INTERREGNUM: Corea después de Park

Coincidiendo con el 30 aniversario de su transición a la democracia, Corea del Sur acaba de pasar por una dura prueba para la solidez de sus instituciones: la destitución de la presidenta Park Geun-hye. El 10 de marzo, por unanimidad, el Tribunal Constitucional confirmó el procedimiento puesto en marcha por la Asamblea Nacional el pasado mes de diciembre, tras conocerse que la presidenta compartía información clasificada con una amiga y confidente, que ésta utilizó para enriquecerse de manera ilícita. Termina así un periodo de inestabilidad y de manifestaciones populares, a favor y en contra de Park, que han revelado la profunda división ideológica y generacional de la sociedad surcoreana.

Algunos analistas hacen hincapié en la polarización social de los últimos meses, acentuada por un contexto de resistencia de los más jóvenes a los patrones jerárquicos propios de la cultura confuciana, el aumento del desempleo entre los graduados universitarios, y las presiones derivadas del rápido envejecimiento demográfico. Pese a unas circunstancias que no favorecen a priori la estabilidad política, los recientes acontecimientos quizá contribuyan sin embargo a fortalecer el sistema.

La decisión del Tribunal Constitucional confirma, por un lado, el respeto al Estado de Derecho en una cultura política habituada al autoritarismo. El “impeachment” de Park  ha abierto un debate sobre los defectos del modelo en vigor y la conveniencia de adoptar un modelo parlamentario o semipresidencialista (por ejemplo estableciendo la figura de un presidente con dos mandatos de cuatro años en vez de uno solo de cinco como el actual), que permitiría avanzar hacia un esquema político más transparente y participativo.

El impacto sobre la estrecha relación entre gobierno y grandes empresas, otra señalada característica del sistema político surcoreano, puede ser también significativo. La detención por soborno, vinculado con el mismo caso, de Lee Jae-Yong, heredero de la familia propietaria de Samsung, muestra que—en el fondo—han sido unas prácticas tradicionales las sometidas a juicio. La concentración del PIB surcoreano en un reducido número de conglomerados empresariales (“chaebol”) no parece ajustarse a los imperativos de una economía moderna en el siglo XXI. La prioridad por la innovación que tantos resultados ha proporcionado a Corea del Sur no es suficiente en una estructura de los negocios demasiado cercana al poder político, con el consiguiente riesgo de corrupción, de favoritismo y de decisiones equivocadas.

La vida política nacional no puede separarse, por último, de su entorno exterior y, en particular, de su vecino del Norte. Su situación geográfica entre tres grandes—China, Japón y Rusia—constriñe su margen de maniobra diplomático. A ello se suman los giros que suelen producirse en la política exterior surcoreana según el signo político del gobierno de turno. Los sondeos apuntan a la posible victoria, en las elecciones del próximo 9 de mayo, del liberal Moon Jae-in, quien fue jefe de gabinete del expresidente Roh Mu-hyun. De confirmarse tal resultado es previsible una política de acercamiento a Pyongyang, y de relativo distanciamiento de Estados Unidos (Moon se ha mostrado contrario al recién desplegado sistema antimisiles).

El próximo presidente herederá una nación divida. No obstante, no deben minusvalorarse las consecuencias de la destitución de Park. Lejos de afectar a la imagen internacional de Corea del Sur, representa un nuevo paso adelante en la consolidación de su democracia. En un contexto global de auge de movimientos autoritarios y populistas, y con una preocupante regresión democrática en el sureste asiático, hay que felicitarse por la victoria del Estado de Derecho en una de las grandes naciones del noreste de la región. Cuando parece reducirse el peso internacional de Europa, el futuro de la democracia dependerá en no pequeña medida del fortalecimiento del pluralismo en Asia.

Pyongyang y el desafío del juego del que nada pierde

Washington.- Corea del Norte ha estado más de medio siglo bajo sanciones de Naciones Unidas y lejos de restringir sus tendencias provocadoras parece que el efecto es, de hecho, contrario, o al menos eso es lo que parece haber pasado desde que le presidente Trump tomó posesión de la Casa Blanca. Con el tercer lanzamiento de un misil, aunque fallido, el pasado miércoles 22, Pyongyang ha respondido de esta manera a la visita del secretario de Estado Tillerson a la región del Pacifico. Este juego del que nada tiene que perder es realmente peligroso, pero ¿hasta dónde están dispuestos a llegar los coreanos del norte?

