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INTERREGNUM: El nuevo orden chino. Fernando Delage

Mientras el presidente Trump cesaba al director del FBI (quizá el verdadero significado de “America First” es que es no hay más prioridad que la política local), su homólogo chino, Xi Jinping, recibía en Pekín a más de 30 jefes de Estado y de gobierno en una nueva demostración del creciente peso geoeconómico de la República Popular. Con todo, la cumbre sobre la Nueva Ruta de la Seda, cuya celebración Xi ya anunció en Davos el pasado mes de enero, no ha sido solo un reflejo de poderío financiero; ha sido, más bien, una confirmación de que es hoy China quien lleva la iniciativa estratégica en la agenda global. El repliegue nacionalista y proteccionista norteamericano ha ampliado el espacio y el margen de maniobra de Pekín, cuyo discurso a favor de una economía mundial abierta—aunque practique lo contrario en casa—y su ofrecimiento de incentivos al desarrollo de infraestructuras coincide con las prioridades del mundo emergente.

Mediante su gigantesco plan de inversiones—multiplica por diez el Plan Marshall en valores actuales—, China no aspira únicamente, sin embargo, a crear una red de interconexiones de transporte, oleoductos y telecomunicaciones. El comercio y las inversiones acompañarán una iniciativa que, al integrar económicamente el continente euroasiático y el espacio marítimo Indo-Pacífico, tiene el potencial de transformar la economía, las finanzas y las instituciones globales.

Aunque el proyecto respondiera en su origen a las necesidades internas chinas—encontrar un nuevo motor de crecimiento ante una fase de desaceleración—, la ampliación de su agenda y de países participantes hacen cada vez más obvias sus implicaciones geopolíticas. Es mediante el uso de su capacidad económica como Pekín intenta lograr la paridad con Estados Unidos y la reconfiguración del entorno exterior a su favor.

La escala de la ambición es tan considerable como lo son sus desafíos. La prioridad política del proyecto no puede ocultar el riesgo de unas inversiones que pueden resultar improductivas, abultando una deuda pública ya inmanejable. La intromisión directa de Pekín en la vida interna de los países de la ruta—como revela el informe sobre el Corredor Económico China-Pakistán filtrado en Islamabad la semana pasada—puede volverse contra la República Popular. Las amenazas a la seguridad de los trabajadores chinos en muchos de los proyectos contemplados serán otro quebradero de cabeza. Al mismo tiempo, China tendrá que afrontar las reacciones de otras grandes potencias. Rusia ve con no disimulada preocupación cómo crece a su costa la presencia china en Asia central. India, invitada a participar en la iniciativa, la rechaza al considerarla como un medio dirigido a facilitar la proyección china en Asia meridional y el océano Índico. Japón, aislado por su posición geográfica, compite sin embargo con su propio plan regional de infraestructuras, y ya ha comenzado a hacerse con importantes contratos de obras públicas en Malasia y Filipinas.

La posición de Estados Unidos resulta aún desconocida. En el último minuto, Washington decidió elevar el nivel de su representación en el foro de Pekín, enviando al director de Asia en el Consejo de Seguridad Nacional, pero no parece reconocer la rapidez con la que China está transformando el escenario. Washington no puede sostener una primacía que está perdiendo, y que no puede aspirar a consolidar si se limita a aumentar sus capacidades militares en la región. Tampoco puede China reclamar su hegemonía si India, Japón y Vietnam, entre  otros—con o sin Estados Unidos—, se la niegan. Pero lo que sí puede es crear un nuevo orden, situándose en el centro de un espacio económico que las demás potencias no podrán ya alterar.

El estado de bienestar de Asia: el caso China. Nieves C. Pérez Rodríguez

Asia ha sufrido una transformación drástica en los últimos años; ha pasado de ser un continente de renta baja a renta media. En 1991, más del 90% de la población vivía en países de baja renta per cápita.  Pero en 2015, el 95% de la población subió su renta a media y, esto incluye a China, India e Indonesia, que son los países más poblados de esta región, de acuerdo con un estudio publicado por el think tank Brookings la pasada semana, sobre el estado de bienestar en Asia. Corea del Sur pasó de ser un país de baja renta a media en 23 años y de acuerdo con estudios de comparaciones históricas, una nación suele tardar más de 50 años en conseguirlo.

