INTERREGNUM: Europa y Japón. Fernando Delage

“La cuestión fundamental de nuestro tiempo—dijo el presidente Trump en Varsovia el pasado 6 de julio—es si Occidente tiene la voluntad de sobrevivir”. Se desconoce si era una pregunta retórica por su parte, pero recordaba aquello que decía Toynbee de que las grandes civilizaciones mueren por suicidio más que por asesinato. Por primera vez desde la segunda posguerra mundial, las amenazas al orden liberal proceden tanto de los enemigos internos como de los externos. Y si alguien no está defendiendo los valores de la Ilustración que han definido Occidente es el propio Trump.

Afortunadamente, otros líderes no se han cruzado de brazos. Y nada simboliza mejor esa respuesta que el acuerdo de libre comercio concluido entre la Unión Europea y Japón en vísperas de la reunión del G20 en Hamburgo. Dos economías que suman 600 millones de personas y representan un tercio del PIB global y un 40 por cien del comercio mundial, se han unido frente al giro proteccionista de la administración norteamericana. Sus implicaciones, no obstante, van mucho más allá.

Como señalaron las autoridades europeas y japonesas, es un acuerdo asimismo sobre “los valores compartidos en los que se basan nuestras sociedades”, la democracia y el Estado de Derecho, y una demostración de la voluntad política de ambas partes de actuar contra la corriente de aislacionismo y desintegración que otros parecen defender. “No hay protección en el proteccionismo”, dijo el presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker.

Tras el abandono del TPP y del TTIP, Tokio y Bruselas se han visto obligados a defender por su cuenta un orden internacional basado en reglas, que establezca altos estándares (laborales, medioambientales, transparencia…) que también obliguen a las economías emergentes. Para Japón, el acuerdo con la UE implica que esos estándares deberán formar parte de toda negociación que Washington quiera emprender con Tokio. También puede facilitar, como desea Japón, una renegociación del TPP sin Estados Unidos, y elevar la ambición de la Asociación Económica Regional Integral (RCEP) que negocian 16 economías asiáticas. Para Europa, un acuerdo que sucede al recientemente concluido con Canadá (CETA), expresa su compromiso con la liberalización comercial tras el Brexit y las incertidumbres acerca de la actitud de la administración Trump sobre el proyecto europeo.

En último término, el acuerdo representa de hecho un significativo desafío a Estados Unidos. Los productos europeos accederán al mercado japonés en unas condiciones que no tendrán los norteamericanos y, de manera más que simbólica, se pone en evidencia el creciente aislamiento internacional del presidente Trump. El pacto entre Japón y la Unión Europea consolida la idea de que los acuerdos comerciales no pueden ser simples arreglos bilaterales sobre determinados productos o tarifas. Los derechos de los trabajadores, la reciprocidad en los contratos públicos o la defensa de la propiedad intelectual son, entre otros, asuntos que ya no pueden quedar al margen de los mismos. Con el precedente creado por Bruselas y Tokio, será inviable para la administración Trump mantener su preferencia por un enfoque bilateral.

Suma y sigue, una historia de ciegos. Julio Trujillo

Un paso más hacia… lo mismo. Corea del Norte ha lanzado otro misil hacia el mar territorial del Japón, Estados Unidos ha activado sus defensas en todo el Pacífico y ha alertado de manera especial sus sistemas de alerta y respuestas en las islas Aleutianas y Alaska, el presidente Trump ha recordado a China su deber de contener a la dictadura norcoreana, Pekín ha requerido la retirada del escudo antimisiles de Estados Unidos en Corea del Sur y Japón ha vuelto a reclamar una acción internacional mientras prosigue su discreto pero decidido rearme naval.