De acuerdo con el más reciente informe de Naciones Unidas, la mayoría de la población de Corea del Norte carece de asistencia sanitaria básica; el 41% de su población está desnutrida, y más del 70% de sus ciudadanos depende de la distribución de alimentos por organizaciones de ayuda humanitaria. Estas ONGs han sufrido una reducción considerable de sus presupuestos desde el 2012, año en que Pyongyang decidió reactivar su carrera misilistica.

Kim Jong-un no tiene nada que perder; gobierna un país muy atrasado en el que su población solo recibe la información y la propaganda del Estado, donde justifican el gasto nuclear como una necesidad imperiosa de poder reaccionar ante una ofensiva estadounidense. Todo esto mientras llaman títeres del imperio de los Estados Unidos a los coreanos del sur.

Choe Myong Nam, representante diplomático de Corea del Norte ante la sede de Naciones Unidas en Ginebra, afirmó a mediados de la semana pasada que no temen a ninguna maniobra que Estados Unidos esté intentando para imponer más sanciones en el sistema económico global, como el bloqueo de transacciones internacionales. Pyongyang continuará desarrollando su capacidad de ataque preventivo con la aceleración de su programa de misiles balísticos intercontinentales. Lo que hace evidente que los mecanismos diplomáticos, como las sanciones, les molestan pero no les detienen. En la página web de KCNA (agencia oficial de noticias de Corea del Norte) apareció publicado, justo después de la visita de Tillerson, un análisis de un grupo de abogados del régimen en el que solicitan un foro que determine la legalidad y legitimación de las sanciones que les han sido impuestas. Otra prueba de como juegan a una diplomacia paralela.

Kim Jong-un, el tercer líder supremo de la dinastía Kim que comenzó con su abuelo Kim il-Sung, a quien se le otorgó el título de “Presidente Eterno” sucedido por su padre Kim Jong-il , en cuyo caso el título es de “Eterno Secretario General” de la comisión nacional para la defensa, ha continuado con el plan inicial de la dinastía de mantenerse al precio que sea, pero además parece estar radicalizando su posición cada vez más.

Oficiales del Pentágono creen que habrá otro lanzamiento de misiles antes del fin del mes de marzo, razón por la que se mantienen la alerta de cuál será el objetivo, y confían en que el escudo antimisiles sea capaz de neutralizarlos. Imágenes satelitales han captado excavaciones de nuevos túneles en los alrededores de Punggye-ri, área donde se han hecho previamente pruebas nucleares, por lo que la inquietud es alta.

Otra medida que ha tomado el gobierno estadounidense es el patrullaje de la zona con el Air Force WC-135 Constant Phoenix, que ya se encuentra en Japón listo para empezar su misión. Este avión está especializado en capturar partículas en la atmosfera que puedan ayudar a determinar explosiones nucleares. El “sabueso”, por su nombre en el argot militar, ya fue usado en el 2006, cuando Corea del Norte hizo su primer lanzamiento nuclear, en el que se llegó a determinar la presencia de desechos radiactivos.

Estados Unidos está perdiendo la paciencia con los juegos del osado régimen. Míster Trump no es conocido precisamente por su carácter diplomático y conciliador. La clave de este entramado está en Beijing y en su disposición de parar a Kim Jong-un. El encuentro de Tillerson con el presidente chino Xi Jinping abrió una nueva fase de relaciones bilaterales y se sabe que el gobierno chino puso énfasis en las coincidencias entre ambos países y la necesidad de una mayor comunicación, mientras que Tillerson le pidió reforzar las relaciones y manejar apropiadamente los temas delicados, refiriéndose a Pyongyang.

Tal vez sea esta crisis la que acerque a China y Estados Unidos. O tal vez sea China quien aproveche la necesidad que tiene Washington de un mediador con Kim Jong-un, y a cambio reciba el beneplácito de Trump para penetrar en más mercados y enriquecer aún más a su economía. Mientras Estados Unidos se cierra con el proteccionismo, paradójicamente China se abre deliberadamente.