El caso de China es el más llamativo con diferencia. La China de 1978 era una nación pobre, con indicadores económicos que la situaban por debajo de la mitad de los países asiáticos, y más cercano a los países africanos. Por lo que se vieron forzados a aplicar un plan de reformas que los convirtió en la segunda economía del planeta en poco más de tres décadas. China pasó, en 1978, de un PIB de 155 dólares a 7590 dólares en 2014, de acuerdo con un artículo publicado por el Foro Económico Mundial.  Salieron de la pobreza más de 800 millones de ciudadanos.  Con esos indicadores tan positivos en el pleno del Comité del Partido Comunista chino, ya bajo el liderazgo de Xi Jinping en el 2014, se planteó avanzar hacia un Estado de Derecho pero con características chinas, lo que significaba avanzar si, pero no necesariamente bajo los estándares de occidente. Las leyes en China regulan el orden económico y político pero no son un obstáculo, pues el partido comunista puede modificarlas o adaptarlas a la necesidad o momento. Esta flexibilidad es una de las razones que les ha permitido traer más inversiones extranjeras, así como impulsar el crecimiento económico en tiempo record.

Con cada día que transcurre, China se convierte más en un país urbano. Más de la mitad de su extensa población vive en ciudades y más de 100 ciudades chinas concentran un millón de habitantes cada una. Arquitectos de primera línea mundial tienen bajo su cargo el diseño de muchas de estas ciudades que por el apresurado crecimiento se han encontrado en medio del caos y la contaminación. El Centro financiero chino “Yujiapu” o la Manhattan de los chinos, (como también la llaman) no dejará nada que envidiar a Wall Street; incluso contará con unos edificios inspirados en los rascacielos del centro Rockefeller y centro Lincoln. Construido por el gobierno chino, cuyo costo estimado oscila los 30,4 mil millones de dólares (de acuerdo a CNN), es una clara demostración de ostentación que el orgullo chino necesita alimentar.

En la medida en que la economía china ha ido creciendo, con ella ha aumentado la demanda de productos que han ido incorporando a su dieta, lo que a su vez ha incrementado considerablemente las importaciones de productos agro-alimentarios. En los años recientes el aumento del gasto de las importaciones en estos productos se ha duplicado. Estados Unidos es el principal proveedor de alimentos con un total del 22,4% del total de sus importaciones.

La carne de vacuno y la leche de vaca junto con el vino son los productos que los chinos de clase media han comenzado a consumir y de los que han aumentado exponencialmente su consumo. Australia, Uruguay y Argentina son los principales proveedores de carne, mientras que Francia es el primero en proveer de vino al gigante asiático, seguido por Chile, quien además de vino también les abastece con una buena cantidad de fruta fresca, entre la que se encuentran manzanas, uvas, ciruelas, arándanos y ciruelas.

Además de haber ampliado el abanico de alimentos a consumir, la terrible polución en China ha ocasionado en muchas ocasiones la contaminación de alimentos producidos allí y casos de intoxicaciones, lo que también está llevando a la clase más consciente a decantarse por productos importados, por contar con mayores controles de calidad. El petróleo lidera las importaciones, representando el 9,4% del total.

Otro aspecto que ha cambiado radicalmente es el número de egresados de universidades. De acuerdo con el Foro Económico Mundial, este año se graduarán 8 millones de estudiantes de universidades chinas, casi 10 veces más graduados que en 1997 y comparado con Estados Unidos serán más del doble de los estudiantes estadounidenses que obtendrán títulos profesionales este año.

Todos estos datos hablan por sí solos, y reflejan el cambio profundo que ha vivido China en los últimos años. Únicamente un par de décadas atrás la educación superior en China estaba reservada para las clases privilegiadas, la mayor parte de la población habitaba en centros rurales y contaba con los medios justos para acceder a cereales. Hoy en día no solo forman parte de la Organización Mundial del Comercio, y aparecen en foros internacionales con la prestancia que se puede permitir una economía de ese nivel, sino que están invirtiendo y comprando espacios, que ni siquiera su principal contrincante ha podido percibir.

Una vez más la discreción y el arte de la guerra del antiguo filosofo chino Sun Tzu han servido de inspiración a los líderes chinos contemporáneos en las estrategias que han llevado a cabo para convertir a la China pobre en la superpotencia que es hoy.

El misterio del crecimiento. Miguel Ors.

En agosto de 2000 los Gobiernos de las dos Coreas organizaron un encuentro de familiares separados por la guerra civil. Un avión cargado con 100 ciudadanos del norte se cruzó en el aire con otro cargado con 100 ciudadanos del sur. Kim Jong Il, el Querido Líder, había sido muy preciso sobre las condiciones de la reunión. Para minimizar el riesgo de deserciones, ningún surcoreano volaría de vuelta a casa hasta que no hubieran aterrizado en Pionyang todos los norcoreanos. Los dos grupos viajaron acompañados por funcionarios, pero mientras Seúl instruyó a los suyos para que se mantuvieran en un discreto segundo plano, los comunistas no debían perder de vista a sus compatriotas. “Cada vez que se acercan los hombres del otro lado [de la habitación], los que llevan las insignias raras”, contaba la surcoreana Kim Suk Bae al New York Times, “[mi hermana] empieza a elogiar al Querido Líder y nos insta a hacer lo mismo”.