En este escenario de empate infinito, pero de riesgo creciente, ya que tanto las acciones del dictador norcoreano como las del atrabiliario presidente Trump parecen inspiradas por los impulsos coyunturales, Europa sigue ausente, sin perfil, perdida en sus laberintos. Recuerda aquella frase del general Colin Powell cuando afirmaba que ante cada crisis de seguridad del planeta, cuando Estados Unidos alertaba a sus fuerzas de seguridad y usaba sus armas, Europa elaborada un comunicado de condena. Esta sistemática colocación de perfil para no salir del todo en la foto refleja, y eso no sería lo más grave, no sólo la tradicional tendencia a rehuir todos los enfrentamientos hasta que el enemigo llama a la puerta, sino la ausencia de criterios. Europa, la Unión Europea, no dice nada, y eso sí que es lo grave, porque no sabe qué decir, no tiene una concepción estratégica del conflicto, ni qué consecuencias puede tener para Europa ni cómo los acontecimientos pueden ser un riesgo o una oportunidad. Nada de eso, Europa es como los delincuentes oportunistas que esperan los acontecimientos y se prepara para ver qué puede rebañar en medio de la tormenta.

Estados Unidos tiene una estrategia. Existe más allá de Trump, aunque éste la gestione desde el impulso, la ignorancia y una vuelta al proteccionismo, por encima de la opinión de algunos de sus asesores. Pero Europa, que quiere aparentar una unidad de acción por encima de los intereses nacionales de sus componentes, encuentra en la inacción la manera de correr riesgos de desunión. En China, como en Libia o en Oriente Próximo, la princesa no decide, sólo se sonroja, da largas e intenta contentar a todos los pretendientes.

China, Estados Unidos y la trampa de Tucídides. Miguel Ors Villarejo

En su Historia de la Guerra del Peloponeso, Tucídides atribuye el conflicto al temor que la creciente preponderancia de Atenas inspiraba en Esparta. “Introdujo en la historiografía la noción de que las contiendas tienen causas profundas y que los poderes establecidos están trágicamente condenados a atacar a los emergentes”, escribe el catedrático de Relaciones Internacionales de la Universidad de Pennsylvania Arthur Waldron. Esta tesis, bautizada como trampa de Tucídides, “es brillante e importante”, observa, “pero ¿es cierta?”

Ni siquiera en el caso del Peloponeso. La literatura sobre la materia es amplia y concluyente: los espartanos no estaban interesados en pelearse con nadie. “Instalados en el oscuro sur”, escribe Waldron, “llevaban una sencilla vida campestre. Usaban trozos de hierro como moneda y comían sus alubias cuando no estaban adiestrándose para el combate”. Su rey Arquídamo II hizo lo que pudo para evitar el enfrentamiento y, solo cuando los atenienses se negaron a levantar el embargo a Mégara, invadió el Ática.

La trampa de Tucídides ha sido desmentida en infinidad de ocasiones. ¿Desató Rusia las hostilidades contra Japón en 1905? No. Fue Japón el que le hundió la flota al zar. ¿Adoptó Washington medidas preventivas contra Tokio en 1940? No, fue Tokio el que ocupó Indochina, firmó el Pacto Tripartito con el Eje y bombardeó Pearl Harbor. ¿Y agredieron Francia y Reino Unido al Tercer Reich? No, fue Hitler quien se anexionó Alsacia, los Sudetes, Austria y Polonia.

A pesar de toda esta evidencia, Waldron se queja de que la profesora de Harvard Graham Allison inste a Washington en Condenados a la guerra a hacer concesiones a Pekín para no sucumbir, como Esparta, a la trampa de Tucídides. Waldron dedica a Allison todo tipo de lindezas. Dice que sabe poca historia de China y que su libro es desconcertante y farragoso, y es obvio que la mujer no se ha documentado lo suficiente sobre cómo funciona la dichosa trampa, pero, en el fondo, ¿qué más da quien abra las hostilidades? Se trata de preservar la paz, y la emergencia de nuevos poderes genera siempre tensiones insuperables. ¿O no?

En realidad, la irrupción de una potencia no tiene por qué terminar en un Armagedón. Imaginen, dice Waldron, que un grupo de naciones formara una coalición cuyo PIB y territorio fuesen mayores que los de Estados Unidos y capaz de movilizar a casi dos millones de soldados. ¿Lo consentiría la Casa Blanca? La trampa de Tucídides sostiene que no, pero los hechos dicen que sí: es la Unión Europea.