La escalada militar en el Pacífico

Japón puso en funcionamiento un nuevo  buque capacitado para transportar helicópteros y eventualmente tropas y, por lo tanto, para actuar militarmente en puntos alejados o fuera de su territorio nacional. A pesar de las limitaciones impuestas a Japón tras su rendición en la II Guerra Mundial, las nuevas amenazas estratégicas, el tiempo transcurrido y sus acuerdos de defensa con Estados Unidos, el país del sol naciente va aumentando lentamente su capacidad de acción militar a la par que aumenta, de momento levemente, el nacionalismo japonés.

El segundo gran portahelicópteros nipón entró en servicio el miércoles, dando a Japón una mayor capacidad de despliegue más allá de sus costas para hacer frente a la creciente influencia de China en Asia. Lleva el nombre de un navío de la Armada nipona hundido por Estados Unidos en el Pacífico durante la guerra.

“La situación en el Mar de la China Meridional es estable gracias a los esfuerzos conjuntos de China y los países de la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (ASEAN, por sus siglas en inglés). China y sus vecinos nunca permitirán a Japón que cree problemas”, han explicado fuentes oficiales china en una crítica a los movimientos de Tokio. Las tensiones entre China y Japón, la segunda y tercera economías más grandes del mundo, han aumentado por la disputa territorial causada por las disputas territoriales de algunas islas y la rivalidad en la región. Desde 2012, ambos países se enfrentan a un callejón sin salida al estilo de la Guerra Fría, tras nacionalizar el Gobierno japonés tres islas disputadas del mar de la China Meridional, que Pekín reclama.

Desde entonces, China ha enviado en reiteradas ocasiones buques militares a las aguas cercanas a las deshabitadas islas para expresar su rechazo a su nacionalización, mientras Pekín ha pedido muchas veces a Tokio que reconozca formalmente la existencia de una disputa sobre la soberanía de las islas. Japón lo ha rechazado por temor a que satisfacer la demanda de China fortalezca su posición en la región.

Las tensiones entre ambos países han tenido consecuencias económicas significativas, como la disminución de la inversión china en Japón, y muy probablemente, aumentarán en el futuro.

INTERREGNUM: Tillerson, misión imposible

Como resultaba previsible, Corea del Norte se ha convertido en el desafío internacional más inmediato que debe gestionar la administración Trump. Dos ensayos nucleares el pasado año, el rápido incremento de pruebas de misiles—cinco lanzamientos desde principios de año—, y el probable éxito en la miniaturización de cabezas nucleares, agrava la percepción de amenaza en la península coreana y, por tanto, la urgencia de una respuesta.
Desde la perspectiva de Washington es razonable concluir que 20 años de esfuerzos diplomáticos no han conducido a avance alguno. China, Japón y Corea del Sur con seguridad comparten el diagnóstico de que el statu quo solo beneficia a Pyongyang. Pero, ¿cuáles son las alternativas? ¿Es posible un frente diplomático común sobre la base de una nueva aproximación al problema?

Tantear los elementos de un consenso ha sido el principal objetivo de la primera visita a Asia de Rex Tillerson, la semana pasada. “Todas las opciones están encima de la mesa”, dijo el secretario de Estado en su primera comparecencia ante la prensa. Pero si se abandona la “paciencia estratégica” seguida por Estados Unidos desde mediados de los años noventa, ¿hay soluciones intermedias entre las negociaciones directas y el uso de la fuerza? Con respecto a esta última Washington se encontraría solo, además de resultar difícilmente factible dado el daño que Corea del Norte podría causar a una metrópolis como Seúl, a sólo 70 kilómetros de la frontera, así como a las tropas norteamericanas residentes en el país. Una política de negociación sí contaría con el apoyo de las restantes potencias del noreste asiático; no obstante, las prioridades de Tokio, Seúl y Pekín no son necesariamente las mismas de la administración Trump.