La hermana de Kim Suk Bae había dejado su casa en 1950, cuando no era más que una niña, para participar en una representación escolar ante el Ejército Rojo. Debió de hacerlo muy bien, porque la “reclutaron” para mantener alta la moral de la tropa y jamás regresó. Cada año, cuando llegaba el aniversario de su madre, engalanaba la mesa y celebraba una fiesta ella sola. “He vivido hasta hoy con el remordimiento de haber sido una mala hija”, confesó a su madre.

“Pero… ¡si te ha ido fenomenal!”, exclamó esta piadosamente con la mirada empañada.

A pesar de que todos los norcoreanos habían sido cuidadosamente elegidos de entre la élite, no podían ocultar las huellas de décadas de privación. “Era más pobre de lo que imaginaba”, comentaría un médico de Seúl tras despedirse de su hermano. “Decía que vivía bien, pero tenía un aspecto horrible y estaba muy delgado”.

“El nivel de vida de los surcoreanos es similar al de España”, escriben Daron Acemoglu y James Robinson en Por qué fracasan los países (Deusto, 2012). “El del norte […] es parecido al de un país subsahariano”. Por encima del paralelo 38, “la esperanza de vida es 10 años inferior”. El testimonio más elocuente del abismo que separa a las dos Coreas es la imagen de satélite que refleja la iluminación nocturna a ambos lados de la frontera. Mientras el norte “está prácticamente a oscuras debido a la falta de electricidad”, el sur “luce resplandeciente”.

Estas diferencias tan pronunciadas son muy recientes. Hasta 1945 eran el mismo país. ¿Cómo han podido divergir tanto?

Los expertos han barajado todo tipo de teorías para desentrañar la desigualdad entre las naciones. Max Weber atribuyó el arraigo del capitalismo en la Europa central y septentrional a la ética protestante del trabajo. Otros han culpado a la malaria de la postración de los trópicos. Finalmente, hay quien cree que la falta de formación de las clases dirigentes es lo que ha condenado a África al subdesarrollo. Pero “ni la cultura ni la geografía ni la ignorancia pueden explicar los caminos separados que tomaron Corea del Norte y del Sur”, sostienen Acemoglu y Robinson.

Para ellos, el “misterio del crecimiento” quedó resuelto hace tiempo: únicamente hay que dotar a la sociedad de estructuras que brinden a las personas la posibilidad de hacer cosas. La crónica de la humanidad está llena de ejemplos que lo prueban. En eso consiste Por qué fracasan los países. Tras años de investigación, Acemoglu y Robinson habían acumulado cientos de casos que no habían podido incluir en sus artículos científicos y decidieron reunirlos en un libro más divulgativo.

El relato arranca con otro experimento natural. Se coge una población que ha vivido siempre junta, se parte en dos, se le entrega una mitad al Gobierno de los Estados Unidos y la otra al de México y se vuelve al cabo de siglo y medio. Parece la ocurrencia de un científico loco, pero es la historia de Nogales. Si te pones de pie al lado de la valla y miras al norte, lo que ves es el estado de Arizona, donde la renta media por hogar es de 30.000 dólares, la mayoría de los adultos tiene estudios secundarios, la esperanza de vida es alta y la delincuencia baja y los dirigentes están sometidos a la disciplina de unas elecciones libres y competitivas.

Al sur de la alambrada la existencia es bastante más difícil. A pesar de que los habitantes de Nogales (Sonora) ocupan una zona relativamente acomodada de México, los ingresos familiares son dos tercios menores que los de sus vecinos norteamericanos. Muchos adolescentes no van a clase, la gente es menos longeva, apenas hay seguridad y la política está minada por la corrupción. “¿Cómo pueden ser tan diferentes las dos mitades de lo que, esencialmente, es una misma ciudad?”, se preguntan Acemoglu y Robinson. La disparidad de fortuna no se debe a la meteorología o la ética, sino a las instituciones, que crean “incentivos muy distintos”. Los jóvenes estadounidenses saben que, si tienen éxito como emprendedores, podrán disfrutar de las ganancias obtenidas. El Estado no es, como en México, el cortijo de una oligarquía, sino que es inclusivo. Garantiza la igualdad de oportunidades mediante la provisión de sanidad y educación, y facilita que cualquier particular se embarque en la actividad económica que desee: crear empresas y registrar patentes, emplearse por cuenta propia o ajena, contratar a terceros y, por supuesto, gastar el dinero como desee, comprando artículos y conservándolos o traspasándolos a su antojo.