“No culpen a Allison”, escribe Waldron con condescendencia. El problema es la ignorancia sobre China, que ha alentado una “plétora de fantasías, algunas pesimistas y otras absurdamente radiantes”. Los asuntos internacionales son más tediosos y no se gestionan con golpes de efecto (hostiles o amistosos), sino mediante una sorda labor diplomática. “La razón por la que las ciudades estado griegas […] habían vivido en paz [hasta la Guerra del Peloponeso]” fue “la red de amistades que establecieron sus líderes”. Por desgracia, “la peste mató a Pericles, el hombre clave de esta maquinaria”, “las pasiones se adueñaron [de Atenas]” y “la lucha se reanudó con redoblada fiereza”.

¿Es China el nuevo Japón? Ojalá. Miguel Ors Villarejo

Cada vez que se forma una burbuja inmobiliaria en algún lugar del planeta, surge la misma pregunta: “¿Estaremos ante un nuevo Japón?” Nos ha pasado a nosotros no hace tanto. “Los paralelismos entre la situación española a partir de 2008 y la japonesa a partir de 1990 son evidentes”, escribía Albert Esteves en 2012. Y hemos perdido efectivamente una década: nuestro PIB solo va a recuperar este año el nivel de 2007. Pero mientras Japón no ha vuelto a conocer los vigorosos ritmos de crecimiento de la posguerra, nosotros llevamos 10 trimestres encadenando incrementos del 0,7% o superiores (lo que equivale a tasas anuales del 3%). Eso no significa que estemos libres de toda contingencia, pero sí al menos de la del estancamiento.

Otro notorio candidato al título de Nuevo Japón del Año es China. El Financial Times escribe que “su deuda total ha superado el 250% del PIB y continúa subiendo, mientras los funcionarios intentan contener los estratosféricos precios inmobiliarios y el Gobierno gestiona las secuelas del colapso bursátil de 2015”.

Por si no fuera suficiente parecido, hace un par de años el magnate Liu Yiqian compró un Modigliani por la desorbitada cifra de 170 millones de dólares, evocando los igualmente disparatados 40 millones que en 1987 pagó una aseguradora de Tokio por Los girasoles de Van Gogh. Aquel hito se considera hoy el cénit de los excesos nipones. A partir de entonces todo fue cuesta abajo. ¿Anuncia el Desnudo acostado una inflexión similar?

El propio Financial Times señala que “hay extremos en los que la comparación falla”. Para empezar, mientras Japón asistió impotente a la revalorización del yen, China no duda en calentarle de vez en cuando los nudillos a quienes especulan con su moneda, “y esto no es probable que vaya a cambiar”.

Además, dos tercios de la deuda de la República Popular están en manos de compañías y entidades públicas, lo que proporciona al Gobierno un amplio margen de maniobra a la hora de renegociar aplazamientos y quitas.

Pekín también ha aprendido de la experiencia ajena y, a diferencia de Tokio, ha iniciado una maniobra para pasar de un modelo orientado hacia las exportaciones a otro más sostenible basado en el consumo (aunque hay que señalar que sin el menor atisbo de éxito por el momento).

La diferencia clave es, no obstante, que la enfermedad japonesa no ha sido tanto económica como demográfica. Si la población hubiera mantenido la tendencia previa a la crisis, no habría habido estancamiento. El problema es que, como cada vez son menos, la suma de lo que venden (o sea, su PIB) no varía. Pero a lo largo de los años 90 la productividad no dejó de mejorar y, con ella, la renta per cápita.

La parálisis nipona ha sido, en buena medida, una ilusión estadística. Aunque la economía en su conjunto dejó de expandirse, los japoneses siguieron experimentando una saludable sensación de progreso.

Ojalá les pase lo mismo a los chinos.