En último término, Estados Unidos parece considerar que lograr una mayor presión de China sobre Pyongyang es la clave. Se trataría entonces de persuadir a Pekín, bien de manera coercitiva—por ejemplo, incluyendo en un nuevo paquete de sanciones a bancos y empresas chinas que negocian con Corea del Norte—, bien diplomáticamente, convenciendo a sus autoridades de lo insostenible de la situación para la estabilidad regional. El problema es que la declarada hostilidad de la administración Trump hacia la política comercial china, y el despliegue de sistemas de defensa antimisiles en Corea del Sur y Japón—hecho considerado por Pekín como una “provocación”—no facilita esas intenciones. Como ya descubrió George W. Bush en 2002, todos los caminos a Pyongyang pasan por Pekín. Los mensajes en Twitter del presidente, como el de retomar la venta a Taiwán de un programa de armamento bloqueado en su día por Obama, lanzado solo horas antes de aterrizar Tillerson en Pekín, tampoco ayudan a la causa del jefe de la diplomacia norteamericana.

El desafío norcoreano es, pese a su urgencia, uno de los muchos asuntos que definen la relación entre China y Estados Unidos. Los líderes de la República Popular, como el resto de sus Estados vecinos, necesitan saber qué política asiática va a seguir Trump. Difícilmente habrá movimientos decididos mientras no haya un contexto predecible, con un conocimiento directo de las intenciones de unos y otros. Tillerson, recién llegado al mundo de la diplomacia, ha asumido una tarea imposible, cuyas posibilidades de desbloqueo quedan sujetas a las conclusiones que interiorice Xi Jinping tras su encuentro con Trump en Florida a principios de abril.

INTERREGNUM: REGRESO A LA REALIDAD

A medida que sus equipos toman forma y comienzan a tomar decisiones, la administración Trump empieza también a abandonar su inconsistente retórica. Mientras los desajustes en los asuntos de política nacional han obligado a prestar atención en la Casa Blanca a los procedimientos y a dejarse guiar por manos experimentadas, en política exterior han bastado pocos días para que se imponga el pragmatismo que demandan las complejidades de nuestro tiempo.

Israel y Rusia son dos ejemplos de cómo el nuevo gobierno norteamericano ha entendido lo inviable de su discurso. Trasladar la embajada de Estados Unidos a Jerusalén o levantar sin más las sanciones a Moscú no sólo no resolvería ningún problema sino que crearía otros nuevos, además de complicar de manera extraordinaria el margen de maniobra de Washington en Europa y en Oriente Próximo.

Pero, por su relevancia, nada ilustra mejor este giro que China. Una semana después del viaje del secretario de Defensa, Jim Mattis, a Tokio y Seúl—donde reafirmó de la manera más explícita el compromiso de Estados Unidos con sus aliados—, y 24 horas antes de la llegada a Washington del primer ministro japonés, Shinzo Abe, Trump manifestó al presidente chino, Xi Jinping, su compromiso—mantenido por todos sus antecesores desde 1972—con la política de “una sola China”. No sólo ha evitado así un grave conflicto con Pekín, para el que Taiwán no puede ser en ningún caso un elemento de negociación, sino también la definitiva pérdida de credibilidad entre sus aliados asiáticos.

Quizá antes de lo que podía esperarse, Trump ha percibido—o sus asesores le han hecho ver—que “America First” iba a convertirse muy pronto en “America Alone”. Y es muy poco lo que Washington puede conseguir por sí solo. De hecho, la posición internacional de Estados Unidos se debe en no escasa medida al considerable número de socios y aliados con los que cuenta. El abandono de sus amigos tradicionales obligaría a éstos a reconsiderar las bases de su política de seguridad, al tiempo que envalentonaría a sus rivales. Renunciar a esa red de aliados construida durante décadas podría, por lo demás, crear nuevos conflictos, que Estados Unidos se vería obligado a atender pese a sus tentaciones de repliegue. Así lo anticipó Nicholas Spykman a finales de los años cuarenta, al explicar el imperativo para Estados Unidos de evitar el control de Eurasia por una potencia rival.

La conversación telefónica con Xi y el trato dispensado a Abe, solo días después de la gira de Mattis por el noreste asiático, minimizan la alarma creada en la región por la victoria de Trump y sus primeras declaraciones. El carácter impredecible del presidente norteamericano no ha eliminado las incertidumbres—especialmente en el terreno económico y comercial tras la renuncia al TPP—, pero aumentan los indicios a favor de la estabilidad. Los próximos e inevitables pronunciamientos sobre Corea del Norte y el mar de China Meridional confirmarán si la anunciada revolución estratégica de Trump no es en realidad sino un reajuste de la política asiática de la anterior administración.

