos que más afectan a sus intereses. En este sentido, destacan el Corredor Económico ente China y Pakistán (CPEC), la integración regional del Sureste Asiático y la Ruta Marítima de la Seda (RMS).

El CPEC tiene una consideración estratégica al garantizar la seguridad energética china mediante vías alternativas a las actuales rutas marítimas. Asimismo ofrece una salida al mar a la conflictiva región de Xinjiang que Pekín espera que contribuya a su desarrollo económico y con ello a reducir el sentimiento independentista de esta provincia.

Por su parte, el desarrollo de las infraestructuras de los países del Sureste Asiático favorecerá sus relaciones comerciales con las empobrecidas provincias del sur de China, como por ejemplo Yunán, que aspiran a convertirse en centros industriales y exportadores de la región. Esto enlaza con la deslocalización industrial que Pekín está llevando a cabo en estos países como parte de sus reformas estructurales para convertirse en una economía moderna.

Por último, la Ruta de la Seda Marítima incluye el establecimiento de una serie de puertos a lo largo del Índico que podrían tener  fines mas allá de lo estrictamente comercial, contribuyendo a la mejora de sus capacidades marítimas militares que permitan a China situarse como una potencia a nivel mundial. Esto preocupa EE.UU. que vigila de cerca el desarrollo de estos proyectos.

Por tanto, parece que la BRI, esa hermosa iniciativa que según el folleto publicitario busca eliminar las barreras comerciales y estrechar los lazos entre los pueblos, solo se está concretando en aquellos casos que tienen un interés estratégico por su proximidad geográfica, su seguridad energética o su ascenso como potencia militar.

Sin embargo, Pekín no renuncia a poner el sello de “Ruta de la Seda” como garantía de autenticidad a cualquier proyecto financiado por otros gobiernos o empresas privadas que contribuya alimentar la grandeza de esta iniciativa y a consolidar la marca BRI.