La discreta escalada. Julio Trujillo

El aumento de tensión que suponen los desafíos y provocaciones de Corea del Norte está provocando una escalada militar de potencias regionales como Japón que está pasando desapercibida para el gran público. Aunque sea explicable y Japón siga sometido a compromisos de contención impuestos tras su derrota en la II Guerra Mundial, ha puesto en pie una maquinaria militar dada despreciable y está desarrollando una nueva política de intervención y de definición de sus intereses nacionales y de política de defensa.

En la última década Japón ha ido construyendo una fuerza naval considerable siempre dentro de los límites marcados por los tratados de paz incluidos en la propia Constitución Japonesa, a veces con sutiles especificaciones técnicas. Tal es el caso del Izumo, el barco más grande construido por Japón desde el final de la II Guerra Mundial. El Izumo se parece mucho a un portaviones, aunque los oficiales de la Armada de Japón son cuidadosos al describir la nave como un “destructor portahelicópteros”. Ya ha participado en la primera exhibición de barcos de guerra de Singapur, un encuentro internacional en el que flotas procedentes de Asia y de más allá se reúnen para demostrar sus capacidades.

El aumento de las operaciones navales de Japón en el Mar Meridional de China y más allá también es una respuesta a una creciente preocupación para Tokio: la intención expresada por parte de China de dominar las aguas que rodean a Japón.

Los chinos sostienen que, con apenas unos ajustes menores, un barco como el Izumo podría transportar modernos aviones caza con capacidad de despegue vertical, incluyendo el caza furtivo F35.  China afirma que el Izumo y las últimas adquisiciones de la Fuerza de Autodefensa de Japón suponen el inicio de un nuevo expansionismo militar y un recordatorio del sufrimiento y la destrucción causados por la flota japonesa durante la II Guerra Mundial.

Para las fuerzas navales japonesas, sin embargo, los barcos como el Izumo tienen un doble mensaje: expresar el compromiso con frenar las intenciones chinas y hacer cumplir las resoluciones internacionales sobre la libertad de navegación y, a la vez, demostrar su intención de gastar más en defensa en sintonía con las exigencias de su aliado, Estados Unidos.

El sistema antimisiles funciona. Nieves C. Pérez Rodríguez

Washington.- La seguridad es una de los elementos que más obsesiona a Estados Unidos. No es casual que los ciudadanos elijan a sus líderes políticos considerando cuál será su política de seguridad defensiva frente a un ataque o como mantendrán protegido el territorio y a sus habitantes. Fue Ronald Reagan quien concibió la idea de crear un sistema defensivo antimisiles, que en su momento respondía al riesgo proveniente de la Unión Soviética y que continuaron desarrollando sus sucesores desde entonces. El pasado martes esta idea se materializó en un hecho histórico que marca una nueva era en el desarrollo armamentístico, pues ya no es solo quién posee los misiles sino quién es capaz de neutralizar a sus enemigos.

Son tres las agencias estadounidenses que se encargan del seguimiento de potenciales riesgos: la NASA, la Agencia de Defensa de Misiles, y el Comando aeroespacial estadounidense. Los ataques terroristas del 2001 obligaron a estos organismos a intensificar su trabajo y a aumentar sus presupuestos y desarrollar tecnología más avanzada con el propósito de prepararse frente a un potencial ataque. Disponen de un extenso número de bases militares a lo largo del planeta que cuentan con radares que tienen capacidad de neutralizar, derribar y destruir misiles que amenacen el territorio estadounidense o el de algunos de sus aliados.

Los radares de advertencia temprana están operando permanente y transmitiendo información en tiempo real. La amenaza de Corea del Norte, por ejemplo, se vive con mucha preocupación en Washington. Es, en efecto, uno de los pocos temas en los que están de acuerdo republicanos y demócratas. Se percibe a Kim Jong-un como un auténtico desalmado capaz de perpetrar un ataque catastrófico, razón por la que en el 2016 se instalaron 36 interceptores en las bases de Alaska y California, tratando de prevenir misiles de largo alcance provenientes de Corea del Norte. Como si fuera poco, la Administración Trump ha aumentado el presupuesto de defensa en 58 billones de dólares, lo que representa un aumento del 10%, dejando por sentado una vez más la prioridad que tiene la seguridad y la defensa en esta nación.