Si todo esto es tan obvio, ¿por qué no eligen todos los países estructuras inclusivas? Porque los intereses de las élites y los de la mayoría no siempre coinciden. A Carlos Slim, el magnate mexicano, no le iría muy bien si las telecomunicaciones se prestaran en régimen de competencia, pero ha sabido convencer a las dirigentes para que preserven su posición de dominio.

Además, las instituciones extractivas no siempre gozaron de mala prensa. En su día supusieron un avance. Los súbditos de los faraones egipcios o de los emperadores de Roma preferían su administración autocrática al estado de naturaleza, donde la vida era desagradable, brutal y corta. Incluso en fechas más recientes se han dado episodios de intensa expansión bajo regímenes nada pluralistas, como el soviético, cuyos líderes lograron generar riqueza trasvasando activos de la agricultura a la industria pesada.

Se trata, sin embargo, de un proceso insostenible. Llega un momento en que no hay más campesinos ni parados que trasladar a las fábricas y, para seguir creciendo, no basta con movilizar recursos: hay que usarlos de modo más eficiente. Eso requiere innovar, pero ¿quién va a hacerlo si no tiene la certeza de quedarse con el fruto de su esfuerzo?

Incluso aunque un genio solitario desarrollara altruistamente una tecnología disruptiva, su adopción constituiría una amenaza para los poderes establecidos. Acemoglu y Robinson cuentan que Tiberio ejecutó a un desgraciado que le presentó un vidrio irrompible. Y varios siglos después, William Lee tuvo más suerte: Isabel I no le cortó la cabeza por inventar una máquina de tejer medias, pero tampoco le permitió explotarla. “Apuntáis alto, maestro Lee”, le dijo. “Considerad qué podría hacer este descubrimiento a mis pobres súbditos. Sería su ruina. Los privaría de empleo y los convertiría en mendigos”.

“La innovación hace que las sociedades humanas sean más prósperas”, escriben Acemoglu y Robinson, “pero comportan la sustitución de lo viejo por lo nuevo, y la destrucción de los privilegios”. La industrialización triunfó en Inglaterra porque la monarquía había salido muy debilitada de la Revolución Gloriosa de 1688, pero en España la aristocracia logró retrasarla más de un siglo. “El progreso se produce cuando no consiguen bloquearlo ni los perdedores económicos, que se resisten a renunciar a sus prerrogativas, ni los perdedores políticos, que temen que se erosione su hegemonía”.

Acemoglu y Robinson se muestran moderadamente optimistas sobre el futuro del planeta. Ha habido avances claros en Asia y Latinoamérica, pero las transiciones son complicadas. La teoría de la modernización del sociólogo Seymour Lipset postula que cuanto más opulenta es una sociedad mayor es la posibilidad de que se haga democrática, pero la evidencia histórica no es concluyente. Te puedes quedar atascado en una democracia de baja calidad mucho tiempo. Incluso pueden darse regresiones. Alemania figuraba entre los países más ricos e industrializados a principios del siglo XX y ello no impidió el surgimiento del nazismo.

Douglass North ya señaló una inquietante paradoja: la prosperidad requiere un complejo entramado institucional (leyes, mercados, tribunales imparciales, funcionarios, policías), pero una vez levantado ese Leviatán, ¿qué garantías existen de que sus responsables no lo secuestren y lo usen en su provecho y no en el de la mayoría, como ha hecho la dinastía de los Obiang en Guinea? Ese riesgo siempre está ahí.

Y no hay nada más temible que un Estado moderno. Ni siquiera los monarcas absolutos dispusieron de tantos medios de control y coerción. En China las autoridades han capado internet y en Corea del Norte no te dejan tener teléfono y vigilan hasta lo que te pones. El médico de Seúl que participó en el encuentro de 2000 se fijó en que el abrigo de su hermano estaba raído y le ofreció uno nuevo. “No puedo”, le respondió, “me lo ha prestado el Gobierno para venir aquí”. Quiso entonces darle unos billetes, pero también los rechazó. “Si vuelvo con dinero, me lo pedirán, así que quédatelo”.