¿Una gran oportunidad para China?

Washington.- El aislacionismo que Estados Unidos está experimentando, a tan solo una semana de la instalación del nuevo gobierno, una cesión de espacios que rápidamente buscan ser llenados. En su primer lunes en el Despacho Oval, la firma de decretos presidenciales no se ha hecho esperar. Entre ellos, uno de los más temidos, y anunciados, el bloqueo del Tratado de Asociación del Transpacífico (TPP). Paradójicamente, China puede ser el mayor beneficiado de esta nueva política exterior estadounidense.

En este turbio panorama internacional, los miembros del TPP intentan salvarlo al precio que sea y China juega su mejor carta. En el marco del Foro Económico Mundial en Suiza, el presidente chino Xi Jinping evoca la urgencia que tiene el mundo de decirle no al proteccionismo, y la importancia de defender el libre comercio, como quien quiere darle esperanzas al mundo frente a las decisiones de Trump. Da la sensación que los líderes de estos dos imperios económicos han intercambiado sus roles.

Japón fue el primer país de la decena demiembros del TPP en ratificar el tratado. Y no ha ocultado su preocupación por que no siga adelante. Desde su primer encuentro informal con el presidente Trump, en noviembre pasado, especialistas han expresado lo ambicioso de este acuerdo, pues suponía el 40% de la economía mundial. Y han apostado en hacerle ver a la nueva Administración lo estratégico de que Estados Unidos no pierda influencia en la zona, basados en la incertidumbre que han dejado los últimos reportes de que Kim Jong Un está preparando una prueba más de un misil balístico intercontinental. A lo que el presidente Trump en su tono personal contestó en twitter “No pasará”.

A menos que Míster Trump cambie su particular manera de gobernar a través de las aplicaciones de su móvil, el efecto en el líder norcoreano podría ser de estímulo de su osadía y de querer demostrar de lo que son capaces. A pesar del hermetismo de este país, se sabe que tienen poco o nada que perder, mientras que sí tienen un ego exacerbado, que utilizan como arma de control político y sumisión social.

Mientras el presidente Trump define al TPP como potencial desastre, el primer ministro australiano, Malcolm Turnbull, ha estado reuniéndose con los primeros ministros de Nueva Zelanda, (con el que ha hecho un comunicado conjunto la semana pasada en el que fomentan la entrada de China), Singapur y Japón, para no dejar morir la idea. Tal como dijo el asesor más cercano de Abe, Joshihide Suga, aún tenemos tiempo, pues la fecha para ratificación del TPP es 2018.

En respuesta a las acusaciones del gobierno americano a China y Japón, de mantener prácticas comerciales injustas para compañías estadounidenses, el aumento del nacionalismo japonés parece ser la mejor respuesta. Algunos medios japoneses empiezan a decir que el país nipón debería prepararse para tomar la seguridad de la nación por sus propias manos, por lo que se debería empezar a fabricar armas y equipos militares. A día de hoy, Japón paga más de la mitad del costo de mantener 50.000 soldados americanos en bases japonesas, según Suga.

China, por su parte, ha prohibido la exportación de equipamiento militar, componentes para desarrollar misiles nucleares, softwares y submarinos a Pyongyang. Esta medida deja claro que China entiende que para hacerse con más poder debe jugar bajo las reglas de la ONU. Bloquear a Corea del Norte le deja mostrarse como un posible líder comprometido con la paz y la solidaridad con sus vecinos, quienes ahora necesitan de China para poder hacer efectivo el TPP.

La hipotética idea de que China firme el TPP sería una gran ironía, pues la razón que llevó a Estados Unidos a apoyar esta iniciativa fue precisamente frenar el crecimiento tan abrupto de esta economía. O, en palabras del veterano republicano John McCain, “La decisión de Trump de salir del TPP ofrece a China la oportunidad de reescribir las reglas económicas en detrimento de nuestros trabajadores”. ¡La diplomacia de Trump no hace más que sorprendernos y esto sólo acaba de comenzar!