El simulacro de la semana pasada consistió en lanzar un proyectil intercontinental desde la Base de pruebas Ronald Reagan, ubicada en las Islas Marshall hacia la costa oeste de los Estados Unidos. Y, de acuerdo con lo afirmado por el Departamento de Defensa, múltiples sensores y radares captaron el misil y enviaron información de su trayectoria al sistema de misiles en tierra. Y desde la base aérea Vandenberg situada en el sur de California se respondió con un misil que destruyó el proyectil en el Pacifico, en pleno vuelo.

La base militar estadounidense en Kwajalein Atoll en las Islas Marshall cuenta con una ubicación estratégica en el Pacífico, pues está a tan solo 3900 km de distancia del suroeste de Honolulu (Hawái), el territorio más vulnerable a un posible ataque de Corea del Norte seguido de la costa oeste de los Estados Unidos. Sin embargo, el Departamento de Defensa americano no cree que Pyongyang cuente aún con un misil capaz de llegar a tierra estadounidense, aunque no dudan que estén trabajando en desarrollarlo. Por lo que se han dado prisa en preparase para poder responderles en condiciones.

El director del programa GMD (Ground-base Midcourse Defense), o programa de defensa de misiles en tierra, Jim Syring, sostiene que “la capacidad de poder derribar proyectiles en vuelo es vital para la seguridad de los Estados Unidos y esta prueba demuestra nuestra capacidad creíble y disuasoria frente a una amenaza”. No es casual que se llevara a cabo esta prueba justo en el momento en que Corea del Norte se ha dado a la tarea de lanzar misiles casi cada semana a pesar de las sanciones de Naciones Unidas y los múltiples llamamientos por parte de las grandes potencias. La Administración Trump está enviando un mensaje muy claro a Kim Jong-un: Estados Unidos sigue siendo el pionero en carrera armamentística y ahora, además, cuenta con capacidad de destruir en vuelo proyectiles que vayan dirigidos a objetivos estadounidenses y/o de sus aliados.

Misiles norcoreanos de menor alcance podrían perpetrar un ataque a un aliado como Corea del Sur o Japón, lo que podría detonar la furia y el orgullo yanqui, en el que Míster Trump tendría el escenario perfecto para exacerbar el nacionalismo estadounidense que tanto lo ayudó a llegar a la Oficina Oval, y justificar cualquier acción bélica en pro de preservar la seguridad nacional. ¡Que Dios nos libre de esto!

Corea del Norte sube el precio. Julio Trujillo

El lanzamiento de un nuevo misil, ahora con éxito, desde Corea del Norte, en su carrera por demostrar que están en situación de atacar las bases norteamericanas en Japón y en la zona es, básicamente, una subida del precio para aceptar un enfriamiento de la tensión regional. En un escenario en que las presiones de adversarios, como EEUU y Japón (además de Corea del Sur), y amigos como China, están aumentando las presiones, y en el que las elecciones en Corea del Sur han situado en la presidencia a un dirigente un poco menos duro con Pyongyang, los dirigentes norcoreanos entienden que subir un poco la agresividad y la provocación aumentando controladamente el riesgo es una buena apuesta.

En ese contexto ha irrumpido Rusia de manera pública criticando la acción norcoreana y, a la vez, recordando a EEUU que no hay otra alternativa que negociar, es decir, Moscú reforzando la pretensión norcoreana de conseguir ayuda financiera y ventajas a cambio de no desencadenar el terror. Es una vieja teoría no siempre oportuna y no exenta de riesgos.

Sin analizar aún todas las características técnicas del nuevo misil, del que EEUU dice que es un avance más y que, antes o después Corea del Norte conseguirá armas que podrían llegar a las costas norteamericanas del Pacífico, la realidad es que los tiempos para conseguir una contención efectiva van pasando y en un clima de tensión los riesgos se multiplican.