Por qué los chinos sonríen menos. Miguel Ors Villarejo

Los lugareños del pueblo manchego desde el que escribo estas líneas no sonríen a menudo. Es algo chocante. En mi familia somos muy liberales con las sonrisas. Las regalamos con cualquier pretexto: cuando nos cruzamos con alguien, cuando nos ceden el paso, cuando nos dan las vueltas de la compra. Aquí, en cambio, reservan esas expansiones para ocasiones especiales. Es más, si una joven no exhibe en todo momento una expresión adusta, es probable que la acaben mirando mal. “¿Te has fijado? Será desvergonzada…”

Los estadounidenses lo pasarían fatal aquí. Un estudio publicado el año pasado revela que sus políticos y empresarios sonríen mucho más que los de otros países, lo que no solo da lugar a divertidos malentendidos. Poco después de abrir en Alemania, Wal-Mart tuvo que pedir a sus dependientes que no fueran tan simpáticos como en Arkansas, porque muchos clientes lo interpretaban como un intento de flirteo.

Y los alemanes no son los más estirados. El estudio escrutaba las gesticulaciones de líderes de varias nacionalidades y resulta que los que menos sonríen son los chinos. ¿Por qué? No hace tanto, Mao los mataba de hambre y hoy se han convertido en la primera potencia económica. ¿No es un motivo para estar contentos?

El último Informe Mundial de la Felicidad dedica un capítulo a analizar cómo ha evolucionado el ánimo de los chinos en el último cuarto de siglo y concluye que, a pesar del tremendo crecimiento experimentado, no han recuperado los niveles de satisfacción de principios de los 90. Su tesis es que la introducción de las reformas obligó a despedir a dos terceras partes de los empleados públicos, al tiempo que desmantelaba la precaria red de seguridad social. El resultado fue un estado general de ansiedad del que solo ahora empiezan a reponerse.

Pero las malas rachas de la economía no son un buen predictor de felicidad. De lo contrario, no se entendería cómo los latinoamericanos, en general, y los hondureños, en particular, son los ciudadanos más positivos del planeta.

Del mismo modo, tampoco hay que inferir de la apariencia alegre de un sujeto que sea dichoso. Los estadounidenses y los alemanes están prácticamente empatados en el ranking de la felicidad (6.993 y 6.951 puntos, respectivamente) y no pueden ser más distintos a la hora de manifestar sus emociones.

Olga Khazan cree que el factor determinante es la diversidad cultural. “En las naciones con mucha inmigración [como Estados Unidos] se sonríe más porque es un modo de estrechar vínculos. […] Nuestros antepasados suecos querían hacerse amigos de sus vecinos italianos”, pero “no sabían decir buongiorno”, así que forzaban un gesto de cordialidad.

Los chinos son, por contra, una nación más homogénea, igual que los lugareños del pueblo desde el que escribo. No es que les caiga mal. Es un tema cultural. No se lo tenga en cuenta.

La fatal arrogancia

Vivir es encontrarse náufrago entre las cosas, pero en Occidente aún abrigamos la esperanza de que un día arribaremos a una playa paradisíaca donde todos nuestros anhelos serán colmados. Este optimismo hunde sus raíces en Platón y alcanzó su cénit durante la Ilustración. Para el marqués de Condorcet, los problemas políticos no eran esencialmente distintos de los físicos o los matemáticos, en los que la respuesta correcta a cada cuestión es una y solo una. Como la mayoría de los philosophes, no veía motivos para que la humanidad no pudiera avanzar hacia la sociedad ideal guiada por expertos en la ciencia del hombre, igual que expertos en la ciencia de los astros como Newton nos habían introducido en la sala de máquinas del universo.

Condorcet saludó la caída de los Borbones como el alba de una era de “verdad, felicidad y virtud”, que consideraba ligadas por “una cadena irrompible”. Pero la única cadena irrompible que tuvo ocasión de conocer fue la que le echaron en la prisión de Bourg-la-Reine (entonces Bourg-Égalité), donde murió devorado por la revolución que tanto había contribuido a alumbrar.

El propio John Maynard Keynes aún especulaba en 1930 con la posibilidad de que “el problema económico” quedara definitivamente zanjado en un siglo. En plena Gran Depresión y ante el atónito auditorio de la madrileña Residencia de Estudiantes, defendió que los economistas eran meros técnicos, no celebridades, y expresó su deseo de que algún día recibieran el tratamiento de “gente modesta y competente, al mismo nivel que los dentistas”. Con la discreción y pericia con que estos nos colocaban una prótesis cuando perdíamos una muela, los economistas sustituirían las piezas que se le fueran cayendo a nuestro aparato productivo.