No es fácil tomar decisiones con garantías de efectividad; hay que recurrir a la experiencia, a la opinión de otras potencias con sus propios intereses y esperar en la otra parte una racionalidad que tampoco está garantizada. Pero esas son las cartas con las que hay que jugar esta partida.

INTERREGNUM: Reinventar el TPP. Por Fernando Delage

En un contexto marcado por el desafío nuclear norcoreano y las tensiones en la periferia marítima china puede resultar comprensible que se preste menos atención al escenario geoeconómico asiático. Sin embargo, también en este frente se reproduce la competencia entre los grandes Estados de la región. Japón, en particular, con un activismo desconocido hasta la llegada de Abe al gobierno, está proponiendo nuevas ideas tras el abandono del Acuerdo Transpacífico (TPP) por la administración Trump.

El giro norteamericano ha elevado el protagonismo del Acuerdo Económico Regional Integral (RCEP) como principal iniciativa global a favor del libre comercio en la actualidad. Al incluir a 16 Estados que representan la mitad de la población mundial, más de la cuarta parte de las exportaciones y casi el 30 por cien del PIB del planeta, su potencial es considerable. Integra, además, a varias de las economías de mayor crecimiento de los últimos años. Pero, al contrario de lo que con frecuencia suele mantenerse, no se trata de una iniciativa “de China” articulada frente al TPP que lideraba Washington. Estados Unidos, es cierto, no participa, pero su origen—en 2011—, partió de la Asociación de Naciones del Sureste Asiático (ASEAN), con el objetivo de consolidar en un único marco los cinco acuerdos de libre comercio mantenidos por la organización con sus socios externos (China, Japón, India, Corea del Sur y Australia-Nueva Zelanda).

Es obvio que ni Japón ni India van a aceptar sin más las demandas chinas en un proceso de carácter multilateral. Pekín quiere acelerarlo para concluir el acuerdo antes de finales de año, con una agenda mínima de liberalización comercial. Japón—ésta es su primera propuesta—quiere, por el contrario, mantener abiertas las negociaciones para ampliar su contenido y dar forma a un pacto de “alta calidad” que incluya algunas de las cuestiones que incluía el TPP, como propiedad intelectual, contratación pública o normas medioambientales. El RCEP revela así la competencia entre dos modelos opuestos—el de China y el de Japón—sobre la estructura económica regional.

Japón acaba de sugerir una segunda propuesta: relanzar el TPP sin Estados Unidos. Fue el propio primer ministro, Shinzo Abe, quien aseguró hace unos meses que, sin Washington, el acuerdo carecía de sentido. No obstante, considera ahora que, dados sus potenciales beneficios, puede merecer la pena intentar rehacerlo. Tokio puede reforzar sus relaciones con distintos socios asiáticos, de Australia a Vietnam; mantener vivo un discurso a favor de la adopción de normas más ambiciosas en la región y, así, aumentar la presión para elevar los estándares contemplados originalmente por el RCPE; o, incluso, intentar atraer a Estados Unidos a un esquema multilateral.

Quizá este último objetivo no sea tan ilusorio, aunque resulte dudosa la viabilidad de recuperar el TPP. El interés compartido de las economías asiáticas por el libre comercio y por un marco regional puede neutralizar la intención del presidente Trump de defender los intereses de su país mediante acuerdos bilaterales. Mientras exista una alternativa regional, sus pretensiones no parecen tener mucho sentido. Quizá Abe se haya adelantado al intuir que, tarde o temprano, Estados Unidos dará marcha atrás para no quedarse al margen de la reconfiguración económica de Asia. ¿Se incorporará Washington un día al RCEP? ¿Decidirá reinventar el TPP bajo otro nombre? Seguiremos atentos a los acontecimientos.

INTERREGNUM: Dudas sobre el siglo de Asia

El rápido crecimiento de las economías de la región durante los últimos 40-50 años ha conducido a la idea de que el siglo XXI será el siglo de Asia. Que China (a partir de 1979) e India (desde 1991) decidieran integrarse en la economía global siguiendo el camino emprendido por Japón en la década de los cincuenta, y por Corea del Sur, Taiwan, Hong Kong y Singapur en los años sesenta, condujo a una transformación histórica que se ha traducido en un desplazamiento del poder internacional. Sin embargo, de manera paralela a su éxito económico, también han comenzado a multiplicarse los problemas de seguridad, y emergen nuevas variables que afectan al equilibrio interno de las naciones asiáticas.