Las profecías de Keynes no sentaron bien en cierto sector de la prensa española, que esperaba por lo visto una disertación más erudita. El Debate apuntaba al día siguiente: “Nos permitimos dirigir a los organizadores de conferencias de extranjeros que adviertan a estos de que para charlas líricas ya tenemos en España muy adecuados oradores”. Era un comentario paleto e injusto, aunque no del todo improcedente, porque denunciaba esa arrogancia intelectual que tanto sorprende fuera de nuestra cultura. “Los chinos no creen en remedios permanentes”, explica Henry Kissinger. “Para Pekín, cualquier solución es el billete de entrada a un nuevo problema”. Puede haber avances, pero provisionales, en el corto plazo.

La historia de la economía está llena de ejemplos que confirman esta convicción. El dinero, por ejemplo, facilita la división del trabajo y la especialización, y ha hecho posibles nuestros actuales niveles de bienestar. Es inimaginable una sociedad moderna sin medios de pago fiduciarios. Sin embargo, su manejo inaugura una gama inédita de desafíos. Si la emisión es excesiva, se generan inflaciones de activos, como burbujas inmobiliarias o bursátiles; y si es insuficiente, puede ocasionar deflaciones todavía más destructivas. Fue lo que pasó en 1929, cuando la Reserva Federal reaccionó al pánico de Wall Street con una política brutalmente contractiva, en parte para mantener la paridad con el oro y, en parte, para purificar el sistema financiero mediante la “liquidación” de los bancos “débiles”. Era una medicina rigurosa y temeraria que se tradujo en el colapso de los precios, el crédito y la actividad que hoy conocemos como Gran Depresión.

Milton Friedman y Anna Schwartz documentaron el proceso en su monumental Historia monetaria de los Estados Unidos y, en noviembre de 2002, con motivo del 90 aniversario del primero, Ben Bernanke les rindió homenaje. “Quiero decirles a Milton y Anna: gracias”, proclamó. “Lo sentimos mucho, pero gracias a ustedes no se volverá a repetir”.

Se equivocó, como hoy sabemos. Seis años después, Lehman Brothers se hundía arrastrándonos a la Gran Recesión.

“La economía como disciplina académica nunca se completará”, observa Andreu Mas-Colell. “No lo llegaremos a saber todo porque el todo cambia con la propia evolución”.

La playa paradisíaca con la que soñamos en Occidente no existe. Deberíamos hacer caso a los chinos.

Bill Gates es mucho más rico que yo. ¿Y qué?

Según el historiador Yuval Noah Harari, lo que acabó con los neandertales fue la falta de imaginación. No sabían inventar esos relatos políticos (la república de Platón, la isla de Utopía, la sociedad comunista, el imperio hacia Dios) que movilizan a millones de sapiens en una única y avasalladora marcha. “En una pelea cuerpo a cuerpo”, dice en De animales a dioses, “los neandertales probablemente [nos] hubieran vencido”, pero “en un conflicto de cientos de sujetos […] no tuvieron la menor posibilidad”, porque sin el don de “componer ficción” eran “incapaces de cooperar en grandes cantidades”.

La fabulación nos ha conferido un poder inmenso como especie, pero como individuos nos hace vulnerables a narradores hábiles como Wolfgang Streeck (1946, Lengerich). Este sociólogo alemán era un desconocido profesor de la Universidad de Colonia hasta que, a raíz de la recesión, empezó a colaborar con la New Left Review (Revista de la Nueva Izquierda). Ahora sus artículos se han recogido en un best seller con el agorero título de How Will Capitalism End (Cómo desaparecerá el capitalismo).

Su tesis es sencilla. El sistema, que “lleva en trayectoria de crisis desde los 70”, alcanzó en 2008 su Fase IV o terminal. Cuando esta se agote, empezará “un interregno” en el que “sujetos despojados de toda seguridad colectiva y abandonados a sus medios” se limitarán a “colaboraciones puntuales guiadas por el miedo, la codicia y un elemental interés en la propia supervivencia”. O sea, el apocalipsis zombi (o el estado hobbesiano de naturaleza, como se decía antes). Abuelo, ¿cómo hemos consentido esto?

Todo ha sido culpa del capital, claro, que en un momento dado decidió rebelarse contra el keynesianismo. En la Arcadia alegre y confiada de la posguerra la economía crecía vigorosamente, pero también la influencia de los trabajadores era considerable y accedían a una importante porción de la renta. Las élites estaban hartas y, astutamente, desactivaron la democracia mediante la globalización, que traslada el centro de decisión a organizaciones opacas como el FMI o la troika comunitaria, cuyos criterios falsamente técnicos se imponen luego al pueblo soberano. “Ahora los Estados están situados dentro de los mercados”, dice Streeck, “en vez de los mercados dentro de los Estados”.