Lo espectacular de las cifras y la velocidad del ascenso económico de Asia han atraído la atención de numerosos analistas, y han sido objeto de una enorme literatura que ha intentado explicar las causas e implicaciones económicas y geopolíticas del fenómeno. Más raros son los trabajos que examinan los nuevos problemas que podrían obstaculizar ese camino ascendente.

Realizar una radiografía de tales desafíos es precisamente el propósito de Michael Auslin en su libro “The end of the Asian century” (Yale University Press, 2017). Auslin, analista en el American Enterprise Institute en Washington, confiesa que su intención era la de investigar el potencial de Asia, que también él creía brillante e imparable. Pero sus entrevistas y observación sobre el terreno durante la preparación del libro le condujeron a un cambio de enfoque.

Su trabajo peca de cierto pesimismo, como ya se trasluce del título. No obstante, se trata de un estudio riguroso de una serie de factores que, de manera conjunta, ofrecen un útil marco de aproximación al Asia contemporánea. Dichos factores incluyen: la incertidumbre sobre la sostenibilidad del crecimiento en las economías asiáticas (¿podrá China en particular superar la trampa de los ingresos medios y convertirse en un país avanzado?); el impacto de las presiones demográficas (del rápido envejecimiento de Japón, China y Corea del Sur al potencial de India); la inacabada transición política interna (con sistemas híbridos y el retroceso de la democracia en el sureste asiático); y el empeoramiento de la desconfianza entre Estados (en forma de reclamaciones territoriales y tensiones marítimas) en un contexto de modernización de sus capacidades militares.

Con respecto a todas estas cuestiones, Auslin sintetiza un enorme volumen de información, ofreciendo una perspectiva sistemática sobre las principales cuestiones que los gobernantes asiáticos se verán obligados a atender durante los próximos años. Sus recomendaciones, más débiles, no restan peso a esta excelente contribución al debate sobre el Asia del futuro. Un futuro, eso sí, que—además de las fuerzas estructurales descritas en el libro—, dependerá también de decisiones concretas, como las que adoptarán Trump y Xi Jinping después de tomarse la medida el uno al otro en su encuentro de esta semana en Palm Beach.

España juega en Japón

 

La visita de los reyes de España, esta semana, a Japón se produce en un momento importante para la región Asia Pacífico y en un contexto en el que Europa necesita estar presente en la medida en que EEUU da un paso atrás en el liderazgo económico pero ratifica sus compromisos de mantener su presencia militar ante la ofensiva diplomática y naval China en el Mar de la China.

Las relaciones entre España y Japón son tan intensas como discretas desde hace décadas. El bajo perfil como potencia de España, los intereses turísticos por atraer visitantes de aquel país y la creciente colaboración económica contribuyen a envolver juntas relaciones que deberían ir a más en la medida en que España sí está aumentando su protagonismo en la zona con los acuerdos en materia de defensa con Australia, Indonesia y, en menor medida, con Malasia.

Los reyes han recuperado su agenda internacional tras el largo parón ocasionado por la parálisis política, y esto se produce en un momento en que España está siendo impulsada a desempeñar un papel más importante en Europa por la retirada de Gran Bretaña de la UE y por la incertidumbre que suponen las próximas elecciones en Francia y en Alemania donde el populismo de la extrema derecha parece en claro ascenso y con posibilidades de obtener un triunfo en Francia.

En este escenario, la diplomacia desarrollada por la monarquía sigue siendo tan importante como en tiempos pasados, cuando Don Juan Carlos de Borbón garantizaba presencia en donde parecía que la política gubernamental parecía desdibujarse. No pocos éxitos comerciales, proyectos empresariales e influencia política se deben a estas actividades reales.