El resultado de esta contrarrevolución neoliberal ha sido el estancamiento, el endeudamiento y la desigualdad, tres plagas estrechamente vinculadas. La ausencia de crecimiento impide atajar la deuda acumulada y, como esta ha adquirido “magnitudes sin precedentes”, bloquea cualquier intento de restaurar la actividad y el empleo. El paro devasta Occidente y únicamente se ha logrado atajar troceando como una longaniza el trabajo disponible en rebanadas cada vez más finas.

El relato de Streeck posee una sólida consistencia interna, organiza el caos en buenos y malos y encaja en la impresión ampliamente compartida de que está todo fatal: los refugiados se ahogan intentando ganar las costas europeas, los aviones sirios gasean a civiles indefensos, los terroristas suicidas revientan iglesias, cerca de 800 millones de personas sobreviven con menos de dos dólares diarios…

Su único defecto es que no resiste el contraste con la evidencia. Por desolador que sea el panorama que nos traslada el telediario del mediodía, la humanidad nunca había estado mejor. El progreso ha sido especialmente notable en las últimas cuatro décadas, justo el tiempo que llevamos “en trayectoria de crisis”. En 1975 un 13% de los niños no llegaba a cumplir los cinco años; hoy muere un 4%. Desde 1980, el porcentaje de la población que vive con menos de 1,9 dólares al día ha caído del 44% al 10% y el analfabetismo, del 44% al 15%.

En cuanto a las plagas de Streeck, hablar de estancamiento es miope, cuando no deshonesto. A mediados de los 70, el PIB mundial ascendía a 5,8 billones de dólares y hoy supera los 74 billones. Como revelan las estadísticas del Centro para el Desarrollo y el Crecimiento de Groningen, cada año generamos dos billones de dólares de riqueza adicional, que es la misma cantidad que la humanidad había logrado acumular en 1900, después de casi cinco milenios de historia.

Tampoco la deuda se encuentra en niveles “sin precedentes”. Fueron superiores tras la Segunda Guerra Mundial y es, en cualquier caso, un disparate atribuir el paro a la ausencia de estímulos. Estos pueden contrarrestar una caída cíclica del empleo, pero su creación sostenida no depende de la iniciativa pública, sino de la privada. Allí donde se deja que los mercados funcionen, hay pleno empleo.

¿Y no es este de peor calidad? En Estados Unidos es habitual oír que los salarios llevan décadas sin subir y que los jóvenes vivirán peor que sus padres, pero “cuando pasas tiempo trabajando con alumnos de instituto te das cuenta de que en los barrios más modestos la mayoría tiene móvil, televisión de pago e internet de banda ancha”, observa Bruce Sacerdote en “Fifty Years of Growth in American Consumption, Income, and Wages” (Cincuenta años de crecimiento del consumo, los ingresos y los salarios en Estados Unidos). Esta constatación impresionista se confirma cuando se acude a las encuestas de presupuestos familiares. Sacerdote calcula que el aumento del gasto en los hogares cuya renta es inferior a la mediana fue del 164% entre 1960 y 2015.

¿Cómo es posible semejante incremento con unos ingresos congelados? Porque, en realidad, nunca estuvieron congelados. Cuando se deflactan correctamente las series salariales, arrojan un alza anual del 0,5% desde 1975. Sacerdote reconoce que el dato es inferior al 1,18% registrado en la década precedente, pero “sustancialmente mejor que cero”.

Finalmente, la desigualdad ha empeorado en algunos países, pero no porque la oligarquía rapiñe rentas ajenas. Esto podía suceder en el estático universo precapitalista, pero en las dinámicas economías de la Fase IV el PIB aumenta constantemente y los ricos pueden volverse más ricos sin que ello exija que los pobres se hagan más pobres. En el mismo artículo en que Tyler Cowen, un catedrático de la Universidad George Mason, se muestra abiertamente crítico con los obscenos bonos que se reparten en Wall Street, considera indiscutible que todos los estadounidenses han experimentado en el último siglo mejoras sustanciales. “Bill Gates es mucho más rico, pero […] yo disfruto como él de penicilina, viajes aéreos, comida barata, internet y prácticamente cualquier avance técnico. […] En materia de sanidad jugamos en la misma liga. No poseo un avión privado ni paso vacaciones en complejos de lujo. Les confesaré también que mi casa es más pequeña que la suya y no puedo reunirme con las élites del planeta cuando me apetece. Pero, en términos históricos, lo que Gates y yo tenemos en común es mucho más relevante que lo que nos separa”.

Por qué Xi Jinping no se arrima más al toro

En noviembre de 2013, a los pocos meses de asumir la presidencia de China, Xi Jinping reiteró ante el Comité Central del Partido Comunista el papel “decisivo” que el mercado desempeñaba en la asignación de recursos y se comprometió a restringir la intervención del Estado en la economía. El comunicado despejó cualquier duda sobre su filiación: Xi era, sin duda, un reformista. Un apparatchik incluso declaró al Diario del Pueblo que sus planes supondrían un “salto adelante” comparable al de Deng Xiaoping, padre de la liberalización que transformó la República Popular en el gigante actual.

Casi cuatro años después, Xi únicamente ha mostrado resolución para “ocupar y militarizar amplias zonas” del Pacífico, se lamenta Ian Johnson en la New York Review of Books. “Xi será uno de los líderes más fuertes sobre el papel”, añade, pero es “mucho menos impresionante cuando se consideran sus obras”. Y señala cómo las ineficientes empresas públicas sobreviven gracias a la respiración asistida que les suministra la banca oficial. “La argumentación con la que se pretende justificar la desaceleración […] ya no es creíble”, escribe Johnson. El país no atraviesa un bache cíclico, sino que podría estar cayendo en “la temida ratonera de los ingresos medios”, una fase en la que quedan atrapadas las sociedades cuyos gobernantes son incapaces de adoptar las medidas que conducen a la prosperidad genuina.

Es una crítica dura y bien documentada. Respecto de la expansión militar, la necesidad de garantizarse las materias primas y el control de las rutas comerciales ha llevado a Pekín a reivindicar “en menos de dos años […] 17 veces más tierra en el mar de la China Meridional que el resto de reclamantes en los últimos 40 años”, señala Águeda Parra Pérez en un artículo del Instituto Español de Estudios Estratégicos. Sin embargo, esta politóloga también subraya que Xi “se ha mostrado siempre firmemente comprometido con la paz” y que, de hecho, “sus presupuestos de defensa llevan años en descenso”, en gran medida porque no quiere “repetir los errores de la antigua URSS”, cuya escalada militar acabó asfixiando el desarrollo.

La gran prioridad de Pekín sigue siendo el crecimiento. ¿Por qué no acomete entonces las reformas que Johnson le aconseja? Básicamente, porque no es tan sencillo. Como los expertos taurinos que gritan al matador desde la seguridad del tendido: “¡Pero arrímate más, hombre!”, los columnistas financieros dicen con mucha seguridad lo que hay que hacer, pero en realidad tienen menos idea de la que aparentan. Durante una charla pronunciada en 2009, Dani Rodrik observó que los grandes hitos en la lucha contra la pobreza se han producido al margen de la academia. “¿Puede alguien darme el nombre del economista occidental o del trabajo de investigación en que se basaron las reformas chinas?”, preguntó a su auditorio. “¿Y qué me dicen de Corea del Sur, Malasia o Vietnam?” En ninguno de esos casos jugó la teoría un rol decisivo. Hasta Chile, cuyo éxito se atribuye (“erróneamente”, según Rodrik) al asesoramiento de Milton Friedman, despegó después de que se descartaran varias “políticas desastrosas de los Chicago Boys” y se aplicara una “heterodoxa combinación” de liberalismo, control de capitales y programas sociales.

El propio Xi comenzó hace tres años a aplicar las directrices de los organismos internacionales. “Recuerdo que daba clases allí [en China] y, de la noche a la mañana, me desapareció un tercio de los alumnos”, contaba en Actualidad Económica el profesor del IESE Pedro Videla. “Les dije: ¿tan mal lo estoy haciendo?, pero me explicaron que eran funcionarios y que se habían acabado sus privilegios: los Audi, las casas, los másteres. A partir de ahora todos los ciudadanos iban a ser iguales… Esta caída del gasto público se trasladó, sin embargo, a la economía general con más intensidad de lo previsto. La construcción se hundió, lo mismo que el consumo de los hogares. El Gobierno se asustó, recogió velas y ahora el crédito crece a tasas del 80%, los pisos han vuelto a dispararse y la inversión, que se había desplomado al 10% del PIB, ha remontado hasta el 25%”.

Si en la New York Review of Books se han dado cuenta de que la situación de las empresas públicas es delicada, seguro que en Pekín están también al corriente. Otra cosa es que puedan hacer algo al respecto. Han logrado modificar algo la composición de su economía”, dice Videla. “El sector servicios ya aporta el 50% del PIB. Pero el resto del ajuste no sabemos cómo va a ir. Hasta ahora pensábamos que lo controlaban todo e iban a evitar una caída brusca. Pero hace dos veranos fueron incapaces de levantar la bolsa y han surgido las dudas”.